Poéticas

La poesía de Argüelles

A favor de la naturalidad, con un ritmo que se acompasa a nuestro oído, José Luis Argüelles se dirige a nosotros en voz baja; poesía, la suya, sobria, coherente, honesta, de una lucidez conmovedora. Álvaro Valverde reseña 'Protesta y alabanza' y 'Mar sin fin', sus últimos poemarios.

/ una reseña de Álvaro Valverde /

Vicente García escribió en 2008 en la revista Clarín: «Hace veinte años, silenciosamente entraba en escena un poeta importante, a tener en cuenta. Se trataba de José Luis Argüelles (Mieres, 1960). Publicaba un primer libro, Cuelmo de sombras (1988) en la casi secreta colección Versus, del Centro Cultural y Deportivo mierense, que por aquellas fechas dirigía José Manuel Cuesta Abad». Antes, a finales de 1984, José Luis García Martín había dicho en uno de los diálogos apócrifos de «Laurel de Apolo» (publicado en Cuadernos del Norte bajo el título «Joven poesía asturiana»): «José Luis Argüelles me parece el poeta joven que mejor conoce su oficio». Sí, mucho ha llovido desde entonces, más en Asturias, y Argüelles, periodista de La Nueva España y crítico literario del diario asturiano, uno de los más conspicuos representantes de la pujante poesía del Principado, que brilla con luz propia dentro del panorama nacional, como subrayaba hace poco en un artículo sobre nuestra actualidad poética publicado en la revista El Ciervo, Argüelles, decía, ha dado a la imprenta los libros Pasaje (2008), Las erosiones (2013, Premio de la Crítica de la Asociación de Escritores de Asturias) y Gran desconcierto (2018), los tres en la editorial Trea, donde también apareció, hace una década, Toma de tierra: poetas en lengua asturiana. Antología (1975-2010). Es también aforista (incluido en Pensar por lo breve. Aforística española de entresiglos, de José Ramón González). 

José Luis Argüelles, fotografiado por Marcos León

Ya se ve que no estamos ante un poeta torrencial, sino ante alguien que mide muy bien sus distancias, de ahí que sorprenda a sus lectores con la salida de dos libros casi a la vez: Mar sin fin y Protesta y alabanza.

El primero es un cuaderno (el número 32) de la colección Heracles y Nosotros, que dirige Juan Ignacio (Nacho) González desde hace treinta años (fundada, por cierto, junto a Jordi Doce), loable empeño por el que acaba de recibir el premio de fomento de la lectura María Elvira Muñiz, a la que siempre recordará uno con admiración y afecto.

El segundo, un nuevo libro de poemas que supone un cambio de editorial, que ahora es Impronta, otra casa asturiana con sede en Gijón. 

Empezaré por Protesta y alabanza, que toma su título de un párrafo de Arte poética, III (recogida en Livro sexto), de Sophia de Mello Breyner Andresen, con el que se abre el volumen: «Si frente al esplendor del mundo nos alegramos con pasión, también contra el sufrimiento del mundo nos rebelamos con pasión. Esta lógica es íntima, interior, consecuente y fiel consigo misma, necesaria. El hecho de que estemos hechos de alabanza y protesta atestigua la unidad de nuestra conciencia» (en traducción de Ángel Campos Pámpano).

Desde el primer poema, «Camarada gorrión», la vida debatiéndose entre la resistencia y la fragilidad: «Y de ti aprendo a ser instante breve de una luz/ que llega, y pasa, y hace daño, y es hermosa». Este es el tono.

Situado en el «Elogio del horizonte», emblema de la recién nombrada Gijón («esta ciudad grisácea»), mucho más que una monumental escultura (quien ha estado allí lo sabe), escribe: «Chillida vio lo mismo/ que aquellos vigilantes del agua y las mareas,/ los arponeros de esta península del tiempo:/ un horizonte que nos busca/ hasta abrirnos los ojos/ con su sed infinita».

Se repiten en el libro los sonetos (que sigue siendo, cuando se acierta, una estructura lírica perfecta) y los autorretratos, como «Soneto del hombre que camina», un homenaje a Giacometti: «Como tú, ser el hombre que camina». 

Después, Cernuda. Y la guerra: «1936». «Tan solo la fe importa». Y más homenajes donde, al hablar de otros (Ory, Machado, Omar Al-Jayyman, Walt Whitman), el poeta nos habla de sí mismo. Así, cuando dice: «Ama tu alegríay ama tu tristeza,/ escribió el poeta» (Machado) y «La felicidad,/ la melancolía…/ Ambas son la vida». O: «Son otros los días que tú buscas» (se repite en el poema neoyorkino dedicado a Whitman). Los «que tú anhelas».

