El runrún interior

El runrún interior (151)

Pablo Batalla Cueto registra en su dietario pensamientos propios y notas de libros leídos y cosas vistas en Internet, escribiendo sobre una decisión nociva de Elle Macpherson sobre el cáncer de mama que padece o un curioso cartel electoral estadounidense.

/ por Pablo Batalla Cueto /

El runrún interior (150)

Miércoles, 4/9/2024. Escribía Miguel Torga en su diario, registrando una visita a Santiago de Compostela: «Confieso que todavía no he podido entender si los españoles levantan tantas y tan grandes catedrales porque tienen necesidad de espacio para meter la mucha fe que los devora, o si, por el contrario, construyen primero unos templos colosales para obligarse a llenarlos después de devoción». Me viene a la memoria la época de los grandes cascarones culturales, en los 2000; mastodontes como la Cidade da Cultura en el propio Santiago —la «pirámide de Tutanfragón», la llamaba el periodista Ánxel Vence— o el Centro Niemeyer de Avilés. Ellos tampoco se hacían por necesidad de espacio para meter la mucha actividad cultural que desbordaba España, sino que eran unos templos colosales que se pensaban primero que la programación que fuera a llenarlos. Una constante histórica, en fin.

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¿Todos los hombres son —somos— violadores en potencia? Sea cual sea la respuesta, lo interesante es constatar que no son pocos los varones que así lo creen, aunque no se den cuenta o reaccionen con indignación cuando escuchan esa aseveración en boca de feministas, como Antonio Naranjo en la de Sonia Ferrer hace unos días en televisión. Lo demuestran —señalaba certeramente Ferrer a Naranjo— en cuanto son padres de una hija adolescente, en el nerviosismo con el que viven sus salidas nocturnas. «Yo he sido joven, y sé lo que hay». Lo que hay es que, según el informe Apps sin violencia de la Federación de Mujeres Jóvenes, de 2023, basado en casi mil encuestas, el 22% de mujeres que tuvieron una cita a través de una app habían sufrido una violación y el 57,9% se habían sentido presionadas para tener sexo con los hombres con los que quedaron.

Lo que hay es que, según otro informe del Observatorio Noctámbul@s de la Fundación Salud y Comunidad (FSC) de 2019, un 97% de las mujeres encuestadas había sufrido algún tipo de violencia sexual en contextos de ocio nocturno. Pero incluso el que quiera negar validez a estos estudios y los desprecie como tergiversaciones de feminazis sabe lo que hay, porque lo ha visto muchas veces, si es que no lo ha encarnado, y en muchas ocasiones acaba demostrándolo así: siendo ese padre que aturra a su niña, pero no a su niño, para que tenga sumo cuidado cada vez que ponga un pie en la jungla procelosa de la noche, dark and full of terrors, le exige una catarata de sucesivas llamadas —cuando llegues a, cuando estés volviendo de—, e incluso llega al extremo de prohibirle salir con determinada ropa o un toque de queda severo.

Hubo en los días de la ley del solo sí es sí una histeria en algunos hombres que revelaba también, pretendiendo negarla, la gravedad del asunto. Se expresaba en forma de gracietas nerviosas: «ahora va a haber que firmar un contrato ante notario antes de follar», etcétera. Esa histeria, ese nerviosismo, no anidaba necesariamente en hombres que hubieran cometido abusos, ni violado a nadie, ni fueran a hacerlo nunca, ni por lo tanto tuvieran nada que temer de esa ley, pero sí solía remitirse a un haber caminado en alguna medida por una zona gris; por un confín de la legalidad en el que sigue sin cometerse ningún delito, pero la linde de la ilegalidad está a la vista e incluso se camina por encima de ella, de su fino filo —que la ley venía ahora a adelgazar más aún—, y se está a un traspié de precipitarse al otro lado. Muchos hombres hicieron en aquellos días una inquieta revisión mental de situaciones pasadas: conquistas noctámbulas que no fueron las de un depredador sexual al que le dijeran explícitamente que no, pero tampoco sucedieron a un lúcido y entusiasta, sino que se aprovecharon de formas leves de aflojamiento de la voluntad: una borrachera, un colocón, una personalidad irresoluta, incapaz de imponer que cuando da la mano no le tomen el brazo.

