/ un dietario de Pablo Batalla Cueto /
Lunes, 15/12/2025. Comento con amigos y amigas montañeros el caso de Kerstin Gurtner, una mujer de treinta y tres años que falleció a pocos metros de la cima del Grossglockner, una de las cimas emblemáticas de los Alpes austríacos. Se acusa a su novio, un montañero experimentado —o que pasaba por tal— que la había arrastrado a hacer esta ruta invernal, ya de por sí difícil, y durante la cual, además, las condiciones meteorológicas empeoraron y les sorprendió la noche, sin que llevaran el material adecuado para soportar los -20ºC a los que llegó a bajar la temperatura y los vendavales de 70 kilómetros por hora que llegaron a desencadenarse. Kerstin ya estaba exhausta y muy mal cuando un helicóptero sobrevoló la zona, después de que la visión de los frontales encendidos alertara montaña abajo a los rescatistas. Pero el tipo, Thomas Plamberger, no pidió ayuda en ese momento, empeñado en coronar el pico como fuera. Más tarde, ya bien entrada la madrugada, una cámara grabó su descenso y cómo dejaba abandonada allá arriba —a 3700 metros de altitud— a Kerstin, a la que no tapó con las mantas térmicas de emergencia que llevaban. Su teléfono no dejó de recibir llamadas que no cogió; luego adujo que lo tenía silenciado. Y a la pobre Kerstin la encontraron congelada al día siguiente.
Ocurrió el pasado mes de enero, y la historia salta ahora a los medios porque están juzgando a Plamberger por homicidio. Tal vez se tratara una increíble cadena de atolondradas negligencias, tal vez no hubiera alevosía. Pero nos cuenta una amiga que hay forenses que sospechan que muchos accidentes mortales en la montaña son en realidad feminicidios encubiertos; asesinatos que no homicidios. La cosa abulta ya tanto que tiene un nombre informal: «divorcio alpino». Me quedo devastado. Not all men, etcétera, etcétera, pero angustia comprobar con cuántos hijos de puta comparto género.
*
En Chile gana Kast. En medio del horror, me doy cuenta de una cosa. La ultraderecha tiene —suele tener— candidatos eternos, que se presentan a una elección tras otra hasta que las ganan. Kast no es el más longevo, pero estas eran sus terceras presidenciales. Otros y otras llevan veinte y más años de caudillaje. Eso les permite fungir como una suerte de rey o reina en la sombra; un contrapresidente o contrapresidenta estable (insisto en el desdoble de género porque hay muchas mujeres en este siniestro negociado: Le Pen, Meloni…). Lo mismo sus partidarios que sus detractores nos acostumbramos a su presencia y vamos imaginándonos un país dirigido por ellos. Entretanto, con excepciones como Sánchez, Mélenchon o Sanders, la izquierda quema candidatos a cada vez más velocidad; no deja que ningún liderazgo cuaje. Antaño no era así. Salvador Allende estuvo veinte años presentándose; fue candidato presidencial por primera vez en 1952. Y los candidatos eternos revisten ciertos problemas, claro, pero que hoy no tengamos casi figuras así es otro signo más de nuestra debilidad. Yo, al menos, preferiría tenerlas.
Martes, 16/12/2025. Escribía yo en este dietario, hace unas semanas, sobre la mirada del paisaje que debe de tener el poderoso capaz de modificarlo: aquí había un valle y ahora hay una autopista; horadé las montañas para que la hubiera. Hoy leo que Darío el Grande abrió un canal entre el Nilo y el mar Rojo y colocó en él inscripciones que decían: «El rey Darío proclama: Soy persa; desde Persia, me apoderé de Egipto. Ordené que se cavara este canal, desde un río llamado Nilo, que fluye en Egipto, hasta el mar que va a Persia. Así pues, este canal fue excavado tal como yo había ordenado, y los barcos pasaron de Egipto a Persia a través de este canal, tal como era mi deseo».
