Arte

Lo tradicional y la altermodernidad

Arturo Caballero comenta las obras galardonadas en los últimos Premios Arte Joven: Jóvenes Artistas de Castilla y León, de los que ha sido jurado.

/ por Arturo Caballero /

Aunque ya hace cuatro años que abandoné las aulas, he seguido con interés lo que hacen los alumnos de las enseñanzas artísticas cuando acaban su primera formación e inician una andadura incierta por el mundo real. Por ello, no me importa prestarme a experiencias como la de ser jurado de los Premios Arte Joven: Jóvenes Artistas de Castilla y León, que promueve el Instituto de la Juventud de Consejería de Familia e Igualdad de Oportunidades. En esta edición he compartido deliberaciones con Antonio Acevedo, Mónica Rodríguez y Eduardo Alonso. Aunque no quiero usarlos como escudo de autoridad, voy a utilizar en los párrafos que siguen algunos de los argumentos barajados en la ingrata tarea de elegir a los premiados y que luego aparecerán en el catálogo de la exposición itinerante por nuestras provincias.

Huelga decir que no existe en la convocatoria otra relación con Castilla y León que la del lugar de residencia, el de nacimiento o la descendencia, hasta segundo grado, de un natural de la tierra. Aunque es lógico que los paisajes rurales y urbanos influyan como punto de partida para cualquier tipo de creación, ello no es suficiente para que las obras resultantes posean interés. A pesar de ello, y sin que fuesen mayoría, nos llamaron la atención durante el proceso las reflexiones elaboradas plásticamente que se referían, directa o indirectamente, a las personas y las tierras de nuestra comunidad. No me extrañaría que estos aspectos serán compartidos en otros muchos territorios.

Pero primero he de confesar que el detonante de estas líneas no ha sido ese, sino el recuerdo persistente de la jota interpretada en directo y casi a capela por Dulzaro, uno de los ganadores en la categoría de música, que nos obsequió con una actuación hipnótica  a cuyo eco se puede acceder a través del vídeo promocional galardonado ya en el Festival de Cine de Medina del Campo con los premios del jurado y del público. Aquella intervención me trajo a la memoria algunos de mis recuerdos infantiles. Ante una puesta en escena radicalmente moderna apoyada en unos pasos de baile ajenos a cualquier forma canónica o convencional, rememoré las procesiones del santo (Isidro) y los bailes en el bar de Segunda con los bancos pegados a la pared (sí, como en la canción) donde, sin nosotros ya saberlo y al ritmo de la yenka, empezábamos —con el girar del tocadiscos— a dar por finiquitada una parte de nuestra historia. No es rara la relación entre el ritmo y la melodía con los sentimientos. Motiva más escuchar la Marsellesa (Rouget de Lisle, 1792) que ver La Libertad guiando al pueblo (Eugène Delacroix, 1830, Museo del Louvre) y —ya puestos— conviene no olvidar que Platón consideraba a la música como la única actividad artística permisible en su república ideal. No hace falta explicar el motivo.

Por aquellos años, estoy hablando de los primeros sesenta, los abuelos de estos artistas (unos en ciernes y otros produciendo ya de forma casi profesional) comenzaron a vaciar los pueblos iniciando su agonía en una búsqueda, muchas veces infructuosa, de la supervivencia familiar. De aquel progresivo abandono que se ha ido acelerando año tras año Begoña Hernández González presentó una impactante versión pictórica (que la artista calificaba como «grito de la memoria, evocación de la sangre de quienes allí vivieron») en Esquela de un código postal, en la que plasma a través del color la vinculación de los hombres con su tierra, los sentidos de quienes ya se fueron, las comarcas afectadas gravemente por la despoblación y la relación entre ellas a través de dramáticas líneas rojas.

Esquela de un código postal, de Begoña Hernández González

En una línea semejante, Alicia Basulto Calvo ha creado un fotomontaje, más amable en las formas, con el que transmitir una profunda sensación de nostalgia. Se trata de En busca de la oportunidad, cuyo título es significativo tanto de su añoranza de la tierra que deja, y que siente como aquella de la que ha sido expulsada (Medina del Campo), como de la otra que se convertirá en nuevo territorio de aprendizaje y trabajo (Barcelona y Londres). Lo planteó en primera persona (incluyendo autorretrato en vestimenta tradicional) como «un viaje y un reflejo de las emociones y colores que he vivido en cada huida». Los tonos cálidos del hogar se convierten en los fríos que aporta la tristeza de la lejanía.

