/ por Javier Pérez Escohotado /
Netanyahu y su padre
Quien haya leído con interés algo sobre la Inquisición española recordará al padre de BiBi (en adelante BB), o sea, Benjamín Netanyahu, el primer ministro del Estado actual de Israel, cuyo apellido significa «regalo de Dios». Este BB es nieto del rabino Nathan Mileikowsky e hijo del doctor Benzion Netanyahu (1910-2012), que es el autor de la obra The origins of the Inquisition in Fifteenth Century Spain, publicada en Nueva York en 1995. La traducción al castellano, Los orígenes de la Inquisición en la España del siglo XV, la llevaron a cabo dos importantes historiadores, Ángel Alcalá y Ciriaco Morón, que saben lo que dicen y lo que traducen.
BB estará seguro de quién era su padre, pero quien no parece que conozca la obra de su padre es el actual ministro de Defensa, un tal Israel Katz, que nos ha recordado a los españoles con reiterada insistencia ese dato, universalmente conocido, de que ya se ha acabado la Inquisición en España. Su antecesor, Gallant, o él mismo, lo hizo justo el día en que el Estado español, junto con Irlanda y Noruega, anunciaron el reconocimiento del Estado de Palestina, a las 8:30 de la mañana en España, el día 12 de abril de 2024 mientras me tomaba un amargo café. El 9 de septiembre de 2025, un tal Gedeon Sa’ar, ministro de Relaciones Exteriores de Israel, vuelve a recordarnos la Inquisición española con motivo de las nueve medidas que el presidente Pedro Sánchez ha propuesto para intentar que el Estado de Israel detenga el exterminio en el que insiste desde del 7 de octubre de 2023. Es evidente que estos «hijos del Libro» no han leído a Benzion Netanyahu, porque no nos recordarían la Inquisición, sino que se aplicarían a sí mismos algunos de los métodos de aquella institución, más propia de un Estado teocrático, que es el que Netanyahu hijo y los suyos quieren habilitar para los ciudadanos de Israel: un Estado bíblico. ¡Ni Kafka hubiera podido imaginar tal pesadilla!
Pero el que parece haberse leído alguna de las 1.384 páginas del libro de Netanyahu padre es su hijo Benjamín. Lo digo por las últimas frases con que ha intentado responder a las acciones propuestas por el presidente Sánchez. La oficina de Netanyahu, al margen de atribuirnos el término genocidio —una forma elemental y ramplona de propaganda—, ha añadido (11/9/2025): «Al parecer, la Inquisición española, la expulsión de los judíos de España y el asesinato sistemático de judíos en masa durante el Holocausto no le bastan a Sánchez. Increíble».
Nada nos gustaría más a los españoles que, en Israel y en el resto del mundo, hubieran desaparecido «el asesinato sistemático» y la Inquisición, tribunal que en España clausuramos formalmente en 1834. Desde la Constitución de 1812, los ciudadanos de este país siguen luchando —con graves sobresaltos a veces— por alcanzar plenamente algunos derechos elementales e irrenunciables: libertad de opinión y prensa, libertad de culto y libertad de reunión, o sea, en la estela de aquel lema de Libertad, Igualdad y Fraternidad. Recuerden BB y sus esbirros que algunos filósofos y juristas españoles ya en el siglo XVI sentaron las bases del moderno derecho de gentes (Francisco de Vitoria y Francisco Suárez, entre otros), punto de partida para lo que luego sería el derecho internacional público. Hasta su desaparición, la Inquisición española acumuló unos resultados que no son precisamente un baldón que colocar en la panoplia nacional de ningún país, pero ese currículum atroz no debe ni puede compararse, porque pertenece a otra categoría, o sea, son magnitudes incomparables, con cualquier guerra a la vista, ni con la ocupación de territorios a tiro de fusil o de dron o de bomba de racimo, ni con un misil teledirigido, ni con el ajusticiamiento de personas desarmadas en una cola de ayuda humanitaria ni con lo que el Tribunal Penal Internacional (TPI) diga cuando juzgue y califique los hechos de la guerra entre Palestina e Israel, y a sus responsables, y cuando matice y aplique los conceptos y antecedentes jurídicos de crimen de guerra, crimen de lesa humanidad, exterminio administrativo o genocidio.[1] Un informe de la ONU acaba de publicar lo próxima que está la realidad de esta guerra con este último término, genocidio, al que habrá que tenerle el debido respeto jurídico y penal. Todas estas denominaciones, en sus mismos nombres, son terroríficas y los hechos que vemos a diario en la televisión, de vergüenza humana. Estos mismos criterios jurídicos llevaron, después de Núremberg, a la prisión y a la muerte a 24 dirigentes nazis; 12 más fueron juzgados en Estados Unidos y otros se suicidaron, se evadieron o subsumieron en la sombra sociológica del colaboracionismo y la complicidad.
