Noticias de ningún lugar

Drácula en el sótano

Michel Suárez escribe, reflexionando sobre la pandemia de COVID-19, sobre el «Drácula que vive bajo los escombros del sótano y se revitaliza en medio de la credulidad, el egoísmo, la angustia y la cooperación voluntaria con el poder».

/ Noticias de ningún lugar / Michel Suárez /

Habrá que pertrecharse con jeringas infectadas de cronopios
La guerra que vendrá, de Luis Eduardo Aute, maestro de belleza.

(I) La danza de la muerte

Hasta hace unas semanas, nada hacía presagiar la existencia de amenazas apocalípticas a este lado del progreso. Una inesperada pandemia ha puesto fin al letargo optimista, llevándose por delante las fantasías de omnipotencia y revelando en todo su esplendor nuestra fragilidad esencial. La tribulación inicial provocada por el eclipse de la vida social y afectiva ha dado paso a la aflicción y la angustia. Desbordadas por las cifras de víctimas, las poblaciones se han visto repentinamente confrontadas con un atolladero civilizador; con un lado dramático de la existencia que parecía definitivamente erradicado en las sociedades desarrolladas.

Un incidente inimaginable ha puesto en peligro esa seguridad de propietarios a la que aspirábamos. «Todo parecía asentarse sobre el fundamento de la duración», recordaba Stefan Zweig en El mundo de ayer, un mundo que confiaba tan ingenuamente en la seguridad como nosotros lo hacíamos en los frutos benéficos del progreso y el crecimiento. Justo ahora que los muchachos de Silicon Valley estaban enfrascados en un apasionante debate sobre la inmortalidad y la erradicación de la enfermedad, una nueva danza macabra ha sacudido nuestras certezas exigiendo un doloroso tributo de vidas humanas. A pesar de nuestro exhibicionismo tecnológico, la guadaña de la muerte, ese eterno memento mori que no hallará entre nosotros a heraldos como Brueghel el Viejo, Hans Holbein, Goya o Martini, nos ha sorprendido tan indefensos e impotentes como siempre.

Para quienes no ven en esto más que un bache en el alfombrado camino del progreso, interpretar este panorama insólito e inesperado en términos apocalípticos se antojará excesivo; en todo caso, no cabe duda de que nos ha cortado la respiración. Está por ver si finalmente comprendemos que juzgarnos a salvo de cualquier catástrofe es vivir en el engaño. Superada la emergencia, ¿volveremos sobre nuestros pasos o revisaremos los medios y los fines, los valores y las prioridades? ¿Abriremos un debate sobre la incompatibilidad de la arrogancia fáustica del hombre y la humilde asunción de los límites? ¿Nos haremos cargo de una vez por todas de nuestra insignificancia?

De momento, la respuesta de los actores sociales a este paisaje excepcional nos da una pista sobre lo que se avecina. Evitaré, por soporíferas, las esperables refriegas entre la oposición y el equipo de gobierno, al que, por cierto, se han incorporado los representantes de la indignación y sus aparatos de propaganda. Por muy alejados que puedan parecer ideológicamente, no es difícil ver que se trata de posicionamientos solidarios y falsamente rivales: difieren en la forma de administrar la civilización de la máquina, pero no se cuestionan su existencia.

En el campo de la crítica social, el virus ha desnudado la indigencia de algunos faros intelectuales. La ocasión la pintaban calva para Agamben, quien, arrimando el ascua a su sardina, ha visto en la «invención de la epidemia» un refrendo de su tesis sobre el Estado de excepción. Debo decir que ignoro por completo el origen del virus, y aunque no suelo dar pábulo a las teorías conspiratorias, pienso que una prudencia elemental debería prepararnos para recibir con naturalidad cualquier sorpresa. Si bien la historia reciente está llena de antecedentes que autorizan las conjeturas sobre conspiraciones, eso no significa, como hace Agamben, negar la incidencia y la nocividad del virus.

