/ por Pablo Batalla Cueto /
Miércoles, 26/6/2024. Preguntaron en una ocasión a Marcel Proust cuál era la cualidad que más apreciaba en un hombre, y respondió que el encanto femenino. Le preguntaron seguidamente cuál apreciaba en una mujer, y respondió que las virtudes masculinas.
Jueves, 27/6/2024. Elías Díaz decía que era «militante, pero no simpatizante» del PSOE. Era una boutade, pero tenía mucho sentido; lo tuvo durante mucho tiempo para mucha gente que tenía carné y pagaba cuotas en el PSOE —o también en el viejo PCE— sin necesidad de entusiasmarse con el rumbo del partido. Por supuesto, la indisposición no era total: si no, se hubieran marchado, como también hizo mucha gente a lo largo de los años. Pero podía ser bastante grande y sin embargo no significar una ruptura, esa marcha de una organización en la que se seguía por muchos motivos: por un sentido de lealtad biográfica al partido en el que se llevaba toda la vida y tal vez habían militado los ancestros de uno; por la conciencia de que, aunque estuviera en manos de gente indeseable, podría, en el futuro, llegar otra que no lo fuera, y en todo caso había que seguir ahí para pisarle los callos, para cantarle las cuarenta, para no regalarle una victoria total, la propiedad total de unas siglas que eran tan suyas como de sus críticos. Se concebía el partido como una casa venerable y valiosa, fundada mucho antes de que uno naciera, y que se tenía la misión de cuidar, de reparar. Se discutía, después, sobre cómo amueblarla, decorarla, pintarla, qué cosas hacer dentro de ella. Pero la casa, la presencia de la casa, no estaba en discusión.
En nuestro tiempo esto va sonando a chino, aunque perviva débilmente en un PSOE y un PCE o una IU de cuyas asambleas gijonesas yo escuchaba el otro día la siguiente observación, dolorosamente certera: las asambleas socialistas de hoy se parecen a las de IU de los noventa; y las de IU de hoy, a las del PCPE de aquella década. Hay una mengua drástica del interés militante entre las generaciones más jóvenes, y las mayores que lo siguen conservando van enfrentando su desaparición biológica. La militancia clásica, con carné y cuotas, con compromiso de fungir como interventor o trabajar en la carpa del partido en las fiestas en que la ponga, es un viejo mundo que no perece de golpe, pero agoniza. En las carpas festivas va siendo habitual, por ejemplo, la contratación de personal externo. La nueva política no funda partidos, palabra proscrita y que se reemplaza por un rosario de sustantivos cada vez más etéreo. La plataforma dio paso al espacio y ahora leemos cosas —le leemos esta a Covadonga Tomé— como que «es hora de fundar un nuevo acontecimiento político». YolandaDíaz se refería recientemente a «los seguidores de Sumar». El lenguaje es cristalino con respecto al abandono de las formas sólidas y estables de agrupación política y a cómo hoy somos nómadas; vagabundos políticos sin paredes estables a su alrededor, obligados a la errancia y a tender una yurta nueva cada año. Somos «nómadas que buscan los ángulos de la tranquilidad», como dice la canción de Battiato, y no acabamos de encontrarla; la vida de nuestras siglas es cada vez más efímera —tan efímera ya, parece, como un acontecimiento—, y la nuestra, una discusión constante sobre la forma que va menguando los debates de contenido. Ello acaba siendo agotador y significando quemas perdurables de cuadros valiosos que, transcurrido un tiempo cada vez más breve de implicación, se retiran permanentemente de la vida política, convertidos, ellos mismos, en un acontecimiento, militantes de un día, de una tarde.
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Comenta Xan López que «la avalancha parlamentaria laborista que se viene es un espejismo de su sistema electoral. La realidad es que sigue habiendo una mayoría social conservadora/reaccionaria/liberal. Y eso sin tener en cuenta lo conservador que es el propio partido laborista de hoy en día». Y sí. Cuando el SPD ganó las elecciones en Alemania, se dijo que esa victoria representaba paradójicamente más bien continuidad que cambio: el gris y prudente Scholz recordaba más a Merkel que el candidato neoderechista de la CDU. Da la sensación de que con Starmer va a pasar algo así.
