Estudios literarios

París para flâneurs

Marcelino Iglesias nos guía a través de la Ciudad de la Luz a través de los libros que escribieron sus paseantes y enamorados.

París para flâneurs

/por Marcelino Iglesias/

Tal vez tuviera razón Julien Green cuando apuntaba que para él París sería siempre el decorado de una gran novela que nadie escribiría jamás. Se conformaba Green con soñar un libro que fuera como un largo paseo a la deriva, porque la ciudad sólo sonríe a los que se acercan a ella y deambulan por sus calles. Guy Debord, teórico del caminar y de la Internacional Situacionista, proponía la introducción de mapas psicogeográficos para clarificar ciertos vagabundeos constitutivos de insubordinación frente a lo habitual (el recorrido turístico, esa droga popular tan repugnante a su juicio como el deporte o las compras a crédito); y en su «Teoría de la deriva» propone una técnica para el avance pasajero a través de variados ambientes, dejándose arrastrar por las atracciones del terreno y los encuentros que allí se suscitan, dejando a la mente (y a los ojos) a la deriva.

París —de la que se podría hablar en plural, ya que existen muchas París— viene generando múltiples relatos porque «la vida parisina es fecunda en temas poéticos y maravillosos. Lo maravilloso nos envuelve y nos empapa como la atmósfera, pero no nos damos cuenta» (Baudelaire). Las ciudades son vastos depósitos de historia que pueden ser leídos como un libro si se cuenta con el código apropiado; como sueños colectivos cuyo contenido latente —se ha escrito— se puede descifrar.

París (la realidad del objeto que lleva tal nombre) está constituida por capas articuladas de tiempo; vale decir: de textos superpuestos. La ciudad es una escritura (Barthes) y quien deambula por ella es una especie de lector que según sus desplazamientos aísla fragmentos del enunciado para actualizarlos. París narrada en el tiempo, París en letra impresa: una partitura que hay que ejecutar sobre el terreno. La literatura del flâneur utiliza la metáfora de la ciudad como libro abierto, como texto que se lee: caminar por París suele describirse como la lectura de una ciudad que compone una inmensa antología de relatos. Esta ciudad es, además, un estado de ánimo y un testigo de episodios revolucionarios que han marcado no sólo la historia, sino también la ordenación de la ciudad, usos y costumbres sociales (en París rebelde, París en tensión y Quinze promenades sociologiques: «La vie urbain est le produit de l’interaction permanente entre ces deux formes de la société, le social objectivé dans les choses et le social intériorisé par les personnes», encontrará el lector información documentada y análisis de los fenómenos que han marcado el devenir de esta ciudad, además de su estado presente y de las perspectivas de futuro).

Los libros que aquí se citan nos permiten ver París con ojos prestados: son miradas sobre la ciudad de autores que la llevan en el corazón (caso extremo, el Elogio de París de Victor Hugo —qué lástima que nada de cuanto él en 1867 auguraba se haya cumplido—: en el siglo XX reinará la paz universal, no habrá explotación, las cárceles serán transformadas en escuelas, se impondrá el fin de los ejércitos… «Esa nación tendrá por capital París… Se llamará Europa en el siglo XX, y, en los siguientes siglos, se llamará Humanidad»). Más que muestras de narrativa reciente son textos atemporales y obras de innegable actualidad. Son todos ellos libros para quienes gustan de caminar, de dejarse llevar por los pies, para quienes deseen empaparse del espíritu de la ciudad más que para darse un baño cultural o monumental al uso. Sus autores son o han sido excelentes flâneurs, seres que parecen haber captado la ciudad por ósmosis. Son libros para nostálgicos y melancólicos, para quienes la tristeza no es episodio pasajero sino constitutivo de su ser: fina lluvia tierna que empapa el alma. Una manera de estar en y de ver la ciudad que inauguró Baudelaire, cuyo fruto es esa prosa que, con el aliento de la poesía, pretende dar voz a quien, sin prisa, quiere ver la ciudad (personas y cosas) y reflejar después esa visión: espejo en que quien escribe refleja no tanto al objeto como a quien mira.