Darío también presumía de cuerpo fuerte: «Como luchador soy un buen luchador. Al momento mi inteligencia está preparada, tanto si veo un rebelde como si no. Tanto por inteligencia como por mando, en ese momento estoy por encima del pánico, tanto si veo un rebelde como si no lo veo. Soy furioso en la fuerza de mi venganza con ambas manos y ambos pies. Como jinete soy un buen jinete. Como arquero soy un buen arquero, tanto a pie como a caballo. Como lancero soy un buen lancero, tanto a pie como a caballo». En este caso, me acuerdo de Mussolini y de aquella política propagandística suya de vestirse y exhibirse como deportista: el Duce tenista, el Duce atleta, el Duce alpinista, etcétera. Con respecto al poder, está todo inventado desde la noche de los tiempos, y la historia es simplemente una inagotable variación de atrezos.
Miércoles, 17/12/2025. Cuando fue apresado, Vlad el Empalador se entretenía empalando palomas y ratas en su celda, con astillas de madera. He recordado la anécdota pensando en qué nos sucede en esta época cada vez más sedienta de épica, de cruzada, de dragones que matar, de causas trascendentes a las que entregarse. Lo hemos reflexionado otras veces: la ultraderecha da a sus feligreses un dragón al que matar y una cruzada que librar. La izquierda no lo hace. En España, por ejemplo, Sumar se empeña en creer que estamos en un «momento frío» en el que con legislar derechos bonitos está todo hecho. No es así. Y cuando se priva a un colectivo humano ansioso de ello de un dragón al que matar, da salida al «picor de niqui» matando a los dragonzuelos que tenga cerca. Eso son, me parece, las ínfimas peleas intestinas de nuestra izquierda. Una violencia de proximidad, de celda, de sede, de claustro de convento, a falta de una cruzada exterior creíble en la que enrolarse.
*
Leo una cosa curiosa sobre Alfred Nobel, creador de los premios. Una historia que no conocía en detalle (solo su sentimiento de culpa por la invención de la dinamita) y que habla de la mala conciencia de los capitalistas, pero también del papel de la casualidad en la historia. En abril de 1888 falleció su hermano Ludvig, rico industrial en San Petersburgo, pero los periódicos franceses informaron por error de la muerte de Alfred, que, debido a ello, leyó su propio obituario. Era una crítica acerba de su vida y su obra. Se le calificaba de «mercader de la muerte» y se decía que su invento, la dinamita, «mataba a más gente y más rápido que nunca». El hombre se quedó preocupado por su posible reputación póstuma y decidió cambiar su testamento para legar su fortuna a una nueva fundación que otorgara una serie de premios a aquellos que, durante el año anterior, hubieran proporcionado a la humanidad los mayores beneficios.
*
Veo compartir, en una cuenta de Twitter llamada «El Bierzo en Lucha», esta fotografía que me deja fascinado. El alcalde de Igüeña, Laudino García (PCE), recibe a principios de los años ochenta al presidente de la Diputación de León, puro en mano, con la camisa abierta hasta casi el ombligo y ante un retrato de Marx y un cartel antinucleares. He ahí un mundo desaparecido, todo él; otra época, otra era, otro eón. Para mal en algunas cosas, para bien en otras: hoy, por ejemplo, sería mucho más improbable que no saliera una sola mujer en una foto de seis individuos reunidos en un Ayuntamiento. Yo no quiero volver a aquel mundo. Pero tampoco me gusta este.

