El runrún interior

El runrún interior (40)

Pablo Batalla Cueto registra en su dietario pensamientos propios y notas de libros leídos y cosas vistas en Internet, en una semana en la que el debate social sigue absorbido por la guerra de Ucrania.

/ por Pablo Batalla Cueto /

El runrún interior (39)

Martes, 1/3/2022. Manifiesta X. López su preocupación, que comparto, por la malísima combinación que es lo que Anton Jäger llama hiperpolítica (exacerbación de toda cuestión, moralismo, individualismo, incapacidad de pensar la dimensión estructural) y el peligro de confrontación entre potencias nucleares. «Solo hay que ver —reflexiona López— las reacciones desquiciadas (y estrictamente hiperpolíticas) de mucha gente a este conflicto. En las décadas de la Guerra Fría había mecanismos y procesos de masas que en cierto sentido servían para la deliberación y contención colectiva. Ahora no hay nada».

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Escribía Bertolt Brecht: «¡Qué tiempos estos en que/ hablar sobre árboles es casi un crimen/ porque supone callar sobre tantas alevosías!». Palabras vigentes.

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Cuenta Timothy Snyder en El camino hacia la no libertad, y nos lo recuerda Diego E. Barros en Twitter, que los líderes occidentales temían la inestabilidad que podía resultar del colapso de la URSS, e hicieron campaña para que la Unión quedara intacta. En agosto de 1991, George H. W. Bush viajó a Kiev para instar así a los ucranianos a que no la abandonaran: «Libertad no es lo mismo que independencia». Y en octubre, comunicó lo siguiente a Gorbachov: «Espero que conozca la postura de nuestro Gobierno: apoyamos al centro». Sectores de la derecha claman hoy que Putin es comunista y lo consideran probado, entre otras cosas, porque en una ocasión dijo que la caída de la URSS había sido un desastre geopolítico. ¿Lo era también Bush padre? ¿O más bien todos tenían razón en temer la caída de aquel gigante, la putrefacción de cuyo cadáver ha generado hasta la fecha 28 conflictos de envergadura, desde la primera guerra del Alto Karabaj hasta la actual de Ucrania, pasando por las dos terribles guerras chechenas o la ruso-georgiana de 2008?

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En el barranco de Babi Yar, 33.771 judíos fueron asesinados por los nazis en dos días, el 29 y el 30 de septiembre de 1941, tras la decisión del general Kurt Eberhard, gobernador militar, de matar a todos los de la cercana Kiev. «Soy cada anciano/ aquí muerto a tiros./ Soy cada niño/ aquí muerto a tiros.// Nada en mí/ jamás olvidará», escribió Yevtushenko sobre aquel infierno cisterreno. Hoy Rusia ha bombardeado su memorial al disparar contra la torre de televisión de Kiev, situada justamente allí. La desnazificación de Putin era esto.

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Leo que el China Daily, periódico gubernamental chino en inglés,ha abandonado la nomenclatura oficial rusa para la invasión de Ucrania. En sábado hablaba de «operación especial»; hoy ya de «invasión». Pequeños indicios esperanzadores: el papel de China para la resolución diplomática de esta locura es crucial y puede ser el de un momento Suez; reedición moderna de aquel 1956 en que Dwight Eisenhower obligó a Reino Unido y Francia a detener una guerra contra Egipto, por el asunto de la nacionalización del canal, que Estados Unidos no había autorizado.

Leo también que Marine Le Pen se ha visto obligada a tirar a la basura 1,2 millones de folletos con su programa electoral, porque en el documento, de ocho páginas, aparecía una fotografía suya con Putin. Esto también es esperanzador. Tal vez el horror por la invasión de Ucrania sensibilice por fin a los europeos acerca de estos hijos de Putin, quintacolumnas del sátrapa en nuestros parlamentos.

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Entre el maremagno de noticias de la guerra de Ucrania, leemos esta: «Froilán, expulsado de una discoteca tras rociar a la gente con gas. El nieto del Emérito estaba “muy contento” y lanzó dióxido de carbono a los asistentes desde una tarima». Gensanta, qué familia, que genética averiada. Parafraseando a Talleyrand («es costumbre real el robar, pero los Borbones exageran»), es costumbre que la aristocracia sea sociópata, pero los Borbones españoles exageran.

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La guerra también nos ha hecho olvidar la crisis del PP, pero la cosa sigue su curso. Feijóo parece dudar sobre si hacerse cargo del partido, y me parece muy certero esto que dice Mauro Entrialgo: «En ajedrez, cuando ves que te puedes comer una reina, es cuando más tardas en mover la ficha. Hay que pensarlo muy bien porque la inmensa mayoría de las veces hay algún truco detrás aunque no alcances a verlo. Y cuanto más fácil parezca, más hay que pensarlo. Feijóo está así hoy».

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¿Pedro Sánchez Pérez-Katechon está dicho?