Viernes, 28/6/2024. La senilidad de Joe Biden empieza a ser clamorosa. Al respecto comenta Xan López: «Veo a gente comentar cosas del estilo: “los asesores de Biden sabían que iba a pasar esto y buscaban humillarle porque en realidad quieren perder”, etcétera. Lo único que demuestran estos comentarios es que el pensamiento conspirativo es transversal a ideologías. Preferimos pensar que hay un gran plan maligno que asumir que muchas cosas que ocurren son una mezcla de inercias institucionales y organizativas, conflictos interpersonales y suerte».
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Concentración de fascistas cantando el Cara al sol brazo en alto ante la gran cruz que en el Colegio de la Inmaculada, en Gijón, conmemora a los facciosos que, durante la guerra civil —en que el colegio se convirtió en el Cuartel Simancas— resistieron allá el asedio republicano durante varias semanas, en plan alcázar de Toledo. Ocurre a plena luz del día y delante de la comisaría de la Policía Local. Qué decir.
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Dice Juan Manuel Marqués Perales que mejor envejecer como Joe Biden que como Felipe González. Amén.
Sábado, 29/6/2024. Me regala mi amigo Pedro Sáez Serrano, en cuya casa me quedo a dormir en Cercedilla, adonde me ha traído a presentar La ira azul, su poemario Las dudas del francotirador. Lo leo de noche, de una sentada. Me gusta este poema sobre Yugoslavia titulado exactamente así, Yugoslavia:
Yo quería ser yugoslavo,
igual que Mirza Delibasic,
y jugar al baloncesto al estilo de Ljubljana,
es decir,
con elegancia, sagacidad y precisión,
y tener una novia eslava,
vestida de konsomolski los sábados por la tarde,
justo antes de ir a cenar borsch y vino de
Primorska;
y ser independiente de Moscú,
y ganar muchas medallas de oro y plata sin
aparente esfuerzo.
Yo quería ser uno de esos tipos que les robaron
a los yankis sus juegos patrimoniales,
la llama y la elocuencia del básket posmoderno.
Sí, yo quería ser yugoslavo,
y durante muchos años mantuve viva esa ilusión
precisa,
hasta los veintiséis años exactamente,
en que me la arrancaron a base de muerte y
estupidez rampante
y me dejaron huérfano y helado contra los muros
del fango.
Durante mucho tiempo pobló mis pesadillas una
imagen elocuente:
«chetniks en el bosque, hay chetniks en el bosque».
Pero aunque ya no quiero ser yugoslavo
(ya no quiero ser nada)
sí quiero ser como Mirza Delibasic,
porque él nunca abandonó la ciudad de Sarajevo,
aunque bien pudo hacerlo,
pues estaba enfermo,
y sus amigos españoles no dejaron ni un día de
llamarle.
Nunca abandonó a sus hermanos martirizados.
Yo quiero ser como él:
lanzar a canasta desde una silla de ruedas,
lanzar a canasta desde una tarde de la infancia,
en un solar donde crecen amapolas,
mientras la ciudad se derrumba a nuestro lado como
una niña invencible.
Domingo, 30/6/2024. Max Horkheimer, 1942: «En la historia, solo lo malo es irrevocable […] Lo demás se halla siempre en peligro».
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Sale hoy en el suplemento Ideas de El País un especial sobre los intelectuales más influyentes para la derecha actual, elaborado por Sergio C. Fanjul con el concurso de varias personas entre las que me cuento (también, ay, gente como Rocío Monasterio), y a las que se nos pidió que propusiéramos una lista de diez. De todas las listas, se extraerían los diez pensadores más votados, de los que se publicarían otras tantas semblanzas encargadas a expertos o simpatizantes. Y son estos: Friedrich Hayek, Edmund Burke, Carl Schmitt, Alexis de Tocqueville, Roger Scruton, Michael Oakeshott, José Ortega y Gasset, Ayn Rand, Raymond Aron y Alain de Benoist.
