Calendario

Ropa tendida

Páginas del diario de Avelino Fierro.

/ por Avelino Fierro /

La tristeza del aguacate

Es posible que lo habláramos cuando visitó esta ciudad en la Semana Santa de hace un par de años. También esa recomendación aparece en un correo electrónico suyo que por esas fechas recibí: «Tendrías que escribir sobre los viejos restaurantes y bares familiares, y las historias y pequeñas tragedias de su desaparición».

Ramón Girbau, el editor de mi libro Calendario, me hacía esa sugerencia, con la promesa de que si de ese empeño salían unas cuantas líneas razonables tendría el premio de su publicación en su editorial Días Contados, una editorial exquisita, exigente, hermosa. Casi puedo vislumbrar ahora la portada del libro: un cuenco de cerámica del que se eleva un pequeño vaho, una servilleta de tela bien doblada y una cucharilla que brilla tenuemente. Las primeras páginas se abrirían con una cita del libro de Faustino Cordón, Cocinar hizo al hombre. O con alguna de Brillat-Savarin.

Hay una estupenda literatura gastronómica. Como la hay taurina. Recuerdo aquella frase de Bergamín: «Al hablar tenía Juan Belmonte un tartamudeo leve que daba a sus frases un sentido más corto y ceñido, como si torease. Hablaba —dije alguna vez— por medias verónicas o recortes. Y hasta a veces, hablando, molineteaba». Pero la fiesta de la pitanza nos es más necesaria que la de la lidia.

Esto que ahora escribo ojalá se convierta en el primer capítulo de ese futuro libro. Pero, por el momento, respondo únicamente a una especie de necesidad. Los motivos son varios.

Anteayer soñé que estábamos en el campo, de fiesta, alrededor de un gran asado. Éramos unos cuantos, con poca ropa, un poco salvajes. Hacía mucho calor. Eloísa Otero, cocinera principal, no había soportado tanta sudoración y se había rapado su cabellera pelirroja con unas tijeras de podar. No estaba clara la naturaleza del animal sacrificado: jabalí, venado… Ni la forma en que había arribado, ¿comprado en la carnicería del barrio, cazado a lanzadas por los que allí esperábamos a que se hiciera una buena brasa?

Hoy es sábado. Estamos descongelando el frigorífico. Llama Óscar a Mar por si quiere ir a setas. Estos días, con este tiempo templado de otoño y las lluvias, han proliferado. A mediodía tenemos comida familiar en El Bierzo, un bar al final de la Avenida de Nocedo. Botillo. En el libro La cocina española, de Luján y Perucho —mi ejemplar en dos tomos, editado en 1977, ya desportillado—, los autores escriben butillo, que «se come acompañado por repollo y, a veces, grelos, para restar grasas al plato».

Y el tercer ingrediente, que me hace salivar y escribir, es la lectura de un artículo publicado en el suplemento cultural mensual, Icon, de un periódico nacional. Escribe Abraham Rivera sobre Madrid, una meca mundial de la gastronomía. «Pero el fenómeno tiene su cara B: los menús miméticos, el maltrato al cliente o el cierre de las tabernas son algunos de los gajes de esta prosperidad».

Se lamenta el autor —con cita de otros articulistas gastrónomos— de la armonización del gusto, de las tendencias de diseño estereotipadas que asolan Instagram, de que las cartas de los restaurantes parecen cambiar al unísono («ahora no se puede esquivar el pan abriochado con mantequilla y anchoa»), de la proliferación de sitios de sushi, de los precios de las cañas dobles en la plaza de Olavide, de la falta de camareros… El artículo tiene muchas expresiones que no entiendo: fast-food, casual-dining, branding.

Al articulista lo había visto un servidor colaborando en dos libros que he comprado no hace mucho, de igual título, Escribir gastronomía, 2022 y 2023, editorial Col&Col. Me han gustado. El primero lo compré porque uno de los artículos llamó mi atención: «La tristeza del aguacate». Un escritor mexicano es su autor. Y Abraham escribe «En busca del último pulpo gallego», y por allí aparecen las tierras de Malpica, Fisterra y las islas Sisargas. El año pasado, cerca de esas islas, comimos en el restaurante Seiruga un pulpo a la plancha y un sanmartiño, el único que habían pescado ese día, una delicia. Pedimos filloas de postre.

