Crónica

Un viaje de invierno (Grandson, Neuchâtel y Ginebra)

Álvaro Valverde escribe la crónica de un breve viaje a Suiza.

/ por Álvaro Valverde /

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Con tiempo y paciencia, uno ha ido perdiendo, o casi, el miedo a volar. A los aviones, quiero decir, esas máquinas maravillosas de perenne diseño vanguardista. Lo dijo Borges: «volar es una ansiedad del hombre». También: «Ciertamente el avión no nos ofrece nada que se parezca al vuelo».

Sufro en el despegue, con ciertas maniobras en el aire para alterar o fijar el rumbo (soy hipersensible al movimiento, propenso al mareo) y con las turbulencias, supongo que como todos. Lo mismo me pasa con la claustrofobia, más cuando vuelas encajado en los asientos de las compañías de bajo costo. Aunque dicen que es el momento más delicado, disfruto bastante del aterrizaje. Tanto gusto me da sentir que el aparato toma tierra (y uno con él) como extrañeza cuando se despega del suelo, donde más humano, ay, me siento. Tranquilo del todo, ya se ve, no voy, pero es que nunca me he sentido así en mi vida. Soy un nervioso nato, poco importan las circunstancias. Ahora, si bien no desabrocho el cinturón de seguridad ni me levanto del asiento para nada, puedo observar el paisaje desde la ventanilla (que, si es posible, siempre ocupa Y.) y hasta leer. No cualquier cosa. Elijo muy bien el libro que ha de acompañarme en ese delicado trance. Para esta ocasión vi claro cuál sería. Reservaba, desde hacía meses, La Fuente del Encanto: poemas de una vida (1980-2021), de Andrés Trapiello, número 100 de Vandalia, la colección sevillana de la Fundación J. M. Lara, para alguna fausta ocasión. No me equivoqué al escogerlo. Era su momento. Allí arriba, con los Pirineos debajo, primero, y los majestuosos Alpes, después, pintados de blanco por la nieve, sobrevolando las tierras pardas de Francia, ríos y ciudades que siempre he soñado visitar, leí las primeras páginas de ese libro tan singular en nuestro panorama, una suerte de autobiografía lírica, que, como imaginaba, me cuesta soltar, de ahí que condure su lectura. 

El vuelo fue corto y apacible. Doméstico, sí. En el aeropuerto de Ginebra nos esperaba nuestro anfitrión: el diseñador y galerista Jorge Cañete. En su coche, con sol aún, recorrimos la distancia que separa la ciudad natal de Rousseau de la localidad de Grandson, a orillas del lago Neuchâtel, donde está La Galerie Philosophique, que también es su casa. En el cantón de Vaud, preciso, donde nació el extraordinario poeta Philippe Jaccottet

Hacía veinte años de nuestro primer viaje a Suiza. En aquella ocasión visitamos la musical y artística Lucerna, en la parte alemana. Al contemplar el paisaje, confirmó uno de inmediato su aprecio por este país aburrido, dicen, y eficiente donde, entre montañas, a uno no le importaría vivir. 

El pequeño Hotel Du Lac era discreto, limpio y confortable, a tono con Grandson, un enclave medieval con castillo. Muy cerca de la casa de Jorge y su compañero Cristophe, donde fuimos apenas llegamos para ver cómo había quedado Extremamour, con fotografías de Patrice Schreyer y versos de uno, el verdadero motivo del viaje. En compañía de J. y de C. y de la artista Mercedes Lara (que expondrá en septiembre en La Galerie), su marido Jaime y su hija Bárbara (con los que felizmente compartimos la visita los dos primeros días), nos acercamos a las orillas del lago para cenar en Les Quais. Tomé la soupe de potimarron, parfumée au gingembre et citronnelle, graines de courges et croûtons de pain, que me entonó de momento, y los filets de perches meunières, sauce tartare, sauce ciboulette, peces del mismo lago, por cierto, que, al salir, golpeaba con sus olas el muelle debido al fuerte viento. El que llaman bise. 

El frío exterior obliga a mantener los interiores calientes. Demasiado a veces, en especial si tratas de dormir en una cama ajena y con una almohada demasiado baja. Por suerte, durante nuestra breve estancia no llovió y pudimos apreciar en toda su belleza el paisaje que rodea Grandson. Nuestro segundo día de estancia, domingo, aprovechamos la mañana para subir a la montaña. Hablo del Macizo del Jura, frontera con Francia. Me resultó imposible no acordarme de María Zambrano, que, a finales de los sesenta, se instaló, junto a su hermana Araceli, en «La Pièce», una casa humilde que está relativamente cerca del lugar en el que estábamos, donde escribió su obra maestra Claros del bosque y recibió la visita de españoles residentes en Ginebra como su primo Rafael Tomero, Rafael Martínez Nadal, Joaquín Verdú de Gregorio y los poetas Aquilino Duque y José Ángel Valente, quien dio forma definitiva al citado libro y que tanto conversó con ella. 

