El runrún interior

El runrún interior (69)

Pablo Batalla Cueto registra en su dietario pensamientos propios y notas de libros leídos y cosas vistas en Internet, escribiendo sobre la victoria electoral del fascismo en Italia o las imágenes que arroja el reclutamiento parcial en Rusia.

/ por Pablo Batalla Cueto /

El runrún interior (68)

Martes, 20/9/2022. Leo que un día de 1976 preguntaron a Paco de Lucía qué mano era la más importante a la hora de tocar la guitarra. La respuesta, genial, fue la siguiente: la izquierda es la inteligente, la derecha ejecuta. Inmediatamente después, unos fascistas le dieron una paliza.

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Qué cosa tan fascinante es la letiziada, y qué bien hecha: ese conservadurismo progresistizado, ese oficialismo desenfadado, ese customice usted su uniforme de soldado del poder establecido a fin de no parecerlo. Doctores tiene el PSOE, y la Monarquía.

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Podemos —lo digo con dolor de votante— está ya un organismo muerto y en descomposición, aunque, como el Bruce Willis de El sexto sentido, no se haya dado cuenta, y se crea todavía vivo. Como tal, puede fertilizar el campo para una nueva siembra que crezca nutrida por sus mejores energías. Lo que no debería hacer es mezclarse con la cosecha sana, porque entonces contagiará su putrefacción a todo los demás.


Miércoles, 21/9/2022. Siempre que Samantha Vallejo-Nágera dice o hace alguna barbaridad sale a relucir su condición de nieta de Antonio Vallejo Nágera, el siniestro psiquiatra conocido como el Mengele español. Me desagrada. Una persona no es despreciable por ser nieta del Mengele español, o de cualquier otro criminal: hay gente maravillosa con ancestros deleznables. Lo es, si acaso, si el Mengele español se sentiría orgulloso de ella, de sus ideas, de sus actos. En cualquier caso, hay que repudiarla por esas ideas deleznables, por esos deleznables actos y por ninguno más. La culpa ideológica, contra lo que opinaba la Santa Inquisición, no se hereda.

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Mensaje final de campaña de Giorgia Meloni: «Después de nuestra victoria, podréis alzar la cabeza y verbalizar finalmente aquello en lo que siempre creísteis». Menos no pueden disimular, más claros no pueden ser.

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Hay algunas vacas sagradas y nombres ilustres del columnismo español contemporáneo de las que soy incapaz de entender el prestigio que arrastran. Un ejemplo: Raúl del Pozo. Otro: Rosa Belmonte. Ambos me parecen un bluf, unos ripiadores sin sustancia que ni siquiera tienen la gracia estilística de un Umbral. Y no es una cuestión de ideología. Jorge Bustos —no soy sospechoso de simpatizar políticamente con Jorge Bustos— me parece un buen columnista. Me lo parece Juan Manuel de Prada, me lo parece Arturo Pérez-Reverte. Hasta un Salvador Sostres o un Fernando Sánchez Dragó, desde sus claves psicópatas y deleznables, me lo parecen, entendiendo que buen columnista es aquel que tiene ideas originales que transmitir y la capacidad de transmitirlas con un determinado grado de virtuosismo literario; o bien el que solo tiene una de las dos cosas, pero en grado superlativo. Raúl del Pozo me deja frío como un témpano en lo formal y en lo fondal. La nada.

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Existen —me doy cuenta leyendo uno del primer tipo— dos tipos de obituarios: aquellos en que el autor cuenta cómo conoció al finado (casi siempre muy de pasada, casi siempre una anécdota intrascendente) y aquellos en los que cuenta qué admiraba de él.

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Conservo, y hojeo ahora, una «libreta de inscripción marítima» de mi tatarabuelo marinero José Muslera, nacido en 1869. En ella se incluyen unas páginas —vacías de anotaciones— cuyo membrete me encanta: «Hechos notorios y vicisitudes en general». Ojalá tener hoy, cada uno, una cartilla de hechos notorios y vicisitudes: visitó Palmira antes de que la dinamitaran, tiene un amigo carlista, una colección de monedas, fotografió una estrella fugaz, una vez se perdió en el monte y tuvo que rescatarlo la Guardia Civil…

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Putin lanza un reclutamiento general para dar la vuelta al desastre que viene representando para Rusia, debido a una resistencia mucho más vigorosa de lo que esperaban, la guerra de Ucrania. Leo comentar que «estamos a puntito de descubrir si lo de la invasión de Ucrania era una cosa tan popular entre la población rusa como estaban vendiendo». Ello es que probablemente lo fuera. Pero una guerra puede resultar muy popular cuando no eres tú, sino un pobre labriego de Yakutia o de Baskorkostán, al que manan a pegar tiros y que se los peguen.


