Diarios de cuarentena

Avelino Fierro desde su celda (25, 26 y 27)

Nuevas páginas del diario de cuarentena Avelino fierro, con notas sobre sus lecturas y relecturas de confinamiento, de Gaziel a Machado.

[EN PORTADA] Detalle de Antonio Machado, de Joaquín Sorolla (1917)

Lunes, 6 de abril. Notas de lectura.

Los cielos siguen grises, pero de forma imprevista, casi súbita, como iluminados por el fogonazo de un fotógrafo celeste, los edificios se han vuelto rojos. Cruza una paloma y se han dorado sus alas. Este día idiota y triste se ha ruborizado, pintado con los colores —ya sé que mentirosos— de un otoño, que a saber cómo llegará.

Tarde de rutinas de encerrado, día igual a todos los demás. Hace unos minutos estaba absorto en lecturas que me ayudaban a no pensar, embebido en otras luces. En una anotación del diario de Marià Manent, de 1920, se habla de las flores de abril. Describe las rosas de un patio vecino, de color crema, pequeñas: «A veces su imagen se espeja en un barreño de zinc, lleno de agua inmóvil, que mezcla las rosas con el cielo azul o con fragmentos de una nube que pasa».

Y de ahí he ido a buscar frases en los escritos de otro catalán. Acaricio las cubiertas mordidas por el tiempo —la edición es de 1915— del Diario de un estudiante en París, de Gaziel. Al estallar la guerra del 14, Gaziel (Agustí Calvet) está en París, ampliando sus estudios de filosofía. Anota sus impresiones de aquel mes de agosto que luego comenzarán a publicarse a su vuelta en España en septiembre en La Vanguardia. Desde la casa de huéspedes Durieux en que reside —balzaquiana por los cuatro costados, se dice en el prólogo— describe calles, personajes, bombardeos y zozobras. La marcha de las tropas desde la Estación del Este. Las tiendas cerradas, en las que en muchas de ellas aparecen carteles. «El propietario de la tienda, perteneciente al 8.º Cuerpo de Cazadores, ha partido a la guerra. ¡Viva Francia!».

En una anotación, con la que comienza el miércoles 5 de agosto, describe una situación tan parecida a la de casi todas las ciudades de hoy:

«La gran metrópoli dormita en silencio, como una ciudad provincial. Ha muerto en París casi toda la vida del espíritu. No hay museos, exposiciones, conciertos ni teatros; no hay  impresores ni libreros. No hay más que soldados. De todas las nobles instituciones de cultura, sólo permanece abierta, como un faro en la noche, la Biblioteca Nacional, con dos únicos lectores: mi amigo Trabal, en la sección de manuscritos y yo, en la de impresos».

He seguido leyendo, acuciado por el presente de indicativo. En el periódico El País del sábado 4 de abril, Muñoz Molina dice que es el tiempo verbal que mejor expresa lo que vivimos ahora mismo, el que nombra los hechos en el instante en que suceden. El diario es la escritura natural de este tiempo. También leí en ese periódico un artículo de Siri Hustvedt sobre los días de hoy en Nueva York, esa ciudad que no me ha interesado nunca, pero esa crónica nos la acerca, nos pone a pasear un poco entre el miedo de sus calles.

En otro suplemento cultural, un historiador español entrevistado responde: «La única lección de la historia es que no aprendemos las lecciones de la historia». Yo subrayé otra de sus frases: «A pesar del progreso técnico y científico, el ser humano queda tan inmoral y tan estúpido como siempre». Me levanto, echo un vistazo a las estanterías y tomo el libro de Norbert Elias, La soledad de los moribundos, editado hace casi cuarenta años. Leo este párrafo:

«El progreso en combatir las enfermedades, sobre todo el control que se ha llegado a adquirir sobre las epidemias de carácter infeccioso, es responsable en gran medida de este proceso de crecimiento ciego, peligroso, no planificado. ¿Qué se pensaría de una persona que, a la vista de este peligro de crecimiento explosivo de la población, deseara volver al pasado mejor, con los frenos malthusianos al crecimiento y sus apocalípticos jinetes: Peste, Guerra, Hambre y Muerte temprana?».

