Llugares

Llugares: Ciudad de México

Miguel León lleva la serie 'Llugares' a México DF, ciudad que, dice, mires por donde la mires, es un extremo; el límite de lo tangible, de la estructura civilizada del mundo y su posible certidumbre.

CIUDAD DE MÉXICO

La ciudad intangible

/por Miguel León/

Para Alejandra, la clave intangible

Ciudad quijotesca

Cuenta Walter Murch en el prefacio de su maravilloso ensayo sobre el montaje cinematográfico En el momento del parpadeo que los casos extremos son los que más nos enseñan acerca de la esencia de algo: el hielo y el vapor pueden revelar más sobre la naturaleza del agua de lo que revelaría el agua por sí sola. Y Murch usa este símil para hablar del montaje de Apocalypse Now (1979), una película en la que todo es excesivo y que, sin embargo, le sirvió para comprender algo sustancial y central sobre el lenguaje que conforma las películas y sus costuras.

Para esta aproximación a Ciudad de México (en algún sentido, la Apocalypse Now de las ciudades), me interesa esa idea de buscar la médula de algo en uno de sus extremos. Porque esta ciudad, mires por donde la mires, es un extremo. El límite de lo tangible, de la estructura civilizada del mundo y su posible certidumbre.

Al decir que Ciudad de México es, en algún sentido, la Apocalypse Now de las ciudades, creo que puedo llevar al lector a equívocos varios y visualizarla como una especie de paisaje en guerra permanente. Para salvar el peligro de la posible lectura literal de la metáfora usada, añadiré que también es El Quijote de las ciudades. Siguiendo esta línea, y jugando al si fuera, me entenderán mejor si amplío esa comparación con otras ciudades: Madrid sería un libreto teatral, Lisboa un poema, Barcelona el boceto de un diseñador, Bogotá una crónica, Buenos Aires un cuento, Nueva York un ensayo y Ciudad de México una novela moderna. La novela moderna hecha urbanismo: polifonía de voces, híbrido de géneros, fragmentación de estructuras.

La realidad como sospecha

Hablar sobre esta ciudad es hablar de un lugar con leyes espacio temporales propias. Donde cuando alguien te dice ahorita, se puede estar refiriendo a un lapso de minutos, horas, días, décadas o, incluso, nunca. Donde la gente, más que vivir, parece que simula estar viviendo. Con habitantes que antes de decir que no saben algo (sobre todo, una dirección), lo inventarán. Habitantes que pueden discutir si en Tepoztlán (pueblo situado a una hora de la ciudad y que funciona perfectamente como epílogo de esta) existe o no un acueducto y acabar concluyendo que pueda que haya uno y a la vez que no esté. Un lugar que cuando amanece, arranca con una ligereza fantástica. Una viveza que, durante las primeras horas de la mañana, todo lo envuelve. Que te hace avanzar con paso firme y eufórico, hasta tiene uno la sensación de que en cualquier momento le van a salir un par de alas en la espalda con las que, al final del día, poder volar. Pero asomando la tarde, una mareante fatiga se apodera de músculos y huesos. Y como hipnotizado, uno siente entrar en una especie de túnel donde el ambiente es misteriosamente denso; un magma en el que tu cuerpo, éseque se iba a convertir en el de un poderoso animal alado, se convierte en el de un pequeño insecto que ni siquiera sabe hacia dónde está caminando. Ni por qué.

La noche sobre las calles pareciera encubrir algo más: el hueso, que nunca se ve. El día es la piel. La noche la sangre. El hueso se esconde, bajo tierra, donde el complejo pasado multicultural de esta ciudad sigue reinando desde el inframundo.

Si México fuera palabra, sería verbo. Porque el verbo responde al movimiento, a la incertidumbre, e increpa al instinto. El sustantivo, por el contrario, representa la voluntad de certeza y quietud.

Y ese verbo sería ADENSAR.

Ciudad de México tiene la maravillosa y necia capacidad de adensar aquello que podría ser sencillo, claro y fluido. Pero ¿quién quiere tanta claridad? Los peligros de la luminosidad cívica y la perfección urbana han quedado muy bien expuestos en la ciudad transparente de la muy lúcida Rendición, de Ray Loriga.

Revisando los cuadernos que llené de notas en mi primera larga estancia en Ciudad de México (del 2010 al 2013), vislumbro la intención de elaborar una especie de ruta de lugares que de alguna manera contengan una vocación mistérica. El exhibicionismo posmoderno de los lugares enfocados a la cultura de última hora, la gastronomía y el ocio más variado (maravillosos, por otro lado, y que se pueden disfrutar mucho en esta ciudad, y de los que hay sobrada referencia en guías y publicaciones varias) se sabe y se conocen enseguida. Pero la ciudad contiene un aliento de personaje ancestral que se disfraza, se contonea, se maquilla, canta y se engalana, para disfrute del turista pero que lo hace, justamente, para esconder todos sus secretos.

Como los magos: con una mano te muestra la magia, con la otra te esconde el truco.

Cosmopolita y popular, majestuosa y pobre, exhibicionista y misteriosa, lasciva y criminal, sofisticada y vulgar; hedonista y dolida. La ciudad ofrecerá sus vértices en función del prisma vital del que la mire pero, sobre todo, de las colonias (barrios) elegidas para visitarla o incluso para vivirla.

Aunque hay una cosa que prevalecerá sobre todos los contrastes y diferencias socioculturales de calles y colonias varias y contrarias entre sí: la permanente sensación de evanescencia, de que en cualquier momento, todo lo que estás viendo y te rodea se evaporará como el decorado requisado de una película maldita cuyo rodaje nunca pudo acabarse.

Escribo esto con la conciencia de que posiblemente no sea más que un intento, tan ridículo como cualquier otro, de intentar provocar una mirada mitológica sobre un lugar caótico que en el fondo tiene tanto o tan poco de especial como cualquier otro; como si así la vivencia de dicho lugar diera un sentido profundo a lo que no es más que la mirada de un europeo desarraigado y aburrido de tanto eufemismo y previsibilidad. De tanta vieja Europa.

Pero de lo que estoy seguro es de que México es el lugar ideal para sospechar de la realidad. Y eso, para alguien que se dedica a la escritura en sus diferentes formas, es un regalo; regalo tan dulce como, lo sé de sobras, envenenado.

Las ciudades, que son muchas cosas y entre ellas la estructura donde deben cabes esas muchas cosas (enterradas unas, visibles otras y por venir muchas) deben ser percibidas en la cosa que más la signifique. Una cosa que, no se engañen, muy difícilmente será visible y obvia la mayoría de las veces.

La imperfección es la cima

Confieso que he sufrido cierta ansiedad durante la escritura de esta aproximación a Ciudad de México. Cuando me lo propusieron me llenó el entusiasmo. Pero poco a poco, al ver lo inabarcable de la empresa por tratarse de una ciudad que más bien es un país en sí misma, una representación del mundo, un símbolo, me empecé anular. Demasiadas cosas por decir, para bien y para mal. Demasiada implicación vital. Demasiada ausencia de distancia y perspectiva. Fue en ese momento cuando me dije que haría un acercamiento lateral: el que preconizó Elías Canetti, quizá el único conocimiento al que debería aspirar el ser humano a estas alturas ya de la película: «No hay uniformidad en el verdadero saber. Todos los auténticos saltos se realizan lateralmente, como los saltos del caballo en el ajedrez. Lo que se desarrolla en línea recta y es perceptible resulta irrelevante. Lo decisivo es el saber torcido y, sobre todo, lateral».

Así que me dispongo a hablar, a divagar, sobre la Ciudad de México lateral, sobre La Ciudad Intangible.

No me detendré en las características y claves de todas las ciudades obvias que la componen: la telúrica (me resisto a usar el término prehispánico, tan reduccionista y simplón como el Antes de Cristo), la colonial, la pobre, la moderna, la posmoderna, la lúdica, la oscura, la callejera, la criminal, la esnob, la noctámbula, la extrarradial, la céntrica, la divina y la humana.

