/ por Basilio Sánchez /
Fotografía de portada de Salvador Retana
En unos de los relatos que incluí en 2015 en el libro La creación del sentido, publicado en Pre-Textos, la misma editorial que publica este libro de Álvaro, se recogen las reflexiones de un farero que vive, solitario, en una casa levantada en lo alto junto a un río, en el meandro que ha forzado en su curso la arena de aluvión. Cuando era caudaloso y navegable, las barcazas bajaban con su carga de leños hasta la serrería de la costa. Ni siquiera de noche se interrumpía el tránsito, lo que hacía imprescindible, para evitar el riesgo de encallar por descuido entre los sedimentos de la orilla, la luz de la ventana que mantenía encendida en el doblado. Una lámpara simple que un sistema de espejos convertía, con su presencia fija en lo alto del meandro, en una compañía irreemplazable en el insomnio de las navegaciones sigilosas.
Ahora, que ya no quedan árboles y que la serrería hace tiempo que fue desmantelada, que el agua no discurre con la profundidad que en otras épocas permitía el cabotaje, sigue haciendo lo mismo: cada tarde, con las primeras sombras del crepúsculo, sube hasta la buhardilla y le da luz a la lámpara sabiendo que ninguna de las barcas de entonces bajará por el río y que la noche, como todas las noches, será lenta y tranquila, sin que nada, ni siquiera el recuerdo de otras noches, pueda justificar esta constancia ni el fervor de su empeño. Es verdad que la luz de la ventana ha dejado hace años de ser indispensable, se dice algunas veces mientras prende la llama cubriendo con su mano su temblor silencioso, pero le pone orden a la noche.
El poeta es como ese farero que ha aceptado vivir en soledad en las habitaciones altas de su casa para evitar el riesgo de zozobra de las navegaciones colectivas. Que incluso sabiéndose innecesario para la mayoría, aún persiste en su empeño de mantener encendida su luz conciliadora en el confuso discurrir de las cosas. Y esto habla del sentido moral de la escritura. De esa forma de entender la poesía que, como la de Álvaro Valverde, es capaz de conformar y proteger un universo para todos limitándose al estrecho círculo de la cotidianidad, a ese espacio fundacional que constituyen la casa, la familia, las lecturas en soledad o los paseos de uno mismo por los sitios de siempre. Una forma de escritura en la que el tono mesurado y la calma impuesta sobre el decir, expresan la realización, hasta el final, de una experiencia íntima en la que ya nadie puede ir más lejos —como también nos recuerda Rilke, otro de los poetas que aceptaron vivir en su propio faro—, porque cuanto más se avanza en ella, la vivencia se hace más propia y personal, y al fin la obra artística resulta la manifestación necesaria, irreprimible, lo más definitiva posible, de esa singularidad.
La obra de Álvaro Valverde, (Plasencia, 1959), ocupa un lugar predominante en la poesía contemporánea dentro y fuera de nuestras fronteras, y es lo bastante amplia para incluir trece libros de poesía, dos novelas, un volumen de artículos que recoge parte de su labor como crítico de poesía de El Cultural y de otras revistas literarias, otro de viajes y un libro de memorias. Entre sus libros de poemas se encuentran títulos tan imprescindibles como Las aguas detenidas, Una oculta razón (Premio Loewe), A debida distancia, Plasencias, Ensayando círculos, Mecánica terrestre, Desde fuera, Más allá Tánger, El cuarto del siroco (Premio Meléndez Valdés de la crítica) y Sobre el azar del mapa, casi todos ellos publicados en Tusquets.
Parte de su obra poética ya había sido antologada con anterioridad en dos ocasiones. Un centro fugitivo, publicado por Isla de Siltolá en 2012, en edición de Jordi Doce, que reúne poemas escritos entre 1985-2012, y Álvaro Valverde. Antología poética 1985-2015, publicado por la Editora Regional de Extremadura en 2017 con ilustraciones de Esteban Navarro.
