Poéticas

Como íntima hoguera frente al frío

Álvaro Valverde reseña 'El canto bajo el hielo', de Asunción Escribano, un poemario dedicado a su padre y convencido de que «el mundo, pese a los males que lo lastiman, sobrevive gracias a gestos desatendidos que nunca publicitan los periódicos ni los telediarios».

/ una reseña de Álvaro Valverde /

Asunción Escribano (Salamanca, 1964), doctora en lengua española, licenciada en filología hispánica y periodismo, máster en escritura creativa, es catedrática de lengua y literatura Españolas en la Facultad de Comunicación de la Universidad Pontificia de Salamanca y profesora en el máster y diploma de especialización en creación literaria de la Universidad de Salamanca (USAL). Además de compaginar numerosas tareas académicas, es directora de la Cátedra de Poesía Fray Luis de León, miembro de la Academia de Juglares de Fontiveros y forma parte del Consejo Asesor de la Fundación Duques de Soria. Publica el blog Acorde.

Asunción Escribano

Su obra poética está integrada por los libros La disolución (2001); Metamorfosis (Premio Juan de Baños, 2004); Solo me acarician alas (2012); Hebra y sutura (2012); Acorde (Premio Fray Luis de León, 2014) y Salmos de la lluvia (2018). Ve ahora la luz El canto bajo el hielo. Lo publica Ediciones Carena. Sus dos libros anteriores están en los catálogos de Visor y Vaso Roto, respectivamente.

Este está dedicado a su padre y se abre con citas de Christian Bobin, Erri de Luca, Eloy Sánchez Rosillo y Jesús Montiel. Elocuente me parece el epígrafe de este último (Escribano enseña literatura y periodismo): «El mundo, pese a los males que lo lastiman, sobrevive gracias a gestos desatendidos que nunca publicitan los periódicos ni los telediarios».

Cuatro partes componen el volumen. La primera, «La criatura verbal», atiende al proceso creativo. «El poema» se titula, significativamente, el primero del libro y único de esta sección, una extensa poética dedicada a otro poeta salmantino: Juan Antonio González Iglesias.

«Los eruditos hablan de artefacto/ cuando estudian las líneas del poema». Ella prefiere «el nombre desvelado/ del poeta que ha penetrado en la fronda/ luminosa en desvaríos: Criatura,/ que comprende la vida y el aliento». «Fulgor de ebriedad» más que paradoja, como dicen «los expertos». Luego añade: «No hay otra manera de ascender/ sino a lomos del poema y contemplar / el mundo desde lo alto de su cumbre». Nos da pistas, después, «entre prodigios» y en forma de versos, sobre algunos de los poetas que ella prefiere. Nunca los nombra. El primero, Borges. Le siguen san Juan de la Cruz, Colinas, Valente, Cernuda… «…Y tantos…, que no son artilugios/ sino habla en amor con quien escucha». Termina: «No sabría definir qué es un poema./ Pero en ellos resguardo yo mi vida/ del tiempo, del mundo y su tristeza./ Como íntima hoguera frente al frío».

La segunda parte, «La sustancia de los milagros», está formada por nueve poemas y todos llevan al final una nota tomada de algún periódico o revista donde se da cuenta del motivo que los ha inspirado.

En «Pavala flavescens» (nombre científico de un tipo de libélula que realiza vuelos transoceánicos y recorre distancias de más de 14.000 kilómetros), leemos: «un caballito del diablo/ reproduce en el orden del insecto/ mi vida». Y más adelante: «Aun así sostiene en su fragilidad/ su fortaleza». Y: «la libélula dice como nada/ lo que soy. Respiración, silencio,/ ritmo armonía, transparencia».

«El poeta» tiene que ver con un «retrato de la historia de amor entre un fotógrafo neoyorquino y las palomas de su ciudad».

«La lentitud», un poema muy hermoso de aires meditativos, alude a sus ventajas. Parte de unas palabras de la escritora Andrea Köhler: «Lo que no estaba, con la espera estaba». Sí, porque, «Lo que no está empieza a ser/ si se espera un tiempo lentamente./ Solo hay que dejar que el silencio pose/ su pausado sedimento en el vacío». Ver, pensar, escuchar…

«Aromas» está dedicado a Sombra y es un homenaje a su gato, que, como todos los gatos, a los hechos me remito (más allá de los dichosos vídeos de esos animalitos), tan poéticos resultan.

En torno a una frase del añorado Zagajewski, Escribano compone «Epifanía»: «Apenas es nada esta melodía/ que reverbera invicta ante mis ojos». El humilde milagro del asombro.

En «El aleteo» (de una mariposa) se aprecia bien la suntuosidad verbal de esta poesía, el gusto por el paladeo de las palabras con las que se describe cuanto sucede. «Un aleteo breve no cambia/ ni el universo ni el destino,/ ni siquiera roza el mío./ Pero hace la jornada más hermosa. Corto con mis ojos/ un trozo de candente realidad».

