Entrevistas

Entrevista a Roberto Blatt

Entrevista al ensayista uruguayo Roberto Blatt con motivo de la publicación de 'Historia reciente de la verdad' (Turner, 2018). «El momento actual no es bueno para la verdad en ninguna de sus versiones».

Roberto Blatt: «El momento actual no es bueno para la verdad en ninguna de sus versiones»

/entrevista de Pablo Batalla Cueto/

Decía Antonio Machado que «después de la verdad, no hay nada más bello que la ficción», pero a juicio de Roberto Blatt (Montevideo, Uruguay, 1948; afincado en Madrid desde 1987), la dicotomía que en esa cita se transmite es esencialmente falaz. Nunca la ficción y la verdad —sostiene— han sido reinos independientes, separados por deslindes claros y herméticos, sino más bien vasos comunicantes. Siempre hay una medida de verdad en la ficción y toda verdad se sustenta siempre en los arquitrabes de lo narrativo: no en vano el periodismo y la literatura realista nacieron a la vez, como mellizos de uno de los partos múltiples de la modernidad, y crecieron influenciándose mutuamente. Blatt (Montevideo, Uruguay, 1948) afirma y desarrolla todo esto en Historia reciente de la verdad, un librito que acaba de publicar en la colección Minor de la editorial Turner, la misma que publicó en 2016 su Biblia, Corán, Tánaj: tres lecturas sobre un mismo dios.

Blatt cartografía en esta nueva obra todos los vericuetos de la precarizada verdad contemporánea, o por mejor decir, de los dispersos y equívocos islotes de verdad que ha dejado tras de sí la implosión de los grandes metarrelatos de los siglos XIX y XX. Advierte Blatt sobre la eclosión de una suerte de libre mercado de la verdad en el que «la verdad, en lugar de ser el resultado de testimonios contrastados, se convierte en el veredicto de un referendo constante de audiencia» y presta atención a la implicación en todo ello de los medios de comunicación, pero también a la publicidad. De ella expone Blatt cómo lleva mintiéndonos desde sus mismos orígenes, cuando aseguraba que el tabaco protegía los pulmones y decía de la mantequilla que al ser resbaladiza lubricaba mejor nuestras venas y arterias. Cita también de John Hegarty, cofundador de Saatchi & Saatchi, aquello de que «la marca es el más valioso activo inmobiliario del mundo: un rincón en la mente de alguien» y denuncia una mercantilización e infiltración empresarial de la educación tan creciente como antigua, pues fue ya a principios del siglo XX que Albert Lasker, uno de los pioneros de la publicidad, consiguió introducir en colegios públicos estadounidenses charlas explicativas para chicas sobre temas de pubertad y menstruación que contribuyeron a promocionar la venta de tampones Kotex. Explica también Blatt que en el orden capitalista funciona una doble verdad: la verdad oficial de la singularidad radical de cada individuo y la de la estadística, que se basa en la comparabilidad entre los seres humanos y es fundamental para que el capital nos venda sus cachivaches y fruslerías.

Se ocupa asimismo en Historia reciente de la verdad este ensayista progresista (que pasó años de juventud trotskista en un kibutz israelí, convencido de que allá se alumbraba un socialismo democrático digno de tal nombre) del turismo moderno y sus decorados de cartón piedra, ofrecidos en catálogo al codiciado turista occidental, para quien no es ya el objetivo «la apreciación individualizada de la diversidad […], sino más bien todo lo contrario: coleccionar y unificar esa diversidad en un álbum, postales, diarios, diapositivas, discos duros…», en una suerte de «versión democratizada y virtual de las colecciones materiales expoliadas en todo el mundo, acumuladas y expuestas en el Louvre o el Museo Británico para admiración de propios y ajenos». Lamenta también la deriva anticientifista que se ha apoderado últimamente de cierta izquierda y un nuevo lysenkismo capitalista tan perverso como el soviético a la hora de maniatar a la ciencia, pero auspiciado por las grandes multinacionales y sus lobbies. Se ocupa asimismo de la moda y de cómo «el concepto de “estar de moda” se funde con el de “estar al día” de las noticias» y estamos informados de aquello que nos dicen que es relevante tanto como vestimos la ropa que nos dicen que debemos ponernos. Y también dedica páginas de su libro a la reciente crisis económica, una gran mentira en la que «a diferencia del crash del 29, cuando los directivos y accionistas también se quedaron sin trabajo, como ilustra la famosa foto de un elegante accionista vendiendo una única manzana sentado delante de una improvisada mesita en una acera de Nueva York, […] sólo se arruinó una parte de la ciudadanía, ninguno de los cargos responsables», y que nos ha conducido a «una conjunción de lo peor del capitalismo y del comunismo: se liberaliza lo que es rentable pero requiere una arriesgada inversión especulativa y, en caso de fracaso, se socializan las pérdidas».

No será de todo ello, en aras de no destripar el libro, que se hable en esta entrevista que se celebra en la luminosa sede de Turner, en la calle Diego de León de Madrid, sino sólo de la primera parte de la obra: aquélla en la que Blatt centra su análisis en el periodismo, en sus limitaciones y vicios de base y en sus transformaciones en la era de Internet; sin merma de que la conversación explore puntualmente algún que otro desvío.

(© Casa América)

Me gustaría comenzar comentando una cita curiosa de Mark Twain de 1897, que usted recoge en la primera página del libro: «La verdad es más extraña que la ficción, porque la ficción debe ajustarse a lo posible».

Es una frase que me encanta, y que yo quería utilizar para dejar claro que, lejos de ser la ficción lo contrario de la verdad objetiva, en muchos sentidos, precisamente para funcionar, tiene que acogerse a unos criterios de verosimilitud mayores que los de la noticia. La noticia puede contar lo que sucede aunque sea completamente disparatado, pero la ficción no puede hacer eso. Mira, justamente hoy comentaba yo con alguien la posibilidad de escribir en algún momento una especie de memorias noveladas. Probablemente, como me tocó vivir anécdotas muy extrañas, si escribo esas memorias tenga que censurarme, ¡pero a la baja!

Esto que comenta me trae a la memoria algo que le oí decir una vez a no recuerdo qué escritor en la Semana Negra de Gijón. Había escrito una novela protagonizada por Nelson Mandela y se había tenido que enfrentar a la decisión de incluir o no la siguiente escena totalmente real: en una ocasión, la policía entró de súbito en la casa en la que se escondía Mandela. Éste, sin tiempo para preparar un buen escondite, pues sólo se enteró de la llegada de los policías cuando ya subían las escaleras, simplemente se metió en el armario. Pues bien, la policía registró todo el piso menos el armario, y eso salvó a Mandela. Y aquel escritor acabó decidiendo no incluir ese pasaje en la novela, porque el lector no se lo hubiera creído.