Mi lista era algo distinta: Hayek, Benoist, Schmitt, Scruton, Ernst Nolte, Alexander Duguin, Ludwig von Mises, Murray Rothbard, Milton Friedman y Ayn Rand. Se me podrá decir que sobrerrepresento a fascistas y libertarianos, y soy injusto no incluyendo a conservadores templados como Oakeshott, pero, al preguntarme qué pensadores influyen más en la derecha actual, me parecía importante pensar en lo que hacen y no en lo que dicen. La derecha actual se puede tirar el pisto de la prudencia y la templanza y el principio de realiad todo lo que quiera, pero la realidad es que están todos entusiasmadísimos con Milei.
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En Málaga, en una manifestación contra la turistificación de la ciudad, enarbolan una pancarta que dice «más gazpachuelo, menos sushi». No debería irse por aquí, pienso. El problema del turismo desbocado no es que mancille la comunidad orgánica con costumbres ajenas, sino la marginación de los empadronados. Yo quiero que en Gijón haya sushi además de fabada, pero que lo haya para mí.
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Sigue a la carga Felipe González, a quien hoy entrevistan en Abc. «Yo no hago lobby en la UE, como Zapatero, a favor de violadores de derechos humanos», dice. Da la sensación de que está intentando forzar su expulsión del PSOE para hacerse el mártir. Lo inteligente, por supuesto, será no hacerlo: Felipe ya no es nadie, ni interesa a nadie más allá de la derecha que intenta utilizarlo como arma arrojadiza. Si se le echa, se le vuelve a convertir en alguien.
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El felipismo fue la fase democrática del franquismo: el gobierno de un líder fuerte y represivo con una vigorosa oposición sindical, pero casi ninguna oposición política; la apertura justa para posibilitar la entrada en la CEE por la que los franquistas siempre habían suspirado. El franquismo sin Franco hizo con el PSOE lo que antes con la Falange: absorber y poner a su servicio la fuerza movilizadora y la evocación revolucionaria de sus símbolos. El PSOE felipista fue un nuevo Movimiento Nacional: el partido del Estado y la promesa de un botín. En materia económica o diplomática, lo distintivo del felipismo no es su ruptura, sino su continuidad con el franquismo. El despendole despolitizado de la Movida prolongaba la política cultural de la tardodictadura. El relato oficial de la historia de España permaneció idéntico.
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Comparte Álvaro González en Twitter unos extractos de un conjunto de entrevistas inenarrables que durante la guerra civil se le hicieron a Gonzalo de Aguilera Munro, jefe de prensa de Franco en el Norte tras el 18 de julio. Dice Álvaro que es lo más espectacular que ha visto en su vida de todo lo relacionado con la Cruzada. Esto decía Aguilera al escritor y soldado inglés Peter Kemp:
«El gran error que han cometido los franquistas al empezar la Guerra Civil Española ha sido no fusilar de entrada a todos los limpiabotas. Un individuo que se arrodilla en el café o en plena calle a limpiarte los zapatos está predestinado a ser comunista. Entonces ¿por qué no matarlo de una vez y librarse de esa amenaza?».
Esto al reportero norteamericano Hubert R. Knickerbocker:
«Vamos a ejecutar a cincuenta mil personas en Madrid. Y no importa adónde intenten escapar Azaña y Largo Caballero (el presidente del gobierno) y el resto, pues, aunque tenemos que estar años buscándoles por el mundo entero, les atraparemos y mataremos a todos y cada uno de ellos… De lo que no te das cuenta es de que cualquier demócrata estúpido, o como quieran llamarse, se presta a ciegas a los fines de la revolución roja. Los demócratas sois todos siervos del bolchevismo. Hitler es el único que sabe reconocer a un rojo cuando lo ve… Debemos destruir la prole de escuelas rojas que la llamada república instaló para enseñar a los esclavos a rebelarse. A las masas les basta con leer lo suficiente como para entender órdenes. Debemos restaurar la autoridad de la Iglesia. Lo esclavos la necesitan para que les enseñe a comportarse… Es deplorable que las mujeres voten. Nadie debería votar, y mucho menos las mujeres… En nuestro estado, la gente tendrá libertad para callarse la boca».
