/ La escritura encubierta / Ricardo Labra /
Hubo un tiempo en el que, para realizar una carrera literaria, resultaba indispensable desplazarse a Madrid o a Barcelona. En estas ciudades se centraban las principales editoriales y revistas, tan esenciales no solo para la promoción de un poeta o escritor, sino para el crecimiento de su obra. Los escritores periféricos sabían que, en su peregrinación hacia el Parnaso, lo primero que tenían que hacer era cambiar de residencia para poder merodear lacayunamente la corte literaria en busca de alguna sinecura o canonjía que les permitiera tomar asiento literario.
En cambio, el poeta o escritor que se quedaba en su terruño sabía que estaba destinado al olvido, al corrosivo silencio, al menosprecio incluso de los suyos. La situación no ha cambiado demasiado a pesar de las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías, ya que sigue siendo necesario, salvo contadas excepciones, triunfar en Madrid o Barcelona para obtener la vitola de escritor.
Esta fama de escritor —que no significa que quienes la alcanzan lo sean, lograda a veces a través de otras actividades espurias, que poco o nada tienen que ver con la literatura, como la de tertuliano o gestor de alguna encomienda cultural— no se consigue con la misma facilidad dentro del feudo natalicio. Las editoriales, los grandes sellos, suelen despreciar a los autores locales, a los que consideran, por el hecho de vivir en una ciudad que no supera los trescientos mil habitantes, unos provincianos, cuando no unos gárrulos de la literatura.
Es por ello que, durante muchos años, hasta los años ochenta, en Asturias se pensaba que no había poetas por ser tierra yerma para la poesía, cuando no cesó de dar algunos de los poetas más representativos de mediados de siglo, como José García Nieto, Carlos Bousoño, Ángel González o —que también es de Oviedo— Antonio Gamoneda. Lo que pasa es que estos poetas, si exceptuamos a Gamoneda, tomaron el billete para Madrid y Barcelona, y para otras ciudades que pudieran amplificar sus intereses creativos.
Pero ese riesgo de quedar sin proyección, de formar parte de los sustratos estratificados de los anaqueles de una biblioteca de pueblo —porque un poema es tinta muerta si no renace en sus lectores—, se acentúa en estos años de aparente interconectividad entre centro y periferia: la visión cantonal de la poesía permanece. Las editoriales, y podría decirse que los investigadores, solo parecen interesarse, ante la disparada y disparatada oferta literaria, por aquellos autores que forman parte del tinglado editorial, de los elitistas cogollitos madrileños, que por su notoriedad pública aseguran un número razonable de ventas o una convencional atención por los medios de comunicación.
No es cierto que todos los libros acaben llegando, por azares insospechados, a las manos adecuadas; ni tampoco que todas las historias literarias acaben tan bien —aunque no para los propios autores— como la de Fernando Pessoa, con un éxito clamoroso de su obra oculta. Los poemas también mueren si no se leen, también pierden vigencia y sentido. ¿Qué pasará con los poetas que han decido construir su poesía en el norte y desde el norte, bajo un cielo casi inglés, carente de la luminosidad sureña, pero quizá por ello mucho más dilucidador y también más irónico en sus brumosos desvelos? ¿Qué pasará con la poesía de Víctor Botas, de Alberto Vega o de Jaime Herrero, por citar a tres poetas cuya obra es, por lo menos, comparable a la de los mejores autores de estos últimos cincuenta años? Continuarán en el olvido, defendidos por sus respectivos amigos, casi sus únicos admiradores.
Es por ello que, cuando resurgen en Asturias proyectos culturales integradores, se reciban con interés y cierta esperanza. Es el caso de la Colección Prúa de Poesía, configurada al efectivo y prestigioso proceder de los poetas del 27 y de los poetas del 50 —de la colección de cuadernos Litoral y de la colección Colliure—; es decir, costeadas y seleccionadas sus ediciones por un grupo de poetas bien conocidos en Asturias: José Luis Argüelles, José Carlos Díaz, César Iglesias, Pedro Luis Menéndez y Juan Muñiz, que han dado a conocer su colección a través de un libro conjunto, vallejanamente titulado Parada Gijón-Xixón. Poemas.
El grupo tiene varias características que lo singularizan del común espectro de grupos poéticos; una de ellas es que no es un grupo de poetas de juventud, sino de poetas de larga trayectoria, de obra hecha, que se prolonga sabiamente a través del tiempo. Su nexo es Gijón, porque en esta ciudad, norteña entre las norteñas, se encuentra resumida su cosmovisión poética. El norte y los reconocibles acentos que atesora; la poesía horneada en otro crisol, quizá menos estridente en sus llamas, pero mucho más desabrido en su quemadura.
Quizá en este norte, desde Hondarribia a Lisboa, y desde Gijón a Cork, se encuentre un palimpsesto —como afirman estos poetas— en el que, desde tiempos inmemoriales, trazan sus dilucidatorios signos los poetas, en diferentes lenguas, pero con una sensibilidad común, claramente reconocible.
La colección ya cuenta con varios volúmenes representativos, como el dedicado a Francisco Álvarez Velasco, de Adobe y mar, un título que por sí mismo explica los elementos constitutivos de este significativo poeta; o las Poesías familiares y domésticas de Fermín Herrero, cuyos poemas, según Julio Llamazares, «están tocados por el don que solo los elegidos por la poesía poseen»; o Pasajeros de andén, del recobrado, afortunadamente para la poesía, Pedro Luis Menéndez; o el más reciente de Ángeles Carbajal, Nostalgia del cielo, del que García Martín destaca su «belleza y verdad».
Los poetas del Prúa miran al norte, no solo para defender una estética determinada o afín, sino para defender un modo de hacer y de vivir la literatura, donde, como decía Antonio Machado, no se confunda el valor con el precio; ni el olvido mediático con las palabras memorables.

Ricardo Labra, poeta, ensayista y crítico literario, doctor en Investigaciones Humanísticas y máster en Historia y Análisis Sociocultural por la Universidad de Oviedo; licenciado en Filología Hispánica y en Antropología Social y Cultural por la UNED, es autor de los estudios y ensayos literarios Ángel González en la poesía española contemporánea y El caso Alas Clarín: la memoria y el canon literario; y de diversas antologías poéticas, entre las que se encuentran Muestra, corregida y aumentada, de la poesía en Asturias, «Las horas contadas»: últimos veinte años de poesía española y La calle de los doradores; así como de los libros de relatos La llave y de aforismos Vientana y El poeta calvo. Ha publicado los siguientes libros de poesía: La danza rota, Último territorio, Código secreto, Aguatos, Tus piernas, Los ojos iluminados, El reino miserable, Hernán Cortés, nº 10 y La crisálida azul.
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