Después de deslizarme en esas prosas ásperas, en ese túnel, tenía que dar un volantazo hacia espacios más abiertos, hacia los verdes prados de algunas formas de la poesía. Y visité a Juan Gil-Albert: «Mientras vivimos nunca registramos/ que ya estamos viviendo. Nos parece/ que la vida vendrá, será otra cosa…». Releí al azar algunos versos del libro de John Burnside, Conjeturas y esperanzas. Acabé recitando ese poema, el mejor que conozco sobre ese otro confinamiento, el encierro obligatorio de la mili; en él encaja bien hasta la dedicatoria (a Rocío Arana). Ese poema de Julio Martínez Mesanza sobre el que he dibujado a lápiz una garita (sé sus formas de memoria tras vivir tantos años junto a los muros del cuartel de Almansa) y las afueras de una ciudad en la noche: «Yo vi en marzo la nieve de Pamplona,/ cuando no merecía luz ni casa./ Al alba, los ingobernables mulos,/ los caballos escuálidos y el frío./ De noche, las interminables guardias,/ las estrellas cansadas e infinitas».

Martes, 26. Antonio, estos días he recordado tu Manual de escapología. Hablas de treinta huidas para evadirse de este mundo de hoy al que tú llamas de marea alta. Pienso ahora en la que habla de escaparse hacia ese jardín cerrado, lugar natural e íntimo. Las circunstancias, sin embargo, nos han obligado a permanecer en casa, nos han cortado las alas. Y hay casas poco habitables, que se nos caen encima. Recuerdo un artículo del profesor de arte Ángel González, cuyo título era «Donde se asegura que un piso no es una casa». Era muy entretenido lo que contaba, se enredaba en digresiones sobre las habitaciones de hotel y la nostalgia que sentimos al apagar la luz en ellas en una ciudad extraña, sobre las fogatas que encienden los vagabundos en las casas abandonadas. Sobre la Casa Farnsworth de Mies, sobre la de Mario Praz en Via Giulia… Yo leí el libro de Praz La casa de la vida, una obra deliciosa. Pero creo que no viviría en ella, acabaría abrumado por la decadencia, por la sophistication y los ácaros.

No tendría por qué ser muy complicado acondicionar esos reductos íntimos de los que hablas, los studiolos y cabinets du sage. Me ilustras con tus páginas sobre lo que decía Erasmo: debe tener libros y retratos de hombres ilustres y estar en conexión con la capilla. He leído en otra parte cómo era aquella torre en la que escribía Montaigne. Umbral decía que bastaba una habitación de cinco por tres metros. En la portada de su libro Los políticos aparece escribiendo en el suelo de una habitación, desnudo, con su portátil, una calavera con flores y sus botines al lado. A ver cuándo podemos salir así en una de nuestras portadas.

La habitación desde la que yo te escribo ahora es rectangular, con estanterías de libros hasta el techo, libros por el suelo —hay que sortear esas pequeñas torres para llegar a esta mesa también atestada de papel encuadernado—. Para escribirte he creado un cierto atrezzo: he puesto cerca un retrato de Rilke y escucho La Pasión de San Marcos, de J. S. Bach, que es lo obligado en este Martes Santo. Hay pocos objetos en las paredes: un grabado de Giacometti, otro de Plensa, otro de Ramón Gaya. Y siempre, y por temporadas, está a la vista la portada de algún libro, algún autor tutelar. Estos días le ha tocado a Pasolini y sus Escritos corsarios.