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Leído en Twitter: «Amo a los gatos porque es el único animal que trata al ser humano cómo se merece: con desprecio».


Miércoles, 2/3/2022. Parece una frivolidad, pero creo que en el futuro estudiarán Juego de tronos (y me refiero a la serie, no a los libros) como un documento muy relevante en tanto que expresión acabada del espíritu de nuestra época; una de esas obras artísticas o literarias en las que se encarna particularmente bien el Zeitgeist. ¿Qué Zeitgeist, en este caso? La noción de un Occidente decadente y dividido después de una larga era de paz, en el que va pesando la amenaza del regreso de fuerzas abismales y crece el ansia sorda de un regreso de la edad de los héroes que, a la vez, derrote al enemigo externo y arrase la podredumbre interna.

Dice Žižek que el espíritu de una época se encarna mejor en la mala literatura (en el mal arte, en el mal cine, en la mala televisión) que en la buena. Y Jon U. Salcedo me recuerda esto de Blumenberg sobre Lactancio en Paradigmas para una metaforología: «Precisamente el hecho de que no se trate de una estrella de primera magnitud hace de él un objeto apropiado para estudios en los que interesa la captación de estructuras históricas epocales (no que hagan época)». Quizás se capte mejor la era nuestra en Daenerys Targaryen, sus dragones y este relato sobre unos Otros que acechan la despreocupada bisoñez de una generación de hijos del verano que en los últimos quince premios Nobel de literatura.

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Tal vez sea mezquino señalarlo en este momento, pero me parece interesante recordar que Josep Borrell recomendó con entusiasmo el Imperiofobia de María Elvira Roca Barea: un panfleto manipulador, chovinista, imperialista y conspiranoico; putinismo a la española. Cuando todo esto pase, si es que pasa, todos deberemos hacer memoria y acto de contrición de cuánto contribuyó cada cual a un mundo putinista.

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Leo en El icono y el hacha: una historia interpretativa de la cultura rusa, de James H. Billington, estos pasajes interesantísimos sobre la conexión histórica entre Rusia y España:

«Las peculiaridades de la civilización moscovita cuando tomó su forma definitiva bajo el reinado de Iván IV [el Terrible] invitan a hacer comparaciones no solo con los déspotas de Oriente y los constructores de Estados occidentales, sino también con […] la España imperial […]. Al igual que España, Moscovia absorbió para el mundo cristiano el impacto de invasores extranjeros y encontró su identidad nacional en la lucha por expulsarlos. Como en España, la causa militar se convirtió en Rusia en una causa religiosa. La autoridad religiosa y la política estaban entrelazadas y el fanatismo resultante condujo a ambos países a convertirse en ardientes portavoces de sus respectivas separaciones del mundo cristiano. […] Buscando un modo de lidiar con [… el] aflujo de racionalismo extranjero, el arzobispo de Nóvgorod escribió en términos de admiración al metropolitano de Moscú en 1490 sobre Fernando el Católico: “Observe la firmeza que demuestran los latinos. El embajador del César me ha contado la forma en que el rey de España ha limpiado (ochistil) su tierra. Le he enviado un memorando de estas conversaciones”. Así empezó la fascinación rusa por, y la imitación parcial de, la inquisición española, además del uso de la palabra «limpia» para describir las purgas ideológicas. […] Aunque las purgas moscovitas fueron dirigidas contra los católicos, muchas veces con gran furia, las armas utilizadas eran las de la Inquisición que había florecido dentro de esa Iglesia.

Una extraña relación amor-odio continuó existiendo entre estos dos pueblos orgullosos, apasionados y supersticiosos, cada uno gobernado por un improbable folclore de heroísmo militar, cada uno estimulado por arraigadas tradiciones de veneración a los santos locales, cada uno conservando hasta la época moderna una rica tradición musical de primitivos lamentos atonales, cada uno destinado a ser tierra de cultivo para el anarquismo revolucionario y una guerra civil con profundas implicaciones internacionales en el siglo XX.

A medida que la invasión napoleónica hacía crecer la conciencia nacional, los rusos empezaron a sentir una nueva sensación de comunión con España. El líder de las actividades partisanas rusas contra Napoleón en 1812 se había inspirado en la resistencia española de 1808-1809: la famosa guerrilla. Los reformadores decembristas del periodo de posguerra también se inspiraron en los catecismos patrióticos y las propuestas constitucionales de sus homólogos españoles.

Ortega y Gasset, uno de los españoles modernos más perspicaces, veía una extraña afinidad entre “Rusia y España, los dos extremos de la gran diagonal de Europa […] parecidos en que son dos ‘razas de pueblo’, razas en las que predomina el pueblo llano”. En España tanto como en Rusia, “la minoría culta […] tiembla” ante el pueblo, y “nunca ha sido capaz de saturar el gigantesco plasma popular con su influencia organizadora. De ahí el aspecto protoplásmico, amorfo y persistentemente primitivo de la existencia rusa”. Aunque menos “protoplásmica”, España vio igualmente frustrada su búsqueda de libertad política, y “los dos extremos” de Europa alimentaron sueños de liberación total que llevaron a la minoría culta a la poesía, la anarquía y la revolución.