Por su parte, el cool e irreverente Slavoj Žižek, tras sus cansinas bufonadas pop sobre las katanas de Tarantino (¿?), afirma que la reorganización de la economía global pasa por una reformulación del comunismo (¡!) basada en «algún tipo de organización global que pueda controlar y regular la economía y limitar la soberanía de los Estados nacionales cuando sea necesario». En otras palabras, un macro-Estado mundial cuyo poder absoluto sobre los individuos haría palidecer al Leviatán que un día imaginó Hobbes. Ante semejante lucidez, no asombrará el merecido prestigio de ambos pensadores en el mercado de la ideas radicales. Ambos hacen honor a nuestro siglo.

Majaderías negacionistas y totalitarias al margen, la pandemia ha puesto de relieve el desamparo de nuestros mayores y la triste realidad de los ancianos, víctimas propiciatorias del virus y de una civilización que los almacena como mercancías defectuosas. También ha sacado a la luz la profundidad de una desigualdad social que impedirá a muchas familias salir a flote cuando remitan sus efectos. Buena parte de los empresarios han reaccionado con la sensibilidad esperada y han mostrado más preocupación por el abaratamiento del despido que por la salud de los trabajadores. En lo que se refiere a la gente de a pie, hemos sido testigos de la misma grandeza y la misma miseria a la que el género humano nos tiene acostumbrados. Tras un momento inicial en el que se concitaron todas las insensateces, desde el desvalijamiento de los supermercados a la huida generalizada de propietarios a sus escondrijos costeros, algunas muestras de fraternidad y apoyo mutuo se abrieron paso entre el egoísmo y el desapego. Acuciado por las circunstancias, el poder apeló a la responsabilidad y al sentido cívico de ciudadanos a los que se les ha inculcado la codicia y la ambición desde la cuna. No se entiende por qué razón una sociedad de prensa rosa, fisgones digitales y másteres en gestión de recursos humanos debería condenar a esos honrados ciudadanos que se ocultan tras la cortina y corren a denunciar a los vecinos en las redes. Me pregunto de dónde sacarían los hijos de una civilización basada en la competición, que sólo ven en el prójimo un obstáculo a su deseo de prosperar, esas reservas de altruismo. Diderot estaba convencido de que un hombre que antepusiese su propio interés al bien público tendría que sentir oscuramente que había una conducta mejor y se tendría en menor estima por no ser capaz de sacrificarse. Basta echar una ojeada a las cifras de multados y detenidos durante el encierro domiciliario para comprobar el error del filósofo.

El triunfo de la muerte, de Brueghel el Viejo (Museo del Prado)

(II) Una pandemia de credulidad

Pero si la pandemia vírica ha suspendido la vida pública, una pandemia de credulidad ha puesto en cuarentena el espíritu crítico y la rebeldía. Con la idiotez y la servidumbre intelectual sucede lo contrario que con la lucidez: todo el mundo se cree vacunado contra ellas. No me refiero a hechos ingenuos como el asombroso incremento de ofrendas online a la Santina de Covadonga, o a las estampitas de la Virgen de Guadalupe que blande el presidente mexicano para conjurar el virus, sino a la aceptación acrítica del discurso de quienes nos pastorean.

Comencemos por la epidemia de señores con uniforme. Si a la militarización de la sociedad le había precedido la militarización del lenguaje, el discurso sobre la unidad nacional frente al enemigo ha espoleado una retórica belicista que invitaba a ponerse el uniforme. «Esto es una guerra», aseguran, así que es preciso estar «todos a una», «arrimar el hombro», dejarnos de «batallas estériles» y ponernos en manos de la «vanguardia sanitaria».

En esta original modalidad de esfuerzo bélico, la intelectualidad consagrada ha aportado lo suyo: «Hay momentos en la vida en que necesitamos un padre que nos explique cómo comportarnos. Y hay momentos históricos en que ese papel lo debe hacer el presidente de la nación», escribe una reconocida escritora. Así, atendiendo a los ruegos de quienes necesitan que les digan cómo comportarse, desde los altares televisivos el sumo sacerdote de la nación conminó a los señores de la guerra a dar un paso al frente. De este modo tan natural, la protección, defensa y amparo de la población se pusieron en manos de los profesionales de la violencia.

En un gesto que le honra, el primero de los españoles incorporó la Guardia Real a «la lucha contra el coronavirus», lo que acredita a Su Majestad el Rey como «el primer soldado de España», según manifestó un general que comenzaba sus alocuciones televisivas con un «sin novedad en el frente» y llamaba «soldados» a los vecinos de los balcones. En otro tiempo, hombres como este habrían hecho fortuna escribiendo guiones para los Hermanos Marx.