Cunqueiro, en un artículo que publicó en el diario vespertino La Noche, el 15 de febrero de 1962 (tengo a la vista esa recopilación), se decía preocupado, en arte de filloas, con el hisopo. «Hay que hacer un buen hisopo para untar de grasa la plancha de hierro, la pizarra o la sartén… que el borde quede seco, con lo cual se logra que por allí se tueste la pasta y se endurezca… los hisopazos han de ser rápidos, enérgicos y frecuentes…».

Hay otro artículo gastronómico en esa antología de don Álvaro sobre «el tiempo culinario», y los temores por la aparición de las nuevas cocinas de gas y las ollas a presión.

Ese es también mi tiempo, un tiempo en el que todo ya pasó, del que pervive un lenguaje y un ruido de cazuelas familiar, un aroma, aquel sabor. De Josep Pla dijo Vázquez Montalbán, en su prólogo a Lo que hemos comido, que sería interpretado como un nostálgico y reaccionario notario de unas normas de vida obsoletas. También anota Ignacio Peyró que la cocina le interesa para hablar de la vida y de los afectos.

Escribiendo de bares y restaurantes que ya no existen, de salsas evaporadas y cocineras muertas, de recuerdos tan personales asociados a momentos y sabores, sobremesas y aturdimientos o epifanías o efusiones provocadas por el alcohol… ¿quién iba a publicarme? ¿Adónde iba a llegar yo?

Me falta, además, actualización, resetearme. Hoy mismo he tenido esa sensación. El martes próximo despediremos a Miriam, una colega gallega, una jovencita que aprobó la oposición y ahora se va por concurso a otra plaza. Iremos a comer al restaurante de la Colegiata, un lugar del clero. Qué enormísima ligazón ha tenido siempre el monasterio y la sotana con el mundo del fogón.  No hace mucho que leía yo la receta de la «liebre a la benedictina», con su salsa sazonando los higadillos con pimienta y un punto de anís…

En fin, vamos a lo que uno iba, sin dejarme llevar por el sabor de la emoción. Me envían una foto por WhatsApp para ir eligiendo el menú. Y no sé por dónde tirar. Trofie salteado con rejo, salsa de kimchi y pico de gallo. ¿Adónde, escribiendo de estos asuntos, pretendo llegar? ¿A qué congresos de sollastres acudiría, en qué mesa de tertulianos gastrónomos me sentaría yo?



La flor del saúco

15 de noviembre. 20:20 h. En el tren a Madrid. Y claro, me pongo a escribir. Si todo va bien —toco madera, porque los incidentes en estos viajes y los retrasos están siendo muy habituales— llegaremos en poco más de dos horas. Y ese tiempo no da para emborronar demasiadas hojas de este cuadernillo en el que escribo a mano. Ese proceso hace que la formación de redes neuronales sea mayor que ante un teclado. Lo dicen los neurocientíficos noruegos que acaban de publicar su trabajo en la revista Frontiers in Psychology.

Sacamos anteayer los billetes. No hubo demasiadas complicaciones: a la quinta o sexta intentona conseguimos que la aplicación digital de la gran compañía de ferrocarriles funcionase, e imprimimos la ida y vuelta.

A mediodía habíamos estado de comilona. Un botillo en el mesón El Bierzo, celebrando el cumpleaños de Cami y Héctor. Hemos tomado unos orujos y hemos dado un paseo. Dormí la siesta leyendo antes, durante diez minutos, Flor de saúco, de Andrés Martínez Oria. Flor… es un libro excelente, un libro de viajes por El Bierzo y Ancares. Me arrepiento ahora de no haberlo citado en el que escribí sobre la belleza del caminar.

Íbamos Mar y yo en vagones separados. Pero le he pedido a una chica que nos cediera su asiento para poder ir juntos. Ella viaja ahora al lado del amigo Mures, al que he saludado en el andén. Va a un bolo radiomusical a La Gomera. Le he dicho que conocemos bien la isla.