Los rusos modernos sintieron una cierta fascinación por la pasión y la espontaneidad española como alternativa espiritual a la deshumanizada formalidad de la Europa occidental. Idealizaron la picaresca bellaquería del Lazarillo de Tormes y la extraña gallardía de don Quijote en el libro que Dostoievski consideraba “la última y más grande manifestación escrita del pensamiento humano”. Un crítico ruso atribuía su preferencia por la literatura española más que por la italiana diciendo que la española gozaba de mayor libertad dentro de las limitaciones de la Antigüedad clásica. Incluso Turgueniev, el más clásico de los grandes novelistas rusos, prefería los dramas de Calderón a los de Shakespeare. A los rusos les encantaba no solo la belleza y el sentido del honor cansado de los placeres materiales que impregnaban las obras de Calderón, sino también los fantásticos escenarios y las visiones irónicas de un hombre para quien «la vida es sueño» y la historia “puros presagios” […] España fue el único país extranjero en el que Glinka, el padre de la música nacional rusa, se sentía como en casa. En sus viajes a España recopiló temas musicales y consideraba que la música rusa y la española eran “las únicas músicas instintivas de Europa” por su integración de motivos orientales y la habilidad de saber transmitir el sufrimiento. […] La identificación de los rusos con el arte grotesco de Goya, que se hizo especialmente fuerte durante la era soviética, ya se anticipaba en el ensayo de Constantine Balmont sobre Goya [… de] 1899 […], donde llamaba al español profeta de un mundo totalmente nuevo que pone, “en el lugar de la divina armonía de las esferas, la irresistible poesía del horror”.

La fascinación se transformó en repulsión en el siglo XX cuando las revoluciones española y rusa tomaron giros opuestos. […] Pero las incursiones comunistas en Latinoamérica a finales de los años cincuenta y sesenta no solo proporcionaron una dosis de placer a los líderes soviéticos, sino también un curioso tono latente de envidiosa admiración por el ingenuo idealismo de la Revolución cubana, que reflejaba quizá en cierto modo el atractivo más antiguo pero igualmente distante y romántico del mundo hispano».

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Advierte Santiago G. Escobar sobre ha «una dinámica muy extendida en el análisis del conflicto ucraniano y de la figura de Putin: insertar paralelismos históricos para explicar la situación actual —el ascenso de Mussolini, 1914, ¡los romanos!, etcétera—. Conclusión: a mayor paralelismo menos idea se tiene». Yo me declaro culpable de mayor afición a los paralelismos históricos que la de un tonto por un lápiz. Pero es verdad. Hay que buscar un equilibrio entre ver en la historia la magistra vitae que ciertamente es y abusar de la búsqueda de repeticiones exactas.

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En Cuatro, en el programa de Risto Mejide, el ubicuo Miguel Ángel Revilla da desde su despacho, con banderas española y cántabra detrás, su opinión sobre la guerra de Ucrania. En un extremo está el síndrome del impostor y en el otro este hombre. De todo sabe, de todo habla, a nada ni nadie dice que no, que no controla suficientemente el tema. El cuñao definitivo. Qué barbaridad.

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Jorge Dioni: «En los tiempos del metaverso, vuelven los mapas y la realidad, un lugar donde no sirven los deseos ni se puede hacer F5».

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Se va amargando, en la izquierda, el debate sobre si enviar, o no, armas a la resistencia ucraniana. Yo no sé qué pensar, aunque me inclino espontáneamente por el envío. Me parece un asunto complejísimo, veo argumentos sólidos —tanto morales como realpolitikeros— a favor de ambas opciones y estoy muy dispuesto a que me convenzan de la inconveniencia de esa ayuda (denegar la cual, como dice Jónatham Moriche, «es decirle que se rinda ya al invasor, desista de ulterior resistencia armada y lo apueste todo a la desobediencia civil, la diplomacia y la política. Que es una posición legítima, pero hay que expresarla completa»). Me pregunto, en todo caso, si a los contrarios les parece fetén el papel del Comité de No Intervención en nuestra guerra de España, que hemos denunciado toda la vida como uno de los factores que ahogaron la resistencia de la República. Y sé que no son guerras comparables, empezando por que las armas nucleares no formaban parte de la ecuación de aquella, pero aun así…

