El viejo que pasea por el barrio

Las pequeñas editoriales son a menudo microeditoriales

Escribe Sergio Gaspar que le gusta pensar en el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural como un microscopio que ayude a visibilizar lo poco visible, como un instrumento que colabore a la supervivencia de los entes culturales diminutos y necesarios, pero que apenas lo consigue.

El viejo que pasea por el barrio

Las pequeñas editoriales son a menudo microeditoriales

/por Sergio Gaspar/

Ponerles nombre a las cosas es importantísimo. Ahora que vivo jubilado y feliz, ahora que dicen que dispongo de tiempo libre para mí en el mundo, que puedo ser un proyecto de existencia y no un mero objeto en existencia, si me diese la ventolera de ponerme a escribir un mamotreto disparatado y soberbio, de esos que pretenden explicar lo inexplicable —por ejemplo, nuestra relación definitiva con la realidad—, no lo nombraría El ser y el tiempo, como hizo el simpatizante con el nacionalsocialismo de Hitler llamado Heidegger, ni tampoco El ser y la nada, como lo bautizó aquel simpatizante con el comunismo de Stalin conocido como Jean-Paul Sartre, sino Los seres y los nombres, en línea directa con Michel Foucault, y le suplicaría a la editorial Trea que me lo publicase.

Ya lo estoy viendo, mostrándome ufano desde el futuro su identidad bibliométrica: 860 páginas, castellano, blanda tapa, 2036, Trea, made in Asturias.

Cuando empecé a editar literatura, allá por el año 1996, llamaba yo pequeñas editoriales a las editoriales pequeñas, como casi todo el mundo. Pronto sospeché que, al menos a algunas, habría que llamarlas microeditoriales, un calificativo que ha ganado hablantes a lo largo del siglo XXI y que, por momentos, compite con otro calificativo que me atrae de verdad: nanoeditoriales. Es genial. Seductor. Sin embargo, me quedo con microeditoriales por la poderosa razón de que las vincula con el sustantivo microbio.

Habla el diccionario de la RAE. Escuchémosle: «Organismo unicelular solo visible al microscopio».

Eso fui y eso somos: seres de pocas células —con cierta frecuencia, sólo una, quizá dos, tres a lo sumo— e invisibles a simple vista por el ojo del público. Necesitamos que nos ayuden para que se nos perciba en las distribuidoras, en las librerías, en los diarios, en las radios y redes sociales, en nuestro ser en y para el mundo.

Necesitamos microscopios.

Seguramente por satisfacer necesidades parecidas a ésta, el último gobierno de Felipe González creó y concedió en 1994 el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural. Aquel año se lo llevaron, ex aequo et bono, Anagrama y Tusquets, como tenía que ser.

Luego llegarían otras de diversos tamaños y méritos, entre ellas, Pre-Textos, Visor, Castalia, Hiperión, Galaxia/Círculo de Lectores —sí, Círculo de Lectores—, las siete editoriales del Proyecto Contexto de un solo golpe de premio en 2008, Salamandra y Libros del Zorro Rojo, Trea en 2014, Austral, Páginas de Espuma en 2019. Algunas de las editoriales premiadas fueron en sus orígenes y/o en su devenir genuinos microbios editoriales. Algunas lo siguen siendo.

Como he metaforizado antes, me gusta pensar el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural —un premio que seguramente tiene más palabras en su nombre que efectividad social— como un microscopio que ayude a visibilizar lo poco visible, como un instrumento que colabore a la supervivencia de los entes culturales diminutos y necesarios. ¿Lo consigue? En mi modesta opinión, apenas.

Varios factores influyen. Primeramente, la labor de muchas de estas editoriales le importa un rábano a nuestra sociedad, incluso les importa menos que un rábano a bastantes de los agentes (académicos, críticos, distribuidores, autores) de eso que Pierre Bourdieu teorizó como el campo literario. Segundamente, y al hilo de lo anterior, la noticia de la concesión de este premio necesitaría un microscopio gigante para visibilizarse porque apenas ocupa tiempo ni espacio en los medios. Es una noticia-microbio. Terceramente, y al hilo de lo anterior, los galardonados, por razón de su discreto oficio y sus servidumbres, no hacen declaraciones incendiarias como las de Cristina Morales («Es una alegría ver el centro de Barcelona, las vías comerciales tomadas por la explotación turística y capitalista, de las que estamos desposeídos quienes vivimos allí. Es una alegría que haya fuego en vez de tiendas y cafeterías abiertas»), ni rechazan el premio, como hizo Javier Marías cuando se lo concedieron por una de sus novelas más débiles, Los enamoramientos. Rechazos y declaraciones incendiarias que ayudan a vender más ejemplares, además de a ser más éticos. Cuartamente, este premio de nombre tan largo tiene carácter honorífico, a saber, «que da honor», pero no dinero, según nos explica de nuevo el diccionario de la RAE.

Malamente, porque honor es una palabra con tendencia al desuso en el castellano actual y, además, la idea del honor nos suena más a Calderón de la Barca y al barroco (a bastantes, ni a eso les suena) que a la poco honorable Rosalía, a sus uñas largas y a las largas colas de fanes anhelando excitados contemplarla actuar.

Llegados a este punto, mencionaré un sabio refrán, al que ya se refería Cervantes: «Obras son amores, que no buenas razones». En román paladino actual, ése con el que los vecinos hablan con sus vecinos: «Euros son amores y no tantos honores». ¿Por qué premiar con 20.000 € a un autor y con 0 € a un editor? ¿Por qué ser tan honorífico con los editores?

No se trata de que yo sea un pesetero materialista, que lo soy. Se trata de que yo deseo ayudar de verdad a las microeditoriales. Pensar, y hacer pensar a la sociedad, que estos editores diminutos no precisan euros es pensar muy malamente. Conozco algunos para los que 20.000 € significan arreglarles la vida un par o tres de años. Sepan ustedes que algunas de estas editoriales y microeditoriales no facturan ni 80.000 € brutos al año. Y unas cuantas mucho menos. No viven, sobreviven. ¿Qué hacemos? ¿Las seguimos honrando o las ayudamos?


Sergio Gaspar nació en 1954 en Checa, provincia de Guadalajara. Se licenció en filosofía y letras en la Universidad de Barcelona. Ha publicado los libros de poesía Revisión de mi naturaleza (1988), Aben Razin (1991), El caballo en su muro (2004) y Estancia (2009), reeditado en formato digital por Uno y Cero Ediciones (2013). Es asimismo autor de la novela Viento de tramontana (2014). Fundó en 1996, junto a Maria Fortuny, la editorial DVD Ediciones, aventura que dirigió hasta su cierre en otoño de 2011, tras haber publicado más de doscientos títulos de poesía, narrativa y ensayo. En la actualidad, es un jubilado y pasea.

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