Poéticas

José María Fonollosa, un poeta a destiempo

Carlos Alcorta escribe, en el centenario de su nacimiento, sobre un poeta poco leído a pesar de la vigencia de su propuesta estética, cuya obra se encuentra en una especie de limbo.

/ una reseña de Carlos Alcorta /

El pasado día 8 de agosto se cumplieron los cien años del nacimiento del poeta José María Fonollosa. Nació en Barcelona en 1922 y falleció en la misma ciudad en 1991. Hace solo un par de décadas gozó de un breve periodo de gloria, pero fue tan efímera que en solo veinte años son pocos los que le recuerdan y, menos aún, los que leen su obra: así de injustas son los vaivenes del gusto propios de cada época. Una obra que comenzó con la publicación de La sombra de tu luz, en 1945, en plena posguerra. En él se detectan influencias de poetas de la Generación del 27, como Pedro Salinas y Guillén, pero también de otros integrantes de dicha generación como Alberti o Lorca, muy diferentes a los anteriores por su vena popular.

En 1948 aparece su segundo libro, Umbral del silencio, con notables cambios en el aspecto formal, ya que abandona los versos de arte menor (canciones, romances, décimas propios de su primer libro) y se aplica en el uso de metros como el endecasílabo y el alejandrino. A los temas de su primera entrega hay que sumar en este el humanismo propio de la época y la preocupación religiosa que le emparenta con la poesía de poetas como Blas de Otero o José Luis Hidalgo. A partir de este momento, y hasta la publicación de Ciudad del hombre: Nueva York en 1990, una antología de 97 poemas, se abre un periodo de silencio editorial (si exceptuamos la publicación conjunta del libro Blues y cantos espirituales negros en 1951 con Alfredo Papo y unos poemas en la revista Poesía Española en 1961), que no creativo (de hecho, en 1948 ya tenía escritos los 28 poemas de Los pies sobre la tierra, título incorporado a Ciudad del hombre en el que el poeta adquiere ya su voz personal), que ha desconcertado a los críticos, hasta el punto de poner en duda su identidad, atribuyendo su obra a un heterónimo de algún poeta reconocible. Pero estamos ante un poeta que afirma escribir no para compadecerse de sí mismo, ni para mostrarle al mundo su yo: «Escribo ―afirma― porque siento la necesidad ineludible de hacerlo: porque de no hacerlo la idea del poema me persigue y me atormenta y el único modo de librarme de ella, de descansar hasta que aparezca otra nueva, es escribir el poema».

Siempre se mantuvo lejos de los grupos y cofradías poéticas. De ese voluntario apartamiento y de su repulsa a las condiciones sociales de la época proviene, sin duda, la imposibilidad de publicar su obra con regularidad. El encuentro con Pere Gimferrer, que casualmente había leído el original del libro cuando tenía quince o dieciséis años, propició esta publicación de la que fue prologuista y el paulatino redescubrimiento de un poeta tildado, en el mejor de los casos, de secreto. Dos años después de su fallecimiento, en 1993, se publica Ciudad del hombre: Barcelona. Son ahora las calles de la ciudad condal las que dan título a los poemas. Una edición más amplia de este libro, prologada por José Ángel Cilleruelo, se publicó en 1996, autor que ha prologado también los títulos Destrucción de la mañana (2001) y Ciudad del hombre (2016). En 1997 se publicó Poetas en la noche, un libro híbrido, puesto que estamos frente a una novela en verso que relata una crónica de la lírica contemporánea. El propio Gimferrer se refiere a que la obra de Fonollosa está «en la línea fronteriza entre poesía y narración».

Si hay algo que define su poesía de es lo que él mismo denominó «la maldita difícil sencillez», el ascetismo del lenguaje, un prosaísmo representado en el uso del endecasílabo blanco y la simetría estrófica que lo acerca a la prosa: «Estoy decidido a no hacer ninguna concesión de ningún tipo, buscando producir el impacto emocional con el mínimo posible de elementos tradicionales en el poema», escribe en carta a José Luis Cano. Los temas reiterados en sus libros de madurez se repiten. Según Gimferrer, la vida urbana, la sexualidad y el crimen, a los que Cilleruelo añade la muerte, la conciencia artística y el nihilismo, a los que podemos añadir el fracaso y la desconfianza en la evolución del ser humano.

Falleció el 7 de octubre de 1991. No acudió a la cita que tenía concertada con una amiga y esta, alarmada, avisó a la policía que lo encontró muerto en su domicilio. Había sufrido un infarto. Para ahondar más en la leyenda, se comentó que el rodillo de su máquina de escribir había una cuartilla con el poema titulado «No»: «No a la transmigración en otra especie./ No a la post vida, ni en cielo ni en infierno./ No a que me absorba cualquier divinidad./ No a un más allá, ni aun siendo el paraíso/ reservado a islamitas, con beldades/ que un libro garantiza siempre vírgenes./ Porque esos son los juegos para ingenuos/ en que mi agnosticismo nunca apuesta./ Mi envite es al no ser. a lo seguro./ Rechaza otro existir, tras consumida/ mi ración de este guiso indigerible./ Otra vez, no. una vez ya es demasiado».

