El runrún interior

El runrún interior (146)

Pablo Batalla Cueto registra en su dietario pensamientos propios y notas de libros leídos y cosas vistas en Internet, escribiendo sobre la la mirada tiznada de memoria de los adultos o la lectura de 'Los pasados de la revolución', de Edgar Straehle.

/ por Pablo Batalla Cueto /

El runrún interior (145)

Miércoles, 31/7/2024. En el estado de Brandeburgo, el cartel electoral de la ultraderechista Alternativa para Alemania muestra a tres niños rubitos, con sus padres formando una suerte de tejado sobre ellos con los brazos alzados —ejem— y unidos. El lema: «Protegemos a vuestros hijos». Esto, más que un dogwhistle, ya es una vuvuzela, como aquel otro candidato del Partido Nacional-Demócrata que, en 2011, se presentó a las elecciones con un cartel en el que aparecía subido a una moto, y el lema era «Gas geben!» («¡Dale gas!»).

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«A veces las monedas en enjambres furiosos/ taladran y devoran abandonados niños». Poeta en Nueva York, el mejor Lorca.

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La diferencia entre lo bello y lo sublime según Kant: lo bello encanta; lo sublime conmueve.


Jueves, 1/8/2024. Dice un anarquista llamado Graco en Siete domingos rojos, la novela de Ramón J. Sender: «Todas las máquinas nos esclavizan, menos la Virgen Joquis» (se refiere a la ametralladora Hotchkiss).

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Una greguería de Ramón Gómez de la Serna: «El polvo está lleno de viejos y olvidados estornudos».

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El «soy español, ¿a qué quieres que te gane?» hace aguas cuando llegan los Juegos y se hace evidente que España es establemente puntera en los grandes deportes de equipo, el tenis y poco más, y lo demás son esporádicas estrellas solitarias tipo Carolina Marín o Mireia Belmonte. En el medallero, ahora mismo, España está por debajo de Corea del Norte y empatada con Polonia.


Viernes, 2/8/2024. Decía Isaiah Berlin en Lo singular y lo plural:

«Me aburre leer a aquellos que, por así decirlo, son aliados, a quienes piensan más o menos como yo. Y es que a estas alturas determinadas cosas parecen básicamente un catálogo de lugares comunes. Todos las aceptamos, todos creemos en ellas. Lo interesante es leer al enemigo, porque este atraviesa las defensas, encuentra los puntos débiles. Me interesa saber qué es lo que falla en las ideas en las que creo, saber por qué estaría bien modificarlas o incluso abandonarlas».

Me siento muy identificado: me aburre bastante leer pensamiento de izquierdas, pero me interesa muchísimo leer a los pensadores de la derecha.

Lo he leído citado en La contra-Ilustración y la voluntad romántica, un librito de Berlin, formado por tres textos distintos reunidos para la ocasión, que he empezado hoy, y donde subrayo también esta cita de Steven Lukes sobre una incómoda paradoja en la que pensar. Hay —lo hubo— un camino desde la Ilustración a la Solución Final nazi, y hay uno a la defensa progresista de la diversidad desde el pensamiento antiilustrado:

«Serían los philosophes racionalistas comprometidos con el optimismo y el cosmopolitismo quienes, con su creencia en la reconciliación de los valores humanos en una unidad armoniosa, habrían conducido en último término a la peligrosa ilusión de la “posibilidad de una solución final” —la expectativa de lograr que la humanidad fuese “justa, feliz, creativa y armoniosa para siempre”, algo por lo que valía la pena pagar cualquier precio—. Y serían los particularistas y los reaccionarios teocráticos, a menudo pensadores románticos irracionalistas, desdeñosos del optimismo superficial y de los ideales cosmopolitas, quienes, mediante su “profunda y radical revuelta contra la tradición central del pensamiento occidental” y su aguda sensibilidad para detectar las “virtudes de la diversidad” en la vida y en el pensamiento, habrían sentado las bases de la “cultura liberal moderna”».

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La polémica del día la protagoniza la boxeadora argelina Imane Khelif, participante en los Juegos de París. Es intersexual, esto es, nacida con genitales femeninos, a pesar de tener cromosomas XY. Una condición rara, pero natural. Se identifica como mujer, creció como mujer y procede de un país donde la transexualidad no está permitida. Es una mujer a todos los efectos. Pero los lloriqueos de una boxeadora italiana a la que ha derrotado rápidamente, y que ha jugado la carta terf para desacreditar esa victoria, han puesto en su contra al deleznable sector transexcluyente y conspiranoico del feminismo, que clama con su grosería habitual que es un hombre. Lo que, por cierto, tiene gracia, porque significa reconocer que hay hombres con vulva.

