El runrún interior

El runrún interior (130)

Pablo Batalla Cueto registra en su dietario pensamientos propios y notas de libros leídos y cosas vistas en Internet, escribiendo sobre un poema de Baudelaire o la visita a una exposición del Museo Thyssen.

/ por Pablo Batalla Cueto /

El runrún interior (129)

Martes, 16/1/2023. Conocía de oídas cierta referencia de Rosa Luxemburgo sobre su deseo de no ser revolucionaria, pero no haber tenido más remedio que serlo, que muchas veces quise buscar para citar, pero no localizaba. Hoy la comparte Lavín en Twitter. Estaba en una carta de Rosa a Sophie Liebknecht desde la cárcel de Wronke, el 2 de mayo de 1917:

«A veces tengo la sensación de que en realidad no soy una persona, sino un pájaro u otro animal de forma humana. Interiormente siento que en un trocito de jardín o en el campo, rodeada de abejorros y de hierba, estoy mucho más a gusto que en un congreso del partido. A usted se lo puedo decir, ya que usted no pensará que estoy traicionando al socialismo. Usted sabe que tengo la esperanza de morir en mi puesto: en una batalla callejera o en la cárcel. Pero mi yo íntimo pertenece más a los gorriones que a mis camaradas».

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Leo en Twitter, a una cuenta anónima, un comentario con el que me identifico: «A mí lo que me fascina es que Marx podría no tener belleza alguna en sus textos: no es el punto, no es literatura; nadie va ahí buscando eso. Y sin embargo, la tienen. Y a veces, te agarra por sorpresa. Y es hermoso».

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Leo sobre un documental que va a emitirse en RTVE: Juan Mariné: entre luz y sombra. El tal Mariné, que este año recibirá el Goya de Honor a sus 103 años, es un histórico director de fotografía con 140 títulos a sus espaldas, que comenzó a trabajar con trece años. Lo que más me pasma es leer que grabó el entierro de Buenaventura Durruti. La gente tan anciana llega a parecer viajeros en el tiempo.

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Preparando una entrevista a una deportista joven, nacida en 1995, tardo en pensar en preguntarle por la pandemia de covid-19; no se me ocurre hasta que no me topo, al googlear su nombre, con una entrevista que le hicieron entonces, en la Cope, para preguntarle cómo estaba entrenándose en casa. Es curioso lo olvidada que la tenemos. Jónatham Moriche apunta bien la razón: la olvidamos «porque solo así es posible que, después de suceder aquello tras lo que todo debió ser diferente, todo sea lo mismo».

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La buena noticia —creo— es que el capitalismo colapsará mucho antes que la habitabilidad humana del planeta; que sobreviviremos. Pero tal vez la mala sea exactamente la misma.


Miércoles, 17/1/2023. Leemos hoy que el alquiler supone el 94% del sueldo de una persona entre 16 y 29 años, según el Observatorio de Emancipación. Tiene gracia esto de los observatorios. Observar el capitalismo y sus ignominias como quien observa Alfa Centauri o las avutardas de Villafáfila: con vocación nada más que de mirar, de recrearse, de hacer fotos, de apuntar datos. No transformar nada, pero observarlo.