Por lo demás, hay una serie de cosas que me están irritando mucho en relación con este debate. Una es lo que parece la consideración de los ucranianos como peleles sin agencia ni voluntad, a los que obligaremos a ponerse a pegar tiros contra su voluntad si les enviamos las armas: son ellos los que han decidido resistir, los que nos están rogando que les ayudemos, y resistirán de un modo u otro. Si les enviamos armas, con las armas que les enviemos; si no se las enviamos, con las que encuentren, y que serán más viejas, más rudimentarias, de peor calidad. A los que manifestamos nuestra inclinación por el envío de armas, se nos acusa, también, de hipócritas por no estar dispuestos a ir nosotros a Ucrania a pegar tiros. Y a mí esto no me parece muy distinto a decir que uno no puede estar a favor, por ejemplo, de la acogida de inmigrantes si no está dispuesto a acogerlos él mismo en su casa

Me repugna, también, la deshonestidad de quienes, a todas luces, simpatizan con Putin y con sus argumentos, pero lo subterfugian en patadas discursivas hacia arriba y alambiques de teólogo. Bien estaría que todos nos hiciéramos un poco más sinceros. Habría que ver a según qué adalides de la paz, la noviolencia, la desescalada y la resolución diplomática de los conflictos (posición la mar de legítima cuando no es hipócrita) cuando Rusia invade Ucrania si la cosa fuese de Estados Unidos invadiendo Cuba, o Venezuela, o cualquier otro país. Sospecho que, en ese caso, esta presunta izquierda de Zimmerwald se iba a volver izquierda a las barricadas, oh partisano me voy contigo, si caigo en el camino hagan cantar mi fusil y ensánchenle su destino porque él no debe morir, en un periquete.

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Guillem Vidal: «No tengo pruebas pero tampoco dudas de que muchos analistas que ahora se llevan las manos a la cabeza porque la UE se ha “pasado de frenada” estarían, con cualquier reacción menos firme, dando la turra con “como la UE se ha quedado de brazos cruzados otra vez más”».

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Leo en Twitter a un Jan Nedvidek que dice trabajar en el sector de la aviación y calcula que la aviación rusa tiene por delante unas tres semanas máximo para entrar en colapso. Al parecer, muy pocos aviones son propiedad de las aerolíneas, siéndolo la mayoría en realidad de empresas arrendadoras, casi todas irlandesas. Bajo el régimen de sanciones, se supone que esos contratos de arrendamiento deben rescindirse, pues de lo contrario las empresas irlandesas serán penalmente responsables. Además, los operadores rusos no pueden contratar seguros, sin los cuales ninguna autoridad aeronáutica nacional permitirá el acceso a su espacio aéreo. Eso significaría el final de los vuelos internacionales de los operadores rusos. Para más inri, fuera de algunos Sukhoi, Ilyushin y Antonov, la mayor parte de los aviones que operan en Rusia siguen siendo Boeing y Airbus, que usan motores CFM, GE y Rolls Royce. Y todos esos fabricantes han cortado el acceso a los manuales de reparación, sin los cuales no se puede reparar la aeronave y sus motores. También han emitido una prohibición global de mantenimiento en otros países, de modo que los aviones rusos no pueden volar al extranjero para su mantenimiento. Y han detenido el suministro de repuestos, siendo que la mayoría de las aerolíneas disponen de repuestos para dos o tres semanas. En suma, Rusia va a quedar más aislada que la vieja URSS, e incluso los viajes nacionales quedarán severamente limitados. Los efectos que esto tenga sobre la guerra de Ucrania han de ser necesariamente importantes, aunque veremos a ver. Cuesta creer que todo esto no se haya previsto de cara al lanzamiento de la invasión.

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Escribe el joven historiador ucraniano Taras Bilous, que probablemente esté ya en el frente, una carta a la izquierda mundial, rogándole que corrija algunos despistes sobre la guerra actual. Dos párrafos clave:

«No soy un fan de la OTAN. Sé que, tras el final de la Guerra Fría, el bloque (la OTAN) perdió su función defensiva y aplicó políticas agresivas. Sé que la expansión de la OTAN hacia el este socavó los esfuerzos para lograr el desarme nuclear y formar un sistema de seguridad común. La OTAN ha intentado marginar el papel de las Naciones Unidas y la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), y desacreditarlas como “organizaciones ineficaces”. Pero no podemos volver sobre el pasado. Tenemos que centrarnos en las circunstancias acturales cuando buscamos un medio para salir de esta situación.

¿Cuántas veces se ha referido la izquierda occidental a las promesas informales de Estados Unidos al ex presidente ruso Mijaíl Gorbachov sobre la OTAN (“ni un centímetro al este”), y cuántas veces ha mencionado el Memorándum de Budapest de 1994 que garantiza la soberanía de Ucrania? ¿Cuántas veces ha apoyado la izquierda occidental las “legítimas preocupacione de seguridad” de Rusia, un Estado con el segundo mayor arsenal nuclear del mundo? Y, por otro lado, ¿cuántas veces ha recordado las preocupaciones de seguridad de Ucrania, un Estado que tuvo que cambiar sus armas nucleares, bajo la presión de Estados Unidos y Rusia, por un papel (el Memorándum de Budapest) que Putin pisoteó definitivamente en 2014?».

