Palo y astilla

Recuerdo y elogio de Carmen Bravo Villasante

Francisco J. Faraldo homenajea a una de las mujeres ejemplares que, en tiempos de oscurantismo cultural y patriarcado, superaron las dificultades añadidas derivadas de su sexo para realizar una aportación crucial a la cultura española.

/ Palo y astilla / Francisco José Faraldo /

En Madrid, a finales de los años sesenta, el Instituto de Cultura Hispánica —que ahora lleva el espantoso nombre de Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo— era un oasis de relativa libertad creadora donde se desarrollaban cursos de literatura por los que desfilaban algunos de los autores más fumables de la época. Yo era por entonces un estudiante joven e inocente muy interesado en ingresar en la nómina de los poetas, porque aún creía saber en qué consiste esa exótica condición, y leía frenéticamente todo lo que caía en mis manos. De esa época recuerdo especialmente el impacto de la antología (Los nueve novísimos) que José María Castellet patrocinó ya en 1970, demostrando una vez más la intuición catalana para el marketing. Pero lo que pretendo contar sucedió dos años antes, durante uno de los cursos que convocaba el Instituto de Cultura Hispánica.

La existencia de tal actividad habia llegado a mis oídos a través de Gabino Alejandro Carriedo, un poeta algo gorrón que mi padre había conocido en la barra del bar del Ateneo. Digamos que mi padre era un emigrante llegado de Galicia a Madrid y tenía ya por entonces seis hijos, por lo que en la casa familiar se estiraba su sueldo de delineante para vestirnos y darnos de comer a todos, pero, a pesar del pluriempleo, no desistía de seguir estudiando, así que se matriculó en la Universidad, se hizo socio del Ateneo y, cuando salía del trabajo, dedicaba un rato a preparar sus clases en el retiro tranquilo de su biblioteca. Yo, el hijo mayor, tenía con mi progenitor una relación bastante tormentosa, cuando un día Carriedo, de espaldas a mi padre, me habló de que me vendría bien apuntarme a un curso de literatura en el cual él mismo iba a participar. Me pareció interesante, de modo que, con las 850 pesetas que nos pagaban a los del grupo 0- cada vez que donábamos sangre en algunos hospitales madrileños, me inscribí en Cultura Hispánica.

Dirigía el curso una mujer admirable: Carmen Bravo Villasante, notable filóloga y estudiosa pionera de la literatura infantil y juvenil que nos hizo trabajar bastante durante las tardes del año completo que duró el programa. La presencia del término iberoamericana en lugar del preceptivo hispanoamericana en el título del curso ya era una señal de cierta tendencia progresista por parte de la organización, y así lo comprobamos cuando empezaron a desfilar por los coloquios los autores invitados, porque en la lista de los mismos, además de los claramente adscritos a la literatura para jóvenes, figuraban otros como Carmen Martín Gaite, Carlos Murciano, Lauro Olmo, Meliano Peraile, Félix Grande, Ana María Matute, etcétera. Varias veces nos visitó también Gloria Fuertes, que venía en Vespa y después, en el bar, nos confesaba que su amor a los niños era exclusivamente literario, porque los niños de carne y hueso le resultaban bastante cargantes. Aún no había llegado su boom en la televisión y podía confesar esas cosas sin problemas.

Una tarde, con el curso a punto de finalizar, se produjo la sorpresa que la directora nos había reservado como un regalo especial: la aparición de Borges y su compañera, de la que yo aún ignoraba que se llamaba María Kodama. Desde mi lugar en la segunda fila, escuchaba y transcribía mentalmente el sincopado discurso de Borges, comprobando que casi todo lo que decía aquel hombre —sin que se lo impidiera su leve tartamudez— eran endecasílabos y alejandrinos perfectos. Pausadamente, y sirviéndose de aquellos metros poéticos, el invitado hilvanaba maledicencias sobre algunos de sus colegas. Especialmente damnificados resultaron Gabriela Mistral, Oliverio Girondo y Alfonsina Storni, y también a Neruda le tocó algo en el reparto, tildado de «mezquino» y «miserable», aunque, simultáneamente, de «buen poeta». Los elogios más directos, Borges los reservó para los anglosajones: Kipling, Stevenson, Chesterton… Muchas de sus afirmaciones, envueltas casi siempre en la ironía de que hizo alarde durante toda la sesión, eran insoportablemente subjetivas, pero tan bien contadas que a nadie se nos ocurrió rebatirlas en el coloquio subsiguiente, donde todo fueron alabanzas, aunque sospecho que algunos intervinientes no habían leído absolutamente nada del argentino y se limitaron a manejar el incensario. Hoy pienso que, conocida su capacidad de provocación, el autor de El Aleph tuvo que sentirse bastante defraudado ante tanta conformiad. Borges era un extraordinario narrador oral y nunca he podido olvidar aquella voz que después volví a oír en multitud de grabaciones, siempre mecida por un ritmo tan preciso como si lo tomara prestado de las estrofas del Martín Fierro.

