/ Rescates / Álvaro Acebes Arias /
No recuerdo la primera vez que la vi, pero sí la perturbadora impresión que me dejaron varias de las escenas de Ana y los lobos, la película que Carlos Saura estrenó en 1973. Niñas que encuentran, entre juegos, muñecas torturadas. El martirio de esa institutriz inglesa a manos de los tres hermanos, los lobos del título. La figura marchita de la madre, con una espléndida Rafaela Aparicio, o el ambiente enrarecido de la vieja y solitaria casona donde todos viven, representación de una España negra dominada por tres grandes fuerzas: la religión, el Ejército y el sexo. Dicen que cuando Franco la vio en El Pardo comentó que con tanto símbolo y metáfora allí no se entendía nada, lo que facilitó el pase en la censura. Cosas de intelectuales y que verían cuatro gatos. Saura, por su parte, describió su película como un cuento de terror en el franquismo y señaló su origen en uno de los Caprichos de Goya, donde un grupo de mujeres lleva a otra en volandas y debajo destaca el lema «Mamá está hidrópica y le han mandado pasear». Hasta muchos años después no supe que el guion de Rafael Azcona estaba basado sin muchos disimulos en el esquema argumental de Caza menor, una novela que Elena Soriano había publicado veinte años antes. La escritora siempre mantuvo que Saura y Azcona habían hecho un plagio descarado del libro, sobre todo en la caracterización de los personajes y el acoso que sufre la protagonista, pero de poco le sirvió protestar. Aunque una investigación de la Sociedad General de Autores le dio la razón, director y guionista no lo reconocieron y la autora se quedó sin la indemnización que se le debía.
Lo del supuesto plagio de Caza menor sería uno más en el largo memorial de agravios que padeció Elena Soriano. El más grave, sin embargo, es el de haberse convertido en una de las grandes desconocidas de la literatura del pasado siglo. Apenas un par de referencias en los manuales o cuatro comentarios hechos al desgaire y como para cubrir expediente. O lo que es peor, escritos con cierto tono condescendiente y paternalista. Tiene bemoles la cosa. Yo les aseguro, en cambio, que si alguien me pidiera que mencionase una figura que merezca un rescate como es debido entre la abultada lista de escritores olvidados o minusvalorados que hay en la generación de posguerra, creo que el suyo está entre los primeros nombres que se me vendrían a la cabeza. A uno se lo llevan los demonios al ver a tanto crítico lechuguino descubriéndonos el último Mediterráneo o cuando repara en las mesas de novedades copadas por decenas de novelitas intrascendentes, mientras que, por el contrario, ya va para unos cuantos años que las novelas, los ensayos y los cuentos de Elena Soriano siguen arrumbados en el fondo de las librerías de viejo o en los depósitos de las bibliotecas. Me gusta pensar, no obstante, que, aunque la historia —y muy especialmente la que aquí nos atañe— tienda a ser implacable con sus olvidos, la gran literatura es tozuda y acaba por restaurar los desequilibrios e imponerse a la desmemoria. Por eso no sé a qué están esperando las editoriales, ahora que hemos empezado a darle vueltas al canon, haciendo labores casi de arqueología, enmendando la plana a muchos críticos y revisando la trayectoria de tantas y tantas escritoras ignoradas, para recuperar una obra tan extraordinaria como la de Elena Soriano. Dicho queda, por si alguien se pone a ello.
Me tienen que disculpar la digresión, pero es que hay algunas cosas que no deberían ser tan difíciles de resolver. Les decía antes que la escritora se llevó un buen disgusto cuando vio el saqueo que habían hecho Azcona y Saura de su novela, y eso que ya tenía una dilatada experiencia en injusticias y atropellos. Nacida en 1917 e hija de un maestro republicano, como en el caso de muchos otros, la guerra truncó su futuro. Expulsada de la Universidad de Madrid, donde había iniciado los estudios de Filosofía y Letras e inhabilitada como docente tras la victoria franquista, se decidió en 1942 a preparar por su cuenta las oposiciones de auxiliar de Archivos y Bibliotecas, pero, a pesar de haber conseguido la mejor calificación, se quedó fuera por su condición de «roja». No ayudó mucho el hecho de que su marido, militante en las Juventudes Socialistas, hubiera pasado por la cárcel. Así se lo dijo el presidente del tribunal, el historiador Joaquín María Navascués, y así lo contaba la propia escritora. En la España de Franco no había sitio en la administración para quien no comulgara fielmente con los preceptos del nuevo régimen, y aún menos para una mujer que pretendía dedicarse a otras tareas que no fueran «sus labores». ¿Qué le queda a uno después de algo así?
