Laberinto con vistas

Verdad absoluta y monoteísmos

Antonio Monterrubio hace una defensa del denostado epicureísmo y ataca «el prejuicio cultural que entiende el monoteísmo como un progreso intelectual en relación al politeísmo».

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Siempre me ha dejado perplejo el prejuicio cultural que entiende el monoteísmo como un progreso intelectual en relación al politeísmo. Más desorientador aún resulta ver tal idea defendida por individuos pretendidamente liberados de cualquier impronta religiosa. No es que me parezca discutible, más bien la considero insostenible. Basta con reparar en dos estructuras mentales que son componentes básicos del corazón de las culturas asociadas a ambas visiones de lo numinoso: los mitos y los dogmas. Los primeros, particularmente en su expresión más desarrollada, la grecorromana, son abiertos, explicativos, pegados a lo humano, a sus expectativas y necesidades. Ponen a los dioses y los héroes al alcance de los mortales, les otorgan sus mismas pasiones y consienten toda clase de variaciones, juegos e interpretaciones. Alientan la libertad de pensamiento, y eso es lo que permite el famoso paso del mito al logos. Los segundos, en cambio, son cerrados, autoritarios, coercitivos, destructores de la autonomía y la dignidad humana.

No hay camino que lleve del dogma al logos. Es más, cualquier tentativa está explícitamente prohibida. El único sendero admisible es el de la aceptación. Los dogmas acumulados uno encima de otro no dejan respirar a la mente. Predican el Gran Rechazo, que envía a las tinieblas exteriores libertad y razón, libros y sexualidad, inteligencia y deseo. Alimentan el odio al cuerpo, a los placeres, al intelecto. Son, en suma, enemigos de la vida. Esas cosas que tanto amamos, filosofía o democracia, ética, estética o erótica, ciencia o tecnología, jamás podrían haber brotado sobre la tierra baldía de los dogmas y la teocracia. Fueron posibles gracias al abono de culturas que concedieron a sus dioses el don de una humanización que acabó por disolverlos.

Ante el mito, el hombre es creador, frente al dogma es criatura. Cuando se habla de episodios de intolerancia religiosa en la Antigüedad, caso del proceso a Sócrates o de las persecuciones contra judíos o cristianos, se confunden interesadamente los términos. En todos ellos, se dan choques con el poder político, una exigencia de acatamiento y su correspondiente resistencia. No era cuestión de la imposición doctrinal de una ortodoxia religiosa. Herejías y cruzadas solo son concebibles en universos monoteístas. El imperio del cristianismo desalojó de Europa, durante trece siglos, el debate abierto y la reflexión independiente. La frase que Brecht pone en boca de Galileo: «¿Quién no querría por fin / llegar a ser su propio dueño?» resume los anhelos seculares de una razón laica enfrentada al escrutinio sancionador de una Iglesia omnisciente y omnipresente (Galileo Galilei).

El pensamiento libre no tiene cabida en los dominios del monoteísmo riguroso. De ahí, por ejemplo, la inquina contra el epicureísmo. El calificativo de epicúreo ha sido históricamente usado para descalificar a quien señalara alguna grieta en el edificio de la Verdad Absoluta. Aún hoy, los judíos ortodoxos llaman a los que consideran apóstatas o herejes (es decir todos aquellos que no son como ellos) apikoros, «epicúreos». En Lilit, Primo Levi relata cómo en el horror de Auschwitz, otro deportado judío polaco le cuenta las aventuras de este personaje de la tradición oral. «¿No conoces la historia de Lilit? No la conocía, y él esbozó una sonrisa indulgente: ya se sabe, todos los hebreos de Occidente son epicúreos, apikorsim, incrédulos». El mismo autor italiano asume el término como propio, y una vez finalizada la narración sobre la rebelde primera mujer de Adán, escribe que «es una paradoja que el destino haya escogido a un epicúreo para repetir esta fábula pía e impía». Rizando el rizo, el rabino racista Kahane, partidario de la expulsión de Palestina de todos los no judíos y enemigo mortal de cualquier matrimonio mixto, aludía a los judíos que criticaban sus ideas con el apelativo de chusma helenizada.

Esta identificación con lo griego de cuanto se opone a la irracional fe del carbonero es una constante de larga duración en el ámbito del monoteísmo. «En Constantinopla, en el año 562, los cristianos detienen a los helenos —epíteto insultante […]— paseándolos por las calles de la ciudad. […] Se enciende una inmensa hoguera a la cual son lanzados sus libros» (Onfray: Tratado de ateología). Quienes viven de la fe de los otros, reclaman obediencia absoluta a sus interpretaciones o practican la sumisión más abyecta para ganarse el Paraíso, saben muy bien cuál es su peor enemigo. Su nombre es logos, la razón, el discurso lógico, el recurso a la inteligencia, a la libertad de pensamiento, el elogio de la vida y de sus placeres. Y eso huele a griego. Pero es que buena parte de lo que de mejor se ofrece en las estanterías del almacén intelectual de Occidente es originariamente helénico, o su continuación por otros medios. En su esfuerzo por encontrar calificativos injuriosos, aquellos talibanes cristianos del antiguo Bizancio no podían estar más equivocados.

