El norte

La aleación incandescente

La diplomacia de las especies interdependientes, del filósofo francés Baptiste Morizot, propone un nuevo modo de relación con los demás seres vivos que su colega Olivier Remaud rastrea en glaciares e icebergs

/ El norte / Eugenio Fuentes /

¿Se puede contentar a un tiempo al lobo y a la oveja? ¿Al lobo, a la oveja y al pastor? ¿Al lobo, a la oveja, al pastor, al perro guardián y a la pradera? Sí, claro que se puede, aunque no sea un empeño fácil y aunque el camino para hacerlo apenas haya sido desbrozado y no cuente con simpatías ni entre los dueños de los grandes rebaños ni entre parte del activismo ecológico. Entre los primeros, porque solo ven objetos en el lobo, la oveja, el perro guardián y la pradera, y porque al pastor lo perciben como un obrero que, por el mismo salario, podría cuidar muchos más animales si se exterminase a los lobos. Entre los segundos, porque en el concepto de cohabitación entre especies interdependientes, en el que no caben víctimas ni victimarios, suelen detectar un peligroso tufo despolitizador.   

En todo caso, contra unos y con escaso apoyo de los otros es cómo ha ido construyendo el filósofo francés Baptiste Morizot, especialista en relaciones entre los seres humanos y los demás seres vivos, las sugerentes tesis que expone en Maneras de estar vivo, un libro cuyo subtítulo vale por todo un prólogo: «La crisis ecológica global y las políticas de lo salvaje». Volumen que encuentra un espléndido complemento en Pensar como un iceberg, obra de otro filósofo galo, Olivier Remaud, cuyo principal ámbito de estudio son las relaciones entre fábulas sociales y formas de vida. Tras descubrir con Remaud el entrelazamiento de vidas, incluidas las humanas, que se teje en torno a un iceberg es muy probable que a la fascinación ante el espléndido espectáculo que ofrecen los hijos de los glaciares el lector haya sumado una fértil reflexión sobre el cuidado con el que hay que manejar el concepto de materia inerte. Lo que es seguro es que nunca más volverá a ver un iceberg como un gigantesco cubito de hielo flotando en el mar.

Una crisis de la sensibilidad

Para Morizot (1983), la crisis ecológica global es ante todo una crisis de sensibilidad, o sea, de los sentidos. Los animales humanos, él prefiere llamarlos seres humanos, nunca hemos oído ni olfateado demasiado bien pero al menos habíamos aprendido a ver. Ya no, ya solo percibimos a nuestros congéneres y no a todos. De hecho cada vez percibimos a menos. Así que, en mitad del campo o del monte, podemos solazarnos en un «silencio apacible», sin advertir que nos rodea «el zoco interespecies más variopinto y ruidoso». La consecuencia es que, primates sociales obnubilados por el resto de la tribu, hemos perdido casi por completo la capacidad de establecer relaciones con los otros seres vivos, salvo que sea para reducirlos a materia generadora de beneficio económico o para convertirlos en mascotas. Lo denunció hace años Lévi-Strauss, quien enfatizó el aspecto trágico de una incomunicación cuya gravedad se entiende al pensar que cada especie tiene una perspectiva única sobre el mundo: sabe leer unos signos que las demás ignoran.

Maneras de estar vivo: la crisis ecológica global y las políticas de lo salvaje
Baptiste Morizot
Errata Naturae, 2021
396 páginas
23 €

Esta incapacidad para conectar con el resto del planeta, plasmada en la escasez de palabras que tenemos para expresar esas posibles relaciones, no es solo consecuencia de la urbanización galopante que asfixia al animal humano desde que el capitalismo industrial alcanzó velocidad de despegue mediado el siglo XIX. Ya Thoreau, tan dotado para detectar señales de seres vivos e inertes durante sus caminatas por campos y montes, consagró por entonces algunas penetrantes reflexiones a las profundas heridas causadas a la población rural por su emigración a la urbe. Tolstói fue en la misma línea poco después. Pero el lastre se viene arrastrando desde bastante antes, como bien puntualiza Morizot. Más o menos desde que en el Renacimiento se sientan las bases de la Modernidad.