Estos nuevos vagones tienen tres asientos a un lado y dos al otro. A mi derecha va un joven americano. Lee el libro de Fernando Savater, aquel de enseñanzas para la vida dedicado a su hijo Amador. Me dice que quiere perfeccionar su español con una lectura que le incite también a pensar.

Yo escribo y noto que me estoy adormeciendo: el botillo, las patatas, el chorizo, el repollo, los orujos, los vinos de antes de la comida… me están echando un buen pulso.

El compañero Ethan se ha acercado a la máquina expendedora de agua y chuches. No funciona. Le damos una tortita de maíz y unas galletas de coco. Nos cuenta que lleva poco tiempo en España, que es escalador. Ha conseguido una plaza de profe de inglés en el instituto de La Corredoria, en Oviedo. Ha venido porque aquí tiene cerca las montañas.

Ya estamos en Segovia. Ethan es simpático. Mar le dice que la máquina de comida no ha funcionado para que él llegue con apetito a Madrid (nos ha dicho que le espera su hermana para cenar). Yo le digo que vamos en hora, puntuales. Él dice que llegaremos bien, que sin duda el conductor sabe que tiene esa cita con su hermana.

Escribo. A mi izquierda, Mar lee el libro de poemas de Sergio Fernández Salvador. Ethan sigue con su Amador, va por la página treinta y dos.

*

Retomo ahora la escritura, ya en el tren de vuelta. Hemos escogido un horario temprano, a las 13:03. Así, si no descarrilamos, estaremos en casa a una hora razonable, lo que nos permitirá aprovechar la tarde.

Anteayer, cuando llegamos a Madrid, en la estación de Chamartín, un hombre dando voces organizaba el embarque en los taxis; pensamos que era un empleado municipal. Al rato, caemos en que es un tipo trastornado que se emplea con gran energía en el asunto. A veces de forma casi violenta, gesticulando, gritando e interponiéndose en el paso de algunos que no siguen sus instrucciones. Todos —taxistas y viajeros— estamos un poco estupefactos. Eso nos dice también nuestro chófer, con un indefinido acento. Mar le pregunta: es marroquí. Hablamos de nuestro viaje por su país hace años.

En casa de Julio y Cecilia esperamos a Óscar y Marta para cenar. Vienen del concierto de los Ministriles de Marsias, en la iglesia de Santiago; a nosotros todavía nos resuena en los adentros el botillo y la juerga del cumpleaños. Ellos van a dormir a casa de Irene. Yo me voy a la cama con Sergio Fernández Salvador y Marta Sanz. Marta me cuenta en estas páginas la historia de una centolla viva que le envía desde Galicia su agente literaria. Sergio poetiza sobre la poesía.

Ya es la mañana siguiente. En la calle, una luz blanquecina de noviembre se posa en las acacias. Una luz lechosa de clara de huevo con un algo de tintura; posiblemente, el sol consiga en unos minutos filtrarse.

Cuando llegan Ó. y M., vamos a la Fundación March. Hay una exposición del dibujante Saul Steinberg. Está bien montada. Yo tenía visto del ilustrador lo justo, así que me ha gustado ver este despliegue, sobre todo sus portadas para el New Yorker. Desde esos años sesenta la ilustración ha progresado; todo esto tiene ahora un aire algo caduco, como de cuaderno escolar encontrado en el desván del familiar aquel que se lio la manta a la cabeza, cambió de país y no quiso seguir la profesión pequeñoburguesa del padre. Un dibujo normativo, como de frases hechas (su amigo, el crítico Harold Rosenberg, dijo de él que era un «escritor de imágenes»), porque, como en todo dibujante, los trazos, las maneras… hasta las obsesiones se repiten. La maniera, decía Goethe, es un término medio entre la imitación simple y el estilo. Todo en Steinberg es estilo, todo en él aparece como reconocible, sedimentado; los conflictos, las estrategias, la mirada, las obsesiones, los comentarios de la realidad (una ciudad, una familia, todo ese nuevo mundo americano). Steinberg estudió arquitectura en Italia; me gusta cómo resuelve el entramado de las aglomeraciones urbanas.