Ama la perfección porque la imperfección es la cima, escribió Montaigne. Y esto siente uno cuando penetra en Ciudad de México, o cuando la bordea, más bien; cuando la orilla. Porque está hecha de islas. ¿Qué tiene que ver Coyoacán con la la Merced, La Roma con Cumbres; el desierto de los leones con la volcánica Ajusco?

La Roma (por encima de todo encantadora) sería el centro neuronal del eufemismo posmoderno. Para entendernos: donde se ha dado con mayor éxito la gentrificación que está haciendo que todas las grandes ciudades del mundo conformen, a base de copiar y repetir la fórmula de vestir lo viejo de novísimo, un solo barrio global. Una isla mundial de lo moderno, lo healthy, lo cool y todos los angloneologismos que se le puedan venir a la cabeza ahora mismo. Una nueva ola de urbanismo globalizador que está sepultando toda la idiosincrasia con la que cada una de las ciudades se identificaba. Y no olvidemos nunca que nuevo no quiere decir mejor: sólo quiere decir último.

¿Dónde queda la real Ciudad de México? ¿O es toda ella una ilusión fruto de la deformación cerebral del visitante moderno? ¿Se creen los chilangos (así se les llama a los habitantes de esta ciudad de ciudades) la ciudad en la que viven?

Claro: la creen, la critican y la presumen a partes iguales. Y la presumen porque pueden. Aun concediéndole todos sus defectos, la pueden presumir porque de alguna manera también es la David Bowie de las ciudades. Como Bowie, la ciudad no esconde su amor por el rock clásico, el punk, el pop y toda la subcultura de lo pulp, pero tampoco por lo operístico y lo teatral. Y lo hace totalmente consciente de su ambición: asimilar la necesidad de memoria colectiva que todos tenemos. Y, aun así, ser capaz de marcar la pauta de las tendencias venideras. Sólo ciertos artistas como Bowie son capaces, en su intangibilidad, de cambiar de nombre o de aspecto en función de su insatisfacción natural y nunca perder, en ninguna de sus camaleónicas formas, su esencia. Y eso es Ciudad de México: una artista pop insatisfecha con la historia y que justamente por eso se alimenta de historias; necesita de ellas. Sin freno, sin cese. Es la lógica del relato enmarcado como sustancia propulsora de la novela moderna. Ya dije que me parece El Quijote de las ciudades. Y es precisamente por esto.

Y como El Quijote que esta ciudad inabarcable también es, está hecha de sed narrativa.

La novela de Cervantes es única y seminal en la estructura de la historia enmarcada; esto es: una historia central se ve interrumpida por la narración de otra historia en boca de unos de los personajes de la historia central, no del narrador. Pero es una interrupción que lejos de despistar la brújula de la trama, la guía y le da sentido. Y así, de pequeña historia enmarcada en pequeña historia enmarcada, va creciendo la dimensión de la historia central. La imposibilidad de la unidad narrativa, de la linealidad sin fisuras, de lo infalible del discurrir discursivo del causa-efecto, de la pureza del punto de vista que expone de manera tan lúdica y magistral Cervantes, tiene su reflejo en esta ciudad que no es más que la muestra del fracaso del urbanismo como orden social y el triunfo de la narración como forma esencial de la dispersión del género humano como colectivo.

Ciudad lunar

Leerán y escucharán por ahí que en realidad no existe la conciencia, sino el cerebro. O lo que es lo mismo: que las coordenadas concretas a partir de las cuales nombramos lo real y nos movemos en la realidad son una mera ilusión de nuestro cerebro. Una operación de hacer cálida y habitable una masa amorfa, fría, oscura, ilusoria. Con este pensamiento como bandera, Daniel C. Dennett y sus seguidores afirman estar trabajando en el desencantamiento del mundo. Con el propósito de demostrar que se puede despojar al cerebro humano de todo lo accesorio, de todo espejismo. Liberarlo para que, por fin, alcance la perfección; esto es: actúe como máquina perfecta, sin despistes. Lo que no me queda claro es cuál sería el objetivo de esa máquina perfecta. Y de por qué querríamos olvidarnos de los gozosos despistes a favor de una supuesta perfección.

En este panorama, las ciudades vendrían a ser creaciones de sus habitantes. Serían las imaginaciones de todos ellos, lugareños y visitantes incluidos, las que sostendrían su estructura, su obra negra (como dicen en México a la fase inicial de las construcciones dedicada a establecer los cimientos y pilares).

Con esta aproximación a Ciudad de México, pretendo establecer la hipótesis de que más bien es la ciudad la que crea a los que la habitan y la visitan. No es que ella dependa de éstos, sino que éstos dependen de ella.

En el supuesto de que se llevara a cabo el desencantamiento del mundo para la purificación en beneficio del gobierno de cerebros perfectos sin ilusiones accesorias que los puedan despistar, Ciudad de México quedaría indemne, gobernando el mundo visible y constatando el triunfo final de la imaginación.

Dicho de otro modo: en un paisaje apocalíptico, donde todas las ciudades han sido arrasadas por el ejército ultrarracional de Dennett, sobresaldría sobre la superficie, de entre las ruinas, intacta, Ciudad de México: el ombligo de la Luna, una de las etimologías que se le atribuyen a la palabra México.

Y saltemos a la Luna.

Alan Bean, el cuarto astronauta en pisar la Luna, afirmó antes de dejar la NASA y dedicarse enteramente a la pintura que la experiencia lunar fue muy difícil de racionalizar, una sensación que también sintieron sus compañeros del Apolo 12. Todos coincidieron en lo difícil de asimilar el encuentro con lo inefable que sintieron allá arriba. Y ese algo imposible de expresar y determinar (evitaban entrevistas y declaraciones al respecto a su regreso a la Tierra: quedaron sin palabras) lo tradujeron finalmente, cada uno con sus maneras y matices particulares, en que fue una experiencia espiritual. Todos, a su regreso a nuestro planeta, dejaron sus carreras de astronautas y emprendieron distintas aproximaciones a la asimilación de esa espiritualidad: disciplinas artísticas, fundación de iglesias, entrega al LSD y otras sustancias. La mayoría de matrimonios, estables antes de partir a la Luna, se acabaron rompiendo. Los tripulantes del Apolo 12 no pudieron soportar el eufemismo que suponía el regreso a la Tierra tras el contacto con lo lunar. Después de la Luna, ¿cómo seguir admitiendo que la realidad es unívoca y tangible?

Tras conocer el ombligo de la Luna, también quedas tocado y dudas del sentido de lo real, del sentido de unidad.

Esta ciudad te hace creer que formas parte de ella. Hace que te confíes. Que creas que participas de ella, que la vives de manera auténtica y no superficial. Que tu presencia suma a la identidad del lugar. Para, de repente, acunarte en sus brazos y susurrarte al oído: «Nunca serás de aquí. Y, a partir de ahora, nunca serás de ninguna parte».

Y es que una vez conocida La Ciudad Intangible, cualquier otro lugar pasa a ser un eufemismo.

Chavela Vargas se dejó el hígado, la voz, la cordura y la vida, lográndolo. Ella sí logró ser la más mexicana habiendo nacido en Puerto Rico. Cuando le preguntaron al respecto, contestó: ¡Los mexicanos nacemos donde nos da la rechingada gana!

En México me han discutido que Buñuel fuera español. O Remedios Varo. Una vez comprobado en la apagaincendios Wikipedia, el amigo en cuestión que negaba el origen del cineasta aragonés, torció una media sonrisa y zanjó el asunto con un: «Sí, claro, Wikipedia…».

Y es que la capital de lo intangible (la ciudad no es más que el núcleo de El País de lo Intangible que es todo México) es capaz de derribar las certezas más absolutas: hasta la idea de nacionalidad.

Esto no se toca

Cabe tener en cuenta un matiz muy importante para el adjetivo intangible.