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Anita recordaba de su infancia en El Campurru las veces que La Reguerona, el arroyo en el que lavaban («de aquella no había lavadora, fíu»), se congelaba, y había que llevar una piedra para quebrar los calambros, y un caldero de agua caliente para ir derritiéndolos, y la niña lavandera que Anita era acababa por no sentir las manos sumergidas en el agua gélida, «pero teníes que facelo, fíu». Aníbal recordaba de su infancia en Uxo la vez que el Caudal se desbordó, se llevó su casa por delante, y un carro bastó para trasladar a la familia y sus pocas pertenencias a su nuevo hogar, en el barrio de San Pedro de Mieres. Eran los de Anita, fueron todavía los de Aníbal, tiempos de calambros: había que partir la vida cada día con una piedra para poder habitarla. Eran los de Aníbal, habían sido ya los de Anita, tiempos de riadas homicidas: había que tener un carro siempre listo para evadirse de las antropofagias varias, naturales y políticas, de la España, no una, sino dos —los vencedores, los perdedores—; no grande, sino pequeña como la boca de un fusil; y pardiez que no libre. Anita tuvo un padre que dejó de tener. Avelino Sirgo Fernández, conocido como El Perrucu, conocido como El Matemático, conocido como Lada, capitán republicano en el batallón del Comandante Chuno, se echó al monte después de la derrota y en el monte aguantó hasta el año cuarenta y siete, cuando lo terminaron a tiros en un chamizu de Vibañu. La niña Anita ya solo volvió a verlo una vez, en que un tío suyo la llevó a visitarlo —a conocerlo— a una cabaña de Posada; El Perrucu, allá en el monte, llegó a formar otra familia, a engendrar otra hija al menos, con una chavala que llevaba leche y comida a los guerrilleros; la anciana Anita no se lo reprochaba; la Anita recién casada lo había sido entre guardias civiles que se precipitaron sobre su boda («yo nun sé d’ónde salieron tantos, fíu; salieron como mosquitos») por si el padre aparecía, que les pisaron todas las tartas, que levantaron tablas allá donde les sonaba hueco, que dejaron aquello hecho un cristo; la Anita anciana no reprochaba a su padre haber querido sobrevivir, y allá donde sobrevivió, haber querido vivir, romper la vida con una piedra, derretir los calambros, darse alguna alegría en las cabañas y cuevas de las alturas llaniscas y cabraliegas donde el aire da la vuelta y Jesucristo perdió el mechero y el Vietcong español podía matar en vez de ser matado, devolver alguna, reventar a algún pistolero falangista, en vez de mansamente sufrir la Operación Yakarta del fascismo internacional. Anita fue ella misma, de adolescente, enlace de la guerrilla; al monte subía a dejar cestas y lecheras trucadas con fondo falso y pistolas dentro, y bien comprendía que allá arriba había que abalanzarse sobre cualquier alegría, sobre cualquier alivio, con la voracidad de un hambriento, en el tiempo aquel de la tristeza y la muerte, del mal y el terror. Aníbal quedó muy pronto huérfano de madre, y con su padre minero anulado por la silicosis, tuvo que abandonar —él que era inteligente como un rayo— los estudios con trece años para ponerse a currar; a ser ayudante de un tratante de ganado, a repartir cartas de un banco, a subirse a un andamio como obrero de la construcción, a finalmente entrar de picador en Mina Llamas. La fragua de aquel país desvencijado y satrápico forjaba hombres de hierro y mujeres de acero cuando no los mataba. Anita no tuvo miedo cuando estalló la Güelgona y no lo tuvo tampoco cuando, en una mazmorra, el capitán Caro, enviado desde Melilla a sofocar la cabila astur, la dejó sorda de un oído a base de toletazos, cada vez que ella afirmaba no conocer, vaya si los conocía, los rostros de las fotos que le ponían delante; rostros de otros hombres, de otras mujeres, de hierro y de acero y de titanio y de iridio, como el Paisanu Horacio; Horacio que había estado mil veces en su casa; Horacio que «se ponía una gabardina de papel, porque era casi de papel de fina que era, se metía un chorizo en bolsu y echaba a andar desde Oviedo hasta aquí, y cuando llegaba aquí en invierno llegaba con aquella gabardina chorreando y sin paraguas. Yo lo metía en la habitación, le ponía ropa de mi marido y le secaba la suya con la cocina de carbón para que se la pusiera otra vez». Hasta las piedras si hablaran, dice una canción, hablarían bien de Horacio. Y si las rocas hablaran hablarían también bien de Aníbal Vázquez y de su compromiso militante; dirían, como