París es un relato en marcha: fuente inagotable a la que se han acercado tantos escritores atraídos por su reclamo. París no se agota nunca. Puede ser una fiesta (como en los recuerdos de Hemingway, que pasó en la ciudad algunos años de su juventud) pero también espacio de la barbarie («no existe ningún documento de cultura que no lo sea al tiempo de la barbarie», sentencia Walter Benjamin). Un marco, en todo caso, en que se han ventilado tantos episodios que marcaron con su resultado el porvenir. Y la literatura viene dando cuenta de ello. Ah, París, París… Para empaparse de l’esprit de la ciudad, tendrá que salir a la calle, dejar a los pies a su aire, improvisar sobre la marcha, moverse en zigzag, de aquí para allá, con quiebros imprevistos: de un café a un cementerio, de una plaza a un pasaje, de aquí a un puente (por ejemplo, al Pont Mirabeau, donde seguramente surjan de la memoria tanto los versos de Apollinaire: «La joie venait toujours après la peine / Vienne la nuit sonne l’heure/ Les jours s’en vont je demeure», como el recuerdo de una escena —exterior noche—: un hombre se apoya en el pretil y se arroja al agua; el cadáver de L’Inconnu de la Seine aparecerá río abajo días después). En suma, simplemente deambular, observar, imaginar sobre cuanto se va encontrando uno al paso (como hacía el poeta Jean Follain según podemos comprobar leyendo Paris: sucesión de poemas en prosa en que el instante queda fijado como hace la fotografía, silencioso pero bien vivo; así se van yuxtaponiendo estas instantáneas con palabras precisas y exactas, con minuciosa pulcritud).

París, como tantas otras ciudades milenarias, tiene algo de espectral, de cuanto fue y ha desaparecido o transformado, pero siempre quedan huellas, vestigios, ectoplasmas que siguen vagando por sus calles. Escribir sobre París —se ha escrito— es hacerlo sobre el tiempo que reenvía de continuo a lo que fue, lo que era y lo que ya no es («Heme aquí al término de mi viaje sentimental y pintoresco por un París que ya no existe», se lamenta Léon-Paul Fargue en El peatón de París: los protagonistas que nos reflejan sus recuerdos y sentimientos son esa nómina de personajes singulares tan característicos de la ciudad y que se va encontrando en su callejear, y también retratos geniales de amigos y conocidos: Paul Valéry, Erik Satie, Alfred Jarry, Ravel, Apollinaire…). Porque París es un territorio de utopía, comenzando por la arquitectura, pero sobre todo es el territorio de la melancolía del tiempo que fluye imparable. Hay que rascar en el mapa de París, levantar el pavé: desgraciadamente no encontraremos las arenas de la playa, pero sí los vestigios de su pasado. París es, si se quiere, un vasto palimpsesto, cuya escritura oculta bajo capas de remodelación (la más radical, pero que generó la fisonomía inconfundible del París tal como hoy lo conocemos, la del barón Haussmann, el gran demoledor del viejo París medieval, al que taló como se tala un bosque) viene gestándose desde su origen (la Lutetia Parisiorum), y es, desde tiempo inmemorial, objeto de atención y estudio: ha estimulado copiosa literatura. Sin embargo, se ha perfilado con rasgos definidos (pero no rígidos) como género literario desde Baudelaire. Y su nombre remite de inmediato a la figura del flâneur como tipo y de cuantos flâneurs han pateado sus calles. La mirada del flâneur vive de la percepción repentina, de la sorpresa en el camino, de lo efímero: la suya es una geografía del instante, de pequeños detalles, de cuanto le brinda el azar o le evoquen sus recuerdos. La lentitud preside su deambular, la observación guía sus ojos prestos a captar los estímulos que le salgan al paso. El ritmo pausado del caminante urbano fue simbolizado por la imagen de Baudelaire reflejada en el Libro de los pasajes (Walter Benjamin): en 1839 resultaba elegante pasear llevando una tortuga, eso da idea del ritmo del flâneur. Es un caminante esponja que recorre la ciudad y la ve con ojos que han leído y así su mirada se dilata en lo amplio o se posa en la «belleza del detalle mínimo» de la que hablaba Blake. El azar guía sus pasos; no es, empero, un ocioso: callejea, observa, mira, escucha; el deseo de conocimiento de la ciudad mueve sus pies. Sabe, no obstante, que una ciudad alberga siempre más de lo que cualquier habitante puede conocer, y una gran ciudad brinda a cada paso algo desconocido, un estímulo para la imaginación.

