Viento sur

Los escritores y sus madres

Pilar Alberdi pasa revista a la relación de algunos escritores e intelectuales ilustres con sus madres.

Viento sur

Los escritores y sus madres

/por Pilar Alberdi/

¿Madres un día al año? Madres siempre, incluso cuando no están. Rescatadas del olvido, por haber sido perfectas o imperfectas; por haber sido acompañadas o abandonadas; por haber tenido un lugar de honor en los corazones de los hijos o por no haberlo tenido nunca, por dejar allí un vacío, un agujero negro insondable.

La literatura siempre ha sido un espejo donde volcar esta experiencia primordial de los afectos. Aparecen ellas como madres de los autores y autoras o como madres de los personajes. Pensemos en Bernarda, la madre de la obra de Federico García Lorca, o en la madre de Bodas de sangre. Hay una especial madre de todo el mundo en La casa de Matriona de Alexandr Solzhenitsyn; y también en algunas obras de Truman Capote aparece esa prima mayor, ni tan siquiera madre pero que hace de madre, tan agradable a los niños de la familia, una adulta tan inocente como ellos, y a cuyo cargo dejaron sus padres al futuro escritor. Están esas madres analíticas, una especie de madres esponja que absorben el mundo de su alrededor, como La señora Dalloway de Virginia Woolf, a la que percibimos tan cosmopolita y a la vez tan frustrada frente a la imagen en espejo que le devuelve su propia hija, la cual admira más a su institutriz, una mujer que trabaja y se muestra independiente, y le señala el camino que ha de seguir la mujer moderna.

Estas madres literarias pueden ser, como en la vida misma, frías e indolentes, como la madre de Marguerite Duras en El amante, probablemente castigadas y mal queridas ellas también en su niñez, por eso incapaces luego de dirigir con justicia la vida de su propia familia: «Siempre vi a mi madre planear cada día el futuro de sus hijos y el suyo. Un día ya no fue capaz de planear grandezas para sus hijos y planeó miserias». Y otra madre, no menos fuerte que la anterior, aparece en Mi madre y la música de Marina Tsvetaeva: «Cuando en vez del tan deseado, previamente decidido, casi ordenado hijo varón Alexander, nací solamente yo, mi madre, tras haberse tragado orgullosa un suspiro, dijo: “Por lo menos será músico”».

Cualquiera que analice la vida de los escritores, su biografía elemental, pronto comprenderá que la mayoría de ellos han perdido pronto a ambos padres o a uno de ellos por muerte o separación. Sobran ejemplos, pero comentaré uno que se cita poco, el de Schopenhauer, frente a otros que se citan más como el de Nietzsche.

Y también están esos hijos doloridos que hablan de su propio comportamiento frente a sus madres; el dolor de los hijos por actitudes del pasado que ya no pueden reparar. No he encontrado esta especie de mea culpa en escritoras, aunque seguramente hay obras en que esto ocurra. En este sentido, creo que la batalla de las mujeres con sus padres, en especial con sus madres, ha sido más equitativa, y pongo por ejemplo lo que cuenta Simone de Beauvoir en Una muerte muy dulce sobre la relación con su madre. Pero sí he encontrado últimamente, a través de varias lecturas de filosofía, el testimonio desconsolado de varios hombres que no han dudado, quizá deberíamos decir que han necesitado expresar su pena, su sentimiento de culpa públicamente, como si en esa confesión recibiesen el perdón, para aquello que ellos consideran su carga, es decir, su dolor. Pienso en Hermann Broch y en Vasili Grossman, por ejemplo, ambos con madres a las que no pudieron salvar de las garras del nazismo, o en las recriminaciones que se hizo Albert Cohen en su obra El libro de mi madre, un libro de una emoción contenida y sincera. Dice Cohen: «En mi soledad me canto la dulce, dulcísima nana que me cantaba mi madre»; «En una ocasión fui malo con ella, y no se lo merecía. Crueldad de la absurda escena que organicé en Marsella»; «No le escribía lo suficiente. No tenía bastante amor para imaginarla abriendo el buzón en Marsella varias veces al día y no encontrando nunca nada», y frente a aquel suceso y otros similares que relata, él, ya convertido en un anciano cuando escribe ese libro, y tan desvalido en ese momento como quizá su propia madre estuviese en el pasado, se pedirá a sí mismo sonreír frente al espejo, disimular su tristeza, mostrarse más fuerte ante la indiferencia y la lejanía de su propia hija, sabiendo que sobre su propia imagen de hombre vulnerable permanecía siempre «la espada suspendida» del recuerdo de su madre muerta y, sobre todo de aquella madre incomprendida, desatendida.