La ley y el debate en torno significaban para ellos una toma repentina de conciencia de todas las mujeres con las que se acostaron y de las que era probable que se hubieran arrepentido al día siguiente, por más que no hubieran sufrido nada denunciable, sino el resultado de la decisión suficientemente libre y consciente de una ciudadana mayor de edad. Y su nerviosismo se incrementaba en la conciencia de que también significaba para ellas su propia revisión: la de todas sus malas experiencias con los hombres; hombres que seguramente negarían haber sido causantes de una, pero a los que —volviendo a nuestra prueba del algodón— espantaría a buen seguro que una hija suya pasara por ella; por lo que él hizo alguna vez con las hijas de otros.

Estos días se juzga en Francia el crimen espeluznante de un hombre que drogó durante años por las noches a su mujer para dejarla en una suerte de estado comatoso y que otros hombres a los que contactaba en un chat de citas la violaran mientras él tomaba fotos y grabaciones, sin que ella se enterase ni recordase nada al día siguiente. Se han contabilizado 83 atacantes y 92 violaciones, pero, de todo el asunto, es otro el guarismo más perturbador: de cada diez hombres a los que Dominique Pelicot contactaba para proponerles este sórdido trato, solo tres se negaban (y ninguno de estos últimos denunció jamás los hechos). También esto es lo que hay. Lo hay en la europea e ilustrada Francia, lo protagonizan señores de piel pálida que comen jamón y que, por lo que se sabe, no responden a ningún arquetipo caricaturesco del depravado, sino que son bomberos, profesores, enfermeros, jubilados, concejales, militares, periodistas, electricistas, artesanos, policías, padres de familia, casados.

Las charlas sobre estos temas en los institutos deben pensarse bien para que no generen un efecto rebote en chavales que se sientan sermoneados o insultados, por más que no sea esa la intención. Doctores tiene la Iglesia socrática; esa mayéutica que nos enseña a enseñar, no contando al alumno lo que no sabe, sino lo que sí sabe, pero no sabe que sabe; a impulsarlo a ser él el que ponga nombre a las cosas, en lugar de decirle cuál es. Lo que no puede es negarse o menospreciarse el problema y su gravedad.La cultura de la violación existe y todos somos sospechosos.

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Elle Macpherson tiene cáncer de mama, pero ha rechazado la quimioterapia pese al consejo de 32 médicos. Leo en un artículo al respecto que «los desoyó a todos. Tras meditar y rezar en una playa de Miami, decidió no someterse a quimioterapia y optar por “un enfoque intuitivo, holístico y guiado por el corazón” para tratarse. Entre los especialistas a los que sí hizo caso estaban, además de su médico de cabecera, “un médico naturópata, un dentista holístico [¿qué coño es un dentista holístico?], un quiropráctico y dos terapeutas”».  Qué tremenda irresponsabilidad, pero no solo, ni principalmente, para sí propia: allá ella si no quiere aprender la lección de Steve Jobs, que se murió fulminantemente de un cáncer de páncreas que también se negó a tratar. Sobre todo es irresponsable cara a la sociedad en su conjunto, a la cual ofrece un ejemplo nocivo. Macpherson, leo, también contribuyó a difundir un bulo, hoy bastante extendido en Estados Unidos, sobre la relación entre vacunas y autismo. La de los famosos gilipollas es una tragedia grande, grande.


Jueves, 5/9/2024. Un dato. El mes pasado, en Asturias, más de la mitad de las viviendas vendidas se pagaron al contado. Como dice Luis Ordóñez, «caminan entre nosotros personas que manejan pasta de que lo flipas. Lla desigualdad en España es grande, y en Asturias muchísimo, aunque nos guste pensar que no».