Jueves, 22/9/2022. Leo por ahí algo que me parece brillantísimo: los seres humanos no somos racionales; somos racionalizadores.

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Leo al biólogo Alex Richter-Boix sobre un asunto fascinante. Se ha descubierto que los espermatozoides de toro se mueven, a veces, en grupo, en pelotón, como los ciclistas, de tal manera de atravesar mejor el espeso flujo vaginal: una kropotkiniana imagen de cooperación, de apoyo mutuo, que acaba con la idea de los espermatozoides como individuos que compiten entre sí por fertilizar el óvulo. Idea que se basaba en vistas planas en portaobjetos de microscopios u otros entornos de laboratorio que no reflejan las condiciones naturales en las que estas criaturas infinitesimales se mueven. Cuando se colocan en una maqueta tridimensional del tracto reproductivo femenino, los espermatozoides de toro, muy similares a los humanos, se agrupan en parejas, tríos o hasta cuartetos y quintetos. Diferentes experimentos sugieren —explica Richter-Boix— que los grupos probablemente cumplan un papel importante en la mucosidad espesa que sale de la vagina y el cuello uterino; así como en el útero, donde las contracciones empujan los fluidos en diferentes direcciones más allá de este punto, y los fluidos se acaban volviendo menos espesos, es posible que se disgreguen y nade cada uno por su cuenta para intentar alcanzar el óvulo. Estos hallazgos abren nuevas vías para ayudar a diagnosticar la infertilidad inexplicable, pues podrían incluir pruebas para ver cómo de bien se agrupan los espermatozoides o medir la calidad de los fluidos reproductivos femeninos. Yo, a mi vez (cada loco con su tema), veo nuevas vías abiertas para la pedagogía anticapitalista, antineoliberal. Los espermatozoides de toro impugnan a Thatcher; el mito neoliberal del individuo aislado y autosuficiente.

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Tengo la sensación de que los indignados con Los Anillos de Poder por no respetar el original de Tolkien son gente que no leyó los libros o leyó solo los más famosos, y los auténticos tolkiendili, los que se han leído hasta la última carta de JRR, tienden a una visión más amable. Ya se conocen al dedillo el legendarium, no necesitan que la serie supla su pereza de leerse los originales, celebran, si acaso, la posibilidad de la sorpresa, de encontrarse con una refacción inesperada; y, aun si hay cosas que les desagradan, se quedan con lo bueno: ver recreados con gran belleza los paisajes que hasta ahora solo podían imaginar o ver dibujados, o que Tolkien se ponga de nuevo de moda.

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No hay agonía bonita, la muerte nunca lo es, pero sí que hay grados de dignidad decadente y la oportunidad de una cierta elegancia derivada de la lucidez que estalla en nosotros al sentir la cercanía del final. Pardiez que esa no está siendo la decadencia de Ciudadanos.

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Anuncia Isabel Díaz Ayuso que Madrid buscará la celebración de un Gran Premio de Fórmula 1 en la ciudad. Esta gente es paleta hasta decir basta. El Madrid con el que sueñan y que han ido construyendo es una distopía que aúna todo lo malo de las grandes capitales con el más cutre provincianismo del peor pueblucho con ínfulas.

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Leo en La llegada del Tercer Reich, de Richard J. Evans, que, en los años terminales de la República de Weimar, los socialdemócratas, tratando a la desesperada de competir en dinamismo con los nazis y de desprenderse de su imagen de aburridos tecnócratas, se sacaron a toda prisa de la manga un repertorio simbólico que imitaba de algún modo al de aquellos. Para las elecciones de julio de 1932, ordenaron a todas sus agrupaciones locales que se asegurasen de que los miembros del partido llevasen un brazalete rojo y, cuando se encontrasen, gritasen la consigna «¡libertad!», tal como los nazis alzaban el brazo y exclamaban: «heil Hitler!». Explica Evans que los socialdemócratas —que en 1931 contrataron a un psicólogo, Serguéi Chajotin, discípulo de Pavlov, para que los ayudase en la campaña electoral— se habían dado cuenta —tarde—