«La perfección» aborda ese espinoso asunto. Bach o Hierro, pone como ejemplos, desdicen a Musset: la perfección existe.

«Cántico», el de Hikari Ōe, procede de una confesión de su padre, Kenzaburō Ōe. El misterio oriental, los pájaros.

«El cuento» habla de una casa vacía que es tomada por animales.

«La arcilla de los días», la tercera parte, consta de once poemas. Se inicia con el que da título al libro. «Lo peor de lo peor hoy es posible/ y no tiene ni amparo ni remedio», leemos. «Cómo es posible cantar frente a la escarcha». «Habrá que intentar construir una balada/ […]/ para no morir de tristeza en este invierno».

«La mancha» se refiere al escritor Robert Walser, que murió solo, sin abrigo y boca arriba en la nieve, y «La pena» a Virginia Woolf, que también «camina bajo el frío». «Estoy segura de que estoy enloqueciendo», anota en su diario. La poeta dice: «La escritura es fibra frágil/ para salvar al hombre del espanto». Algo que subraya su capacidad de compasión, una virtud muy presente en la obra humanista de Escribano, y su decidida voluntad de cantar con palabras la belleza y el dolor del mundo. Desde su humilde verdad.

«Éxodo» da cuenta de nuestra realidad errante: «Seguimos la ruta del cometa».

«Definiciones de mar» expresa el insondable enigma de esa «fisura de agua donde caben todas las blasfemias». Donde a diario mueren nuestros niños en medio de una huida sin remedio.

Emocionante me ha parecido «La caída». La de su padre, muerto. «Escribo sonámbula tu nombre en este muro». Ese hecho decisivo y terrible está también en el siguiente, «El naufragio». «No hay más amor que aquella infancia/ que hoy ya no es mía sino suya». Y en el que le sigue: «Poder decir tu nombre», con cita de Piedad Bonnett. «Hay nombres que nos atan a la vida», empieza. «Papá es, de entre ellos, quizá de los más grandes». Vuelve a ese asunto en «Ahogo». Como en «El mar», donde evoca la felicidad y la infancia y concluye con una amarga pregunta: «¿Y ahora en qué manos sostendré yo mi vida?».

«Herida», por fin, vuelve a lo animal (tan humano a veces): un perro que intenta ayudar a otro, malherido.

«La banda sonora», última parte del libro, consta de un solo poema: «El último carmelita». «Hoy no hay nadie que escoja/ esta vida de paz y de armonía».

Son muchos los hombres y mujeres de distintas generaciones que conforman el mapa lírico hispano del momento. Rico y plural, a mi modo de ver. De entre esas voces, emerge, limpia y nítida, la de Asunción Escribano. Si aún no la ha escuchado, este es un buen momento.


​Selección de poemas

El poema

«Pero un poema es una criatura verbal hecha de maravillas»
Juan Antonio González Iglesias

Los eruditos hablan de artefacto
cuando estudian las líneas del poema
en su asiduo gesto de inventario.
Nombran sus engranajes previsibles
cual mecanismos estrictos de reloj
donde embridar su furia desatada.
Explican que en ellos se acomodan
las piezas del mecano de la lengua
como un riego previsto exactamente
en el mismo minuto cada día.
Escriben sobre sílabas pautadas,
ritmos computados con metrónomo.
Yo prefiero el nombre desvelado
del poeta que ha penetrado en la fronda
luminosa en desvarío: Criatura,
que comprende la vida y el aliento.
Su corazón de lluvia está repleto
de arterias de llamas que conjugan
la suma insensata de contrarios.
Paradoja la apodan los expertos
sin poder concebir lo incomprensible.
Pero a mí me gusta imaginar
que es el fulgor de la ebriedad
destilada por locos y por sabios
que asisten a la unión entre las cosas
cual pájaros radiantes ya sin jaula.
Palabras que hacen de todo lo que
existe firme nudo que disuelve
los ojos del lector en catarata.
No hay otra manera de ascender
sino a lomos del poema y contemplar
el mundo desde lo alto de su cumbre.
Sólo puedo pensar la maravilla
como el lugar de partida y llegada
del fanal milagroso de los versos.
Y puestos a escoger entre prodigios,
elijo aquellos atardeceres lentos,
sus turbios arrabales y desdichas
que hicieron de la vida del porteño
un abrazo de húmedos zaguanes
e infinitas auroras y ponientes.
También las azucenas en la noche
donde reclinar cansancio y miedo
como hizo ardiente el carmelita.
Los ojos verdes de la de Nevares
donde se podía oír batir el mar.
Las cancelas del cielo de Tarquinia
con su sueño de potros y cervatos.
La ceniza que alzada ante la luz
es proclamada a modo de esperanza.
La gravitación quieta de horizontes,
la risa confundida con la fuente,
las pequeñas cosas en pañuelos,
la libertad de estar presa en tu nombre,
Preciosa y su sonaja hecha de luna,
el don que no se halla entre las cosas,
la búsqueda exacta de lo que eres,
el aullido interminable del vivir,
el fruto que es resumen ya del árbol,
los hombres que con luz van más deprisa,
la vida que canta y se entrecruza,
la noche tras el sol tan de repente,
el cansancio de ser y de haber sido,
el taxi y el amor conjuntamente,
las espinas que no son tan pequeñas…
…Y tantos…, que no son artilugios
sino habla en amor con quien escucha.