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Albert Camus: «Cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe que no podrá hacerlo. Pero su tarea es tal vez mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga».


Jueves, 3/3/2022. Sigo leyendo El icono y el hacha, de James H. Billington, donde hoy me encuentro este interesante pasaje sobre cómo el mundo comunista ruso, su cosmovisión, debía tanto a Marx como a ciertas figuras proféticas del pasado del país:

«El mundo comunista [ruso …] correspondía menos a las profecías de Karl Marx que a las de un contemporáneo ruso prácticamente desconocido: Nikolái Ilin. Mientras que el primero pasó su vida como un intelectual desarraigado en Berlín, París y Londres, el último vivió como un patriótico oficial de artillería en la Rusia de Asia central. El primero esperaba la aparición de un nuevo proletariado básicamente europeo y occidental bajo liderazgo alemán, en tanto que el segundo esperaba la llegada mesiánica de una nueva civilización religiosa eurasiática tutelada por Rusia. En el mismo momento en que Marx escribía su Manifiesto comunista para los revolucionarios alemanes refugiados en Francia y Bélgica, Ilin pregonaba sus Nuevas desde Sion a los sectarios rusos en Siberia. Las extrañas enseñanzas de Ilin reflejan el amor infantil por el cañón, el primitivo dualismo ético y el temor reprimido a Europa, todo ello presente en el pensamiento ruso. Sus seguidores marcharon al son de himnos como La bomba de la artillería divina; dividían el mundo entre hombres de Jehová y hombres de Satanás (Iegovisty i Satanisty), los que se sentaban a la izquierda y los que se sentaban a la derecha de Dios (desbye i oshuinye), y enseñaba que los seguidores de Jehová crearían un nuevo imperio de total hermandad e impredecible riqueza a lo largo de la vía del ferrocarril que va desde Oriente Medio, pasando por toda Rusia, hasta el sur de China.

En una vena parecida pero aún más visionaria, Nikolái Fedorov, un bibliotecario modesto y ascético del Moscú de finales del siglo XIX, profetizó que una nueva fusión entre ciencia y fe permitiría incluso resucitar físicamente a nuestros antepasados muertos. Rusia, con ayuda de China, iba a dar a luz a una nueva civilización eurasiática que utilizaría la artillería para regular completamente el clima y la atmósfera envolvente de este mundo y lanzar a sus ciudadanos a la estratosfera para colonizar otros. Su visión de una revolución cósmica fascinó a Dostoievski y a Tolstoi, e influyó en un gran número de soñadores prometeicos de las primeras agencias soviéticas de planificación […]».

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Leo en un libro que estoy corrigiendo que, de viaje por España entre 1850 y 1853, Lady Louisa Tenison se encontró con que unos manuscritos relacionados con Cervantes que se guardaban en un archivo de Sevilla ya no se mostraban al público, debido a que compatriotas suyos solían arrancar y llevarse páginas. Al respecto, escribió esto:

«Es imposible encontrar frases suficientemente duras para la reprensión de tal conducta, en la que nuestros propios compatriotas se complacen en incurrir. Provoca que uno se avergüence de oír, estando en el extranjero, que tal objeto ya no se puede exponer debido a que algunas personas de Inglaterra se han escapado con un trozo. Echamos la culpa a los españoles de no valorar lo suficiente las reliquias de la antigüedad, pero nosotros les guardamos una devoción dañina. El inglés padece una auténtica manía que le imposibilita valorar nada a menos que pueda obtener una porción del objeto. Mayor cantidad de objetos robados que puedan mostrarse a la vuelta de un viaje al Continente, mayor la satisfacción. El mero acto de mirar cosas parece procurar demasiado poco placer, a menos que el observador pueda llevarse algo a modo de recuerdo. Nada está a salvo de la mano de algunos viajeros. No se detienen en su deseo de robar para poder exhibir un catálogo variopinto de cosas».

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Mientras los ojos están puestos en Ucrania y Rusia, Marruecos experimenta la peor sequía en décadas. Y eso no anuncia nada bueno. No lo anuncia, desde luego, para los marroquíes, pero tampoco para nosotros. Las hambrunas —desgracia de la que la combinación de esta sequía y la caída de las exportaciones agrícolas de Ucrania parece consecuencia inevitable— provocan descontento y protestas y no sería extraño que un régimen despótico como el marroquí lo gestionara siguiendo la escuela de la junta militar argentina: lanzando alguna clase de ofensiva contra sus particulares Malvinas, Ceuta y Melilla, a través de la cual lograr una reunificación patriótica del tejido social deshilachado y una relegitimación de su autoridad. Como advierte Moriche, incluso al margen de consideraciones humanitarias, por pura seguridad geoestratégica, urge establecer un cordón de seguridad alimentaria de Egipto a Senegal.