Lo cierto es que todo comienza a clarear cuando cunde el pánico: sin rastro de una cultura cívica digna de ese nombre y sin mecanismos colectivos de autoprotección a los que aferrarnos, no hemos tenido más remedio que encomendarnos a unas autoridades que a la hora de tomar medidas drásticas no han dudado en echar mano de los símbolos nacionales. La idea es más o menos esta: en un mundo ordenado que se hunde en el caos, sólo el orden castrense puede ayudarnos. Es difícil comprender por qué motivo los patriotas, «imbéciles orgullosos de haber nacido en alguna parte» (Brassens), combatirían más eficazmente una pandemia que la cooperación comunitaria, pero debemos reconocer que la baza del patriotismo es una jugada maestra. Hay pocas cosas que enfundarse en una bandera no resuelva. El patriotismo posee una gran ventaja: no es propiedad de nadie; la abrazan los caciques de todos los colores que gobiernan este país desde tiempos inmemoriales y los patriotas de abajo que han cambiado las plazas por los escaños.

Así pues, los portavoces de nuestras miserias no han cesado de invocar la unidad nacional para vencer en esta guerra. A decir verdad, tampoco me explico cómo se puede declarar públicamente la guerra a un virus sin pasar algún que otro apuro; especialmente si los declarantes son representantes del Estado, que ahora, para sorpresa de nadie, apelan a la solidaridad. Sé que es inútil insistir en el escepticismo estatal sin pasar por un panfletista. Pero basta abrir las carpetas con la pegatina Top Secret para confirmar que no hay un solo Estado que no haya actuado a espaldas de y contra sus ciudadanos. Y no me refiero a la mala legislación o al mal gobierno, sino a su esencia. En virtud de su opacidad, concentración de poder e intereses creados, cualquier Estado tiende a ser tan corrupto como pueda llegar a serlo una institución.

Abundan los ejemplos. Recordemos la penúltima gran crisis de 2008. Sostengamos nuestros dogmas librecambistas, dijo el Estado, por aquel entonces con la máscara intervencionista, antes de socializar las perdidas y lanzar el salvavidas a los responsables de una criminal estafa financiera. En un ejercicio de ingenio del que deberíamos aprender, soltar el lastre de la población más desfavorecida se llamó repartir las cargas entre todos.

En 2011, en medio del pánico general y con la lección de Chernóbil presente, tras la fusión del reactor de Fukushima, el Estado japonés afirmó que, exceptuando a unas ciento cincuenta mil personas (¡¡!!), no existían «riesgos significativos para la salud humana». Calculando que el efecto de los isótopos radioactivos se haría sentir durante doscientos cincuenta mil años, el Estado tomó una medida extraordinaria para velar por la salud pública: incrementó veinte veces el nivel de radiación asumible para los seres humanos en aquella región, niños incluidos. De esta forma tan brillante se ahorró los costosos programas de limpieza y conjuró el peligro de la radicación; pero, sobre todo, tranquilizó a las corporaciones patrocinadoras de los Juegos Olímpicos, que ahora se han quedado a dos velas con el apagón vírico.

Otra consecuencia original de esta danza de la muerte es el repentino celo filantrópico de las corporaciones y los multimillonarios. Mientras anuncian donaciones y ayudas de emergencia, la ciudadanía, complacida en la adulación, los ha designado héroes. Han sabido, dicen, situarse a la altura del momento. Hasta los deportistas de élite han puesto su imagen a disposición del sacrificio general: «Ahora todos somos iguales, debemos quedarnos en casa», se le ha escapado a un conocido piloto de Fórmula 1.