Cuando bauticé esta crónica (título que tenía clarísimo desde que me hicieran la propuesta de escribirla), tomé intangible por aquello que no se puede tocar de una manera absoluta, por inconcreto, por difuso, por etéreo. Pero últimamente me gusta acudir al diccionario antes de usar determinadas palabras que por intuición a uno le pide el cuerpo usarlas, pero cuya definición total y absoluta se le escapa y en cuyos matices se lleva muy gratas sorpresas. Justo cuando uno piensa que la elección de una palabra concreta es la línea recta entre dos puntos, resulta que dicha palabra te esconde caminos no transitados, vías alternativas, senderos que se bifurcan.

La definición de intangible dice: que no debe o no puede tocarse. ¿Que no debe, tocarse? He ahí mi sorpresa, porque hizo que la elección intuitiva del adjetivo intangible para definir a Ciudad de México encubriera una mayor profundidad en la que seguir escarbando. Capas de metáfora y memoria me gritan desde ese lugar desconocido (e intangible) que increpa a nuestra intuición, un matiz que no debía dejar pasar por alto. Porque las palabras esconden más de lo que les pedimos. Y las vamos empobreciendo y convirtiendo su propia forma en un eufemismo de la complejidad de matices y significaciones que un día tuvieron al nacer.

Ciudad de México es difusa, inconcreta, intangible. Porque no se puede tocar, porque se escapa, se diluye, se evapora, se hace humo (también ES humo, en un sentido literal) y porque NO SE DEBE TOCAR. Si la logras tocar, viajero potencial, estás perdido. Una vez que la tocas, de Ciudad de México es fácil querer quedarse pero difícil acabar de irse.

El lector, si desea una referencia narrativa de la capital de México puede acudir, sin ir más lejos, a la muy recomendable e inclasificable El vértigo horizontal de Juan Villoro. Si lo que desea es más bien una guía para un posible viaje, tiene muchas opciones, actualizadas constantemente, tanto en papel como online. Todas ellas le hablarán del perfil tangible del lugar, de su historia y de sus habitantes. Sus excelencias y contrastes, sus peligros y advertencias, su atractivo y su encanto estampados en zonas y lugares con nombre propio; encantos palpables y reconocibles que son muchos y que, sin duda, disfrutará. Y contradicciones que le divertirán y sacarán de quicio a partes iguales. Pero ¿para qué recapitular lo que ya está recapitulado y se sigue testimoniando constantemente?

Sobre México ya estará todo dicho (en general, no nos engañemos, de casi todo ya está todo dicho), pero no lo he dicho yo (hasta eso, ya lo dijeron: Marguerite Duras, la primera). Y a ese sentido de la escritura me agarro: falta que yo diga México a mi manera.

Si colocáramos a la Ciudad de México en un contraluz para una foto (oficialmente CDMX, hasta no hace mucho DF, Distrito Federal; hace algunos años ya Tenochtitlán; antes de ella quién sabe qué y, para todos los demás ciudadanos de la actual república, México a secas), esas guías fijarían su contorno, su luminosidad, su perfil reconocible. Guías que la mayoría de las veces evitan adentrarse en el interior oscuro del contraluz. Porque por definición, una guía tiene la obligación de ofrecer consejos concretos, puntos de anclaje, asideros.

Eso le sirve al turista, pero ¿y al viajero? Hay una enorme diferencia entre ambas formas de afrontar el viaje. El turista se conforma con el perfil (con el que poder hincharse a hacer fotos, básicamente, y dar cuenta de su cosmopolitismo en Instagram). El viajero quiere trascender el perfil y adentrarse en las oscuras profundidades de lo intangible, aunque ello conlleve grandes riesgos. El primero es el amante de testimoniar lo que todavía no se ha vivido o no se ha vivido del todo o ni tan siquiera se quiere vivir de verdad. Es viajar con preservativo mental. Con escudo vital. El segundo pretende la vivencia sin la necesidad de testimoniar. El primero se tatúa para que los demás vean el tatuaje; el segundo, para saber él mismo que lo lleva y su porqué.

La ciudad de la intuición

Uno de los lugares de esta ciudad donde viví fue la calle Tabasco, en la colonia Roma Norte. Andaba yo caminando por la calle cuando me topé con una empresa familiar de Buscatesoros (así se llama, siendo la única en toda Latinoamérica que se dedica a tan extendida labor, fabricando ellos mismos sus propias máquinas detectoras de metales), justo cuando andaba con un guion en el que un lugar así encajaba perfectamente con el objetivo de los personajes que andaba esbozando. Cosas así suceden en esta ciudad. O cosas así me han sucedido en esta ciudad.

Cuando inicié la investigación sobre el tema, una protectora de edificios históricos del INAH (Instituto de Antropología e Historia), perseguidora de los cazadores furtivos de tesoros, me dijo: «A veces tenemos que mirar para otro lado. Es imposible que los gobiernos mexicanos puedan hacerse cargo de todo lo que todavía se esconde bajo tierra».

A este respecto, lo mucho expuesto en el Museo de Antropología e Historia te hace dudar de la idea de progreso. Piensas por momentos que es quizá bajo tierra donde esté sepultada la presunta idea de perfección cultural. Y que son restos semejantes a esos todavía escondidos los que, como un latir atávico, telúrico, enloquecen a la tan arraigada certidumbre de la civilización, mediante vapores que van subiendo poco a poco a la superficie, como el esmog que gobierna la ciudad.

Vapores que se van condensando en nubes de violencia y fatalidad.

También deambulando por la avenida Chapultepec cuando andaba descubriendo los alrededores de la zona en la que vivía allá por el 2011, me topé con el Instituto de Investigación Universitaria Ortega y Gasset. El viajero que era yo entonces se acordó (y así dejó anotado en uno de sus cuadernos) del pensar intuitivo que preconizaba el filósofo español (uno de los muchos españoles ilustres enamorados de esta ciudad) en contraposición al pensar conceptual, ése que hoy todo lo rige. Sólo con el ejercicio de la intuición lograremos un auténtico replanteamiento del ser y de la realidad en su estado más bruto y radical, defendía Ortega.

Una manera de pensar, de ejercitar la intuición, que al caminar esta ciudad me surgía por combustión espontánea.

La nueva modernidad (que no es más que la ceniza de la ya vieja posmodernidad) infla de conceptos las ciudades, y sobre todo en aquellas burbujas que suponen los barrios de la gentrificación, núcleos de una nueva dolce vita; estrategia urbana que curiosamente se da en lugares donde se gestó la autenticidad, la esencia, la intuición, el secreto de las ciudades, para ahora entregarse al exhibicionismo.

En busca del hipocentro

La primera vez que pisé Ciudad de México fue una noche de julio del año 2010. Aquella noche el cielo parecía una radiografía, pero no la de una persona, sino la de un mapa. Eso tengo anotado en uno de los cuadernos que me acompañaron en aquel viaje seminal y que, de alguna manera, no siento que haya acabado. Vivir en una ciudad que no es la tuya de origen te brinda esa oportunidad: la de convertirte en constante viajero, en forastero, en habitante de la incertidumbre. Algo que para muchas personas sería un foco de ansiedad, para mí lo es de liberación. Cuadernos éstos que también me acompañaron cuando pasé a vivir en la ciudad, y que me siguen acompañando ahora que vivo en el norte de México y la visito a menudo.

Diferentes personas, en diferentes momentos a lo largo de ese primer viaje, me dijeron que en México todo es posible (que no es lo mismo que decir que en México el Todo es posible: de hecho viene a ser lo contrario).

Me llamó mucho la atención que gente tan diferente entre sí (desde taxistas hasta chamanes), en entornos tan contrapuestos, en muy dispares situaciones, repitieran justo esa frase con la misma naturalidad y media sonrisa, sin abrir demasiado los ojos, con el mismo tono con el que dirían «llueve» mirando caer la lluvia). Pero el hecho de dejar constancia de la omnipresencia de este enunciado «en México todo es posible», repetido como mantra, no basta. Y me veo obligado a encontrar, para esta aproximación a la ciudad que más que pretender un retrato no quiere dejar de ser boceto, algún ejemplo que ilustre esta sentencia que tanto promete y, en el fondo, tan poco dice: En México todo es posible.