La realidad puede permitirse cosas que ni el arte ni la literatura pueden. Los artistas saben muy bien que no pueden poner los colores de algunos amaneceres o atardeceres en un cuadro, porque quedaría cursi. Sólo la naturaleza se puede permitir determinados espectáculos.

Su libro versa sobre la verdad y las fronteras entre ésta y la ficción, a veces muy, muy porosas. Y bebe de algún modo de la tesis lanzada por Lyotard en 1979 en su famoso y seminal La condición posmoderna: arrumbados los grandes metarrelatos de la modernidad (la nación, la clase, la religión, etcétera), hoy se ha renunciado a consensuar una verdad universal y todo es un equívoco magma de narrativas.

Sí, el libro comienza señalando eso: se han caído las grandes utopías que asumían que compartíamos una realidad universal. Había que ponerse de acuerdo en cuál era esa verdad objetiva, y se podía discutir mucho al respecto, pero lo que no se podía discutir hasta finales del siglo XX era que esa verdad universal existía. La posmodernidad acabó con eso, efectivamente, pero no del modo en que Lyotard creía. Lyotard y los posmodernos deconstruyeron las visiones de la realidad de los siglos XIX y XX, pero asumían que iban a ser sustituidas por algún tipo de red de subjetivaciones conectadas; de afinidades o de referentes que pudieran ir cambiando, pero como va cambiando un paisaje geográfico a medida que nos vamos moviendo por él. Lo que ha sucedido con la posverdad es algo muy distinto: no estamos ante esa red interconectada, sino ante un conjunto de islotes de verdad separados y que en general el único referente más o menos absoluto sea la propia personalidad. Lo que importa es en qué medida lo que yo propongo es aceptado o no. En lugar de sustentarse en evidencias o grandes metáforas con un valor más o menos universal, como sostenía Lyotard, lo único que sustenta ese proyecto individual de verdad hoy son los likes de la gente de nuestra red social, que es una red muy diferente de aquélla de la que hablaba antes. Si tú tienes más likes que otro, de alguna manera tienes un plus de realidad.

Usted apunta que caminamos hacia una suerte de libre mercado de la verdad en el que distintas verdades posibles compiten entre sí sin que ningún poder superior intervenga en ese juego para velar por el cumplimiento de determinados estándares. «La verdad, en lugar de ser el resultado de testimonios contrastados, se convierte en el veredicto de un referendo constante de audiencia», expone.

Sí, sí, eso es. A mí no me cabe duda de que estamos avanzando hacia un mercado de la verdad en el que la verdad se comprará y se venderá a cambio de likes. El problema está en que esa verdad tiene muy poco que ver con la verdad sustentada en evidencias del mundo predigital. En el mundo digital, tú puedes estar dándole realidad a un personaje completamente ficticio. Te puedes presentar en la red como una chica en vez de como un chico, con otro nombre, con otra edad, con otra procedencia, etcétera. Como en los juegos de rol, te puedes atribuir una cantidad de atributos que en realidad no posees, o que quisieras poseer. Construyes una verdad que sea aceptable y en la medida en que los demás la asuman, esa verdad se consolida como tal. Lyotard no tenía nada que ver con esto. Ojo, yo no juzgo: sólo digo lo que sucede.

La disolución de aquellas grandes verdades de los siglos XIX y XX era deseable en algún grado.

Claro. Fue la disolución unas expectativas excesivas. Pensábamos que la realidad no sólo era universal, sino perfectamente formulable de forma definitiva, y hoy sabemos que eso no es así; que incluso las verdades más sólidas, que son las verdades científicas, están basadas en última instancia en probabilidades sobre el comportamiento de las partículas elementales. Sí: hay algo sano en el hecho de que hayamos ablandado, por así decir, o hecho un poco más flexibles, las grandes verdades, que fueron verdades que tuvieron efectos desastrosos y permitieron horrores: la gran verdad fascista, la gran verdad del gulag… La cuestión es que estamos en un movimiento pendular y concretamente en un momento extremo de ese movimiento pendular.

Zygmunt Bauman nos habló de la modernidad líquida, pero tal vez estemos pasando ya al estado gaseoso.

Puede ser. Depende de cómo evolucionen nuestras organizaciones sociales. Bauman casi se separó del mundo a tiempo para no tener que jugársela en una apuesta. Hizo una descripción magnífica de su mundo, pero de alguna manera huyó y nos dejó a nosotros —a vosotros— la tarea de reconfigurar algún tipo de realidad. Quizás volvamos a un mundo preimperial en el que haya varios universos más o menos separados, aunque lo dudo; o vayamos en la línea de un Harari y trascendamos al sujeto y al individuo y a la persona y seamos alguna especie de organismo/mecanismo de cyborgs. No lo sé. Lo que está claro para mí es que estamos en un momento de transición y que no es un buen momento para la verdad en ninguna de sus versiones.

Dedica mucha atención en su libro a la prensa, un pilar fundamental del orden contemporáneo, y concretamente, a las interferencias que existen y han existido siempre entre el periodismo y la literatura. Tendemos a verlos como ámbitos absolutamente separados y hasta antagónicos, pero usted afirma que no es así. Diserta, por ejemplo, sobre cómo guerras tan dramáticas y sangrientas como la iraquí-iraní o la civil cingalesa no concitaron apenas la atención de nuestra prensa, y sin embargo el Sadam Huseín post-Kuwait, por ejemplo, concitó toda la del mundo. Nos informamos a través de la prensa y el lector exhaustivo de los periódicos puede creer que conoce gracias a ellos lo que sucede en el mundo, pero no se nos ofrece una relación minuciosa y neutral, sino que los diarios magnifican y minimizan a voluntad en un proceso del que usted dice que no obedece tanto a un juego de intereses económicos y políticos como a criterios puramente literarios.

Yo sostengo que la prensa y los medios en general se decantan por las buenas historias, sí; por las noticias con mayor potencial narrativo. Y sí, detecto que hay una desproporción brutal entre el espacio que ocupa, por ejemplo, el conflicto israelo-palestino y el que ocupa el kurdo, que implica a cuarenta millones de personas repartidas entre cuatro países. No hay ningún movimiento mundial prokurdo. Pero yo creo que las razones de eso no son ni objetivas, ni conspiracionales. Esa desproporción no obedece ni a la importancia objetiva de uno y otro conflicto, ni a ninguna teoría de la conspiración, sino, efectivamente, a criterios literarios.

Y en todo caso, las teorías de la conspiración también son una forma de literatura.

