/ una reseña de Álvaro Valverde /
En el libro Este otro orden: poesía reunida (1979-2016) compiló TSS (Zamora, 1957) su poesía publicada hasta entonces; poemas de, entre otros, La secreta labor de cinco inviernos, Vida del topo, En familia, El que desordena y Pérdida del ahí. Complementarias, las prosas de Para qué sirven los charcos, Los pormenores, La vida mitigada, El murmullo del mundo, La belleza de lo pequeño; los relatos de El descendiente y Los cocineros se aburren a las cinco; las novelas Calle Feria y Años de mayor cuantía; las recopilaciones de artículos periodísticos Salvo error u omisión y Cerezas en el escondite, así como los ensayos Dos poetas de la generación de los 50: Carlos Barral y José Ángel Valente (con José Manuel Diego) o Abordajes.
En Eolas (la edición es, justo es reconocerlo, preciosa), aparece ahora El que menos sabe. No; digámoslo pronto: no es un libro más ni fruto de los ocios jubilares. Me atrevería a decir que es uno de los fundamentales de su bibliografía y, más allá, una aportación sustancial al panorama de la poesía española contemporánea, aunque solo nos demos cuenta de ello un puñado de lectores (la dichosa minoría), conocedores (o no) de la ejemplar, coherente trayectoria del zamorano afincado en León. Mejor para nosotros. Nada peor que esa poesía vacía que celebran, según dicen, tantos.
A estas alturas de la vida, cuanto el poeta tenga que decir debería decirlo sin ambages, al margen de cualquier aparato retórico, de la manera más clara posible. Es el caso. Tal vez sea, por eso, la entrega más emotiva de las suyas, o en la que las emociones y los sentimientos fluyen con más naturalidad, sin que falten por ello los pensamientos («y sus desolaciones»). No se puede negar que la tradición de TSS no es la de la línea clara, la llamada figurativa o de la experiencia. Sin embargo, peca aquí poco de silenciario o hermético, si es que cabe tal denominación para aquello que necesariamente ha de decirse de forma parca y enigmática. En la de TSS, por generalizar, la precisión lo es todo.
De tres partes consta El que menos sabe. En el umbral, una cita de Miyazawa: «Ser tildado por todos de inútil/ sin que se me alabe/ ni se me importune./ Alguien así/ querría llegar a ser…», y un poema prologal (una suerte de poética): «Las buenas intenciones». A la búsqueda de «la deshuesada sabiduría de la confusión». «Me alejo/ de lo hondo también.// Por allí nunca sabe a compasión el pensamiento», leemos. Termina: «La vida así: un quehacer/ sin el permiso oscuro de los nombres». Y «Quehacer», precisamente, se titula la primera sección, la más amplia del volumen. Se abre con un elocuente epígrafe de Cavafis: «El artesano pone su obra por encima de cualquier otra cosa; debe, pues, destruirse por ella». Lo explica muy bien en poemas como «El esmero», el quinto de la espléndida serie «Almanaque desconcertado» (la memoria, la autobiografía): «Pero siempre el esmero […] Siempre el esmero: ese modo de estar en lo otro». «Siempre que necesito salvar algo de la desatención», piensa en el plato de sopa que subía con sumo cuidado desde la planta baja a la superior en la casa de su infancia. De eso trata el poema. La anécdota, como en tantos otros casos, le permite centrarse en la categoría. Así sucede en los otros cuatro de «Almanaque…»: «Mercado de abastos» («Primera vez sin mi madre»), «Todavía no» (el colegio, las bofetadas), «Ana Blandiana y una mujer del barrio de San Lázaro» («pesar la pena como se pesan lágrimas») y «Ratos perdidos» («Tarde de tienda quieta y locura numeral»), en la zamorana calle Feria, la del negocio familiar y la novela).
A esa tarea artesanal donde priman la atención y el esmero se refiere TSS en poemas, pongamos, metapoéticos como «La canción del zahorí» («Pero no entre los brillos/ de la facilidad», ni «en el galope desmandado/ de las exhibiciones del oficio», ni «en la luz frontal de los excesos», pero sí «que su trato sea extraño», «que su entrega/ se dé entre música sin sombra», «en las traseras azotadas del revés del idioma») o «A toda costa» («a eso que, para siempre, harás sitio/ aun sin razón ni abecedario/ suficiente.// Poesía»).