En «El viejo y los héroes» leemos: «Yo gané mi vejez,/ un silencio sin página,/ engañando a la muerte».

Tras una primera parte muy literaria, ya se ve, en la que el lector se impone, en la segunda el yo (temeroso) gana terreno: «Este soy: lo que nunca quise ser». Lo dice en «Soneto que soy», dedicado a Rodrigo Olay, lo que nos permite incidir en las fructíferas relaciones intergeneracionales que se dan en la poesía escrita por asturianos, donde la revista Anáfora (más que eso) actuaría, digamos, comocatalizador. 

«Soneto de aniversario» es otro autorretrato: «A los cincuenta y ocho años cumplidos…». «Silencio en la ceniza de mi labio,/ hastío en la manchada piel de viejo/ y cansancio en los ojos. Eso es todo».

La noche es un símbolo del libro. Léase «Acústica nocturna». Y siempre el fracaso y el daño: «El tiempo pasó,/ traicionándote». 

«Para volver, he vuelto», dice «En la ciudad de la ceniza». Allí, en el poema «Para mirar este día», «La sencillez discreta de una vida/ alejada del ruido y sus quimeras». Donde «Ser al fin nada en esta luz perfecta».

La tercera parte se inicia con «Un gesto»: el dolor y el miedo, pero también «la claridad de algunos gestos». Su esperanza. Como la del amor. «Este amor» termina: «El amor que nos damos/ y no otro amor cualquiera». Es lo que permanecerá. Como aquella muchacha de la bicicleta roja.

La cuarta parte se abre con «Amanecer»: «Los seres y las cosas/ que vuelven de la noche/ y, en su respiración,/ son materia de luz». Porque «la vida es siempre/ asombro y lucha». Porque «la vida es tiempo/ que apenas dura». 

«Patria» es un bonito homenaje al inolvidable poema de José Emilio Pacheco: «ese niño que nunca te abandona/ cuando miras el sol y la mañana».

«En una plaza» da la medida del libro: «Ni pérdida tan solo/ ni tan solo ganancia./ La vida es ambas cosas…». «Y así está bien. Te basta». 

«Protesta y alabanza» es otro poema fundamental, con Hill y Sophia al fondo. Como lo es «El odio a la poesía”, extenso, dividido en cinco partes (dedicado a su antiguo editor, Álvaro Díaz Huici), donde Argüelles ensaya una poética a partir de la lectura de Hatred of poetryel famoso libro de Ben Lerner (por errata, en el libro pone Larner). Aprovecha para citar a algunos maestros: Vallejo, Frost, Szymborska, Bécquer, Claudio Rodríguez, JRJ. «La poesía no es asunto urgente/ pero hace tanta falta». 

«Mundo común» es un perfecto final para este libro tan sencillo como impactante. Su carga, sí, es de profundidad. Como la de toda poesía auténtica, la digna de tal nombre.

En un cuestionario redactado a partir de un encuentro de poetas asturianos en la legendaria librería Cervantes de Oviedo, Argüelles comentó: «La poesía es siempre una exaltación de la vida, aun cuando su tema central sea el de la muerte, o precisamente por eso». Lo señalo porque el segundo libro que voy a reseñar, Mar sin fin, se adapta muy bien a esa afirmación. Tiene que ver con un asunto muy literario (aunque no todos estén a la altura): el de la muerte del padre. Muy literario y, lo que para uno resulta más importante, capital en la vida de cualquiera. No es cuestión de mencionar libros pasados o recientes sobre el tema, pero todos tenemos en mente algunos. Dignos, la inmensa mayoría, sin que falte al menos uno al que catalogar de infame. 

Dieciséis son los poemas que lo componen. Numerados y sin título. Fragmentos de un poema único. 

Al frente, dos epígrafes. De Borges y Costafreda. Debes, se dice en el primero de la serie, «cuidar la intimidad de las palabras/ que importan, recogerte en su sonido.// Es la manera  que los muertos tienen/ de amarnos, de seguir entre nosotros».

De inmediato el mar cobra protagonismo: «Porque yo vine para hablarte, mar». Más que una mera metáfora. Realidad vivida. Por quien escribe y por su padre, con el que dialoga: «Pero yo vine para hablarte, padre». Un mar concreto: el Cantábrico, en un lugar preciso: Gijón. «Por eso vengo cada tarde aquí», leemos en el poema II (uno de los más logrados), «como si el duelo de mis pasos fuera/ otra forma de hablar contra el olvido». 