*
Trasteando fotos viejas, me encuentro esta mía de niño en el entorno de Collado Jermoso, en algún momento de los años noventa. Y me acuerdo de aquellos versos de Antonia Pozzi:
[…] estuve en los montes
como una flor espinosa,
y miraba las rocas,
los altos escollos
por los mares del viento […]

Jueves, 18/12/2025. El trumpismo va tomando una deriva ya netamente bananera, que recuerda a las satrapías postsoviéticas del Asia central. Uno se acuerda de Saparmyrat Nýyazow, aquel extravagante dictador de Turkmenistán, con sus esculturas de oro, sus cambios de nombres de meses y ciudades para homenajearse a sí mismo y a sus parientes y sus leyes y prohibiciones extravagantes. La última ocurrencia del magnate neoyorquino es colocar, en una galería de la maltratada Casa Blanca —que ha llenado de molduras de oro y donde ha demolido un ala para montar un horrible salón de baile—, lo que ha bautizado como «el salón de la fama de los presidentes»: una serie de retratos de sus 45 predecesores acompañados de placas de bronce a modo de pies de foto. Cuenta el periodista de El País al que se lo leo que «con ellos, el republicano propone, a base de insultos, exageraciones y acusaciones, otra ruptura del decoro institucional de Washington con una reescritura ciertamente poco elegante de los logros de algunos de sus antecesores». A Biden lo describe así: «El somnoliento Joe Biden [Sleepy, uno de los motes que Trump disfruta usando] fue, con diferencia, el peor presidente de la historia de Estados Unidos. Tras llegar al poder tras una elección fraudulenta, fue responsable de una serie de desastres sin precedentes que llevaron a nuestra nación al borde de la destrucción. Sus políticas provocaron la mayor inflación jamás registrada, lo que hizo que el dólar estadounidense perdiera más del 20% de su valor en cuatro años». También insulta a Obama, Bill Clinton… Y elogia a otros, como por ejemplo Reagan, pero la placa de esta termina así: «Era fan de Trump mucho antes de su histórica campaña presidencial. Del mismo modo, ¡el presidente Trump era fan de él!».
*
La Grecia de la antigüedad era la Hélade, precioso nombre; y ahora aprendo que al ámbito de influjo persa se le llamaba también la Pérside. Me cautiva lo bonitos que se vuelven los topónimos cuando se les aplica esa tilde esdrujulizante y ese sufijo; y me divierte aplicárselos a distintos gentilicios. A los imperiales, e inventarme la Románide, la Fráncide o la Británide. O, por las risas, a otros de andar por casa, y fabular la Murciánide o la Riojánide. Se haga con lo que se haga, en serio o en broma, queda un vocablo tan bonito, tan elegante, que es raro que no se haya cultivado nada; que uno busque «británide» en Google y no salgan resultados; que a ningún trovador del Imperio británico se le haya ocurrido nunca llamarlo así. Barrunto una explicación: la palabra transmite una unidad en la diversidad, o una diversidad en la (laxa) unidad, una condición archipelágica, calderíllica, que desagrada a cualquier imperialista o chovinista. Ellos prefieren la redonda compresión del sufijo -sfera o esa cosa como de alma o espíritu que se transmite con -idad o -ía. La anglosfera, la hispanidad…
Hace poco se celebró en Villaviciosa un así llamado Congreso Mundial de Asturianía. Y me acordaba del «federalismo fractal» que propone Pedro de Silva, que dice que el federalismo «o es fractal y tiene capacidad para reproducirse con una misma estructura formal a distintas escalas o no es». El federalismo que él propugnaba para España, lo propugnaba también para Asturias, para cada concejo e incluso para cada parroquia. Porque Asturias (¡su propio nombre es plural!) no es una unidad, no es la isla terrestre que a veces poetizamos, la «Asturalia» de Dixebra, aislada del resto de la península ibérica por las altas montañas que nos emparedan. Sino un archipiélago cuyas islas no son ya Lena o Caso, sino Xomezana o Caliao, «una de las más importantes naciones, no más una que otra, de la grandísima nación de naciones que es Asturias», que por supuesto es una nación de la nación de naciones que es España.
