Poéticas

Los ‘Cantos’ de Pedro Luis Menéndez

José Carlos Díaz reseña un volumen antológico del poeta gijonés que permite recorrer el quehacer literario del autor desde 1979, en que se alumbró su 'Canto de los sacerdotes de Noega'.

/ una reseña de José Carlos Díaz /

Pedro Luis Menéndez (Gijón, 1958) acaba de publicar Cantos (1979-2022) en Ediciones Bajamar, un libro que reúne cinco extensos poemas, aparecidos previamente en ediciones físicas o electrónicas, a los que se le añade un sexto libro inédito hasta ahora. A través de este compendio se puede recorrer el quehacer literario del autor desde el lejano año 1979, en que se alumbró su Canto de los sacerdotes de Noega, hasta la escritura de Donde sea que vayas, que tiene apenas unos meses. Cuatro décadas de literatura que ofrecen la constancia de un poeta con una voz singular, significada por el empeño en mantener una rigurosa pulcritud expresiva y un tratamiento temático nunca insustancial, cualidades que han hecho de Pedro Luis Menéndez referencia entre la mejor poesía escrita en Asturias por quienes se mantienen en el oficio desde los años ochenta del pasado siglo. Siendo así aun después de que haya habido en su obra un largo silencio al que, afortunadamente, se superpuso una nueva y reciente época de imprenta a partir de 2018, con La vida menguante, Postales desde el balcón y Ciudad varada. El primero de ellos, un poemario íntimo y desolado que, editado por Trea, recuperaba la voz de un poeta que no había publicado en treinta años. El segundo, un cuidado libro de encargo que mezclaba microrrelatos, prosas líricas y acertadas referencias musicales. Y el último, a cargo de Heracles y Nosotros, esa delicada colección no venal dirigía por Nacho González, un libro de aliento carveriano que ha pasado a formar parte de estos Cantos que hoy se reseñan, constituyendo en el conjunto una original propuesta de poesía más narrativa, hasta el punto de que llega incluso a mantener una suerte de suspense argumental sobre las circunstancias en las que se mueves los personajes que protagonizan este poemario.

Las seis piezas que arman esta recopilación presentada por Bajamar son, pues, por este orden:

  • Canto de los sacerdotes de Noega (escrito en 1979, aunque publicado por Altair en 1985).
  • Segundo canto de la ciudad (escrito en 1984 e incluido en la antología Trece poetas. Asturias 1972-1985, de Ediciones La Ferrería),
  • Canto tercero (escrito en 1989 e impreso en edición no venal en 1995),
  • Canto de los niños de Sarajevo (escrito entre 1994 y 1996, fue reproducido digitalmente en portaldepoesía.com).
  • Ciudad varada (escrito en 2018, se publicó en la colección Heracles y Nosotros, dos años después).
  • Donde sea que vayas (inédito hasta su inclusión en este compendio, se escribió entre 2021 y 2022).

La forma elegida en estos cinco cantos primeros es el poema extenso, o poema seguido, según lo denominó Juan Ramón Jiménez, una modalidad poética que el propio autor de Moguer cultivó en su libro Espacio, y que cuenta con otros muchos antecedentes notables en la literatura de lengua española: desde el Altazor de Vicente Huidobro hasta la Descripción de la mentira, de Antonio Gamoneda.  El rasgo distintivo que caracteriza este subgénero poético es el relativo a su longitud, que supera a la de la poesía tradicional y que se justifica, quizás también en algunos aspectos de los Cantos, por la variedad temática, la complejidad de formas y contenidos, las repeticiones, las intertextualidades y la variedad de ritmos. El poema extenso está asociado, igualmente, a la libertad compositiva propia de la modernidad literaria que confiere al autor posibilidades dialécticas, fragmentariedad expresiva, perspectivas poliédricas y la eventualidad de convertir la composición en una suerte de sinfonía, a través de la que desarrollar los intervalos temporales que dividen cada pieza.  

En este sentido, se debe subrayar el interés que Pedro Luis Menéndez siempre ha manifestado por la música del poema («un poema sin música es nada»), pero sobre todo por una música que no se limite a ser eco de la métrica clásica, sino que aporte una melodía singular que constituya por sí misma la voz propia del poeta. Por eso la idea de canto entronca tanto con la concepción del hecho poético que tiene Pedro Luis Menéndez, muy musical, como con la forma que toma en los cinco primeros poemas extensos de este libro, e incluso con esa especie de ritornelos que aparecen en Donde sea que vayas, libro final hasta ahora inédito, en el que varios poemas recurren a fórmulas similares en sus arranques.

De los tres primeros cantos, que siguiendo con lo apuntado en el párrafo anterior podrían pasar por cantatas, cabe destacar su firmeza expresiva, especialmente meritoria si tenemos en cuenta que eran obra de un poeta que tenía poco más de veinte años. De aquella solemnidad observada, sobre todo, en el Canto de los Sacerdotes de Noega, de aquella fijación por un universo más social que íntimo, circunscrito a un ámbito geográfico casi legendario, pero con raíces en la ciudad donde siempre ha vivido el poeta y en la que empezaba a forjar, de algún impreciso modo, una conciencia histórica, permanece hoy, en la poesía más reciente de Pedro Luis Menéndez, la misma voluntad de  contención en el modo de decir y el mismo interés en que lo dicho no se abarate por  ligereza alguna; aunque —y ese el cambio más radical en su devenir literario— sus versos últimos son un testimonio mucho más íntimo y atestiguan bien una realidad contemporánea, bien una sentimentalidad introspectiva.