Y lo primero que me viene a la cabeza, en este discurrir intuitivo, es el siguiente hecho que, de una manera tan misteriosa como extraordinaria, puede definir a la ciudad:

El 19 de septiembre de 1985 un terremoto sin precedentes sacude la Ciudad de México, destruyendo el 30% de las edificaciones y provocando entre 3192 muertos (fue la cifra oficial) y 20.000 (cifra estimada por varias organizaciones no gubernamentales). El 19 de septiembre de 2017, justo 32 años después, la ciudad se prepara para conmemorar aquel terrible suceso. En escuelas, oficinas y diferentes espacios públicos de la ciudad se preparan acciones conmemorativas. A las once de la mañana se activan los altavoces de simulacro. Tanto jóvenes como viejos viven el recuerdo con una mezcla, todavía, de perplejidad, cierta resignación y duelo. Cinco horas después, los altavoces se vuelven a activar, pero esta vez el motivo es otro: un terremoto real de similar magnitud que la de aquel que se estaba conmemorando.

Tan increíble, descabellado y cierto como que a veces, trucos de ficción barata parecen estar moldeando la trama de la realidad.

En la capital de lo intangible se cuece la combustión de la certidumbre, de lo real; combustión que, de vez en cuando, explota. Dinamitando el eufemismo de las certezas. Porque el terremoto, a parte de tragedia y drama, también es metáfora.

En las notas de esos cuadernos que antes mencionaba, veo que jugaba, quizá sin pretenderlo, a establecer cuál sería el epicentro de la ciudad, para lograr concretar algo de este lugar hacia el que siento, desde que la pisara por primera vez, una atracción tan desmedida que a veces se vuelve repulsión. Las cosas que me repelen las puedo contar con los dedos de la mano. Las tengo localizadas. Son concretas. Pero las muchas cosas por las que me atrae se me escapan. Y es quizá por eso que me atrapa. Como quien busca el epicentro de un terremoto, pues Ciudad de México, de alguna manera, ha sido un terremoto en mi vida y también lo es para la ilusión de orden y civilización. Para la tan aceptada concreción del mundo.

Quiero entonces plantear con esta aproximación a La Ciudad Intangible, un juego. Una tentativa por encontrar el epicentro del carácter auténtico de la ciudad. El foco donde todavía late su esencia. Donde se concentra el origen de su magma.

Y al venirme epicentro a la cabeza, sin pensarlo mucho (en el discurrir del pensar intuitivo en el que me voy abriendo paso), me veo obligado a regresar al diccionario:

Epicentro: Centro superficial del área de perturbación de un fenómeno sísmico, que cae sobre el hipocentro.

¿Hipocentro? Vamos a ver. Me suena bien:

Hipocentro: Punto del interior de la corteza terrestre donde tiene origen un terremoto.

Exacto: a esto me quería referir cuando dije epicentro. Quiero buscar el hipocentro de la ciudad intangible.

Me dispongo entonces a compartirles, ya con la necesidad de concretar, tras la dispersión de este discurrir inicial, un pequeño catálogo, tan arbitrario como intuitivo, pero tan valioso o prescindible como otro cualquiera, de los posibles lugares del hipocentro de esta inaprensible e indómita ciudad.

Hipocentro n.º 1: No te conviene ir

Empecemos recogiendo el testigo de otro viajero: Nacho Vegas. Y el de una advertencia expuesta en una de sus canciones: «Al mercado de Sonora no te conviene ir». A no ser que desees adentrarte en las formas de la sombra, claro.

Yo fui al mercado de Sonora al día siguiente de llegar a la ciudad, cuando todavía se la solía llamar DF. Cuando decidí quedarme a vivir (mes y medio después), regresé y me llevé un enorme cráneo de bovino recién llegado, me presumió el vendedor. Yo traía el capricho folclórico de tener una de esas cabezas que decoran paredes o quicios de las puertas en cierta imaginería mexicana. Barnizarla, quizá pintarla. Por lo que fue amor a primera vista. Cuando llegué al departamento de la calle Liverpool (en la colonia Juárez, primer lugar donde viví), descubrí pedazos de carne putrefacta todavía pegada en partes de las cuencas de los ojos y la quijada. Lo que sucedió en las siguientes noches, me cuidaré mucho de contarlo aquí. Porque de hacerlo, arriesgaría su verdad. Y es que hay cosas que es mejor no contar.

Pero sigamos con la advertencia sonando la canción de fondo, la voz de Nacho Vegas. Al mercado de Sonora no te conviene ir. A no ser que busques asomarte al precipicio de la magia negra, a la lógica de los amuletos, al poder de las plumas de águila, de los elixires para atar amores y lanzar males de ojo. A no ser que quieras mirar a los ojos a animales enjaulados cuyo destino, se sospecha, será algún ritual santero. Mejor no vayas. Pero si descrees de todo esto, si hasta te produce cierta risa como me la producía a mí antes de ir, te invito a que por la simple experiencia de sentir en tu estómago agrietarse las supuestas certezas racionales, te des una vuelta. Penetra por uno de sus largos pasillos. No hace falta que lo recorras entero. Sólo un pedazo del mercado de Sonora te bastará. Anímate. Puede ser divertido. Recuerda que lo que lees puede resultar no ser más que el intento por verter una mirada mitológica sobre un lugar tan común y corriente como otro cualquiera.

Aunque ya estás advertido: no te conviene ir.

Pero de no ir, al mismo tiempo, quizá te estarás perdiendo el secreto mejor guardado de La Ciudad Intangible.

Si al salir del Mercado de Sonora todavía te queda cierta sensación de que la realidad es una unidad visible e incuestionable, vete directo a Tlatelolco, la llamada Plaza de las Tres Culturas.

En ese lugar ubicado en el centro de la ciudad, el 2 de octubre de 1968, una manifestación estudiantil acabó en matanza con la intervención de la policía y del ejército, con tanques y helicópteros incluidos. Oficialmente murieron 40 personas; diferentes testimonios no gubernamentales señalan que debieron ser más de doscientas. Ve y colócate en el centro de la plaza, una gran explanada que cubre con cemento el horror que vivió esta ciudad no solo ese día, sino también otro día funesto cuatrocientos años antes. Porque justo ahí tuvo lugar la decisiva y última batalla de las tropas de Hernán Cortés contra los mexicas liderados por Cuauhtémoc el 13 de agosto de 1521. Según las crónicas españolas (aunque por aquel entonces todavía no era España, ni tampoco México, por lo que la conquista de México por parte de los españoles no es una frase del todo cierta, pero ésta es otra historia: debo poner freno a mi pensar intuitivo y mi tendencia a la historia enmarcada y centrarme en el marco, en el límite, en la estructura), alrededor de 40.000 indígenas fueron asesinados ese día.

Ese día empezó lo que es el México que conocemos, y la ciudad dejó de ser Tenochtitlán. Empezó a sepultar creencias, politeísmo, ritos, canales, ríos y un gran lago para erigir lo que hoy es: CDMX. La posmodernidad reducida a unas siglas más propias de una entrada estadística, de un código informático, de un robot, de un coche o de una bebida isotónica. Siglas que son el eufemismo de tantas y tantas cosas mistéricas, contradictorias y ancestrales, reducidas por el imperio de la razón occidental.

Colócate en el centro de esa plaza. Quizá alcances a sentir lo que es quedarse mudo durante unos instantes aun teniendo voz. Sabrás que el aire puede llegar a ser, también, una mera ilusión del cerebro, porque sentirás que te falta. Percibirás esa realidad bruta, muda, radical, de la que hablaba Ortega y Gasset.

