Rescates

Susana March: el arte de la tristeza

La autora de 'La tristeza', 'Esta mujer que soy' o 'Algo muere cada día' dejó escrito que «ir amontonando ruinas es vivir», pero también que justamente porque la vida es hermosa y triste a un tiempo, merece la pena vivirla. Un «rescate» de Álvaro Acebes Arias,

/ Rescates / Álvaro Acebes Arias /

De entre las muchas escenas inolvidables que nos ha regalado Woody Allen, me quedo con la que cierra su película Manhattan, esa carta de amor a un Nueva York en blanco y negro, fotografiada por Gordon Willis y rodada al ritmo de las melodías de Gershwin. ¿La recuerdan? Tenemos a Allen dando vida una vez más a un escritor judío de medio pelo, neurótico, ególatra y arrogante, que está atravesando una crisis y enumera desde el sofá de su apartamento las cosas por las que merece la pena vivir. Entre sus fetiches, las películas de Bergman, los chistes de Groucho Marx, algunas grabaciones de Louis Armstrong, La educación sentimental de Flaubert, una sinfonía de Mozart o las maravillosas manzanas pintadas por Cézanne. Así hasta que se acuerda de la sonrisa de la chica de la que se ha enamorado, su cara se ilumina y sale de casa a toda prisa, dispuesto a alcanzarla antes de que coja el avión que la va a llevar a Londres.

En mi lista yo pondría escenas de Woody Allen como esta. No sé si está entre esas cosas que hacen que la vida merezca ser vivida, pero al menos alivian sus rasguños. ¿Cómo se conjura uno contra la tristeza? ¿De qué manera nos defendemos de ella? Tal vez la solución esté en encomendarse en instantes de decaimiento a unos altares particulares, al igual que el personaje de Woody Allen, y, desde ahí, evocar aquello que nos empuja a seguir adelante o, simplemente, como escribió en un poema admirable Valter Hugo Mãe, aceptar que la felicidad no es más que el arte de distribuir la tristeza en pequeñas dosis por todos los días de nuestra vida y, así, impedir que acabe por abatirnos. El arte de la tristeza. Un veneno que duele, pero también nos cura. Solo un portugués podría escribir algo parecido, no me digan que no. Ahí tienen a Pessoa, el autor de uno de los libros más sabios y más tristes del mundo: «No construyo teorías respecto a la vida. Si es buena o mala, no lo sé, no pienso en ello. A mis ojos es dura y triste, con sueños deliciosos intercalados», dice por boca del ayudante de contable Bernardo Soares, uno de los tantos fantasmas que se inventó.

Algo de esto sabía también Susana March, a la que no sé si hoy alguien lee. En un libro publicado en 1953 y titulado precisamente La tristeza hay unos versos que dicen: «porque la vida es hermosa y triste a un mismo tiempo, / yo quiero amar la vida». En otros que datan de unos cuantos años antes se lee que «envejecer no importa. Tan solo me entristece / tanto inlogrado sueño, tanto afán que perece». Susana March apenas había superado la veintena cuando escribió estos versos, pero contaba ya con decepciones y tragedias suficientes para llenar unas cuantas biografías. Volcó todos esos desgarros en su obra. Habrá quien piense lo contrario, pero yo creo que escribir nunca es un juego inofensivo o un pasatiempo de salón. Es una cosa seria. Nadie escribe para rebatir a su alma, sino para transitar por pasadizos secretos e inacabables hacia ella. La palabra puede ser una forma de consuelo o explicación. Quizá también un lugar desde donde consagrarse al puro placer de evocar, de compartir, de salvar eso que el tiempo nos arrebata o un medio con el que articular un grito de protesta. Pienso que todo eso está en la literatura de Susana March, alguien que, en tiempos muy oscuros, no dejó de proclamar un deseo de libertad: «arrancaría los harapos que me cubren / —los prejuicios, las leyes, las sombras, hasta el tedio—, / y echaría a correr».

