Rescates

Francisco González Ledesma, obrero de la pluma

Álvaro Acebes Arias «rescata» a uno de los estajanovistas de la editorial Bruguera; uno de los que supo deslizar sus valores republicanos prohibidos en las novelitas del Oeste que facturaba a ritmo industrial.

/ Rescates / Álvaro Acebes Arias /

Cuando les preguntan por las lecturas clave en su formación, a muchos escritores les gusta presumir de haberse graduado en las mejores escuelas. Un poco de Faulkner y Tolstói por aquí, otro de Proust y Flaubert por allá. A veces, y como de lo que se trata es de dejar pasmado al personal, algo de Thomas Mann o incluso de Joyce: que se vea bien el músculo literario. A todos esos alardes Juan Marsé los llamaba «bobos tambores eruditos». Él lo tenía claro y no le temblaban el pulso ni la voz a la hora de anotar entre sus referentes las novelitas de quiosco o de a duro, como se las llamaba entonces, que escribieron Silver Kane, Peter Debry, Frank Caudett, Clark Carrados, Keith Luger o Lou Carrigan. Toda esa literatura que hacía las delicias de niños y adultos en la España de los cincuenta y que fue escrita a la velocidad del rayo por esforzados trabajadores de la palabra, atados a unos contratos editoriales abusivos y obligados a velar su identidad tras pseudónimos ingleses o franceses. Pero vamos a ver, ¿quién se va a creer una novela de del Oeste escrita por una tal Victoria Rodoreda? Nada, mejor se lo cambiamos por Vic Logan, que vende más. Historias de ciencia-ficción y terror, bélicas y rosas, de aventuras y detectives, de poco más de setenta páginas, con cubiertas coloridas, títulos impepinables, impresas en papel barato y que se pasaban de mano en mano en los descansos del cine, las barberías y los patios del colegio, o eran cambiadas en el quiosco de la esquina al precio de un duro por la nueva entrega de la colección. Varias generaciones de españoles que no tenían a Kafka o a Balzac en las estanterías de su casa pudieron disfrutar de la lectura a través de esos relatos. Lo dice Javier Pérez Andújar: el quiosco, ya se sabe, ha sido la biblioteca del pobre. Y, quizá por eso, a esa literatura popular que se vendía junto a los Celtas sueltos, las bolsas de pipas y los palitos de regaliz y que no perseguía otro fin que el entretenimiento siempre se la ha mirado por encima del hombro. Una cosa poco seria y para la que no hay sitio, ni una sola línea, en los manuales.

Les decía que muchos de los autores de estas novelitas tuvieron que esconderse tras nombres exóticos. En unos casos fue para hacer más creíbles las historias que narraban. Ahí tienen a George H. White, tras el que se ocultaba el valenciano Pascual Enguídanos, y que destacó como escritor de una magnífica saga de libros de ciencia-ficción cuyos héroes no se apellidaban Gordon, Carter o Roggers, sino Aznar. Qué cosas. Estaba el interés comercial y eso de que aquí siempre se ha mirado mejor lo que viene de fuera, pero también la intención de hacer creer a la ciudadanía que, a pesar del control de la censura y de las historias tan amargas que se contaban en el exterior, en la España de los años cincuenta se podía leer sin ningún problema a autores extranjeros. En otros casos pesaban los antecedentes políticos del autor. Fíjense en Eduardo de Guzmán, periodista de pasado republicano y libertario, a quien el franquismo concedió, tras el consabido paso por la cárcel y el campo de concentración, «la inactividad forzosa» y para salir adelante se recicló en autor de centenares de bolsilibros con los pseudónimos, entre otros muchos, de Eddie Thorny, cuando se trataba de relatos policiales, y de Edward Goodman si eran de vaqueros. O en Arsenio Olcina Esteve, alias A. Rolcest, y que trasladó a los escenarios del Oeste americano, con sus caravanas, indios, saloons, sheriffs y pistoleros, las ideas anarquistas que no podía expresar en la calle.

Muchos de estos escritores terminaron recalando en la barcelonesa Bruguera, que en aquellos años se convirtió en medio de supervivencia para unos cuantos a los que el régimen había condenado a la mudez. Claro que no sería gratis. La editorial, que presumía de ser un refugio para aquella izquierda derrotada y represaliada ofreciendo a dibujantes y novelistas «una casa para toda la vida», imponía, sin embargo, unos contratos leoninos con unas condiciones de trabajo prácticamente esclavistas. Ni pagas extras ni Seguridad Social. Tampoco vacaciones, porque al fin y al cabo los redactores ya hacían el veraneo junto al mar. Por algo, decían los más espabilados, la editorial tenía su sede entre las calles Valencia y Mallorca. A las quejas de por qué no se respetaban los festivos, el editor Francisco Bruguera solía responder que eran «fiestas fascistas», y cuando alguien le preguntó si entonces se podía celebrar el 14 de abril, amenazó con echarlo. O lo tomas o lo dejas. Y qué quieren, había que comer.