Volvemos en el 5, ese autobús que, no me digas por qué, nos lleva siempre a todas partes. Vermús en la bodega La Ardosa, y al restaurante Tras Os Montes, porque Julio quiere invitarnos a comer allí. Este era casi el pretexto de la visita a la capital: João, el dueño portugués, puede que se jubile; sus hijos no quieren seguir con el negocio…

No nos queremos apartar del menú habitual: cinco platos de bacalao cocinado de formas diversas. La sorpresa está hoy en el oporto que acompaña a los postres, que es blanco. A Marta le gusta porque le parece de sabor un poquito más suave; a mí me gusta menos. Le escribo un whatsapp a Andy para que nombre los vinos y el oporto de sus familiares ingleses. No me contesta. No me doy cuenta de que está en las antípodas, en Australia, que puede que esté durmiendo. Esta respuesta me llegará ya de madrugada: bodegas en Vila Nova de Gaia, las marcas principales son Graham’s y Dows.

Cecilia y yo volvemos en el metro desde Mirasierra. Le digo que ese nombre siempre me pareció sugerente, ya de niño, un término eufónico y agradable. Hemos bebido demasiado, así que en casa nos vamos derrumbando para la siesta en camas y sofases. Después vemos esa película, El Rey del Jazz, a retazos, remasterizada y coloreada.

Hay una oferta de ocio musical interesante. Para el guitarrista de jazz John Scofield —del que tengo algún LP— solo quedaban tres entradas esquinadas y somos cuatro. Hace buena temperatura, las calles, bares y terrazas están abarrotados. San Bernardo abajo llegamos a la calle del Pez, y allí, Óscar saca por Internet cuatro entradas para el palco VIP del Teatro Flamenco (solo quedaban esas). Nos sientan en la primera fila de la parte alta. Nos ofrecen bebida ilimitada para todo el espectáculo, taquitos de jamón y chuches. El jamón lo está cortando el único gitano que parece haber en el teatro, un hombre mayor, con sombrero. Va y viene. Delgado, guapo y con una leve cojera cuando se ha puesto a caminar. Parecemos guiris. El espectáculo es discreto, correcto, tuneado, customizado. Pero en la voz ya pobre y rota de uno de los cantaores escuchamos la soleá que ha cantado de maravilla Fernanda de Utrera: «Solamente con mirarte/ con mirarte solamente/ conocerás que te quiero/ y también comprenderás/ que quiero hablarte y no puedo». A la salida vemos un bar con una mesa libre junto a la barra: cerveza Alhambra en esa botella verde labrada, torreznos, pimientos de Padrón, gambas al ajillo. Volvemos caminando para espantar los excesos.

La información del flamenco nos la había facilitado Perico Lorenzo, un grandísimo conocedor. Recalamos en ese Teatro porque era el único para el que quedaban localidades. Pero esa noche todos los grandes estaban en la ciudad actuando, en Pozo del Tío Raimundo, en Torero, el Café Belén, Las Tablas, el Cortijo de Vallecas, en Tetuán… En casa, Cecilia, acatarrada, ya se había acostado. Julio escribía en su despacho. En el salón tuvimos ese momento de relax que está de la mano del mando de la televisión, un zapping lentoso, arriba y abajo. A las dos y media, ya en la cama, un incidente estuvo a punto de amolarlo todo: un mosquito tardío zumbando cerca del rostro de Mar. Da un grito, me sobresalta, doy la luz, me pongo en situación, me concentro, lo veo, y consigo cazarlo al rato. De alguna manera soy un héroe sin alardes, discreto, de andar por casa.

Poco que hacer en la mañana del domingo. Las chicas se agobian y no quieren andar a la carrera, así que no vamos a la sala de exposiciones de Mapfre a ver las fotografías de Weegee.

Café en la calle Santa Engracia con Roberto Bayón. Llegan corredores —acaba de celebrarse una carrera en pro de algo—, jóvenes que pidén cafés, agua y bollería. LLevan una camiseta rosicler con un mensaje escrito que no desentraño. Roberto nos cuenta sus últimas anécdotas —lo guiamos hacia esos asuntos— de australopiteco analógico, su lucha contra el encarrilamiento, las apps, los códigos QR, la banca.