Anoto algunos versos elocuentes: «Es un cómplice el mar». «Busco una música que nos reúna». «El dolor es costumbre». «Pasa mi vida y las claudicaciones». «La vejez es un pájaro cansado». 

En el poema VIII (qué hermoso), «los lugares del padre»: «grúas, minerales,/ las metalurgias y los grandes buques,/ el fabril horizonte de la rada» (donde se desliza un sutil homenaje a Martínez Sarrión).

«El mar dice verdad y yo la escucho», leemos en el IX, y: «Los poetas fundaron la verdad/ del agua. Piensa en Hölderlin, ya loco/ en su torre, en el mar de su mirada/ al recordar la música perdida». 

Sigo anotando: «No quiero las palabras neutras». «He buscado también tu eternidad». «El premio es madurar, amar la noche». «Mar o enigma».

El poema XV es clave. Concluye: «Hasta ti que eres padre de mi sombra,/ cobijo de la oscuridad, frontera».  En el último: «Al dolor doy lo suyo. Escucho, así,/ la intensidad que dura todavía». 

A favor de la naturalidad, con un ritmo que se acompasa a nuestro oído, Argüelles se dirige a nosotros en voz baja. La suya es una poesía sobria, coherente y honesta. De una lucidez conmovedora. «Pero lo sustancial,/ todo aquello que importa de verdad,/ llega de pronto y nos guarece/ del sin sentido,/ de sus grietas cotidianas». «En realidad,/ tan solo cuenta la emoción».


Cuatro poemas de Protesta y alabanza

Días de Manhattan

(En el bicentenario del nacimiento de W. W.)

No lo olvides: son otros los días que tú buscas
bajo las luces de las numeradas avenidas,
junto al humo de los respiraderos,
los taxis amarillos,
el bronce y las usuras de Wall Street.

Otros los días que se filtran
al recordar aquellos versos,
                                                mariposas
en las tabernas y los hospitales,
aquel poema de la multitud
y los transbordadores.

Fluyen a veces como el agua numerosa del Hudson,
muy lejos del cristal erecto y los aceros fríos,
muy lejos del orgullo de los rascacielos
que olvidan al mendigo,
a quienes cruzan las fronteras con su hatillo de hambre
y unas palabras en el español de América,
muy lejos de los que tan sólo ofrecen
un país de pupilas azuladas
tras los muros que guardan canes y fusiles.

No lo olvides: son otros los días que tú sueñas,
pues viste el barro de los falsos ídolos,
la acuñación del oro
con la materia innoble de las oficinas,
o las vitrinas enjoyadas
y la matriz vaciada de este siglo,
la áspera luna desangrarse
por el costado vivo de Lorca y José Hierro.

Si compartes un pan,
todo es de pronto claro.

No lo olvides: son otros los días que tú buscas
al evocar el canto amigo de Walt Whitman
(the word Democratic),
limpios días como unas sábanas al verde de las madres,
intensos y cordiales como un coro en la mañana de Harlem,tan resistentes como el árbol que aún crece de ese libro.

No lo olvides: son otros los días que tú anhelas. 

Patinador

(21 de diciembre de 2017)

Ahora que el invierno
entra con paso gris,
te sorprende ese niño
que patina incansable
en el cristal del día.

Tan suyo este momento
sin grietas, transparente,
que olvida los latidos
del tiempo por venir,
sus impacientes huellas.

Aprende tú también
a deslizarte: niño
por la gloria y la nada,
el instante y su luz,
el invierno y la sombra.

La muchacha de la bicicleta roja

Mi mirada es también aquel adolescente,
camino de su vida
por las calles de hollín,
                                         hacia aulas
donde el tiempo repasa su lección
de palabras sonámbulas.

A sí misma se ve en las horas
mientras la arena cae,
mientras la noche llega y es,
                                                 a veces,
pasión en páginas desmoronadas
bajo la mano fría del invierno.

Perdido su calor,
camino de mi vida por las calles de niebla,
hacia aulas de pizarras borradas,
                                                         tizas rotas,
desconozco por qué se afana
el corazón. ¿A quién recuerda?

Mi mirada es también un hombre
de vuelta de su vida
por otras calles grises,
                                       desde días
y lápices gastados
en la visitación de los residuos.

Inútilmente busca
las pizarras,
                       las tizas,
                                        las palabras…
Y a la muchacha de la bicicleta roja
que siempre sonreía,
que siempre sonreía al pasar,
                                                  inalcanzable,
camino de otro lado,
camino de otra vida
que esa mirada añora.

Cementerio de Vegadotos

A Aquilino Fernández (Quilino el de Polio), in memoriam.                         