La banca, el capital especulativo e inmobiliario y las grandes empresas se han sumado a un maratón solidario que, a simple vista, parece inatacable. Pero sólo a simple vista. Un crédulo diría que se trata de una conversión repentina de gentes de buen corazón a la causa común; un cínico, que su generosidad responde al temor de que la pandemia los deje sin mano de obra y sin clientes. A este último no le faltarían argumentos. Con las garras de la muerte amenazando el territorio estadounidense, el presidente Trump berreaba a sus compatriotas: «Mantengan la calma. Desaparecerá. Van a pasar muchas cosas buenas. El consumidor está preparado. El consumidor es muy poderoso en este país gracias a lo que hemos hecho con los recortes fiscales, con los recortes en normas reguladoras. El consumidor nunca ha estado en mejor posición que ahora». No vaya usted a pensar que Trump es el único que ve consumidores en lugar de personas. «¡Consuman!» fue también la palabra de orden en los discursos de investidura de Zapatero, Bush y Lula, hombres mucho menos diferentes de lo que parece a simple vista.

«Algo está cambiando para bien en la percepción de nuestro gotha empresarial, durante estas semanas tremendas», afirma con emoción el director de un diario conservador. Al menos eso parece a juzgar por las declaraciones de Ana Botín, presidenta del Banco Santander, una institución que se desvive por «mantener a flote a la sociedad española y proteger a los países claves de América Latina», en las que afirma que la misión de la entidad es «contribuir al progreso de las personas y las empresas, tanto en los buenos como en los malos momentos, para crecer y crear empleo lo antes posible». Buena prueba de la preocupación de la señora Botín por el progreso de las personas son los más de dos mil setecientos millones que su banco ha prestado a la industria de armamento nuclear.

Sin embargo, en relación al tema de las donaciones a la sanidad pública, el caso que más polvareda ha levantado es el del fundador de Inditex. Encarnación del verdadero héroe de nuestro tiempo, este hombre audaz, creador de riqueza y de puestos de trabajo, este triunfador que ha llegado hasta lo más alto a base de tesón y capacidad, no se olvida de sus compatriotas cuando vienen mal dadas. El señor Pedro J. Ramírez lo ha expresado a las mil maravillas en su excelente panegírico:

«Amancio Ortega, el hombre humilde que, desde el más modesto de los entornos, tuvo una idea, la desarrolló con tenacidad indesmayable, se rodeó de los mejores profesionales a su alcance, construyó un imperio comercial que abarca los cinco continentes, generando miles y miles de empleos directos e indirectos en España, se convirtió en el primer contribuyente del país, y con toda la discreción y el pudor imaginables dedica una parte sustantiva de su patrimonio a ayudar a los demás, mediante donaciones que salvan vidas y ahorran sufrimiento. Amancio Ortega es un Grande de España y quienes le colocan en el punto de mira de la envidia, pigmeos despreciables que emergen como los detritos, cuando la tormenta hace rezumar la alcantarilla».

Sin embargo, cuando la alcantarilla deja de rezumar, recuperados de la emoción por su desprendimiento, resulta conveniente apartarse del griterío de los aduladores y observar con desapasionamiento las bases materiales y morales de su fortuna, así como las desastrosas consecuencias sociales y ecológicas de su actividad. Lo que comprobamos es que su corporación, pionera en el modelo fast fashion de circuito corto y altamente dependiente de la industria petroquímica, ha jugado un papel crucial en el proceso feroz de especulación inmobiliaria urbana desatado en las últimas décadas, así como en la reestructuración de un paisaje comercial que ha dañado profundamente al comercio local y barrido a un gran número de artesanos. Pese a esto, lo sorprendente es la ceguera general ante el hecho de que ha erigido su imperio sobre la desgracia de miles de seres humanos.

Precursora de un modelo de negocio que transfiere la producción a los confines del planeta con el fin de aprovechar las ventajas comparativas de una mano de obra famélica y acelerar el retorno del lucro, la corporación textil se ha amparado con frecuencia en la responsabilidad de las subcontratas para lavarse las manos cuando ha tenido que afrontar denuncias por trabajo esclavo y explotación infantil. «Al menos, replican sus palmeros, esa gente sobrevive y no se muere de hambre». Este argumento posee dos virtudes: exculparlo y presentarlo como benefactor. En esta época de emprendedores visionarios, servirse de la necesidad de la gente para someterla a trabajos infames mientras te llenan los bolsillos no es reforzar el sistema, sino velar por los trabajadores. Pregúnteles a esos niños qué les parecen las donaciones del jerarca; y de paso pregúnteles también por el significado del término confinamiento. Explíqueles por qué deberían darle las gracias por mantenerlos con vida mientras contribuyen a su gloria. Son las reglas del comercio mundial, me dirá. De acuerdo; entonces, vaya a exponerles las ventajas de la globalización a las madres de los centenares de niños muertos en Plaza Rana, a los que impidieron abandonar el edificio en llamas de Bangladesh en el que trabajaban en condiciones aberrantes. No es difícil imaginar la desolación de Lewis W. Hine si pudiese contemplar los efectos del progreso un siglo después de que retratase el infierno de explotación infantil de la industria textil norteamericana. Por lo demás, tampoco hace falta ir muy lejos; las envidiosas costureras de las cooperativas gallegas de la confección arruinadas por este Grande de España podrían contarle con pelos y señales cómo y sobre quien se funda un imperio comercial.