Meditaciones del lugar. Antología poética (1989-2018), editado con la elegancia que caracteriza a Pre-Textos y con selección y prólogo del escritor José Muñoz Millanes, podría ser una nueva antología de sus poemas, pero es mucho más. Para mí supone, y en esto coincido plenamente con la opinión del crítico Enrique García Fuentes, una nueva entrega que se añade al edificio poético que con tanto rigor y seriedad ha ido levantando nuestro poeta a lo largo de estos casi cuarenta años de dedicación a la escritura. Y es un nuevo libro porque el antólogo —prestigioso traductor, investigador y ensayista, nacido en Navalmoral de la Mata, pero afincado en Estados Unidos— no ha hecho una simple elección de poemas de Álvaro que pudieran ser más o menos representativos de su trayectoria, sino una selección dirigida y motivada por su voluntad de potenciar aquellos que de forma más directa hacen hincapié en los dos ejes cartesianos que configuran su poesía: el lugar (que podría ser tanto el de nacimiento como los que uno recorre a lo largo de su vida con la misma mirada con la que se aferra a su esencia y sus orígenes) y la meditación, la introspección contemplativa como forma absolutamente personal de abordar el hecho poético y la propia experiencia de la vida. El enorme acierto del antólogo, cuyas motivaciones desgrana con solvencia en su hermoso y ceñido prólogo, es el de situarnos en el núcleo de su universo poético, en las preocupaciones fundamentales que sustentan una obra ejemplarmente unitaria que ha girado, desde sus inicios, en torno a las ideas irrenunciables de lugar y de meditación, es decir, en torno al encuentro reflexivo con uno mismo en el único espacio en el que esto puede ser posible: el espacio natural de la cercanía y la familiaridad. Es tanta la unidad conseguida, tanto el equilibrio que se respira a lo largo de los treinta y cinco años que aquí se recogen, que el libro genera la sensación de que todo él está escrito siguiendo un mismo impulso temporal que nada, ni siquiera la sutil evolución de las formas, ha conseguido amortiguar. Por eso más que una antología, este podría ser, como digo, un nuevo libro de poemas de Álvaro Valverde, un nuevo volumen en el que cada uno de los poemas que ya conocíamos gana en intensidad y significación por esa virtud que tienen los poemas, cuando se reúnen en un contexto singular, de aumentar su resonancia.
Estoy insistiendo en la idea de lugar, pero si alguien tiene una opinión más o menos precisa de lo que hablamos cuando aludimos a este concepto, este es sin duda el propio Álvaro, que en 2014 recoge en la revista Quimera estas elocuentes palabras:
«¿A qué me estoy refiriendo cuando hablo de noción de lugar? Intuyo, más que sé, que quiero decir «búsqueda de un espacio único o ideal, que puede ser jardín o desierto, valle o ciudad, concreto o abstracto, real o imaginario, donde el poeta y, por ende, el hombre, pueda ser feliz. Un espacio habitable donde encontrarse a sí mismo; lo que, siguiendo a Rimbaud, supondrá encontrarse con el otro. Un regreso al origen, a lo que llama Heidegger —leyendo a Hölderlin— «el lugar de la cercanía”. Por eso, de inmediato, una nueva noción se une a la de lugar: la de viaje. Errancia y extravío a la búsqueda del lugar anhelado. En el caso concreto del poeta, ese “lugar” anhelado se confunde con el “espacio de la revelación” donde este, en soledad y silencio, encuentre su palabra».
Abundando en esta idea de Álvaro, el poeta venezolano Ígor Barreto nos dice que el alma existe solo como una relación entre el individuo y el lugar. Afirma que se tiene alma cuando se está con armonía en cualquier paraje por remoto que sea, que el alma se torna palpable a los sentidos cuando consigue alcanzar su unidad con el lugar en el que se encuentra.