Y esto al periodista estadounidense John T. Whitaker:
«Tenemos que matar, matar; ¿sabe usted? Son como animales, ¿sabe?, y no cabe esperar que se libren del virus del bolchevismo. Al fin y al cabo, ratas y piojos son los portadores de la peste. Ahora espero que comprenda usted qué es lo que entendemos por regeneración de España… Nuestro programa consiste… en exterminar un tercio de la población masculina de España. Con eso se limpiaría el país y nos desharíamos del proletariado. Además también es conveniente desde el punto de vista económico. No volverá a haber desempleo en España, ¿se da cuenta?».
Álvaro González cuenta también algunos datos sobre Aguilera. Se distanció de Franco al término de la guerra porque él había luchado por el retorno de la monarquía. En agosto de 1964, asesinó con una pistola a sus dos hijos, Gonzalo y Agustín, de 47 y 39 años de edad respectivamente. Hablaba cinco idiomas. Tenía una extensa biblioteca de más de mil volúmenes y había viajado por toda Europa. Y es que no: el fascismo no se cura ni viajando, ni leyendo, como tantas veces se dice.
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En el pequeño circo, que visito con I. —cuántos años hacía que no iba al circo—, me impresiona el equilibrista. Va haciendo el pino en sucesivas sillas, que van formando una torre cada vez más alta y más precaria. Llega a amontonar cinco. En un momento dado, me fijo en su rostro, y me asusto un poco. Sus ojos traslucen auténtico terror, el fulgor de espanto —no exagero— que se adueñaría de nuestro rostro si pudiéramos asomarnos al mismísimo Infierno. Uno pensaría que solo puede dedicarse a esto gente que, por un azar biológico, tenga bloqueados los mecanismos del miedo, como en una ocasión leí que le ocurre al escalador Alex Honnold, famoso por ser el primero en escalar sin cuerdas la lisa pared del emblemático Capitán, en Yosemite. O al menos, que haya conseguido bloquearlos a fuerza de entrenar. Pero ahora me doy cuenta de que no es así; de que puede no ser así. El miedo puede no irse jamás, seguir siendo un gaje del oficio que la vida le ha asignado a uno; y el entrenamiento, posibilitar simplemente la convivencia con él.
El circo es frances: Cirque Prin se llama, y es a todas luces una empresa familiar, según se deduce del estrecho parecido de los rasgos de las sucesivas estrellas del show y de la mujer mayor que se ocupa de un pequeño puesto de gusanitos y refrescos, a partir del cual uno va deduciendo el árbol genealógico sin dificultad. En el espectáculo participa incluso la generación más joven, dos niñas acróbatas, una de nueve años y otra adolescente. Algunos hacen dos cosas. El malabarista es también el payaso, y en uno de sus números participa también el equilibrista. Todos tienen algún talento, menos uno; un hombre de de andares lentos y torpes y aire taciturno, al que ponen simplemente a colocar y recoger el atrezzo de cada número en el círculo central. Pero del último número, el del ilusionista, en el que la acróbata adolescente se mete en la típica caja y se le van clavando varillas de metal, resulta ser él el encargado, porque los trampantojos de mago no requieren tener verdadero talento, sino solo aprendérselos. Y ello es que, vestido ahora con un traje brillante de showman en lugar del anodino polo de empleado, parece transformarse. Lo desmañado y lo macilento se convierten en una sonriente agilidad. El número de ilusionista impresiona a los niños, pero no a mí, que deduzco la trampa sin ninguna dificultad. Pero sí me impresiona esto otro, este traje refulgente de brillantina, capaz de convertir al introvertido en extrovertido, porque ahí sí que hallo el pasmo de un sortilegio. Sé bien que no es brujería, sé bien que en ocasiones basta con un traje para cambiarlo todo. Pero no deja de asombrarme comprobar en vivo cómo basta.