un compañero que lo fue del MC, que «desde el principio estuvo en toes». En todas estuvo Aníbal, en todas estuvo Anita, y lo pasaron muy mal, pero lo pasaron muy bien, supieron pasarlo bien, jamás dejaron de ser alegres, de resplandecer de alegría, de desbordar, igual que el Caudal aquel aciago día de los cincuenta que dejó sin casa al niño Aníbal, de socarronería asturiana, de un sentido humorístico de la vida; de partir de risa a cualquiera que charlaba cinco minutos con ellos y escuchaba por ejemplo a Aníbal decir de una persona un poco tacaña: «Esi tien ortigues nos bolsos». De aquella boda chafada por la invasion de la Meletérica, Anita recordaba que no dejaron de divertirse; que «allí no marchó nadie» y «hubo una juerga terrible: allí se cantaron cantares y se bailaron la conga, la raspa y de todo». Si no puedo bailar la conga, la raspa y de todo, no es mi revolución, decía Anita, lo decía también el muy folixeru Aníbal, y Augusto Ferrer-Dalmau no pintará sus retratos, pero fue Aníbal, Anita fue, fueron ambos y tantos otros, aquella «mejor España» de un emocionante texto de Max Aub: «Estos que ves ahora deshechos, maltrechos, furiosos, aplanados, sin afeitar, sin lavar, cochinos, sucios, cansados, mordiéndose, hechos un asco, destrozados, son, sin embargo, no lo olvides, hijo, no lo olvides nunca pase lo que pase, son lo mejor de España, los únicos que, de verdad, se han alzado, sin nada, con sus manos, contra el fascismo, contra los militares, contra los poderosos, por la sola justicia; cada uno a su modo, a su manera, como han podido, sin que les importara su comodidad, su familia, su dinero. Estos que ves, españoles rotos, derrotados, hacinados, son, no lo olvides, lo mejor del mundo. No es hermoso. Pero es lo mejor del mundo. No lo olvides nunca, hijo, no lo olvides». Nosotros no olvidamos ni olvidaremos ni a Aníbal, ni a Anita. Aníbal se nos fue en noviembre del veintitrés y el turullu sonó en la Plaza Mayor de Mieres como sonaba cuando había minas y un minero moría y convirtió en escarpias los pelos de los miles de mierenses que llenaron las calles para aplaudir a su alcalde, el féretro de su alcalde envuelto en una bandera republicana; mierenses de la izquierda y de la derecha y el centro, porque todos votaban al buen y digno Aníbal, su honestidad que premiaban con una de las mayorías absolutas más abultadas del país entero, porque Izquierda Unida arrasa casi siempre que le dan la oportunidad de mostrar cómo gobiernan los comunistas. Anita se nos va ahora y, mientras estas líneas se escriben, se anuncia una marcha a pie desde el salón de actos de Comisiones Obreras del Nalón hasta el Pozu Fondón, lugar en que lideró los piquetes del sesenta y dos, cumpliendo así su deseo de ser despedida con una manifestación, la última manifestación; y a nadie le cabe duda de que será multitudinaria; de que, aunque llueva, la lluvia empapará centenares si no miles de puños y gargantas, porque a Anita no le importó, cuando tuvo que no importarle, que llovieran chuzos y calambros, que el río desbordase, que cayeran porrazos, que le diera por decirle al capitán Caro que estaba embarazada para ver si así lo ablandaba y el capitán Caro le dijese «un comunista menos», que le raparan el pelo y el ministro Fraga se burlase. Hay estatuas de Manuel Fraga en la España del veinticuatro y no hay estatuas de Anita, ni de Horacio: solo nombres de calle en barrios proletarios de Gijón o las Cuencas y un colegio público de Morcín, pero no las necesitamos, porque una estatua no es más que un sofisticado cagadero de palomas, y las palomas no cagarán, no pueden cagar, sobre el espectro de Anita y el fantasma de Aníbal; sobre el recuerdo indeleble de la Plaza Mayor de Mieres abarrotá y la marcha al Fondón y el hablar eterno de las piedras, que hablarán bien de Horacio y hablarán bien de Aníbal y de Anita y pedirán, en su nombre, ser piedras que en días de tormenta se hundan en el cieno de la tierra y luego centelleen bajo los cascos, bajo las ruedas; ser piedras aventureras y ser piedras de una honda, ser piedras pequeñas y ligeras que futuros rebeldes lancen al entrecejo del monstruo y lo derroquen, y la onda expansiva de su desplome ciclópeo retiemble la tierra y haga trastabillar y caer todas las estatuas feas, y abra las cunetas y la mejor España emerja a la superficie, se ponga en marcha con un chorizo en el bolsillo de la gabardina y su luz y su ira nos arranquen del sueño, y algo nuevo anuncien, y los calambros derritan.