Pisamos la nieve y contemplamos largo rato los Alpes, que teníamos enfrente (sobresalía el perfil del mítico Mont Blanc), y el lago, que quedaba a nuestros pies. Tras visitar una quesería, regresamos a Grandson. Para degustar algunos de los quesos recién adquiridos y otras ricas viandas (canapés, bocadillitos, tartas…) en casa de nuestros amigos. Se unieron al grupo Aurora Díaz-Rato, antigua embajadora de España en Suiza y en la actualidad en la Oficina de las Naciones Unidas y otros organismos internacionales, con sede en Ginebra, y su marido, Ignacio Montes, director en su día del Instituto Cervantes de Dublín y Bruselas. Les acompañaba la novia de uno de sus hijos. Pasamos un rato muy agradable y en la charla no faltó Extremadura (una región que todos conocían bien) y, en concreto, la próxima edición placentina de Las Edades del Hombre, donde quedamos en volver a vernos. 

Nuestros horarios no son los suizos ni comemos al mediodía, pero ya lo dice el refrán… Tampoco aquí inauguramos una exposición un domingo a las tres de la tarde. Para mi sorpresa, la vernissage fue un éxito y la galería se llenó. Los primeros en llegar fueron Patrice, poco amigo de las multitudes y de hablar en público, y su mujer, Floriane, muy sensible y atenta, la autora de las fotografías del acto. Además, suizos llegados, en su mayor parte, de Neuchâtel, Berna, Lausana y Ginebra, entre los que no faltaban españoles residentes en esta ciudad cosmopolita. La familia de Cañete, por ejemplo. Sus padres (de Málaga y Tarragona) y sus hermanas, nacidas como Jorge en Suiza. Su madre, Carmen, nos causó una gratísima impresión (con ella estoy en la foto). Son gente cercana y cariñosa. 

A pesar de que me pierdo en estos saraos por falta de eso que llaman habilidades sociales, también saludé, entre otros (a los que pido perdón por no mencionar), a la simpática artista alicantina residente en Lausana Silvana Solivella (que me traía recuerdos de otro ginebrino temporal: el poeta Jenaro Talens), tan salada como sus obras, y a otras personas que acudieron a la inauguración. 

Las primeras palabras las pronunció Cañete, comisario de la muestra e impulsor de la idea de reunir la obra de Schreyer con la poesía de uno. No iba desencaminado cuando concibió esa colaboración y, al ver las imágenes que Patrice captó en la Extremadura triste e invernal de finales de diciembre de 2021, a uno le costó muy poco componer (si se me permite utilizar esta palabra algo pomposa) los dísticos que, a modo de impromptus, acompañan a sus melancólicas fotografías. Por lo demás, el diseño de Extremamour dice mucho del gusto y del rigor de Cañete como galerista. Jugaba a su favor el recinto de la galería, en los bajos de un vetusto caserón de la Rue Haute donde ellos también viven. Sí, de hecho la galería se extiende por las dos plantas superiores, las de la vivienda propiamente dicha. Paredes y suelos, mesas y otros muebles ocupados por una genuina colección de arte contemporáneo que no deja impasible al invitado. Se nota que allí vive un diseñador de interiores. Y dos personas con gusto. Acompañados, se me olvidaba, de un perro, el zalamero Lancelot, y un gato, el esquivo Zurbarán.

A la intervención de Cañete siguió nuestra lectura. Valéry Mayer (otra persona encantadora, merci bien) vertía con naturalidad al francés lo que uno iba leyendo con la menor afectación posible, según costumbre. Textos que, gracias a la meticulosa labor del comisario, alcanzaron su debido rango literario en esa querida lengua (la de mi bachillerato, la de la especialidad por la que oposité hace mil años al Magisterio) en la que me atreví a decir, antes de empezar y después de pedir perdón por mi pronunciación, unas palabras. Todo en veinte minutos. 