«de que no bastaba con apelar a la razón. “Tenemos que trabajar con los sentimientos, las almas y las emociones para que la razón consiga la victoria”. […] En busca de una imagen que fuese lo suficientemente dinámica como para contrarrestar el atractivo de los nazis, los socialdemócratas, la Reichsbanner, los sindicatos y diversas organizaciones obreras más relacionadas con los socialistas se unieron el 16 de diciembre de 1931 y formaron el Frente de Acero para luchar contra la amenaza “fascista”. El nuevo movimiento tomaba mucho prestado del arsenal de métodos propagandísticos de los comunistas y los nacionalsocialistas. Los discursos largos y aburridos debían sustituirse por consignas breves e incisivas. La insistencia tradicional del movimiento obrero en la educación, la razón y la ciencia debía dejar paso a una insistencia nueva en el estímulo de las emociones de las masas a través de desfiles callejeros, marchas uniformadas y manifestaciones colectivas de voluntad. El nuevo estilo de propaganda de los socialdemócratas llegó al extremo de inventar un símbolo para contrarrestar el de la cruz gamada y el de la hoz y el martillo: tres flechas paralelas, que representaban las tres armas principales del Frente de Acero. Nada de eso hizo gran cosa por ayudar al movimiento obrero tradicional, muchos de cuyos miembros, incluso de los que ocupaban cargos dirigentes en el Reichstag, se mantuvieron escépticos o demostraron ser incapaces de adaptarse al nuevo modo de presentar su propuesta política. El nuevo estilo de propaganda situó a los socialdemócratas en el mismo terreno que los nazis; pero carecían del dinamismo, el vigor juvenil o el extremismo necesarios para llegar a ser unos rivales eficaces. Los símbolos, las marchas y los uniformes no consiguieron atraer mayor apoyo al Frente de Acero, porque siguió manteniendo el control el acartonado aparato organizativo del partido. Por otra parte, no atenuó los temores de los votantes de clase media sobre las intenciones del movimiento obrero».

El libro de Evans es sobrecogedor. Leo también hoy otros pasajes interesantísimos sobre el uso de la tecnología por los nazis. Se suele resaltar la importancia de la radio, de la precocidad y habilidad con que Goebbels se dio cuenta de su potencia, para su éxito, pero también se aprovecharon como nadie de otro artilugio novísimo: el avión. Hitler, en campaña, alquilaba un aeroplano y volaba sin cesar para dar mítines por toda Alemania. Mítines tan habilidosamente sectoriales como lo son hoy las campañas de agitprop digital de los fascistas modernos; las que condujeron a la victoria de Trump o a la del Brexit:

«[… E]l aparato de propaganda nazi se dirigía habilidosamente a grupos concretos del electorado alemán, instruyendo a los que participaban en la campaña sobre cómo debían dirigirse a los diferentes tipos de público, anunciando ampliamente los mítines por adelantado, aportando temas para sectores concretos y eligiendo al orador adecuado para cada ocasión. A veces comprartían el estrado con el principal orador nazi personajes locales que no eran nazis y simpatizantes destacados de antecedentes conservadores. La compleja organización de las subdivisiones del partido tenía en cuenta las crecientes divisiones de la sociedad alemana en grupos de intereses que competían entre sí durante el periodo de la Depresión y se adaptaba el mensaje al electorado en concreto. Se recurría a los lemas antisemitas cuando la propaganda se dirigía a grupos para los que pudiese tener un atractivo; donde estaba claro que no funcionaban, no se utilizaban. [… Para] septiembre de 1930 el Partido Nazi se había convertido, con una brusquedad sorprendente, en una especie de cajón de sastre como partido de protesta social que apelaba, en mayor o menor grado, a prácticamente todos los grupos sociales del país. Consiguió trascender las barreras sociales, aún más que el Partido del Centro, y unir a grupos sociales muy dispares sobre la base de una ideología común, sobre todo, pero no exclusivamente, dentro de la comunidad de mayoría protestante, como no había conseguido hacerlo antes ningún otro partido en Alemania».

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Toda barbarie tiene versiones duras y blandas, agresivas y amables, descarnadas y sutiles, horteras y elegantes, formales e informales, graves y festivas, soeces y cultas. Todas son la misma barbarie.

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Circulan ya los vídeos del reclutamiento de Putin. La guerra y sus imágenes inmemoriales: los rostros circunspectos, una madre que llora, el abrazo alargado del padre a los hijos de los que sabe que tal vez sea la última vez que los abrace. También las revueltas, la resistencia a la conscripción. Carne de cañón que se niega a serlo, que quiere vivir, que no quiere matar en una guerra distante, imperialista, incomprensible. «Scappa, che arriva a la patria», decía a su hijo una campesina citada por Hobsbawm: «Huye, que viene la patria». Esta recluta rusa apenas afecta a las grandes ciudades, para evitar las protestas en el centro del Imperio: Putin, ese campeón antifascista, nutre sus ejércitos de hombres de las regiones más pobres y aisladas. En otro vídeo, se ve a un grupo de carpinteros preparando decenas de ataúdes. La logística de la guerra: armas, víveres, pertrechos… y cajas de muerto. Qué inmensa canallada, qué imperiosa la obligación de proporcionarle a Vladímir Putin el mismo final que a Benito Mussolini.