No sabría definir que es un poema.
Pero en ellos resguardo yo mi vida
del tiempo, del mundo y su tristeza.
Como íntima hoguera frente al frío.

Epifanía

Una tarde de verano. La luz resbala
por el mantel que espera ansioso
la inflamación feliz de la merienda.
A lo lejos los niños alzan al aire
la liturgia punzante de sus risas.
La lentitud es profanada solamente
por el vibrar de las alas de una abeja,
mientras se acerca a las flores de lavanda.
Apenas es nada esta melodía
que reverbera invicta entre mis ojos.
Apenas este momento podría
presumir de intensidad o trascendencia.
Aunque tiene en su levedad el fulgor
de aquello que es puro y transparente.
Sólo asisto a lo que es, contribuyendo
a no romper su sagrado transitar
impreso únicamente en el presente.
Lo dejo ser y cae y posa su gracia
sobre el mundo, con una contundencia
que hace daño por su verdad, por su bien,
por su belleza, por su vacío y por su nada.1

1 «No sabemos qué hacer con un momento epifánico, no somos capaces de preservarlo» (Adam Zagajewski: El Cultural de El Mundo, 20/10/2017)

La caída

Un obelisco tumbado por el viento.
Una torre como la cáscara de un huevo
frente al golpe del hierro feroz de unos alones.
Un pájaro en descenso ahora de sangre
por la espuela del pico despiadado de un halcón.
Mi padre.
Todo Cicerón, y César, y Séneca, y Sócrates,
que no sabía nada —yo ahora tampoco—,
a los que él amaba tanto, también en vuelo
de caída con la firmeza de su peso
y de su hechura.
Transformados en babas y temblores
que obligan a pensar aquella dignidad
de la que hablaban.
¿Qué es lo que todavía continúas aguardando…?
Ya no hay grandeza,
sólo necesidad y una plegaria balbuciente
ayúdame que nos señala la puerta hacia la lumbre.
Mi padre, que fue farallón y torre
y faro y altozano y castro tierno.
Hay que mirar siempre de frente a la tristeza
nos decías. Pero a ti la honda arcada
de la espalda y el quebrantado mimbre
de las piernas hoy no te dejan.
Escribo sonámbula tu nombre en este muro
y blanco en alto lo pronuncio: Papá,
y me repito —o acaso me convenzo—,
con un nudo de esparto en la saliva,
que es posible volver a vivir tras la desdicha.

El último carmelita

Una cámara delante, y detrás
pregunta un hombre por lo más simple:
la oración. El carmelita orlado
por el fulgor impreso en las paredes
habla dulcemente del diálogo
con lo alto y también con lo más bajo.
La unión entre palabras y silencio
para decir lo obvio no escuchado.
Sorprenden los términos que elige:
belleza, vacío, huida, apego
bondad, amor, mística y espíritu.
¿En qué conversación podrían usarse
sin parecer un loco o un extraño?
Mira lento al hombre que le busca
para llenar las horas de un programa.
Detrás de ambos un valle levanta
su inmensa ciudadela hecha de viento.
Los extremos se citan en su vida,
las horas se comparten entre el blog
y la intimidad silente con la Luz.
El mundo intuye el poder de callar
y Beret lo canta a los más jóvenes:
Guíame con tu silencio que así sí
nos entendemos. Es ya el último
carmelita. Hoy no hay nadie que escoja
esta vida de paz y de armonía.
Sin él, está vacío el paraíso
y su aire será respirado
sólo por gorriones y turistas.
Y puestos a citar, una pizarra
allí recuerda: Dios es el silencio
del cual proceden todos los sonidos.
Al fondo, los trinos de los pájaros
ponen banda sonora a la entrevista.


El canto bajo el hielo
Asunción Escribano
Carena, 2021
79 páginas
10 €

Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) es autor de libros de poesía como Las aguas detenidas, Una oculta razón (Premio Loewe), A debida distancia, Ensayando círculos, Mecánica terrestre, Desde fuera, Más allá, Tánger y El cuarto del siroco (los cinco últimos en la colección Nuevos Textos Sagrados, de Tusquets) o Plasencias (De la Luna Libros). Sus poemas están incluidos en numerosas antologías y han sido traducidos a distintos idiomas. También es autor de dos novelas: Las murallas del mundo y Alguien que no existe; un libro de artículos, El lector invisible, y otro de viajes, Lejos de aquí. La editorial La Isla de Siltolá publicó, en edición de Jordi Doce, la antología Un centro fugitivo; y la Editora Regional de Extremadura, Álvaro Valverde. Poemas (1985-2015), con dibujos de Esteban Navarro.

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