Como había comida y bebida y era domingo, la vernissage se prolongó durante horas. Conversaciones fluidas, risas y encuentros, saludos y hasta firma de ejemplares de la antología de poemas que editó La Isla de Siltolá con selección y prólogo de Jordi Doce

Nos fuimos después a Neuchâtel para cenar. Esta vez se sumaron al grupo habitual Patrice y Floriane. Dimos antes un paseo por las calles dieciochesca de esa preciosa y opulenta ciudad lacustre (famosa ahora por sus relojes y antes por sus tejidos) de la que fue soberano el mismísimo rey de Prusia. Subimos por unas empinadas escaleras hasta la catedral (donde unos lobos de bronce de tamaño natural asustan a cualquiera, tan realistas como los búfalos que encontramos a la salida del aparcamiento, obras del mismo escultor) y terminamos la gira en Maison des Halles, un restaurante situado en los bajos de un edificio construido en 1569 y que está calificado como monumento histórico. Bien aconsejado por Jorge, pedí el típico saucisson neuchâtelois des Ponts-de-Martel sur lentilles vertes à la crème. Una delicia. Potente, eso sí. A los postres, sorprendieron a Y. con una tarta de chocolate que llegó acompañada de unas velas y del oportuno cumpleaños feliz. No era ese mal sitio para celebrar uno más. 

Aprovecho para decir que mi intención de beber cerveza suiza se malogró desde el principio y sin remedio ya que la costumbre, tanto en casa como fuera, es acompañar la comida de vinos de la zona, muy ricos, sin duda; en especial, los blancos. 

La segunda noche dormí, a pesar de la salchicha, algo mejor, no sin antes doblar la almohada de aquella manera y dejar a los pies el agobiante edredón. 

Grandson

2

Nos lo advirtió la embajadora: «Mañana será mejor que vayáis en tren a Ginebra y no en coche. Viene Lavrov, el ministro ruso, y la ciudad estará tomada por razones de seguridad». Ferrocarril y Suiza, una perfecta combinación. Fuimos primero en autobús hasta la termal Yverdon-les-Bains y desde allí, ya en tren, directos a Ginebra. En menos de una hora. Nos acompañaban Mercedes, Jaime y Bárbara, de vuelta a Madrid. 

Tenía muchas ganas de conocer Ginebra. Es uno de esos sitios que uno tiene mitificados gracias a la literatura. A la poesía, mejor. En ella vivió Jorge Luis Borges en distintas etapas de su vida. Durante la Gran Guerra, del 14 al 19 (cuando su padre vino a Europa para intentar frenar su ceguera, la misma que heredó Georgie) y ya al final, en 1986, cuando le diagnostican cáncer de hígado y sabe que va a morir. A Ginebra, «una de mis patrias», le dedicó su último libro de poemas, Los conjurados: «Se trata de hombres de diversas estirpes, que profesan diversas religiones y que hablan en diversos idiomas./ Han tomado la extraña resolución de ser razonables».

En Atlas (1984) escribió:

«De todas las ciudades del planeta, de las diversas e íntimas patrias que un hombre va buscando y mereciendo en el decurso de los viajes, Ginebra me parece la más propicia a la felicidad. Le debo, a partir de 1914, la revelación del francés, del latín, del alemán, del expresionismo, de Schopenhauer, de la doctrina del Buddha, del Taoísmo, de Conrad, de Lafcadio Hearn y de la nostalgia de Buenos Aires. También la del amor, la de la amistad, la de la humillación, y la de la tentación del suicidio. En la memoria todo es grato, hasta la desventura. Esas razones son personales; diré una de orden general. A diferencia de otras ciudades, Ginebra no es enfática. París no ignora que es París, la decorosa Londres sabe que es Londres, Ginebra casi no sabe que es Ginebra. Las grandes sombras de Calvino, de Rousseau, de Amiel y de Ferdinand Hodler están aquí, pero nadie las recuerda al viajero. Ginebra, un poco a semejanza del Japón, se ha renovado sin perder sus ayeres. Perduran las callejas montañosas de la Vieille Ville, perduran las campanas y las fuentes, pero también hay otra gran ciudad de librerías y comercios occidentales y orientales. Sé que volveré siempre a Ginebra, quizá después de la muerte del cuerpo».

Y volvió, incesante viajero, antes de su partida definitiva. 

Por eso le dije a Jorge —nuestro guía en su ciudad natal— que solo había una cosa que quería hacer en Ginebra. Bueno, dos. Visitar su tumba y la casa donde vivió sus últimos días.