La «banalidad del mal» y el «mal radical»
Recuerdo, asimismo, el libro de Hannah Arendt Eichmann en Jerusalén, en el que, por encargo de la revista The New Yorker, relata el juicio seguido contra este nazi en 1961. El libro se publicó en 1963 con el subtítulo de Un informe sobre la banalidad del mal, que suscitó una agria polémica y contestación entre el sionismo y entre los suyos; pero el concepto de «banalidad del mal» tiene plena vigencia y describe muy acertadamente determinadas conductas de entonces y de hoy.[2] Y no me estoy refiriendo a la colaboración de Trump y de los inversores que han puesto sus ojos en la reconstrucción de un imposible resort Palestina mediterráneo o que hayan financiado algún premio cinematográfico o alguna actividad ciclopédica en una Vuelta por España. Esta propuesta de «resort Palestina», dirán los más cínicos, podría encajar en el concepto «posibilidades de negocio», pero Hannah Arendt lo identificaría sin duda con la banalización del mal y el TPI, con seguridad, lo calificaría como colaboracionismo, ocupación ilegal o crimen de ética y estética inhumanidad.
En alguna ocasión, Hannah Arendt justificó este concepto de “banalidad del mal” como un contrapunto o complemento de lo que ella conocía muy bien desde que, para su obra sobre los totalitarismos (nacionalsocialismo y estalinismo), estudió a fondo y definió como «el mal radical». A lo dicho por Kant, Arendt añadía sobre el mal radical: «Cuando lo imposible es hecho posible se torna en un mal absolutamente incastigable e imperdonable que ya no puede ser comprendido ni explicado por los motivos malignos del interés propio, la sordidez, el resentimiento, el ansia de poder y la cobardía»,[3] pues la finalidad práctica de los totalitarismos, a través de los campos de concentración y exterminio —¿deberíamos añadir la franja de concentración y exterminio?—, no es otra que la deshumanización de las personas. Pero el mal radical es «radical» porque, además, no solo se ejecuta sobre las víctimas hasta su muerte, sino que previamente ha contagiado a los propios verdugos, que se convierten en seres íntegramente deshumanizados, ejecutores de una doctrina que cumplen sin ningún filtro racional, con la añadida sensación de completa impunidad e inmunidad.
En otra ocasión, al comentar el libro de Alfonso Armada Sarajevo: diarios de la guerra de Bosnia —guerra y conflicto que no debemos olvidar—,[4] recordaba yo que, cuando Hannah Arendt publicó su estudio sobre aquel juicio contra Eichmann, no pasó desapercibida la frase con que cierra la narración de los últimos momentos del dirigente nazi, quien, tras pedir una botella de vino, se bebió la mitad y se dirigió al patíbulo: «Fue —concluye Arendt— como si en aquellos últimos minutos [Eichmann] resumiera la lección que su larga carrera de maldad nos ha enseñado, la lección de la terrible banalidad del mal, ante la que las palabras y el pensamiento se sienten impotentes».[5] Esa es la anécdota, pero habría que detenerse en la descripción y causas que conforman esa banalización del mal. A lo largo del juicio, Eichmann insistía en que «él cumplía con su deber; no solo obedecía órdenes, sino que también obedecía la ley». Estos tres parámetros (deber, órdenes, ley) determinan la banalidad del mal, que Hannah Arendt supo identificar perfectamente como el quicio en el que se asentaban la tranquilidad de ánimo y la sangre fría con las que todos estos nazis pudieron llevar a la muerte a millones de personas sin que se les conmovieran ni las condecoraciones. Y concluía que los ingredientes de la banalidad del mal son: victimización, cosificación y cumplimiento del deber (patriótico o militar) con absoluta falta de empatía; todo esto alimentado por la televisión y la prensa al servicio del conflicto y de la limpieza étnica. Muchos de aquellos criminales nazis solían argumentar en su defensa la «obediencia debida», transfiriendo así la responsabilidad al superior que daba la orden; eso, «la cadena de mando» y «la correa de transmisión».