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82 cuatromiles, todos los de los Alpes, en 19 días: tal es la hazaña que asombra estos días al mundo montañero, acometida por el catalán Kilian Jornet, un recordman de los riscos, el gran exponente del alpinismo velocístico que triunfa en los últimos años. Convertirse en unos Usain Bolt de las alturas era la manera de que los alpinistas con vocación de inscribir su nombre en los libros de historia siguieran atrayendo los focos sobre sí, después de que casi todas las montañas del mundo hayan sido ya coronadas, y por todas sus caras. Queda ya muy atrás la edad del heroísmo cartográfico; del tiempo en el que era posible poner los pies donde ningún ser humano lo había hecho antes: todo está ya muy pisado y ya no existen cumbres de las que ser su Edmund Hillary. Vino después la de las vías, las caras. Subir adonde ya se había subido, pero por vericuetos alternativos. Pero ella también se agota, y lo que queda entonces —últimos restos que rebañar en la agotada pota de lo sublime— es la celeridad. No hacer nada nuevo, pero hacerlo más rápido.

La gesta de Jornet es ciertamente asombrosa, una nueva muesca de éxito del ser humano en su empeño por transgredir los límites de la especie. Ese precisamente está siendo el léxico de su relato en la prensa. La transgresión del límite, la redefinición del límite. También se invoca un campo semántico aniquilador: «Kilian Jornet se traga los Alpes», titulaba El País. Se los traga: los devora, los deglute, los borra, los hace desaparecer dentro de sí, convirtiéndose en un hombre más grande que los Alpes, capaz de aprisionarlos y disolverlos en el interior de su estómago. Por supuesto, es una hipérbole: los Alpes seguirán ahí cuando el apocalipsis climático o un holocausto nuclear nos esfumen a todos de la faz de la Tierra; y ahí están ahora para que quienquiera pueda recorrerlos morosamente, buscando en ellos no un orgasmo cronométrico, sino el embrujo lírico ajeno a relojes que en tiempos cautivara a Shelley o Ruskin;no tragarse los Alpes, sino dejarse tragar por ellos. Deberán buscarlo, eso sí, abstrayendo la mirada de las poco embriagadoras legiones de corredores en mallas fosforescentes que se irán cruzando, espoleados por el llamado efecto Kilian.

Jornet no es un hombre, sino miles: todos aquellos que, inspirados por él, corren a emularlo a la escala de sus posibilidades; a integrarse en su cuadrilla informal de picapedreros de límites y conversores de las montañas en artículo de fast food. Un afán que rinde pingües beneficios a las empresas que organizan y promocionan un hinchado universo de maratones de montaña, que en los Alpes y otras cadenas montañosas convocan a corredores del mundo entero. Hasta en el Pico Avicena, antiguo Pico Lenin, un sietemil de Tayikistán, se disputa una así llamada Lenin Race, cuyo nombre en inglés nos habla por sí solo de la vocación internacional de estas pruebas, convertidas en grandes premios de un campeonato global de esta Fórmula 1 humana. En la cordillera cantábrica se organizan 85 carreras al año, según recuento del ecologista asturiano Ernesto Díaz, que comenta a este columnista, al pasarle la hoja de Excel en que las ha contabilizado, que, «si pudiésemos meter número de participantes y procedencia (que no, porque es un jari de curro), el resultado de la huella de CO2 nos iba a hacer saltar los empastes».

Jornet ha adoptado en los últimos años un discurso ecologista que bien puede ser una operación de greenwashing de la empresa unipersonal que no deja de ser, tras recibir algunas críticas en ese sentido, pero también puede ser sincero. Ha montado una fundación en pos de la preservación de las montañas y su entorno; reconoce que su «estilo de vida durante la última década como atleta profesional ha estado ligado a viajes frenéticos por todo el mundo, y, así», ha «contribuido directamente en acelerar el calentamiento global»; y ha reducido el número de carreras en las que participa al año, privilegiando los desplazamientos cortos.