¿Qué tal bautizar a esto la Astúride? Un rosario de islas, de polis orgullosas de su identidad singular y de su pasado. Con algún Delfos u Olimpia en que reunirnos y entremezclarnos, de los Picos de Europa —augusto hogar de dos potentes deidades, el dios Urriellu y la diosa Peñasanta— al prau del Xiringüelu o el Carmín. Con un idioma y una cultura comunes, porque comunes son, aunque la lengua asturiana tenga tres dialectos: también los tenía el griego clásico, dividido en eólico, dórico y jónico, sin que ningún ceñudo filósofo fundase «Amigos de los Aqueos» para cabildear contra su unidad. Con sidreros misterios eleusinos, homeros de la señardá y alejandros del grandonismo. Y con una vasta diáspora: nosotros también nos echamos a la mar y fundamos massalias y siracusas en el Río de la Plata o el mar del Norte. Hay millones de «asturianos en casa dios», que decía aquel sketch de Terapia de grupo sobre pirámides egipcias en las que se hallaban, entre los jeroglíficos, sendos grafitis que decían «ocalitos non» y «consejo dimisión». En Buenos Aires, en Bruselas, fundando centros asturianos y bares Narcea. Nuevas islas de la Astúride. Que lleva dentro la Ovétide o la Xixónide… y que, por supuesto, forma parte, no de la Hispanidad, sino de la Hispánide, también ella un archipiélago, también ella unida más por los homeros que por los alejandros; más por Cervantes o García Márquez que por Cortés o Pizarro.
*
Darío el Grande se construyó un palacio en Susa, y ordenó grabar en él una inscripción que enumeraba las procedencias de sus materiales, y que es un estupendo testimonio de la globalización antigua y la multiculturalidad aqueménida. Hoy podríamos encastrarle una inscripción muy parecida a nuestras grandes obras:
«Este palacio que construí en Susa, de lejos fue traída su ornamentación […] El ladrillo secado al sol fue moldeado, los babilonios realizaron estas tareas. La madera de cedro fue traída de un lugar llamado Líbano. El pueblo asirio la trajo a Babilonia; desde Babilonia, los carios y los griegos la llevaron a Susa. La madera de yakâ fue traída de Gandhara y de Carmania. El oro que aquí se labró se trajo de Lidia y Bactria. La preciosa piedra lapislázuli y la cornalina que aquí se trabajó, estas fueron traídas de Sogdiana. La piedra preciosa turquesa, la cual se labró aquí, fue traída de Corasmia. La plata y el ébano se trajeron de Egipto. La ornamentación con la que se adornó el muro, de Grecia se trajo. El marfil que se labró aquí, se trajo de Nubia, de la India y de Aracosia. Las columnas de piedra que se tallaron aquí se trajeron de un pueblo llamado Abirâdu, en Elam. Los canteros que labraron la piedra eran griegos y lidios. Los orfebres que labraban el oro, esos eran medos y egipcios. Los que labraban la madera eran lidios y egipcios. Los hombres que trabajaron el ladrillo cocido, esos eran babilonios. Los hombres que adornaron el muro, esos eran medos y egipcios. El rey Darío dice: En Susa se ordenó una obra muy excelente, y una obra muy excelente se llevó a término».
*
Otra cautivadora inscripción persa: «Mitra, el señor de los amplios pastos, da agilidad a los caballos que no le mienten».
*
Es bastante conocido que los persas no enterraban ni incineraban a sus muertos, sino que colocaban los cadáveres en un lugar alto, para que los devoraran las aves carroñeras. Hoy leo una descripción detallada del ritual, que realmente me parece bastante más atractivo que nuestros nichos y nuestras urnas cinerarias (aunque menos práctico, claro):
«Los entierros en tumbas eran muy inusuales entre los iranios, y solo la familia real parece haber disfrutado de este privilegio. Es posible que los aqueménidas se aferraran a una antigua creencia irania según la cual la tierra, el agua y el fuego estaban en peligro constante de ser contaminados por la muerte, en especial por cadáveres en descomposición. Enterrar un cadáver en la tierra, incinerarlo con fuego o sumergirlo en un río o lago era contaminar el mundo de los vivos. La contaminación de la tierra y de los elementos era una preocupación continua para los iranios, pero la causada por la putrefacción de un cadáver era especialmente escalofriante. Para evitar ese atroz miasma, es posible que, desde tiempos remotos, los pueblos iranios expusieran los cuerpos de los difuntos a la intemperie para que las aves y los animales los limpiaran de carne. Heródoto señaló que los restos de los muertos solo se enterraban después de haber sido devorados por perros o aves de rapiña, y que los sacerdotes cubrían los cuerpos (con lo que debía referirse a los huesos) con cera antes de sepultarlos. Los ricos habrían utilizado un contenedor para los huesos (astōdān) una vez limpios de tejidos corporales. Este recipiente se tallaba en piedra y se rellenaba con yesos para evitar filtraciones miasmáticas».