Entre las alternativas, Arendt planteaba no solo la legítima deserción, sino la negativa a toda colaboración, la objeción. Para ambas son necesarios algo más que coraje y valor, pero lo que Arendt concluye sobre la banalización del mal, en el caso Eichmann, es la incapacidad de pensar de manera crítica y autónoma, o sea, sin poner en tela de juicio las órdenes y seguir de forma mecánica las consignas del régimen nazi, que es el primer paso para la banalización y la colaboración, a su vez, condiciones previas que permiten que pueda desarrollarse el mal radical. En aquella recensión del libro de Armada, abordaba también la reflexión sobre la guerra de Yugoslavia de Slavenka Drakulić, No matarían ni una mosca: criminales de guerra en el banquillo,[6] que, como referente, pertenece a la memoria reciente de esa Europa que reacciona tarde o que no reacciona. En Sarajevo, Alfonso Armada denunciaba el espectáculo de la limpieza étnica de los musulmanes: «Aquí están toda la tristeza y el pavor de la guerra mientras el mundo mira en otra dirección». Sarajevo se ha convertido en la «capital de la vergüenza de Europa».
Netanyahu y la Inquisición española
Sobre los orígenes de la Inquisición española se han escrito miles de obras, pero la del padre de BB es particular y merece que la conozcamos, aunque sea por encima y por debajo. Son unas 1.384 páginas de ardua investigación, sobre todo de fuentes hebreas. No minusvaloro el mérito del producto. Es evidente que los esbirros de BB no se han leído la obra de Benzion Netanyahu, pero BB parece que se ha leído solo la parte más parcial de ella: la que se refiere al racismo y sus «ucrónicas» comparaciones con el Holocausto. BB no le ha pasado al libro de su padre solo la gamuza de la banalización, sino, además, el de la simplificación: su kipá no le cubre más. Para esta puntualización, nos viene de perlas el dosier que sobre la obra de Netanyahu padre elaboró la Revista de la Inquisición,[7] con las aportaciones de sesudos y expertos historiadores: Antonio Domínguez Ortiz, José Antonio Escudero, Ricardo García Cárcel, Gabriel Jackson y, por supuesto, las del propio Benzion Netanyahu, a quien la revista concedió la posibilidad de defensa y respuesta, todo un ejemplo de tolerancia intelectual. Aunque Benzion Netanyahu aborda su tesis desde varias perspectivas, el profesor García Cárcel aporta, a las fundadas críticas formuladas por el profesor Escudero y Domínguez Ortiz, las suyas propias: «la deliberada ignorancia de la bibliografía española sobre el tema, la concepción integrista del judío o el cristiano sin asumir la realidad de la aplastante mayoría de un nicodemismo estratégico, demasiado peso otorgado a la intelectualidad racista o no racista, [y] olvido de la especificidad de la Corona de Aragón respecto a Castilla».[8] En otro momento, el mismo profesor insiste en que esa parcialidad del estudio sobre el racismo y su relación con la sociedad, y, sobre todo, la equiparación con el holocausto judío, le llevan a recordar que «los términos raza o racismo son ucrónicos en la época a la que se refiere Netanyahu», de ahí lo erróneo y parcial de sus conclusiones.[9] Más adelante, en el mismo dossier, Julio A. Pardos subraya que, respecto a la tesis de fondo de Netanyahu, resulta muy útil la propuesta de Hannah Arendt: «Si se tiene en cuenta la catástrofe final que llevó a los judíos tan cerca del aniquilamiento, resulta aún más peligrosa que nunca la tesis del eterno antisemitismo».[10] Arendt había criticado a Herzl, el fundador del sionismo, su concepción del «antisemitismo eterno», que se sustentaba sobre la falsa y demagógica idea de que todas las sociedades y países eran y serían siempre antisemitas. Hannah Arendt, por el contrario, sostenía que esta idea, muy similar a la del imaginario enemigo común, era pura propaganda. Y en esa elemental estrategia persisten los propagandistas proféticos de BB, o sea, Netanyahu hijo y su gobierno.