Hipocentro n.º 2: calle Bruno Traven

 Otro de los posibles hipocentros de la ciudad pudiera ser la calle Bruno Traven, nombre falso del escritor Traven Torsvan. Aunque también este último pudiera no ser el originario (me cuido mucho de usar el término verdadero). Y eso por mencionar alguno de los muchos nombres que usó para fraguarse una identidad esquiva, inaprensible. La suya fue una vida dedicada en cuerpo y alma al escondite y la impostura. ¿Qué ciudad querría acoger uno de los nombres falsos con los que un escritor casi oculto jugó a convertirse en intangible? Sólo podría hacerlo Ciudad de México. Sólo este lugar acogería con gusto la memoria de alguien que usó varios nombres bajo el aspecto de varias identidades con el único propósito de sepultar su autoría bajo el verdadero poder que le interesaba: el de la obra. Justo lo contrario del signo de nuestros tiempos, en los que más que el valor de la obra en sí mismo, prima la exhibición de la persona que está detrás de la obra.

El autor de El tesoro de Sierra Madre, llevada al cine por John Huston en 1948, tensó hasta tal punto este juego que cuando el propio Huston quiso conocerle para discutir aspectos del guion y asegurar así la fidelidad de su adaptación con respecto a la novela original, el escritor (al que nadie del equipo de producción había visto nunca) se excusó por cuestiones de salud y mandó en su lugar a Hal Croves, su agente. Años más tarde, el periodista chilango Luis Spota tuvo la oportunidad de entrevistar al escritor en Acapulco. Bajo el nombre de una de sus identidades, confirmó que aquél Hal Croves que mandó al rodaje en su nombre era él mismo. También aclaró en aquella mítica entrevista que Traven Torsvan y Bruno Traven eran la misma persona; una persona que no sólo no hizo el más mínimo esfuerzo por aclarar su verdadera identidad tras el éxito de sus incesantes novelas (algunas de ellas, como El barco de los muertos, fueron auténticos best sellers) sino que contribuyó a alimentar más aún la intangibilidad de su persona llegando a límites asombrosos: llegó a esparcir el rumor de que el mismísimo Jack London en realidad no se había suicidado, sino que había fingido su muerte para vivir otras vidas desde cero, y que una de estas vidas era la de Bruno Traven.

Su esposa y traductora, Rosa Elena Luján (con quien se casó en La Ciudad Intangible) concedió una entrevista una vez ya muerto su marido. Confesó que no le hacía preguntas con respecto a su vida y su identidad porque era algo que a él no le gustaba. Y tampoco se las hacía porque sabía bien que el intento sería inútil: «No creo que él hubiera podido decir la verdad incluso si hubiera querido hacerlo» (y me pregunto: ¿cuánta culpa tuvo la esencia de la ciudad en este hecho?).

Aclaró que su marido, en realidad, se llamaba Ret Marut, que su origen era alemán y  que vivió su juventud como anarquista dando tumbos por Europa, de la que huyó, por quién sabe qué, hasta recalar en México, lugar en el que sintió, ya desde un primer momento, que podría perpetrar la disolución de su identidad y la simulación de tantas vidas como fueran necesarias para satisfacer su sed de ficción; esto es: la mejor manera de vivir la verdad.

El solo hecho de plantearme que hubiera existido alguien capaz de esconder la autoría de una vasta y celebrada obra novelística escurriendo su vida en la vivencia de varias vidas bajo diferentes nombres, y que finalmente todo ese afán, ese proyecto vital, tuviera como razón de ser última el intentar que alguien pudiera llegar a creer que se trataba del mismísimo Jack London ya justifica su literatura y, de paso, la existencia de la literatura en sí misma.

¿Por qué nada más conocer Ciudad de México se quedó a vivir hasta el fin de sus días? Alguien que se quería convertir en ser intangible mediante la muda de nombres no podía encontrar mejor lugar que el de la ciudad que, como él, va cambiando de nombre con el afán de escapar de la obviedad del mundo evidente.

Al pisar las calles de la ciudad, supo que caminaba sobre el lugar de su destino. Y supo, en lo más profundo de su ser deslizante, que una de esas calles con apariencia real, pero con la luminiscencia de un sueño, acabaría llevando su nombre, pero ¿cuál de ellos? Qué más da, pensó sonriendo mientras caminaba por el Vivero de Coyoacán, atravesando uno de sus largos pasillos laberínticos de árboles, uno de los muchos rincones que reserva esta ciudad para escapar, perderse, huir hacia ninguna parte, que es la mejor manera de huir de uno mismo, pero del uno mismo que los demás crearon. Huir de él para buscar al inexplicable conjunto de yo mismos que nos habita.

Traven Torsvan (por llamarlo de alguna manera) obtuvo la nacionalidad mexicana en 1951. Una vez la logró, vivió solamente con ese nombre hasta el día de su muerte, en 1969. Sus cenizas, por voluntad propia, fueron esparcidas en la selva de Chiapas (¿acaso no fue lo que estuvo haciendo mientras vivía: esparcir las partículas que lo componían en infinidad de nombres e identidades hasta la desintegración final?).

La selva, claro: el lugar de la desaparición. Donde el orden y la unidad de lo evidente no tiene nada que hacer.

Algo de selva tiene también esta ciudad. Mucho de selva.

La historia que ande escondida tras la asignación de esa calle en concreto y no otra para llevar el nombre de Bruno Traven, el escritor intangible, quizá pueda contener el secreto de uno de los posibles hipocentros de La Ciudad Intangible.

Ciudad jaguar

Es muy difícil perderse en una ciudad hoy día, lo sé, si hablamos de orientación física y siempre que tu smartphone tenga batería. Pero en Ciudad de México cierto tipo de desorientación deviene inevitable, quién sabe si por la altura, la densidad de contaminación o la permanente sensación de acecho. Cuando me animo a trazar largos recorridos a pie (algo que no puedo evitar hacer siempre que vengo a esta ciudad, no sé por qué, cuando el día se está acabando), presiento la compañía de miradas invisibles que me siguen. Una posible respuesta, fácil y resolutiva, podría ser que estoy loco y vivo en estado paranoico. O en una novela, como me dijo no hace mucho una persona que bien me conoce. Y de alguna manera, lo acepté. Le di la razón. Pero la novela no es más que el intento de hacer palpable y darle orden al magma amorfo que es la vida. Así que, ¿no será el tomarse la vida como una novela el intento más sensato de arrojar cordura sobre esta cosa caótica llamada vida?

Aun a riesgo de parecerlo (loco), yo sigo traduciendo el magma de mis percepciones acumuladas en esta sucesión de palabras. Sigo en mi escribir intuitivo; en hacer de esta crónica o ensayo sobre La Ciudad Intangible, un intento de literatura intangible: ésa que parece no estarte contando nada concreto cuando justamente, en ese nada que va transcurriendo como río tranquilo, está el todo. El otro día hablaba de esto con un gran amigo, David Lauer, fotógrafo y traductor estadounidense que al conocer México (en este caso el norte, Chihuahua, donde ahora vivo), ya no quiso irse.

Uno más que no quiso o no supo irse.

Y charlando con él de esa estirpe de literatura intangible, con Kafka a la cabeza, acabé descubriendo que fue el propio David Lauer el traductor al inglés de una de las cimas de ese tipo de literatura y que prácticamente no se conoce: El libro vacío, de Josefina Vicens, escritora nacida en Tabasco pero capturada también por Ciudad de México, donde vivió y murió. Cuando he hablado y hablo de este libro en México, uno de mis libros de referencia, nadie lo conoce. Libro casi secreto. Libro que habla sobre la imposibilidad de atrapar algo concreto, un posible todo, con la escritura. Y sin embargo, aun sabiéndolo, no poder de dejar de hacerlo, de dejar de intentar. De dejar de escribir.

¿Acabo viviendo en Chihuahua, conozco a un viejo fotógrafo estadounidense que lleva cuarenta años viviendo aquí, entablamos colaboración y amistad, y me acabo enterando, de casualidad, que es el traductor de uno de mis libros predilectos? No lo olviden: en México todo es posible. Menos el Todo. Ése no es posible ni aquí; no en ninguna parte que se precie.