Su pasión con el jazz lo hermana con el poeta británico Philip Larkin, de quien se acaba de cumplir también el centenario de su nacimiento. Cantantes como Joan Manuel Serrat o Albert Pla han puesto música a sus poemas. En los primeros años del nuevo siglo su obra pareció resurgir de las cenizas. Hoy, sin embargo, se encuentra en una especie de limbo. Pese a la vigencia de su propuesta estética y moral, pocos poetas actuales reconocen haberlo leído. Sigue a la espera de tiempos más favorables. Una verdadera lástima.


Selección de poemas

De Destrucción de la mañana

9

Miro a mi alrededor. De la penumbra
surgen enamorados que se besan.
Otros siguen el film atentamente.

¿Será, quizá, el amor lo que han logrado?
¿O sólo una muchacha a quien besar
como las que yo llevo algunas veces?

Seguro que hay amor. Como el del cine,
como aquel que palpita entre los libros
o el que uno se imagina estando a solas.

Mas yo no tuve suerte. O persistencia.
No sé de un gran amor. Sí de pequeños.
Únicamente rozo muestras nimias.

Breves, menudos cielos para el tacto,
los sentidos. Tristeza que da al alma
diminuto dolor. Amor pequeño.

Sólo un amor minúsculo y no obstante
me creo tan capaz de un amor grande,
de ese amor que aparece en libros, cine…

11

Y ha de ser cada día más difícil.
Ya no se acercará a mí desde el alba.
Su tierna adolescencia detendrían
letreros de «Prohibido», «No», «Ya es tarde».

¿De dónde llegará? Si en su figura
deslumbra el mediodía, otros amores
habrán puesto en su oído usados sueños.
Y con cierta aprensión ambos tendríamos
que perdonar minucias trascendentes.

Cubrir con alegría la tristeza
de no habernos hallado el uno al otro
en la estación de amar, cuando se es joven.
¿Y si nunca llegara yo a encontrarla?

14

Los nudillos golpean los cristales
de un bar en una esquina. Hasta mí arriba
mi nombre que me busca entre la lluvia.

Es grato oír el nombre que uno lleva.

Es grato descubrir que uno aún importa.
Que importa a sus amigos que le llaman
cuando pasa uno andando por la calle.

18

Ya no me inquieren: -«¿Cómo van tus libros?
A ver si los envías a algún premio
de esos tan millonarios que hay a espuertas
y te haces rico y célebre en un día».

Yo siempre contestaba con despego:
-«No confío en los premios. Lo que escribo
es muy original, muy diferente
a lo que están haciendo los demás».

Tal vez ahora ya saben que mandaba
en verdad mis trabajos a concursos,
sin que mi nombre nunca apareciese
ni siquiera en la precia selección.

19

Y pateé con tesón la senda ingrata,
sembrada de esperanzas y amarguras,
de las editoriales. Fortalezas
altivas. Dura piedra. Inexpugnables.

Nunca el Departamento Literario
requirió mi presencia a su oficina.
Y siempre el manuscrito repelido
regresaba apenado hacia mi casa.

Me faltaba el marchamo seductor
de un nombre consagrado. Me daba ánimos:
-«Les conturba mi modo de expresarme».
Me exculpaba: -«Me avanzo a los de mi época».

De súbito comprendo que el constante
gotear del trato unánime avisaba
que mis textos quedaban por debajo
del listón que marcaba cotas mínimas.

Me sobrevaloré demencialmente.
Confundí vocación por mi deseo.
Pugnaba para ser un elegido
y ni estaba en el grupo de llamados.

De otros libros

Doyers Street

No vendrá. De verdad. No vendrá nunca.
Mi cuarto es muy modesto para el éxito.
Ni hallaría la casa tan siquiera.
Mi cuarto es muy austero para amigos.
Nadie viene a reunirse entre estos muros.
Mi cuarto es también frío y muy pequeño.
¿Cómo cobijar, pues, un gran amor?
No es lógico esperar. No vendrá nunca
un éxito, un amigo, un gran amor.
Debiera de una vez cerrar la puerta.

Kennamore Street

Yo quiero que tú sufras lo que sufro:
aprenderé a rezar para lograrlo.
Yo quiero que te sientas tan inútil
como un vaso sin whisky entre las manos;
que sientas en el pecho el corazón
como si fuera el de otro y te doliese.
Yo quiero que te asomes a cada hora
como un preso aferrado a su ventana
y que sean las piedras de la calle
el único paisaje de tus ojos.
Yo deseo tu muerte donde estés.
Aprenderé a rezar para lograrlo.