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El gobierno ultra de Castilla y León elimina el festivo del día de Villalar. Es increíble cuánto sigue irritando la memoria comunera a los tataranietos de aquellos contra quienes los comuneros se rebelaron. Nunca han dejado de intentar enterrarla, y nunca lo han conseguido. Pero qué lucidez la de Benjamin cuando dijo que ni siquiera los muertos están a salvo si el enemigo vence, y el enemigo no ha cesado de vencer. Como señala un tuitero, la memoria es el cuerpo de los muertos, y estos intentos de liquidarla, lanzar a estos al lago de fuego de la segunda muerte.


Viernes, 23/9/2022. Una conclusión que uno extrae de leer sobre el fin de la República de Weimar es que los nazis triunfaron ayudados por un SPD y un KPD que cayeron en la inacción antifascista debido a la creencia fanática en sendos mantras: los socialdemócratas, el del respeto a la legalidad a toda costa; los comunistas, el de la llegada ineluctable de la revolución, que bastaba con sentarse a esperar, y que, si acaso, un triunfo fascista aceleraría. En España hubo una guerra civil en lugar de una plácida toma reaccionaria del poder, no porque seamos cainitas y fratricidas, sino porque el PSOE y el PCE fueron mucho más clarividentes —habían aprendido la lección de ellos— que sus camaradas alemanes, y no cometieron el mismo error: fueron realistas, y resistieron.

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Hay una cosa que envidio de los años de la Transición y que se nota mucho en sus canciones, y no solo en las oficialistas, sino también en las críticas, y hasta en las punk: la ilusión. Por más que el desencanto de quien abrigó entonces altos sueños de emancipación fuera fortísimo, aquel primer momento en el que todo parecía posible tuvo que ser hermoso de vivir.

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Parece ser que, entre las famosas en Estados Unidos, al haberse vuelto la cirugía plástica bastante accesible, y pudiendo ahora mujeres humildes operarse las tetas o el culo, triunfa de pronto la exhibición de un busto o un pandero naturales, e incluso la reversión de operaciones pasadas. A Kim Kardashian parecen haberle menguado los pechos de golpe. Recuerda a esa historia de clase del bronceado: mientras eran los campesinos quienes se ponían morenos de trabajar de sol a sol, lo codiciado era la piel blanca, tan blanca como se pudiese. Cuando la revolución industrial proletarizó a los labriegos y los metió a trabajar dieciséis horas en fábricas sin iluminación, de las que salían lívidos, enfermos, pasó a serlo el bronceado. Cada época histórica instituye y busca sus propias señales corpóreas de nobleza, de rentismo, de ociosidad, de evitación de la condena adánica: «ganarás el pan con el sudor de tu frente».

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Emmanuel Chamorro: «Me declaro oficialmente en contra de la tesis XI de Marx; coartada de un montón de chorradas pseudofilosóficas y pseudopolíticas». Alguien tenía que decirlo.


Sábado, 24/9/2022. Acoger a los refugiados ucranianos, aunque sea con suma generosidad, pero rechazar a los sirios o a los desertores rusos, como están haciendo países del Este como Polonia o los bálticos, no es solidaridad, sino que tiene otro nombre bastante menos bonito.

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Xandru Fernández, en un artículo que publica hoy en CTXT, titulado «El comodín anarquista», en el que se refiere a un comentario de Carmen Calvo sobre el carácter ni monárquico, ni republicano, sino anarquista de los españoles:

«El anarquismo es el oso domesticado de la política española: se lo saca a hacer un truco de vez en cuando, a ponerse sobre dos patas para que todos admiremos lo letal que podría llegar a ser, pero en seguida se lo devuelve a la jaula, donde se lo deja a solas con sus recuerdos de un pasado glorioso. En ocasiones propicias (y esta tertulia radiofónica debió de ser de esas), el anarquismo es el comodín que resuelve de manera falaz un conflicto que el socialismo español se niega a afrontar: la imposibilidad de que España sea una verdadera democracia mientras siga siendo una monarquía. La invocación del anarquismo es un artificio retórico cuya función es la misma que la del rey como garantía de estabilidad: no lo toques, no sea que se caiga ese castillo de naipes que nos hemos dado entre todos. Si algún día llegáramos a creernos que la gente que vive en España es de naturaleza ordenada, seria, eficaz y reflexiva, cabría que nos preguntáramos por qué esa gente no puede decidir quién quiere que sea el jefe del Estado. En consecuencia, si por alguna razón estamos cómodos con que todo siga como está, nos conviene insistir en que el llamado pueblo español es una masa de individuos caprichosos, indisciplinados, narcisistas y volubles, que nunca podrán construir nada salvo que se lo den todo atado y bien atado».