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Veo por la tele un anuncio de un nuevo reality presentado por Alberto Chicote, titulado Batalla entre restaurantes, con su musiquilla épica y demás. Es agotador este darwinismo televisivo de chichinabo. Todo es una batalla, todo es competición, por todas partes «solo puede quedar uno», no hay programas que no consistan en un agónico triturar al rival.

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El Ayuntamiento de Gijón pondrá una banderona de España en la plaza del Humedal. Plaza que, hasta 1980, se llamó de los Mártires de la Cruzada Nacional. Esta gente no da puntada sin hilo.

Tendremos también, se anuncia, una plaza de España. Y yo pienso que o la faltosería asturiana no tarda en otorgarle un nombre popular coñón y denigratorio a la plaza de marras, del tipo de lo del Váter de King Kong para el Elogio del Horizonte o les gabinones de Oviedo, o a esta tierra y esta ciudad ya no las conoce ni la madre que las parió.

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Leo unas declaraciones del Papa Francisco que me dejan cautivado: «Esto no es dogma, solo lo que yo pienso: me gusta pensar en el Infierno como un lugar vacío. Espero que lo sea».


Jueves, 18/1/2023. Qué maravilla de convergencias de gentes del mundo entero suelen ser los árboles genealógicos estadounidenses. Lo pienso leyendo que el abuelo paterno del actor Joe Manganiello era italiano, pero no su abuelo biológico, condición que correspondía al hijo mestizo de un padre negro —descendiente del esclavo Plato Turner— y una madre blanca. Y que, por parte de madre, su bisabuela era armenia y una superviviente del genocidio de allá, donde su marido y siete de sus hijos fueron asesinados, ahogándose el octavo en el Éufrates mientras escapaban. La bisabuela, más tarde, engendró una hija con un soldado alemán en un campo de refugiados, y esa hija fue la abuela de Manganiello. Italianos, alemanes, armenios, africanos. Viene a la memoria aquel poema de Ángel González: «Para que yo me llame Ángel González, fue necesario un ancho espacio y un largo tiempo; hombres de todo mar y toda tierra…». Yo, a mi vez, pude documentar con facilidad cinco siglos de mi árbol genealógico porque todos mis ancestros sin casi excepción nacieron en el concejo de Villaviciosa. Mi rama más exótica es la de mi trastatarabuelo Valentín Cueto, que era del concejo de Siero, y emigró en su día a Oles, una  de las parroquias villaviciosinas, para trabajar en las minas de azabache de allá. De Feleches, su pueblo, a Oles hay 28 kilómetros.

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Empiezo Los dos cuerpos del rey: un estudio de teología política medieval, el clásico de Ernst H. Kantorowicz. El primer párrafo es maravilloso:

«El misticismo, al ser trasplantado desde la cálida luz del mito y de la ficción a la fría e inquisitiva luz de los hechos y de la razón, pierde por lo general buena parte de su poder persuasivo. Su lenguaje, a menos que se escuche dentro de su propio círculo mágico o místico, a menudo parecerá pobre y hasta un poco ridículo, y sus metáforas más misteriosas o imágenes más brillantes pueden, una vez desprovistas de sus alas iridiscentes, recordar la patética y conmovedora imagen del albatros de Baudelaire. En particular, la mística política está más expuesta al peligro de perder su poder de encantamiento o vaciarse de sentido cuando se la sustrae de su entorno natural, de su tiempo y de su espacio».

Busco la referencia baudelairiana, que desconozco. Se trata de uno de los poemas de Las flores del mal, que me impresiona muchísimo. He aquí la traducción de Luis Antonio de Villena:

EL ALBATROS

A veces, por divertirse, los hombres de la tripulación
capturan albatros, grandes pájaros del mar,
que siguen, indolentes compañeros de viaje,
al barco que se desliza sobre abismos amargos.