Netanyahu, Moisés y la religión monoteísta
En realidad, la idea de una religión con un solo dios es extraña, extranjera al judaísmo, pues proviene de Egipto y de un egipcio, Moisés, al que sus seguidores judíos designaron como su líder máximo y quien, en algunas tradiciones, «habría tenido un fin violento en el curso de una rebelión de su pueblo, tozudo y levantisco».[11]
Esa es, simplificada, la tesis de Sigmund Freud en su obra tardía Moisés y la religión monoteísta. En esta obra, Freud sostiene, además, que «con la creencia de un dios único nació casi inevitablemente la intolerancia religiosa» y que, tras el politeísmo generalizado, el monoteísmo fue un experimento político y religioso que por primera vez se probaba en la historia de la humanidad.[12]
Edward Said, en cambio, es el autor de obras fundamentales que permiten aproximarnos al problema palestino-israelí, por ejemplo, Orientalismo (1978) y La cuestión palestina (1979). A lo largo de toda su vida, Said persistió a favor del pacifismo; fue partidario de la convivencia entre palestinos y judíos, y, por supuesto, del derecho de Israel y Palestina a sus respectivos Estados. Eso no impidió que, aun siendo palestino-estadounidense, fuera criticado por el Movimiento Nacional de Liberación de Palestina Fatah y otras fuerzas propalestinas. En mayo del 2000, el Instituto Museo Freud de Viena le invitó a impartir una conferencia, pero, en febrero del siguiente año, recibió la noticia de que el Consejo del Instituto vienés había anulado la conferencia «a causa de la situación política en Oriente Medio».[13] Finalmente, la conferencia tuvo lugar en Londres, el 6 de diciembre del 2001, con el título de Freud y los no europeos. En ella Said expone y analiza con cierta amplitud las teorías freudianas sobre Moisés, quien, por ser egipcio, era un «extranjero» para los propios judíos, a los que les entregó las Tablas de la Ley y lideró a través de un dramático Éxodo. Para Said, lo «no europeo» se trata de un concepto que designa todo un «mundo distinto del de Freud, el filósofo, científico e intelectual judío-vienés que vivió y trabajó toda su vida en Austria o Alemania», pues sus raíces son las de una persona «definida por su educación judeocristiana y, sobre todo, por aquellos presupuestos humanísticos y científicos que le confieren su particular sello «occidental»»;[14] o sea, una visión eurocéntrica de la cultura. Y, en contra de la opinión del Israel oficial, Said añade que «Freud ha dejado un espacio considerable para acomodar lo que el judaísmo tiene de no judío tanto en su origen como en el presente; es decir, al excavar la arqueología de la identidad judía, Freud insistió en que dicha identidad no tiene origen en sí misma sino en otras identidades, egipcia y árabe. […] Actualmente, esta historia, ni judía ni europea, se ha borrado, y es ya imposible descubrirla en la identidad judía oficial». Con esta teoría, concluye Said, «Freud movilizó el pasado no europeo con el fin de socavar cualquier intento doctrinal que pudiera hacerse para dotar a la identidad judía de una base fundacional sólida, ya fuera esta religiosa o secular».[15]
En un tono distinto, apunta Said, George Steiner escribió con «entusiasmo y coraje» sobre la idea del carácter «desenraizado» y «diaspórico» de lo judío, para concluir recuperando la idea de que Moisés era un egipcio no europeo, lo que significa que ese símbolo fundamental impide que esa identidad judía «pueda incorporarse exclusivamente a una sola y única identidad, como si fuera algo puro».[16]