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Es jueves de Comadres en Gijón, en el restaurante-sidrería El Carruaje, en la calle Electra, organizan un evento del que me pasan un estridente cartel: «COMPADRES: noche de hombres, también tienen derecho». Anuncia un menú pantagruélico y show erótico femenino. Comadres es una fiesta asturiana, muy popular, que consiste en que las mujeres salgan en grupo a merendar, bailar y divertirse, y lleva aparejada la guasa de un día sin hombres, inversión carnavalesca del orden patriarcal. Su origen se pierde en la noche de los tiempos; hay quien lo remonta a las Matronalia romanas. Y nunca molestó a nadie: incluso sociedades terriblemente machistas entendían que no había nada de malo en un día para ellas, excepción confirmadora de la norma de su reclusión. Pero vivimos sórdidos tiempos de remachistización. Otra de tantas manifestaciones inquietantes de esta década aciaga.

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Me pasan esta pieza de la agitprop cibernética rusa, que me parece interesantísima como compendio infinitesimal de la mitología nacional rusa contemporánea. Un hombre ucraniano al que vemos de espaldas contempla las tentaciones distintas que le ofrecen un diablo y un ángel. El diablo es Occidente; el latinstvo que en tiempos del Terrible se convirtiera en la porra o la mierda del refrán ruso: «Vete al latinstvo». La oferta, una nebulosa azul de imágenes en la que se distingue a Hitler, dos gays besándose, un fajo de billetes, un montoncito de cocaína, la bandera de la UE o una jeringuilla (¿de heroína o de Pfizer?). El ángel, a su vez es la Santa Rusia y ofrece al dubitativo otro sahumerio de estampas: una lozana familia tradicional, un tanque, las cúpulas con forma de cebolla de una catedral, una mesnada de guerreros medievales, la cabeza con casco de Yuri Gagarin.

Rusia, obsesionada desde la caída de la URSS con hallar una nueva misión civilizadora para la tercera Roma que siempre ha creído ser, ha vuelto a encontrar, en el veintenio putinista, un mito movilizador que amalgama en uno solo los tres grandes imaginarios del pasado ruso: el ortodoxo, el zarista y el soviético. También el soviético, pero desbastado de marxismo-leninismo e internacionalismo para extraer de él los dos preciosos jugos narrativos de la revolución y la conquista de lo imposible, e hidratar con ellos las otras dos patas de este mito triple: una revolución reaccionaria, la imposible conquista de una retrotopía, una insurrección en defensa de la fe y la autoridad.


Viernes, 4/3/2022. Titular de una entrevista a Fernando García de Cortázar: «El español más importante que ha existido durante la historia es el apóstol Santiago». Santiago, que ni se llamaba Santiago, ni era español, ni posiblemente haya existido. También hay un putinismo español.

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Agudo comentario de Enric Juliana: «La barrera pirenaica es una barrera psicológica que empuja a este país a metabolizar los dramas europeos mediante el enfrentamiento interno. No los vivimos, los somatizamos. No estuvimos en las dos guerras mundiales pero nos comimos toda su corrosión moral y política».

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Leo que «Rusia dice que no ocupará Ucrania y que dejará que el pueblo decida su futuro». Un concepto interesante, este de permitir que alguien decida su futuro después de dejarlo tetrapléjico de una paliza.

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Comenta Ernest Urtasun, eurodiputado de IU, en LaSexta que el debate de las armas genera muchas contradicciones, pero su posición es que los esfuerzos para una salida diplomática del conflicto (la única posible) puede y debe realizarse atendiendo también a las peticiones que Ucrania nos haga en su legítima defensa. Y es que he ahí la cuestión, que nuestro afán por las dicotomías se empeña en no ver: una cosa no quita la otra.

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Siguen subiendo dramáticamente los precios del petróleo, del gas, del trigo, del maíz… Ya habían ido subiendo a raíz de las convulsiones económicas provocadas por la pandemia, que incluyen el incremento del precio de los fertilizantes, y ya se nos había ido advirtiendo que el precio de los alimentos cosechados con ellos iba a subir dramáticamente dentro de unos meses, cuando se recogiera la cosecha correspondiente. Que en unos meses estemos comprando con cartillas de racionamiento no es en absoluto descartable. Como dice Moriche, eso será malo y será bueno a la vez: «Lo malo de las cartillas de racionamiento es que no comes, conduces o te calientas como quieres. Lo bueno, que constatan la supervivencia de algún tipo de poder público aún capaz de respaldarlas».

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Agudo comentario gastronómico de Clara Duarte en Twitter: «Las lentejas nos esperan toda la vida. Aceptan nuestro rechazo en la infancia. Nos rescatan de la muerte en tappers de madre en la universidad. Permanecen hasta nuestra plenitud adulta, en la que se consagran como comidón comidote». Ser como las lentejas: paciente, abnegado, humilde, generoso. He aquí un ideal.