Apenas los han situado en cubierta,
esos reyes del éter, torpes y avergonzados,
dejan piadosamente sus grandes alas blancas
como remos colgar de sus flancos.

¡El gran viajero alado, ahora tontón y apático!
¡Él tan hermoso antes, ahora cómico y feo!
¡Uno irrita su pico con la pipa encendida,
y el otro, renqueando, imita al volador que anda!

El poeta es similar a este príncipe de las nubes
que ríe de la tempestad y ríe del arquero;
exiliado en tierra entre burdos silbidos,
sus alas de gigante le estorban en el suelo.

*

De viaje exprés a Madrid, pasando por delante del Reina Sofía, me acuerdo de aquellos mítines multitudinarios de Podemos. Y se me ocurre que la historia del partido, estos diez años de grandeza —que alguna hubo— y miseria, estaría bien contarla al modo de Feliz final de Isaac Rosa: al revés. Empezar por lo feo, y acabar por lo hermoso.

*

Ángel de la Cruz sobre Podemos: «Si el duelo tiene cinco fases (negación, ira…), el proceso de atrincheramiento político se puede apreciar viendo cómo el centro de gravedad se va deslizando del para qué al qué, luego al quiénes y, por último, al cómo. Marketing tradicional de los setenta revestido de coraje».

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Visito la exposición Maestras, del Museo Thyssen: una muestra de cuadros de pintoras del Renacimiento para acá. Todo en ella es maravilloso, pero me quedo con la sala sobre maternidad y su muestrario de captaciones exquisitas de todos los matices del cansancio: maternidades sin misticismo, realistas, espléndidamente humanas.

Me impresionan asimismo dos cuadros en particular: Confidencias crepusculares, de Cecilia Beaux (1888), y Guerra, de Anna Lea Merritt (1883):


Viernes, 19/1/2023. Leo contar a Ana Vega, Biscayenne, que en 1987 ,Pilar Miró fue premiada con el Tambor de Oro por el ayuntamiento de Donosti, pero no pudo ir a la clásica cena de víspera de San Sebastián porque la sociedad Gaztelubide no admitía mujeres, algo que, encima, motivó el pitorreo del alcalde. Venimos de la noche de los tiempos.

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De vuelta a León desde Madrid, a mi lado, en el autobús, un chaval abre un ordenador portátil cuyo fondo de pantalla es un dibujo de dos soldados romanos sosteniendo una cabeza cortada en una bandeja; luego entra en Google, tuneado con otro wallpaper de una batalla de romanos; y seguidamente busca y se pone a ver una conferencia sobre romanos de la Fundación March. Cada quien tiene su afán.

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Leo que, en Israel, Meir Baruchin, profesor de ética e historia, fue detenido en confinamiento solitario por una serie de publicaciones denunciando las muertes de civiles en Gaza y luego despedido, mientras lo investigaban y alumnos de su escuela le deseaban que tuviera cáncer. He ahí un hombre valiente.

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Xan López: «Quizás el problema más grave del marxismo a día de hoy es que proporciona un vocabulario y una conexión con una tradición (normalmente imaginada) que facilitan a ciertos tipos de personas decir vaguedades absolutamente inútiles e incorrectas con un aplomo indestructible».


Sábado, 20/1/2023. Amílcar Cabral, discurso al comité central del PAIGC, 1965: «No ocultéis nada a las masas de nuestro pueblo. No mintáis. Desenmascarad las mentiras cuando alguien las cuente. No disimuléis las dificultades, los errores, los fallos. No anunciéis victorias fáciles».

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«Dos años de cárcel por destrozar el Archivo Diocesano de Teruel para ascender en la Orden de Malta. El culpable “arrancó hasta cuatro páginas de los archivos históricos para llevarse los documentos que necesitaba”». Una noticia de 2024 que podría ser una noticia de 1524. El tiempo no pasa: se acumula.