Mientras el tono inflamado de sus hinchas se fundamenta en su derecho a enriquecerse, los indignados gubernamentales se han limitado a condenar su caridad y las técnicas de ingeniería financiera que le permiten donar la mitad de lo que defrauda legalmente. Sobre la legitimidad de su fortuna no tienen queja. Tampoco sobre la forma de obtenerla.

Es difícil explicar esta mansedumbre, esta credulidad que refleja la putrefacción del alma. En el tiempo de las escuelas de negocios y la inteligencia emocional, ¿quién se interesa por la decencia? ¿En qué terreno enraíza la moral de los negocios corporativos? ¿Acaso se puede afirmar sin estallar en una carcajada que la actitud de Telefónica, ACS, Iberdrola, Endesa, El Corte Inglés, Sanitas, Mapfre, Mercadona, Bankia, no es ya filantropía, sino responsabilidad social corporativa? ¿Debemos pensar que estos devotos del beneficio a cualquier precio son tan iguales ante la ley como un feriante o una cajera de supermercado? ¿Piensa usted, lector, que la galería de rostros institucionales y uniformados encuadrados entre la bandera nacional y el retrato de un monarca sirve a su causa? ¿Cree sinceramente que Monsanto, Inditex, Amazon, Google o la banca abrazan su causa? ¿Qué causa es esa?

Necesitaríamos un Balzac para denunciar que detrás de cada gran fortuna hay un crimen. Un Balzac, nada menos. ¿Y dónde lo hallaríamos? Las épocas se definen por sus héroes y sus escritores.

Danza de la muerte, de Michael Wolgemut

(III) Drácula

Nadie puede afirmar con seguridad qué ocurrirá cuando, concluido el estado de alarma, se compruebe el alcance del destrozo económico; pero no cabe dudar de que desde el Estado se nos conminará a renovados sacrificios. Volveremos igualmente a escuchar las «fanfarrias con que los neo caníbales de la desregulación atruenan el mundo», y las grandes empresas exigirán que se «suministre aún más dinero y más libertad de corsario a los que están comiendo el mundo, para que se lo puedan comer más deprisa, pues esto y sólo esto crea más puestos de trabajo, siendo desde luego irrelevante qué se produzca de bello, superfluo o incluso asesino en tales puestos de trabajo» (Amery).

Los voceros estatales se han apresurado a sentar las bases de un nuevo compromiso ciudadano «con el Estado democrático». En El País, Joaquín Estefanía, haciendo memoria, receta unos Nuevos Pactos de la Moncloa que, como los anteriores, incluyen el masoquismo popular: es preciso, dice, «exigir de cada grupo social la asunción de sus responsabilidades frente a la crisis económica», unas responsabilidades que demandarán «sacrificios compartidos de todos los grupos sociales». Naturalmente, cuando se refiere a «cada grupo social» o a «todos los grupos sociales», debemos entender los «mismos grupos sociales de siempre».

Los representantes mediáticos de los corsarios tampoco se han cruzado de brazos: «Esta vez —avisa el señor Pedro J. Ramírez—, o tiramos por elevación y tendemos la mano a quien sabe cómo dárnosla o nos hundiremos sin remisión y caeremos muy hondo». Como a la hora de la verdad las rencillas no cuentan y es un tremendo error seguir enfrentando lo público a lo privado, siempre en nombre del bien general, es necesario promover un espíritu de entendimiento entre el Estado y el Capital. Ambos, continúa este señor, «aportarían los mejores carpinteros del reino con las «sierras, las azuelas, los escoplos, cepillos y escofinas» que Terencio atribuye a la «carpintería de los Dioses» y, una vez cincelado el plan por técnicos capaces unirían sus importantes recursos a los procedentes de las arcas públicas, generando una dinámica de sacrificio, recuperación y victoria. Con ellos sí podríamos».