Regresamos a nuestra ciudad a la hora del almuerzo. Fuimos a La Taberna y de allí entraba y salía el gentío en todo momento, sin los horarios ni la pacatería europeos. Eso me ha parecido siempre de gran ayuda para vivir.

Volvíamos a casa. La luz era flaca y sin brillo. Las ruedecitas de la maleta tenían su repertorio y un aire familiar nos tocaba en la cara, como queriendo ser rezo, sosiego. Pero no conseguía desmontar el andamiaje, el desfile de las horas, lo irremediable, una tortura que en mí comenzaba a tomar cuerpo.



La partera del hombre

La luz de los focos ilumina la Colegiata, y se proyecta también sobre la maquinaria y restos de materiales que se han empleado estos días en reparar el empedrado. Esas sombras forman una figura movediza que titila y hasta parece tener vida, como si fuese a jadear o a quejarse ahora, cuando paso sobre ella. Puedo ver ya a Edu recogiendo las sillas en Tula Varona y oigo su clac-clac al plegarlas. Dentro, acodado en la barra, Amancio, el escultor, charla con Manuel. Manuel ha cambiado de partido político, pero ni antes ni ahora lo he visto quejarse ni decir nada parecido a «nadie se acuerda de nosotros», o «todavía no se ha solucionado nada».

La música que suena es Summer in the City de The Lovin’ Spoonful. No hay demasiada gente en las terrazas del fondo de la calle. Y no sé por qué. Está cayendo la noche y la temperatura es agradable; un aire leve sopla en las hojas de las acacias; todo lo demás es inmóvil, y de una mansedumbre moteada.

Llegan Rafa y su hijo Mateo, al que acompaña un amigo que ha venido aquí a pasar unos días y que vive en Pensilvania. No se van a quedar para despedir a Javi Pablos, porque han reservado para cenar en un restaurante japonés. Salgo a despedirlos y veo venir a Julio; le digo que los acompañe, que nos veremos luego, que esperaré a que Edu limpie y haga caja.

Me quedo en el umbral. Pasa una feminista de ojos negros. Escucho a la vez la aspiradora y los ruidos de los coches que van por la calle. En verdad pueden apreciarse muchos matices en este trozo de mundo, que vibra y no calla. Caminamos hasta el Altar, donde está el grupo; también ha venido Tasio. Se queja de lo malo que ha sido el año para los tomates. Tasio, jubilado, cocinero en su restaurante. Alterna historias sobre comensales, sobremesas eternas y caprichosas con cargo a fondos públicos, recetas con tanto detalle que a veces se lo afeamos porque no somos capaces de involucrarnos, gestos como el de picar las verduras —«eso relaja más que cualquier clase de yoga»— y paradas constantes si vamos caminando, que hacen que Javi Pablos le vaya dando empujoncitos. Los ojos le brillan en algunos pasajes; en esos momentos ya no está con nosotros, sino con sus perolas que borbollean y en las que puede estar haciendo una sopa de cebolla o un pollo de corral. Y lo cuenta en presente, dándole una patada en el culo a la puta nostalgia.

No todo fue hablar de cocinillas. Podríamos haber seguido tan ricamente escuchando a Tasio, haciendo los demás algunas aportaciones, porque ninguno de nosotros desconoce el esencial hecho evolutivo de que la cocina alumbró la palabra, y de que la cocina fue —como escribió Faustino Cordón— la partera del hombre. Alguna vez se volvía sobre ello: «El problema es que se están acabando las semillas». Y yo hablaba entonces, cómo no, de las mejoras semillas de tomate, las de mi padre, las p.ave, que ya circulan ellas solas mundo adelante.