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Javier Alemán: «Qué bien viene Milei para convertir en estadista a todo el que no se cague encima».

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Leo que Federico Silva contaba que Fraga fue el patrón (término acuñado por Jorge Verstrynge) de Alianza Popular porque nadie más estaba en condiciones de «dedicar catorce horas de trabajo [al partido] y como quien se sienta en una silla es el que manda, Fraga terminó mandando».

Leo también que contaba Otero Novas, asistente a una reunión entre Fraga y González durante la Transición, que en un momento dado el primero bramó: «Yo represento el poder, y usted no es nada». Y que Felipe repuso: «Dentro de unos años dependerá usted de mí mucho más que yo de usted». Contaba asimismo que también sucedió que González presumiera ante Fraga de que el PSOE no era un partido «aristocrático». Y que Fraga repuso que cambiaba en el acto la totalidad de sus ingresos por los de Felipe. Años después, ya en sede parlamentaria y en época de Suárez, Fraga dijo a Felipe un día: «Usted puede llegar algún día a ser primer ministro, y será un buen primer ministro, pero le falta algo muy importante: hacerse conservador».

Felipe, ay, le hizo caso. Anotaba Fraga en su diario después de una cena en la la Zarzuela el 21 de marzo de 1983 que «por primera vez, todo el mundo va de frac; los socialistas, en el poder, lo consideran menos «aburguesado»».

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Xan López: «Creo que la invasión de Ucrania y el genocidio en Palestina muestran que parte de la izquierda tiene una concepción confusa sobre el poder. Como mucho lo ven como algo que siempre tienen otros, a los que tienen que apelar en términos morales. Esto no es suficiente. Esto ocurre desde hace unas décadas, en contraste claro con la imagen que se tenía de la izquierda antes, de brutos sedientos de poder. Recuerdo aquello que decía Parenti (difícil de traducir) de que era mentira que tuviésemos “hunger for power”, queríamos “power to end hunger”. Como muestra, un detalle: muchos debates recientes tratan sobre cómo no «inmiscuirse» en los engranajes del poder. Que mi país no colabore, que condene, que nadie entre en ninguna alianza, etc. Apenas se habla de poder para las atrocidades, solo de no participar de ellas».

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Hay una crítica de izquierda al Gobierno que es pertinente y muy necesaria; el debate de la izquierda alternativa sobre si entrar en él o no sigue siéndolo; el riesgo de convertirnos en felipistas de lo nuestro, que lo aplaudan todo, con todo traguen y digan que no hay alternativa, está ahi. Pero que lo que haya enfrente no sea política, sopesamiento de pros y contras y reconocimiento de méritos y deméritos, sino contemptus mundi y un estruendoroso moralismo bordiguista, no va a ayudar absolutamente a reducir esos problemas: de hecho, los alimentará.

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San Sebastián, de Ángel Zárraga (1912):


Domingo, 21/1/2023. Centenario de la muerte de Lenin, y los homenajes y laudes esperables. Yo pienso que, en el centenario de Lenin, es lógico y bueno hablar de Lenin, pero también de que los científicos encargados de su momia en la Rusia poscomunista terminaron teniendo que aceptar encargos de embalsamamiento de oligarcas y mafiosos. Del Qué hacer, pero también del Qué no hacer.

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En este nuestro 2024 no hay realmente ideologías: hay pasatiempos con los que distraerse en la sala de espera del temible quirófano en el que pronto nos operarán a vida o muerte. Unos leen un libro de Lenin, otros ojean fotos viejas de su pueblo, otros rezan, otros hacen microinversiones con la app del BBVA o miran la cotización del bitcoin. Y nada de eso sirve de absolutamente nada para lo que van a vivir en la mesa de operaciones. Simplemente distrae.