Elena Soriano forma parte del amplio grupo de escritores que sufrieron el exilio interior, aquel concepto que se inventaría años más tarde Miguel Salabert y que no solo alcanzaba a los intelectuales, sino a todo un país cautivo y aislado de su propia realidad social. Décadas después, cuando le preguntaban por la situación que había vivido al inicio de su carrera —la primera de muchas— o le pedían una valoración de los roles y las desigualdades de género en aquella España autárquica y miserable, la autora no tenía problemas en reconocerse dentro del fenómeno del que hablaba Salabert y declarar sin que le temblara la voz que el franquismo no solo malogró de muchas maneras su carrera literaria y académica, sino que le impidió, sobre todo, ser quien era, imponiéndole unos modelos de feminidad y un silencio que la asfixiaron. Lo escribió en alguna parte de sus ensayos: para que una mujer triunfara en aquella sociedad conservadora y rancia hasta la náusea «debía trabajar como un caballo, pensar como un hombre y comportarse como una dama». A nadie debería sorprender, por tanto, que el grueso de la obra de la escritora madrileña tenga entre sus principales temas la incomunicación, la soledad y un anhelo de libertad, el hecho de que en sus personajes femeninos siempre haya un fondo de tristeza y frustración o que sus libros estén alentados por un íntimo malestar y el deseo inquebrantable de transgredir esquemas y normas sociales.
Su manera de combatir menosprecios, servidumbres y el ostracismo fue la escritura. Publicó su primera novela, la mencionada Caza menor, en 1951 dentro de la editorial que llevaba el madrileño Saturnino Calleja. Una saga familiar que debe mucho en cuanto a procedimientos y ambientes a los escritores del XIX, especialmente a la obra de Pardo Bazán y al Dostoyevski de los Karamázov, y en donde se contaban las discordias entre tres hermanos, motivadas por los desacuerdos en herencias y la turbadora presencia de Ana, la mujer de uno de ellos. Así, hasta desembocar en los albores de la guerra. Esta historia de odios cainitas y tonos sombríos, escrita con una prosa riquísima, toques de melodrama y que fue leída como drama pasional y extremado reflejo de los distintos elementos que habían conducido al desastre del treinta yy seis, pasó sin ningún problema el corte de la censura, convirtiéndose en un éxito de crítica y público. Pero ahí se acabó la suerte de Elena Soriano. No creo que haya ningún otro autor de su generación —y digo lo de «autor» con toda la intención— con el que los organismos censores se ensañaran de igual manera, protagonizando uno de los episodios más lamentables y vergonzosos de toda la historia de la censura franquista.
Empecemos por el principio. A mediados de los años cincuenta, la escritora había concluido una trilogía titulada Mujer y hombre, muy alejada en sus planteamientos de la novela con que había inaugurado su carrera, y en la que se centraba en las relaciones de pareja y sus conflictos, dejando entrever una crítica a los estereotipos y costumbres sociales. Los problemas comenzaron con la lectura de la primera de las novelas que formaban la serie, La playa de los locos, cuya autorización para publicarse fue denegada rotundamente. Hasta tres censores actuaron sobre ella, escandalizados por su turbador erotismo o por el modo en que se presentaban asuntos como la emancipación e independencia femenina, el puritanismo de la época o las relaciones sexuales previas al matrimonio. Una auténtica masacre que, no por previsible, resultó menos dolorosa. De nada le valieron a la autora los recursos que interpuso durante más de un año, sus súplicas o las promesas de suavizar algunos pasajes. El libro, que llegó pese a todo a ser impreso sin contar con la autorización legal, fue prohibido y no llegaría a editarse hasta 1984, casi treinta años después. Ni siquiera le dejaron distribuirlo como una edición no venal entre sus amistades. Las novelas siguientes de la trilogía, Espejismos y Medea 55, aunque también sufrirían las tijeras de los censores, sí contaron con el permiso para publicarse. Una decisión ridícula. O una muestra más de la incongruencia y arbitrariedad con que actuaban los aparatos represores del franquismo, que, fíjense qué cosas, no habían puesto tantos reparos a la publicación en aquellos años de novelas mucho más escabrosas en su tratamiento de la sexualidad, como las de Darío Fernández Flórez y su famosa Lola, espejo oscuro. ¿Por qué a unos sí y a ella no? Saquen sus conclusiones, pero lo único cierto en este lío es que ver cómo su trilogía quedaba decapitada desanimó profundamente a Elena Soriano, quien afirmaría años después que todo aquel agotador y humillante forcejeo de tintes kafkianos dejó en ella un gran sentimiento de culpa y frustración, provocando una parálisis creativa de la que tardaría mucho tiempo en recuperarse.