De mala literatura cuya sencillez debería ser suficiente para poner sus historias en entredicho, sí, pero de mala literatura que tiene éxito en la medida en que, ante el caos, la gente se siente desamparada y tiene la necesidad de, como mínimo, consolarse entendiendo que hay alguien que maneja todo esto. En función de las aversiones de cada cual, se le delega a un enemigo concreto la responsabilidad de todos los males del mundo: Soros, tal o cual árabe, el que sea. Hay muchos candidatos a ser el malo de la película, pero necesitamos un malo de la película, entre otras cosas para darle fuerza a la narrativa.

El problema es que la realidad no es una novela; no es una sucesión elegante de introducciones, nudos y desenlaces, sino, como usted dice, un conjunto de «conglomerados de situaciones dispares y esencialmente inconexas»; el gran absurdo que angustiaba a los existencialistas.

Sí, pero por eso los existencialistas, creo que de forma errónea filosóficamente, pero correcta desde el punto de vista conceptual, decían que la clave no son los elementos de la realidad sin las decisiones que uno toma en ella. Hay esa anécdota maravillosa de aquel chico que, en la época de la resistencia contra los nazis, fue a pedirle consejo a Sartre. Le dijo que era hijo único y que su madre lo necesitaba, pero que por otra parte sentía que la Resistencia, la nación, su integridad moral, lo llamaba, y que quería que Sartre le dijera qué debía hacer. Sartre le dijo: «Si usted ha venido a mí, es que ya ha tomado la decisión». La esencia del existencialismo es ésa: en última instancia, la única libertad que tenemos es escoger cuál de las alternativas que la realidad nos ofrece sancionamos como real; como la nuestra. A cada uno de nosotros, de alguna manera, se nos plantea una serie de alternativas y en general, cuando existe una conciencia más o menos colectiva, hay criterios más o menos comunes. Todo eso se ha deshecho aún más hoy en día, pero en última instancia, esos criterios comunes siguen existiendo.

La cuestión es que las noticias, al transmitir la sensación de que existe un orden de causas y consecuencias y que las historias que cuentan son unidades delimitables y no una pieza más de una maraña de «raíces y consecuencias que se expanden en todas direcciones como ondas en el tiempo y el espacio», tergiversan per se.

Pero mira, en este mismo momento en que me estás mirando aquí y ahora, de los estímulos que estás recibiendo, de los sense data que tu cerebro está recibiendo a través de tus ojos, el cerebro está borrando algo así como el noventa y ocho por ciento. Tu cerebro está borrando la realidad mucho más que percibiéndola. Es decir, el hecho mismo de percibir la realidad implica un inmenso borrado de la misma en lo que se refiere a la totalidad de opciones que existen. En este cuarto hay billones y trillones de referencias sensoriales, pero nuestra educación, nuestros hábitos, etcétera, permiten con inmensa rapidez reducirlo todo a lo narrable. Estamos haciendo literatura todo el tiempo, y no sólo literatura, sino también artes visuales, sonoras, etcétera. Los animales —los mamíferos, pero también los demás— también tienen su sistema de borrado, pero es genético. Tienen una capacidad sensorial extraordinaria, pero hacen también un borrado gigantesco, sólo que en su caso no es cultural, sino genético. Están programados para que, dadas tales circunstancias, se olviden de todo y se fijen sólo en el león. Lo único importante es el león. Nosotros no somos muy distintos. Y es una suerte que sea así, porque si realmente utilizáramos nuestros recursos solamente para captar lo que hay, nos paralizaría. En ese sentido, la labor del periodista, del informador, es ayudarnos a quedarnos con lo que nos es más relevante, pero no con un propósito manipulativo. Lo que hace valioso a un periodista es que podamos fiarnos de él. De hecho, la prensa no puede dejar de ser fiable del todo, porque entonces deja de ser útil, y cuando deja de ser útil, deja incluso de ser negocio. Incluso un blog del que se demuestre por alguna circunstancia que miente queda liquidado.

Usted conecta la noticia periodística con el mito, donde nunca hay lugar para el azar o los accidentes. En el mito, todo sucede con un propósito y una finalidad. Y el periodismo nos transmite que sucede también así en la realidad; que todo lo que sucede sucede por una razón. Recuerda un poco a aquello que decía Chéjov sobre el cuchillo que aparece en una mesa en el primer acto de una obra teatral y será indefectiblemente utilizado para matar a alguien en el tercero.

Sí, en todo puede haber una relación de causa-efecto si se la buscamos: el comportamiento de las criaturas, del clima, etcétera. Pero en realidad lo que hay es una sucesión de eventos que nosotros interpretamos así, desentrañando relaciones causa-efecto, que es la narrativa humana más primaria que existe. Pero es eso: una narrativa; un conjunto de correlaciones que se generan en nuestra mente. De hecho, cuando uno entra en las profundidades de la física al nivel de las partículas elementales, la causa-efecto desaparece.

El principio de incertidumbre de Heinseberg.

No sólo Heisenberg: en general, el comportamiento de las partículas es puramente probabilístico. Sí, hay una cierta posibilidad de que esto sucede después de esto otro, y cuando uno va a formas superiores, más complejas, del mundo científico, sí que hay leyes más o menos inalterables. Pero incluso en la física hay que consignar ese más o menos. La curva que permite establecer la existencia de una ley absoluta, los puntos a partir de los cuales se construye, nunca forman una línea exacta, continua. Hasta la ciencia es un conjunto de narrativas. De narrativas legítimas, pero narrativas al fin y al cabo. Prácticamente nada en la vida de lo humano está separado de lo narrativo, sea en el mundo premoderno o religioso o en el mundo presuntamente material y terrenal. El elemento narrativo no desaparece nunca. Y lo importante es que como además somos un animal social, que no tiene más remedio que vivir en sociedad y además lo quiere, tiene que haber algún tipo de aproximación a una verdad consensuada. Eso es lo que está puesto en cuestión en estos momentos.

En el libro, usted constata una cierta caída en desgracia de la noticia periodística, que ya no goza de la credibilidad que sí tenía antaño, cuando «el hecho de que una información apareciese en las páginas de un periódico confirmaba de manera inequívoca su veracidad».

