Calendario

Días de 2021 (10)

Nueva página de un diario de Avelino Fierro, donde recopila papelitos, esbozos, de una presentación de su libro 'Calendario' que no ha llegado a tener lugar.

/ por Avelino Fierro /

Presentación de Calendario en Valladolid. 2 de diciembre de 2021.

Hace ya unos meses, pensando en que este librito, Calendario, tendría una presentación como Dios manda, redacté unas notas aisladas que ahí se han quedado, que no he podido o no he tenido ganas de hilvanar mejor, de engarzar. Sin duda influye esta puñetera situación de crisis sanitaria, que nos encoge el ánimo, que nos amilana.

He traído aquellos papelitos, aquellos esbozos; los he transcrito aquí para ponerlos juntos. Y he introducido a su lado algunas frases de las reseñas de Fermín Herrero en ABC Cultural y de José Enrique Martínez, que sigue inédita porque se le adelantó otro cronista en el Diario de León. Creo que aparecerá ahora en diciembre en la revista sevillana Estación Poesía, gracias a su director Rivero Taravillo y a la mediación de Juan Bonilla.

Al redactar estas notas me he acordado de Walter Benjamin, al que estoy leyendo para prologar el libro de fotografías de una amiga sobre la estancia del filósofo en Ibiza, en los años 32 y 33. Estas notas no pasan de ser intuiciones, reflexiones al primer envite. Benjamin decía de un libro de un contemporáneo, Sigfried Kracauer, que el escritor es un trapero que colecciona fragmentos, detalles aparentemente nimios de la cotidianidad. Y del propio Benjamin, su amigo Scholem anotaba literalmente que «su mirada de metafísico penetra profundamente y revela en los objetos de su contemplación capas sobre las que brilla un extraño fulgor».

Puede que en Calendario haya algo de eso: fragmentos y miradas. Fragmentos hechos a veces de poesía sin desbastar, sin versificar, como dice Fermín. Y como apunta Antonio Pau, el prologuista, el libro excede a cualquier taxonomía genérica, no se puede encasillar. Después de leer cosas así de autores tan refinados —un excelente poeta como es Fermín, o el mejor especialista en Rilke, como es Antonio Pau—, permitidme que diga que quizá, sin yo pretenderlo, he dado con un nuevo género literario. Puede que tenga que ir al registro de la propiedad intelectual. Es posible que entonces deje de perder dinero con la literatura y pueda pedir royalties o un tanto por ciento a los autores, poetas, novelistas y diaristas que vengan detrás y quieran transitar esta senda de la tristeza, del ensimismamiento o de la levedad, que yo creo que es lo que nos traen las páginas de Calendario. También trataré de incluir, por eso de cobrarles comisiones, a los escritores beatones o religiosos o a sus contrarios, aquellos que se toman unas copas o alguna droga antes de redactar, porque, como dice José Enrique, estos textos míos están escritos en un estado de «sobreexcitación poética», «eso que los antiguos llamaban inspiración o expresión sublime y éxtasis los místicos».

Claro, tendré que dejar aquí constancia de mi agradecimiento por esas hermosas palabras tan laudatorias y encomiásticas. Y tendré que pedir también perdón a quienes se han ocupado de mi libro por haberles puesto en un aprieto, por haber tenido que leer y juzgar algo difícil de clasificar.

Leo esos párrafos que dije al principio que había anotado en trozos de papel para ensayar también yo una explicación. Y veréis que ando bastante desorientado y que no llego a ninguna conclusión.

Dicen así:

«Veo ahora algunas páginas y apenas me reconozco en esa escritura tan ensimismada. Tengo la sensación de que cada vez que me ponía a escribir para el Calendario, estaba agitado, confuso o ascético, en un estado de ánimo un tanto especial.

No sé cómo explicarlo. Pero esa especial emotividad la he mantenido a lo largo de todo el año que he tardado en redactarlo.

Nunca he sido aplicado o metódico escribiendo. Y es cierto aquello que he mencionado varias veces: escribo mis diarios los viernes por la tarde, al final de una semana laboral, cansado y a la hora del atardecer; en un estado que encuentro para mí favorable, podemos decir que de cierto decaimiento y melancolía. Pero los momentos en que escribía Calendario tampoco han seguido esa pauta: podía asaltarme una especie de necesidad en un instante para mí intempestivo o desacostumbrado. Quizá había leído unos versos de John Burnside, esos de su poema “El solitario en otoño”, que hablan de la evidencia parcial de un dios incierto, de la promesa del silencio y de la promesa de la escarcha. Y eso me estimulaba. No me había sucedido antes, a mí, que siempre he sido un frenético y severo lector de poesía.

