El runrún interior

El runrún interior (45)

Pablo Batalla Cueto registra en su dietario pensamientos propios y notas de libros leídos y cosas vistas en Internet, escribiendo sobre la intervención de Volodímir Zelenski en el Congreso español o los resultados de las últimas elecciones en Francia.

/ por Pablo Batalla Cueto /

Foto de portada: Jean-Luc Mélenchon, de mitin en Touluse, fotografiado por Mathieu M. D.

El runrún interior (44)

Martes, 5/4/2022. Una reflexión interesante de Jon U. Salcedo: «Hay adjetivos que sin nominalizarse hacen del sustantivo algo así como el Secretario General títere de la oración. En «la puñetera verdad» parece que lo fundamental es que sea puñetera: invita a sospechar de verdades no puñeteras y hace de lo puñetero el signo sacro de la verdad».

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Tiene gracia —pienso leyendo uno; pecado del que no voy a decir el pecador— lo obvio que resulta cuando el artículo de Wikipedia sobre alguien lo ha escrito él mismo.

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En inglés —descubro hoy—, thief es un ladrón común; robber es cuando roban con violencia y llevan armas; y burglar, cuando alguien roba entrando en una casa. Los esquimales tienen tropecientas palabras para cada uno de los matices innúmeros de la nieve, y los ingleses —por lo que sea— lo mismo con las innúmeras formas del chorizar.

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Amazon —leemos— prohíbe la palabra union («sindicato») en una nueva app para que los obreros chateen. Otras palabras prohibidas: pay rise («aumento de sueldo»), slave labor («trabajo esclavo»), harassment («acoso»), restrooms («baños»), injustice («injusticia»), freedom («libertad»), diversity («diversidad»)… Distopías orwellianas de nuestro tiempo.

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Pedro Vallín: «Estamos en una época en la que uno tiene que elegir si dar credibilidad a un vecino superviviente de Bucha o a un miembro del Carromato de Hombres Fenómeno de Íker Jiménez y aún así hay quien elige mal».

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Zelenski, el presidente ucraniano, ha hablado hoy en el Congreso. Había mucha expectación por ver cuál sería la referencia histórica que deslizase en su discurso: allá donde va, siempre menciona algún acontecimiento del pasado del país. En Holanda habló de la lucha contra la tiranía de Felipe II. Acá había quien esperaba que se refiriese al Dos de Mayo, pero finalmente ha optado por el bombardeo de Gernika. Y el caso es que es curioso y significativo que no optase por la guerra de la Independencia, derrota heroica de un invasor todopoderoso por un pueblo fiero y resuelto a plantar cara, y que inventó la guerrilla moderna en el proceso. Si sus asesores llegaron a sopesarlo, detectaron bien su agotamiento como mito movilizador, que ya comenzó a verificarse a finales del siglo XIX, cuando fue convirtiéndose en la mera fiesta local madrileña que es hoy. Es un recuerdo histórico frío, agridulce. Se luchó en nombre de un rey Deseado que luego resultó ser un déspota más execrable que Bonaparte, los rebeldes eran en gran parte absolutistas, España hizo el ridículo en las negociaciones posbélicas… Gernika también tiene sus problemas como acontecimiento con que apelar, no siendo el menor de los cuales que medio país, ejem, simpatiza con quienes bombardearon la ciudad. Pero esa debilidad se compensa en parte con el orgullo transversal por la fama mundial del cuadro de Picasso. En el fondo era la elección lógica.

La cosa no ha gustado mucho a la bancada de Vox. Así, por ejemplo, el inefable Hermann Tertsch, que vomitaba via Twitter que «Zelenski, nacido en la URSS, no tiene la culpa de no saber que la iconografía de Guernica es pura propaganda de guerra. Ni que en Guernica murieron menos que en un ataque a cualquier pueblo en Ucrania. Sabe de la guerra civil según Stalin y nuestros colegios». Los negacionistas de Bucha —los ha habido— coexisten en el tiempo con los de Gernika. La historia, nos enseñó Benjamin, no pasa: se acumula.