En esta hora angustiosa, cuando todo es incertidumbre, ¿no es un consuelo saber que los Pulitzer patrios convocan a los clásicos para que guíen su pluma? ¿No reconforta comprobar cómo los prebostes de la prensa nacional invocan a Terencio para recordarnos ese principio superior del bien general? Y hablando de clásicos, acabo de recordar esta frase de Tácito: «aquello parecía más desastre que remedio». No sé por qué me ha venido a la mente; será porque no es lo mismo pedirle sacrificios a un teleoperador que a un banquero. Y al hilo de las dinámicas de sacrificio y los sacrificios compartidos, el señor Ramírez podía haber citado lo que Petronio decía sobre los vencedores: pasado un tiempo, a los ruegos añadieron las amenazas.

*

Sin embargo, si, como se barrunta, las consecuencias económicas se vuelven dramáticas, la amenaza que podríamos enfrentar tras la pandemia es mucho más inquietante que las derivadas de la aplicación de nuevos planes de choque neoliberales pilotados por el Estado. En 1998 se publicó un ensayo que llevaba por título: Auschwitz. ¿Comienza el siglo XXI? Hitler como precursor. Desmarcándose tanto de las tesis psicohistóricas que responsabilizaban de todo lo sucedido a la perversidad congénita de Hitler como del economicismo marxista que achacaba a las necesidades del gran capital la emergencia del fascismo, su autor, Carl Amery, un viejo socialdemócrata transferido a las filas del ecologismo, colocaba la incomprensible aceptación popular del argumentario nazi en la Alemania de los años treinta bajo una luz critica. Según la tesis de Amery, en un momento de crisis que combinó carestía material con desorientación existencial, el discurso hitleriano prometió un futuro de seguridad, prosperidad sin fluctuaciones y liderazgo en el contexto internacional, mientras hacía hincapié en la impotencia de las soluciones humanitarias para salir del marasmo civilizador.

En gran medida, el odio que Hitler sentía por el judaísmo, un «bacilo satánico y antinatural» (nótese la caracterización del judaísmo como pandemia), derivaba de su adhesión al pacifismo, el humanismo y el internacionalismo. Mediante una retórica confusa que mezclaba atavismos raciales y vernáculos con la fe en la ciencia y la tecnología, el hitlerismo insistió en que sólo un Estado omnipotente que llevase a cabo un proceso selectivo de la población podría garantizar a una minoría elegida las conquistas materiales de la civilización. La primera sacrificada en este proceso sería la dignidad humana, pero eso no fue un obstáculo para quienes estaban en el bando genéticamente correcto y se sentían a las puertas de una regeneración civilizadora.  

Poco antes de la paranoia represiva desatada por el ataque a las Torres Gemelas, Amery advertía de que «sería una ingenuidad imperdonable» pensar que en las próximas décadas no se pudiera «revivir dicho programa, purgado de su craso diletantismo y revestido de un brillo y un vocabulario científicos». Puede que Auschwitz no fuese una «simple catástrofe natural sin vínculo alguno con el devenir ordinario de la historia, sino una anticipación primitiva de una opción posible del siglo que comienza», declaraba el ecologista alemán.

En efecto, el horror provocado por la magnitud de los crímenes del nazismo hizo pensar que la humanidad había aprendido la lección y estaba preparada para rechazar este tipo de ofertas regeneradoras. Pero lo cierto es que el mundo del Estado del bienestar está mucho menos preparado para «rechazar la oferta básica de la fórmula hitleriana de lo que lo estaba la confundida sociedad de 1933». La «cesta de productos del llamado mínimo existencial», así como nuestras comodidades y nuestro abotargamiento, se ha ampliado de tal manera que «se ha convertido en el verdadero eje de la política». A nadie se le escapa que, en tiempos de normalidad o de crisis, aquellas formaciones políticas que incluyan en sus programas un recorte significativo de la capacidad adquisitiva e insinúen siquiera una ralentización del desarrollo tecnológico se encontrarán de inmediato fuera de la carrera por el poder.