Pero después de tantos años, lo que provoca este comentario, más que la anécdota personal, es resaltar la importancia de figuras como Carmen Bravo Villasante, que reanimaron la desfalleciente vida cultural en los últimos años del franquismo abonando el terreno para el tiempo ya aliviado de trabas censoras que se avecinaba. Su fecunda labor como antóloga, especialista o autora biográfica de personalidades literarias de la relevancia de Emilia Pardo Bazán o Rosalía de Castro, dos modelos culturales y feministas a los que admiraba, solo ahora comienza a ser valorada en su toda su magnitud. En 2022 se publicó su «Invención de la vida» (curiosa la coincidencia con el título de la biografía de Marguerite Yourcenar), texto autobiográfico póstumo e imprescindible para acercarse a aspectos personales o ideológicos que la autora que había mantenido en segundo plano. Su adscripción progresista, por ejemplo, se refleja en afirmaciones como esta, referida al tiempo en que el franquismo prodigaba sus violentos coletazos: «En los setenta se pasó de pronto de una sociedad mezquina, timorata, limitada, de un gobierno dictatorial y despótico a una sociedad abierta, ansiosa de libertades».

En su obra e incluso en su actitud didáctica, Carmen Bravo Villasante fue consecuente con la herencia cultural de la tolerante y abierta propia de la Institución Libre de Enseñanza donde había recibido parte de su formación. Gracias a eso, el curso que comento sirvió para que, desde un principio, quedase muy claro lo artificioso que resultan los rótulos que intentan dividir la literatura en compartimentos estancos según la edad de los lectores destinatarios. ¿Literatura infantil y juvenil, o simplemente buena y mala literatura? Allí se habló, por supuesto de Andersen, los Hermanos Grimm o Collodi, entre muchos otros, pero siempre desde el análisis estrictamente literario y académico. Y lo más importante, tuvimos la oportunidad de conocer en persona y hablar sobre su obra con autoras como Ana María Matute, Ángela Figuera Aymerich o Carmen Conde, por citar a tres sobresalientes escritoras oscurecidas por la poderosa sombra del omnipresente escritor del régimen José María Sánchez Silva, creador de aquel niño insólito e intragable llamado Marcelino, pan y vino, que, por una vez, apenas fue citado.

La extensa bibliografía de Carmen Bravo Villasante y su labor docente la sitúan en el grupo de mujeres ejemplares que en tiempos de oscurantismo cultural y patriarcado superaron las dificultades añadidas derivadas de su sexo para realizar una aportación a la que debemos agradecimiento. Es significativo que la primera escritora elegida académica de la RAE fuera precisamente Carmen Conde, y hubo que esperar hasta 1979.


Francisco José Faraldo (Ferrol, 1947) estudió magisterio y filosofía y letras en Madrid. Ejerció la enseñanza en Asturias y, durante doce años, en el Instituto Giner de los Ríos (Lisboa), ciudad en la que residió hasta 2018. Es autor de los libros de poemas Prédica del iluso (Premio Trivio) y La mano en el fuego (2017), tres textos teatrales y los ensayos El vecino invisible (2015) y Asociación Amigos de Mieres: cultura popular y lucha por la democracia en Asturias. En 2021 publica la novela Onofre, Raymond Queneau y una mula. En 2022 ha presentado la colección de poemas «Cantos y señas (básicamente es esto)» en Bohodón Ediciones.   Colabora en publicaciones periódicas de España y Portugal y ha impartido y coordinado cursos de creatividad destinados a profesores en ambos países. Como traductor ha vertido al portugués la obra teatral del dramaturgo sudafricano Athol Fugard y al castellano la producción del pedagogo y compositor belga Jos Wuytack.


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