Viernes, 19/12/2025. Llevo un par de meses muy enganchado a los títulos de El Ático de los Libros sobre civilizaciones antiguas, escritos en general por historiadores británicos, que ya se sabe que tienen un talento especial para la divulgación erudita. Ayer terminé Los persas: la era de los grandes reyes, de Lloyd Llewellyn-Jones —de ahí vienen todas las notas sobre los persas de estos días—: una excelente introducción a un imperio importante, deslumbrante y que conocemos mal, porque lo poco que los europeos escuchamos acerca de él viene filtrado por el sesgo orientalista y las malinterpretaciones autocomplacientes de las fuentes griegas. Llewellyn-Jones es catedrático de historia antigua en la Universidad de Cardiff, experto en la Persia aqueménida, y, por ejemplo, cuenta la historia de la guerra helénica contra Jerjes o la conquista de Alejandro desde el punto de vista persa. Además, hay capítulos y pasajes dedicados a la religión, la cultura, la organización administrativa… Asuntos sobre los que los griegos nos informaron a veces correctamente, y a veces de manera flagrantemente incorrecta. Cuenta el autor por ejemplo que:
«Creyendo que Heródoto había hecho observaciones destacadas y precisas sobre la naturaleza del mundo aqueménida, los eruditos depositaron en su día toda su confianza en lo que el “padre de la historia” tenía que decir sobre la religión persa. “Las costumbres que sé que practican los persas son las siguientes: no tienen imágenes de los dioses, ni templos ni altares, y consideran su uso un signo de insensatez”, afirmó de forma dogmática. Ahora que podemos leer y analizar nosotros mismos los textos persas autóctonos, podemos afirmar de forma categórica que, en cada una de sus observaciones, Heródoto estaba del todo equivocado. Las tablillas de Persépolis contienen pruebas que demuestran que, en su culto, los persas sí utilizaban imágenes, templos y altares. En sus Historias, como ya hemos señalado, Heródoto intentaba describir Persia como un mundo al revés, la antítesis de la civilización griega. Dado que los griegos usaban de forma rutinaria templos, altares e imágenes, para construir una visión de los persas como el “otro” definitivo, Heródoto les creó un mundo religioso que funcionaba sin los fundamentos de una religión “civilizada” organizada».
El libro se cierra con un epílogo sobre los usos de la memoria aqueménida en los siglos posteriores a la caída del imperio y hasta hoy. Me ha resultado interesante leer sobre la idealización del imperio en general y de Ciro el Grande en particular que se da hoy en Irán, entre los hartos de la tiranía de los ayatolás. La memoria de Ciro, recordado rosalegendariamente como un emperador tolerante y pionero de los derechos humanos, «aparece —cuenta Llewellyn-Jones— cada vez más por todo Irán, en carteles, fundas de móviles, pegatinas para ventanas y camisetas». Y su nombre y otros aqueménidas, como Darío o Anahita, triunfan en los últimos años entre los escogidos para bautizar a los nuevos iraníes, en detrimento de nombres musulmanes como Huseín, Alí o Fátima. Ya lo decía Benjamin: nada de lo que alguna vez sucedió debe darse para la historia por perdido…
Sábado, 20/12/2025. Gerardo Pisarello presenta su candidatura a la alcaldía de Barcelona. Aspira a ser «el primer alcalde de Barcelona de origen migrante». Estaría bien. Pero empieza a frustrarme bastante esto de que los candidatos políticos sean cosas en lugar de (prometer) hacerlas.