Pero empecemos por el principio. Aunque nacida en Barcelona en 1915 en el seno de una familia acomodada y de ideas republicanas, la escritora no tuvo una infancia feliz. A una larga convalecencia causada por una nefritis a los nueve años y una adolescencia que pasó postrada en una cama, se sumó la muerte de tres de sus hermanos. Luego, tras algunas publicaciones que confirmaban a una poeta precoz, vendrían la guerra, la ruina familiar, la imposibilidad de seguir cursando estudios, la pérdida de algunos amigos y los problemas y apuros económicos en una España en la que era difícil sobrevivir con el estigma de los vencidos. Tuvo que ganarse la vida escribiendo decenas de novelas rosas y sentimentales que se publicaban en revistas latinoamericanas, casi todas bajo el seudónimo de Amanda Román. Para cuando a mediados de los cincuenta había logrado hacerse un nombre y contaba con el reconocimiento y la amistad de autores como Delibes, Laforet, Cela, Aleixandre o Victoriano Crémer, se vio obligada a dejar a un lado su carrera literaria para dedicarse a la redacción de unos Episodios Nacionales Contemporáneos que, siguiendo el modelo galdosiano y con la intención de cubrir las primeras décadas del siglo XX hasta la proclamación de la República, escribió junto a su marido, el novelista Ricardo Fernández de la Reguera. Con él, dicho sea de paso, la historia literaria tampoco ha sido muy generosa. Había que comer, pagar facturas y, aunque la serie les proporcionó un gran éxito comercial ―y algún que otro susto con la censura―, el draconiano contrato que habían firmado con Planeta estipulaba la entrega de un volumen cada seis meses. Un ritmo de trabajo extenuante durante algo más de veinte años. Casi nada. Con la excepción de unos pocos poemas aparecidos en revistas, hasta principios de los ochenta la escritora no volvería a publicar un título propio y para entonces nadie le hizo mucho caso.

Así creo que siguen las cosas. Qué más quisiera yo que saber por qué en el canon oficial de la poesía española del siglo XX el nombre de Susana March continúa brillando por su ausencia. Ni publicaciones recientes ni antologías ni nada. Uno podría pensar que es una circunstancia común a otras tantas poetas de su generación, pero es que en este caso estamos hablando de una autora que, además de obtener el aplauso de sus contemporáneos, fue una habitual de los cenáculos literarios, recibió algunos premios de postín y gozó del respaldo editorial y el aprecio de unos cuantos críticos que la consideraban una de las voces más valiosas de la poesía de posguerra. Un misterio. O probablemente no tanto, si uno repara en los condicionantes que marcaron su trayectoria o la rigidez de los muros machistas que la emparedaron. Libros como El viento, La tristeza o Esta mujer que soy, aparecidos en los cincuenta, están en la línea del desencanto existencial y el desgarro afectivo tan cultivado por los poetas de aquel entonces; pero hay algo más en ellos. Aparte de ese pesimismo, hay una voluntad por dar noticia de los oprimidos, de la situación de todos aquellos que sufrían la derrota. También, y quizá esto sea lo más importante, un deseo de comunicar una identidad apresada por los prejuicios y las convenciones. La voz, los sentimientos y la conciencia de una mujer que se rebela, aunque sea entre susurros, contra silencios, clandestinidades e ideales impuestos. Lo dicen estos versos: «esta impostura, / desciende o se levanta / hasta su humilde estatura de mujer / y por encima de todos sus perifollos morales, / por encima de su clásico buen gusto, / estalla y se afirma / y grita, / aunque en silencio, / en el más humillante de los secretos, / para no desafiar las buenas costumbres». La historia de una desolación y una íntima tristeza hechas palabra. Ya se lo digo, nadie debería perderse esos libros.

Como tampoco se deberían pasar por alto las novelas que escribió Susana March. Aunque ella se tenía ante todo por poeta, también mostró interés por la narrativa y ahí están un par de títulos como Nina o Algo muere cada día. De este último les quería hablar. Fue la primera obra suya que leí. Un descubrimiento que debo a una buena amiga y que fue quien me puso tras la pista de la escritora catalana. Aunque, más que de afortunado hallazgo, debería hablarles de un flechazo, porque Algo muere cada día es uno de esos libros que se leen al principio con incredulidad y luego ya con rendida admiración. Solo al final, cuando cerramos la última página, llega el pasmo por que una novela así no aparezca en los recuentos generales de la mejor narrativa del medio siglo. Cualquiera sabe. Un libro que sí conoció el éxito en el momento de su aparición, a mediados de los cincuenta, que tuvo varias ediciones, se tradujo a tres idiomas y recibió el elogio de los críticos, pero que en poco tiempo quedó confinado al olvido y ahí sigue, esperando que alguien lo rescate. Fue, por cierto, la última obra que publicó Susana March antes de volcarse en la complicada tarea de los Episodios Nacionales de la que les hablaba antes. Duele pensar que este fuera su canto de cisne como narradora. Quién sabe lo que podría haber dado de sí.      

