Diarios de cuarentena

Avelino Fierro desde su celda (19, 20 y 21)

Nuevas páginas del diario de cuarentena de Avelino Fierro, que escribe sobre «días cargados de conversaciones oscuras y respiraciones entrecortadas» y —citando a Umbral— «la casta lujuria de leer».

Desde mi celda /19, 20 y 21

/por Avelino Fierro/

Martes, 31 de marzo. A un lector desconocido.

Estoy mirando la luz azul del atardecer. Luz de agua estancada, turbia. Un mundo uniforme, sin sobresaltos. Algunas ventanas comienzan a iluminarse a lo lejos. Buenas tardes, ciudad mortecina. Hola, tejados ignorantes del barrio; azoteas agrietadas, antenas donde se tienden a secar las palomas, antenas oxidadas y zancudas. Buenas tardes, silencio. Ni siquiera tú puedes acallar las preocupaciones, los brochazos de angustia que todo lo embarran. Todo está en este aire indiferente, que ya no se nos hace nuestro, que no mece como siempre las hojas de los prunos del parque; no acaricia sus flores rosas como en otras primaveras.

Vienen estos días cargados de conversaciones oscuras y respiraciones entrecortadas. No queremos recordar para no sentir esa opresión en el pecho; mirando estoy sin ver hacia el final de la calle. En esta hora de la tarde estoy perdiendo el nombre de las cosas, olvidando el ruido de las hojas, la memoria de la nieve, los gritos de los escolares, el color de tus ojos. Se han desordenado las imágenes del álbum, todas las vidas las reescribe un extraño. Los hilos finos del vértigo dan zarpazos en la boca del estómago. Todo se amortigua, o se llena de vendajes.

Andan las ansias entre rejas, la ilusión se adelgaza en este estado de sitio. Pasillos vacíos. En el teatro, a veces, el coro: «Nuestro corazón no era inocente, pero amábamos el mundo y sus veranos: ¡esto hubiera debido salvarnos! Los vientos se han detenido y el cielo está vacío. Vamos a callarnos por mucho tiempo». A veces, un solo actor en el escenario, sin palabras, como un mimo con ese maquillaje de ojos crucificados. Otras, balbuciendo aquella historia del mundo, la del ruido y la furia. Sobre la escena, la luz pobre de un racimo de bombillas.

No sé si seguir sintiendo el latido de la sangre, su zumbido en las sienes; mirar y mirar mis manos. Días en vía muerta. Días como un agua caliente que bulle y no te da descanso. Ni siquiera las nubes han venido hoy a retorcerse sobre las lomas. Toco esa costura invisible entre mi pelo una y otra vez. El tiempo no sabe de treguas pero hoy se arrastra más despacio, gime como esos animales amaestrados dentro de una esfera. Oigo girar los motores en su desvelo. En el cielo está naciendo, todavía sin brillo, la primera estrella.

 

Miércoles, 1 de abril. Amiga Marta, ya sé que has sido tú la correveidile que le ha hablado de mis escritos, mis lecturas y estas cartas a una compañera de la tele. Por ello me llamó Patricia y me dijo que si no tenía inconveniente y no andaba muy ocupado, me entrevistaría. Me pilló algo desmalazado, recién salido de la siesta. Siguió hablando y al final le dije que sí, porque todo eran facilidades y, además, el trabajo de la oficina ha decaído tanto que uno está pasando los días en flores. A última hora de la tarde envió cuatro preguntas al correo electrónico. No iba a venir ningún equipo televisivo a verme, con su camioneta con antena transmisora en el techo, cámaras, maquilladores y focos. Yo, que estaba esperando a que viniera esa chica de labios gruesos, dicción perfecta y piel siempre tan de rayos uva, tan barnizada… No, no era así. Me leyó el capítulo ese de vuestro manual de instrucciones, el de «hágalo usted mismo», grábese con un teléfono móvil, un plano medio y, detrás, muchos libros. Le dije que entendía lo del plano medio y los libros, pero que mi móvil es de cuarenta euros y me desdibuja demasiado, me hace aparecer como recién llegado de un mundo de ultratumba. Le sugerí utilizar cámara de fotos con la que se podía grabar y estuvo de acuerdo. «Y me mandas los archivos por WeTransfer».