Sí, pero aún así, yo espero que eso no desanime demasiado en mi libro. Sigo considerando que la prensa, a pesar de sus vicios (y señalo vicios de salida ya en la misma creación del sistema de información del gobierno británico, que es el origen principal de la prensa contemporánea) y a pesar de que efectivamente ha sufrido mucho en los últimos años, sigue siendo una referencia fundamental. Y habrá que reconstruirla. Que la prensa en papel ya no sea rentable no significa para nada que la prensa tenga que desaparecer en Internet. Es más: la inmensa mayoría de la gente realmente sofisticada sigue buscando su información en Internet en las grandes marcas periodísticas; en The New York Times o en Fox dependiendo de si se es de un lado o del otro, pero en los mismos lugares en última instancia, porque son aquéllos que ya tienen la reputación de basarse en evidencias. Ha aparecido un montón de otras cosas, y cualquiera tiene su blog, pero eso en sí mismo no le ha quitado autoridad a nadie. Esto lo explicaba bien David Simon, el autor de The wire, él mismo un periodista brillante que hizo The wire justamente para demostrar cuánto se habían degradado las instituciones de Baltimore y cuánto se manipula la información allá para poder camuflar la inmensa fractura social que atraviesa esa ciudad. Simon explicaba que a él lo echaron de The Baltimore Sun —un buen periódico— antes de Internet. En general, y contra lo que la gente piensa, a las mejores firmas del periodismo las echaron de los periódicos antes de Internet. Cuando la prensa pasó a ser un servicio gratuito, la prensa en papel ya no tenía nada que ofrecer frente a eso. También sucedió aquí en España: hace diez años se liquidó al ochenta por ciento de los mejores de El Mundo, La Vanguardia, El País y Abc por cuestiones de rentabilidad, y lo que se hizo fue colocar a esa prensa en una posición en que ha perdido muchísimo interés y atractivo.

La crisis también hizo a la prensa depender para sobrevivir de los aportes económicos de grandes empresas que, evidentemente, cobran un peaje a cambio de esa ayuda.

Eso me lo contaba ayer justamente un gran periodista exdirector de periódico. Me decía que una de las razones por las que no podía seguir era porque por ejemplo, si a redacción llegaba una noticia sobre un problema con Endesa y él pretendía publicarla, rápidamente llegaba una orden de arriba diciéndole: «Oye, si dices esto, tienes que decir también que Endesa ha ganado tanto este año». Él replicaba entonces a sus accionistas que consideraba que era mucho más interesante contar lo que no funcionaba bien que lo que sí, y con eso se generaban unas discusiones perpetuas. Ojo, en ningún momento la dirección, por más que fuera o quisiera ser manipuladora, se inventaba una noticia. Eso, en general, sucede poco todavía en la prensa, por lo menos en la parte del mundo en la que funciona todavía una serie de checks and balances. A periódicos del tipo de Al-Ahram en El Cairo o el Granma cubano no se las cree nadie, obviamente. Aunque, fíjate, a mí con el Granma me sucedió una cosa muy divertida. En diferentes visitas que yo hice el país, yo veía que mis amigos cubanos leían el Granma con interés, y me sorprendía. «¿Para qué lo leéis, si siempre dice lo mismo?», les preguntaba, y ellos me decían: «Tú no entiendes cómo va esto. En el Granma hay muchísima información que tú no sabes leer». Entonces se sentaban conmigo y me iban enseñando cómo tenía que leer el periódico. Me decían: «¡Mira lo que están encubriendo…!». Incluso en condiciones de censura prácticamente absoluta, cuando hay una verdadera vocación informadora, las cosas se saben. Yo recuerdo que cuando se estaba preparando la dictadura en mi país, Uruguay, donde el Gobierno que estaba había suspendido las garantías constitucionales con lo que llamaba Medidas Prontas de Seguridad (en Uruguay, que es país de grandes escritores, tenemos una creatividad tremenda), nosotros nos enterábamos de los grandes eventos por los desmentidos del Gobierno. No sabíamos siquiera que había pasado tal o cual cosa, pero el Gobierno salía y la desmentía. Y si la desmentía, era que había pasado, porque, ¿para qué vas a desmentir algo que no sucedió?

En el libro, usted cita de Chesterton aquello de que el periodismo consiste en decirle que Lord Jones ha muerto a gente que no sabía que Lord Jones estaba vivo.

Sí, sí. A mí eso me pasó; lo recuerdo perfectamente bien. En todo caso, ya digo: el mundo de la prensa no habrá muerto mientras todavía haya una verdad terrenal y consensuable. Alguna forma de prensa va a seguir habiendo.

Usted habla de una era de precarización de las verdades, no de desaparición de la verdad.

No, no. Si la verdad desapareciera, desapareceríamos nosotros. Somos entes narrativos y por lo tanto tenemos, como dice Mark Twain, que ser verosímiles; que representar algún tipo de verdad. Si no representáramos algún tipo de verdad, no representaríamos nada; seríamos entes vacíos. La verdad no va a desaparecer. Incluso los más motivados a sacudir los cimientos de la verdad, lo que quieren es sustituir una verdad por otra. Ése es el eterno juego humano; ni siquiera es nuevo. El problema es que el nivel de disgregación que permite ahora la tecnología es brutal, pero el fenómeno en sí no es nuevo. El Medioevo europeo estaba lleno de herejías; de pulsiones de disgregación. Cuanto más quería centralizar la Iglesia, más había fuerzas centrífugas que trataban de romper esas fronteras. Claro, todo era mucho más lento entonces. Ahora es continuo, y por otra parte, ¿por qué es tan continuo? Porque hay tantos cataclismos increíbles todo el tiempo que los propios cataclismos se vuelven menos cataclísmicos. La rebeldía de los albigenses sacudió los cimientos de la Iglesia; cuatro locos con un blog, pues sacuden mucho menos, por suerte. Igual causan una tragedia barrial; igual consiguen lo que estos falsos gurúes que juntan a la gente y la convencen de suicidarse. Y siempre hay la posibilidad de que un pequeño evento desastroso en un rincón perdido genere una contatenación de causas y efectos que acaben provocando un cataclismo planetario, pero es remota.

Me gustaría retomar lo que comentaba sobre el Granma. La cuestión es que en contextos dictatoriales o preautoritarios uno está atento a las triquiñuelas de la prensa manipuladora, pero en democracia bajamos la guardia, y por lo tanto las manipulaciones, que no dejan de perpetrarse, tienen mucho más éxito.