En 1969 fundó la revista El Urogallo. Fue un proyecto personal, financiado, coordinado y editado por ella misma, y en donde publicaron Neruda, Benet, Umbral, Sábato, Vargas Llosa, Cioran o Marguerite Duras. Lo mejor de la cultura nacional e internacional de aquel entonces. Un modo de reivindicarse también ella misma como intelectual en un mundo de hombres, participando con cuentos y artículos que había ido escribiendo en aquellos años de silencio y que encontraron su espacio en revistas como Índice y Pueblo. Dirigió la revista hasta 1975 y el testigo lo tomaría, tras un largo paréntesis, el escritor José Antonio Gabriel y Galán. Detrás de su salida estuvo la drogadicción de su hijo menor, quien falleció en 1977. Contó todo aquel calvario en un libro tremendo que se titula Testimonio materno y que supuso su vuelta a la literatura. Una especie de diario de una honestidad admirable y que solo se puede describir como un alarido. Duele entrar ahí, ver la herida abierta que atraviesa esas más de seiscientas páginas donde caben muchas cosas, desde la confesión más cruda a la denuncia social, pasando por el ensayo o la crónica de toda una época, desde la primera posguerra hasta los comienzos de la Transición. Insisto, duele. Tal vez porque Testimonio materno es algo más que una obra literaria. Examen de conciencia, reflexión acerca de la maternidad y el papel de la mujer en aquellos años, excavación en la culpa y la responsabilidad familiar, indignada protesta contra una desaladora situación general o angustiosa búsqueda de respuestas a la muerte del hijo. «Hay golpes como del odio de Dios», dice el verso de César Vallejo que encabeza el libro. Ya les digo, un vómito, una catarsis que adquirió en su momento una resonancia espectacular, agotando una edición tras otra, y que contribuyó a llamar la atención sobre un problema hasta entonces inadvertido, pero que, sobre todo, sirvió en su larga gestación para salvar a su autora de la depresión y el suicidio. La escritura como curación. Todos los beneficios de esta obra terrible, a la que la autora se apresuraba a negar todo valor literario, fueron a parar a Cruz Roja.
Dicen que la obra maestra de Elena Soriano es su Testimonio materno. Yo, sin embargo, prefiero esa otra novela que la censura secuestró durante tres décadas y que he vuelto a leer hace poco. La playa de los locos cuenta la historia de una mujer que vuelve al lugar donde veinte años atrás vivió su primer y único amor. Solo eso, nada más. Una playa que es un trasunto de la de Suances y una época que es la de los momentos previos a la guerra. Los paraísos perdidos. La narración se teje en dos tiempos a partir de la carta que ella le escribe a ese muchacho al que amó y perdió y se convierte en una meditación de lo que ha sido su vida tras aquel breve enamoramiento de juventud. Un ir y venir entre los lejanos años en que ella era una joven licenciada, independiente y ansiosa de experiencias, y el momento actual, cuando regresa a la playa transformada en una mujer madura, soltera y desengañada. Con este punto de partida, puede sorprender la saña con que obraron aquellos cancerberos de la moral. Pero es que en esa delicadísima prosa que suena como una música de tristezas, entre gris y azul, y en la que se reflexiona sobre el paso del tiempo y los cambios que ha vivido el país aparecen muchas más cosas que las fugaces sombras de un amor frustrado.
La playa de los locos es un monumento a las ilusiones perdidas, las de aquella juventud que asistió al estallido de la guerra y vio malogrado su futuro, pero, lo que es más importante, constituye una compleja indagación en los entresijos de la sexualidad femenina y un pormenorizado retrato de los tabúes, prejuicios y estereotipos que pesaban en las relaciones entre hombres y mujeres. Sus ideas sobre la virginidad, la educación sentimental de la mujer, el deseo, el matrimonio, la incomunicación en la pareja, la frustración sexual o el énfasis que se ponía en la belleza del cuerpo femenino tuvieron que despertar las iras de los censores. No les tembló el pulso para sepultar una novela que, leída hoy, no ha perdido un ápice de vigencia en su estudio de la condición humana ni en su denuncia de la doble moral, los lenguajes y estructuras de una sociedad machista y retrógrada. En el prólogo de la edición que yo tengo, dice Elena Soriano que treinta años después de haber sido escrita cambiaría el estilo de la obra, buscando un vocabulario más acorde a los nuevos tiempos, pero no rebajaría ni uno solo de los temas que aparecen en ella. Pienso en nuestro ahora y se me ocurre que, sí, que La playa de los locos es mucho más actual, contundente y necesaria que muchos de los títulos de esa literatura desmayada y blanda que nuestros suplementos culturales llevan en sus portadas. Pensarán que exagero, pero, si me hacen caso, no quedarán defraudados. Nadie debería perderse una novela como esta.
Elena Soriano murió en Madrid el 2 de diciembre de 1996. Dejó varios libros sin publicar. En sus últimos años solía afirmar que siempre estuvo en el lado de los vencidos, de los sin suerte y los fracasados. No formó parte de ninguna generación y, en gran medida, fue una escritora autodidacta. Se lo decía más arriba. Es un acto de justicia recuperar la obra de Elena Soriano, aunque solo sea para no contribuir a esa «pasión por silenciar» de la que habló Coetzee al referirse a la labor de la censura y que, a pesar del tiempo transcurrido, sigue encontrando nuevas formas de actuar a través de la indiferencia y el olvido.

Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.
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