Repasé las preguntas, tomé unas notas y nos pusimos a ello. En la habitación alta, en la que hay más libros, instalamos una silla para mí y un trípode para la cámara. Como aquello no cuadraba, pasamos a ponerlo todo más arriba: se estiraron las patas del trípode y me senté en un auténtico taburete de barra de bar que me había donado por ser cliente preferente, nuestro amigo Eusebio, el del Montecarlo, antes de desmantelarlo. Un bar de barrio sólo para poetas, suripantas, catedráticos de instituto, directores de cine y policías municipales.

Me recogí el cabello —creo que puedo decirlo así, me quedan cuatro pelos pero se disparan hacia las nubes—; me tuve que aplicar unas gotas de Neogenic, un gel fluido con stemoxydine al 5%, una molécula patentada que aumenta la densidad capilar, con una media de 1700 cabellos en tres meses. Llevo un mes y pico con este tratamiento, ya veremos, aunque lo más eficaz sería pedirle la tarjeta de su cirujano capilar a esos hombres que salen mucho por la tele, como Hilario Pino o el exministro Bono. Me arreglé el pelo y me puse una camisa de cuadros (me gustaría hablarte de esa camisa, de las condiciones de su compra, de su marca, de su tacto…, pero caeríamos en digresiones exageradas o en lo hipotáctico).

Y comencé a disertar, adoptando una postura como displicente, de philosophe mondaine. La cámara fotográfica emitió un ruido extraño; Mar comprobó la grabación: la imagen era perfecta —o sea, yo y mi apostura—, pero el sonido, como desgarrado, a tirones, como de ruido de fondo de mercado de Estambul, afargallonado. De alguna manera nuestra pequeña Olympus —que se había batido en tantos viajes, travesías y cambios climáticos— había enfermado, gripado, estaba fuera de combate.

Recurrimos al móvil de Mar. Ya no era lo mismo. El plano medio, o sea, yo y mi apostura, se oscurecían; en cambio los libros refulgían alumbrados por los focos del techo, como depositarios y guardianes del Verbo y de la voz de los muertos, que es lo que son al fin y al cabo. Mi imagen —ahora que lo pienso— no era desacertada, funcionaba como metáfora de la carcoma, del tempus fugit. Intentamos una mejora enfocando el flexo desde el otro extremo de la habitación. Me puse un poco de crema con brillo, una de noche de Mar, de la marca Olay, para realzar mon visage. Pero aquello no mejoraba. La imagen de escritor y filósofo que yo pretendía era algo parecido a las caras de Bélmez o a esa imagen de un Ecce Homo restaurado por una vecina del pueblo de Borja apañada y filantrópica, que ha tenido hace un tiempo tanta notoriedad.

¡Mis minutos de gloria detenidos para siempre! ¡Mi imagen de filósofo llena de churretes, confusa, borrosa, irreconocible!

Una pena, Marta, porque me hubiera gustado aparecer en la tele diciendo frases lapidarias, como esta (lo cierto es que se me ocurre ahora, delante de la cámara uno se aturulla): «Sumergirnos en la lectura nos aparta del mundo, pero nos enseña a vivir en él». Spinoza había dicho que filosofar es aprender a vivir. Sí, lo lamento, porque además ayer vi a dos filósofos, dos, por la televisión, Javier Gomá y Emilio Lledó. Si hubiera salido mi grabación algunos espectadores habrían hecho lo posible por recordar mi nombre. Me veía ya como acreedor también a esa frase de Luis Martín Santos. «Ya el Gran Maestro aparecía y el universo-mundo completaba la perfección de sus esferas».

Pude ver a Gomá —una entrevista corta— porque mi mujer lo grabó. Por la noche, le escribí un correo dándole las gracias por su sensatez y sus palabras, por ventilar esto un poco, por elevarse sobre la tontuna habitual.

El programa de Lledó era en la 2 de televisión, una grabación hermosa, de esas artesanas, con voces en off, hojas muertas en los parques, nubes y vistas de Heidelberg. Me gustaba ver las imágenes de las ciudades alemanas (hemos viajado a Múnich algunas veces, hace años, a visitar a nuestro hijo Javier, que cursaba allí un máster de música). Me gustó escuchar a Lledó pronunciar algunas frases en alemán. Recordé a G. Steiner, en ese libro de conversaciones con Laure Adler, Un largo sábado: «¿Por qué el alemán vuelve loca a la gente y se presta a todo en filosofía? Porque el verbo sólo aparece al final de frases interminables. Es decir, uno puede vacilar, cambiar de idea, uno puede decir o, o, o para acabar cayendo de bruces sobre el verbo».