Es entonces cuando cristaliza la idea de que el animal humano solo puede mantener relaciones de dos tipos con el exterior: naturales y sociopolíticas. Estas últimas están reservadas al trato con los demás seres humanos. Un trato en general despiadado, cabe precisar. Al resto del planeta, del que nos escindimos y al que cosificamos como Naturaleza, se le asignan las relaciones naturales, que lo convierten en decorado, recurso productivo, matriz de símbolos y emociones o incluso lugar de vuelta a unos orígenes idealizados que son pura invención. En suma, los otros seres vivos quedan desontologizados, esto es, pierden su estatuto de seres y son expulsados del entramado de la vida colectiva o permanecen en ella como simple materia generadora de riqueza. No es solo por ignorancia por lo que no percibimos sus señales sino también, y sobre todo, porque en la Naturaleza ya no hay nada que ver o interpretar. De ahí, precisa Morizot, que el activismo ecologista no sea «la Naturaleza que se defiende» sino «el mundo de los seres vivos que se defiende, entre otras cosas, de su conversión en Naturaleza».

De la ceguera a la diplomacia

Maneras de estar vivo no se limita a hacer diagnósticos. De hecho, su análisis de la crisis ecológica sistémica como crisis de sensibilidad no es sino el pórtico de acceso a una suite de seis ensayos y un epílogo en los que Morizot va desgranando los pasos de una terapia que, acto seguido, le permite exponer su proyecto de diplomacia entre especies interdependientes basada en la atención y en la negociación, obviamente no lingüística. Así, tras alertar sobre la ceguera y apuntar sendas para recuperar la vista, incita a respetar incluso las formas de vida más elementales, por ser portadoras potenciales de formas muy complejas, al igual que lo fue el antepasado unicelular del ser humano. Este aldabonazo moral le deposita a las puertas de la Ética de Spinoza, en cuyo rechazo a la represión de nuestra animalidad interior (pasiones) se fundamenta su negativa a ejercer la violencia contra los seres vivos exteriores.

Saltan entonces al texto los sorprendentes resultados de los trabajos de campo nocturnos de Morizot con lobos, ovejas y perros guardianes dentro del programa CanOvis. Un proyecto para devolver a los pastores pirenaicos margen de maniobra y capacidad de acción frente a los ataques lupinos mediante una nueva etología y herramientas que ayuden a tomar decisiones diferentes a las «batidas de alimañas». Observando con cámaras térmicas la vida nocturna de una manada de lobos y sus relaciones de interdependencia con rebaños de ovejas y sus perros pastores se han registrado sorprendentes y hasta ahora desconocidos comportamientos que escapan a un mecanismo ciego y automático de depredación. La depredación solo es la punta del iceberg de unas relaciones infinitamente más ricas de lo que se creía: lobos que juegan con perros pastores, que comparten con ellos despojos de ovejas, que los cortejan. Ahí, afirma Morizot, en esa parte invisible de la relación, se construyen las situaciones que llevarán o no a la depredación. El animal no es un autómata condenado a ejecutar un programa.

A raíz de estos descubrimientos entra en juego el concepto, debido a Schopenhauer, de contingencia de las formas singulares, que sitúa el eje del problema no ya en los diferentes seres sino en las relaciones que mantienen entre ellos. La labor diplomática que propugna Morizot tendrá, pues, por objetivo la salvaguarda de las relaciones, lo que conduce a los conceptos de interdependencia, comunidades de importancia y, finalmente, la guinda ética de la construcción, las consideraciones ajustadas. Cada ensayo está preñado de conceptos y razonamientos muy jugosos cuya glosa desborda los límites de estas líneas y aconseja una salutífera zambullida en un volumen que tampoco ahorra mandobles a las desmesuras capitalistas.