Sábado, 5/3/2022. Hace unos días conocíamos que la Universidad Bicocca de Milán suspendía un curso académico sobre Dostoyevski para evitar «polémicas internas en este momento de tensión». Ayer, que el Teatro Real de Madrid cancelaba la actuación del Ballet Bolshoi. Hoy, que la Filmoteca de Valencia cancela la proyección de Solaris, de Andréi Tarkovski. Todo esto me apena profundamente. Rusia es un país admirable cuyos ciudadanos de a pie y la veneración a cuya cultura y a todo lo que debe la civilización a su mejor historia no debe pagar por los desvaríos de un sátrapa. El pueblo que ganó la batalla de Stalingrado merece nuestro respeto y nuestra gratitud por toda la eternidad. Me ha gustado la decisión de la alcaldesa de Gijón de rechazar anular el hermanamiento con la ciudad rusa de Novorossiysk: «No se puede condenar —dijo— a los rusos por ser rusos». Apreciable cordura.

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No nos acordamos apenas de él, pero qué personaje tan sumamente execrable es Gerhard Schröder.

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Que la historia iba en serio, uno lo empieza a comprender más tarde. Como todas las nuevas eras, la nuestra vino a llevarse la historia por delante. Dejar huella quería, y retirarse entre aplausos. Degradarse, colapsar, eran tan solo las dimensiones del teatro. Pero ha pasado el tiempo, y la verdad desagradable asoma: degradarse, colapsar, es el único argumento de la obra.

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Fascinante cómo el Telón de Acero rebrota del suelo tan de golpe como en la mítica escena de Los Simpson.

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Morre xente que nunca morrera.

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Cierra TVRain, el último medio independiente que quedaba en Rusia. Veo en Internet los últimos minutos de emisión. Los presentadores cierran su despedida, justo antes de una reproducción de El lago de los cisnes, exclamando, en español, «¡no pasarán!». El lema venerable del antifascismo español continúa su vida larga y un despliegue internacional emocionante para aquellos que descendemos de quienes lo pronunciaron por primera vez. Ahora toca pronunciarlo contra los dirigentes del país que acogió el exilio de Pasionaria. Putin dice querer desnazificar Ucrania, pero no la única desnazificación digna de tal nombre para esa región del mundo es la que pasaría por su derrocamiento y por sentarlo en el banquillo de unos Juicios de Núremberg, si es que no de Giulino di Mezzegra. De momento podría decir, como Celia Gámez en 1939, «ya hemos pasao». Pero a veces ganan los buenos.


Domingo, 6/3/2022. Leo en El Confidencial un artículo interesantísimo sobre Volodímir Zelenski, presidente de Ucrania desde 2019; sobre cómo nadie, ni los propios ucranianos, esperaba de él otra cosa que una huida en el primer avión que despegase del país inmediatamente después de la invasión rusa. Muy al contrario, se quedó y se está convirtiendo en un héroe de la resistencia del país invadido.

Lo sabemos por la historia: la hora de los valientes los encuentra, a veces, en individuos insospechados. Lo era este hombre que se aupó a la presidencia de su país merced a su fama como personaje televisivo, presentador de programas, concursante de realities y protagonista de una serie de televisión en la que interpretaba justamente el papel de presidente de Ucrania: la involuntaria identificación espontánea que tendemos a hacer entre los personajes de ficción y los actores de carne y hueso que los interpretan jugó a su favor en aquellos comicios en los que muchos ciudadanos ucranianos votaron, no a Zelenski, sino a Goloborodko, el protagonista de esta serie titulada Servidor del pueblo, nombre que recibiría el partido montado para sustentar su candidatura. Al leer todo esto, yo me acordaba de la buena de Amparo Baró, a quien una vez leí comentar con humor que estaba harta de que la gente se pensase que era una mujer de izquierdas, como la Sole de Siete vidas, a la que interpretaba; que ella era más de derechas que el grifo del agua fría.

En el combate interior de este Zelenski colocado en un tránsito histórico, el frívolo bufón ha sido derrotado por el descendiente judío de resistentes antifascistas, soldados del Ejército Rojo y víctimas del Holocausto. Uno piensa en cómo sería la cosa con España; qué valientes de la paz se convertirían en cobardes de la guerra, qué patriotas de hojalata en colaboracionistas de primer minuto, y viceversa. Espero que nunca lleguemos a comprobarlo.

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No es necesariamente un argumento a favor de abandonarla (hay que transformar el sentido común, no adaptarse a él), pero sospecho que la negativa a enviar armas a Ucrania es una de esas posiciones de izquierda que van en contra del sentido común establecido.