Si tuviera dinero y Adolf Loos viviera, le habría encargado que hiciera algo en este interior, uno de esos espacios sensoriales en los que el ambiente se adhiriera a sus ocupantes, como la ropa sobre la piel, con una presión específica en cada caso. Loos utilizaba materiales que podrían describirse —dice M. Quetglas— desde la impresión que dejan en las yemas de los dedos, en la palma de las manos. La textura, los efectos de contraste, la luz… son importantes. Aquí la luz entra por un ventanal doble a mi izquierda. Como no hay cortinas, en las horas de la mañana bajo las persianas si el sol entra deslumbrando. Es cuando estoy mejor; me recuerda a esa concentración en un espacio mínimo de los tiempos de la oposición, es un refugio pacífico y consolador, como un claustro materno. Ese estar en sombra favorece la escucha del pálpito de la sangre y de los latidos del corazón, si es que quieren decirte algo.

El jardín del que tú hablas, el hortus conclusus, que pasa a ser locus amoenus en el Renacimiento, se presta, más que a la reflexión, a las conversaciones o encuentros propicios al amor. Hay jardines muy literarios, como el de la novela de Bassani, excesivo en su tamaño (diez hectáreas y una docena de kilómetros de avenidas). La villa en la que se recluyen los personajes del Decamerón también está dotada de pequeños prados y hermosos jardines. Hay jardines monásticos, con una pequeña fuente en el centro de la que manaría la vida y cuatro parterres que simbolizan los evangelios. Otros medievales, siguiendo preceptivas numerológicas o desarrollando laberintos.

Con mucho menos vale, ¿verdad? Hace poco mi amigo César Iglesias me regaló un librito que te recomiendo, Jardines en tiempos de guerra, de Teodor Cerić. Hice en él dibujos de lugares sofisticados junto a otros de casi indescriptible modestia, como ese que acompaña al relato en el que el narrador describe el huerto de su padre, a la sombra de un inmueble comunista de veinte pisos en los arrabales de Sarajevo, en el que las plantas brotan y crecen insolentemente hacia el cielo. Escribe el narrador: «Sí, me dije —y el mar de plomo me observaba mudo sin contradecir ni asentir—, plantar un jardín es algo que siempre vale la pena».

Sé que Byung-Chul Han, un filósofo al que sigo, tiene también un libro sobre jardines. Me lo dijo mi amigo Roberto, que tiene su estudio de escultor en la calle Piamonte, en Madrid. Otro lugar ameno, en el que yo he estado encerrado, charlando mientras la luz mengua.

Una habitación, libros, dejando que la Verdad, la Belleza, y el Arte te envuelvan, te vayan abrazando. Tampoco hace falta tanto para estar sobre las cumbres del corazón, para llegar al último reducto de las palabras, a la última morada del sentimiento; losas de piedra bajo las manos, donde florecen yerbas ignaras y un gran pájaro gira —como decía Rilke—. No se necesita a veces tanto, ¿no crees?

Recibe un fuerte abrazo.

A.

Miércoles, 27. Antonio, anda el sol en este Miércoles Santo a medio gas, tratando de arrancarse con el día o pensando en seguir en duermevela; un poco así estoy yo, esperando que el café me empuje hacia la mesa de escribir. Esta mañana mustia, destartalada.

Ayer, a última hora de la noche, cuando encontré vuestro correo en el ordenador, el de Marisa Cuerda y el tuyo, pasé un buen rato. Queríais propagar la poesía, infectar lo más posible con ella a los amigos: guerra lírica contra la ofensiva vírica. «Mande Vd. este poema a veinte amigos…». Esa era la idea, aunque en vuestro mensaje no hay amenazas como las de aquellos primeros tiempos de las cadenas de mensajes en los albores de la informática: «Fulanito no rompió la cadena y su madre se curó de un cáncer; Menganito no cumplió debidamente, su negocio quebró y se partió las dos piernas». Te copio este tan tremebundo que acabo de ver en Internet: «Hola, soy Mikaela Pérez, nací en Santa Fe capital. Morí en un accidente entre un camión y un auto y quiero estar en el recuerdo de todos. Envía esta cadena a 20 personas en 20 minutos y tendrás mucha suerte; si la cortas, a las 3 de la mañana ahí estaré en el rincón izquierdo de tu cama sentada mirándote de reojo».