Pero a lo que iba, que me bifurco: cuando caminas por la ciudad en la noche sientes que te miran. Miradas que habitan agazapadas en esquinas y calles oscuras. Y no me refiero al peligro y la inseguridad, ojo. De eso también las guías (y la prensa diaria) se encargan de informar y advertir, así que yo no entraré en ese terreno.

Sigo:

La ciudad, en la noche, se torna penumbrosa. Hasta las calles de las zonas más alumbradas, más que iluminadas parecen manchadas de luz. Es una oscuridad salpicada de focos de claridad que no otorgan la suficiente sensación de entorno iluminado; esto es: civilizado.

¿La piel del jaguar es amarilla con manchas negras o negra con manchas amarillas? Seguramente sea las dos cosas. El jaguar, de hecho, como buen felino, es muchas cosas a la vez. Pero está claro que el jaguar que habita dentro de esta ciudad es únicamente oscuro con manchas amarillas.

¿Quién me manda recorrer distancias de 6,7,8 kilómetros cuando cae la noche?, dirá alguien, y con toda la razón. Pero es que es la única manera de sentir el contraste y la contradicción que late en el alma de esta ciudad que para mí sigue ejerciendo el embrujo de una pista que apareció antes que la propia investigación. La única manera de no vivir cada una de sus colonias (barrios) como burbujas, islas, guetos. Porque todo es Ciudad de México. ¿Todo es Ciudad de México? (me sigo resistiendo a llamarla por su nombre actual, CDMX).

Uno tiene la sensación de que cuando se habla de Ciudad de México desde cierta perspectiva europea, tan sólo se tiene en cuenta su lado más cool. Pero yo siento que justamente ese lado es el que emparenta a la ciudad con otras ciudades del mundo, la que la hace global, y son otros lados los que la hacen única. Los que guardan su idiosincrasia.

Cuando la caminata es durante el día, la sensación no es de acecho, sino de duda. Emprendo el camino con ganas, con optimismo, hasta con júbilo (sensaciones muy propias del europeo, y sobre todo español, que habita o visita esta ciudad). Pero poco a poco una fatiga, que no es física o no lo es del todo, me lleva a dudar. ¿De qué? De todo. Y de nada. De la apariencia de las cosas. De lo que entendemos por real. Camino y dudo. Y mi rostro, que en un principio irradiaba energía, pasa a parecer el de un niño perdido. Lo digo no porque en ese momento me haga un selfie para comprobarlo, sino porque cuando me ocurre, siento como si estuviera viendo mi rostro, pegado a mis pies, sustituyendo a la sombra que, en contraposición, se ha debido instalar en mi cara.

Hipocentro n.º 3: La ciudad olvidada

En ese caminar intuitivo que he ido ejercitando a lo largo de los años en esta ciudad y que me ha hecho llevarme descubrimientos y sorpresas increíbles, hay una que se lleva la palma.

En La Romita, pequeña plaza ubicada en los márgenes de la colonia Roma Norte, en sus arrabales, colindando con la avenida Cuauhtémoc, a un paso de la colonia Doctores (tan cerca de la gentrificación de La Roma, tan lejos de ese concepto), se encuentra una pequeña iglesia llamada Santa María de la Natividad Aztacalco, que convierte su alrededor en un pequeño pueblo dentro de la ciudad. ¿Cómo es posible que la gigantesca y ruidosa Ciudad de México te permita vivir la sensación de silencio, de oasis, de recogimiento? Sensación que siente uno sentado en un banco frente a la iglesia: no hace falta entrar en ella.

La Romita, este pequeño barrio dentro de la colonia Roma (como una pequeña historia enmarcada más dentro de la gran historia de la Ciudad Quijote) formado por un puñado de estrechas calles, un callejón y la iglesia, fue una isla independiente del lago Texcoco cuando la ciudad era todavía Tenochtitlán. Cuando los españoles empezaron a hacer desaparecer la ciudad del lago en favor de la gran ciudad colonial, la isla fue uno de los pocos lugares exclusivamente indígenas que quedaron.

Una mañana de 2010, descubriendo el entorno de la calle donde yo vivía, Tabasco, y tras recorrer la calle Frontera (en esta ciudad siempre tengo la sensación de estar en una frontera, sin saber qué dos partes divide y atrae), me topé con esta iglesia. Ahí me pasé un buen rato, rodeado de árboles, mi vista perdida en una mujer que vendía tamales y jugos naturales, percibiendo ese tipo de silencio que desprende hipnosis. En un momento dado, mi vista se fue hacia el punto de fuga que ejercía el lado izquierdo de la mujer y el derecho de la iglesia. Vi lo que parecía en la distancia una pequeña placa, colocada en la fachada de una especie de centro cultural comunitario. Me levanté y caminé hasta ella. Con letras apagadas por el tiempo, enunciaba que fue allí donde se rodó nada más y nada menos que una de las aproximaciones más libres, controversiales e intangibles del cineasta intangible por antonomasia: Los olvidados, de Luis Buñuel.

También él, como Traven (como tantos otros artistas), encontró en Ciudad de México el lugar perfecto para el desarrollo de la cara más esencial de la realidad: su surrealidad. ¿Cuántas veces habré nombrado El ángel exterminador ante situaciones vividas en esta ciudad, en las que estaba sintiendo ese mismo algo intangible que hacía que los personajes de la película de Buñuel no pudieran ni supieran tocar y usar la concreción de la realidad? ¿Cuántas veces he sentido en esta ciudad no saber lo que estaba pasando y a la vez sentir que eso que pasaba, fuera lo que fuera, era lo más verdadero que jamás sentiría?

Muy posiblemente, esa pequeña plaza contenga un pedazo de hipocentro de la ciudad.

Hipocentro n.º 4: Edificio Minerva

No sé por qué uno de los varios nombres con que se conoce a este edificio (de nuevo la multiplicidad de nombres, el cambio constante, el escondite) es el de la diosa a la que se le concede la invención de la escritura, Minerva. También se lo llama edificio Río de Janeiro por estar ubicado en la plaza del mismo nombre.

En esa plaza, gobernada por una enorme fuente que vierte agua sobre los pies de una gigantesca reproducción del David de Miguel Ángel, se van dando tianguis (mercados callejeros y ambulantes) de distinto calibre a lo largo de la semana, algo que le otorga una viveza muy representativa de esta ciudad.

La plaza la viven y cruzan tanto chilangos (no olvidemos que así es como se les dice a los naturales de Ciudad de México) de distinta estirpe, como extranjeros (muchos europeos) que están de paso (aunque un paso a veces tan largo que se acaba convirtiendo en residencia). Allí se mezclan los humildes vendedores de los tianguis con los jóvenes corredores que se detienen a estirar y recuperar el oxígeno de los muchos árboles que rodean la plaza. También se cruzan los paseantes de mascotas de distinta condición y edad con los que se pueden permitir cruzar la plaza para ir a los modernos restaurantes y boutiques que pueblan las esquinas de la calle Orizaba, Durango y Colima. O los ciclistas nudistas que, de tanto en cuanto, peregrinan hasta la plaza en una rodada nudista y comparten espacio y tiempo con los fieles que se acercan a la parroquia de la Sagrada Familia, ubicada en la calle Puebla, a escasos treinta metros de la fuente.

Pues bien, en la esquina de Orizaba con Durango, en el número 56 de la plaza, se encuentra un edificio de aspecto intimidante. Los tejados inclinados y el techo en forma de cono (diseñados por el británico Regis A. Pigeon), entre otros detalles, provocaron el rápido bautismo: la casa de las brujas. En su origen, impulsado por Porfirio Díaz, iba a ser un hotel de lujo para los visitantes de la ciudad.

Ahora, con el paso de los años, pasando casi desapercibido entre los usos posmodernos de los alrededores, el edificio Minerva, casi oculto por las frondosas copas de los árboles, habita y de manera protagónica, el lado de la sombra de esta ciudad.