En El Oriente la conversación giró hacia los temas musicales. A la altura de Jabalquinto se habló de cómo lugares que se restauran con el dinero de todos acaban en manos de particulares. En otras calles los ingredientes del guiso se volvían contundentes, se hablaba de literatura como un guiso a fuego lento, y de otros menudillos culturales para llevar a la boca. Esto sucedía en los tramos de poca luz, de sombras a medio hacer y tacto de terciopelo. Esas oscuridades, donde el mundo es menos opulento y el ajetreo menguante, nos llevaban casi a la pureza. Julio habló de Miguel Torga; yo musité para mí unos versos de Antonio Carvajal: «Iban oscuros a la noche sola./ Su voz, su paso, resonaban…».

Juntábamos ideas, bebíamos el paisaje de la calle, sus círculos y encajes, los rostros adolescentes, la vida incesante. Jabuto se empeñaba en pagar otras rondas —al día siguiente regresaba a Ibiza— y en que todas las cosas siguieran resonando. Perdíamos efectivos; a la cervecería ya llegamos diezmados. Volvían allí los cuentos y los cantos, al mencionar Tasio a su tío Felipe y aquella ocasión en que invitó a dar una conferencia en la ciudad a Federica Montseny. Avisé a Gonzalo, el dueño, para contárselo, porque sigue soñando la quimera libertaria. Estuve charlando con Gloria, que ha resucitado tras su accidente en la autopista, y con Adrián, acribillado de piercings. Comienzos y finales. El aleteo de la noche. Coágulos.

Pero todo ese torbellino amable no nos servía para aplacar el tiempo. El muy idiota persistía, inclemente, sin detenerse. Con sus pies desnudos, crecidas sus alas.



Ropa tendida, ropa de casa

En el tique de venta de Ropa tendida anoté: En la librería Universitaria, comprando el libro de Óscar García Sierra (estos días he comprado novelas, pago con tarjeta y en lugar de la bolsa de plástico de siempre, llevo una mochila con libros, periódicos y papeles de la oficina. Le digo a Raúl, el librero, que estoy preocupado, que puede que se me esté cambiando el metabolismo). También en este tique escribí «conversación ayer en la calle». Sucedió así: a la altura del edificio de Tráfico, un hombre de edad mediana que llevaba en una mano unos papeles timbrados y en la otra el teléfono, decía: «No, no, no te preocupes; en una semana me operan y, por el momento no he perdido la empresa». Cruzaba yo la ciudad por la calle principal, de la Audiencia a los Juzgados; pensé en detenerme y escuchar, para ver de dónde sacaba este hombre su fuerza, de dónde le venía tal entereza, o a quién a toda costa trataba de tranquilizar. No lo hice por respeto a aquella persona, a aquella manifestación de intimidad. Juro que en ese instante recordé a Jonathan Franzen, que en su artículo de 2008 «Solo llamo para decirte que te quiero», anotaba: «Hace sólo diez años, en Nueva York (donde vivo) todavía abundaban los espacios públicos mantenidos colectivamente, en los que los ciudadanos demostraban respeto por su comunidad no imponiéndole sus banales vidas de alcoba… Todavía era posible ver el uso de los Nokias como una ostentación o una afectación de gente acaudalada…».

El caso es que he comprado y estoy leyendo novelas. Quizá lo que me traigo ahora entre manos no lo sea. Ni siquiera lo sabe su autora. ¿Memorias, dietario, libro de viajes, ensayo sobre la literatura y el mundillo literario? Hablo de Los íntimos, de Marta Sanz. Estuve con ella cuando lo presentó, así que me citará dentro de seis o siete años cuando escriba la continuación.

Sé que en Los íntimos aparezco nombrado porque coincidimos hace no mucho dando un pregón. Aquel texto lo he colocado en mi último libro como si se tratara de un prólogo; estoy orgulloso de esos folios, me quedaron guapos, en ellos hago una defensa apasionada de la lectura.

Leo ahora un párrafo de Marta: «No quiero ser la mujer que susurra dentro del hueco de la fresquera. No quiero que el cansancio de mi voz limite mi mirada, que muta en perro parlanchín o en asesino o en recogedora de fresas».