Yo, por si las moscas, te he enviado el poema. Uno de Machado, uno de los que más me gustan. Y te cuadra bastante bien a ti, que estás dedicado profesionalmente a escudriñar y proteger la naturaleza. Es el poema de Campos de Castilla, «A José María Palacio». Esa epístola en la que el poeta encarga a su amigo que lleve flores a la tumba de Leonor, su mujer. Esa voz impersonal, que deja fuera la primera persona del verbo y de forma emocionada interroga a los campos y a la primavera. Esa voz que hace fluir el tiempo y el sentimiento de la ausencia. Aquí los teóricos hacen muy bien en traer a cuento a Heidegger y a su éxtasis de la temporalidad.

No sé dónde andarás encerrado estos días, Antonio. Igual tienes ante ti esa escena machadiana: «¿Eres tú Guadarrama, viejo amigo,/ la sierra gris y blanca,/ la sierra de mis tardes madrileñas que yo leía en el azul pintada?». Machado estaba apegado a la tierra que aparecía en muchos de sus versos, a menudo con marcado detalle. El paisaje cultural no existía en Europa hasta el s. XIX.; en la pintura estaba relegado al fondo de los cuadros. Son los krausistas con su ideal de belleza y el concepto de estética identificado con la naturaleza quienes ponen los ojos en él. Se ha escrito mucho de aquella excursión de tres días de los escolares de la Institución Libre de Enseñanza, en julio de 1883, por la Sierra de Guadarrama acompañados de profesores y geólogos. Una experiencia didáctica, dicen, sin precedentes en España. Giner escribe en 1886 su famoso artículo «Paisaje», en el que aparece el verdoso granito, el morado cantueso, el sombrío verdor de los pinos, la amarilla flor de la retama…

Algo de esa manía excursionista le ha quedado a mi hija Marta, maestra de Primaria, que sé que para poco con sus pequeños entre las paredes del aula. Le vendrá de su madre y de su tío Héctor, que sabes que patean los campos, son pajareros y hacen cuadrantes y guías con otros amantes de los bichos y los cielos abiertos (no los de la minería).

Ahora, mientras te escribo, el exterior es fosco, espeso, no acaba de darse el mundo a la luz, a un día de primavera. He traído a la mesa un librito de Machado para hacerme compañía, una edición de 1919 de Soledades, galerías y otros poemas. El tiempo ha ajado su piel, tiene ya los colores de aquella mariposa de la sierra con sus alas por el sol crucificadas. No sé dónde ni cuándo lo compré —imagino que en una librería de viejo—; tiene un pequeño sello de tinta en la portada, «50 céntimos». Ay, me entretendré ahora un buen rato leyendo estos versos, mirándome en el profundo espejo de mis sueños.

Te mando un abrazo. A.

PD: Te adjunto también la carta de ayer dirigida a Antonio Pau, traductor y especialista en R. M. Rilke. Tú, que por tu trabajo como Fiscal de Medioambiente, cuidas de los pájaros del cielo, del curso de los ríos, de las flores del campo, de las heridas de la tierra… ¿No tendrías que proteger también a los poetas?


Avelino Fierro (Chozas de Arriba [León], 1956), licenciado en Derecho por la Universidad de Oviedo y fiscal de Menores de León, es escritor de diarios, poemas, dibujante y coleccionista de libros. Sus textos diarísticos han visto la luz en cuatro volúmenes: Una habitación en Europa (2010-2012)Ciudad de sombra (2013-2014), La vida a medias (2015-2016)Contra tiempo (2017-2018) todos ellos publicados por la editorial Eolas.

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