En el grupo de los vencidos que se quitaban el hambre tecleando en sus Olivetti una o dos novelas por semana se encuentra el que fuera, junto al gatillo rápido de Marcial Lafuente Estefanía, la figura más reconocida de aquella narrativa popular. Me estoy refiriendo, por supuesto, a Francisco González Ledesma, Silver Kane para el mundo de la literatura del bolsilibro. Originario del Poble Sec, un barrio humilde a los pies de Montjuïc, atravesado por el Paralelo y que es también el de Serrat, sobrevivió a los bombardeos de la guerra, a la entrada de Franco en Barcelona y a un colegio donde los frailes tenían la mano muy larga. Eran los años cuarenta. Los demonios del hambre y la miseria. González Ledesma alimentaba desde crío el sueño de ser escritor y, mientras trabajaba en lo que podía, se dedicó a leer todo lo que caía en sus manos y a emborronar una cuartilla tras otra. Con veintiún años ganó el Premio José Janés con su primera novela, titulada Sombras viejas, y que ya había enviado en 1946 sin éxito al Nadal. En el jurado estaba el británico Somerset Maugham, quien le dijo que era el mejor novelista joven que había en Europa, pero el régimen opinó otra cosa y su libro fue secuestrado. Lo describieron como la obra de un «rojo subversivo y pornógrafo» y, si no lo metieron en la cárcel, fue porque ya les pareció suficiente con hacer que todas las editoriales del país le cerraran la puerta en las narices. Lo de «rojo» era entendible, diría unos cuantos años después el escritor, puesto que los protagonistas de su novela se contaban, como él mismo, entre los perdedores de la guerra, pero le escoció lo de que calificaran la obra como «pornográfica», visto que las acusaciones de la censura se basaban únicamente en una escena en la que un personaje le tocaba la rodilla a una señorita. Quizá como recuerdo de todo aquello la primera novela que González Ledesma publicó, ya con el nombre de Silver Kane, se tituló Mano muerta. A saber.

El escritor de novelas del Oeste surgió a finales de 1952. Antes, los estudios de derecho y el aprendizaje del oficio alquilando una máquina de escribir y dedicándose a componer a destajo guiones de historietas policíacas para Bruguera, donde empezó a trabajar también como abogado. Por las mañanas se encargaba de gestionar los contratos inhumanos de la editorial con sus autores, a la tarde firmaba artículos para El Correo Catalán y La Vanguardia, que con el tiempo llegaría a dirigir, y por la noche, ya convertido en Silver Kane, de escribir novelas del lejano Oeste con la ayuda de unos cuantos mapas, manuales sobre la historia de los Estados Unidos y litros de café. Lo que iba a ser un trabajo provisional con el que espantar el hambre se transformó en una ocupación que abarcaría casi tres décadas. Más de cuatrocientos títulos escritos a un ritmo endiablado, con una media de casi cuatro o cinco al mes, y por los que cobraba una miseria si lo comparamos con el dineral que se embolsaba Bruguera. A esas obras habría que sumar otras muchas de aventuras, románticas, de deportes o misterio que publicó con otros pseudónimos (Taylor Nummy, Fernando Robles, Silvia Valdemar o Rosa Alcázar). Cuenta la leyenda que, en una noche en la que se produjo un apagón en su piso de Barcelona, el escritor no tenía velas para rematar la novela que estaba escribiendo y no le quedó otra que subirse a la azotea para acabarla a la luz de la luna y cumplir así con el plazo de entrega de la editorial. Ya ven que, además de estar hechos de otra pasta, eso de aguardar la inspiración de las musas era para escritores como Silver Kane una pijada. Lo de los trabajos forzados en Bruguera o aquella infancia miserable en el barrio del Poble Sec lo contaría muchos años después González Ledesma en Historia de mis calles, memorias que son un cariñoso homenaje a todos aquellos escritores-albañiles y a la vez entretenidísima crónica de las transformaciones que fueron experimentando Barcelona y todo un país a lo largo de varias décadas.

Hasta 1983 no se quitaría el escritor todas aquellas máscaras. Lo hizo con una novela negra titulada Expediente en Barcelona, donde aparece por primera vez, aunque de manera fugaz, el comisario Ricardo Méndez, un policía formado en el franquismo, que no franquista, escéptico y descreído, que «anda mucho, duerme poco y al que no le gusta nada lo que ve». Las calles y casas modestas del Distrito Quinto, los garitos y las habitaciones mugrientas de las pensiones, las prostitutas del Barrio Chino, los patios vecinales llenos de gatos, portales oscuros y los bares donde sirven anís de garrafa, frecuentados por convictos reincidentes, matones, buscavidas, hombres y mujeres castigados por la vida. Un paisaje en negro. La mirada de un policía malhumorado, pesimista y desengañado, implacable y celoso en su trabajo, que se pasa la ley por el arco del triunfo cuando observa una injusticia, y los distintos rostros de una ciudad, Barcelona, y de sus barrios bullangueros y llenos de secretos, de los que van desapareciendo los antiguos vestigios obreros. Méndez, a quien siempre me he imaginado más cerca del Germán Areta de Garci que del Sam Spade de Dashiell Hammett, se convertiría, junto al Carvalho de Vázquez Montalbán y el Plinio de García Pavón, en el mejor personaje de la novela negra de este país y en protagonista de una serie iniciada con Las calles de nuestros padres y que continuará en los años siguientes con títulos como, entre otros, Crónica sentimental en rojo, Premio Planeta 1984, Historia de Dios en una esquina o Una novela de barrio. Un prurito de nostalgia llevaría a González Ledesma a recuperar a su detective en La dama y el recuerdo. Tal vez un modo de reconciliarse con aquel pasado de escritor excluido de las librerías. De aquellos desprecios también le ayudaron a curarse la medalla de la ciudad de Toulouse y una placa en el 22 de la calle Tapioles donde había nacido.