Y quizá el otro libro que terminé de leer hace unos días tampoco sea una novela: Ropa de casa, de Ignacio Martínez de Pisón. Porque son memorias literarias o autobiografía. Se trata más bien de lo segundo. De hecho, Ignacio anotó en la dedicatoria: «Para Avelino Fierro, que tendría que escribir su propia autobiografía, a lo mejor no tan distinta de esta». Le había dado la enhorabuena por su libro y también le había dicho que me había arruinado el mío, mi biografía, mis memorias: hemos vivido la misma época, aunque yo soy un poco mayor que él y no soy de Zaragoza. En el turno de preguntas del público estuve a punto de levantar la mano para decir: «Ignacio, sé de corrido la alineación del Real Zaragoza de los años de gloria. Quería que lo supieras, por si quieres completarla en una segunda edición; aquí solo has puesto a los delanteros, y eso lo sabe cualquiera: Canario, Santos, Villa, Marcelino y Lapetra».

Los otros dos libros sí son novelas, metáforas del autoconocimiento —dice un crítico—, relatos escritos para saber quiénes somos, para trazar círculos concéntricos de escritura ficticia en torno a lo que más inquieta, nuestra propia identidad: El mejor del mundo, de Juan Tallón, y Ropa tendida, de Óscar García Sierra.

Con Juan estuvimos comiendo Héctor Escobar y yo en La Taberna de la calle La Rúa. Me empeñé en ir allí y les enseñé una hoja de periódico amarillenta, enmarcada, en la que el titular dice: «El idioma castellano nació en el municipio de Chozas de Abajo». Ese es mi pueblo y de ahí me vendrá esta manía de redactar. Está colocada en un lugar alto, entre carteles de toreros y cofrades, sobre un armario frigorífico en el que están puestos a enfriar los verdejos, godellos y albariños. Algún día que acabemos bastante chumaos le pediré a Vicente, el tasquero, que me deje subir a investigar la fecha del noticiario, el autor, y alguna cosa más, por ver si esa información que me enorgullece es de fiar. Por el momento solo me había empeñado en invitar y en que uno de los platos fueran las ancas de rana.

Óscar es un jovencito, con dos novelas publicadas en una editorial importante. El amigo Héctor dice de él que es un escritor poligonero. Por eso anteayer llevé a la presentación de su Ropa tendida un poema de Pablo García Casado que está en la antología Quien lo probó lo sabe. 36 poetas para el tercer milenio, que comienza así: «Los polígonos, las áreas comerciales, las oficinas iluminadas. En todas partes el rostro de la angustia, los horarios, y esa puerta que nunca cierra». Se titula «Sabbat» y lo llevé —impreso en un papel verjurado y de tono apergaminado— porque en él había dibujado un centro comercial en un descampado, con la luna saliendo iluminando los cristales.

Charlamos un rato y le insistí en la importancia de un libro de fotografías que retrata el mundo de sus novelas, el de unas comarcas determinadas y el fin de la industrialización, el fin de la minería del carbón en nuestra tierra. Cecilia Orueta es su autora, quien durante un año, en veinte viajes —acompañada por su amiga Mar Astiárraga— recorrió esos lugares que han desaparecido, así, tan de repente, como el dibujo de un corazón hecho en el vaho de una ventana.

Todo esto viene a cuento porque me siento tan extraño… Y porque sólo leo desde hace tiempo ensayos, poesías, escribo diarios y siempre quise hacer caso a Pla y no leer novelas después de los treinta y cinco años, un síntoma —dice— de primitivismo muy acentuado. Menos mal que he seguido leyendo sobre otros asuntos para no llegar a corromperme: los poemas de Sergio Fernández Salvador, una recopilación de artículos de Foxá, la Ética para tiempos oscuros de Markus Gabriel, los viajes de Martínez Oria,  Zona de divagar de Jordi Doce…

Pero ahí están, van apareciendo otras señales de alarma, aparte de convertirme por unos días en lector de novelas. Ayer no salí por la noche, hoy escudriñé mi rostro durante un buen rato en el espejo. Y estuve pensando en ir al Rastro dominical, cosa que no he hecho en los treinta años que lleva instalado en el Paseo de Papalaguinda. Algo está pasando, quizá eso que digo, se me ha cambiado el metabolismo, o simplemente sucede que me hago mayor, previsible, rutinario, sólito, del montón.



