Arte

Un breve itinerario del amor

Un día de 1277 Dante observa, al cruzar una pasarela, a una adolescente a la que llamará Beatriz en sus escritos y siente la plenitud del amor; tanto, que le construirá la catedral de la 'Divina comedia'. Otro día de 1503 Leonardo contempla un rostro que se empeña en categorizar como el de la belleza y la serenidad y talla con sus pinceles el manantial que es 'La Gioconda'. Un tercer día, hacia 1800, Beethoven sueña con el amor de Giulietta Guicciardi y compone el diamante de la sonata 'Claro de luna'... Antonio Gracia escribe sobre dos aes históricamente entrelazadas: el amor y el arte.

Un breve itinerario del amor

/por Antonio Gracia/

La seducción del amor

Si saltamos desde la sabia infancia rupestre hasta los arbotantes de la cultura griega, éste es un ejemplo de cómo empezó o se afianzó todo en literatura, música, pintura; y de cómo el arte se convirtió en creación, identidad, perdurabilidad y fascinación del hombre: un día de 1277 Dante observa, al cruzar una pasarela, a una adolescente a la que llamará Beatriz en sus escritos y siente la plenitud del amor; tanto, que le construirá la catedral de la Divina comedia. Otro día de 1503 Leonardo contempla un rostro que se empeña en categorizar como el de la belleza y la serenidad y talla con sus pinceles el manantial que es La Gioconda. Un tercer día, hacia 1800, Beethoven sueña con el amor de Giulietta Guicciardi y compone el diamante de la sonata Claro de luna.

Tres hitos, tres instantes, tres trincheras de la sensibilidad contra este mundo tan insensible al corazón. Hoy leemos la Vita Nuova, contemplamos a Madonna Elisa, escuchamos el Claro de luna y, de repente, se produce el milagro: renacen junto a nosotros Dante, Leonardo y Beethoven y somos ellos por un momento, se nos agolpa misteriosamente su magia y la mitología de un breve paraíso.

Ése es el poder del arte: la transfiguración de nuestra realidad cotidiana en otra con la que soñamos y que nos enjoya la existencia. Porque Dante viene acompañado de la revolución poética y filosófica del Renacimiento, y son Petrarca, Garcilaso, el Siglo de Oro, Lope, Góngora, Quevedo, Bécquer, Juan Ramón quienes se instalan en nuestra conciencia para seguir viajando hacia el futuro.

Lo mismo nos ocurre con la súbita resurrección de Leonardo y Beethoven: se sientan junto a nosotros y nos traen todo su tiempo, y el tiempo que los hizo posibles, y el tiempo que ellos ayudaron a crear; esos mundos llamados Wagner o Mahler, Rubens o Velázquez. ¿No es, por tanto, el arte el mayor dios y la mejor panacea? ¿Qué otra constelación de qué universo dignifica más al hombre? ¿Es el océano como El mar de Debussy o Rimski-Korsakov? ¿Son las montañas tan plenas como la catedral de Rouen? ¿Algún viajero hay mejor que Ulises? ¿Está la vida tan viva como en La montaña mágica, de Mann? ¿Acaso existe algún cielo más divino que la Capilla Sixtina? ¿Algún soñador más ejemplar que Don Quijote? ¿Algún himno a la esperanza mayor que el de la Novena Sinfonía? ¿Algunos enamorados más fascinantes que Romeo y Julieta? ¿Un éxtasis más alto que el de Yepes? ¿Cuál es la realidad: la que vemos con nuestros ojos o con los del creador de cuadros, músicas, poemas?

Algunas perspectivas

Siendo el eros-amor el impulso primario y regidor pudiera pensarse que sería considerado como un Dios; y así fue: conocido es el último verso de la Divina Comedia: «Amor, que rige el mundo y las estrellas». Esa conclusión recoge el pensamiento y la evidencia anteriores a Dante y lanza el erotismo desde él hasta nosotros a lo largo de múltiples autores y culturas.

Primeramente, manifiesta la ley natural de que la criatura humana, humillada por la muerte, es pretenciosamente redimida por el eros en su carrera desde el instinto de supervivencia, que tiende a unir los cuerpos, a la progresiva disolución en la arcilla del barro. Eros y tánatos, tirando de nosotros hacia arriba y hacia abajo: la ultratumba y la pretumba, la existencia y la inexistencia. Y en ese combate entre espiritualidad y carnalidad la mente del corazón entró en un laberinto inesperado: como si el amor carnal fuese un enemigo del espiritual, y no su complemento, se prohibió su explicitud tanto en el verbo como en las artes, tachándose lo escrito, borrándose o cubriéndose la desnudez de las pinturas. De modo que Quevedo escribe: «Ay Floralba, soñé que te … dirélo?/ Sí, pues que sueño fue… que te gozaba…». Y Góngora: «A batallas de amor campos de plumas…», recurriendo a eufemismos para penumbrar la exactitud o grosería. Algo semejante ocurre con la licencia de rumiar como místico lo que no es sino erotismo síquico.