Cuando se la bautizó como Casa de las Brujas, fue por su aspecto. Nadie sabía que ese lugar albergaría en algún momento la ubicua energía de uno de los personajes más desproporcionados y misteriosos que ha dado esta ciudad: la chamana Pachita, bastión de lo intangible. También, como El libro vacío, gran desconocida para la mayoría de chilangos.

Esta mujer nació con el siglo XX, en el norte de México (Parral, Chihuahua). Su primer nombre fue Bárbara Guerrero (de nuevo, la muda de nombres) y por nacer bastarda, fue abandonada. Un negro africano llamado Charles cuidó de ella hasta los 14 años. Le enseñó a ver las estrellas, a curar con hierbas y a entrar en trance, en palabras de la propia Pachita. Cuando muere Charles, la niña se lanza a la Revolución mexicana, uniéndose a Pancho Villa. Después, ya sola, fue cabaretera y vendedora de lotería. Recorrió el país cantando en camiones de paso (pequeños autobuses de línea local y regional) hasta recalar en la ciudad que haría desarrollar en ella el personaje totémico en el que se convirtió.

Trabajando en un documental al que más adelante me referiré, tuve la suerte de escuchar de viva voz a ayudantes y colaboradores de esta curandera que murió en 1979 en La Ciudad Intangible. Dicen que Pachita ejercía sus operaciones milagrosas poseída por el espíritu de Cuahutémoc, el último comandante mexica, al que le tocó defender la ciudad contra los españoles en Tlatelolco, cuando ésta todavía era Tenochtitlán. Usaba un cuchillo de monte para abrir cuerpos y cambiar órganos. Pero dicen que lo usaba por puesta en escena, pues, en realidad, lo hacía con su propia mano.

Hasta su departamento ubicado en este edificio Minerva acudían los políticos, intelectuales y artistas que vivían en la colonia Roma. Pero su prestigio se fue agrandando hasta hacer que viajaran hasta sus manos gentes de toda la ciudad, de todo el país, de todo el mundo.

Pero ahí no acaba la historia de este edificio.

El que nació para ser un hotel de lujo, vistoso y concurrido, se convirtió en uno de los escenarios de otra de las cumbres de la literatura intangible: El desfile del amor, de Sergio Pitol. Dice Juan Villoro (insisto: su El vértigo horizontal es la mejor manera de aproximarse narrativamente a esta ciudad, a parte de una lectura maravillosa) a propósito de esta novela:

La novela de Pitol fracasa como investigación policial pero triunfa como investigación narrativa, en el sentido de que la narrativa nunca tiene una verdad única. La imposibilidad y la incapacidad del personaje principal, un historiador que investiga un asesinato, hacen que el texto tenga una estructura singular: lo que se va a averiguar tiene que ver con la experiencia del mundo, los hechos y la manera de interpretarlos.

En el fondo, no sólo está hablando de la novela, sino también de la ciudad. De cualquier intento racional por descubrirla, catalogarla.

Villoro, a propósito de la novela, dice que el policíaco mexicano, la novela negra mexicana, se diferencia de la anglosajona en que, por la propia naturaleza del mexicano, nunca podrá ser la postulación de un enigma cuya resolución sea alcanzable mediante la lógica. Eso es Sherlock Holmes, y antes Poe. Y Agatha Christie.

Yo me atrevo a añadir que se inscriben en el mal llamado género de novelas de misterio. Porque deberían llamarse novelas del enigma.

Me explico:

El enigma tiene la finalidad de alcanzar una resolución que lo desarme, mediante la lógica. Y su correspondencia vendría a ser la ecuación matemática. El misterio, por el contrario, no busca desembocar en una solución para acabarse, diluirse. Busca el placer de lo intangible y es un viaje de divagaciones, de sombras, posibles verdades (toda verdad no es más que una posibilidad); de recovecos que no llevan necesariamente a ninguna salida lógica. Su correspondencia metafórica sería el poema. El enigma marca un camino que tiene una salida mediante pistas más o menos visibles. Si las sigues y las decodificas, te hará sentir muy inteligente. Es por eso que el enigma es complaciente. No así el misterio, que quiere venir a decirte lo perdido que estás y estarás en este inconcreto mundo. La 2666 de Bolaño sería un gran ejemplo. Otro foráneo absorbido por la ciudad donde desarrollar más y mejor la intangibilidad vital y literaria.

Porque en el misterio no hay salida. O te quedas, o buscas un agujero por el que salir abruptamente. El misterio te invita al placer de la sombra y, en él, replantearte la esencia del Universo, el lugar en el que vivimos y morimos y que está compuesto, conviene recordar de vez en cuando, por más de un 90% de materia oscura, indefinible.

El enigma, por el contrario, te promete luz. Y te va cegando con triunfos de la lógica y la razón, los pequeños fogonazos lumínicos que van mal alumbrando el camino del progreso, que no es más que un espejismo y el mito en el que vivimos con fanatismo el tiempo que nos ha tocado vivir.

Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, reza el título de una novela del mexicano Daniel Sada.

Pues eso.

Ciudad andrógina

Mientras escribo esta crónica intuitiva (que quiere participar de la divagación del ensayo, del moderno novelar que no cesa, rindiéndose a la ciudad a la que se debe), me ocurre que por momentos me pide el cuerpo nombrar Ciudad de México en masculino y por momentos en femenino. Porque, en su intangibilidad, es las dos cosas.

Es la Orlando de las ciudades. Y al decir esto me imagino a Virginia Woolf en el metro de Ciudad de México. En cualquiera de sus atestadas estaciones (por ejemplo, la de Pino Suárez a las 5 de la tarde), separados los vagones entre hombres y mujeres para evitar las diversas formas del abuso sexual cotidiano. Y la veo mirar atónita a los vendedores ambulantes de todo lo que uno se pueda imaginar (piratería musical, cinematográfica y literaria, linternas, chicles, lupas, libros, chocolatinas, guantes, juegos de mesa, silbatos, pelucas, calculadoras, cremas, rompecabezas, cubos de Rubik, paraguas, espejos… Cuando digo todo, es todo; bueno, casi todo, que no es poco).

Lo paradójico es que ella miraría raro al vendedor o vendedora ambulante, pero nadie miraría raro a Virginia Wolf, ni aun vestida de otra época, ni en su palidez de otro lugar, el de ultratumba.

Las caras en el metro de Ciudad de México se muestran como en lo sueños: sin disimulo ni fingimiento. Estando en el sub México, sospechas que lo que ocurre arriba, en el reino de la vigilia y a la luz de la superficie, es un eufemismo y que es abajo donde se cuece esa realidad bruta, radical y muda de la que hablaba Ortega y Gasset y que servía a Vila-Matas (otro habitante ilustre de la literatura intangible) como catalizador para su maravilloso relato-ensayo titulado Chet Baker piensa en su arte.

Una realidad inmanente y también insoportable. Pues abajo no hay narración, solo subtexto.

La verdad no está en las líneas del enunciado de lo real, sino en sus entre líneas. ¿Se puede enseñar a leer esa verdad? Y lo que es peor: ¿se puede soportar manteniendo la cordura y la obediencia ciega a las normas de lo real?

Ésta es una ciudad muy desobediente. A propósito de esto, una vez hablaba con un amigo chilango de los semáforos y los acentos como iconos perfectos de lo indomable de la ciudad y sus habitantes. En la noche, el no respetar la luz roja del semáforo es algo normal, así como el uso indiscriminado y erróneo de los acentos al escribir, hasta en personas con estudios superiores. A lo que él me dejó dos perlas: «También los semáforos merecen descansar» y «Yo sí uso los acentos, pero sólo los más importantes».

Fue el mismo que se quedó estupefacto cuando descubrió que existía la RAE: «¿Un organismo que me va a decir a mí cómo tengo que hablar y escribir? Eso es un atentado contra mi libertad y mi creatividad. El fascismo total», concluyó.