Hacer daño a la estupidez

En el posfacio de la obra, el narrador Alain Damasio, especialista en distopías políticas, sostiene que para hacer frente a los desmanes ecocidas del Tecnoceno es necesario combatir la estupidez. Y eso implica ir contra las moralinas, el mesianismo apocalíptico, «el antiespecismo de supermercado» y los espejismos del Derecho, porque, añade, «son reaccionarios». Tanto, habría que añadir, como la sucesión de guiños a la ecología inscritos en políticas incapaces de recortarle las alas al capitalismo. Tanto, convendría no olvidar, como las transiciones ecológicas de guante blanco que apenas logran disimular su vocación reanimadora de sectores agotados de la industria.

Damasio asegura que Maneras de estar vivo, y el resto de la obra filosófica de Morizot, tiene esa capacidad de «hacer daño a la estupidez» porque «se abre al después». Marca líneas de actuación de muy largo aliento, pero lo hace desde una profunda imbricación en el aquí y el ahora, en el trabajo de campo. Si el filósofo francés es plenamente consciente de la ceguera del animal humano es, en gran parte, por su condición de rastreador, de lector y traductor de las señales del lobo en Francia, del oso pardo y el grizzly en Yellowstone, del leopardo de las nieves en Kazajistán. Desde esta condición de rastreador, actividad que fue esencial para el desarrollo de la inteligencia humana, es desde la que Morizot aborda un trabajo en el que, como bien señala Damasio, devuelve la libertad a los seres vivos, los politiza (al superar la ponzoñosa dualidad extractivismo-sacralización) y nos vuelve a conectar con ellos mediante el derribo de la falacia naturalista de la modernidad. Y todo, sirviéndose de la que el filósofo considera la principal arma del rastreador, la aleación incandescente de todas las facultades vivas: «los sentidos más aguzados, el cuerpo más movilizado, la imaginación mas indómita, los razonamientos más ceñidos, la sensibilidad más vibrátil, la fabulación y el saber». Una aleación que se funde en «el crisol del cuerpo conectado al afuera» y que enlaza afecto, objeto y concepto siguiendo la exigencia de Deleuze, para quien un concepto no está completo si no tiene un ala afectiva y perceptiva que lo equilibre.

Niebla francesa y utopía

Es posible que la expresión niebla francesa brote en alguna boca al leer los párrafos anteriores. De hecho, el sintagma se acuñó en universidades estadounidenses en la década de 1960 para descalificar el pensamiento estructuralista de Lévi-Strauss, Lacan, Foucault o Barthes. Hubo quien transformó incluso la niebla en empanada para aludir al impacto de ese pensamiento, y el de los primeros posestructuralistas, en los voraces lectores españoles de la década siguiente. Los críticos más benévolos se limitarán, tal vez, a recurrir al adjetivo mágico que justifica todos los inmovilismos: utñopico. Pues bien, quede claro que Morizot acepta que su proyecto de diplomacia entre especies interdependientes pueda ser calificado de utópico, a condición de que se entienda que lo es «de una manera realista», o sea, en el sentido que le daba en 1999 el filósofo John Rawls en El derecho de gentes: «La filosofía política es utópica de manera realista cuando amplía lo que habitualmente pensamos que son los límites de la posibilidad política práctica».

Epílogo: ¿en qué piensan los icebergs?

En nada, claro. Al menos para los científicos y para todas las poblaciones no animistas del planeta, que no los consideran seres vivos. Sin embargo, para el filósofo Olivier Remaud, autor de Pensar como un iceberg (Gallo Nero), la ausencia de actividad neuronal en esos bloques de hielo desprendidos de los glaciares no debe ocultar el riquísimo entramado vital que se mueve en torno a ellos. De entrada, y para los fines de este artículo, el libro de Remaud cumple la notable función de extender a los seres inertes muchas de las reflexiones deslizadas por Morizot en Maneras de estar vivo, volumen en el que su presencia es esporádica y tangencial.