Guardo en casa varias de aquellas novelitas del Oeste que escribió González Ledesma. Pertenecieron a mis abuelos o a mi tío y las conservo como una reliquia. Ejemplares manoseados y deslucidos con títulos como Jinetes de medianoche, El refugio de los buitres, El rancho de las mujeres muertas o Infierno: capital, Dodge City. Historias que no se parecen en nada a los pulcros westerns de John Ford o Howard Hawks y que, si encuentran un espejo en el que mirarse, es en las formas sucias, la violencia y los pistoleros patibularios de Leone o Peckinpah. Apenas un par de descripciones para situar la trama y luego un estilo rápido, privilegiando la acción, con frases secas y que parecen cortadas a hachazos. Uno puede pensar que esos relatos donde se dan todos los tópicos del género y siempre acaban con una ensalada de tiros no son más que una colección de anécdotas más o menos grotescas, de consumo rápido, escasa calidad y escritos con el único propósito de entretener al lector, pero también hay otras cosas. Los terratenientes que hacen la vida imposible a los granjeros, los sheriffs corruptos y siempre del lado de los ricos, el vaquero solitario que encarna la fuerza justiciera y ayuda a los débiles. Una crítica al poder y la denuncia de sus abusos. Aquellos escritores como Silver Kane que velaban una biografía de hambre y ostracismo con pseudónimos anglosajones hallaron en esa literatura barata y que componían a toda prisa un modo de seguir contando conflictos universales, poniéndose del lado de los desheredados. Igual que lo hará después el comisario Méndez. Novelas del Oeste y novelas de misterio que, más allá de sus diferencias, se entrelazan porque no se puede separar en ellas la técnica de la pasión, el trabajo del corazón, la transpiración de la inspiración, y porque en ambos casos resulta imposible desligar lo literario de lo social.    

Tengo a mi lado una de las novelas que prefiero de Francisco González Ledesma. Se titula El adoquín azul. Una verdadera joya. El ejemplar se publicó en 2002 y venía como un obsequio de la revista Interviú. Tiempo después Menoscuarto se encargó de reeditar la novelita. Se trata de un breve relato sobre la Barcelona de posguerra al que no le sobra ni una coma. Un hombre llamado Montero, poeta y traductor, es herido en una redada, pero se salva gracias a la intervención de una misteriosa mujer que lo lleva a su apartamento y que resulta ser la esposa del jefe de policía de la ciudad. Lo que sigue es un apasionante thriller y la historia de un amor malogrado en la que se dejan caer perlas como esta acerca de la gloria literaria —«yo no sé si Montero fue un gran poeta, pero imagino que debió de serlo porque no lo cita ninguna antología y porque alguna vez, sin embargo, he oído sus letrillas en la calle»—, la poesía —«la poesía sirve para no morir, al hacerte creer que llevas algo eterno en tu mirada»—, o esta otra que podría definir un país y toda una época: «triste oficio el del policía que no se excede, porque lo castigan los dictadores, y triste oficio el del policía que se excede, porque lo castigan los mismos tras cambiar sus nombres». Montero partirá al exilio, pero volverá a España para intentar encontrarse con la enigmática mujer que le dio refugio. Sus viajes e indagaciones se convertirán en el retrato de la vida colectiva de una ciudad fascinante y caótica, que vive en continuo proceso de cambio, pero, sobre todo, en una impresionante reflexión en torno al desarraigo, la memoria, la identidad, el paso del tiempo y la nostalgia de los paraísos perdidos. No se puede contar más en apenas setenta páginas. Se lo decía más arriba: una pequeña obra maestra, de esos libros que quedan prendidos para siempre en el corazón y el recuerdo de un lector.

A Francisco González Ledesma le gustaba definirse como «un obrero de la pluma». Murió en Barcelona en 2015. Dos años antes había sufrido un ictus que le impidió seguir escribiendo. Como ese inolvidable personaje de El adoquín azul, fue un hombre al que le tocó borrar su figura, pero también alguien que hizo perdurar las cosas en sus libros, es decir, «un trabajador del aire de su ciudad, un decente y sufrido poeta». No se me ocurre mayor elogio.


Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.


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