Sí, eso es verdad. Pero mira, el problema, además, no es tanto una crisis de las fuentes de la información como una crisis de interés. Nosotros vivimos una situación muy, muy complicada, y es que jamás en la historia de la humanidad se ha sabido tanto, casi en directo, sobre lo que sucede, y sin embargo jamás ha habido una desproporción tan grande entre lo que sabemos y lo que podemos hacer. Aquella excusa de muchos alemanes y muchos polacos, inaceptable en cierta medida pero posiblemente creíble, de que ellos no sabían lo que estaba pasando en Auschwitz, de que si acaso sabían que había actos antisemitas pero nada más, hoy no podría darse. Si no sabemos, es porque no queremos. Y el caso es que no queremos. Por primera vez en la historia de la humanidad, los únicos censores somos nosotros mismos. Y en parte es comprensible: es horroroso tener que estar asumiendo continuamente lo que está pasando sin hacer algo. A mí, que pasé por el Medio Oriente y lo conozco, lo que está pasando en Siria me horroriza genuinamente, y hay momentos en que no me deja dormir. Sé los horrores que están pasando allí; sé exactamente cómo funcionan esas cajas explosivas; sé que las barbaridades que comete el régimen, y digo «el régimen» no porque los otros sean éticamente superiores, sino porque la desproporción de medios es tan grande que el ochenta por ciento de los horrores los hace el régimen, que simplemente tiene más medios. El régimen sólo es éticamente inferior a esos demócratas que en los primeros días del conflicto salieron a manifestarse de forma pacífica y eran derribados por francotiradores desde los techos de las casas. Por lo demás, el nivel de horror en Siria es tan generalizado que no funcionan ni los escudos humanos. Para nosotros, no hay nada más horroroso que la utilización de escudos humanos. Pues bien, en este conflicto, los escudos humanos no se utilizan sencillamente porque no funcionan; porque uno mata tranquilamente a los propios con tal de sacarse de encima a los que están detrás.

Y antes, si uno sabía esas cosas, podía abonarse a una ideología que le aseguraba  fehacientemente que iba a acabar con ello y a construir un mundo en el que no fuera posible. Hoy, arruinadas todas las grandes utopías, las únicas opciones ante tales horrores son la indiferencia o la ignorancia.

Eso es. Por cierto, ya que hablamos sobre Siria, quiero decir algo al respecto: a mí no me gustan las teorías de la conspiración, y otra cosa que a no me vale es este lamento progresista de que Occidente es culpable de todo. Somos culpables de un montón de cosas a lo largo de los últimos trescientos años, pero de lo que están haciendo hoy los chieftains son culpables ellos. El que ahora pone una bomba en un supermercado es responsable él, no Occidente, ni los sionistas, por más grado de responsabilidad que uno y otros puedan tener de otras cosas. Pero es que imagínate si estaremos en una situación delicada que no tenemos consenso ni sobre eso.

Sobre las teorías de la conspiración, usted dice en el libro que necesitamos a alguien a quien cortarle la cabeza para que todo se arregle, sea posible o no. Mejor dicho, necesitamos la posibilidad de que, cortándole la cabeza a alguien, todo se arregle. Pero no existe ya esa persona.

Hombre, hay unos cuantos a los que se les podría cortar la cabeza igual (risas). Es broma. Medio broma (risas). El caso es que no: no hay nadie a quien podamos hacerle el cumplido de decirle que lo vamos a guillotinar porque es el malo de la película. Ese papel no se lo ha ganado nadie. Detrás de las teorías que afirman que determinada persona se lo ha ganado hay muy poca verdad. Y no porque no haya gente que quisiera dominar el mundo: yo conozco a unos cuantos que hubieran tenido esa vocación. Lo que pasa es que no les da el cuero, como decimos en América del Sur, ni se dan las condiciones que permitan realmente ese nivel de control, ni siquiera con la tecnología. La tecnología ha mejorado sustancialmente la capacidad de control, como sucede en China —y doy un par de ejemplos en el libro—, pero también ha facilitado precisamente el desmembramiento o disolución de las grandes verdades tradicionales.

Volviendo a la cuestión de la credibilidad de la palabra escrita en el siglo XXI, ¿no cree que esa credibilidad automática se ha trasladado a la imagen, no menos potencialmente mentirosa pero en la que, analfabetos del lenguaje audiovisual como somos, confiamos ciegamente?

Sí, pero eso no es nuevo. En mi libro anterior, Biblia, Corán, Tánaj, yo hablo mucho de cómo el cristianismo fue el primero en introducir la importancia de la imagen como elemento de convencimiento. Los vitrales, el patronato de las artes visuales que se dio de manera extraordinaria a partir del Medioevo, era una herramienta ideológico-religiosa maravillosa de cara a gente que no sabía leer. Hasta Gutenberg, Occidente fue un mundo de imágenes. Después, con la imprenta y la Reforma, pasó a ser un mundo de la palabra. Y ahora estamos volviendo de nuevo al mundo de las imágenes, pero ya digo: no es la primera vez que la imagen ocupa un papel central. Y no sólo en Occidente: en el mundo oriental, la imagen también tenía un impacto poético extraordinario, cargaba con muchísimo contenido y era, de hecho, una forma de escritura estética, pero de una estética con unas reglas tan complicadas, tan internamente subtitulada, que requería un nivel de conocimiento, de discernimiento, de memoria muy grande. La cuestión es que en todos esos casos, tanto en el de nuestra civilización preliteraria, como en la oriental, como en ésta, nunca se trata a las imágenes como la realidad, sino como una representación, y eso no tiene nada de malo. Es verdad que se utilizan imágenes-impacto para apoyar pseudoverdades muy sencillas, pero eso en sí mismo no es más ilegítimo que la manipulación propagandística a través de la palabra; que el eslogan o la teoría de la conspiración.

La cuestión es que somos analfabetos del lenguaje audiovisual y sus técnicas y recursos narrativos en mucho mayor grado del que lo somos con respecto al lenguaje escrito debido a una idea equivocada de que esa alfabetización audiovisual no hace falta; de que las imágenes siempre son autoexplicativas.

El problema aquí, sea con la palabra o con la imagen, es la ignorancia; el no entender que los signos están cargados de contenido, pero que el contenido no está en el signo. Yo argumento mucho en el libro que algo que hay que evitar es la literalidad. La literalidad siempre es malsana, tanto en lo escrito como en lo audiovisual.

Una de las cosas de las que no nos damos cuenta en lo que respecta a leer imágenes es la tendencia de nuestro cerebro a, por así decir, llenar huecos, o colmatar lagunas. A partir de lo que vemos, deducimos lo que no vemos, pero no siempre lo deducimos correctamente, y hay técnicas artísticas con las que se consigue imbuirnos expresamente la deducción incorrecta. En la retratística renacentista había por ejemplo una técnica, la dissimulatio, consistente en enmascarar con habilidad ciertos defectos. Por ejemplo, se retrataba de perfil a los tuertos de tal manera que sólo se viera el lado bueno y se dedujera que se trataba de una persona con los dos ojos sanos. Y eso no era mentir, pero tampoco era contar la verdad.