Pensar como un iceberg
Olivier Remaud
Gallo Nero, 2022
238 páginas
19 €

Los icebergs han pasado de ser vistos en el siglo XVIII como barreras infranqueables en el camino hacia los polos a ser incluidos en el XIX en el ámbito de lo sublime, concepto neoplatónico recuperado en el Renacimiento y teorizado más tarde, entre otros, por Edmund Burke y Kant. Esta percepción esteticista se acompañó de investigaciones científicas que concluyeron que los glaciares se movían y, en consecuencia, llevaron a preguntarse si estaban vivos. El hecho de que esta posibilidad se descartase no impide que el desprendimiento de un iceberg sea denominado parto por los glaciólogos y que el glaciar del que proviene sea designado como parental.

En cualquier caso, los icebergs, que pueden tener cientos de kilómetros de largo, levantarse decenas de metros sobre el mar y hundirse varios cientos en él, son ecosistemas, montañas de hielo repletas de formas de vida interdependientes. Las bacterias y algas unicelulares acumuladas en sus flancos alimentan al zooplancton, que nutre a los bacalaos, que en el Ártico son engullidos por fulmares, narvales y focas, devoradas estas últimas por osos polares. Pero, además los glaciares e icebergs cumplen un papel de reguladores sociales entre los seres humanos que pueblan las tierras árticas, como muy bien ha reflejado Barry Lopez en su espléndido Sueños árticos.

Cosmologías animistas

Estas poblaciones árticas están regidas por cosmologías animistas en las que glaciares e icebergs, hoy a merced del deshielo, sí están vivos, han sido sacralizados y castigan a los humanos cuando incumplen los pactos establecidos con ellos. En estos castigos puede verse superstición, pero un observador atento comprenderá que los pactos vulnerados son el resultado de una extrema atención y respeto al entorno. La misma atención y el mismo respeto que subyacen como precondiciones en la teoría diplomática de Morizot. No se trata, en suma, de abrazar en bloque el animismo en una más de las estériles huidas hacia el pasado ante la crisis ecológica sistémica. Sin embargo, sí se trata de entender que en esas cosmologías comparten espacio lo que no sabemos sino tachar de supersticiones con un conocimiento muy profundo y detallado del entorno. Del comportamiento de los demás seres vivos y de los seres inertes.

Según relata Morizot, los tuvanos siberianos (chamanistas y animistas) crían renos salvajes, más fuertes y útiles que los ejemplares de las especies domesticadas, ya que la domesticación se basa en eliminar a los individuos más fuertes y rebeldes para quedarse con los más débiles y sumisos. Y si han podido hacerlo es porque, conociendo sus lógicas de conducta, han logrado condicionar sus acciones y entablar con ellos relaciones armoniosas. Una colaboración mutualista, influida y orientada por los humanos, que exige pensar como un reno, como un iceberg, como un lobo, como una oveja, como un perro guardián, como una pradera y como un pastor con oficio artesano. O al menos intentarlo una y otra vez para mejorar los resultados de las tentativas anteriores. Aunque sea un proceso más laborioso que organizar batidas para eliminar cualquier rastro de depredadores y así tener más animales pastando con menos perros guardianes, menos artefactos disuasorios no letales y, claro, menos pastores.


Eugenio Fuentes nació en Londres, en el hospital de St. Mary Abbot’s, donde doce años después fallecería  el legendario guitarrista Jimi Hendrix. Licenciado en historia y especializado en relaciones internacionales contemporáneas, ejerció la docencia y la investigación en la Universidad de Rennes 2 Alta Bretaña durante cuatro años. En 1988 se integró en la redacción del diario La Nueva España, del que durante casi tres décadas fue responsable de información internacional, analista político, columnista y crítico literario. Fruto de una insana pasión por los libros mantuvo durante 31 años en el suplemento Cultura la sección de novedades «La brújula», alimentada sobre todo por volúmenes huidizos publicados por pequeñas editoriales. Entre 2000 y 2004 quedó embrujado por el pintor Luis Fernández, a quien dedicó numerosos artículos y el documental Los mundos de Luis Fernández.

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