De lo menudo, diría Fermín Herrero, otro de su estirpe, se ocupa en «Utensilios». «Valorar lo pequeño y lo inmediato es, seguramente, la mayor subversión que puede llevarse a cabo en este mundo tendente a la grandilocuencia y al rendimiento en todos los órdenes», confesaba el poeta a Vicente Duque hace poco. En «Bastón» recuerda el de su padre. En «Exigua» se fija en «una grieta de la luz [que]/ salta todavía sobre el aliento indeciso/ de la noche». En «Ventisca» deja paso al aforismo, a la súbita anotación: «Ventisca de palabras extraviadas que vuelan más allá de los moldes oscuros del pensamiento». En «Viaje de invierno» defiende el frío («al norte, al norte», dice en oro poema) por lo mismo que en «Extenuación» se queja amargamente del calor: «Larga es la tarde y sus hirvientes itinerarios amarillos» (un versículo que evoca, a modo de homenaje, alguno de su maestro Gamoneda).
A la edad y sus indignidades destina poemas como «Desperfectos» («criaturas entregadas al desgaste.// Eso somos. Tú, yo, todos./ Nada de permanencia»), «Comportamiento de los huesos» («¿De qué avisan los huesos?»), «Los desentendimientos», «Desvelado» y «Ante una ventana de febrero» («Resistir. Ahora es resistir», leemos, con la guerra de Ucrania al fondo).
«Poética de las inmediaciones» nos lleva «en busca de lo árido», donde la ciudad termina y empieza el campo, lugares frecuentados por TSS en sus paseos, metáfora, en fin, de la vida y los seres. (Utensilios, bastones, fríos y calores, ventanas o extrarradios, no hace falta explicarlo, son metáforas o símbolos en manos de Sánchez Santiago, mucho más que meras realidades al uso.)
«Niño entero que miro» está escrito para su nieto Álex: «Tú que mejoras el mundo/ solo porque estás vivo». Tan cercano y conmovedor como el que dedica a su amigo Tomás Salvador («te fuiste solo»).
Los «Cuatro poemas de 2020» son «Pandemia» («vigilar/ lo invisible, como los poetas», «y ahora que el mundo es un lugar extraño»), «Canción de ánimo» («aunque oigas solo, ahí, el jadeo asustado/ que a todos nos retiene / en la espesura atroz de nuestros domicilios»), «Himno de los adverbios turbios» («el fervor ciego de vivir») y «Especie de plegaria» («tú ampárame,/ al menos que seas tú,// poesía»).
Hermosísimos me han parecido «Sitios donde cabe tu corazón» («en el ojo solar de los imperdibles») y «El que menos sabe», que da título al libro: «Soy el que menos sabe. Todos me adelantaban. Vivo de preguntar». «Eso es lo mío.// Esperar…». «Qué oficio extraño este». «Te aplauden por llorar», concluye. A la extrañeza, por cierto, remite casi todo en la poesía de TSS, la forma más humilde del la perplejidad o del asombro.
«Territorio» habla del suyo, como en «Fervor». De las «conversaciones con la cercanía», del «triste señorío triste/ de los prestigios». «Mi patria, la única patria/ que me importa/ tiene la escasa estatura de lo inadvertido/ y cabe en el relámpago de los párpados». Allí, «lo que sabe vivir a solas/ y sin ruido». Como su poesía. Como él.
La juventud es rememorada en «A su debido tiempo», cuando «nos venía a buscar la despreocupación». «De aquel desorden de la dicha, ¿quién se acuerda ya?».
La segunda parte del libro, «acotado del ojo», se escribe con minúscula. Tal vez para subrayar la cercanía de unos versos dedicados a la obra de distintos artistas, destinatarios concretos, empezando por Giacometti. El resto, amigos o personas a las que conoce y cuyas obras le inspiran. Pintores, dibujantes, escultores de su ámbito geográfico castellano y leonés.