París, como género literario, tiene en Baudelaire su origen (El spleen de París) y a Walter Benjamin como su exégeta. Su obra póstuma (e inacabada), el Libro de los pasajes, constituye uno de los textos más extraños y estimulantes intelectualmente del siglo pasado. Construido a partir de multitud de fragmentos («el fragmento es el material más noble de la creación barroca») con materiales dispersos (notas, reflexiones, comentarios, citas…), tenía como objetivo reflexionar sobre qué era la ciudad de París y la mejor forma de hacerlo es sin duda explorarla y hacer acopio de materiales en múltiples lecturas. Pretende diagnosticar, evaluar y criticar la cultura de la modernidad generada en París aproximadamente entre Las flores del mal y El campesino de París. Para acercarse a ese momento histórico utiliza como fundamento, más que obras de pensadores políticos, autores como Balzac, Dickens, Proust…, porque fue la novela quien supo ser fiel reflejo de ese momento de eclosión del capital. Benjamin se detiene también en cuanto el siglo XIX pudo ser y no fue: ese mundo utópico que imaginaron Fourier o Saint-Simon.

Aunque mitigado durante las últimas décadas, París viene siendo foco cultural y artístico desde dos siglos atrás; capital del siglo XIX para Walter Benjamin y, cabe añadir, de buena parte del siglo pasado: piénsese en las vanguardias de entreguerras, en especial en el surrealismo, la más fecunda y perdurable de todas; en el existencialismo de posguerra. Es, además de una ciudad de acogida y refugio, el lugar en que han nacido o vivido o recalado por un tiempo escritores ilustres. El caminante puede seguir la huella de los lugares en que vivieron y por donde deambularon, el motivo del cambio de domicilio, el rastro que dejaron. A discernir los motivos sentimentales, familiares o financieros de sus desplazamientos por el París de su época, dedica su empeño Jean-Paul Caracalla en Vagabondages littéraires dans Paris: aquí aparecen escritores de la valía de Chateaubriand, Daudet, Stendhal, Balzac, Hugo, Flaubert y, claro, su admirado Proust. Y, cómo no, asistimos también a ese París que a la altura de 1925 «era una fiesta» (las mujeres se hacen cortar los cabellos, se liberan de sus corsés, los parisinos se extasían ante las obras de los surrealistas); se detiene entonces el autor en algunos escritores de «la generación perdida» (Scott Fitzgerald, Sylvia Beach, Hemingway, Henry Miller, Gertrude Stein…).

Como se ha escrito, París es una fuente inagotable de representaciones, un bosque de signos, una red de correspondencias: está el París real y el representado, ciudad de la sombra y de la luz, del día y de la noche, capital del dinero y capital de la revolución, masculino y femenino, de los vivos y de los muertos (recomendable: caminata amable y plácida por entre las tumbas de algunos destacados escritores en los cementerios de Père-Lachaise y Montparnasse). La literatura ha erigido París como objeto mítico (que también ha incrementado el cine durante el siglo XX: «pero esa es otra historia», como zanjaría la cuestión el gran Moustache, el polifacético personaje de Irma la dulce). El espacio de la ciudad se perfila en una geografía mental y sentimental en torno a motivos recurrentes: el Sena, los muelles, los puentes, los cementerios, el metro, los pasajes, los bulevares, las estaciones, avenidas y calles «que se dejan leer como un poema». Pero si la ciudad es un mito, una cuestión fundamental se plantea: ¿existe París realmente? Para obtener una respuesta es conveniente acompañarse de expertos guías: Charles Baudelaire, Louis Aragon, Walter Benjamin, Léon-Paul Fargue, Jean Follain, Hemingway, Boris Vian, Georges Perec, Patrick Modiano, Vila-Matas… y tantos otros. De su mano podrá entonces el caminante «perderse en la ciudad como quien se pierde en el bosque» (Benjamin) y, quizá también, corroborar que las ciudades son también lugares inventados por la voluntad y el deseo, por la escritura y por la multitud anónima (Hannah Arendt, que vivió en la ciudad en los años sesenta, había escrito que en París un extranjero se siente en casa. Cuando regresa años después, ante la transformación brusca del mercado de mayoristas de Les Halles o los cambios del barrio Latino, anota: «pero ese listado de cambios me ha hecho también poseedora de una ciudad perdida, y quizá París sea siempre una ciudad perdida, una ciudad llena de cosas que solo viven en la imaginación»). Fatigado, acaso le apetezca al caminante sentarse en un banco o en una terraza simplemente «a ver pasar la vida», tal como hacía Georges Perec en la plaza de Saint-Sulpice (Tentativa de agotar un lugar parisino): anotar lo que no tiene importancia, lo que pasa cuando no pasa nada o simplemente, como el extranjero de El spleen de París, corroborar que a lo que uno ama realmente es a las nubes, las nubes que pasan, las maravillosas nubes. Porque esta ciudad, como apuntó en bella expresión Hofmannsthal, es «un paisaje hecho de pura vida».