No pisarás la tierra de esos muertos.
Junto a la noche extensa,
bajo la indescifrable luna,
recuerda sus canciones minerales,
cicatrices azules, el remendado mahón,
la introspección de los inviernos en sus miradas.

No pisarás la tierra de esos muertos.
En la frágil orilla de los días
afirma solo aquel valor y sus palabras,
lejos de la derrota de los hierros oxidados
por el cansancio de la lluvia y el diente de la ortiga,
lejos de la firmada liquidación de los principios y las obras,
lejos del desamparo de las galerías cegadas
por el lodo del vencimiento.

No pisarás la tierra de esos muertos.
Sobre la herencia grave de su desacato,
deja que las raíces busquen lo profundo
y construyan los pájaros o las hormigas,
que la niebla culmine el homenaje de sus bóvedas
y se suelden los húmeros afines.

Descansad.  Descansad, vosotros los guerreros
de los años de sílice y clandestinas lámparas,
cuando el miedo envolvía las páginas y el pan,
cuando los delatores cobraban sus treinta monedas
y grandes coches negros vigilaban las esquinas
desde una ceja, el látigo de los comisarios.
Descansad. Descansad bajo tantos helechos,
al lado de los peces milenarios
y las vacas que pastan mansamente
nuestra desolación y el abandono.

No pisarás la tierra de esos muertos,
tú que miras ahora la ceniza del paisaje.

Dos poemas de Mar sin fin

VII

La vejez es un pájaro cansado
en ciertos hospitales de la noche.
He visto sus inhóspitas agujas,
las erosiones de las horas, cánulas
y unas sábanas últimas, el frío.

Nadie quiere besar su áspera piel,
la fatiga del pulso y la alta fiebre
por la que van los sueños sin sosiego
a interrogarse en la pared de sombra.

Nadie quiere besar la piel desnuda
en la que el mundo se hace transparente.
¿Cómo no ver ahí nuestro destino
solitario, la vida traicionándonos?

La vejez es un pájaro cansado
en ciertas residencias de la noche,
cuando gimen las médulas tan frágiles
y ninguna pregunta se responde.

He escuchado palabras sin sentido
después de los quirófanos, la sed,
y cómo aquellos ángeles de plomo
se degollaban, tristes de sí mismos,
con la cuchilla gris de las ventanas.

He escuchado el clamor de ciertas manos
en un cuarto cerrado, la derrota
junto a la araña que arma su estrategia.
Entonces, los sonidos de este mar
y el final de su música más lúcida.

XI

Ardiente mar, ocaso que nos hieres
con el cuchillo de tu voz antigua,
por donde vienen niños sin futuro
y muchachos que sellan su desgracia
en turbias oficinas de papel;
por donde viene un cieno o desamparo
y el viejo monstruo acecha en su guarida
con ministros venales, sus ucases,
legisladores acuciando al tordo,
podridos negociantes de la piel
para encender las lámparas del oro;
por donde vienen las asimetrías
y el dolor se refugia en hospitales
para buscar sus gráficas, las vendas;
por donde viene la fatiga de hoy
y pantallas que muestran el vacío;
por donde viene la disolución
del mundo en que crecimos, un destino
que los bárbaros tocan codiciosos;
por donde vienen las abejas últimas,
desconcertadas por las flores tóxicas,
y el agua mece plásticos, desdichas,
aves petroleadas, bruma sucia,
ese ciego cardumen de la muerte.

Ardiente mar, ocaso que nos llevas
hacia la encrucijada de este tiempo
en que somos temblor, final de raza,
cuanto agoniza, cuanto aún resiste.

[EN PORTADA: Femmes de Venise, de Alberto Giacometti]


Protesta y alabanza
José Luis Argüelles
Impronta, 2020
72 páginas
12€

Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) es autor de libros de poesía como Las aguas detenidas, Una oculta razón (Premio Loewe), A debida distancia, Ensayando círculos, Mecánica terrestre, Desde fuera, Más allá, Tánger y El cuarto del siroco (los cinco últimos en la colección Nuevos Textos Sagrados, de Tusquets) o Plasencias (De la Luna Libros). Sus poemas están incluidos en numerosas antologías y han sido traducidos a distintos idiomas. También es autor de dos novelas: Las murallas del mundo y Alguien que no existe; un libro de artículos, El lector invisible, y otro de viajes, Lejos de aquí. La editorial La Isla de Siltolá publicó, en edición de Jordi Doce, la antología Un centro fugitivo; y la Editora Regional de Extremadura, Álvaro Valverde. Poemas (1985-2015), con dibujos de Esteban Navarro.

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