En la obra de Pedro Luis Menéndez hay ciertas constantes que se reiteran en los distintos capítulos de Cantos, como por ejemplo la presencia recurrente de la ciudad: en su versión mítica, como es la de la Noega del primer canto; como escenario del genocidio innumerable, en el segundo; la de los muelles  y los espigones tristes en que habita esa «generación perdida/ entre dos mundos vacíos,/ entre los hombres huecos de ayer/ y de mañana», en el tercero: sitiada como lo estuvo Sarajevo; o tan varada en los márgenes de la historia que se constituye en un retablo de desoladas anonimias bajo la lluvia de las bombas. Otra referencia sobre la que giran muchos versos, que incluso se erige casi en atmósfera opresiva, es la guerra, como amenaza siempre cierta, pero a la vez como laboratorio de conductas y padecimientos. La conjunción de estos dos temas alcanza quizás su mayor acierto en la Ciudad varada, donde la vida bajo los bombardeos se describe con un adeucado tempo jazzístico  El tercer asunto que el lector podrá reconocer apropiándose sobre todo de los renglones postreros de estos Cantos es el paso del tiempo, que uno identifica como eje sobre el que giran los poemas del libro final, pero que también fue, incluso en su mismo título, leitmotiv en el memorable poemario al que se hizo ya antes referencia, La vida menguante, de 2019. Ese libro, junto a Ciudad varada y  Donde sea que vayas —estos dos insertos en Cantos—, deben, a mi juicio, tenerse por obras cimeras en la trayectoria de un poeta que en los años ochenta ya mantenía un pulso vigoroso en lo que escribía, pero un pulso todavía algo enfático y falto de naturalidad, que adolecía entonces del atrevimiento en la franqueza que la madurez confiere a los escritores sabios, y que ahora, desde su nueva irrupción editorial, se ha manifestado como seña de identidad  de una escritura verdaderamente plena.

A continuación, tres poemas del libro Donde sea que vayas, que cierra los Cantos (del resto de la recopilación no se extractan versos por tratarse de poemas extensos que se desvirtuarían si se troceasen).


Antes de que renuncie a las palabras
o se olviden de mí en una esquina turbia
—en el rincón en que mueren las canciones
que tanto nos mintieron,
con que tanto mentimos,
cargados de fogueo
disparando a las hojas de los calendarios
para rasgar ese velo que desnuda nada,
inquietos, afiebrados, calle abajo y arriba,
en el espejo de los tirabuzones
y las infancias muertas—, será mejor abrir
las cajas fuertes del silencio
y atreverse a mirar,
como lo hacen quienes no se ocultan
en la luz tan escasa del otoño
los años por venir son ya los menos
y nadie en el después podrá salvarnos
de todo cuanto fuimos.


Es todo cuanto guardan los inviernos,
y es bastante, si acaso, o suficiente
para no abandonarse
a más temor que el propio,
a ninguna esperanza que no llegue
más allá de la orilla,
en los márgenes fríos
de otras manos que dijeron adiós,
como quien dice
saluda de mi parte a los que queden
y no me esperes ya, que no he venido.

Las islas parpadean en silencio
mientras todo
se oculta y desvanece,
escondido de sí, agazapado
en las calles oscuras y perdidas,
en las calles estrechas sin futuro.

Alguien que sufre
empuja una sirena
a través de la noche.


ERA esto la vida, dice el ángel
encerrado en su pobre ceremonia
para soñar un regreso
que no será posible,
recorrer los pasillos y abrazarte
hasta que los huesos se rindan
a la evidencia de que no ocurrirá
como no ocurren los deseos
que son sólo deseos,
pirámides vacías,
casas abandonadas
donde se ahoga el tiempo.

¿Dónde te espera la muerte, en los tirabuzones
o en las sombras?
¿Dónde?

La cuenta atrás anuncia su bóveda
de humo, su vendaval de espadas,
y nada en el después podrá salvarnos.

Y nada en el después podrá salvarnos.


Cantos (1979-2022)
Pedro Luis Menéndez
BajaMar, 2022
15 €

José Carlos Díaz Pérez (Gijón, Asturias, 1962) es licenciado en filología hispánica por la Universidad de Oviedo (1985). En 1984 fue fundador, con Juan Ignacio González, del Grupo Poético Cálamo, que desde entonces, entre otras actividades, viene convocando el Premio de Poesía Cálamo/GESTO. Junto a colaboraciones esporádicas a lo largo del tiempo en distintas publicaciones, es editor desde 2006 la bitácora digital Los diarios de Rayuela y autor de los siguientes títulos de poesía: Velar la arena (1986), La ciudad y las islas (1992), Contra la oscuridad (2004), Convalecencia en Remior (2015), Cantata de los días tasados (2017). En cuanto a obra narrativa, es autor de los siguientes títulos: Letras canallas (2009), Aunque Blanche no me acompañe (2014) y Vísperas de nada (2017).

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