Luego —tras escribir—, volvía a la vida normal. Aterrizaba desde ese vuelo sostenido por encima de mí mismo. Buscaba explicaciones, pero nada especial ni extraordinario había sucedido: ni en las personas que me rodeaban, ni en mis paseos nocturnos, ni en el metabolismo, ni en los ansiolíticos, ni en el amor…

¿Qué estaba pasando? ¿Una Musa distinta, una musa suplente de la habitual se acercaba en esos instantes de la escritura a posarse sobre mi hombro o aleteaba cerca?

No, no pasaba nada. Yo no advertía algo diferente. Seguía escribiendo en la misma mesa, bajo el mismo flexo, con el mismo bolígrafo en los mismos folios desechables de siempre.

Pero yo percibía que eran textos extraños, escritos desde el asombro y la emoción. Como si hubiera mascado un hongo alucinógeno, aquello parecía un rito de iniciación.

Proseguía haciendo vida normal. Aún no había dejado de fumar; nadie se iba muriendo alrededor; seguíamos viviendo, con la ayuda de Dios y de los cirujanos, las transaminasas y el colesterol estaban en su sitio, domesticados… Las tardes se alargaban por el cielo, las estaciones se sucedían sin estrépito, en la oscuridad a veces brillaban las pupilas rojas de algunos pequeños demonios, pero ya conocidos, familiares…

Pero era cierto que algunas cosas me conmovían un poquito más y lo trasladaba a la escritura: no sólo eran poemas, también la prosa del libro de Juan Cruz, Octubre (unas memorias de la isla y recuerdos de su padre que a mí me transportaron de nuevo a los días de Tenerife, donde vivimos siete años), un texto de Perfecto Andrés, que es quien redacta el epílogo de Calendario (P.A. comenta las memorias de Piero Calamandrei, Inventario de la casa de campo).

Eso en las lecturas. Pero también me atravesaba la luz distinta de un amanecer, o la bobina del cielo que arrastraba nubes inconstantes, o reparaba en un repartidor de comida rápida que se había sentado un anochecer en las escaleras de nuestro portal y tenía el rostro iluminado por la pantalla de su teléfono, o me paraba a observar a las personas que estaban a la cola en el comedor social del barrio…

Iba publicando las entradas en la revista digital de siempre. Los dibujos… unos hechos con más calma, otros apresurados. El retrato de Nietzsche había quedado bonito; el de un paseante bajo la lluvia, bastante deslavazado.

Me escribían los lectores. Les estaba gustando; algunos vertían opiniones y hasta reflexiones más o menos fundadas o decían que les sorprendía el nuevo rumbo. Alguien estuvo crítico cuando redacté el primer capítulo de lo que titulé el Cuaderno de viaje, la visita al Museo del Prado, que era la entrada ya nº 24 de Calendario. Era Ernesto, cazadora de cuero y que te empuja con el cuerpo y con la voz. Escribió: «No, No, No», en el correo electrónico, sólo esas palabras. Tenía razón: era un texto más narrativo, menos poético que los otros. Pero eso quería decirme que los anteriores le habían gustado».

Hasta aquí, las notas de las que os hablaba.

Durante ese tiempo, seguí escribiendo mi diario a la vez que estos breves textos. Mis Diarios son anotaciones y crónicas que tienen su correspondencia en la realidad. Calendario también retrata los días, pero hay otro tipo de emociones y visiones; unas concretas, que recortan un trozo de mundo; otras, tan nebulosas y fugitivas. En estado de vigilia o sueño me parecía estarlas escribiendo. Trataba de escudriñar los objetos, las personas, las lluvias y atardeceres, un mundo que a veces nos susurra. Ese mundo que no se deja atrapar. Que nos reta a desentrañarlo, yendo a tientas, dando tumbos de la abstracción al detalle, utilizando los recursos del lenguaje y la sensibilidad.

Cuando llegaba al final de la redacción de Calendario, leí el Ocnos, de Cernuda. Lo había ojeado hace mucho, pero sin detenimiento. Y pensé que tienen los dos un algo que los une, un aire. La frase de mi libro que había elegido el editor para la contraportada parecía confirmarlo.