No por casualidad esta corriente filosófica ha sido perseguida, distorsionada y ridiculizada hasta el extremo de que hoy, para una gran mayoría, epicúreo es sinónimo de perseguidor del placer de los sentidos. Los fundamentos de la filosofía epicúrea son la ética como sendero hacia una vida plena a partir de una rigurosa teoría del conocimiento, el estudio de la física (physis: «naturaleza») y una muy especial visión teológica. Se trata de determinar criterios de verdad que habiliten a la persona para evitar el error y aspirar a la felicidad (Teoría del conocimiento). Su física, basada en el atomismo de Demócrito y Leucipo, busca explicar la multiplicidad de las cosas y sus modificaciones sin acudir a entidades metafísicas, sin necesidad de demiurgos ni inteligencias suprahumanas. Su concepción de los dioses como seres colmados que para nada se interesan por los hombres supone una negativa del temor a lo sobrenatural y al más allá. En todas estas ideas epicúreas asoma una clara preocupación por la libertad. Y en defensa de esta, intenta también alejar el temor a la muerte, resorte habitual del poder de los intermediarios de lo divino.

«Así que el más espantoso de los males nada es para nosotros, puesto que, mientras nosotros somos, la muerte no está presente, y cuando la muerte se presenta, entonces no existimos. En nada afecta, pues, ni a los vivos ni a los muertos, porque para aquéllos no está y éstos ya no son. El sabio, en cambio, ni rehúsa la vida ni teme el no vivir. Porque no le abruma el vivir, ni considera que sea algún mal el no vivir» (Epicuro: Carta a Meneceo).

Que el placer —no solo ese en el que se suele pensar— es el acicate esencial que la naturaleza utiliza para que pugnemos por lograr nuestros fines es algo sobre lo que la moderna neurociencia alberga pocas dudas. La zona prefrontal izquierda del cerebro está en la base de los grandes proyectos, los objetivos que dan sentido a nuestra vida. A su vez, la derecha parece funcionar como inhibidor de conducta. Una región nos invita a ir hasta el final, a arriesgarnos por obtener lo que ansiamos, en tanto que la contigua nos desanima mostrando los inconvenientes de la empresa. El punto de vista epicúreo —el verdadero, no la tergiversación interesada y caricaturesca con la que los monoteísmos han pretendido ocultarlo— permite una adecuada coexistencia y equilibrio entre ambas mitades. A la vez que redimensiona y otorga mesura a las ambiciones del hemisferio izquierdo, suaviza y apacigua los recelos del derecho. «Un «epicúreo» que se atenga a la doctrina de Epicuro es una persona equilibrada que exprime la felicidad de los múltiples pequeños placeres de la vida, vence sus miedos y vive socialmente y en armonía con los demás» (Precht: ¿Quién soy y… cuántos?).

Es ese apego a lo que hay, a la realidad cruda y desnuda, y su negativa a todo consuelo mediante ensoñaciones imaginarias y construcciones idealistas, lo que ha motivado el odio al epicureísmo a lo largo de los siglos. En la lista de cargos contra él ocupa lugar destacado su refutación de un alma inmortal. El propio Dante lo despacha al sexto círculo de su infierno: «Su cementerio en esta parte tienen/ con Epicuro todos sus secuaces/ que el alma, dicen, con el cuerpo muere»(Divina Comedia). La adicción al orden de Hegel consideraba un bien —por el que no dudaba en dar gracias a Dios— que las obras de Epicuro no se hubieran conservado (Lecciones de historia de la filosofía). El insobornable empirismo de su teoría del conocimiento y la alabanza del gozo y la alegría que esmaltan el discurso epicúreo son insoportables para sus estólidos enemigos. Según parece, las últimas palabras del maestro fueron: «Vivid alegres y recordad mis doctrinas». Añadamos la sentencia estampada en su Carta a Meneceo: «El gozo es el principio y el fin de una vida dichosa». 

No es complicado adivinar las razones que tienen para profesarle tal tirria quienes defienden y propagan angustias condenatorias de la carne, y juzgan imprescindible ahogar todo atisbo de placer. Sin embargo, el epicureísmo bien concebido no es incompatible con profundas creencias. Basta evocar el poema de Fray Luis de León Vida retirada, ese que comienza: «¡Qué descansada vida/ la del que huye del mundanal ruido/ y sigue la escondida/ senda por donde han ido/ los pocos sabios que en el mundo han sido!». Casi todas las frases que aparecen en los versos podrían ser ilustraciones del ideal epicúreo. Otro aspecto de esta escuela que levantó ronchas durante siglos fue su convicción de que la sociedad se constituye a través de un acuerdo de no agresión entre los hombres. El concepto de pacto de convivencia o de contrato social avant la lettre como base y origen del Estado ponía en cuestión el origen divino del poder y la autoridad tan caro a toda concepción religiosa, y más aún a los que se aprovechan de ella. Parece sensato revindicar la actualidad de Epicuro, de su Jardín y su escuela, ya que «la medicina […] que propuso el filósofo de Samos […] bien podría ser un parapeto frente a la vorágine que amenaza con arrastrarnos» (Cardona: Filosofía helenística).


Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y ha residido casi siempre en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza.

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