Plaça d’Espanya

El mundo nos resulta ajeno, inhóspito.
Debiera ser destruido por completo.
Construir un mundo nuevo sin sus ruinas.
Y estrenar una vida diferente.
Pero al pasar el tiempo el nuevo mundo
tampoco hallarán propio nuevos hombres.
También ellos querrán un mundo nuevo.
Mejor fuera destruirlo y no hacer otro.

Times Square II

Contemplo cómo salen del local
parejas enlazadas de las manos.
Cuánta mujer hermosa en todas partes.
El vestíbulo exhibe con orgullo
su muestrario de chicas estupendas.
Un amigo a mi lado me saluda.
Me comenta: «Qué film más aburrido.
Las historias de amor son soporíferas».
Yo asiento. Y admirados vigilamos
a una mujer preciosa. Acompañada.
Observo cómo mira ávidamente
las muchachas que surgen de la sala
como los coches surgen de un garaje
ostentando sus líneas sugestivas.
Como las miro yo seguramente.
También él siente el tedio. Ambos quisiéramos
un amor, un hogar de esos que vemos
en el cine y decimos nos aburren.
No igual a aquel que tienen los amigos
que en su gran mayoría se han casado.
Ante una moto grande y esplendente,
como un bello caballo de fuel puro,
nos paramos: «¿Te dejo en algún sitio?»,
precavido pregunta. Yo no acepto.
Buscaré a alguna chica por el Village.

Mi corazón no sirve para amar

Mi corazón es tierra seca y dura.
Mi corazón no sirve para amarte.
Mira adelante y ríe si me marcho;
baja la vista y llora si me quedo.

Ronda de Sant Pere

No es cierto que transiten por las calles
solo seres frustrados, transportando,
cansados, su cadáver insepulto.
A veces también pasa muchos jóvenes
llevando al hombro sueños y pancartas.
Y ellos no están frustrados. Todavía.

Mirada

Dolía su mirada. Me dolía
hasta en los pliegues altos de mi cuello.
No pude siquiera encogerme de hombros.
Arañaba la lluvia en los cristales
cuando envolví el amor en un papel.
Ella me miró con su mirada.
Me dolían sus ojos. Los cerré.
Dolía su mirada ya tan muerta.

Carrer de Girona

Es difícil vivir. Es muy difícil.
Parece que los otros nunca saben
lo que deben hacer, decir… Se portan
como actores que ignoran hasta el tema
y lo equivocan y estropean todo.
O a lo mejor soy yo quien se ha adentrado
en alguna obra cuyo asunto ignoro
y aquello que hago y digo no concuerda
con la trama que expone la otra gente.
Por eso necesito mucho tiempo-
Tengo que reconstruir cada jornada
el mundo que destruyen los demás.
Y estudiar cada noche las razones,
por qué las cosas salen de otro modo
a como las tenía bien planeadas.
Y debo preparar con gran cuidado
lo que yo haré y diré al día siguiente.
Y lo que harán, dirán, también los otros
según las situaciones que programo.
Mas no sucede igual a lo previsto.
Por eso necesito estar a solas.
Necesito estar solo mucho tiempo.
Tengo que reconstruirme cada día
mi mundo, que destruyen los demás.

8.40

Subo las escaleras de mi casa
despacio, descontento, taciturno.
Tan sólo un pensamiento me conforta:
Las casas están llenas de frustrados.
De seres, como yo, sin aptitudes
para ser singulares en enjambres
pese a aspirar brillara su luz propia.
Y poco a poco fueron acogiéndose
a un amor, profesión, final destino
que no era el que anhelaran. Y están solos.


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Carlos Alcorta (Torrelavega [Cantabria], 1959) es poeta y crítico. Ha publicado, entre otros, los libros Condiciones de vida (1992), Cuestiones personales (1997), Compás de espera (2001), Trama (2003), Corriente subterránea (2003), Sutura (2007), Sol de resurrección (2009), Vistas y panoramas (2013) y la antología Ejes cardinales: poemas escogidos, 1997-2012 (2014). Ha sido galardonado con premios como el Ángel González o Hermanos Argensola, así como el accésit del premio Fray Luis de León o el del premio Ciudad de Salamanca. Ejerce la crítica literaria y artística en diferentes revistas, como ClarínArte y ParteTuriaParaíso o Vallejo&Co. Ha colaborado con textos para catálogos de artistas como Juan Manuel PuenteMarcelo FuentesRafael Cidoncha o Chema Madoz. Actualmente es corresponsable de las actividades del Aula Poética José Luis Hidalgo y de las Veladas Poéticas de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander. Mantiene un blog de traducción y crítica: carlosalcorta.wordpress.com.

2 comments on “José María Fonollosa, un poeta a destiempo

  1. Pingback: Centenario de José María Fonollosa | carlosalcorta

  2. Sergio Gaspar

    Hola, Carlos. Encantado de leerte rememorando a Fonollosa. Realmente, sigue siendo un poeta secreto de la poesía española. Su historia está por escribir con claridad aún. Buena selección de poemas.

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