El impacto material de su actividad es ahora menor, y eso es loable con independencia de la sinceridad de sus motivos. Pero sigue incólume un impacto de otro orden —superestructural, cultural— que el estrellato de Jornet también provoca: la promoción, no importa si en las sierras de las antípodas o las de al lado de casa, de una mirada voraz, depredadora, extractivista, de las montañas consideradas como los cuerpos posibles de un bodycount compulsivo; una mina en la que esquilmar el petróleo del heroísmo, para con él rellenar el depósito del cohete de las apoteosis ególatras del Homo capitalisticus; un límite execrable que dinamitar.

Tal mirada limitefóbica no es ecologista, aunque habite en los ojos de un hombre que recicle o no viaje en avión si puede hacerlo en tren. Por haber dinamitado demasiados límites estamos aquí, abocados a un inédito y quizás ya irreversible desastre planetario. Y el ecologismo es también —debe serlo— una pedagogía del límite respetado, el conformarse y el renunciar. Un ecologista bien entendido buscará siempre en la montaña, no un muro que reventar, sino uno ante el que admirarse.

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Santiago Abascal acudirá a la misa de Covadonga pasado mañana, con motivo del Día de Asturias. Habrá aterrizado en la región tras una cita con Javier Milei en Argentina. Supongo que ese día cene con Gargamel o con el monstruo de Amstetten.

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Dijo el otro día Pedro Sánchez que menos lamborghinis y más transporte público, y en la fachosfera han corrido a buscar y a menear el dato de que se han matriculado solo 248 lambos en España en los últimos diez años. Como dice Pedro Vallín, «el literalismo, o incapacidad para comprender la hipérbole, la metáfora, la sinécdoque, la ironía, el sarcasmo, la comedia o cualquier uso figurado del lenguaje, es la forma que toma el analfabetismo contemporáneo».

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Veo en Twitter el anuncio de una nueva construcción en Laviada (Gijón): 87 metros cuadrados útiles por 550.000 euros. Se trata, como señala Sergio López-Sancio al compartir la captura de la oferta del piso en Idealista, de un barrio céntrico, pero de clase obrera, en una plaza conocida por problemas de droga durante muchos años. Se me hace raro que la gentrificación llegue ya al que fue mi barrio, pero así es.

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Titulares de la prensa seria: «Un juzgado abre diligencias al alcalde de Soria por ir en “papamóvil” bendiciendo con una escobilla de váter». Yo no sé qué clase de desalmado sin sentido del humor podría querer irse de un país como este.


Viernes, 6/9/2024. Jorge Dioni: « El objetivo del Plan Bolonia era que toda esa gente que era la primera persona con estudios universitarios de su familia fuera también la última».

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Leo en el último rescate de Álvaro Acebes Arias que, en 1934, hubo un proyecto de filmar una película de exaltación de la Segunda República titulada Abril, inspirada en el Octubre de Eisenstein. Andrés Carranque de Ríos llegó a escribir el guion, pero al final la cosa quedó en nada por falta de financiación. ¡Qué pena!

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La lista de violadores de Gisèle Pelicot parece una representación exacta de la sociedad francesa a pequeña escala. Vemos apellidos italianos, holandeses, españoles, árabes…, y, por supuesto, muchos franceses. No parece que el problema de la violencia misógina estribe en la no ingesta de jamón, ni que se fuera a solucionar mediante una expulsión masiva de señores musulmanes, como propone la ultraderecha.

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Sigue la estela de lo de Pedro Sánchez y los lamborghinis. Otra estrategia discursiva de la derecha es señalar que el presidente dispone de un Audi blindado que cuesta como dos lambos. Se refieren a un Audi de 2017 que no es propiedad de Sánchez, sino del Parque Móvil para uso del presidente del Gobierno, y fue adquirido en tiempos de Mariano Rejoy. Como señala Diego E. Barros, están siguiendo la sucia estrategia pretrumpista que llevó a Feijóo a la Xunta de Galicia, y que incluyó decenas de bulos sobre la vida supuestamente faraónica del socialista Touriño, atribuyendo a su codicia cuestiones que eran propias de su cargo. De su Audi blindado se pregonaba que era más caro que la limusina de Obama. Por supuesto, después lo usó Feijóo.