La última parte es muy especial: «Quieta casa ya». «…madre…», pone el principio. La casa es la familiar y sobre ese regreso al lugar natal planea su muerte. Escrito en prosa poética y trazas de diario (va fechado, entre junio de 2019 y octubre de 2023), poco cabe comentar. Son poemas, digamos, intransitivos. Establecen un diálogo con ella («Tú, que solo sabías estar en los asuntos sedosos de la suavidad»). Arma con ellos un relato acerca de lo que ocurre con los objetos, las fotografías («En estas fotografías cabe la muerte») y otros enseres a punto de perderse para siempre. A los que solo puede salvar ya la palabra. Lo ha definido su autor como «un ejercicio de desposesión». Allí, «el olor de las terminaciones». «La palabra «nosotros» ya no alcanza a nombrarnos». «Ella fregándose las manos con exageración contra el mandil y él con sus escasas palabras minuciosas»…
Para terminar, «Nana última», con cita de Zagajewski («ya soy/ demasiado viejo para ser huérfano»): «No sabemos/ lo que pueden los muertos hacer/ con su quietud». «Y no acabes de irte del todo nunca». «Mientras por ahí queda flotando,/ea, ea, ea,/algo mal nombrado, algo indefinible,/ parecido al sabor de la palabra madre». Y otra cita, de su admirado Valente: «caer del aire, disolverse como/ si nunca hubieras existido».
«Los poemas de El que menos sabe merodean por los territorios limítrofes con lo olvidado, lo humilde y desatendido. Son las afueras de las consignas, de las frases hechas y lo estridente: es la vida de otro modo», escribe José María Castrillón en la contracubierta, con un guiño añadido: las cinco últimas palabras forman el título que dio Ángel Campos Pámpano, íntimo amigo de TSS, a su poesía completa.
Cuando cerramos el libro, de una rara intensidad, por infrecuente, persiste la certeza de que no hemos leído cualquier cosa. Y que Tomás Sánchez Santiago no es un poeta cualquiera.

Selección de poemas
Utensilios
Toda la paz del mundo cabe
de pronto en unas cuantas formas
deshabitadas del uso todavía.
Filos y vértices aún duermen.
Es una colección fría
y estremecida de niebla. Entregada
a la inocencia hasta que lleguen manos
a empuñarlos. Son los utensilios. Me fijo
mucho en sus mangos a la medida
de la mano, tratan de desmentir lo crudo
de su apariencia
y poner un poco, un poco de alma viva
en el teatro desastroso de mi cocina.
Abro y cierro cajones. Los veo. Solo eso.
Saludo desde lejos la traza
de sus extrañas composturas, su participación
en las pequeñas matanzas
(romper nueces,
sacar el corazón
a las manzanas, rasgar
la piel rendida de un tomate),
luego apago la luz
y salgo sin estorbar
su apacible militancia. En su desuso
hay algo de advertencia: una oscura dimisión
contra la ferocidad.
Los utensilios. Nunca los toco.
Bastón
Es un bastón. El suyo. Ha venido
a parar aquí, un lugar
que aún no existía cuando él se fue.
Y eso lo hace todo
más extraño. Es como si el mundo
estuviera de pronto cosido
de otra manera: nuevos estambres,
nuevo recado de hilar
entre las cosas.
Y eso lo pone a él más lejos,
en un juego remoto de borrones perdidos.
Entonces aparece, irreal y brusco,
este bastón —el suyo—
sujeto entre dos ángulos de pared
como una novedad
pero que estaba antes que lo demás
en la vida, dejándose usar por sus manos,
capaces de empuñarlo
y luego frías
mientras iban de la duración a la quietud
como única solución blanca
y final.
Lo miro desde lejos y me salen preguntas
en los ojos: el número de pasos
que aún cabrán en sus anillos de madera seca,
las brozas impertinentes libradas
de las calles y aún pegadas
en la contera de caucho
y, también, si aún cuenta conmigo,
si me está esperando ahí como un pájaro
discreto y por ahora
sin dieta.
Paso junto a él y oigo, me parece
que lo oigo, un estertor.
¿Y qué atestigua?
¿O qué garantiza?
Día por día
Uno tras otro. Faros. Mansedumbre
de coches. Bajan a la ciudad cada mañana
a someterse a un ruido sucio de relojes
y al súbito sabor de los abusos
en la rapacidad de los contratos.
Tú ya estabas ahí, los esperabas
despierto y alentando en lo oscuro, registrando
el latido del alba, los crujidos primeros
del mundo, que parece no conmover nada
a esa fila de ruedas sigilosas
manejadas por quienes vienen del sueño y sus relámpagos
y van a entrar así,
día por día,
en la luz laboral de otra mañana,
entre canciones desencadenadas
para apagar el peso de invisibles martillos oscuros,
achuchones en el alma que logran infligir
horarios extendidos y vigilancias ásperas.
Todo lo que él podía llevar
(Tomás Salvador González)
¿Ni un triste óbolo con que pagar
al barquero si se acerca?