Si hay un barrio en París que sea metonimia de una época, éste es sin duda Saint-Germain-des-Prés durante los años cuarenta y cincuenta: existencialismo y bohemia. A sus habitantes y frecuentadores habituales les dedica un manual uno de sus más conspicuos miembros: Boris Vian. Tal que un arqueólogo ante una antigua civilización, así se dispone Vian a escribir sobre «los trogloditas germanopratenses». Escrito en 1950, en él vemos desfilar personajes destacados de la vida cultural parisina: a Sartre y Simone de Beauvoir en animada tertulia en el Café de Flore, a Albert Camus en los primeros tiempos del Tabou, la famosa cueva en que tocaba la trompeta el propio Vian, o también percibir entre una espesa capa de humo la figura de Juliette Gréco («apodada la Cachorrilla… Sí, siempre va de negro»), cantando en cualquiera de las «cuevas». Y el recorrido por la historia del barrio y de sus locales emblemáticos (el café Lipp, por ejemplo, el preferido por Gide, el Deux Magots, donde el grupo de surrealistas disidentes encabezado por Raymond Queneau, Georges Bataille y Jacques Prévert redactó el panfleto anti-Breton «Un cadáver»; al final de la década comienza el auge de las cuevas y los grupos de jazz con la inauguración del mítico Tabou). El capítulo 2 del Manual lleva por título «Florilegio y personalidades», dedicado a retratar a toda la fauna cultural germanopratense (poetas, filósofos, cineastas, actrices, cantantes, pintores). Cumple de ese modo (hablar de sus amigos del barrio y de lo que entre todos crearon a esa orilla del Sena: libertad) su deseo del prólogo: «transmitir al lector un poco de ese ambiente que ha conquistado a tantas mentes lúcidas».

De todo lo anterior (y mucho más) dan cuenta los libros que aquí se han citado. Otros también se han glosado con pincelada ilustrativa. Son textos que no se excluyen, se complementan: son libros para «leer» París. Porque para caminar por sus calles, tal vez nos convenga primero transitar por las páginas de estos libros. Una vez empapados de escritura, sin duda caminaremos con paso más seguro y ligero, aunque nuestra marcha ha de ser lenta. A comprender qué es París ayudan estos relatos: claves de un código que el tiempo viene depositando impasible sobre la superficie de la ciudad.


Algunas referencias bibliográficas:

Louis Aragon: Le paysan de Paris, Gallimard (Folio), 2013.
Charles Baudelaire: Le spleen de Paris, Le Livre de Poche, 2003.
Walter Benjamin: El París de Baudelaire, Cadencia, 2012 (partes destacadas del Libro de los pasajes).
—  Libro de los pasajes, Akal, 2005 (sobre la edición de Rolf Tiedemann).
—  Obra de los pasajes, 2 tt. Abada, 2014-2015 (nueva traducción también de la edición de Rolf Tiedemann).
—  París, Casemiro, 2013 (librito que recoge unos pocos fragmentos relevantes del Libro de los pasajes).
Jean-Paul Caracalla: Vagabondages littéraires dans Paris, La Table Ronde, 2003.
Jean-Paul Clébert: París insólito, Seix Barral (Los Tres Mundos), 2011.
Léon-Paul Fargue: El peatón de París, Errata Naturae, 2014.
Jean Follain: Paris, Phébus, Libretto, 2006.
Eric Hazan: París en tensión: urbanismo e insurrección en la Ciudad de la Luz, Errata Naturae, 2011.
Victor Hugo: Elogio de París, Gadir, 2011.
Michel Pinçon y Monique Pinçon-Charlot: Paris: quinze promenades sociologiques, Payot, 2013.
Ignacio Ramonet y Ramón Chao: París rebelde: guía política y turística de una ciudad, Debate, 2008.
Rebecca Solnit: Wanderlust: una historia del caminar, Capitán Swing, 2015.
Boris Vian: Manual de Saint-Germain-des-Prés, Gallo Nero, 2012.

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