El payaso es bueno. Me río genuinamente con sus payasadas. La primera de todas involucra a un tigre de peluche, con el clown haciendo de domador, con un aro y un látigo. Le ordena que salte por el aro y el peluche, como es obvio, se queda quieto, para estruendosa carcajada de los niños. Después de sucesivos y desternillantes intentos, termina por pegarle una patada que lo hace atravesar el hulahoop. I. llora de la risa. Yo me quedo pensando en lo curioso y lo inteligente de esta introducción de la memoria de los domadores en un espectáculo que, debido al cambio de la sensibilidad social —bendito sea—, ya no puede incluirlos.
Hay un algo elocuente ahí sobre la tradición. Posiblemente esta familia de la que veo a los abuelos, los padres y los hijos tenga detrás un linaje circense más antiguo. Posiblemente ya los bisabuelos, los tatarabuelos, fueran artistas de circo: esta clase de sagas pertinaces ha sido muy típica en este mundo. Y tal vez alguno de esos ancestros fuera domador, y este tigre de peluche sea un guiño, una manera escueta de recordarlo; de cumplir con la ley y la moral del siglo XXI sin dejar de obedecer un cierto deber de memoria. Recordar al abuelo y recordarle al espectador —que si tiene cierta edad puede haberla conocido— la época en la que el circo tenía leones, tigres y elefantes. Yo la conocí, y al visitar este circo, he desbloqueado el recuerdo de una visita infantil al de Ángel Cristo, que de pronto evoqué con gran viveza: Cristo metiendo la cabeza en las fauces de un león, Cristo diciéndole látigo en mano que si no hacía tal cosa llamaría a su suegra. De modo tal, la doma sí ha acabado formando parte del espectáculo. De modo tal, la doma sí ha acabado formando parte del espectáculo, aunque haya sido mental, fantasmalmente, representada, no en el albero de la carpa, sino en las cabezas del público. Las tradiciones siempre son así: están hechas de repetición tanto como de recuerdo de todo aquello que no puede ya repetirse.
Lunes, 1/7/2024. Comenta Diego E. Barros que, tras tres años viviendo en Francia, fue una sorpresa constatar que el país es muchísimo más conservador, cerrado, ultranacionalista y hasta fundamentalista católico que España. Tengo la misma sensación, pero para mí no es una sorpresa. A los franceses les gusta mucho presumir de ser la patria de la revolución, pero no dejan de ser, en la misma exacta medida, la patria de la contrarrevolución, la reacción y hasta el fascismo. Francia es Robespierre y Saint-Just tanto como es De Maistre, Barrès, Maurras, Déroulède y la canalla antidreyfusard, los colaboracionistas…
Martes, 2/7/2024. Xan López: «Recuerdo con claridad decir en una charla, hace un año, que era posible que terminásemos por echar de menos la era neoliberal. Que era horrible, pero que podría venir algo mucho peor. Hubo algún gesto de incredulidad. Pues por ahora lo mantengo, completamente». Totalmente de acuerdo. He aquí un problema del pensamiento binario y maniqueo que tendemos a tener: suponer que, cuando se acabe el neoliberalismo, que es lo Malo, vendrá necesariamente lo Bueno, y no lo Peor.
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Ver siempre el vaso medio lleno: la subida del nivel del mar es terrible, pero acabará con Holanda; el Gran Apagón nos devolverá a un mundo de lumbres y quinqués y nos pondrá a cortar leña, pero acabará con los youtubers…
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Alejandra Caraballo: «El camino al fascismo está pavimentado de gente diciéndote que te calmes y que estás exagerando».

Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, Neville, Nueva Sociedad, Crítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT, Público y El País; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021) y La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023).
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