Sábado, 7/9/2024. Dick Cheney, vicepresidente de Estados Unidos con George W. Bush, votará a Kamala Harris. Impresionante, pero una pregunta ceniza me corroe, y es si no le pasará a Harris lo que a Susana Díaz en aquellas primarias, después de aquella foto con toda la corte celestial del PSOE, de Felipe y Guerra a Zapatero, que no le impidió perder estrepitosamente.


Domingo, 8/9/2024. Leo en El Fascio de las Ramblas, de Xavier Casals y Enric Ucelay, sobre un episodio poco conocio (yo, al menos, no lo conocía): la guerrilla o patrulla de la muerte organizada en 1893 en Melilla por el capitán Ariza, formada por 25 o 30 reos con condenas de entre veinte años y cadena perpetua a los que se armó con «una navaja, un fusil Remington y una bayoneta» para que fueran a atemorizar a los rifeños cortándoles las orejas. Cosas de imperio generador. Casals y Ucelay lo consideran un antecedente inspirador de la Legión de Millán-Astray, montada un cuarto de siglo después, también a partir de la excarcelación de presos a los que se ofrecía la redención de su condena si se alistaban. Con Ariza se había generado también, como se generaría con Millán, un culto a la personalidad de tonos paternalistas. Ariza se dirigía a sus hombres así: «Hijos míos: yo he venido aquí a salvaros, a convertiros de presidiarios en hombres honrados. ¡Que no se diga que somos una partida de bandoleros: prestando a la patria el servicio que prestáis, os hacéis acreedores a la libertad, os hacéis acreedores a que las gentes se olviden de quiénes habéis sido!». Con un crimen, expiar otro. Cuentan Casals y Ucelay después que

«El colectivo llegó a reclutar a un centenar de elementos, pero fue disuelto de forma abrupta porque uno de sus miembros, José Farreny, amputó las orejas a un rifeño confidente del general Macías y fue ejecutado. Su muerte desató una larga polémica y Salmerón denunció en el Congreso en mayo de 1893 que “la guerrilla de la muerte había sido una afrenta para España y para el Ejército”. Ello no empañó la fama de Ariza: apareció en fotos y grabados, la prensa pidió que se le distinguiera y el consistorio de Melilla le dedicó la calle Capitán Ariza, aún existente».

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Leo también esto, hoy, en El Fascio de las Ramblas: en noviembre de 1922 se preguntaba El Eco Patronal, órgano de la patronal madrileña: «¿Tan difícil sería hallar el Mussolini español que fuera impulsado hasta las augustas gradas del Trono, con camisa negra o de color, pero con un programa salvador para los males patrios?».

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Una anécdota que compendia un mundo. Miguel Primo de Rivera inició su dictadura licenciando a miles de soldados en el Rif, efectuando un repliegue a la costa y sondeando unas posibles negociaciones con Abd el-Krim. En julio de 1924 visitó Marruecos, y se organizó un almuerzo con oficiales que presidió Franco. El menú —con intencionalidad evidente— eran huevos.

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En algún lugar de Estados Unidos, quisieron hacer un cartel de campaña de Trump para ganarse el voto latino, y en él salen tres obreros con rasgos hispanos y el siguiente mensaje: «Legales hispanici et latini: vota pro Trump! Familia, opera, securitas». Se deduce con facilidad lo que ha pasado: le pidieron a un traductor de inteligencia artificial que tradujeran el mensaje en inglés al «latino».