Mis dos definiciones preferidas de la modernidad las dieron García Lorca («geometría y angustia») y los hermanos Machado («este mundo de deportes/ y bolcheviques»). Y a mí me parece que esta polémica lo compendia casi todo: geómetras del sexo, angustia reaccionaria y deporte. Nos faltan, ay, los bolcheviques.

¿Tiene Imane Khelif una ventaja genética? Quizás. Pero, como leo decir en Twitter, ¿no las tenía Michael Phelps? El gran nadador lo ganó todo ayudado por su envergadura desproporcionada, su capacidad pulmonar dos veces mayor que la de un humano promedio, su producción de la mitad del ácido láctico de un atleta típico, etcétera. Nadie lo cuestionó por ello, pero, como señala Caroline Kwan, «mientras tanto, las atletas femeninas con diferencias genéticas son legalmente discriminadas y acosadas sin fin. No se trata de “proteger a las mujeres en el deporte”, sino de proteger una idea muy específica de lo que es ser una mujer». Una idea —añado yo— que dice que la mujer es de natural débil, que hay que protegerla de hombres astutos y taimados… Extraño feminismo ese, ¿no?

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Iván de la Nuez: «La política será el arte de lo posible para los que gobiernan. Para los gobernados es el arte de lo soportable».

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Primera medalla de oro para España. La gana, en vela, un tipo llamado Diego Botín-Sanz de Sautuola Le Chever. Como dice Noelia Adánez, no hay mejor dopaje que la clase.

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La mirada infantil carece de memoria. La adulta, en cambio, está repleta de ella: pasea la ciudad y está todo el rato viendo simultáneamente lo que es y lo sido: aquí había tal bar, en esta calle pasó aquello. Es involuntario, pero, como la respiración, se voluntariza, se hace pensando, en cuanto uno se da cuenta. Y entonces lo que era el mar de fondo de una sorda melancolía se vuelve bonito y placentero; una suerte de vida incrementada; de resonancia ciclópea de la vida.

Me añade Sergio C. Fanjul: «O pasar por los portales donde has vivido antes y mirar arriba, por la ventana, a ver quiénes son esos mierdas que ocupan el lugar que tu ocupaste. (sin k). El recuerdo, según sabían ya los sabios antiguos, está muy relacionado con el espacio, de ahí los «palacios de la memoria»». Marisa Solo recuerda esta cita de John Banville en alguna de sus novelas: «La memoria, esa decoradora de interiores».


Sábado, 3/8/2024. Cada época, más que un espíritu (Zeitgeist), tiene un estilo (Zeitstil).

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Leo que, en 1928, Ernesto Giménez Caballero publicó un libro titulado Eoántropo: la búsqueda del hombre nuevo. Eoántropo: el «hombre auroral», esa pretensión transversal de aquella época que me interesa tanto. Lo citaré en el futuro; es cojonudo.

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Julio Camba sobre Nueva York: «Sí, Nueva York es una teoría. Es un sistema. Es algo así como una tabla de Pitágoras en relieve, con rascacielos en lugar de cifras. Es una demostración de cómo se puede vivir mal con muchos trenes y muchos tranvías y muchos teléfonos y muchos ascensores y mucha calefacción».

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Leo que decía Ortega y Gasset que «en rigor, la democracia liberal y la técnica se implican y se superponen, a su vez tan estrechamente, que no es concebible la una sin la otra, y, por tanto, fuera deseable un tercer nombre, más genérico, que incluyese ambas. Ese sería el verdadero nombre, el sustantivo de la última centuria». Es interesante pensar en esa interrelación. Pienso que a la democracia liberal le sucede lo que al coche, invención totémica de la modernidad, pero una invención frágil, que necesita otros desarrollos modernos para funcionar. Un coche es un trasto perfectamente inútil sin carreteras, sin talleres, sin gasolineras; para que haya gasolineras es necesario que haya un tráfico internacional de petróleo, buques que lo transporten, etcétera, etcétera. Ninguno de los grandes inventos técnicos de la Edad Contemporánea flota en el éter, desgajado, independiente; todos son piezas de un sistema formidable, de una trama técnica global que es la verdadera invención, y que puede irse al garete en cuanto se le meta una poca de arena en los engranajes. A la democracia liberal le sucede lo mismo: para funcionar necesita urnas y fabricantes de urnas, papeletas e impresores de papeletas, censos y censores, telégrafos o teléfonos con los que comunicar los resultados a la Junta Electoral Central, etcétera. El Gran Apagón que tal vez se produzca en algún momento la mandaría a la porra.

