Poéticas

Poetas contra la guerra

De Calderón a Mayakovski, pasando por Miguel Hernández o Debora Vaarandi, Antonio Gracia traza un florilegio de versos antibélicos con el propósito de quebrar la afirmación de César Vallejo: «¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!».

/ por Antonio Gracia /

Se equivocó Calderón —o fue piadoso— al afirmar que «el delito mayor/ del hombre es haber nacido», porque mayor crimen es matar, que supone un acto de voluntad, que nacer, que es solo una circunstancia irrenunciable. Consignas como «haz el amor, no la guerra» o «amémonos para evitar la muerte» tienen enfrente otras como «quien a hierro mata, a hierro muere», y todas, de factor común, la muerte como exigencia o paradoja. Y es que, desde la prehistoria, «están los viejos cuchillos/ tiritando bajo el polvo» (García Lorca). Bien lo comprendió Miguel Hernández cuando, recogiendo la tradición del homo homini lupus, escribió: «He regresado al tigre:/ aparta o te destrozo./ Hoy el amor es muerte/ y el hombre acecha al hombre».

Los poetas siempre han sido considerados sinónimos de locos, y los locos han sido marginados por el poder. Pero hay muchos locos, o megalómanos, que están en el poder. Pushkin avisó: «Humillados por el fatal poder/ se yergue el alma frente al mal». Y Nekrásov: «El pueblo sufre y llora; que sean sus sollozos/ un toque de silencio para los poderosos». Muchos poetas han intentado la espiritualización de las masas; el poder, la masificación materialista del espíritu individual, como demuestra Cervantes: «A la guerra me lleva/ mi necesidad./ Si tuviera dineros/ no fuera, en verdad». Y es que «Poderoso caballero/ es Don Dinero» (Quevedo).

Durante años se ha utilizado la coartada de que ya es imposible una guerra peligrosa porque supondría la extinción de la humanidad, como si cada vez que se asesina a un hombre no muriéramos todos, con él, un poco. Pero hoy existe una cultura de la paz y una cultura de la muerte, y quienes trepan al poder parecen, como he dicho antes, analfabetos de la primera y drogadictos de la segunda. «Hay dos razas, dos especies, dos caminos que marcan las rutas de la tierra./ En una estamos los que vemos la vida pura y tersa, sencilla y repartida./ Y en otra están los de la vida oscura y el hambre de dominio», dice Manuel Pinillos. Estos son los que persiguen hacer de sí mismos «un monarca, un imperio y una espada» (Hernando de Acuña). Estos dominadores, caudillos «altivos adoradores del dios de las batallas» (J. A. Goytisolo) deberían recordar a Debora Vaarandi cuando escribe en El aviador de Hiroshima: «Vi, debajo, la ciudad en llamas/ como nube de fuego/ y un hongo repugnante y siniestro/ levantándose al sol». Debieran recordar a los soldados los versos de Bertolt Brecht: «Mi hermano es un conquistador./ A nuestro pueblo le hace falta espacio./ El espacio que mi hermano conquistó/ es de un metro ochenta de largo/ por un metro cincuenta de profundo». Y todos los ejércitos debieran entonar, antes de disolverse, el canto de Nicolás Guillén: «No sé por qué piensa tú,/ soldado, que te odio yo,/ si somos la misma cosa/ yo, tú». Todos, en fin, debiéramos gritarle a la injusticia, como Dámaso Alonso: «No morderás mi corazón,/ madre del odio./ Nunca en mi corazón,/ reina del mundo».

Antes de que los hombres pisen más «sangre de hombres vivos/ muertos,/ cortados de repente, heridos súbitos,/ niños/ con el pequeño corazón volcado» (Blas de Otero); antes de que estén «tintos los campos y los mares rojos» (Quevedo) y todo sea «campos de soledad, mustio collado» (Rodrigo Caro), es preciso evitar «la inhumana/ furia infernal, por otro nombre guerra» (Garcilaso). Hay que huir, en frase de Mao, de «los vientos y tormentas de la lucha». Hay que subrayar a Mayakovski: «Y la gente salió con sus banderas blancas./ Suplicaba: ¡Basta ya!/ Nadie ha pedido/ que la victoria sea/ para su patria». Y, puesto que todos seríamos —somos— perdedores, hay que actuar «más de esperanza que de hierro armados» (Cervantes), y creer con Blas de Otero: «Creo en la paz. He visto/ altas estrellas, llameantes ámbitos/ amaneciendo, incendiando ríos/ hondos, caudal humano/ hacia otra luz: he visto y he creído».

No hay tiempo que perder, lo dice Ángel González: «Habrá palabras nuevas para la nueva historia/ y es preciso encontrarlas antes de que sea tarde». Hay que desnudarse y desenvainarse el homo belicus «antes que el tiempo expire en nuestros brazos» (Fernández de Andrada), antes de que todo se convierta «en tierra, en polvo, en humo, en sombra, en nada» (Góngora). Neruda nos lo pide desde una cima, un grito: «Sube a nacer conmigo, hermano». Y César Vallejo, a quien tanto le «dolía» el hombre —«¡No mueras, te amo tanto!»—, se lamenta: «¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!».

Creo que todos tenemos el deber de quebrar esa afirmación.


Antonio Gracia es autor de La estatura del ansia (1975), Palimpsesto (1980), Los ojos de la metáfora (1987), Hacia la luz (1998), Libro de los anhelos (1999), Reconstrucción de un diario (2001), La epopeya interior (2002), El himno en la elegía (2002), Por una elevada senda (2004), Devastaciones, sueños (2005), La urdimbre luminosa (2007). Su obra está recogida selectivamente en las recopilaciones Fragmentos de identidad (Poesía 1968-1983), de 1993, y Fragmentos de inmensidad (Poesía 1998-2004), de 2009. Entre otros, ha obtenido el Premio Fernando Rielo, el José Hierro y el Premio de la Crítica de la Comunidad Valenciana. Sus últimos títulos poéticos son Hijos de HomeroLa condición mortal y Siete poemas y dos poemáticas, de 2010. En 2011 aparecieron las antologías El mausoleo y los pájaros y Devastaciones, sueños. En 2012, La muerte universal y Bajo el signo de eros. Además, el reciente Cántico erótico. Otros títulos ensayísticos son Pascual Pla y Beltrán: vida y obraEnsayos literariosApuntes sobre el amorMiguel Hernández: del amor cortés a la mística del erotismo La construcción del poema. Mantiene el blog Mientras mi vida fluye hacia la muerte y dispone de un portal en Cervantes Virtual.

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