Hay quien se conduele más torticeramente de la elección de Zelenski. Así uno de los más prolijos propagandistas contemporáneos del nacionalismo español, Javier Santamarta, que lamenta que Zelenski haya acudido a una «guerra fratricida» en lugar de a una contra una invasión extranjera. Digámoslo una vez más: la guerra de España no fue una guerra civil, sino una internacional que —como todas— incluyó un componente (grande, no hay por qué negarlo) de guerra civil; la segunda guerra mundial librada antes de tiempo en el suelo de un solo país. Desactivar la trampa discursiva de los plañidos por la guerra fratricida es crucial. Todo está mal en ese marco infame. Empezando por su fraternidad impuesta y que viene a decir que una guerra contra franceses o portugueses es más honrosa que una contra Juan Yagüe. Yo no soy hermano de Hermann Tertsch de ninguna de las maneras. Y lo hemos escrito ya alguna vez: no debe motivar vergüenza, sino orgullo, que el pueblo español plantase cara casi en solitario, durante tres años, a fuerzas siniestras a las que otros países se habían entregado mansamente. Todo ese discurso tramposo es una herencia más del franquismo: España como un país averiado de pasiones violentas e ingobernables que, a diferencia de las templadas sociedades europeas,requería «palo largo y mano dura para evitar lo peor». Siempre fue mentira.


Miércoles, 6/4/2022. Tomás Sánchez Santiago en El Cuaderno: «Cuando alguien ha acariciado a un ángel, ¿cómo renunciar a volver a rozar de vez en cuando la espuma de sus alas?».

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Inauguran en Málaga un semáforo ornamental en homenaje a Chiquito de la Calzada, con un monigote con su forma y sonido. Tras ver el vídeo promocional, se me viene a la cabeza la imagen de una Málaga postapocalíptica, derruida por el holocausto nuclear, vacía, pero con este semáforo intacto, voceando impertérrito «hasta luego Lucas» y «al atáquerrr» a la orilla de una avenida polvorienta y resquebrajada.

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La propaganda informal prorrusa carga las tintas contra Zelenski y el sistema político ucraniano (con varios partidos de izquierda ilegalizados) para tratar de quebrantar la firmeza de nuestro alineamiento con Ucrania. A mí no me hace mella. Si no hizo falta simpatizar con Sadam Huseín o el sistema político iraquí para condenar sin fisuras la infame invasión estadounidense de Iraq, no veo por qué Ucrania habría de ser diferente.

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En el programa de Ana Rosa Quintana, una periodista, una tal María Jamardo, cofundadora de aquel partido de Mario Conde de efímera vida llamado Sociedad Civil y Democracia, espeta que, en Gernika, «ni el que bombardeaba era malo ni los bombardeados tan buenos». X. López se ha fijado en un detalle de su perfil de Twitter:  tiene un tuit fijado contra la discriminación de los hombres. Se acuerda López de lo que Adorno llamaba ticket thinking: cómo con mucha frecuencia sucede que un único posicionamiento predice sin fallo una constelación entera de posicionamientos.

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Como parece que hay quien lo piensa, hay que explicar lo obvio: disentir, ir a contracorriente del mainstream, no es un valor en sí mismo. Conozco a un antivacunas que dice, a la vez, que la pandemia no existe y que la creó Soros en un laboratorio: ese también disiente.

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Un tipo humano de nuestro tiempo: señores que se niegan a ponerse el cinturón de seguridad y soportan el desagradabilísimo pitido que emite el coche con el estoicismo de quien decide, j’y suis et j’y reste, aquí manda mi polla, librar una batalla de mierda hasta las últimas consecuencias.

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Parece ser que Alberto Núñez Feijóo no sabe inglés. Está en su derecho. Pero, como leo apuntar por ahí, «podemos hacer chistes con que a Sánchez le hacen más caso en Europa porque es guapo, pero en realidad es porque sabe inglés y puede, por ejemplo, incorporarse a cualquier corrillo». No he sido muy amigo de exigir el inglés a los gobernantes, pero lo cierto es que, en un momento como este en que el mundo se reorganiza, y se reorganiza en cumbres tanto como en reservados y conversaciones discretas, parece, ciertamente, bastante importante.


Jueves, 7/4/2022. Vamos conociendo las trapacerías de todo un mundo de estraperlistas de la pandemia, que se hicieron de oro a costa de la necesidad de mascarillas. Como apunta Laura Barrachina, «mientras tú te cagabas de miedo en casa por la asfixia creciente de ese covid sin diagnosticar, sin saber si te ibas a morir en tu cama, si llegarías al hospital, si podrían atenderte, había gente negociando el yate que se iban a comprar con tu miedo y tu dinero». El caos, dice Meñique en Juego de tronos, es una escalera. Leemos ahora que «los bancos, y no el Ayuntamiento de Madrid, alertaron a la Fiscalía del aumento significativo de ingresos de los comisionistas en la venta de mascarillas». En cualquier país que se respetara a sí mismo, Ayuso ya habría caído. ¿Caerá? No. Los medios seguirán derramándonos encima la catarata más caudalosa de noticias aberrantes sobre estos tejemanejes y dará igual, porque el triunfo del malismo es total. «Sé un hijo de puta y no mires atrás» es hoy consigna de masas.