Palabras desvergonzadas

En esta habitación con libros estoy ahora como en una sala de espera; puede que el mundo se acerque y me susurre algo. El cielo es plomizo, con niebla que no acaba de derretirse a esta hora de la mañana. Oigo las notas del violín musitando órdenes. Todos los años vienen de lejos y aquí, en casa, buscan algunas músicas como quien elige un atuendo de fiesta entre los ropajes del armario.

Oigo hablar de Schubert, de Corelli y de la banda sonora de una película de piratas. Se reúnen cada año, y en la tarde de la Nochebuena dan un concierto para amigos y familiares. Viajamos por la vida en primera clase, sin que sirvan de mucho las palabras; ni siquiera podríamos hablar de voluptuosidad.

No se trata de los mismos goces. Es complicado describirlo. «En relación con la música, toda comunicación mediante palabras —dice Nietzsche en un escrito del verano de 1887— es de una clase desvergonzada: la palabra diluye y embrutece; la palabra despersonaliza: la palabra hace común lo no común».

Vamos en primera clase, sí. Y la azafata va dejando a cada uno de los pasajeros destellos de cristales rotos, frutas a punto de corromperse, grumos de luz, calles estrechas aguardando la nieve, plegarias mientras se cierran las heridas, recuerdos, un largo paseo entre la hierba, mis ojos cuando miro las fotos de mis hijos, el cuarteto 132 y una coral de Bach, atisbos del purgatorio y del paraíso, algo semejante al perdón, señales de  trascendencia… «Solo la música sigue creciendo después de la muerte, la música y el cabello de los árboles».



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Avelino Fierro (Chozas de Arriba [León], 1956), licenciado en Derecho por la Universidad de Oviedo y fiscal de Menores de León, es escritor de diarios, poemas, dibujante y coleccionista de libros. Sus textos diarísticos han visto la luz en cuatro volúmenes: Una habitación en Europa (2010-2012)Ciudad de sombra (2013-2014), La vida a medias (2015-2016)Contra tiempo (2017-2018) todos ellos publicados por la editorial Eolas. También ha publicado Estatuas de sal: cartas (2020) y Calendario (2021).


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1 comment on “Ropa tendida

  1. Agustín Villalba

    Avelino Fierro o el mimético egotista acomplejado.

    Mimético porque imita (muy mal) a los mediocres escritores de diarios españoles (si hubiera leído a los grandes extranjeros sabría lo que no debe escribirse en un diario).

    Egotista porque sólo cuenta lo que le interesa a él sin preguntarse una sola vez si lo que escribe puede interesar a alguien. ¿A quién podría interesarle un párrafo tan anodino como éste: «Llegan Rafa y su hijo Mateo, al que acompaña un amigo que ha venido aquí a pasar unos días y que vive en Pensilvania. No se van a quedar para despedir a Javi Pablos, porque han reservado para cenar en un restaurante japonés. Salgo a despedirlos y veo venir a Julio; le digo que los acompañe, que nos veremos luego, que esperaré a que Edu limpie y haga caja.» Fierro escribe como si fuera un Victor Hugo, un escritor celebérrimo cuyos lectores estuvieran ávidos hasta de los detalles de su vida más insignificantes.

    Acomplejado porque parece escribir únicamente para mostrar al lector lo trepidante que es su vida, lo interesantes que son sus jornadas, lo bien que come, lo mucho que viaja, lo extraordinariamente cultivado que es y la impresionante cantidad de centros de interés estéticos y de amigos encantadores e inteligentes que tiene.

    Todo lo contrario de un Pla (al que dice admirar, cosa que desmiente constantemente su prosa). ¿Imagina uno al ampurdanés escribiendo «Hablo de «Los íntimos», de Marta Sanz. Estuve con ella cuando lo presentó, así que me citará dentro de seis o siete años cuando escriba la continuación. Sé que en «Los íntimos» aparezco nombrado porque coincidimos hace no mucho dando un pregón»?

    Avelino Fierro o el anti Pla.

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