Alguno de los entrevistados en ese programa mencionó a Francisco Rodríguez Adrados, helenista, amigo y uno más de la cuerda de Lledó. Yo compré su libro El reloj de la historia sobre la Grecia antigua, en 2007. A la vez lo hizo mi amigo Alberto del Río, maestro y músico. Fuimos buscando en él lo que Luis Alberto de Cuenca resaltó en una reseña del libro: las reflexiones sobre el empobrecimiento educativo y las interpretaciones sesgadas de la historia que abanderan los nacionalismos miopes. Hasta quedamos un día en vernos para comentarlo. Y así fue que nos desplazamos hasta Llanes un fin de semana. Pero hablamos poco de filosofías. Tomamos vermús con ginebra, comimos estupendamente y fuimos a una taberna que ya se derrumbaba al lado de la pequeña ría a ver los toros en la tele, porque Alberto es muy aficionado.

La sidra tampoco es que me siente especialmente mal. Pero yo llegaba a aquellos días del fin de semana espectacularmente cansado de trabajos y fiestas, tareas de amor incluidas. Y se me fundieron los plomos, o se acabaron las pilas, lo que tú quieras. A duras penas me llevaron a la cama —como en el verso de Biedma— para dejarme en ella. Alberto siguió —me contaba Mar al día siguiente— hasta bien entrada la madrugada tocando el acordeón, recitando a Muñoz Rojas y haciendo volatines en el salón de su casa. Esto es lo que sucede si mezclas mal la filosofía.

Marta, me acaba de llamar mi jefa por teléfono. Voy a devolverle la llamada. Quizá tengamos alguna urgencia laboral. Dejo aquí la redacción de esta carta. Seguiré luego o mañana.

Abraza de mi parte a Enrique. Dile, por darle envidia no más, que he encontrado en el doble fondo de un estante de la biblioteca un libro de poemas de Víctor Botas, Retórica, de la colección Deva, con el patrocinio del Ateneo Obrero de Gijón.

A.

 

Jueves o viernes, Marta, otra vez encadenando días y horas sin ponerles nombre, despistado con el tiempo. Te estaba contando lo de mi entrevista para emitir en la televisión, de la que tú, que trabajas en ese medio, eres responsable. Hasta ahora no te había dado las gracias: que a uno le pongan un altavoz como ese para contar un poco lo que le venga en gana, sus obsesiones, sus cabreos y dar la tabarra insistiendo en cosas que le parecen esenciales, es un lujerío. Gracias. Y, como posiblemente esa entrevista no se emita por sus deficiencias técnicas o porque lo que yo contaba no tenga demasiado interés, te haré un resumen en este escrito.

En mi respuesta a la primera pregunta, sobre mis escritos, hablé de mis libros y luego de las cartas de estos días de encierro, que era por lo que creo que me preguntaba tu amiga Patricia. Dije cosas así: «Mis diarios son los de un lector agradecido; se escribe porque uno ama, viaja, come, vive…, pero fundamentalmente —es mi caso— porque se lee. Leer nos hace libres, “leer no permite caminar, pero sí respirar”, que es frase de Barthes». Dije que escribía estas cartas desde el día 16, que iban dirigidas a diferentes amigos, que versaban sobre la amistad y sobre los libros. En estos días los amigos están lejos, pero los libros —y esto lo dije con cierto énfasis y señalando mi biblioteca— siempre están cerca.

Hice un resumen de esas cartas: las que le envié a tu chico, Enrique; a una amiga periodista, al director de un periódico, a unos amigos italianos, Aldo y Andrea. Entre medias incrusté un largo capítulo de mis diarios sobre la presentación de mi último libro en Madrid.

Me siguió preguntando Patricia por los libros que estoy leyendo y si los recomendaría. Le dije que eso no, que no lo entendiera como falsa modestia, pero no me parecían muy adecuados para recomendar con carácter general a una masa de televidentes. Igual en las distancias cortas, de uno en uno, como pasando consulta, sí podría explicar los placeres —Umbral hablaba de lujuria, «la casta lujuria de leer»— que puede proporcionarte el ahondar en algún asunto. Un par de días antes mi amigo José Enrique, que es catedrático de literatura, había escrito un poema sobre una de mis cartas. Coincide que yo leo estos días las de Gil de Biedma, y en una de las últimas le escribe a Jorge Guillén, que ha escrito unas décimas imitando su estilo. Así que estaba leyendo teoría literaria, la correspondencia de un poeta, releyendo un libro sobre los autores de la escuela de Barcelona, hojeando otro de mi amigo J. E., La voz entrecortada de los versos… Yo me estaba dando al vicio, a ese «vicio impune» de la lectura del que hablaba Larbaud. Casi estaba alargando aquella pasión de la lectura como cuando era un adolescente. En algún lugar he visto citada una frase de Michael Ende sobre esa lectura que te arrasa, que te hace derramar lágrimas, esos momentos en que olvidas el mundo y no sientes las horas ni el frío ni el hambre…