PHILIPPE JACOTTET
en los bolsillos solo algunas hierbas
y unos cuantos botones
muy gastados,
mordidos por el uso
¿así fuiste a cruzar ese día? ¿sin saldo ni defensas
en las manos?
quiero imaginarlo
era mayo
¿aún sabías canciones de resurrección?¿las oíste
otra vez levantarse
y salir de tu memoria
despertando de lejos la boca de los niños?
al menos
eso pudiste llevar contigo al viaje:
un cargamento de pequeñas decisiones
—quién sabe si algo más:
miguitas de pan quieto, monedas sonámbulas, cabos
de lápices—
y un silbato frutal
de hueso
para convocar tú a quien ya te esperaba
con la primera merienda
al otro lado
en el confín
yo sé oler los sueños, eso dirías también allí
con tu voz de licores oscuros
para salvar la última aduana, la de la nada
(igual nos lo dijiste una vez en Galicia,
en aquel viaje de juventud sin cáscaras
y de pensiones húmedas)
y luego
abrirías tus manos para pasar,
enseñarías
lo simple y lo indefenso
todas tus pertenencias
esto es lo que me nombra, algo así dejarías
de recado final
te fuiste solo,
ninguno te sentimos salir aquel día último,
lograste evitar los ademanes de las despedidas,
solo el chapoteo de los remos estrellados
contra esa agua de la vida, el agua
donde quedó flotando para siempre
la clara menudencia de tu caligrafía,
un alfabeto blanco que nadie más conoce
sémola mínima
El que menos sabe
Nunca supe negociar.
Viví entre patadas en ciudades de nombres casi largos,
tomados por el desagrado.
No me acostumbré
a su oscuro resplandor, siempre me fui
a otro lado con la respiración encabritada.
También me fui de todos los lugares
donde había amos, donde la seriedad
esperaba a los niños al final de la tarde
pero perdí la gracia de no dar por cierto
que la vida solo se revelaba
en los alejamientos y en las pérdidas.
Soy el que menos sabe. Todos me adelantaban.
Vivo de preguntar. Ignoro
el peso azul de los relámpagos
y la intimidación de las brújulas.
Bajo la carne de las cosas pongo palabras pálidas
y espero.
Eso es lo mío.
Esperar
el atropello silencioso del tiempo, verlo pasar
con suministros helados, con adjetivos veloces
y hacer algo por detenerlo, un gesto
o una bola de lágrimas.
Soy el que menos sabe. Solo conozco
a las cosas por su nombre.
Qué oficio extraño este.
Te acusan de tocar sin dedos limpios a las palabras
peligrosas, sacarlas de la fila y ponerlas
a hervir fuera de sitio.
Te llevan maniatado por los distritos de la melancolía.
Te escuchan todos con oídos sellados.
Te suben a cadalsos. Confunden lo que dices.
Te aplauden por llorar.

Tomás Sánchez Santiago
Eolas, 2024
152 páginas
18 €

Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) es autor de libros de poesía como Las aguas detenidas, Una oculta razón (Premio Loewe), A debida distancia, Ensayando círculos, Mecánica terrestre, Desde fuera, Más allá, Tánger y El cuarto del siroco (los cinco últimos en la colección Nuevos Textos Sagrados, de Tusquets) o Plasencias (De la Luna Libros). Sus poemas están incluidos en numerosas antologías y han sido traducidos a distintos idiomas. También es autor de dos novelas: Las murallas del mundo y Alguien que no existe; un libro de artículos, El lector invisible, y otro de viajes, Lejos de aquí. La editorial La Isla de Siltolá publicó, en edición de Jordi Doce, la antología Un centro fugitivo; y la Editora Regional de Extremadura, Álvaro Valverde. Poemas (1985-2015), con dibujos de Esteban Navarro.
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Primera frase del artículo: «En el libro Este otro orden: poesía reunida (1979-2016) compiló TSS (Zamora, 1957)…»
¿Y quién es TSS? Es la primera vez que veo un artículo que trata de un escritor cuyo nombre hay que buscar al final. ¿O Tomás Sánchez Santiago es tan conocido en España como JRJ y yo no me he dado cuenta aún?
Estimado señor Villalba, tiene uste razón. Debí poner el nombre completo. El caso es que en mi archivo, debajo del mío como autor de la reseña, figuraban los datos del libro: título, editorial, etc. Y el del poeta, por supuesto. Al aparecer ahora esa información al final puede que quien lee no sepa a quién me refiero. No volverá a pasar. Lo siento. En en blog está corregido. Saludos.
Usted, quise escribir.