Pero por otra parte hay un bonito comentario ahí: estoy mostrando el lado que ve. Si alguien conoce el dato de que el retratado era tuerto, puede incluso apreciar esa representación. Lo que hay que tener claro, ya digo, es que en la representación no está el contenido; que el contenido hay que dárselo. Mira, esto lo he contado alguna vez. Yo nací en Uruguay de padres judíos completamente asimilados, que no eran religiosos para nada. Y mis padres no me transmitieron casi nada acerca del judaísmo, porque ellos mismos no sabían nada acerca del judaísmo, pero sí que se sentían con el deber de que yo supiera lo que había pasado en Europa. El problema con esto era que tampoco tenían la capacidad de explicarme mucho, seguramente porque les dolía demasiado. Entonces, lo que comenzaron a hacer a partir de cierta edad mía era bombardearme con fotos del Holocausto. Simplemente, me ponían las fotos delante. Pero a mí eso no me decía nada, y me refutó para siempre esa frase que dice que una imagen vale más que mil palabras. Aquellas imágenes eran horribles, pero no venían asociadas a una narrativa, a una historia, a un contexto, a un background. Y yo me horrorizaba, pero no sabía qué hacer con eso.

Sobre cómo a través de la imagen se puede manipular tanto o más que con las palabras hay un buen ejemplo de hace unos años: aquellas fotos que hace unos años dieron a entender que el presidente Obama flirteaba con la primera ministra danesa Helle Thorning-Schmidt durante un homenaje a Nelson Mandela, para enfado de Michelle Obama. Las fotos así lo daban, en efecto, a entender; pero tiempo después se publicaron otras que evidenciaban que no había sucedido nada de eso. Simplemente se habían seleccionado las instantáneas concretas que permitían transmitir esa historia.

Pero fíjate, esa serie de fotos no representaría ningún problema puesta en un programa satírico, en un contexto de humor, por ejemplo con globitos encima. El diálogo a tres podría ser buenísimo, y hubiera llenado de contenido de pronto a esa serie de fotos fallida.

Por otro lado, nuestra capacidad de sugestión es enorme. En el libro cuenta que, después del famoso episodio de Orson Welles leyendo La guerra de los mundos en la radio, «hubo muchas llamadas a la policía de personas aterrorizadas que aseguraban haber visto a los invasores marcianos».

Sí, sí. Lo puse para mostrar de nuevo las interferencias entre realidad y ficción. Lo que hace creíble la realidad es que esté conformada según las reglas de una historia. Por eso la literatura realista nació en los periódicos por entregas. En cierto sentido, aquellas novelas del realismo publicadas en los periódicos servían como modelo de cómo contar también las historias de verdad. La literatura no era la alternativa, sino el modelo del periodismo. Y después vino Truman Capote, que no en vano está muy de moda ahora; y hoy tenemos a Cercas y a Carrère.

A veces el periodismo no se priva de suprimir expresamente de sus narraciones determinados elementos que las entorpecerían o complicarían. Cuenta en el libro, por ejemplo, que el primer documental de la historia, Nanook el esquimal, «no se privó de poner en escena —cuenta usted— a unos inuit convertidos en actores de sí mismos, ilustrando unas “típicas” técnicas de caza y pesca que desde hacía tiempo ya no se practicaban». Los esquimales en trance de adaptación a la sociedad moderna y sus contradicciones hubieran obligado a unos documentalistas más rigurosos a una larga explicación y hubieran resultado menos atractivos al espectador, que esperaba unos esquimales arcádicos, atrapados en la Edad de Piedra.

Sí, pero fíjate: aunque Nanook el esquimal miente, nos cuenta una verdad. Sí, es mentira que aquellos tíos se dedicaran a cazar aquello de aquella manera, pero sus padres lo hacían. Por lo tanto, aunque el documental no significa la realidad en sí, eso no se contradice necesariamente con la verdad. Es más, el hecho de que algo tenga una legitimidad narrativa es una condición de base de algún tipo de verdad, que no tiene por qué ser una verdad absoluta y física. Yo tomé el ejemplo de Nanook el esquimal para explicar que esa búsqueda decimonónica de la cosa en sí, que es una actitud metafísica, podrá interesarle al metafísico, pero es más o menos irrelevante para aquéllos que actúan en un algún mundo real compartido.

Vivimos también una era de auge de los bulos, e incluso vemos cómo algunos antiquísimos reaparecen. Es el caso de Los protocolos de los sabios de Sion, que parece que vuelven a circular por la red.

Sí, sí. Fíjate, el bulo éste de los Protocolos fue un invento de la Ojrana, la policía secreta rusa, en el siglo XIX, y además dirigido no contra los judíos, sino contra los radicales napoleónicos y los liberales. Sólo después se convirtió en una cuestión contra los judíos. Y se ha demostrado mil veces que era falso, pero ya sabes: una mentira mil veces repetida… La cuestión es que ahora hay formas de que esto se convierta en viral forever.

De los bulos, a mí me preocupa comprobar que lo absolutamente delirante de algunos no les impide ser creídos a pies juntillas por mucha gente, sobre todo cuando tienen que ver con el adversario político. Revela una deshumanización del enemigo, de quien estamos dispuestos a creer no importa qué iniquidades, cuyo recorrido puede ser muy peligroso.

Bueno, pero aquél que cree en algo sólo porque tiene necesidad de creer en ello, en alguna parte de su ser sabe que no sirve, y por lo tanto el bulo no termina de impactar. Esa deshumanización que tú comentas es cierta, pero a la vez es la gran debilidad de estas historias. Cuando tú deshumanizas a un personaje, lo haces menos creíble. Mira, te cuento una historia. Uno de mis mejores amigos cuando yo era adolescente, Manolo Olveira, era nazi. Era un dibujante maravilloso, y se pasaba el día dibujando batallas y tanques de la segunda guerra mundial, siempre alemanes, por supuesto. En lo que él dibujaba siempre ganaban los alemanes. El caso es que éramos muy buenos amigos; nos llevábamos fenomenal. Pero el tío estaba todo el día despotricando contra los judíos. Y yo le decía: «Pero Manolo, si yo soy judío». Me decía: «No, no, tú no». Le decía: «¿Y mis padres?» (estábamos la mitad del tiempo en su casa y la mitad en la mía). «No, no, tus padres son unos santos». «¿Y Milton Pardo?». «No, ése tampoco». Le dije los cuatro judíos que conocía y los cuatro le parecían fenomenales. «Pero Manolo, entonces, ¿de qué judíos estás hablando?». Me decía: «De los otros». El judío que él manejaba era una figura vacía; un personaje de ficción; de una mala ficción cuyo éxito podía radicar en una especie de exotismo o de lejanía, pero que en última instancia era una mala ficción. Los personajes absolutamente previsibles son siempre personajes fallidos. Y ahí está una de las genialidades de Disney: siempre le conceden un punto de humanidad a la peor de las brujas, porque si no no funciona. Los malos absolutos sólo se los cree de verdad gente que tiene una patología; gente —digámoslo así— existencialmente inválida. El inválido compensa como puede. Quiere dejar de angustiarse, de tenerse autocompasión, y a veces sustituye la autocompasión por el odio. De todas maneras, hay que decir una cosa. Yo en el libro he procurado mantener un cierto equilibrio. Así como la mentira recibe apoyo en Internet, muchísima gente también se engancha a las verdades que hay en Internet. Y en todo caso, si la mentira se ha servido de la tecnología, eso no es culpa de la tecnología, igual que no se puede echar la culpa al inventor del cuchillo por que éste haya servido para asesinar a alguien. Los vecinos de al lado siguieron usando el cuchillo para cortar carne.