Cerca de la estación, tras recorrer algunas calles (en una de ella, el Museo de Arte Moderno y Contemporáneo, el MAMCO, cerrado por ser lunes), llegamos a lo que parece un parque o un jardín, no un cementerio, el de Plainpalais, reservado a los ginebrinos ilustres. Nos costó dar con su tumba. Hasta que vimos un plano del lugar con los nombres de los allí enterrados. Como cuenta Alberto Infante, esta contiene

«una lápida del escultor Eduardo Longato, una piedra rugosa de contornos irregulares en cuyo anverso figuran el nombre y las fechas de nacimiento y muerte, una inscripción en anglosajón antiguo y un grabado que representa una escena de la balada de Maldon en la que siete caballeros sajones con las espadas rotas se encaminan en fila hacia la muerte. La inscripción proclama: «Que no teman». La mayor parte del reverso lo ocupa el bajorrelieve de un barco vikingo (en clara alusión al navío con que sus guerreros viajaban el más allá), una frase en ese idioma, y una leyenda en español: «De Ulrica a Javier Otárola». Ulrica es el personaje que da título a un cuento de El libro de arena, la frase es la leyenda introductoria de ese cuento y se refiere a la espada que se clavaba entre los amantes para impedirles la unión antes del desposorio, y Javier Otárola es el protagonista del relato».

Fue un momento emocionante. 

Nos dirigimos después hacia la parte antigua. Antes, atravesamos el Parc des Bastions, al lado de la Universidad, debajo de la antigua muralla y del Banc de la Treille (el banco de madera acaso más largo del mundo), donde se levanta, imponente, el Muro de los Reformadores: Juan Calvino, Guillaume Farel, Théodore de Bèze y John Knox. En él está grabado el lema de la ciudad: Post Tenebras Lux (Después de las tinieblas, la luz). 

Pasamos por numerosos monumentos: la sinagoga Beth-Yaacov, la Iglesia Rusa (donde bautizaron a la hija de Dostoyevski que murió cuando el escritor ruso residía en Ginebra, enterrada en Plainpalais, como Calvino y Borges), el Gran Teatro…

El centro estaba bastante animado; a pesar del frío, lleno de gente sentada al sol (se puede ver arriba, en la Place Bourg du Four). Callejeamos. Y visitamos la catedral de Saint-Pierre, que impresiona, aunque en ella impere la sobriedad protestante. La capilla de los Macabeos rompe, gracias a sus espectaculares vidrieras, esa serena austeridad.

Cerca, el Collège Calvin, fundado por el propio Calvino en 1559, donde estudió el adolescente Borges. Y en la Vielle Ville, en el chaflán izquierdo del número 28 de la Grand Rue, la placa de cemento blanco con un poema grabado que recuerda al viajero que allí vivió el poeta argentino.

De camino al restaurante donde íbamos a comer, nos cruzamos con el escritor Jöel Dicker, autor de la famosa novela La verdad sobre el caso Harry Quebert, que se hacía un selfie con algunos admiradores en la calle, llena de banderas, del Ayuntamiento. Hace apenas unas semanas El País Viajero seguía su personal ruta ginebrina. 

Para sorpresa de Jorge, encontramos mesa en el tradicional Café Papon. Yolanda y yo nos decantamos por un clásico de la casa: hachis parmentier de joue de boeuf mitonnée au vin rouge. Vamos, carrillera de ternera picada con parmentier al vino tinto, dice el traductor de Google. 

Era gratísimo pasear por las calles de Ginebra a primeras horas de la tarde. Aquí y allá, placas que nos recordaban que en esta casa nació Rousseau y en aquella Saussure. No existe ninguna dedicada a los poetas españoles José Ángel Valente y Alfonso Costafreda, que a uno le conste, cuya poesía tanto admiro. Los dos vivieron allí y en esa ciudad murieron. En 2000 (los años de nacimiento y muerte de Valente coinciden con los de mi padre) y 1974, respectivamente. No he leído Valente Vital (Ginebra, Saboya, Paris), el libro editado por Claudio Rodríguez Fer y Blanco de Saracho en el que habrá mucha información al respecto. Pedro Gimferrer (luego Pere), visita al poeta gallego en 1963 y le dedica, «para corresponder de alguna manera a tu generosa hospitalidad y acogida», su poema «Invocación en Ginebra», analizado concienzudamente por Túa Blesa. En él leemos: «Ginebra, el Leman, rúas, anticuarios,/ libro, hallazgos, y luego/ la catedral depone sus ojivas,/ bronca grandeza de Calvino».

Costafreda, tan injustamente tratado por unos y por otros, funcionario de la OMS desde 1955 (organización de la que Valente era traductor), escribió Suicidios y otras muertes, un título, al parecer, premonitorio que fue publicado póstumamente. Su poesía completa está en Tusquets. 