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Cargan desde Ciudadanos, por salvar la cara, contra el capitalismo de amiguetes. Pero ¿hay capitalismo —lo hay en la práctica— que no sea de amiguetes?

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Un refrán asturiano en verso: «El corazón d’una pulga, si lu sabes guisar, tien cena, tien almuerzu y queda pa merendar».


Viernes, 8/4/2022. Se sigue discutiendo sobre el tortazo de Will Smith a Chris Rock y hay a quien le parece de una enorme frivolidad. A mí no. Al final es deliberar, en medio de un zozobrante umbral de época, sobre temas tan poco frívolos como la legitimidad de la violencia. Tal como es característico de esta época que se digan en broma las cosas que se piensan en serio, también hay una tendencia a que los debates serios sientan la necesidad de vestirse con los ropajes de la frivolidad para poder mantenerse. Es una especie de vértigo. Nos hallamos al borde de una nueva era incertísima y que anuncia cosas pavorosas, la estamos construyendo, y estamos decidiendo también los valores que la atravesarán. Eso, en su descarnación, da mucho miedo, y nos hace necesitar esa clase de lenitivos para poder enfrentarlo. La violencia, el patriarcado, el racismo (las mujeres negras pierden el pelo por alisárselo diariamente y echarle productos para parecer menos afro), cómo enfrentar el dolor y la enfermedad, los límites del humor… Sobre temas así de serios se discute. ¿Qué más da el pretexto?

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Hay una cierta avería mental circulando por ahí que consiste en pensar lo privado como público (¡Twitter ha expulsado a Pedro Herrero! ¡Intolerable!) y lo público como privado (¡Ayuso está en su derecho de adjudicar contratos a su hermano!).

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Publica hoy Santiago Alba Rico en CTXT un artículo descomunal, gloriosa catarata de bofetadas a la mezquindad de una parte de la izquierda (a la que Alba llama estalibán) con respecto a la guerra de Ucrania; esa parte de la que «no cabe descartar que, si Arabia Saudí se acercase un día demasiado a China y el régimen teocrático de Riad, hoy amigo de EE.UU., fuese cuestionado y presionado desde la Casa Blanca, Salmán acabaría pareciéndonos simpático y las lapidaciones revolucionarias y progresistas». Es de esos textos en los que, si nos pusiéramos a subrayar lo más jugoso, no acabaríamos: lo subrayaríamos todo. Pero me ha gustado especialmente este párrafo:

«Toda la razón que pudiera tener Putin contra la OTAN quedó atrás desde el mismo momento en que su ejército cruzó la frontera de Ucrania y, con ella, la línea que separa un movimiento geopolítico de una agresión armada. No hay automatismos en la historia. La OTAN es responsable de haber gestionado mal la victoria en la Guerra Fría, como las potencias europeas gestionaron mal la derrota de Alemania en la I Guerra Mundial. Pero los ucranianos no son víctimas de la OTAN, como los judíos no fueron víctimas del tratado de Versalles».

Y este:

«La misma izquierda que considera legítimo y hasta imperativo que Latinoamérica se libre del tradicional yugo estadounidense, la que denunció Bahía de Cochinos y celebró la victoria cubana, la que se muestra justificadamente indignada con cada cambio de gobierno amañado desde Washington, acepta como un dictado de la realpolitik el derecho de Rusia a tener su propio “patio de atrás”. Una especie de fatalismo mecánico nos obliga a tener en cuenta las consecuencias de meter el dedo en el ojo del Oso, que no puede evitar los zarpazos, mientras que, al contrario, se debe revolucionariamente agujerear el sombrero del viejo tío Sam y desplumar al Águila estadounidense. Meter el dedo en el ojo del Oso es reprobable; arrancar una pluma del pecho del Águila es encomiable, legítimo, necesario, festejable».