«No sé si puede oírse el viento que riza el agua y hace enloquecer aquellos setos de mirto. Qué hago estos instantes solo en el Sur si no acierto a ver con el tacto, y la mirada se porta como un lazarillo descreído».

Perdonad que me quiera comparar, sólo quiero explicar que en ese estado en el que escribía Calendario, en el que se imponía ese mi otro yo, lírico, casi místico, llegué a creerme poeta, sin serlo.

No sé para qué me ha servido este libro, pero al fin y al cabo, todo lo que escribimos podemos decir que es metáfora del autoconocimiento, escribimos para saber quiénes somos. ¿Yo fui otro?

Para finalizar, anoto aquí dos de esas últimas frases que había escrito en esos papeles sueltos.

Una. «A veces me he entrevisto, casi como en sueños, como un angelote miope, revoloteando por la habitación cerrada de mi biblioteca, dándome golpetazos contra las paredes».

Otra. «Leer la pequeña biografía que está en el Diario de 2020».

No sé bien qué pensé cuando la anoté. Quizá en que podía servir de presentación. Pero casi todos sois amigos, y no es la primera vez que estoy en esta ciudad presentando mis libros. Lo leeré. Como ya dije, mientras redactaba las páginas de Calendario, seguía escribiendo mis diarios y me ocupaba en otros asuntos literarios. Este texto se lo envié a José Ignacio García, que coordinaba en aquel momento un libro de escritores de cuentos. Este libro se ha publicado ya con el título de Cuentos pendientes, por la editorial Castilla Ediciones, y que yo tengo ahora también que recomendar, claro está. Yo debí de entenderle mal y le envíe este texto, cuando lo único que me pedía era lugar de nacimiento, edad y publicaciones anteriores. Lo tuvo que desechar y decirme que me atuviese a lo habitual. Ahora pienso en que quizá lo escribí porque no había desconectado del todo del modo lírico y de angelote zumbón en que redactaba alguna página de Calendario.

«Lo cierto es que nací de madrugada, pocas horas después de la verbena de las fiestas del pueblo de mi padre. A dos kilómetros, en el de mi madre, la abuela Ángela me contaría historias de la guerra, de pastores y lobos. A los tres años nos fuimos a León, porque mi padre abrió un almacén; repartía el género en una isocarro de caja grande. Hasta los catorce seguí pasando los veranos en Chozas, subido a los árboles y pescando ranas. La adolescencia la viví en el barrio italiano, en la librería de Johnny. Estudié leyes; me sentía bastante de izquierdas y leía mucha poesía; dibujaba para una revista. Oposité y me fui a vivir siete años y un día a la isla del volcán, por si aquella Hespéride fuera mágica, que resultó que no, pero leí El cuarteto de Alejandría y algo a Borges y nacieron Javi y Marta. No conseguí acabar la Lógica de Hegel. Ya de vuelta a la Península una noche me sucedieron tantas cosas —hasta peligró mi vida— que tuve que escribir un cuento de título muy largo: “Dos horas de bondad y tres pecados capitales”. Leí Velocidad de los jardines y las tesis de Piglia, pero comencé a redactar Diarios en los que siempre faltaba una coma y me avisaba de ello mi mecanógrafa, Mar, que es mi mujer. No me salen los cuentos porque no tengo imaginación. Además, no hay en ellos mucho diálogo y el protagonista no hace nada de interés, porque es de voluntad difusa y siempre se enamora. Seguí preguntándome de dónde viene el Tiempo mientras miraba las nubes. Y de repente han pasado más de treinta años y soy ese que se ha sentado en una butaca con el periódico, con poco pelo, al lado de un reloj de arena. Ese personaje que aparecía en una revista de marzo de 1974, Cuadernos para el Diálogo, y el dibujante era Layus. Ya nadie los recuerda».


Avelino Fierro (Chozas de Arriba [León], 1956), licenciado en Derecho por la Universidad de Oviedo y fiscal de Menores de León, es escritor de diarios, poemas, dibujante y coleccionista de libros. Sus textos diarísticos han visto la luz en cuatro volúmenes: Una habitación en Europa (2010-2012)Ciudad de sombra (2013-2014), La vida a medias (2015-2016)Contra tiempo (2017-2018) todos ellos publicados por la editorial Eolas. También ha publicado Estatuas de sal: cartas (2020) y Calendario (2021).

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