Habiendo absorbido hasta el tuétano los valores de la sociedad del bienestar, es fácil suponer que la población en su conjunto se resistirá a su derrumbe con uñas y dientes. Suplicaremos por ella; y no sería sorprendente que ese «ochenta por ciento de la población que no tiene ninguna posibilidad de acceder a los puestos millonarios y luego votan a la extrema derecha y matan a palos a los extranjeros» se resistiese tan encarnizadamente como el prototipo de ganador, «el frágil antisocial, el bolsista o el yuppie enganchado a los medios de comunicación» que, armado con su «credo neo caníbal, pega al parachoques de su Porsche una pegatina que dice: ‘¡Vuestra pobreza me asquea!».

En la actualidad, se calcula que gracias al progreso tecnológico un veinte por ciento de la población puede encargarse de la producción deseable para la economía mundial; el resto «es población flotante o superflua» contenida, de momento, en los límites de los Estados-nación. Empero, en nombre de la «salvación de la civilización y del nivel de vida», pudiera darse el caso de que en un momento de crisis aguda fuese necesario «deshacerse de ella», o mantenerla a raya, y de paso de los derechos individuales y de las minorías.

Amery avisaba que en este proceso de selección no se puede ignorar el papel de la medicina. La medicina actual sigue «un criterio mecánico de la humanidad» y carece de escrúpulos: «habrá que tomar decisiones éticas sobre quien debe continuar conectado a la máquina y quien no». De hecho, mientras las aseguradoras sanitarias hace tiempo que se valen de los algoritmos para excluir a la capas sociales más desprotegidas, la actual escasez de inhaladores en algunos hospitales ya ha puesto a los médicos en el brete de decidir quienes deben ser descartados.

La tentación totalitaria en mundo fragilizado y amenazado con el colapso es menos hipotética y alarmista de lo que parece. Carl Amery apuntaba en su ensayo a una crisis ecológica como el probable detonante para la implementación de medidas social darwinistas y de control social. No obstante, también admitía la posibilidad de que otros factores, como la actual pandemia, sirviesen de excusa para la propagación de discursos de regeneración con sus propios catálogos de chivos expiatorios.  

El gran temor de la hora actual es que ese Drácula que vive «bajo los escombros del sótano» y se revitaliza en medio de la credulidad, el egoísmo, la angustia y la cooperación voluntaria con el poder podría estar deambulando ya con su disfraz de autócrata salvapatrias sin ideología o de «planet manager con mejores y más discretos métodos de vigilancia y selección». Si finalmente se instalase a los mandos del Estado con el respaldo de una población resignada y amenazada por la carestía y el caos, no dudaría en aplicar la mano dura para garantizar el control de los recursos y un alto nivel de vida en términos de consumo para una fracción de la población. Por si fuera poco, ese poder policial-militar de nuevo cuño se encontraría con que los legisladores públicos, mediante un conjunto de leyes draconiano que ha recortado brutalmente los límites de la protesta social y la insumisión, ya le habían hecho el trabajo sucio. En nombre de la seguridad nacional, la ley mordaza y la ley de Seguridad Digital, fruto de un decreto ley elaborado y aprobado por el PSOE, con la abstención de Podemos, han menguado de tal manera las libertades cívicas que levantar la voz para objetar se ha convertido en un ejercicio de alto riesgo. Sólo de pensarlo, Drácula se relame.