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Leo que el Partido Socialista francés podría estar a punto de firmar su disolución; algo que habrían discutido en una cena François Hollande, Anne Hidalgo y varios otros cargos del partido. Lo cuenta El País. Y tiene lógica. Si no firman la disolución, la disolución los firmará a ellos. Nueva era, nuevas formaciones políticas y la pionera Italia, donde los partidos tradicionales colapsaron hace ya treinta años, tras el escándalo de Mani Pulite, marcando el camino.

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Un parlamentario autonómico de Vox grita «¡viva Cristo Rey!» en la palestra del Parlament. Como apunta Rubén Prol, este viva de siniestro recuerdo data de 1925, cuando, en pleno fascismo italiano, Pío XI, declamando contra la democracia y la soberanía popular y exigiendo la obediencia a Cristo del poder político, creó la festividad de Christus Rex. El grito de este Alberto Tarradas es el equivalente a tener al ayatolá Jomeini proclamando la sharia en un Parlamento. Tarradas, por cierto, exclama también que hay que felicitar la Cuaresma y la Semana Santa, no «fiestas primaverales ni festividades extranjeras ajenas a nuestra tradición». Y le recuerdan que en la tradición católica se felicita la Pascua, no la Cuaresma ni la Semana Santa, pues la muerte del Salvador no puede motivar alegría.

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Pedro Sánchez se reúne con el déspota Mohamed VI en Rabat y, por si la ocasión fuera poco bochornosa, descubrimos que la bandera protocolaria española pende del revés. Hay la duda de si es una mofa o un descuido. Pero yo creo que es claramente una mofa. En protocolo, nada es casual, nada irrelevante, y ningún error inocente. Y es lamentable que Sánchez no comunicara que, si la bandera no se colocaba correctamente, no habría reunión. La rojigualda no es una bandera de la que me quiten el sueño los ultrajes, pero a un régimen tan execrable como el marroquí no debería consentírsele ni media burla.

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Abandoné pronto una tesis sobre IU, pero con mucho investigado sobre los primeros años: la política de convergencia de Gerardo Iglesias, la ira de Santiago Carrillo al ver que el delfín caminaba solo, la instrumentalización de afectos simbólicos para orear su despecho… La historia, ya se sabe, no se repite, pero rima. Y hoy escuchamos la rima entre aquel verso y el desencuentro actual entre Pablo Iglesias y Yolanda Díaz, a quien ya desliza que se arrepiente de haber nombrado sucesora.

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Leo una anécdota delicios: una vez Vargas Llosa visitó a Borges en su casa, y le comentó su sorpresa ante su austera vivienda. El argentino cortó la conversación y lo despidió. Al día siguiente diría: «Me visitó un peruano que más que escritor parecía ser un agente inmobiliario».


Sábado, 9/4/2022. Leo que Gloria van Aerssen y Carmen Santonja, las componentes de Vainica Doble, se conocieron del siguiente modo: en la Universidad Complutense, Carmen esperaba distraídamente al autobús silbando Tannhäuser, y al llegar Gloria, reconociendo la melodía, se unió. ¿Hay mejor manera de comenzar una amistad?

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Sartre: «El objeto final del arte es rescatar el mundo revelándolo como es, pero como si tuviese su fuente en la libertad humana».

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Hay pasajes de los libros que uno lee que le arruinan el día. A mí me pasa hoy con este de Gentile en El fascismo y la marcha sobre Roma; una enumeración de lo que tenía enfrente el fascismo a la altura de 1922:

«Frente al fascismo había un gobierno dividido y débil; un partido socialista lacerado por conflictos internos que preludiaban una nueva escisión; un partido popular dividido por corrientes internas y privado del pleno apoyo del Vaticano; un partido comunista compacto pero aislado, atrincherado en su intransigencia, siempre a la espera de lanzar la revolución proletaria; un partido republicano sobre el cual los fascistas ejercían una presión disgregadora, un heteróclito alineamiento de liberales y democráticos, fragmentados en grupos de personalidades rivales; masas proletarias cansadas, deprimidas y resignadas; una burguesía ampliamente propicia al fascismo; los sectores medios, y especialmente nuevos sectores medios, laicos y patrióticos entusiastas del fascismo, al cual aportaban gran parte de jefes y militantes. Por último el fascismo tenía frente a sí prefectos, funcionarios de policía, magistrados y militares no hostiles, si no simpatizantes».