Con la llegada del nazismo, Hermann Broch se marchó al exilio. Su madre permaneció en Berlín. Se encargaría de velar por ella una examante del filósofo. Pero la guerra fue cruel. La madre acabó sus días en un campo de concentración y él no se lo perdonó nunca. Vivió en Estados Unidos, precariamente, pasando muchas dificultades económicas, con poca salud, pero contando siempre con la ayuda de otros intelectuales como por ejemplo Hannah Arendt, Thomas Mann, Max Horkheimer o Theodor Adorno, así como de instituciones culturales. Al final de sus días, anciano y enfermo, demoró cuanto pudo el regreso a Alemania, y cuando por fin se disponía a hacer el viaje, falleció.

Escribió entre otras obras los poemas que componen Voces. Allí denuncia las ideologías de un nuevo paganismo, los dioses modernos producto de la técnica y el progreso, junto con el abandono de los antiguos dioses, reconvertidos en líderes o partidos políticos.

Fue también el autor de La muerte de Virgilio, donde la historia que se cuenta, los últimos momentos de la vida de Virgilio, tiene un paralelismo con la vida del autor. Se trata de una obra que sin duda fue un antecedente importante para el desarrollo de las Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar, porque como decía ésta, hay que llegar a cierta edad para acabar ciertos trabajos literarios que, aunque hubieran sido pensados en la juventud y desarrollados en la medianía de la vida, precisaban para su desarrollo de una vivencia de senectud, con todas las cuestiones que ésta plantea.

Otro caso especial es el de Erwin Schrödinger (1887-1961), físico y filósofo, Premio Nobel de Física en 1933. En su obra Mi concepción del mundo, en la parte dedicada a su vida, se recrimina la actitud que mantuvo de joven con sus padres, y de manera especial con su madre. Frente a una pesadilla recurrente, explica: «Considero esta pesadilla como el resultado de mi mala conciencia a causa de lo mal que me porté con mis padres en los años 1919/21».

Otro caso, es el de Vasili Grossman (1905-1964), científico, periodista, oficial del ejército soviético, luego escritor que dejó su testimonio en Vida y destino, un libro publicado por primera vez en Suiza en 1980.

Después de su fallecimiento se encontró entre sus papeles un sobre con dos cartas escritas a su madre asesinada por los nazis en Berdíchev (Ucrania). Existía el antecedente de que hubiera podido llevarla con él a Moscú, pero al parecer Grossman y su segunda mujer no estuvieron de acuerdo para hacerlo. Probablemente la idea de que si hubiese marchado con ellos su madre se habría salvado le persiguió hasta el último día de su vida.

De las dos cartas que escribió a su madre muerta, acompañando a una de ellas había dos fotos. En una de estas aparecía de niño junto a su madre; en la otra se veía una fosa abierta donde estaban tumbados, unos sobre otros, los cuerpos desnudos de las mujeres masacradas por las SS. Entre aquellas mujeres, quizás, o en otras sepulturas similares podía estar el cuerpo de su madre, algo que Vasili Grossman no se permitió olvidar nunca. (Pueden leerse ambas cartas en el siguiente artículo de Hans van den Berg:«Vasili Grossman [1905-1964] y su novela Todo fluye», Revista Ciencia y Cultura, núm. 25, La Paz [Bolivia], nov. 2010).

Evidentemente, en este altar de los padres, pero también de los hijos, sufren las personas.

Que haya un día de la madre parece tan absurdo como que lo haya del padre o de los hijos.

Los días, todos, son de la vida; es igual en qué capilla y frente a cuál de los numerosos altares queramos rendirle testimonio. Es la vida la que nos tiene. «No nacemos solo para nosotros» como escribió Cicerón, y los testimonios de estos hombres nos dan cuenta de ello. No sólo vivimos con y para los demás, sino para nuestra conciencia; para esa persona que esperábamos ser y a la que, como en estos casos, se le rinden explicaciones hasta el último momento, e incluso, no se duda en hacerlas públicas.


Pilar Alberdi (Mar del Plata [Argentina], 1954) es escritora y licenciada en psicología por la Universitat Oberta de Catalunya y graduada en filosofía en la UNED. Reside en Rincón de la Victoria (Málaga). Ha publicado poesía, teatro, narrativa, y artículos en diferentes medios periodísticos y ha recibido, entre otros, el Premio de Relatos Feria del Libro de Madrid, convocado por la editorial Plaza & Janés; el Ciudad de Segovia de Teatro y el Lazarillo para Textos Teatrales. Su página web es http://www.pilaralberdi.com/.

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