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Leo en La llegada el Tercer Reich sobre cómo el 1 de junio de 1933, el empresariado alemán decidió financiar la Donación Adolf Hitler de la Economía Alemana: un pago de trescientos millones de marcos a fin de acabar con las frecuentes extorsiones que empresarios y hombres de negocios locales venían sufriendo por parte de grupos del partido y de la SS. Escribe Evans que

«de todos modos, el empresariado no estaba demasiado preocupado. Hitler se había esforzado el 23 de marzo por garantizar a sus representantes que iba a respetar sus propiedades y beneficios, y que no iba a entregarse a ninguno de los experimentos monetarios excéntricos que había planteado el partido bajo la influencia de Gottfried Feder a principios de los años veinte. Con los sindicatos destruidos, el socialismo en todas sus formas fuera de juego y nuevos contratos de armas y municiones perfilándose ya en el horizonte, el empresariado podía sentirse satisfecho y pensar que las concesiones que había hecho al nuevo régimen habían merecido la pena».

Moraleja: a los empresarios no les importa pagar impuestos, incluso impuestos onerosos. La cuestión es para qué.

Leo también en el libro de Evans sobre otra cosa weimariana que resulta familiar en 2022: la reinterpretación de obras literarias o artísticas emblemáticas como acitate de la ira fascista. En aquel entonces, por ejemplo, la reinterpretación del Tannhäuser de Wagner por Otto Klemperer, el hermano director del profesor de literatura y escritor de diarios Victor Klemperer, provocaba que la prensa musical nazi lo condenase como una «corrupción de Wagner» y una afrenta a la memoria del compositor. Por cierto que los nazis también clamaban, para justificar su propia censura, contra una cultura de la cancelación que en realidad era totalmente fantasiosa. Respondía, por ejemplo, Goebbels a Furtwängler, que le había escrito quejándose de la depuración de músicos judíos, lo siguiente: «Quejarse del hecho de que aquí y allá hombres como Walter, Klemperer, Reinhardt, etc., hayan tenido que cancelar conciertos me parece sumamente inadecuado en este momento, teniendo en cuenta el hecho de que, durante los últimos catorce años auténticos artistas alemanes han estado completamente condenados al silencio». Escribe Evans que Goebbels «no decía quiénes eran aquellos “artistas alemanes auténticos” y, en realidad, no podía decirlo, porque se trataba de una absoluta invención».

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Todo movimiento tiene su propia lengua de madera, la retórica autorreferencial, vacua, estereotipada, sin alma, predecible, desesforzada, rutinaria, en que se cae, o bien cuando se detenta cómodamente el poder y se ha perdido la tensión de su conquista, o bien cuando no se siente que se tengan opciones de triunfo o crecimiento notable. Me preocupa ver eso en Sumar. Un ejemplo: «Queremos que esto termine en un gran nuevo contrato social. Verde, feminista, con los jóvenes dentro, con imaginación, talento, pacifista, intergeneracional y, sobre todo, de un país que es feliz».

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En Vox se ha desatado una pequeña shitstorm cuya protagonista es Macarena Olona. Defenestrada tras su fracaso andaluz, se dedica ahora a tirar de la manta, revelando informaciones como que un conocido tuitero neonazi —abiertamente neonazi: alabanzas a Hitler, burlas sobre el Holocausto, etcétera— cobra un sueldo del partido. Asegura por otro lado estar recibiendo amenazas del partido. El fascismo es un culto de muerte y lo es para todo: para atacar y reprimir a los demócratas, a las minorías, etcétera, pero también para el navajeo interno y las noches de los cuchillos largos. En su vorágine sádica, acaba devorándolo todo y también a sí mismo. Quien con serpientes se acuesta, envenenado se levanta.

Hay alguna ilusión, en gentes de izquierda, con lo que la revelación de lo del tuitero neonazi pueda significar para las expectativas electorales de Vox. Yo soy escéptico. Nos gustaría pensar que la reacción de Vox será «hay nazis en el partido al que he votado, ergo no puedo votarlos más». Pero será más bien «hay nazis en el partido al que he votado, ergo quizá los nazis no estuvieran tan mal». El malismo funciona así.