Lunes, 7/3/2022. Una impresión no contrastada: desnazificar en el lenguaje nacionalista ruso, acabó significando desoccidentalizar. La derrota de Hitler no se recuerda como una victoria ideológica, sino como nuevo triunfo patriótico contra un Occidente ansioso por conquistar Rusia y sucesivamente acaudillado por naciones distintas: Italia en la época en que la Iglesia católica entendió que podía recuperar por el Este ortodoxo el territorio perdido a manos de los protestantes, lo que generó en Rusia una fuerte reacción anticatólica; Francia en la de Napoleón, Alemania en la de los nazis, ahora Estados Unidos con la OTAN. El imaginario triple que caracteriza al nacionalismo ruso actual sería una suerte de amalgama de esos tres antioccidentalismos históricos: imaginario ortodoxo frente al cristianismo latino; zarista/absolutista frente a la Revolución francesa, y el soviético frente a los nazis.

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Pide Clara Ramas en un artículo en Infolibre algo que suscribo: busquemos un término medio entre las opiniones apresuradas y agresivas de una esfera pública desquiciada y el reinado tecnócrata de la presunta neutralidad de los expertos.

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Leo que el crítico de cine y periodista ruso Anton Dolin ha abandonado Rusia y ahora está en Letonia. Opuesto firmemente a la guerra, el otro día marcaron la puerta de su casa con una Z, letra que va pintada en los tanques que entran en Ucrania (y de la que no está claro el significado; hay varias teorías al respecto) y que se está convirtiendo en Rusia en símbolo de los nacionalistas rusos que apoyan la invasión. El nuevo fascismo ruso ya tiene su esvástica.

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En un momento dado se hizo en la Unión Soviética una recogida de mensajes para el pueblo ruso del año 2017, centenario de la Revolución. Leerlos ahora resulta una broma macabra. Escribían, por ejemplo, desde Okulova a «aquellos que no saben lo que es la guerra». Desde Tiráspol enviaban alabanzas por haber «eliminado los virus y las bacterias, el envejecimiento y la enfermedad»; desde Novosibirsk, por estar «hablando con representantes de otras galaxias sobre colaboración científica y cultural». Desde Arjángelsk escribían: «Estamos un poco celosos de vosotros, que estáis celebrando el centenario de nuestra patria soviética».

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Me topo por la Red con el rostro dantesco de Leticia Sabater inmediatamente después hacerse una horrenda operación de cirugía estética. Leticia era la presentadora de los programas para niños de mi infancia: Mucha marcha, A mediodía alegría, Vivan los compis… Era guapa y chisposa y todos la adorábamos. Ahora se ha convertido en un personaje sórdido, que lucha un imposible combate contra la vejez y el olvido protagonizando toda clase de astracanadas: desde una sucesión de videoclips de un erotismo basto y desagradable hasta una ronda de bolos por los platós del cotilleo para contar que se había gastado seis mil euros en reconstruirse el himen y ensancharse la vagina, y buscaba un hombre que la desvirgase por segunda vez. Alguna vez he pensado que su evolución —que motiva risa cuando debiera motivar lástima— refleja unipersonalmente la del mundo: de los despreocupados años noventa a este presente desquiciado, estridente, y que anuncia un final trágico.

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Hay un capítulo de Pocoyo en el que Pajaroto se disfraza accidentalmente de monstruo, y en un momento dado decide que, como todo el mundo piensa que es un monstruo, va a convertirse en un monstruo de verdad. Lo hemos visto esta tarde, y se me ha quedado pegado a las meninges.

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Tuitea la Juventud Comunista que «el imperialismo trata de eliminar a todo aquel que se oponga a sus intereses y organice a la clase obrera contra ellos. Es imprescindible combatir este auge reaccionario y derribar a la UE y a la OTAN y sus gobiernos títere como el ucraniano». Semejante basura, en el día en que hemos sabido que los rusos han llegado a minar algunos corredores humanitarios, lo que ha provocado muertes de civiles de las que hemos ido viendo imágenes espeluznantes. Ni con esas se le da a Putin, desde estos ambientes sectarios, el más leve tirón de orejas. Repugnante es poco.

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Llevo dos días arrancando un seto que tendrá, calculamos, treinta años; tres décadas durante las cuales esta enorme estructura vegetal fue creciendo pacientemente, ramificándose, retoñando, sufriendo heladas, sequías, agostándose, reviviendo. No es fácil destruirla ahora: la podadora eléctrica, pensada para pulir y no para arrasar, se atora en los leños gruesos, que hay que talar a hachazos, o serruchar. Las recias raíces son profundas, para hundirse en la tierra helada del invierno. Con la espalda dolorida por el esfuerzo, y la mano lacerada y temblequeante por las horas pasadas agarrando las distintas herramientas y la podadora en marcha, pienso a la vista del montón de broza que he formado en qué difícil es acabar con una vida. Y a la vez qué fácil.

El runrún interior (41)


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleCrítica.cl, La Soga, Nortes, LaU, La Marea y CTXT; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019) y Los nuevos odres del nacionalismo español (2021).

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