*
Me cruzo con una mujer a la que hacía unos meses que no veía, y de la que me sorprende cuánto ha adelgazado. Se la ve sonriente, radiante; no parece un enflaquecimiento por enfermedad, sino por dieta. El caso es que nunca me había parecido gorda en absoluto, pero su aspecto actual me fuerza a pensar así del anterior, y me resulta curioso. ¿La delgadez crea la gordura, la austeridad el derroche, los ascetas el hedonismo, el listón bajo el umbral del exceso…?
*
José Antonio Kast vivirá en La Moneda. Será el primer presidente chileno que lo haga en décadas. «Somos personas austeras», dice: su vivienda actual está en un lugar desde el que se tarda demasiado tiempo en llegar a Santiago, pero no quiere arrendar —dice— una casa especial «para generarle más gastos al Estado». También asegura que no contratarán cocineros: por la noche cocinarán ellos mismos al mediodía comerán lo que coman los trabajadores del palacio. Curioso. Una especie de resignificación ultraderechista de la austeridad populista de los Evo Morales y los Pepe Mujica, dándole la vuelta: lo austero es vivir en el palacio con los trabajadores del Gobierno, en vez de en tu casa, lo cual no es humildad de verdad sino la vanidad de la humildad y una complicación innecesaria. Recuerdo que esto lo decían los trabajadores del servicio de seguridad de Evo: era mucho más fácil y menos estresante para ellos proteger el palacio en el que Evo no quería vivir, aislado y con sus protocolos asentados, que un piso en un bloque de La Paz. Que los fascistas jueguen ahora con esto es inteligente y habilidoso.
Domingo, 21/12/2025. En un paseo no muy largo por el centro de Gijón, veo cuatro hamburgueserías nuevas, todas con la estética y el nombre malista que caracteriza últimamente a este negocio floreciente. Los nombres: Malditas Burgers, KO Burger, Atomic Burgers, Smash Gijón – Brutal Burger, Vicio. La estética: paredes de ladrillo visto, neones, lobreguez de casa de apuestas o burdel, carteles que dicen cosas como «nos gustan maduritas» (las hamburguesas). Hipermasculinidad tóxica y ridícula y una provincia de la conversión de la gastronomía —que debería ser punto de encuentro y relajación— en un asunto terrorista, competitivo, violento, como lo es en Masterchef y otros infectos lugares.
El caso es que también me topo con otro local nuevo de la calle Covadonga, que llama mi atención por la estética opuesta. Se trata de una confitería llamada La Lata de Galletas, llena de una decoración cursi y recargada —como creada con inteligencia artificial a la que se le hubiera pedido una confitería de cuento— y tres dependientas vestidas con el mismo jersey navideño rojo y lazos de ese color en la cabeza. Si en las hamburgueserías veo tosca virilidad, aquí una feminidad infantilizada y alguna conexión con esa reivindicación falsamente generosa de la cocina de las abuelas, las guisanderas, etcétera, que socapa de un homenaje a una generación que lo merece encubre muchas veces el anhelo reaccionario de que las mujeres vuelvan a la cocina y a los cuidados, a ser mamás abnegadas y primorosas. Es decir, aunque la estética sea amable, encubre el mismo credo de crueldad que esas hamburgueserías con aspecto de puticlub; son dos caras de la misma moneda.
El tatuaje «amor de madre» en el brazo del pirata: a eso va queriendo parecerse nuestro tiempo. Hombres que pirateen y madres que amen.

Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, Neville, Nueva Sociedad, Crítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT, Público y El País; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021), La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023), Yo podría haber sido Fidel Castro (2024), y La bandera en la cumbre: una historia política del montañismo (2025).
Descubre más desde El Cuaderno
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Pingback: El runrún interior (170) – El Cuaderno
Pingback: El runrún interior (172) – El Cuaderno