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Se va despejando el camino para que Donald Trump vuelva a ser el candidato republicano a las próximas elecciones en Estados Unidos. Ron DeSantis se retira. Escribe Xan López: «Se dijo, yo lo pensaba, que la evolución natural de Trump después de que perdiese sería alguien que defendiese sus ideas pero de manera eficiente, sin la bufonería. Hoy está claro que para su base la bufonería *son* sus políticas. No existen las políticas de Trump sin Trump». Añade Moriche: «No es posible el postrumpismo con Trump en vida. Sí fue posible el posberlusconismo con Berlusconi en vida porque Berlusconi era un chorizo habilidosísimo pero carecía de la dimensión profética crucial que la enorme base evangélica/sionista cristiana/qanonera otorga a Trump».


Lunes, 22/1/2023. Fallece José Luis Iglesias, un histórico de la izquierda asturiana, presidente de Asturias Laica. Lo conocí poco; coincidí tan solo un par de veces con él en alguna cosa. Así que tal vez sea injusto lo que voy a decir, que por otra parte espero que no sea doloroso para quien lea esto habiendo sido su amigo, pero, si no lo digo, reviento: era un hombre que me desagradaba. Su defensa del laicismo, de la que comparto la letra, me resultaba altitonante de más; una cosa fogosa, ferviente, paradójicamente religiosa. Me recordaba a algo que dice Tom Holland en alguna parte de su libro Dominio, una historia del cristianismo: ese laicismo bélico desciende menos del ateísmo que de aquel protestantismo que, en los tiempos de la Reforma, se recreaba en vaciar con saña de imágenes las iglesias y arrastrar santos y vírgenes por el barro. Recuerdo, por ejemplo, una campaña de Asturias Laica para retirar de la cima del Picu Urriellu una vieja talla de la Virgen de las Nieves. Se razonaba que esa cumbre es un espacio público, no uno privado; y que, como todos los espacios públicos, debiera ser neutro. Y a mí, leer eso me procuraba una sensación contradictoria. Por una parte, parecerme razonable el argumento. Por otra, no dejar de resultarme muy ajeno ese resorte de vigilancia y denuncia, que a mí —ateo, apóstata, laico— nunca me saltó a la vista de la Virgen del Urriellu; esa mirada obsesiva y escrutadora propia de aquellos cuya vida posee una monomanía rectora, una fe en rastreo permanente de pecados que señalar. Si se me permite la boutade, creo que el laicismo debe ser, también, laico de sí mismo.

*

Sigo anotando citas preciosas sobre el exilio republicano de Los otros guernicas, un libro que estoy corrigiendo. Hoy, esta de Orlando Pelayo en 1960: «Somos muy españoles, y cuando estamos entre españoles nos sentimos aún más españoles. Pero tanto tiempo sin pisar la tierra, sin respirar el aire… adelgaza el hilo de nuestra sangre».

Descubro también algunas maravillosas obras de arte. Esta, por ejemplo: El último suspiro de don Quijote (Eleuterio Blasco, 1950). Cuántas vueltas dieron al mito de don Quijote los artistas y literatos republicanos:

O esta: Albatros en un mar cualquiera, de Luis Seoane (1962):

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Leo, no lo sabía, que el Guernica estuvo protegido hasta 1995 por una gran vitrina blindada. La ministra Carmen Alborch explicó entonces que «España vive un momento de madurez ciudadana que permite la contemplación del cuadro sin temor de riesgos desagradables». Pasaron —pienso— muchas cosas en 1995. Esto, la serie de documentales de Victoria Prego sobre la Transición, la victoria arrasadora del PP en las municipales y autonómicas, la reforma del Código Penal, los primeros atentados de ETA contra concejales… Un año parteaguas.

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Isabel Díaz Ayuso recupera la propuesta de crear un Museo Judío en Madrid. Como bromean en Twitter, hay un solar adecuado en la calle Caídos de la División Azul [sic]. El caso es que sería maravilloso que hubiera un gran Museo Judío en un país como España, con especial atención a la tradición sefardí y marrana, pero donde también cupieran Benjamin (que pasó por Ibiza y Mallorca y se suicidó en Portbou) o Margarita Nelken. Pero claro: a ver qué dislate organizan estos mequetrefes.

*

Lo más desasosegante de estos tiempos para mí es cuando veo a gente extraordinariamente sensible, pasional y trabajadora, a la que has conocido capaz de ser un núcleo irradiador de entusiasmo contagioso, carcomida por una amargura nihilista.