En busca de la oportunidad, de Alicia Basulto Calvo

Marta Hernández González presentó Postal de la Sierra como una conexión entre la naturaleza y la historia, entre el pasado y el presente a través de la recreación de cuatro sellos con motivos de bordados populares de la sierra de Francia que aún conservan su valor nominal en pesetas.

Postal de la Sierra, de Marta Hernández González

Esa misma idea subyace en el modelo creado por Eva María García Galache, que, bajo el título de Villa Charra e inspirándose en los trajes de fiesta de Villavieja de Yeltes, combina creatividad, funcionalidad y sostenibilidad usando los tejidos de antiguas vestimentas de charro y charra para la elaboración de un vestido femenino (minifalda, camisa y chaleco) cuyo proyecto, desarrollado y justificado, es igual de interesante  que el producto final.

Villa Charra, de Eva María García Galache

También lo autóctono subyace en la propuesta gastronómica de Javier Iglesias Moral, «Sabor a bosque», que parte de los productos de una tierra que siempre han estado ahí, pero reelaborándolos para crear nuevas posibilidades culinarias con la que satisfacer nuestra golosa ansia de novedades.

Los premios Arte Joven vienen concediéndose desde 1989, diez años después de que Jean-François Lyotard, en La condición posmoderna, describiese el cambio de modelos que detectaba en una cultura y un arte que abandonaban el rigor del pensamiento vanguardista y lo sustituían por un pensamiento acomodaticio, aproblemático y débil (Gianni Vattimo, 1983) que derrumbaría la solidez del mundo heredero del Siglo de las luces  y entronizaba una modernidad líquida (Zygmunt Bauman, 2000) que consagraba como bienes supremos la libertad absoluta, la novedad o el placer.

Tengo encima de la mesa, mientras escribo, una obra demoledora sobre el arte surgido como consecuencia de estos cambios redactada por Donald Kuspit (2006): El fin del arte, Madrid: Akal (81) en la que manifiesta:

«El postarte es un arte completamente banal: un arte inconfundiblemente cotidiano, ni kitsch ni arte elevado, sino un arte intermedio que confiere glamour a la realidad cotidiana mientras finge analizarla. El postarte afirma ser crítico de la realidad cotidiana, pero de hecho es, sin saberlo, connivente con ella. El postarte es un arte en el que la diferencia entre imaginación creativa y la realidad banal que utiliza como su material bruto se ha desdibujado, de modo que la reproducción mecánica del material social bruto es confundida con un triunfo de la imaginación. A veces la reproducción postartística implica un cierto ingenio irónico o un humor negro —Duchamp es el modelo a imitar en esto— que pretende ser una transformación creativa, pero de hecho hace socialmente espectacular el material bruto de un modo que sería imposible fuera de su contexto cotidiano. Nada cambia excepto la escala de la presentación, a veces matizada por una etiqueta identificatoria que pasa por explicación, como si nombrar el tema fuera entenderlo».

¿Hasta qué punto esta opinión puede generalizarse? No voy a discutir que durante los últimos cuatro decenios los artistas posmodernos han generado obras de dudoso interés, pero aun siendo así, esos objetos hablan (en todo o en parte) de nosotros mismos como sociedad y, desde este punto de vista, no dejan de aportar datos que nos definen.

La posmodernidad renegaba de la imperiosa necesidad de innovación propia de las vanguardias. Volvemos a las andadas. Ya hay quienes están considerando que después de 2001 (según otros desde 2008) se ha producido un cambio en los modelos culturales que ahora se engloban bajo las denominaciones de «era de lo global» (Anna Maria Guasch), transmodernidad (Rosa María Rodríguez Magda) o altermodernidad (Nicolas Bourriaud). De todas las características que se le otorgan a este pretendido nuevo tiempo, me interesa el concepto de glocal con el que se hace referencia a la posibilidad de sentirse integrado, ahora sí, en una aldea global en la que desde (casi) cualquier lugar se puede acceder y estar presente en el todo. Por otra parte, se recuperan, si es que alguna vez se habían perdido, algunos de los valores que, herederos de la Ilustración, había defendido el movimiento moderno y que habían sido tradicionales en muchas de las manifestaciones del arte de las vanguardias hasta los años sesenta del siglo XX. Entre ellas la utilización del arte como arma de combate con la que hurgar «en los estratos dispares del sentido común del pueblo en busca de rescoldos de conciencia de clase, y de la plutocracia [que se] ridiculicen sus vanaglorias de triunfadores del emprendedurismo y la presenten como un sindicato de rateros horteras y grotescos, bastardeados por la endogamia» (Pablo Batalla Cueto [2023]: La ira azul. El sueño milenario de la Revolución, Gijón: Trea [171]). La nueva organización de los fondos del museo Reina Sofía se hace eco de estas propuestas radicales vinculadas a esta última sensibilidad.