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Una paradoja en la que nunca había pensado, señalada por Edgar Straehle en Los pasados de la revolución: la Revolución francesa de 1789 apeló a una tradición no revolucionaria, la grecorromana, para revolucionarla en la práctica. La de 1848 recurrió en cambio a una tradición revolucionaria —la memoria de 1789— para desrevolucionarla en el terreno de los hechos; para —parafraseando un comentario de Proudhon sobre Lamartine— ser «como el pararrayos [que] se aproxima a la nube para sustraerle el fluido exterminador». Aquello de Marx de la tragedia y la farsa; del vestir un disfraz de rebeldía deletérea para camuflar el carácter «burguesamente limitado» de los objetivos reales. «Intentábamos —reconocía Tocqueville—

acalorarnos con las pasiones de nuestros padres, sin llegar a conseguirlo. Imitábamos sus gestos y sus poses, tal como los habíamos visto en el teatro, porque no podíamos imitar su entusiasmo ni sentir su indignación. […] Se hacía hablar […] a las pasiones tibias de nuestro tiempo con el lenguaje inflamado del 93, y se citaba, a cada instante, el ejemplo y el nombre de ilustres malvados, a los que no había ni la energía ni siquiera el sincero deseo de parecerse».

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Hannah Arendt llegó a definirse como «conservadora», pero su razonamiento al respecto era muy curioso: a su juicio, la educación debía serlo —conservadora— justamente para educar niños rebeldes:

«Precisamente por el bien de lo que hay de nuevo y revolucionario en cada niño, la educación ha de ser conservadora; tiene que preservar ese elemento nuevo e introducirlo como novedad en un mundo viejo que, por muy revolucionarias que sean sus acciones, siempre está anticuado y está cerca de la ruina desde el punto de vista de la última generación».

Como explica Edgar Straehle, lo que este conservadurismo espera de las nuevas generaciones «no es que sigan dócilmente los contenidos recibidos en la escuela, sino que reaccionen ante ellos; que los discutan, cuestionen y contesten, que se rebelen ante lo que dicen, transmiten y predican».

Pienso que tiene mucho sentido, esto de que la educación sea conservadora para inspirar a los niños a alzarse contra ella, a impugnarla. He hablado a veces con amigos profesores del problema espinoso que emerge a partir de las charlas sobre feminismo o derechos LGTB que se dan hoy en los colegios e institutos: la rebeldía natural de los adolescentes se alza contra lo que percibe como sermones del sistema, y de ahí el auge preocupante, en los centros educativos, de las ideas de extrema derecha, percibidas como un nuevo punk, un elemento de provocación. Es contraintuitivo, pero tal vez las ideas necesarias que esas charlas intentan instilar en los chavales germinarían mejor en sus cabezas si las charlas no existiesen. Asunto complejo.


Domingo, 4/8/2024. Desokupa adiestrará a miles de policías tras un acuerdo con el sindicato SUP. Escuadristas neonazis formando a maderos: ¿qué puede salir mal?

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Escribía Derrida en Espectros de Marx, un libro sobre la pervivencia necesaria de la tradición marxista, escrito en el momento de mayor desprestigio de la misma, tras la caída del Muro (se publicó en 1993), que «la herencia no es nunca algo dado, es siempre una tarea. Permanece ante nosotros de modo tan indiscutible que, antes mismo de aceptarla o renunciar a ella, somos herederos, y herederos dolientes, como todos los herederos». Un poco aquello de Jaurès de la tradición como algo que no consiste en preservar las cenizas, sino en mantener encendida la llama. La tradición debe ser un subjuntivo, no un imperativo. Recuerdo que, cuando estudiábamos las conjugaciones en el colegio, nos dieron un truco para el presente de subjuntivo: la coletilla «Dios quiera que…». El verbo que viniera después de ese «que» solo podía ser conjugado en subjuntivo. La tradición —pienso ahora— es ese «Dios quiera que». Dios quiera que nuestros hijos y nuestros nietos encuentren la manera que nosotros no encontramos de cumplir nuestros sueños, y no se les ocurra sujetarse al imperativo de copiar nuestros métodos. La tradición, lo que legamos, son los fines, no los medios.