Por eso, según sea el punto de referencia —el cuerpo o el espíritu—, resulta que:

  1. Platón condena el cuerpo como obstáculo para la divinización del espíritu, consideración que el cristianismo toma como ejemplo y principio, con lo que se condena la carnalidad a pesar del salomónico Cantar de los cantares, traducido a lo divino por el sanjuán que había en Juan de Yepes como Cántico espiritual, magna representación de la poesía mística.
  2. Por el contrario, desde Epicuro, Petrarca y el trovadorismo, junto con el islamismo aprendido en las cruzadas, se eleva a la mujer —símbolo del pecado cristianita, según la leyenda de la manzana edénica— a la categoría de musa y divinidad amorescente.
  3. Entre nosotros, Garcilaso proclamará el «Escrito está en mi alma vuestro gesto» del soneto V, medallón del amor a la mujer que encenderá el Siglo de Oro con el talismán del Quevedo del «polvo enamorado» y la romantización de «Mientras exista una mujer hermosa/ habrá poesía» de Bécquer; lo cual excluye la fealdad, como si esta fuese un demérito, y no, igual que la belleza corporal, una circunstancia sin mérito de la naturaleza.
  4. Núñez de Arce repite el aserto de Dante, y así escribe: «Amor, eterno amor, alma del mundo» (soneto Amor).
  5. En cambio, Góngora concibe el amor como un disfraz del sufrimiento: «La dulce boca que a gustar convida/ … /amantes, no toquéis si queréis vida/… pues solo del amor deja el veneno».
  6. De manera que, simultáneas, conviven las Rimas humanas y divinas de Lope y tantos otros.
  7. L. L. de Argensola prefiere la espiritualidad a la carnalidad: «No fueron tus divinos ojos…/ los que al fuego amoroso me han rendido…/ Tu alma/ es la que sujetar pudo la mía…».
  8. José Somoza, recatado o reprimido, se abstiene o se contenta con ver pero no tocar: «he de entrar cual la luna en tu aposento/ y cual ella …/ puro, trémulo, mudo, retirarme».
  9. Unos son hedonistas sin epicureísmo, y otros antropófagos de cualquier carnivoracidad: por ejemplo, el sicalíptico Arte de putas de Moratín padre, o el libidinoso Espronceda.
  10. Otras perspectivas hay. También la mujer, con más esfuerzo que el hombre, su represor, precisó un largo camino hasta llegar al «¡Descíñeme, amante!» y el «Tómame ahora…!» de Juana de Ibarbourou en La cita; o el «Tómame ahora que aún es temprano» de La hora (semilla del «Ámame ahora…» de Ricardo Molina en Invitación a la dicha) después del berrinche del «Hombres necios que acusáis/ a la mujer sin razón…» de sor Juana Inés de la Cruz.

Sólo cuando pasan las castraciones de la sociedad, el individuo empieza a tratar el amor carnal y sensorial, buscando la naturalidad —la de Catulo, por ejemplo— con la que el Arcipreste habla de ello: «Aristóteles dice, y es cosa verdadera,/ que el hombre por dos cosas trabaja, la primera/ por haber mantenencia, y la segunda era/ por haber juntamiento con hembra placentera». Y surgen el Canto a Teresa, Altazor II, Neruda («Cuerpo de la mujer, blancas colinas…») hasta las liberrimidades actuales tocadas de mal gusto (poético).

Así, en ese proceso, es como se llega, por ejemplo, a la vitalidad y transparencia, el violento, tierno y ecléctico poema de Hernández «Canción del esposo soldado»: en él un hombre afincado en un instante concreto siente el empujón diacrónico de la humanidad enamorada hacia su prolongación existencial, a pesar de la muerte que lo acecha —y con él a los demás y sus mundos—, arrastrando hacia sí todos los besos de todos los amantes anteriores, supervivientes en el coito con  la esposa y los sucesivos del hijo: eros, tánatos, enamoramiento, sexualidad, temporalidad, vencimiento del odio universal y ancestral, transfiguración, resurrección en otro, consecución de la luz, redención del flamigerio.


Antonio Gracia es autor de La estatura del ansia (1975), Palimpsesto (1980), Los ojos de la metáfora (1987), Hacia la luz (1998), Libro de los anhelos (1999), Reconstrucción de un diario (2001), La epopeya interior (2002), El himno en la elegía (2002), Por una elevada senda (2004), Devastaciones, sueños (2005), La urdimbre luminosa (2007). Su obra está recogida selectivamente en las recopilaciones Fragmentos de identidad (Poesía 1968-1983), de 1993, y Fragmentos de inmensidad (Poesía 1998-2004), de 2009. Entre otros, ha obtenido el Premio Fernando Rielo, el José Hierro <Alegría> y el Premio de la Crítica de la Comunidad Valenciana. Sus últimos títulos poéticos son Hijos de Homero, La condición mortal y Siete poemas y dos poemáticas, de 2010. En 2011 aparecieron las antologías El mausoleo y los pájaros y Devastaciones, sueños. En 2012, La muerte universal y Bajo el signo de eros. Además, el reciente Cántico erótico. Otros títulos ensayísticos son Pascual Pla y Beltrán: vida y obra, Ensayos literarios, Apuntes sobre el amor, Miguel Hernández: del amor cortés a la mística del erotismo y La construcción del poema. Mantiene el blog Mientras mi vida fluye hacia la muerte.

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