Por otro lado, hoy preocupan las distorsiones que provocan en nuestra percepción de la realidad los algoritmos de buscadores como Google y las características propias de las redes sociales. Eli Pariser habla de un «efecto burbuja» consistente en que sólo nos relacionemos por Internet con gente que profesa nuestras mismas opiniones, proporcionándonos instrumentos como el bloqueo o el unfollow la posibilidad de hacer desaparecer las contrarias.

El algoritmo refuerza el efecto colchón en el sentido de que te devuelve lo que tú quieres. Tampoco es exactamente nuevo: siempre existió el charlatán que ganaba dinero diciéndonos que somos el más alto y el más guapo, que es lo que hace el algoritmo de Google. Google es muy interesante, porque nos juzga por lo que hacemos, no por lo que decimos; y así descubre muchísimo sobre nosotros. Aprendemos mucho sobre nosotros mismos gracias a Google, y en ese sentido tiene razón Harari cuando dice que cuanto más usemos Google más vamos a aprender sobre nosotros mismos. El problema es que también vamos a aprender menos sobre el mundo. Cada vez vamos a estar más encerrados en esos islotes de verdad de los que hablábamos. Google, sin decirnos que lo está haciendo, responde a nuestras preguntas excluyendo de esas respuestas todo aquello que nos molesta; y la inmensa mayoría de la gente que busca información controversial en Google no entiende que Google está filtrando sus resultados para mostrarle sólo aquello que ya piensan.

Pensemos por ejemplo en la posibilidad de que una mujer que en algún momento se haya interesado por la homeopatía, y haya hecho búsquedas al respecto, se quede embarazada: si, por ejemplo, duda acerca de si vacunar a su futuro hijo, es probable que el algoritmo personalizado de Google le destaque páginas contrarias a las vacunas en sus búsquedas y le relegue, en cambio, las que expresan y suscriben la verdad científica al respecto.

Claro, claro. Es muy buen ejemplo; eso es lo terrible del algoritmo de Google. Y aquí también hay un mensaje que lanzar: el algoritmo de Google se hace más útil cuando uno mismo tiene un comportamiento menos unidimensional, porque recoge esa complejidad. Conmigo, el algoritmo se hace un lío para recomendarme libros, porque pasa de un libro de filosofía  aun cómic.

¿Estamos regresando, de alguna manera, a un mundo premoderno?

Yo eso lo pensaba más antes que ahora. Cuando apareció Internet, fui de los que creyó aquello de la aldea global y dijo: «¡Ah, qué bárbaro, estamos volviendo a una sociedad preindustrial!». Aquella imagen se utilizó mucho: de Internet se decía que nos iba a proporcionar lo mismo que proporciona la aldea en nuestra imaginación romanticona, esa cosa de conocer y hablar con todo el mundo. Tardamos poco en darnos cuenta de que ésa era una visión muy básica y que no terminaba de justificarse del todo. Al final, lo que sucedió en cierto sentido fue que una minoría del mundo industrializado urbano, que ya sabía más de un idioma y ya viajaba por el mundo, consiguió profundizar y expandir muchísimo más esa experiencia de globalidad que ya tenía. Al pequeño artesano de un pueblecito del Macizo Central francés, Internet le aportó poquísimo. Primero, porque no habla nada más que francés, y un francés que, si es el de l’Auvergne, por ejemplo, ni siquiera le entienden en París. Y por otro, porque sus relaciones económicas y sociales son realmente cercanas. A ese cincuenta por ciento de Francia que votó contra Maastricht, las aportaciones de esta aldea global de ninguna manera les servían. Seguían prefiriendo su aldea real, donde compartían los problemas del productor del queso de cabra. Lo que hizo Internet fue simplemente darle un carácter románticamente aldeano a lo que en realidad era ya una posmodernidad; la superindustrialización. Ojo, Internet tiene una cantidad de ventajas extraordinarias; yo no renunciaría para nada a nada de todo esto.

Lo dice en el libro en un momento dado en el que hace una crítica a Apple: pese a todo, usted lo escribió en un Mac.

Yo ya soy tan viejo que crecí con la radio, pero antes de los transistores. A los doce años vi por primera vez una televisión, y la televisión se convirtió en un fenómeno casero e individual poco tiempo antes de irme de Uruguay. Nací y me crie en un mundo completamente analógico y de poca velocidad, porque todo estaba marcado por las distancias y el factor tiempo era fundamental. Para cualquier cosa que hacías, tenías que coger tal o cual autobús, hacer transbordo en tal otro, etcétera; y si tenías que cancelar una cita o llegar tarde era un lío tremendo, porque no había teléfonos móviles. Es increíble hasta qué punto un simple teléfono ha transformado radicalmente toda nuestra forma de actuar. O sí, los ordenadores: a mí ahora me cuesta muchísimo menos escribir. Yo siempre fui un escritor muy perezoso; a mí el corta y pega analógico me mataba. Fui uno de los primeros graduados que no publicaba nada, porque me daba una pereza terrible corregir y tener que volver a escribir.

De todas formas, con mi pregunta sobre si estamos regresando a un mundo premoderno me refería a un mundo atravesado de supersticiones, de irracionalidades, etcétera. Internet favorece eso de muchas maneras.

Tú, en ese sentido, eres como Frazer, que creía que las civilizaciones empiezan en un grado infantil y con el tiempo van sofisticándose. Yo no creo que sea así. No creo que tengamos ninguna ventaja sobre Aristóteles; ninguna. A lo largo de la historia, hay un porcentaje de superstición —o de religiosidad, según como lo mires— continuo. Incluso en la fase más radicalmente republicana, jacobina, de la Revolución francesa todo el comportamiento era profundamente religioso. Yo creo que los cambios históricos que se realizan a nivel sociocultural y civilizatorio tienen más que ver con nuevas formas de organización y de relación con la tecnología que con un proceso de avance o retroceso cultural.