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En 1927, Eisenstein rodó la película Octubre, que incluía una recreación del asalto al Palacio de Invierno cuyas imágenes, luego, solieron presentarse como históricas. Bueno. Cuenta Ornaldo Figes, y yo lo leo citado por Edgar Straehle en Los pasados de la revolución, esta sublime anécdota:

«Eisenstein convocó a cinco mil veteranos de la guerra civil, muchos más que los pocos cientos de marineros y guardias rojos que habían participado en el asalto al palacio en 1917. Muchos trajeron sus propias armas con munición real y dispararon balas a los jarrones de Sèvres mientras subían, hirieron a varias personas y, según se dice, causaron muchas más bajas que en 1917. Después de rodar la escena, según recuerda Eisenstein, un anciano portero le dijo, mientras barría la porcelana rota: «Su gente fue mucho más cuidadosa la primera vez que tomaron el palacio»».

Leo también en Memoria de la revolución algo que no sabía: cuando tuvo que adoptar una bandera, el movimiento obrero eligió el color rojo, pero cupo la posibilidad de escoger el negro, el azul o… el arcoíris.

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En la revista fronterad, una larga y estupenda entrevista de Bernardo Álvarez-Villar a Carlos Díaz, inclasificable y ciclónico intelectual anarco-católico, o católico-anarquista. La disfruto muchísimo. Dice en un momento dado Díaz: «Presénteme usted a un racionalista. Newton lo era en grado sumo, pero resulta que lo era para los espacios tridimensionales. Pero luego vino otro, que se llamaba Einstein, que la sacó de allí. La razón me la suda, no porque no estudie, sino porque creo que es un mito». Dice también: «No creo en el hombre en general, en las personas concretas es distinto. El hombre es un fallo. Cuando leo en el Génesis eso de “y vio Dios que era bueno” digo, joder, qué optimista, con la cantidad de cabrones bípedos implumes que estamos por ahí».


Lunes, 5/8/2024. León Felipe, en Versos y oraciones del caminante:

Con las piedras sagradas
de los templos caídos
grava menuda hicieron
los martillos
largos
de los pica-pedreros analíticos.
Después
sobre esta grava se ha vertido
el asfalto negro y viscoso
de los pesimismos.
Y ahora… Ahora con esta mezcla extraña
se han abierto calzadas y caminos
por donde el cascabel de la esperanza
acelera su ritmo.


Martes, 6/8/2024. La hasbara, la propaganda israelí, lanza consignas, y la de hoy es negar la palestinidad de una atleta de los Juegos que se apellida Al-Masri, porque ese apellido significa «el Egipcio». Como si se negara a Francisco Franco la españolidad por tener un apellido que significa «el Francés». No sé qué dirán cuando se enteren de que el apellido originario de la familia Netanyahu (un pseudónimo periodístico del abuelo de Benjamin) es Mileikowski, que significa «de Milejow» (una localidad polaca).

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Celebra el obispo ultramontano José Ignacio Munilla la victoria del serbio y religioso Djokovic sobre el español Alcaraz en la final individual de tenis de los Juegos. «Nos hubiese gustado que ganase Alcaraz —dice—, pero ha ganado quien debía de ganar para dar gloria a Dios y hacer el acto de reparación por la blasfemia acontecida en la ceremonia inaugural olímpica». Djokovic es ortodoxo, o sea, cismático, hereje incluso si nos sujetamos a un rígido criterio católico: como le leo a Andrés Fernández, los ortodoxos alejandrinos ordenan mujeres diácono, los rusos permiten el divorcio y el sexo con condón, todas sus iglesias están plagadas de herejías etnocentristas, en Rumanía se niegan a devolver los templos católicos que les regalaron los comunistas… Y luego está el asunto del filioque, ese «y del Hijo» que terminó de provocar el cisma entre católicos y ortodoxos en 1054, al añadirse al credo niceno como fuente de procedencia del Espíritu Santo en pie de igualdad con el Padre.

Pese a todo esto, ya me he ido topando más veces con esta fetichización ultracatólica del tenista serbio (un perfecto imbécil que en la pandemia promovió el antivacunismo, por cierto). Ya he visto más comentarios provenientes de esos andurriales del tipo «mucho mejor este, aunque sea ortodoxo, que un católico cobarde». Recuerda al incipiente antimonarquismo de la ultraderecha indignada contra «Felpudo VI» y que ya comienza a decir que mejor una República autoritaria que una monarquía a la que consideran blanda y cobarde. Para esta otra gente, mejor la Ortodoxia que la Iglesia de Francisco. Son tan puristas que se acaban volviendo herejes.

El runrún interior (147)


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleNueva Sociedad, Crítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT, Público y El País; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021) y La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023).


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