Netanyahu y la propaganda espejo
El año pasado, cuando comencé a pergeñar esto, era ministro de Exteriores de Israel el tal Israel Katz, reemplazado por Gideon Sa’ar, que pertenecen al núcleo duro de Netanyahu. Entonces, allá por mayo de 2024, a través de un vídeo con formato tik-tok de 18 segundos y toques de un cateto amago de flamenco, Katz comunicaba a España que «Hamás agradece nuestros servicios» por haber dicho el presidente Sánchez que era partidario de un Estado palestino o que propondría su creación. Sin duda Katz ha tenido más contacto con Hamás que todos nosotros, pues parece que habla de su parte. Muchas gracias, Israel, por la información y, por si no lo sabíamos, gracias también por la evidencia de que «los tiempos de la Inquisición han terminado»; pero aceptará el ministro de Exteriores que le devolvamos a cobro revertido las amenazas del ojo por ojo y diente por diente: todo un ejemplo de bíblica diplomacia veterotestamentaria, o sea, monumental y vieja como el Antiguo Testamento. Ellos, que solo se doblan por la cintura un poquito cuando se dirigen a Yahvé, podrían decirle al Señor que se ha quedado un poco arcaico, desfasado y que, desde el Holocausto —dolor que no comprendemos cómo el Señor Adonay pudo permitir y del que no nos hemos recuperado—, no tiene ni idea de lo que es el mundo actual, que él no imaginó ni creó así, aunque los más fariseos se lo atribuimos en público por aquello de explicar a los más simples y pobres de espíritu las complejidades de aquella divinidad que les dio la tierra comprometida entre el río Jordán y el mar, y que ahora están recuperando por los métodos extremos que todos, menos los propios ciudadanos de Israel, pueden ver por televisión. El actual Israel va camino de convertirse en un Estado totalitario y en una más de las teocracias del mundo; algunas ya las tiene como vecinas, y eso tal vez a muchos de los suyos los anima a pisar el acelerador, perdón por la fácil metáfora, a apretar el gatillo por puro contagio viral: neuronas espejo de aviesa mirada.
El mecanismo más conocido y cutre de propaganda comienza por canibalizar el lema de los enemigos, que justamente reclaman para Palestina un territorio desde el río Jordán hasta el mar. Se trata sin duda de un canibalismo lemático, que apoyan con sistemáticas razones explosivas y mortíferas. Hamás y el Estado actual de Israel —aunque este tiene bíblicos afanes expansionistas— reclaman una misma zona: territorio de Israel, Franja de Gaza y Cisjordania. Acudo a la Biblia para leer lo que me dice Jehová y enterarme así de los límites y repartición de la tierra, de la «tierra prometida». Acudo al socorro del profeta Ezequiel (47, 22), quien nos dice que, después de describir el territorio que les corresponde a cada una de las doce tribus, Yahvé ordena y manda: «Y echaréis sobre ella [la tierra prometida] suertes por heredad para vosotros, y para los extranjeros que moran entre vosotros, que entre vosotros han engendrado hijos; y los tendréis como naturales entre los hijos de Israel: echarán suertes con vosotros para tener heredad entre las tribus de Israel». Este fragmento con el que Ezequiel remata el reparto de la tierra prometida, ¿se lo han saltado, lo han mutilado o me lo invento yo?
¿Netanyahu antisemita?