Hoy han decaído las grandes iglesias, al menos en Occidente, pero han aparecido nuevas espiritualidades para sustituirla.

Sí, el new age y todo eso, pero también las formas más extremas de la religión. Allí donde decaen el cristianismo, el judaísmo y el islam, renace el fundamentalismo: los evangelistas norteamericanos, la reacción anti-Vaticano II en una parte del mundo católico, el ultranacionalism ortodoxo en los Territorios Ocupados o el yihadismo. Allá donde el lado, digamos, mayoritario, convencional dela religión se ha apagado, ha renacido con fuerza el mesianismo.

Lo decía Albert Camus, ateo como era, de algún modo: tenemos que inventarnos algún tipo de religión civil, porque no ha lugar a una humanidad sin religión. Si se hace desaparecer una, ese hueco es rápidamente colmatado con otra.

Entre criaturas más o menos pensantes que nacen y mueren irremediablemente, la trascendencia es inevitable. Si no, la muerte jode todas las historias, porque el final real de todas las historias es la muerte. Mira, yo vengo de aquel mundo de ultrarracionalistas dogmáticos, comunistas incluso (del lado trotsko, en mi caso), que pensaban que todo eso era totalmente superable y que la lógica de un organismo perfeccionado, de lo sociohistórico, iba a sustituirlo. Al final no fue así, sino todo lo contrario.

De hecho, el propio marxismo acabó convirtiéndose para muchos en una religión con papa, cardenales, Sagradas Escrituras, santos, mártires, procesiones…

Sí, sí. Yo, en una presentación de mi libro anterior en Uruguay, dije que el comunismo era una religión sin dios, y una vieja amiga mía me dijo: «¿Cómo que sin dios? ¿Y el Partido qué es?».

A mí me resultan curiosos ciertos comunistas fascinados hoy con la figura de Vladimir Putin más allá de un mero criterio geoestratégico. De alguna manera, necesitaban un Moscú al que todos los caminos siguieran llevando.

Sí, sí. Yo entiendo a los rusos, porque además el modelo político ruso ha sido siempre autoritario. Lo era con los zares, lo era con los secretarios generales del Partido y lo es con los presidentes autoritarios que tienen ahora. Están acostumbrados a eso y Putin representa un modelo más interesante y más creíble que el del borracho Yeltsin, que se caía del estrado (aunque entre borrachera y borrachera lo controlaba todo con mano de hierro). Quiero decir que entiendo el fenómeno Putin aunque a mí no me guste el tipo. Y en cierta medida entiendo que haya muchísima gente que todavía se considera de izquierdas que, en estos momentos en los que la Unión Soviética se hundió y el comunismo como gran proyecto no está presente prácticamente en ningún lugar, sienta cierta satisfacción por que haya un personaje que está jodiendo al Occidente de Fukuyama y de la pseudoutopía liberal. La cuestión es que todos ésos que están fascinados con Putin no se irían a vivir a Rusia ni de broma, a no ser que fueran oligarcas.

Hablábamos antes del mercado de la verdad, y en ese mercado, hay quien es capaz de ofrecerlas todas. Usted pone ejemplo de la corporación Atresmedia, dueña de dos canales de televisión españoles: LaSexta, de izquierdas, y Antena 3, de derechas. «Ambas son sumamente coherentes en sus más bien opuestas líneas editoriales y juntas suman un alto porcentaje de audiencia», dice.

Claro, así sacas el máximo provecho. El juego de Atresmedia es muy inteligente: le vende una verdad objetiva distinta a sus dos mercados. A su mercado más de derechas le vende el informativo de Antena 3 y a su mercado más de izquierdas le vende La Sexta. Pero ambas verdades son coherentes y de alguna manera nos transmiten que tienen algún tipo de fundamento evidencial. Es decir, incluso aquellos que tratan de cubrir todos los frentes tienen que proporcionar en cada uno de esos frentes un sostenimiento creíble basado en evidencias. Yo creo que ésa es la dirección que vamos a seguir en los próximos años, y estará bien que así sea para que tu generación no se vuelva loca. La otra opción es el mercado de los likes y un mundo en el que la verdad, en la medida en que se hace más accesible a través de ese mercado, se hace también más inverosímil. Nosotros queremos que se considere verdad todo aquello que queremos transmitir sobre nosotros mismos, pero al mismo tiempo no queremos que haya inexactitudes en la verdad, y en consecuencia en algún momento todos, para poder asegurarnos de que el capital de verdad que poseemos es suficiente, vamos a necesitar algún tipo de garantía. El periodismo es uno de esos bancos de garantía. Los bancos pueden fallar, y de hecho hemos visto que fallan, pero seguimos poniendo dinero en los bancos en lugar de debajo del colchón. La prensa debería mantener o luchar por mantener su papel como banco de la verdad con todas sus imperfecciones para impedir que el colchón que es Facebook, donde queremos mantener y asegurar que nuestras verdades estén completamente controladas y que satisfagan exactamente el tipo de gratificación que necesitamos, no ocupe todo el espacio. El mismo ahorrante que tiene todo su dinero bajo el colchón también tiene una inseguridad y una incapacidad de manejar correctamente ese capital comparado con el que tiene el dinero en el banco, por más que el banco se lucre con ese depósito. El banco te permite comprar, invertir, recibir información financiera, etcétera. El colchón, no. El colchón te devuelve sólo lo que pones.

¿Nos encaminamos a un colapso civilizatorio?

Probablemente, pero el caso es que estamos muy preocupados por todo esto cuando de repente cae un aerolito y todo desaparece de una forma mucho más sencilla. Tenemos una tendencia, hasta en lo cataclísmico, a colocarnos por encima de lo demás en la Creación. Y no cabe duda de que el efecto que provocamos sobre el clima del planeta es grande, pero también lo es el que provoca un volcán. En el siglo XIX, una erupción del Tambora, en Indonesia, cambió el clima de Europa durante treinta o cuarenta años y causó revoluciones y cambios de estructuras políticas y de modelos económicos. Ojalá no suceda nunca, pero se teme el estallido definitivo de la inmensa actividad volcánica que hay debajo del parque de Yellowstone, en Estados Unidos; y luego está la famosa Falla de San Fernando. Si eso sucede, nuestros jueguitos atómicos son una broma. Lo que no significa que no tengamos que cuidar la naturaleza, claro. Yo no quiero banalizar nada: simplemente señalo que hasta en lo catastrófico tenemos una tendencia a agrandarnos incluso como malos.

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