Ni al poeta sevillano Aquilino Duque, funcionario internacional (traductor de la FAO, según creo) como Valente (del que fue amigo y con el que tomó whiskies, evoca Lutgardo García) y Costafreda. Recordaba en un artículo lo que le llamó siempre la atención ver «en pleno corazón de la ciudad de Calvino», a la entrada de La Société de Lecture, «a media ladera de la empinada Grande Rue», la frase, atribuida a santo Tomás de Aquino: «Timeo hominem unius libri» («Temo al hombre de un solo libro»). Además de cafés, restaurantes y talleres de relojería, vimos librerías de viejo en las que, sin dudarlo, habría entrado mi amigo Melero, pero cuyas puertas uno, pobre y sin alma de bibliófilo, no se atrevió a franquear.

Nos dirigimos después al Leman, donde está, ya saben, desde 1886, el Jet d’Eau, esa fuente resumida en un chorro incesante de quinientos litros de agua por segundo que alcanza una altura de 140 metros, nos informa la Wikipedia, que añade: «Cuando está en funcionamiento, hay unos 7.000 litros de agua en el aire en cada momento».

Me asombró la limpieza de las aguas (bueno, allí limpio está todo), algo que ya había observado al cruzar uno de los puentes sobre el Ródano, el río que pasa por Ginebra y desemboca en el Mediterráneo.  

Paseamos por sus orillas un rato. Compramos, como cualquier turista que se precie, imanes para los frigoríficos de hijos y madres; distinguimos el hotel Beau-Rivage (con este nombre hay hoteles por distintos lagos suizos, el de Neuchâtel, por ejemplo), a cuyas puertas fue asesinada Sissi; divisamos a lo lejos la elegante silueta de los Alpes… En los alrededores, la zona de tiendas de las grandes marcas. De moda, joyería, relojería…

Aprovechamos para comprar otro regalo ineludible: el chocolate. Pese a que mi abuelo lo fabricó, confieso que no me apasiona. Bueno, si es suizo… O belga, que a veces llega a casa por deferencia de la familia bruselense.

Cansados y contentos volvimos a Grandson. Esa noche, la última en Suiza, estábamos invitados a cenar en casa de nuestros anfitriones. Perfectos anfitriones, sin duda. Cristophe preparó una ensalada de canónigos (el paisaje, diría Bayal, que más me gusta) y una deliciosa carne acompañada de colmenillas y puré de patata. De postre, naranjas con canela. En el espacioso, acogedor salón, mientras conversábamos, permanecía encendido el fuego de la chimenea. 

Lo peor de la velada fueron las horas que nos costó rellenar el dichoso formulario covid (para poder entrar de nuevo en España) debido a un bloqueo del sistema informático que, entre otras lindezas, se negaba a reconocer a Plasencia como ciudad. Esos engorrosos trámites casi nos amargan la noche. Al salir, con el código QR impreso y en el móvil, a unas horas intempestivas para Grandson, ya madrugada, el silencio era casi total, solo roto por el sonido del agua que vertían los bonitos surtidores de las fuentes, otra bendición de ese lugar. 

A la mañana siguiente tomamos el tren en la estación de Yverdon, donde nos dejó Cristophe, que iba camino de Berna, y en él culminamos la línea hasta el aeropuerto. De nuevo el paisaje ameno y las montañas nevadas a lo lejos. Sin engorrosos trámites, con puntualidad suiza, embarcamos en el avión a las 14:10. Antes de lo previsto, y tras un plácido vuelo, aterrizamos antes de las cuatro en Madrid. Aproveché el trayecto para seguir leyendo a Trapiello, aunque sin perder de vista la ventanilla y el bendito suelo. 

Han sido, y siguen siendo, años duros. La pandemia, la crisis, ahora la guerra… Eso, que no es poco, y otras historias personales que, como todos, uno debe soportar y asumir. C’est la vie. Por eso este breve, modesto viaje ha sido tan importante. Salir del pueblo, que es tanto como salir de uno (todo viaje es interior), era, ahora lo sé, una necesidad. Gracias, Jorge.


Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) es autor de libros de poesía como Las aguas detenidas, Una oculta razón (Premio Loewe), A debida distancia, Ensayando círculos, Mecánica terrestre, Desde fuera, Más allá, Tánger y El cuarto del siroco (los cinco últimos en la colección Nuevos Textos Sagrados, de Tusquets) o Plasencias (De la Luna Libros). Sus poemas están incluidos en numerosas antologías y han sido traducidos a distintos idiomas. También es autor de dos novelas: Las murallas del mundo y Alguien que no existe; un libro de artículos, El lector invisible, y otro de viajes, Lejos de aquí. La editorial La Isla de Siltolá publicó, en edición de Jordi Doce, la antología Un centro fugitivo; y la Editora Regional de Extremadura, Álvaro Valverde. Poemas (1985-2015), con dibujos de Esteban Navarro.

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