Domingo, 25/9/2022. Leo hoy que Goebbels se refería así al absurdo —la famosa paradoja de Popper— de que la democracia proporcione herramientas, altavoces y recursos a sus enemigos:

«La estupidez de la democracia. Siempre será uno de los mejores chistes de la democracia el que proporcionó a sus enemigos mortales los medios por los que fue destruida. Los dirigentes perseguidos del NSDAP se convirtieron en diputados parlamentarios y adquirieron con ello la inmunidad parlamentaria, asignaciones, billetes gratuitos para viajar. Pasaron así a estar a salvo de la intervención policial, pudieron permitirse decir más que el ciudadano corriente y, aparte de eso, tuvieron pagados por el enemigo los costes de su actividad. Se puede obtener un magnífico capital a costa de la estupidez democrática. Los miembros del NSDAP comprendieron eso inmediatamente y les produjo una enorme satisfacción».

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Se enfada la infanta Elena con una reportera a la que le exige que le llame doña Elena, y no Elena a secas. Canta un amigo mío cuando se emborracha, y a veces sin necesidad de emborracharse, la siguiente coplilla: «Infantina, infantina,/ fía yes del rei d’España,/ lo que tienes de borbona/ tiéneslo de retrasada».

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El asesinato de una mujer en una comisaría a la que había sido llevada por no llevar velo ha desatado una oleada de maravillosas protestas en Irán, de la que vemos cada día imágenes hermosas y esperanzadoras; una hermosa legión de rebeldes que cantan El pueblo unido jamás será vencido y Bella ciao en lengua persa, y que a las primeras reivindicaciones feministas han ido añadiendo una protesta más vasta contra el régimen en su conjunto. Aquí en España, los sospechosos habituales del ponerse de parte de cualquier tiranía repugnante mientras le lleve la contraria a los yanquis corren ya a decir que todo es una revolución de colores pergeñada por la CIA para hacer caer a otro de sus enemigos. He visto incluso a alguna sedicente feminista cargar contra las revolucionarias iraníes. Ralph Leonard señala una cosa con suma sagacidad: «La sombría suposición de que los habitantes de Oriente Medio no pueden luchar por el progreso social sin ser herramientas del imperialismo es en sí misma una forma de orientalismo». Por otra parte, tiene gracia: como señala Álvaro González, «una revolución de estas inducidas por Occidente de la hostia, de las que llamáis de colores, fue la de 1917».

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Continuamos viendo imágenes de protestas rusas contra la última leva. Curro Peña comenta esto de las de una revuelta en la ciudad siberiana de Yakutsk: «Algo que no tenemos muy presente es que Sajá, Buriatia o Tuvá son territorios que Rusia colonizó a la vez que otros imperios europeos colonizaban América. Esto es casi como si España controlara hoy Bolivia y enviara a sus guerras a los hombres aimara para no mandar barceloneses».

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En Italia, gana la Meloni, que gobernará merced a un pacto con Salvini y Berlusconi. El 27-29 de octubre se cumplen cien años de la Marcha sobre Roma. La historia, a veces, es como si tocara con metrónomo. No se le ha satisfecho la petición a un anciano venerable del que veíamos, hoy, una foto exhibiendo el siguiente cartel: «Nato sotto Mussolini, non vorrei morire sotto la Meloni. Che Dio ci aiuti». O sea: «Nacido bajo Mussolini, no me gustaría morir bajo Meloni. Dios, ayúdanos».


Lunes, 26/9/2022. En algunas televisiones y medios españoles, llaman «de centroderecha» a la coalición que gobernará Italia bajo el mando de Giorgia Meloni, miembro, recuérdese, de MSI, el partido neofascista, hermano de nuestra Fuerza Nueva, fundado tras la derrota del cuarenta y cinco por Giorgio Almirante, amigo íntimo de Blas Piñar. Lo lideró más tarde Gianfranco Fini, que imprimió moderación al discurso del partido; pero Meloni se aupó a su liderazgo proclamando que ella se sentaría en el despacho de Almirante, y no en el de Fini. La desfachatez lingüística de llamar a esto centroderecha es demasiado grotesca para no pensar que es un acto deliberado de blanqueamiento. Alguno sería capaz de decir que el Eje era una coalición de centroderecha y los Aliados un pacto Frankenstein para desalojar con malas artes a la primera fuerza política de Alemania.

También hay los cerriles de la izquierda, obstinadamente negados a llamar fascista a esta gente, e incluso a la Meloni. Recuerdan a cuando, en Los Simpson, el jefe Wiggum recibe por radio la orden de apresar un Studebaker marrón de 1936, lo ve pasar por delante y dice: «Meh, ese era más bien color borgoña». Claro que el fascismo de hoy no es igual que el de 1922. Son cien años, otra cosmovisión, otras herramientas. Pero tampoco la socialdemocracia, el comunismo o el liberalismo de hoy son los de 1922, y no por ello les asignamos una etiqueta nueva. Hay un linaje, una posición equivalente en las contiendas del día, y con eso nos basta. Utilizamos la etiqueta «comunista» para Stalin y para Enrico Berlinguer. ¿Hay más o menos distancia ideológica entre ellos que entre Giorgia Meloni y Benito Mussolini?