Al final dije que leyeran los diarios de Samuel Pepys, El cuarteto de Alejandría, Rojo y negro… Y que antes de las lecturas de estos dos últimos días, de esos «altos estudios literarios» —como decía Ferlosio— yo había leído otras cosas más llevaderas y muy recomendables: lo último de Zagajewski; Las pequeñas virtudes, de Natalia Ginzburg; los poemas y prosas de Eugénio de Andrade…

A la tercera pregunta respondí dando muchos rodeos, o mejor, haciendo una introducción en la que me puse a reñir al personal. Me preguntaba tu amiga qué lecturas recomendaría a los jóvenes. Empecé haciendo admoniciones a políticos y pedagogos sobre los planes de enseñanza, en los que están desapareciendo asignaturas esenciales para el desarrollo de una personalidad autónoma, como la música o el dibujo. Luego eché la bronca a la sociedad en general y a los medios de comunicación en particular, empeñados en difundir esa cultura consumista, los mensajes a los jóvenes en los que el triunfo y el éxito son los valores que importan, sin discriminar medios, sin insistir en la importancia del esfuerzo individual. Esa cultura que todo lo iguala, para la que es lo mismo Bach que un concursante de Operación Triunfo, esa cultura que nos infantiliza y que parece estar bien porque nos democratiza, nos convierte a todos en adolescentes. Nos lleva a todos a la cultura del tuit, la del gorjeo, que es la traducción de esa palabra inglesa.

Bueno, me estoy alargando y cabreando un poco. Dije que leyeran en papel, que eso es fundamental. Que pasar la página o sentir el papel en nuestras manos lleva a una experiencia multisensorial que aumenta la inmersión cognitiva, afectiva y emocional en el contenido. Que eso crea un mapa mental, que eso ayuda a que metamos lo que leemos en la memoria. Aquí lo que hice fue resumir el estudio de unos investigadores que me había mandado mi hermano Javier, que trabaja en Madrid, en la Casa del Lector. Aunque yo no desaproveché la ocasión para citar a Nicholas Carr y hablar de ese conocimiento superficial al que nos arroja Internet.

Hablé luego un poco de los programas culturales que hay para los menores encerrados en reformatorios por haber delinquido, que sirven para fomentar la reducción de hechos delictivos, o trabajar la empatía con las víctimas. Y acabé haciendo recomendaciones de lecturas para esas edades. Los libros de siempre.

Voy acabando. La última pregunta era ¿este es un buen momento para recomendar leer a los que no leen? Dije, parafraseando a Durrenmatt, que era un momento como cualquier otro, que era una tristeza tener que insistir en lo evidente. Solté algunas frases hechas: «Dime lo que lees, cuánto lees, y te diré cómo eres»; argumenté a favor de la lectura científicamente, las áreas del cerebro de producción de inteligencia se encienden cuando lees; dije que lo imaginario, las creaciones del espíritu —esto es de G. Steiner— tienen un poder sobre el tiempo y el olvido que superan al de cualquier individuo, y no mueren. Acabé con una arenga: «Si quieres elevar el listón de tu vida, de tus gozos, tienes que leer. ¡Lee!».

Y aunque esto iba de resumirlo todo, esta carta ya se queda un tanto larga. Así que me despido de ti, Marta R. Besos y abrazos de vuestro amigo.

A.

 


Avelino Fierro (Chozas de Arriba [León], 1956), licenciado en Derecho por la Universidad de Oviedo y fiscal de Menores de León, es escritor de diarios, poemas, dibujante y coleccionista de libros. Sus textos diarísticos han visto la luz en cuatro volúmenes: Una habitación en Europa (2010-2012)Ciudad de sombra (2013-2014), La vida a medias (2015-2016)Contra tiempo (2017-2018) todos ellos publicados por la editorial Eolas.

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