De la misma manera que la agitprop, agitación y propaganda, del Estado de Israel nos asigna el término genocidio y relaciona, de forma ucrónica y anacrónica, la Inquisición española y el Holocausto, también se puede argumentar que, en un largo proceso de rapiña, mejor, de ocupación o apropiación semántica e histórica, Israel ha usurpado, mejor, ha capitalizado el término semita y, por tanto, también antisemita. Desde el punto de vista de la lingüística diacrónica, en la rama semítica o semita, se incluyen, como es sabido, el árabe, el hebreo-fenicio-cananeo, el acadio, el arameo, el asirio-babilónico y otras. Desde este plano estrictamente lingüístico, el concepto de semita se fue deslizando del ámbito lingüístico hasta imponerse la idea de que se refería a todos los que, siendo de religión judía, vivieran en Europa. Y muchos de estos, «no europeos» que diría Freud, retuvieron el término para apropiárselo en exclusiva; consecuentemente, cualquier acción u opinión contraria a los judíos, fueran europeos o no, se tachó de antisemita. Como vemos, se trata de un claro ejemplo de usurpación terminológica, teniendo en cuenta, además, que la identificación lengua y raza es completamente fraudulenta y ha sufrido permanente manipulación interesada. La palabra semita designa a los pueblos descendientes de Sem, el hijo de Noé, por lo que ese grupo de lenguas se denominan y son de origen semítico, entre las que, como decimos, están el núcleo del hebreo, el árabe o el arameo. Por tanto, semita es un término que incluye tanto a judíos como a palestinos, cuyo nombre es un topónimo que remite a concretos territorios, Judea y Palestina, de donde originariamente provienen o donde históricamente determinados grupos humanos estuvieron asentados.
Pero sometamos el término no a la prueba del algodón, sino a la prueba del silogismo. El árabe y el hebreo son lenguas semíticas o semitas. Los palestinos hablan árabe y los israelíes hebreo, luego ambos hablantes son semitas. ¿El silogismo es bárbaro o en bárbara? En consecuencia, esta sencilla deducción demuestra que el término antisemita está completamente desautorizado, con lo que los primeros antisemitas estarían siendo muchos de los propios ciudadanos de Israel en su desprecio, ocupación del territorio, agresión y muerte de los actuales palestinos, también semitas. El uso de «antisemita» no es otra cosa que la capitalización propagandística por parte de una víctima histórica que sufrió un calculado genocidio —que todos seguimos llorando y pagando— y de un victimario profesional y político, un fake para hacer olvidar la verdadera y trágica historia, como tantos otros que se venden en el mercado de la confusión interesada. Llevando el silogismo hasta el final y si excaváramos históricamente, el asentamiento y la creación del Estado de Israel, deberíamos decir que muchos de sus ciudadanos fueron y son colonos antisemitas al expulsar de sus posesiones a los palestinos, una población también semita. Evocando al clásico latino, hoy Netanyahu podría corregir y enmendar aquella célebre frase, banalizándola así: si vis pacem, parabellum. Como deberes para los próximos días, me apunto: leer La invención del pueblo judío, del profesor de la Universidad de Tel Aviv Shlomo Sand.
[1] Desde Italia, me llega una certera y brillante colaboración del crítico Giovanni Pilonca, un experto en Oriente Próximo, que recensiona dos obras fundamentales para interpretar correctamente esta guerra: en <https://gliasinirivista.org/il-genocidio-sta-accadendo-proprio-in-questo-momento/>.
[2] Ver J. Pérez Escohotado: «De nuevo la banalización del mal y el nacionalismo banal» (noviembre 2019) sobre la obra Sarajevo. Diarios de la guerra de Bosnia (2015), de Alfonso Armada, recuperable en <https://elcuadernodigital.com/author/elcuaderno2017/>.
[3] Hannah Arendt: Los orígenes del totalitarismo, Madrid: Alianza, 2002, pp. 680-681.
[4] Slavenka Drakulić: No matarían ni una mosca: criminales de guerra en el banquillo (trad. Isabel Núñez, ed. a cargo de O. de Miguel), Barcelona: Global Rhythm Press, 2008.
[5] Hannah Arendt: Eichmann en Jerusalén (trad. Carlos Ribalta), Barcelona: Debolsillo, 2014, p. 368.
[6] Slavenka Drakulić: No matarían ni una mosca: criminales de guerra en el banquillo (trad. Isabel Núñez, ed. a cargo de O. de Miguel), Barcelona: Global Rhythm Press, 2008. El título proviene también de Hannah Arendt.