Un lugar que, para mí, coindice también con la idea de la casa como refugio espiritual y poético y como enclave del paisaje interior en el que se sitúa el hombre que escribe. La casa representa la delimitación de ese espacio en el que tiene lugar el diálogo en voz baja que el poeta intenta establecer consigo mismo y con los que le rodean. Esa casa que, con toda su fuerza evocadora, es un motivo que se repite en la poesía de todos los tiempos y de todas las culturas, no en vano se da la extraordinaria coincidencia de que en la lengua árabe coinciden en una misma palabra —bait— los significados de «casa» y «verso». Una casa que —utilizando el sentido que le da el filósofo Josep Maria Esquirol— es, asimismo, lugar de resistencia, un cuarto del siroco, una fortaleza no sólo frente a las dificultades que el mundo nos opone, sino también, y especialmente, ante la disgregación y el menoscabo de los vínculos a los que estamos expuestos. Ese lugar de perseverancia que representa, con una imagen espléndida, la casa que Mirella Muiá —la poeta eremita de origen italiano que Álvaro conoce muy de cerca— levanta en uno de los poemas de su libro La Tela: una casa de muros de piedra construida alrededor de un tronco de olivo que la ancla a la tierra y cuyas ramas más altas suben hasta el techo posándose en las tejas como nidos. Una casa cuya voz no es otra que el crujido suave de las ramas que en los días de viento puede escuchar a solas la mujer que la habita.
Como suave, templada y apacible es, también, la voz de nuestro poeta. No hay duda de que la voz de la poesía de Álvaro Valverde es la media voz, y lo es, a su vez, porque la luz de la poesía no es otra que la media luz. Nuestra condición, y él lo sabe muy bien, es la de la claridad, la de esa luz intermedia, tenue y tibia, que dista tanto de la oscuridad como del foco de luz blanca que deslumbra, la de la penumbra, la de los susurros; la del rumor callado de las palabras que emiten calidez, que vibran cordialmente entre nosotros para acompañarnos y consolarnos.
Si algo ponen de manifiesto los poemas recogidos en este libro —y lo decía al principio—, es que para Álvaro la ética es parte fundamental e indisociable de la experiencia estética de la poesía: por eso comparte con los poetas que le gustan (Cernuda, Valente, Leopardi, Gabriel Ferrater o Vinyoli), además de la búsqueda de la esencialidad y la sencillez, una misma visión humanista de la vida, una forma de entender la escritura que arraiga en la tradición meditativa y que pretende conciliar en el poema el pensamiento con la imagen y el sentimiento con la ética. Que intenta trascender nuestras relaciones con las cosas para percibirlas y disfrutarlas de otro modo, para establecer con ellas un vínculo distinto basado en la confianza y el respeto.
Toda la poesía se concentra en el acto humilde de la propia escritura. Acercarse a ella es sentirse acompañado por aquellos que, como nosotros mismos, ocultándose, han elegido —entre todos los posibles— el camino apartado del temblor, el de las sombras, el de los parpadeos de la luz en el recinto privado de las lámparas. Acercarse a ella es sentirse acompañado por aquellos que, como Álvaro Valverde —y cito textualmente algunos de sus versos—, encuentran su refugio en «un paisaje próximo/ donde es fácil sentir/ la apariencia de un orden,/ la sencilla armonía de lo vivo y lo ausente,/ la verdad, la belleza/ de la luz que se gasta./ Un lugar donde, a solas, / ser, simplemente, hombre».
Qué cómodo camina uno entre sus palabras. Qué a gusto se encuentra uno deteniéndose con él a mirar una calle, un paisaje, un jardín, una fachada, el amontonamiento de la nieve sobre el tejado de una casa o sobre la cúpula de una iglesia ortodoxa. Poesía de imágenes que se construye con la simple constatación de la realidad. Poesía que sabe extraer de esa realidad por la que antes que nosotros ya han transitado otros, el escorzo inesperado, el detalle emotivo, el perfil inaudito.
Como él mismo dice, toda su poesía gira en torno a la búsqueda de un lugar único o ideal en el que poder llegar ser feliz, y son muchos los lugares de esa índole que aparecen en sus poemas, pero que definen también, a mi entender, la condición de este viajero peculiar que a duras penas ha logrado salir de Plasencia: la del que lleva allí por donde va su profundo amor al espacio geográfico de sus orígenes, a la literatura y a los libros, al silencio y soledad que proporciona la poesía, que de ninguna manera es un oficio o un espacio a conquistar, sino una experiencia, por vital e irrepetible, profundamente humana y profundamente generosa.