Salen ya también, como gusanos de sus agujeros a la vista de la luna de los comanches, los rojipardos y sus prédicas de que, puesto que los fascistas crecen y ganan y el antifascismo fracasa, hay que hacerse fascistas; unirse al enemigo al que no se puede vencer. Es un reconocimiento explícito de amoralidad: no hay ideales, no hay principios, hay que arrimarse al sol que más calienta y punto. Pero luego el «líquido» eres tú.

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Una cosa a tener en cuenta para cualquier análisis que trace diferencias y paralelismos con cualquier asunto político de hace un siglo, y también el fascismo, es que, hace un siglo, el Estado era considerablemente más pequeño y menos complejo, y la toma del poder en cualquier sentido era, por tanto, más fácil. Eso no quiere decir que hoy no pueda tomarse el Estado. Se toma de otra manera: más cuidadosa, más despaciosa, más paciente. La diferencia entre subir en el día un pico alto y exigente, pero de desnivel moderado, y echar quince días en ascender un ochomil.

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Germán Cano: «Si el elemento fascista del siglo XX era «la banalidad del mal», el del XXI parece la propia «banalización del fascismo», que es, sin embargo, una cosa nueva. Si «en el fondo nada importa de verdad», ¿qué más da dar una oportunidad a cualquier cosa?». Elegir fascismo como quien elige una película en Netflix; el fascismo pasado por el colador posmoderno, como dice Xan López. Entre el fascismo de 1922 y el de 2022 hay la misma diferencia que entre una ópera de Wagner y Juego de tronos: mucha y a la vez poca. El posmofascismo no sucede a una Gran Guerra; su tiempo no es el revolucionado por la invención de la radio, el cine y el avión, sino por los smartphones, pero, salvadas esas distancias, el encefalograma de estos y de aquellos soldados de las tinieblas es el mismo. Hoy se sueñan Daenerys, redentores de un continente decadente y dividido con fuego de dragones, y entonces se soñaban Parsifal.

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Dice Edmundo Bal, de Ciudadanos, que «la victoria del populismo de derechas es una mala noticia para Italia y para la Unión Europea. Los liberales seguiremos peleando por nuestros valores frente a los extremos de izquierdas y de derechas». Hacerse fotitos posando mientras desguazan una chabola y dejan a sus habitantes a la intemperie, como el otro día Begoña Villacís, ¿qué subgénero de populismo es?

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Leo una historia antifascista asombrosa y bonita, que merece la pena contar completa, y cito tal cual se la leo al tuitero Dan Lande:

«Octubre de 1943 en Copenhague. Es la noche de Rosh Hashana y la Gestapo aprovecha el año nuevo judío para iniciar las deportaciones masivas. Despliegan las unidades, redada, tiran abajo las puertas. Algo les falla. Los nazis se encuentran con que todas las casas están vacías. En el puerto, un centenar de barcos pesqueros esperan a oscuras. La orden es navegar a Suecia con las luces apagadas. Todo se da en silencio, con extremo cuidado. Pocos saben que la operación clandestina de rescate de los judíos daneses la comanda Georg Duckwitz, un nazi.

Duckwitz nace en Bremen en 1904 dentro una familia patricia de origen hanseático. Se gradúa en la escuela de negocios, empieza a trabajar en una empresa de comercio exterior en Dinamarca. En 1930 escucha a Hitler por primera vez y se afilia al partido nazi. Con la noche de los cristales rotos y la política agresiva del Reich, Duckwitz abandona el partido y se radica en Dinamarca. En 1939 le ofrecen del gobierno alemán un puesto en la embajada en Copenhague. Duckwitz habla danés fluido, conoce bien el país, termina aceptando.

En 1940 Alemania invade el país. Los daneses se niegan a tratar a los judíos de forma diferente. Los dejan mantener sus trabajos, el gobierno local rechaza su expulsión. Y los alemanes acceden. Necesitan para afrontar la guerra los alimentos que produce Dinamarca. Además, a los ojos de los alemanes, los daneses son Arios. Hitler decide establecer ahí un sistema de protectorado modelo, usar a Dinamarca como ejemplo para el mundo, de los beneficios de estar bajo el régimen nazi. Dinamarca tiene autonomía, el control de sus propios medios de comunicación, y el rey Cristian X se mantiene en su cargo. En la embajada alemana, Duckwitz queda a cargo del transporte marítimo y el comercio danés con Alemania.