[7] Revista de la Inquisición, núm. 8 (1999). Dossier Netanyahu. Recuperable en <https://www.boe.es> › Biblioteca Jurídica Digital. También al alcance en internet, el cierre de J. A. Escudero sobre la polémica, «De nuevo sobre Netanyahu: breve puntualización», Revista de la Inquisición, 2006, 12: 45-54, <https://www.boe.es/biblioteca_juridica/anuarios_derecho/abrir_pdf.p>p?id=ANU-I-2006-10004500054>.
[8] Ricardo García Cárcel: «Netanyahu y la Inquisición», ABC Cultural, 6- X I-1999, luego en Revista de la Inquisición, cit., 8, 1999, pp. 275-346.
[9] Revista de la Inquisición cit., p. 295. El concepto raza aplicado a los humanos es, en realidad, un constructo sin base genética que se ha desplazado a lo largo del tiempo desde distintas especialidades científicas hasta significar una «categoría» con la que se pretende demostrar, de manera científica, la superioridad de las culturas angloeuropeas, con la salvedad de que esto se produce en procesos de colonialismo, esclavitud y genocidio. Ver Antonia Darder y Rodolfo D. Torres: After race: racism after multiculturalism, Nueva York: New York University Press, 2004, apud Javier Leiva Bustos: «Mal radical, mal absoluto, banalidad del mal. La comprensión del mal en Hannah Arendt», Bajo Palabra, II Época, 2019, núm. 22, pp. 57-80, <https://doi.org/10.15366/bp2019.22.002>.
[10] Revista de la Inquisición, cit., p. 310.
[11] Sigmund Freud: Moisés y la religión monoteísta (trad. Ramón Rey), Madrid: Alianza, 2001, p. 43.
[12] Freud, cit., pp. 26 y 72, quien remite a la obra de Eduard Sellin: «Moisés y su significación para la religión israelita-judía» (1922).
[13] Edward W. Said, Freud y los no europeos (trad. Olivia de Miguel), Barcelona: Global Rhythm, 2006, p. 17. Said amplía y denuncia la verdadera razón para la anulación de su conferencia, ibídem, pp. 11-22.
[14] Ibídem, pp. 35-36.
[15] Ibídem, pp. 69-70.
[16] Said se refiere, sin duda, a algunas de las entrevistas que, sobre el tema, concedió Steiner, entre ellas las mantenidas con Laure Adler en Un largo sábado, Madrid: Siruela, 2016. En una de ellas, parafraseando la frase de Heidegger «somos invitados a la vida», dice Steiner: «¿Qué debe hacer un invitado? Un invitado digno deja el lugar en donde se ha quedado un poco más limpio, un poco más hermoso, un poco más interesante de lo que lo encontró. Y si tiene irse, hace su equipaje y se va. […] Si la gente no aprende a ser un invitado el uno del otro, nos destruiremos a nosotros mismos, tendremos guerras religiosas, terribles guerras raciales».

Javier Pérez Escohotado, ensayista, poeta y crítico, es doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona. Sus investigaciones se orientan hacia la gastronomía, la Inquisición y la vida cotidiana. Autor de los poemarios Laura llueve (2000), Papel japón (2002) y del experimento textual La vigilancia de los acantos (2017), ha publicado, entre otros, los siguientes libros: Sexo e Inquisición en España (1998), Antonio de Medrano, alumbrado epicúreo. Proceso inquisitorial, Toledo 1530 (2003), Donjuanes, bígamos y libertinos. El filo de la Historia (2005), Crítica de la razón gastronómica (2007) y El mono gastronómico. Ensayos de arte y gastronomía (2014). Asimismo, ha editado y prologado Jaime Gil de Biedma. Conversaciones (2002); ha colaborado en Poemas memorables: antología consultada y comentada 1939-1999 (1999) y ha editado Inventario de disidencias, suma de calamidades (2010), sobre la vida trágica de don Santiago González Mateo. Recientemente ha prologado Los santos inocentes y El hereje, de Miguel Delibes. Ha publicado artículos de opinión y crítica en diversos diarios y revistas.
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