                                                                *

Si nos tomamos en serio la retórica belicista del Estado deberíamos suponer que el orden anterior a esta crisis era la paz. Esta suposición resulta problemática. Sería ocioso abundar aquí en eso que usted, informado lector, sabe de sobra; incidir, por ejemplo, en que el hambre en el mundo no ha cesado de crecer durante el último lustro, alcanzando registros de hace una década y poniendo en entredicho el cumplimiento de los objetivos del oxímoron del desarrollo sostenible que hablaba de un mundo sin hambrientos en 2030; incidir en las guerras desatadas por recursos energéticos, en el incremento de la población reclusa, en las legiones de seres humanos vagando por los bordes del mundo desarrollado intentado poner un plato de lentejas en la mesa de sus hijos, en el horror turístico, en la especulación inmobiliaria, en una cultura rendida al negocio del entretenimiento, en el uso innoble de la libertad, en ese otro confinamiento cotidiano en los bloques de colmenas de cualquier megalópolis, en el patriarcado, en la creciente población flotante, en la militarización del mundo, en el aumento de control social, en el racismo, en la adoctrinación, en la manipulación mediática, en el consumo suicida, en la dictadura de los monopolios corporativos.

«Echad un vistazo alrededor», escribía a medidos del siglo XIX Alexandr Herzen:

«¿Veis algo que sea capaz de inspirar a la gente, de levantar a los pueblos, de poner en marcha a las masas? ¿Pueden conseguirlo el aritmético panteísmo del sufragio universal, el idolátrico amor por la monarquía? ¿Pueden conseguirlo la supersticiosa fe en la república o las reformas impulsadas desde los parlamentos? ¡No y mil veces no! Todas esas excusas palidecen, envejecen y caducan como antaño los dioses del Olimpo fueron barridos en cuanto bajaron de los cielos derrocados por los nuevos ídolos que se alzaron en el Gólgota».

El excelente Herzen no se imaginaba que un año después de su muerte, el pueblo de París, siguiendo sus consejos, organizaría la Comuna.

En la actualidad, lo que es «capaz de inspirar a la gente, de levantar a los pueblos, de poner en marcha a las masas» es exactamente todo lo que se desaconsejaba Herzen. Lamentablemente, cada día es más difícil rastrear indicios de fraternidad y compasión, vestigios de una economía moral que priorice las necesidades sociales y espirituales sobre las económicas. El patriotismo, la unidad nacional y la ética de los negocios nos han extirpado la memoria de que la única garantía de derechos individuales y colectivos es la protección mutua. Así pues, no me atrevo a proponer una salida a este panorama estremecedor, más allá de recordar la advertencia de Amery y señalar que la más urgente de las tareas es deshacernos de la credulidad y de la aceptación estoica del autoritarismo policiaco-militar: quitarnos el uniforme y hablar con los vecinos. Dejarse engatusar por la filantropía de la banca y las corporaciones que, sin duda, volverán a hincar sus colmillos sobre el bien general es el primer paso de la ruina. El segundo, abogar por una defensa de lo público por un refuerzo del Estado; esta ceguera convertirá en salvadores a los charlatanes de la víspera, encargados de devolverles con creces sus donaciones a los dueños del dinero.

En el fondo, nuestra credulidad enraíza en el temor a perder un estilo de vida edificado sobre el miseria de la mayoría. Así, seguiremos asumiendo la condescendencia que nos lleva a tragarnos todos los anzuelos que el sistema hace colgar de su caña siempre y cuando el salario sea lo suficientemente tentador. Mientras en los supermercados del bienestar —donde, como en la moda, ya no hay temporadas— continúen disponibles una media de cuarenta mil productos seguiremos consumiendo sin preguntarnos qué ocultan los tomates madurados con gas etileno, la carne con escherichia coli y el plástico de Inditex.

Hay motivos para pensar que el modo de producción y distribución capitalista seguirá favoreciendo la propagación de pandemias; si nos sorprenden tan crédulos y egoístas como ahora, Drácula llamará a la puerta de nuestro sótano y la tentación de liberarlo será irresistible. «Pagaréis el castigo por la paz que habéis pedido», escribió Lucano. Si le pedimos la paz a Drácula, lo pagaremos muy caro.


Michel Suárez (Pola de Siero, Asturias, 1971) es licenciado en historia por la Universidad de Oviedo, con estancia en la Faculdade de Letras de Coímbra, y máster y posteriormente doctor en historia contemporánea por la Universidad Federal Fluminense de Río de Janeiro, con estancia en París I, Panthéon-Sorbonne. Además, edita y es redactor de la revista Maldita Máquina: cuadernos de crítica social. Lo fundamental de su pensamiento fue abordado en esta entrevista para EL CUADERNO y está condensado en su ensayo El fondo de la virtud.

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