Yo creo que el secreto de Álvaro, lo que incardina toda su poesía y toda su vida, se reduce a ese lugar del que venimos hablando y que siempre le acompaña donde quiera que esté, un lugar tan sencillo como una casa, real o imaginaria, enclavada en una pequeña localidad entre ríos y montañas, un sendero, un molino, un cuarto solitario, un espacio rodeado de libros, de lienzos de madera envejecida que suben hasta el techo. Un pequeño desierto de armonía en el que alguien lee, sentado ante la mesa, de espaldas a la luz. Un lugar interior de habitaciones amplias, en penumbra, de belleza tranquila. Un interior flamenco de luces tamizadas, de sencillos objetos suspendidos en el polvo dorado de una existencia plena, felizmente acordada con la vida.
La poesía, en su misterio, consigue hacer posible que el lugar de uno mismo se convierta en el lugar de todos. Para Philip Roth, en un mundo que simplifica y generaliza, la batalla que hay que librar es la de mantener vivo lo particular. Decía el poeta antillano Derek Walcott que los mejores escritores vienen siempre de lo concreto, de lo preciso, de lo específico; que alcanzar una voz universal en poesía deriva de la descripción de los orígenes de cada uno, de sus raíces íntimas y geográficas.
Lo leí en algún sitio: A diferencia de quien convierte todo el mundo presente y pasado en su coto de caza, el artista limitado que cultiva el suyo con la paciencia, la tenacidad, el conocimiento objetivo y la fuerza obstinada de un campesino, gana en intensidad lo que pierde en extensión.
Este vivir al margen, que es lo que nos propone Álvaro, es el único modo que conozco de vivir en el centro, de poder acceder a lo sublime sin salir de lo simple. Hay muchas maneras de ser y de escribir, de habitar en el mundo, pero de lo que estoy convencido es de que renunciar al espacio al que uno pertenece conduce a las palabras a la simulación, la ingratitud y el fraude.
Uno debe salir reconfortado de la poesía, reconciliado con las posibilidades de nuestra propia especie. Uno debe salir de la poesía convencido de que en la precisión de su lenguaje, en su obstinada búsqueda de la expresión precisa y acordada, lo que subyace es un enorme respeto por las palabras y por lo que ellas significan. Uno debe salir de la poesía persuadido de la honestidad y la humildad que el poeta ha sabido extraer de la experiencia de vivir. Reconociendo, por encima de las palabras, el fervor del que se siente responsable de lo que escribe y, sobre todo, y esto es lo más importante, de lo que hace. Y eso es lo que yo he sentido al terminar de leer este libro de Álvaro Valverde de título tan acertado, esta poesía de vocación meditativa y firmemente anclada en los territorios hospitalarios de la memoria, que consigue hacerse grande en el humilde ejercicio de la gratitud y en la serena contemplación de la belleza.
NOTA: Este texto se leyó en la presentación del libro en Plasencia el pasado 22 de noviembre.

Álvaro Valverde
Pre-Textos, 2024
154 páginas
20€
Basilio Sánchez (Cáceres, 1958). Con su primer libro, A este lado del alba (1984), accésit del premio Adonáis de Poesía, Basilio Sánchez emprendió una larga trayectoria poética, buena parte de ella recogida en en el volumen Los bosques de la mirada. Poesía reunida 1984-2009 (2010) y en Debajo de la nieve todo está por hacer, una selección de su poesía con ilustraciones de Leticia Ruifernández publicada por la Editora Regional de Extremadura en 2024. Son numerosos los galardones recibidos, entre los que destacan el Loewe y el Meléndez Valdés, entre otros. También es autor de dos libros de narrativa que recorren el territorio de la memoria: El cuenco de la mano (2007) y La creación del sentido (2015). Es licenciado en medicina y cirugía por la Universidad de Extremadura y especialista en medicina intensiva, actividad que ejerce desde 1983 en la UCI del Hospital Universitario de su ciudad natal.
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