La simple nostalgia por un pasado más glorioso puede convertirse en un pozo que (al modo de aquel en el que se había metido el «gran Filipo» quevedesco) se hace más y más profundo cuanto más se enreda uno en ella. Me parece a mí que, en cierto modo, algunos de estos jóvenes (nacidos entre 1994 y 2008) intentan recuperar el tiempo anterior al descreimiento posmoderno a partir de una ironía exculpatoria, como mencionaba Umberto Eco, de mucho arte actual que careciendo de ella se nos haría en muchas ocasiones intolerable.

Esa ironía está presente en la obra Lunes de aguas, de Francisco Javier Menchaca Expectación, que refiere visualmente una fiesta arraigada en nuestra cultura popular, en concreto de Salamanca, donde por decisión de Felipe II se expulsaba durante la Cuaresma, más allá del Tormes, a las prostitutas que retornaban a la ciudad el lunes posterior al de Pascua. Inspirándose en la técnica de Michel Majerus, quien, a su vez, lo hacía en el pop americano, Menchaca nos ofrece en este trabajo sarcástico un buen ejemplo de la creatividad posmoderna usando el apropiacionismo y el pastiche. Hace un repaso a todo el arte contemporáneo: parte de los precursores (de Cézanne usa su Naturaleza muerta con manzanas), se entretiene con Matisse (La blusa rumana) e inicia la reflexión posmoderna con figuras del artista pop británico Allen Jones incluidas en su serie de estampas Life Class.

Lunes de aguas, de Francisco Javier Menchaca Expectación

Un paso más allá lo da Pablo González Muñoz en Quien vino al pueblo y no bebió vino, ¿a qué coño vino? usa un lenguaje muy peculiar porque en ese retorno utiliza viejas técnicas como la fotografía estereoscópica realizada de forma directa (sin negativo intermedio), planteándonos una experiencia visual que nos retrotrae a los albores de este instrumento que cambió la historia de la pintura. Mediante el visor contemplamos una serie de imágenes monocromas cargadas de un significado íntimo y evocador para el artista. «Con la manipulación, las fotografías se desgastarán y mutarán a lo largo del tiempo, quedando la misma como el registro propio de su uso y acercándose, mediante la vejez, a la realidad material del lugar que fue retratado».

Quien vino al pueblo y no bebió vino, ¿a qué coño vino?, de Pablo González Muñoz

Pero el trabajo más complejo desde el punto de vista conceptual me parece que es Memoria arraigada, de Jimena Merino Miranda. Parte de una propuesta más extensa la que investiga y reflexiona sobre la huella que deja el ser humano en el paisaje y la relación que se forma entre ambos, atendiendo a la despoblación y al abandono de los pueblos, enfatizando y valorando positivamente, casi al modo romántico, el deterioro y la ruina.

Memoria arraigada, de Jimena Merino Miranda

Su obra contrasta un simple adobe con las improntas de las viejas paredes en papel de elaboración manual, logradas con el paso intermedio de un molde de silicona. Y este choque radical entre el aspecto bruto del adobe de barro y paja y la delicadeza del papel blanco es el que provoca el interés estético. Podemos intuir, si nos paramos a contemplarlo detenidamente, cómo ha ido desapareciendo la capa de repellado e incluso algunos de los prismas de barro que han sido sustituido, chapuceramente, por trozos de ladrillo. Se nos ofrece toda una historia altamente intelectualizada que hace compatible con ecos del arte povera, obligándonos a una comparación visual entre lo que queda y lo que hubo.