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El Podemos originario era cursi a veces («la sonrisa de la gente» y todo eso), pero, aun cuando lo era, no dejaba de palpitarle un algo voraz e impetuoso y cargado de futuro que lo disculpaba. Al escindirse en dos, unos pasaron a tener voracidad sin corazón; y otros, cursilería sin ímpetu.

El runrún interior (131)


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleCrítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT y Público; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021) y La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023).


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4 comments on “El runrún interior (130)

  1. Agustín Villalba

    Gran texto (literario más aún que político): «Anita recordaba de su infancia en El Campurru…» (que podría ser el capítulo final de una «Historia de la resistencia en Asturias. Desde Don Pelayo hasta…»).

    *

    Estaba EN una carta…

  2. Agustín Villalba

    «Busco la referencia baudelairiana, que desconozco. Se trata de uno de los poemas de Las flores del mal, que me impresiona muchísimo. He aquí la traducción de Luis Antonio de Villena:»

    La traducción que hace Villena del famoso poema de Baudelaire tiene errores muy gordos.

    El original dice:
    «laissent piteusement leurs grandes ailes blanches».
    Villena traduce:
    «dejan piadosamente sus grandes alas blancas»
    cuando debería traducir «lastimosamente» o «penosamente» o «patéticamente».

    Otro error. Baudelaire escribe: «Ce voyageur ailé, comme il est gauche et veule !». Villena traduce: «El gran viajero alado, ahora tontón y apático!». Pero «gauche» significa ahí «torpe» y «veule», «débil».

    En el último verso de ese cuartero: «l’infirme qui volait !», Villena traduce «al volador que anda» cuando se trata del «inválido que volaba».

    Más abajo Baudelaire dice: «qui hante la tempête», que significa «que habita la tempestad». Y Villena traduce: «que ríe de la tempestad».

    De ese poema hay muchas traducciones al español. Una de las más correctas es la de Antonio Martínez Sarrión, en alejandrinos (razón por la cual en el verso 13 el segundo heptasílabo es muy forzado: «este señor del nublo» en lugar de «el príncipe de las nubes» (prince des nuées):

    El albatros

    Por distraerse, a veces, suelen los marineros
    Dar caza a los albatros, grandes aves del mar,
    Que siguen, indolentes compañeros de viaje,
    Al navío surcando los amargos abismos.

    Apenas los arrojan sobre las tablas húmedas,
    Estos reyes celestes, torpes y avergonzados,
    Dejan penosamente arrastrando las alas,
    Sus grandes alas blancas semejantes a remos.

    Este alado viajero, ¡qué inútil y qué débil!
    Él, otrora tan bello, ¡qué feo y qué grotesco!
    ¡Éste quema su pico, sádico, con la pipa,
    Aquél, mima cojeando al planeador inválido!

    El Poeta es igual a este señor del nublo,
    Que habita la tormenta y ríe del ballestero.
    Exiliado en la tierra, sufriendo el griterío,
    Sus alas de gigante le impiden caminar.

    El poema en francés:

    L’albatros

    Souvent, pour s’amuser, les hommes d’équipage
    Prennent des albatros, vastes oiseaux des mers,
    Qui suivent, indolents compagnons de voyage,
    Le navire glissant sur les gouffres amers.

    A peine les ont-ils déposés sur les planches,
    Que ces rois de l’azur, maladroits et honteux,
    Laissent piteusement leurs grandes ailes blanches
    Comme des avirons traîner à côté d’eux.

    Ce voyageur ailé, comme il est gauche et veule !
    Lui, naguère si beau, qu’il est comique et laid !
    L’un agace son bec avec un brûle-gueule,
    L’autre mime, en boitant, l’infirme qui volait !

    Le Poète est semblable au prince des nuées
    Qui hante la tempête et se rit de l’archer ;
    Exilé sur le sol au milieu des huées,
    Ses ailes de géant l’empêchent de marcher.

    Charles Baudelaire

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