La situación cambia el 22 de junio de 1941.Alemania invade la URSS. Proscriben el Partido comunista danés y arrestan a sus miembros. En Dinamarca estallan las protestas, empiezan los sabotajes a las fábricas. La resistencia local gana fuerza. Alemania anuncia el estado de emergencia, toma el gobierno y pone a Werner Best, cofundador de la Gestapo y miembro de las SS, a cargo de Dinamarca. A Duckwitz le toca trabajar con él. Ante esta decisión, el Rey Christian se declara prisionero de guerra en su propio país.

El 11 de septiembre de 1943, Best pide autorización a Hitler para avanzar con la solución final y deportar a los judíos daneses. Duckwitz se opone. Después de tantos años se siente parte de la comunidad danesa, comparte sus valores, le horroriza pensar en la deportación. Best lo manda a hablar con Hitler. Y Duckwitz lo hace. Se toma un vuelo a Berlín, se reúne con el Führer, pero su plan de frenar las deportaciones falla. Tiene que pensar rápido, actuar. En realidad, no tiene que hacer nada, pero él decide arriesgarlo todo. Desesperado, idea un plan imposible. El 22 de septiembre, Después de reunirse con Hitler, Georg Duckwitz se toma un vuelo a Suecia, un país neutral y se reúne con el presidente sueco en secreto. Nosotros vamos a seguir neutrales, le dice. Pero si por alguna razón, los judíos daneses llegaran a cruzar de ilegales para acá, mis oficiales no tendrían problema en mirar hacia otro lado. Es todo lo que Duckwitz necesita saber. Vuelve a Dinamarca, está a contrarreloj. Usa todos sus contactos, despliega la red. Contacta a los líderes de la resistencia y de la comunidad judía. Un operativo inmenso que solo puede funcionar bajo la coordinación y el silencio absoluto de todas las partes. Duckwitz confía. Teje su plan desde la embajada alemana, delante de las narices de Werner Best, el responsable de la deportación. Sabe por él que los arrestos van a ser el 1 de octubre, fecha en que los judíos se reúnen a celebrar el año nuevo y están todos reunidos en sus casas. Hay que sacarlos del país unos días antes.

Lo que sigue es algo sin precedentes. La sociedad danesa organizada en secreto para el salvataje. La resistencia, policías locales, vecinos y hasta una red de taxistas. De día hay protestas en la calle, en las iglesias y universidades. Por la noche, la red de taxistas lleva al puerto a los judíos, donde un centenar de pescadores los esperan. Tienen la orden de navegar a Suecia con las luces apagadas. Se juegan todo a oscuras. Ocho kilómetros es la distancia entre la vida y la muerte. Por su parte, Duckwitz informa a los barcos alemanes que el mar está tranquilo, que no salgan a patrullar esas noches.

El plan sale a la perfección. De los 8000 judios daneses, 7200 logran cruzar a Suecia. A ellos se les suman opositores y perseguidos políticos. Las bajas: 23 barcos se hundidos por sobrepeso y unos pocos capturados. Solo 580 judíos fueron apresados por la Gestapo y enviados a Terezin en Checoslovaquia. Pero la cosa siguió, porque los daneses tampoco se rindieron con ellos y buscaron la forma de ayudarlos. El ministro danés de relaciones exteriores visitó seguido el campo de concentración, la Cruz Roja danesa se ocupó de llevar comida. Presionaron, intervinieron, los sostuvieron como pudieron. Y de los 580 deportados a Terezín, 423 sobrevivieron.

Después de la guerra, Duckwitz quedó como embajador alemán en Dinamarca entre 1955 y 1958. Posteriormente ocupó el cargo de embajador en la India. El 21 de marzo de 1979, el Yad Vashem reconoció a Georg Duckwitz con el título de justo entre las naciones. Reconocimiento que tambien recibieron el rey Christian y la resistencia danesa por salvar al 95% de los judíos daneses y perseguidos políticos por el nazismo. Como memorial, el museo exhibe uno de los botes pesqueros que cruzaron a Suecia».

El runrún interior (70)


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Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleCrítica.cl, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT y Público; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019) y Los nuevos odres del nacionalismo español (2021).

3 comments on “El runrún interior (69)

  1. Pingback: El runrún interior (68) – El Cuaderno

  2. Agustín Villalba

    «Otto Klemperer, el hermano director del profesor de literatura y escritor de diarios Victor Klemperer»

    El primo.

  3. Pingback: El runrún interior (70) – El Cuaderno

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