Por mi edad, seguro que no llegaré a ver naves ardiendo más allá de Orión, pero sí doy testimonio de recordar los adobes (como si se tratase de una propuesta minimalista sin que yo supiera entonces qué iba a ser eso) secándose al sol en las eras próximas al barrero. Y no como una atracción de feria o para un documental de Eugenio Monesma, sino por pura necesidad. No añoro el pasado, pero me parece bien que estos jóvenes artistas se planteen con una mirada trans- o altermoderna —o como quiera que se llame definitivamente el periodo en el que vivimos— los espacios vitales de sus antecesores, porque parte de su ser tiene su origen en aquellos.

Evidentemente, ni todas estas obras resultaron premiadas ni muchas de las galardonadas figuran en la reseña. Tampoco estamos hablando estrictamente de calidad, porque ese criterio resulta tan discutible referido al arte de hoy que mejor no entrar en él. Más que el aspecto técnico, me ha resultado interesante apreciar las formas que puede adoptar, de manera consciente o inconsciente, el referido concepto de lo glocal en algo tan aparentemente irrelevante como un concurso regional de artes.

Y para concluir: estoy seguro de que estas obras no provocarán ninguna revolución social, pero tampoco creo que, desde el punto de vista personal y en contra de lo que pensaba Ortega y Gasset de lo que hacían los jóvenes artistas de hace cien años, el arte —este arte— sea algo sin importancia alguna.


Arturo Caballero Bastardo (Villanueva de los Caballeros, Valladolid, 1955) es historiador y crítico de arte, facetas que ha compatibilizado con la docencia y otras actividades relacionadas con la organización escolar, entre ellas la coordinación del Bachillerato de Investigación/excelencia en Artes del IES Delicias de Valladolid. Autor de diversos artículos científicos (Un itinerario místico por el Cosmos, 1988), estudios sobre pueblos palentinos (especialmente Dueñas, 1987 y 1992), sobre la pintura del siglo XIX en esa provincia, organizador de exposiciones (Eugenio Oliva, 1985; Casado del Alisal y los pintores palentinos del siglo XIX, 1986; Asterio Mañanós, 1988; Ecos de un reinado. Isabel la Católica, los Acuña y la villa de Dueñas, 2004), ha publicado manuales escolares para las editoriales Edelvives y Epígono. Sobre todo, se ha interesado por las más diversas perspectivas del arte contemporáneo: organizador de ciclos y conferenciante (Fundación Díaz Caneja de Palencia, Museo Patio Herreriano de Valladolid), cursos de formación y actualización didáctica para profesores, comisario de exposiciones de jóvenes artistas. Como culminación de toda esta actividad, en 2007 se publicó Arte contemporáneo. Castilla y León, manual que se distribuyó a todos los centros educativos de dicha comunidad y que es posible visitar en versión web en el portal educativo de la Junta de Castilla y León. En 2021 ha publicado en Trea Arte y perversión: apuntes para una poética de la sociedad satisfecha.


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2 comments on “Lo tradicional y la altermodernidad

  1. Agustín Villalba

    «no me importa prestarme a experiencias como la de ser jurado de los Premios Arte Joven»

    Por pura curiosidad, me gustaría que Arturo Caballero nos explicara cómo se puede ser jurado de un premio de arte en una época en la que todo puede ser arte porque nadie sabe lo que es el arte.

    • Arturo Caballero Bastardo

      Como satisfacción de la curiosidad: se puede ser jurado porque te invita la institución convocante de los premios; los criterios seguidos serán los que dicha institución considere oportunos. Los míos creo que están claros en el artículo. La inquietud parece que la genera el del juicio sobre el arte contemporáneo. A este respecto, estoy de acuerdo en que cuando se puede predicar de cualquier cosa que sea ARTE, efectivamente ese término pierde su valor sustantivo o adjetivo. De estos aspectos, y perdón porque me repita, ya aporté lo que consideré adecuado en Arte y perversión, libro al que me remito.
      En realidad todo resulta más sencillo si en vez de «arte» te centras en los objetos que se presentan a las diversas categorías del concurso: pinturas, esculturas, instalaciones, obras digitales… Cada una posee un formato, unas técnicas y una relación con el contexto; también están realizadas atendiendo a unos códigos que, como parece lógico por la época en la que vivimos, son muy variados y es a ellos -también- a los que hay que atender para emitir un juicio.
      Respecto a ese juicio, consensuado por los miembros del jurado, se puede discrepar todo lo que se quiera. Y está bien que se haga. En eso estriba la libertad de opinión.

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