Aparentemente Algo muere cada día tiene las características y los moldes de una de las tantas novelas testimoniales que se publicaban en los años cincuenta. Cuenta la historia de María, a la que podemos ver como un trasunto de la propia Susana March, y de su aprendizaje y evolución en la Barcelona de las primeras décadas del siglo. Poco a poco van desfilando los principales acontecimientos de la historia de España, de la dictadura de Primo de Rivera a la proclamación de la República, pasando por el estallido de la guerra, el inicio del conflicto europeo y los años de privación y hambre de la posguerra. Hasta ahí, como les digo, un libro que podría asemejarse a cualquiera de las muchas novelas empeñadas en levantar un retrato de época y ofrecer un testimonio más o menos melodramático del devenir de unos tiempos convulsos.

Sin embargo, lo que pasa aquí es que todos esos hechos, reflejados con sorprendente verosimilitud y sin descuidar un tono lírico o la tensión narrativa, se nos relatan desde la perspectiva y experiencias de una mujer. Esa es su diferencia específica y gracias a ella pronto advertimos la aparición de unas problemáticas y asuntos que no suelen asomar en las narraciones de otros compañeros de generación. Las consideraciones sobre la difícil situación cotidiana de las mujeres en la retaguardia mientras los hombres estaban en el frente son un buen ejemplo de ello, como también lo son sus reflexiones acerca de la formación intelectual e independencia femeninas, el trabajo de la mujer, el adulterio o el matrimonio. María, casada con un hombre que ha emigrado a América en busca de mejores condiciones de vida y al que no le ha importado mucho dejar a su mujer en España, porque por encima de todo está el deseo de satisfacer su propia realización personal, es un espejo en el que se pueden mirar otras mujeres de aquel entonces, cuyos anhelos particulares quedaban supeditados ―cuando no sepultados― a las presiones y dictados de una sociedad machista y retrógrada. El gran acierto, por otra parte, reside en que esa denuncia nunca aparece de forma explícita en la novela. Son más bien un cúmulo de anécdotas y episodios (muchachos empeñados en modelar a su gusto a la novia, padres que ponen trabas a los estudios superiores, esposas que disculpan o hacen la vista gorda a los vicios de sus maridos, mujeres que son contempladas como poco más que un objeto de adorno o que sufren un poder intimidatorio y silencioso en cualquiera de los rincones de su existencia, desde la escuela, la calle y el confesionario a la alcoba conyugal) los que terminan por formular una airada protesta contra unas desigualdades. Junto a todo esto, una profunda angustia y el escepticismo ante las más mínimas posibilidades de felicidad. La última frase de la novela es ejemplar en este sentido: «Ir amontonando ruinas es vivir».

Se lo decía antes, esta fue la última novela que publicó Susana March. En 1966 su amigo Manuel Arce editó en la colección de La Isla de los Ratones una cuidada antología de toda su obra poética. Veinte años después aparecería Poemas de la Plaza Real, un libro que, en realidad, había sido compuesto casi cuatro décadas antes, y donde Susana March evocaba el hogar familiar, el paisaje de su infancia y, junto a ellos, el dolor «por todo lo perdido, / por aquel tiempo viejo». En uno de los poemas enumera algunos instantes de plenitud, ligados a «el sol sobre la frente, el ramo de mimosas, / la música de Schubert, la prosa de Azorín, / un revuelo de pájaros y un verdor de jardín». El arte de la tristeza. Quién sabe, puede que Woody Allen y Susana March ― ¡qué extraña pareja! ― tengan razón y son cosas así las que hacen que la vida valga la pena. Yo creo que sí.


Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.


Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

0 comments on “Susana March: el arte de la tristeza

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo