El runrún interior

El runrún interior: un dietario (22)

Pablo Batalla Cueto registra en su dietario pensamientos propios y notas de libros leídos y cosas vistas en Internet, escribiendo sobre un comentario de Terry Eagleton sobre la falsa modestia, los peligros de un animalismo antihumanista o la provechosa lectura de 'El selfie del mundo', de Marco d'Eramo.

/ por Pablo Batalla Cueto /

El runrún interior: un dietario (21)

Martes, 26/10/2021. Explica Jónatham F. Moriche algo muy necesario de explicar, movido por una polémica que ha protagonizado en Francia Éric Zemmour, exigiendo a una periodista musulmana (con aplauso de alguna desnortada izquierda) retirarse el velo para conversar con él. Moriche:

«Llamamos laicidad a la neutralidad institucional ante las distintas creencias religiosas o su ausencia. Llamamos violencia religiosa a la ejercida sobre las personas para, por igual, forzarlas a creer o expresar sus creencias u obligarlas a descreer u ocultar sus creencias. La izquierda es laica porque defiende la plena neutralidad institucional entre las distintas formas de creencia e increencia. La izquierda defiende la libertad religiosa de todas las personas para creer o descreer, siempre con respeto a las creencias o increencias de los demás. Si aplaudes la ofensa y el abuso de un sujeto como Zemmour contra una persona por sus creencias religiosas no estás defendiendo la laicidad, sino ejerciendo violencia religiosa, y no eres de izquierdas, sino un nazi abusador hijo de puta, como el susodicho Zemmour».

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En Internet se han puesto de moda los test de ubicación en un political compass con dos ejes: izquierda-derecha y autoritarismo-libertarismo. Yo quisiera un test que me ubicase en un doble eje Naphta-Settembrini y Javert-Valjean.

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El País: «Un estudio revela que en lo que va de año ha muerto en el mundo una persona a la semana por hacerse un selfi en lugares arriesgados. Los expertos llaman a tomar medidas para frenar el alza de casos, que se ceban en adolescentes y jóvenes». O tempora.

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De vez en cuando la prensa nos informa de los padecimientos de algún miembro de la Casa Imperial japonesa debido a los rigores de un protocolo muy tradicional y férreo. Hay quien se conduele o se indigna. A mí todos esos disparates antediluvianos me parecen bien. Si vas a tener monarquía, tenla bien, con todas sus calorías medievales: nada de monarquías light y monarquías zero. En el Reino Unido hay un movimiento para que el popular Guillermo se salte al impopular Carlos cuando la vieja deje de fumar. No, oiga, si quiere usted monarquía, se come con patatas al heredero tolili si es lo que toca. ¿Qué diantres es esto de una monarquía a la carta?

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Cuenta Terry Eagleton en sus memorias esta maravillosa anécdota que contiene una lección sobre la falsa modestia:

«Se cuenta que un intelectual oxoniense, invitado a dar una charla en el Ruskin College, el colegio universitario para trabajadores de Oxford, se arrancó con la típica cantinela académica de falsa modestia, diciendo que sabía muy poquito sobre el tema a tratar. Del fondo de la sala tronó una voz con marcado acento de Lancashire: «Le pagan para saber». Sería un tanto extraño que alguien aceptara un trabajo en la bocamina para a continuación decir alegremente que no tenía mucha idea de picar carbón».


Miércoles, 27/10/2021. Leo en C3PO en la corte del rey Felipe, de Pedro Vallín, esta aguda cita de Pascal Bruckner: «El antisemitismo sobrevive a su objeto, si es necesario, judaizando a los gentiles allí donde ha desaparecido cualquier presencia judía o esta se ha reducido a un puñado de personas». Me acuerdo de cosas leídas sobre cómo, en Polonia, el gay es a nuestro tiempo lo que el judío al de hace un siglo, hasta el punto de que, como ha demostrado un estudioso de allá comparando dos diarios nacionalcatólicos de una y otra década, la retórica antisemita de entonces sea prácticamente calcada a la homófoba de hoy: el cuerpo extraño que vive entre nosotros, pero no es como nosotros, pervierte a nuestros niños, etcétera. También hay un macartismo sin comunismo o la lucha contra ETA en ausencia de ETA, que es a cuento de lo cual cita Vallín a Bruckner. Las añagazas del Mal.

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En el Reino Unido, han empezado a tapar los estantes desabastecidos de los supermercados con paneles con fotografías de los estantes llenos, para dar la impresión visual de que todo va bien. En la era (Žižek) del café sin cafeína, la leche sin lactosa, la cerveza sin alcohol, también empieza a haber supermercados sin mercaderías. Somos una sociedad barroca. Espectáculo y simulacro.

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Le leo a Edgar Straehle que, en el Congreso de la Segunda Internacional de 1904 en Ámsterdam, Jean Jaurès criticó duramente a Rosa Luxemburgo (y a Kautsky). Como no se entendió por el idioma francés, quien acto seguido lo tradujo al alemán fue la misma Luxemburgo de una manera tal que el propio Jaurès la felicitó.


Jueves, 28/10/2021. El tirón demoscópico de Yolanda Díaz obra ya el milagro que obra siempre el surgimiento de liderazgos fuertes a la izquierda del PSOE: las momias del felipismo emergen de sus tumbas para advertirnos sobre el apocalipsis inminente. Hoy es Juan Carlos Rodríguez Ibarra el que nos alecciona: «Yolanda Díaz me preocupa más que Iglesias. Él era el producto de una teoría. Ella es el producto de un partido, el PCE. Sabe, y por eso es peligrosa». Hay cierta izquierda a la que, a paranoidemente anticomunista, nunca le ha ganado la derecha más disparatada.

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Ni una semana sin su endecha lacrimógena sobre Chaves Nogales. Hoy, Jorge Bustos. Ni fascistas, ni antifascistas; ni la violencia del jornalero analfabeto ni la del señorito, porque se conoce que puede ser lo mismo la violencia de un jornalero analfabeto que la de un señorito. Charlaba yo sobre esto el otro día con T. M. y se acordaba de Roberto Arlt visitando Asturias después de la Revolución del 34, conociendo las condiciones dantescas en las que los mineros trabajaban y viniendo a decir: «Lo menos que podía hacer esta gente es una revolución».

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La inminente cooficialidad de mi lengua materna tiene ya muy inquietas a las fuerzas vivas del Mal. «Vamos a convencer a Argelia de que nos abra el gas utilizando el bable», se burla hoy Federico Jiménez Losantos, descreído de la posibilidad de caminar y masticar chicle al mismo tiempo; creyente en cambio, supongo, en que vamos a convencer a Argelia de que nos abra el gas desde la Oficina del Español.

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El debate mongoloide de hoy en Twitter es si debería volver la mili. A cuenta de eso, está sucediendo, al menos, algo bueno: la gente se está acordando del movimiento insumiso. Da pena cuánto lo hemos olvidado, quizás por la incomodidad de que, finalmente, fuera el PP quien cumplió su demanda (para satisfacer a Pujol, que no quería que los jóvenes catalanes perdieran un año de sus vidas pegando tiros en Albacete o Zamora), y también porque su carácter libertario no dejó herederos que reivindiquen su memoria. Pero fue un fenómeno social potente e interesantísimo. A mí me pilló muy pequeño: tenía trece años en 2000. Pero recuerdo un tipo de largas greñas y luengas barbas que estuvo meses yendo por mi cole y que era el objetor, y las pintadas de insumisión por doquier. Como recuerda hoy César Rendueles, insumiso él mismo, «la insumisión, merece la pena recordarlo, fue una estrategia del movimiento antimilitarista. El rechazo tanto del servicio militar como de la prestación social sustitutoria era un medio: el objetivo era cuestionar radicalmente la institución militar». Al abolir la mili y desarbolar el movimiento, Aznar, en realidad, salió ganando, porque desactivó todo ese potencial. Sería bueno, en este tiempo de autoritarismos rampantes y remilitarizaciones, reivindicar más enérgicamente esa memoria.

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Dice Luis Fernández-Vega, presidente de la Fundación Princesa de Asturias, que «los Nobel son unos premios magníficos, pero los nuestros tienen mucho más calado en la sociedad». Dices tú de wishful thinking.


Viernes, 29/10/2021. Leo que Rémy Daillet, detenido líder de un proyecto de asalto armado del Elíseo y la Asamblea Nacional con trescientos fieles («muchos policías, gendarmes y soldados en activo, incluso en el extranjero, algunos de los cuales mostraron un claro deseo de luchar contra el ejecutivo», según Le Parisien), proviene de MoDem, un partido centrocentrista centrado que comparte hasta el color con Ciudadanos. Hay un camino del extremo centro a la extrema derecha y no es largo ni proceloso.

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La política asustaviejas. La ley trans va a llenar los baños de señoras de barbudos con satiriasis. La eutanasia va a provocar un holocausto de abueletes. La oficialidad del asturiano va a convertir Asturias en la Albania de Enver Hoxha a la vuelta de una generación.


Sábado, 30/10/2021. Comenta Moriche que «las analogías con la Europa de los 30 son siempre atractivas, pero cabe evocar también, o quizás sobre todo, los veinte y setenta: aires de fin de época, conspiradores y golpistas en las penumbras, insurreciones dispares, teósofos y espiritistas, buscavidas de la palabra o la violencia…». Le respondo que yo pienso mucho en algo así como 1895-1914, la prehistoria del fascismo: Caso Dreyfus, Nietzsche, Sorel, vanguardias artísticas fascinadas por lo salvaje, fanatismos tecnólatras, descrédito del parlamentarismo, La decadencia de Occidente, angustias varoniles en un momento de desborde feminista y libreración sexual…

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Iniciada la lectura de La brecha y los cauces: el momento populista en España y Estados Unidos, el nuevo libro de mi querido Jorge Tamames, leo citado este interesante apunte de Jan Werner-Müller sobre la tecnocracia y el populismo como fenómenos especulares: «La tecnocracia afirma que solo hay una solución política correcta; el populismo afirma que solo hay una voluntad auténtica del pueblo… Para los tecnócratas y los populistas no hay necesidad de un debate democrático. En cierto sentido, ambos son curiosamente apolíticos».

Más tarde, me topo este también agudo apunte de Yascha Mounk. Se ha hablado mucho de las democracias iliberales, Viktor Orbán y así: sistemas formalmente democráticos, pero que aúpan electoralmente a un conducátor autoritario que pisotea los derechos y libertades individuales con la excusa de que la voluntad popular se lo permite. Pero también existen los liberalismos no democráticos: regímenes con elecciones y parlamentos, pero que pasan olímpicamente de los mandatos populares. El mejor ejemplo, la imposición, en Grecia en 2015, de un programa de austeridad punitivo en contra de los deseos explícitos de más del sesenta por ciento de los votantes griegos.


Domingo, 31/10/2021. Tengo cinco perros y tres gatos, creo que las leyes de protección animal son manifiestamente insuficientes y simpatizo bastante con el animalismo. Pero me mosquea muchísimo cierto antihumanismo creciente; cierto mascotismo misántropo cada vez más habitual. Se lo ve eufemizado en comentarios aparentemente inocuos, a los que no solemos dar una segunda vuelta: «Dadme perros y no personas», como acabo de ver en Twitter, introduciendo un vídeo entrañable de un bebé jugando con un perro. Pero me parece una tendencia preocupante. Me preocupa y me molesta que se desprecie a los humanos (qué recorrido tan sombrío puede tener eso…), pero también que se malcomprenda a los animales, porque malcomprender bien puede significar, o conducir a, maltratar, aunque sea sin querer. Los convertimos en lo que no son y es estúpido e injusto para ellos pretender que sean: una especie de últimos bastiones de la inocencia que nosotros hemos perdido o, parafraseando un comentario de Perelman sobre el deporte, el proyecto de una sociedad sin proyecto. Singularmente, los convertimos en los hijos de una sociedad sin hijos. Y no quiero parecer de Hazte Oír: a mí me da relativamente igual la caída de la natalidad. Lo que me molesta es que convirtamos a los animales en una especie de prótesis para el hueco anímico que eso nos deje. Más que nada porque convertirlos en lo que no son nos lleva a (mal)tratarlos como lo que no son. Y también a soslayar los problemas sociales que nos conducen a necesitar esas prótesis; esos sucedáneos. El antihumanismo es una victoria inestimable para el capitalismo. En última instancia, al capitalismo le da igual que no lo adoremos: le basta con que no concibamos una alternativa. Si culpamos de sus estragos a alguna esencia humana maligna en vez de a él, miel sobre hojuelas. Y si lo considerablemente que el capitalismo neoliberal obstaculiza que desarrollemos proyectos de vida a largo plazo puede aplacarlo una mascota; si ésta calma, aunque sea como un placebo, nuestra necesidad de reproducirnos o proyectarnos, de cuidar, de educar, pues lo mismo.

De esa misantropía mascotista también me molesta otra cosa. Es un pretexto para el individualismo. Rechazamos a los otros porque no se nos parecen y refugiamos nuestra, pese a todo, necesidad de fraternidad en el perro al que hemos configurado a nuestra imagen, y no nos desafía. Convertimos así al pobre perro en una caja de resonancia (una más) de nuestra desbocada egolatría. Nos autoadoramos y vemos en la adoración del perro (adoración que hay que ser inenarrablemente malnacido para no recibir de un perro) la demostración de que somos adorables. El perro te da exactamente lo que tú quieres y necesitas; es una zona de confort en lugar de la intemperie de la crítica, el enfrentamiento a los defectos propios y la obligación de transformarse a mejor que es de un modo u otro cualquier contacto con otros seres humanos.


Lunes, 1/11/2021. Me topo en Twitter con un ruego que secundo: «Dejemos de vestir de luto a las mujeres que abortan. Que repitamos hasta la saciedad que el aborto es traumático sólo pone de manifiesto el estigma que existe en torno al derecho al aborto y la presión social que sienten quienes ejercen su derecho. Ya está bien». La clave de la trampa es la palabra traumático, con sus connotaciones de permanencia, de cosa vitalicia. Abortar es sin duda desagradable, pero ¿por qué va a ser traumático? Diciendo que lo es, compramos y validamos el marco retórico del enemigo. Algo puede ser desagradable siendo, a la vez, liberador: una ruptura matrimonial, por ejemplo.

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Circula hoy por Twitter un extracto de una entrevista a uno de los más insufribles enfants terribles del dextrocolumnismo patrio. Dice en ella que se congratula de haber encontrado por fin una pareja que no intenta cambiarlo. Pienso: qué narcisista y estúpida es esa idea de que la pareja ideal es la que no intenta cambiarte. Lo hermoso de la vida en pareja es justamente cambiar y ser cambiado, corregirse las carencias mutuas, perfeccionarse el uno al otro.

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Una lápida de Grao, fotografiada por Juan Álvarez: «La niña Mª Pilar Peláez Ramos subió al cielo 9-2-1967 a los 8 meses. Su hermana Mª Pilar Peláez Ramos subió al cielo 29-7-1972 a los 8 meses». Cuántas historias hermosas y terribles sutilmente contadas cuentan los cementerios.

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Montaigne, posmoderno en 1588: «Y el caso es que estimo […] que nada bárbaro o salvaje hay en aquella nación [de indígenas de América del Sur], según lo que me han contado, sino que cada cual considera bárbaro lo que no pertenece a sus costumbres».

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Cuenta Marco d’Eramo en El selfie del mundo: una investigación sobre la edad del turismo que en Pevas, un pueblo peruano a orillas del río Amazonas, al este de Iquitos, se topó a activistas indios quitándose los vaqueros, las camisetas y las gafas y comenzar a pintarse la piel. Cuando les preguntó por qué lo hacían, le respondieron: «El barco con los turistas llega el miércoles». Algunos años antes, a miles de kilómetros de distancia, en el pueblo de Yapsie, en Papúa-Nueva Guinea, al ver a todos los indígenas vestidos como nosotros, preguntó si los peinados que se ven en los textos de antropología se los hacían para alguna ocasión ritual. Le contestaron: «Nos los ponemos solo cuando vienen los hombres de National Geographic».

El libro de D’Eramo es interesantísimo y lleno de reflexiones jugosas sobre la industria turística, de la que él defiende que se trata de una industria pesada. Los flujos turísticos no son inmateriales: necesitan la movilización de miles de millones de toneladas de hormigón y otros materiales para construir desde infraestructuras hoteleras y de ocio hasta los grandes cruceros. Infraestructuras muy contaminantes: piénsese en el agua esquilmada para regar campos de golf en zonas áridas o en la inmensa polución que emiten los propios cruceros. Infraestructuras que, cuando se abandonan (por ejemplo, porque la zona en la que se alzan deja de estar de moda), dejan tras de sí el mismo paisaje postapocalíptico que el desmantelamiento industrial clásico. E incluso infraestructuras que llegan a ser más pesadas, más sólidas, más inamovibles, que las de la industria clásica. Ilustra a este respecto el autor que la ciudad estadounidense con más conflictos laborales durante los últimos veinte años es Las Vegas: sus gigantescos hoteles, con miles de trabajadores, son las únicas macroempresas del país que no se pueden deslocalizar, y eso retira una baza a los empresarios, que no pueden usar la deslocalización como amenaza desmovilizadora. Las Vegas es ahora mismo la capital de la lucha de clases en Estados Unidos, con sindicatos muy fuertes cuya animosidad está detrás del viraje del estado de Nevada, históricamente republicano, hacia el triunfo del Partido Demócrata.

Hacía tiempo que no subrayaba tanto un libro. Esta cita de S. Britton, por ejemplo: «La posición del trabajo en el suministro de productos turísticos es insólita, porque los trabajadores son al mismo tiempo proveedores de servicios y parte del producto consumido». D’Eramo también cuenta decenas de anécdotas interesantes sobre la historia del turismo. Leo, por ejemplo, con horror sobre Saartije Baartman (1789-1815): una muchacha khoikhoi cuyas nalgas y labios vaginales despertaron una curiosidad obsesiva en Europa. Bautizada como la «Venus hotentote», fue exhibida por doquier. Después de morir, su vulva fue conservada en formol. También se preservaron su cerebro y su esqueleto; y todos esos restos permanecieron expuestos en un museo de historia natural y el Musée de l’Homme, en Francia, durante 160 años. Nelson Mandela pidió a Mitterrand su repatriación, pero esta no se produjo hasta 2002. Leo también que, a mediados del siglo XIX, se puso de moda, como atracción turística, visitar las cloacas de París. Se organizaban viajes en barco, cacerías de ratones, reuniones y hasta bodas. Tan numerosas eran las visitas que se invitaba a tener cuidado con los carteristas. Como me dicen en Twitter cuando comparto esto, el turismo en el siglo XIX era una cosa muy loca: algunos viajeros europeos viajaban a propósito a través de Sierra Morena por el morbo de ser asaltados por bandoleros. La estupidez del turista, de cierto turista, no es un fenómeno nuevo, porque no lo es la estupidez humana.

Otro capítulo que despierta en mí un interés esecial es el que D’Eramo dedica al pueblo chino de Lijiang, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1997 después de ser arrasado por un terremoto y reedificado simulándole un falso casco antiguo. El autor italiano introduce allá reflexiones muy interesantes sobre la autenticidad. Y cita una frase de la guía Rough sobre Linjiang que resume el siglo XXI, esta centuria obsesionada con el pasado, saturada de pretérito: «La ciudad vieja crece cada año que pasa».

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Jean de la Bruyère en 1688: «Nosotros, que somos tan modernos, seremos antiguos dentro de unos siglos».

El runrún interior: un dietario (23)


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleCrítica.cl, La Soga, Nortes, LaU, La Marea y CTXT; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019) y Los nuevos odres del nacionalismo español (2021).

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