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Se ha hablado mucho del silencio de Zapatero en las últimas semanas con respecto a los hechos de Venezuela. Uno de los que cargaron contra él por este motivo fue Felipe González. Hoy sabemos el motivo de su silencio: estaba haciendo gestiones para sacar del país a Edmundo González, el líder opositor, que ahora desembarca en Madrid. Unos dan voces y se cuelgan medallas por no hacer absolutamente nada y otros trabajan callada y honestamente. Y luego están los otros, de los que se acuerda Luis Ordóñez evocando la muerte, en Cuba, del disidente Oswaldo Payá, en un coche que conducía imprudentemente el joven popular Ángel Carromero: los del ir «dando voces y saltos y acrobacias y mucha palabrería, y hacer un show, y montarte tu pequeña película de 007 y al final acabar estrellando, conduciendo tú el coche, al líder de la oposición del país, y matándolo».


Lunes, 9/9/2024. Rescatamos en El Cuaderno las «instrucciones» de la Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra para la revuelta campesina extremeña del 25 de marzo de 1936, que distintos colectivos reclaman que sea entronizada como día grande de la región en vez de la exaltación de la Virgen de Guadalupe. Me enamora esta: «Se realizarán los mayores esfuerzos para evitar todo daño evitable a las fincas incautadas y a las otras: a las primeras porque ya serán de los campesinos, a las otras porque habrán de serlo algún día».

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Dice alguien en Twitter que «ser lector es sinónimo de cargar siempre con un libro encima, aunque sepamos que no vamos a leerlo, porque esa realidad es mucho mejor que la de tener un hueco para leer, y no poder hacerlo». Yo tengo una teoría sobre esto: llevar un libro allí donde uno va es un resto adulto de la necesidad que el niño tiene de su peluche como un aferradero de seguridad, frente a la incomodidad de la socialización. El libro es un trocito de domesticidad, una «zona de confort» portátil. O, dicho de otro modo, otra continuación adulta de los objetos transicionales de los que hablaba el psiquiatra Winnicott pensando en aquellos en los que los niños pequeños vuelcan su afecto: en ellos encuentran —explicaba— un «lugar de descanso» de la «tarea perpetua de mantener separadas, y a la vez interrelacionadas, la realidad interior y exterior». El peluche es un objeto que no forma parte del cuerpo del niño, pero al que este tampoco reconoce del todo como fragmento de la realidad exterior, sino más bien como una puerta de entrada o salida de sí mismo; como el umbral que conecta ambas esferas. Cuando se asusta se aferra a él; si está tranquilo y feliz, lo aparta o se desentiende; pero el peluche siempre está cerca. Lo mismo nos pasa a algunos adultos, pienso, con los libros.

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Dice Sergio C. Fanjul: «Los ricos de izquierdas tienen mala fama, pero me parecen muy valiosos. Gente que podría votar defendiendo sus puros intereses pero no lo hace: vota para que le suban los impuestos. Ojalá todos los ricos fueran de izquierdas, qué fantasía. Eso sí que es superioridad moral». Y sí, pero pienso que hay formas de que esos ricos de izquierdas —valiosos pese a todo— evadan los impuestos que se suban, y la cosa se vuelve entonces, no generosa, sino sofisticadamente egoísta: quiero una sociedad en la que no tenga que ponerle concertinas a mi mansión, pero esa seguridad la paguen otros.

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El rey Juan Carlos crea una fundación con sus hijas en Abu Dabi para poder transferirles su herencia. Mexan por nós e din que chove.


Martes, 10/9/2024. El Paraíso Natural tiene sus infiernos: Asturias, leemos hoy, encabeza la tasa de suicidios del país, con 128 muertes y más de siete mil peticiones de ayuda.

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Dice alguien en Twitter que los que usan cuentas de Hotmail son los últimos anarquistas. Yo soy uno de ellos: sigo con la misma cuenta que tenía con quince años, que nunca he querido abandonar a pesar de que su nombre de usuario sea poco presentable.

El runrún interior (152)


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleNueva Sociedad, Crítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT, Público y El País; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021) y La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023).


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