Domingo, 10/4/2022. Leo, compartida por Edgar Straehle, una cita interesante de Claude Lévi-Strauss sobre los dos tipos de sociedades existentes:

«Estudiándolas desde fuera, uno se siente tentado a oponer dos tipos de sociedades: las que practican la antropofagia, es decir, que ven la absorción de ciertos individuos poseedores de fuerzas temibles el único medio de neutralizarlas y aun de aprovecharlas, y las que, como la nuestra, adoptan lo que se podría llamar la antropoemia (del griego emeîn, ‘vomitar’). Ubicadas ante el mismo problema han elegido la solución inversa que consiste en expulsar a esos seres temibles fuera del cuerpo social manteniéndolos temporaria o definitivamente aislados, sin contacto con la humanidad, en establecimientos destinados a ese uso».


Lunes, 11/4/2022. Comenta Daniel Gil, en el debate sobre las lecciones de las últimas elecciones en Francia (en las que la Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon se ha quedado a las puertas de la segunda vuelta) que «es contraintuitivo pero para mí el buen resultado de Mélenchon demuestra que sin Mélenchon (que es un personaje tóxico para mucha gente) la izquierda francesa tiene posibilidades reales de ganar». Es más complejo, creo. Pienso que hay un volumen de voto a partir del cual la personalidad de Mélenchon (irascible, autoritaria) empieza en efecto a ser un lastre para seguir creciendo, pero que es justamente esa personalidad la que ha permitido movilizar ese volumen insólito de voto. No es incompatible.

Con respecto a Mélenchon, hay también ya quien se está apresurando a clamar que su éxito demuestra el de la hipótesis nacional-popular. Yo pienso que no debemos cometer de nuevo con Francia el error cometido con Iberoamérica: creer que lo nacional-popular podía funcionar igual de bien aquí que allá, en países cuyas mitologías nacionales están asociadas a revoluciones republicanas y no a monarquías absolutas, construcción de imperios, limpiezas étnicas, etcétera. Ojo: creo que lo mismo vale para el discurso plurinacional-popular. Funciona en Bolivia; aquí me temo que no. Cuál es la tecla con respecto a la cosa nacional, yo no lo sé, pero creo que pasa por pronunciar la palabra España —no eufemismos idiotas como el Estado— con normalidad, pero hacerlo de manera serena, sin los despliegues chovinistas de un Mélenchon, que tanto gustan a nuestros rojipardos.

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Importantísimo esto de Christian Ferreiro:

«La mil veces mencionada unidad (de clase, de la izquierda, de España, etc.) es un reducto metafísico del que deberíamos desprendernos, y cuanto antes, mejor. El relato de la unidad parte de una supuesta unidad originaria, pura e ideal, pero que, a causa de las circunstancias, se habría resquebrajado y roto en mil pedazos. Normalmente, con circunstancias se suele señalar la mala praxis de los tibios o la moral relajada del rebaño. Ante esto, bastaría con convocar a la sagrada unidad para resolver los conflictos y llegar a la victoria final. Este es un relato fundamentalmente cristiano: “en el principio era el verbo, y el verbo se hizo carne”. Y hegeliano: la Idea que es negada por la Naturaleza. La pluralidad es siempre deficitaria, imperfecta, caída; relativa a la unidad originaria. Esto es pura metafísica, y lo sabemos desde hace, al menos, dos siglos. “Dios ha muerto” quiere decir exactamente esto: no hay un fondo, no hay un fundamento, no hay un origen al que volver y gracias al cual todos los problemas actuales se arreglarían. Precisamente por esto siguen siendo vigentes las ideas de Laclau y Mouffe: partir de la pluralidad radical de lo social y su esencial antagonismo. A partir de ahí, y solo a partir de ahí, estaremos en condiciones de articular un proyecto político hacia delante, no hacia atrás».

El runrún interior (46)


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleCrítica.cl, La Soga, Nortes, LaU, La Marea y CTXT; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019) y Los nuevos odres del nacionalismo español (2021).

3 comments on “El runrún interior (45)

  1. El señor Santiago Alba Rico tiene mucha razón

    Si Zelenski le hubiera explicado correctamente a Putin que lo de la OTAN durante años, y ahora en Ucrania, no era más que una simple gestión, tal vez este se habría quedado tranquilo, sin necesidad de empezar ninguna guerra.

  2. Agustín Villalba

    La broma que se cuenta en Francia: la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas será un duelo psicoanalítico entre la mujer que mató a su padre y el hombre que se casó con su madre.

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