Regreso a las oscuras profundidades:

Los transeúntes del sub México tienen miradas ausentes. Portan los ojos abiertos de una manera que parecen cerrados; los ojos del que presiente el limbo, el tránsito del país de los vivos al de los muertos (¿cuál está arriba en la superficie y cuál abajo?).

Y me recuerdan a los rostros de esos retratos hallados en la región egipcia de El Fayum, hechos allá por el I a. C. y el I d. C.

Son retratos muy naturalistas, de una brutal perfección técnica, con el uso de, entre otros materiales, cera. Son la confluencia entre el equilibrio del arte helénico, el realismo del romano y el misticismo del antiguo Egipto.

La brillantez naturalista lograda en los retratos se debe a la exigencia que demandaba el vivo de ser reconocido cuando, una vez muerto, llegara al otro lado. Pero aunque sus rasgos sean perfectamente identificables, a un nivel figurativo, con los del modelo reflejado, las miradas logradas en esas tablas que se colocaban en el lugar de la cabeza de los cadáveres, están más allá de cualquier referencia a la vida de los vivos.

En esos retratos, los rostros parecen los de personas (mujeres y hombres, tanto en edad adulta como en infancia) que disimularan estar pisando tierra firme mientras en realidad están pensando en otra cosa. Una cosa que está en otro sitio, en otro tiempo. Son los ojos del que sabe más de lo que dice. Del que es consciente de que lo que sabe es tan esencial que para seguir siendo verdad, tiene que callarlo.

La necrópolis de El Fayum se encuentra a solo 35 kilómetros del margen izquierdo del río Nilo, donde se hallaron en 1625 los primeros rostros. Y precisamente cerca del río Nilo que La Ciudad Intangible también tiene, es donde desemboca este ensayo que en el fluir intuitivo de este juego planteado, presiente donde se encuentra el verdadero hipocentro de la ciudad.

Pero no lo olviden: se trata de la desembocadura de un misterio, no de un enigma.

Hipocentro n.º 5: Mesopotamia

El escritor mexicano Juan José Arreola vivía en la calle Río Nilo. De hecho, vivió en varias de las calles de la colonia Cuauthémoc, donde las calles que la cruzan de norte a sur tienen todas nombre de ríos. Al parecer, cuando se le acababa el contrato del alquiler, no pretendía continuar en el mismo departamento por más que le gustara, sino que prefería cambiarse de calle para poder decir «Me cambio de río, pero sigo en Mesopotamia» (nombre de la seminal ciudad que quiere decir «tierra entre ríos»).

Quizá en la mente del escritor, una oculta y personal Ciudad de México era la secreta continuación de aquella mítica Mesopotamia.

Pues bien: cuentan que en la casa de Río Nilo tenía Arreola una mesa de ping pong que había hecho él mismo y que era la envidia de todos los aficionados a dicho deporte en la ciudad, que al parecer no eran pocos. La había barnizado con una laca especial china que le otorgaba a la bola la altura de bote exacta que la asociación mundial de ping pong había marcado como la ideal y reglamentaria: 17 centímetros.

También dicen los que estuvieron en aquella casa que esa mesa era su único mueble.

Uno de los asiduos a aquella casa fue Juan Rulfo, íntimo amigo de Arreola y sí: muy posiblemente, el rey de los intangibles.

En aquella mesa, al parecer, Arreola discutió la estructura de Pedro Páramo con Rulfo, cuando la novela no era más que un puñado de fragmentos sin aparente ni pretendida unidad.

Colocaron todas las escenas sobre la mesa, con la intención de hallar el orden de los acontecimientos y, de esa manera, una estructura concreta y en la medida de lo posible lineal. ¿Cómo separar la voz de los vivos de la de los muertos? ¿Quiénes realmente son vivos y quienes habitantes del limbo? ¿Acaso son diferentes? ¿Cuál sería el inicio correcto, dónde estaría la mitad, en qué punto acabar la historia que al escritor mexicano le había venido, en gran parte, como un murmullo susurrado y entreoído (el primer título de la novela que se planteó Rulfo fue Los murmullos) y que había plasmado intentando mantener ese intuitivo pulso?

Colocaron las hojas que Rulfo tenía escritas sobre la mesa para empezar a organizar aquel boceto. Al ver la yuxtaposición de todos los fragmentos sueltos, colocados uno detrás del otro, se dieron cuenta ambos, con asombro, que ésa era ya la estructura de la novela. Nada había que ordenar.

Lo que no sospechaban los escritores es que aquella decisión de vislumbre de la estructura auténtica, azarosa, salvaje, intangible, había sido tomada bajo el influjo de la Ciudad Intangible. La narración contenía la metáfora de la estructura y esencia de la ciudad en la que se encontraban y, quizá, del mundo que daban por conocido.

Quizá por eso, por haberse perpetrado la estructura de la novela intangible por excelencia, este lugar compuesto por calles con nombre de ríos contenga la esencia, el hipocentro de los hipocentros.

No olvidemos que es una ciudad levantada sobre el agua: canales y ríos conformaban el lugar primigenio (me sigo resistiendo a usar el término prehispánico, tan abusador, reduccionista y déspota como el a. C, antes de Cristo).

Quiero matizar, por si no ha quedado claro, que muchos son, y maravillosos, los epicentros de esta inabarcable ciudad. Éstos dependen de tendencias, planes culturales, urbanísticos, gastronómicos. Pero los hipocentros andan a su aire, ajenos a los vientos de la apariencia de la superficie.

Deambular a media tarde por estas calles da la sensación de alegre naufragio. El naufragio de tu certidumbre. Incluso puedes llegar a oír, cerrando los ojos, cierto rumor de aguas.

Diré para acabar, en la piel del viajero que sigo siendo en esta ciudad, otorgándome el comodín de no explicar el porqué ni entrar en mayores detalles (el que parte y reparte se lleva la mejor parte y también, recordemos, que hay cosas esenciales que si se cuentan dejan de serlo), que también, muy posiblemente, el hipocentro de este lugar de lugares es una casa ubicada entre estas mismas calles y que nunca, aun habiendo en ella vivido momentos clave para mi vida (por no decir el momento clave, el que hizo que me decidiera a vivir en esta ciudad, en este país), he logrado grabar el nombre del río al que pertenece. Incluso la última vez que quise visitarlo, no lo encontré.

En la puerta, una placa indica su nombre: Zaloren. Con aspecto colonial, es una mezcla entre antiguo convento, lugar de abandono y casa de familia ancestral que tuvo que marchar, dejando esparcida su huella. La mucha o poca huella que puedes dejar cuando te ves obligado a huir.

Un lugar que tiene la densidad, la luz, ese algo indiscernible pero emocional, en el que se puede dar tanto el recogimiento como la perversión, tanto el arte como el crimen, tanto el goce como el nihilismo, tanto el vitalismo como la melancolía, tanto la esperanza como el fin, tanto la juventud como la vejez. «Esta ciudad tiene una selva, y yo vivo en ella», nos dijo una recién conocida a mí y al amigo con el que hice ese primer viaje a México del 2010: Ida Cuéllar.

Él es otro viajero que quedó atrapado por la intangibilidad de la ciudad. Tanto, que ha pasado once años tras El secreto del doctor Grinberg, título del documental al que me refería cuando hablaba de Pachita. Jacobo Grinberg fue el biógrafo de la célebre curandera, a quien conoció en profundidad. Pero eso es sólo una pequeña parte de las muchas que abarca este personaje poliédrico e inasible, otro de los seres intangibles que ha dado esta ciudad. Entregó su vida a la demostración científica de todas esas cosas intangibles que componen el universo que nos rodea. Lo intentó hasta desaparecer, misteriosamente, en 1994.

Y sin saber muy bien lo que aquella recién conocida (Nico es su nombre) quiso decir con aquello de la selva, vimos al llegar que todo un ramaje ingobernable de plantas caían desde la terraza de la planta superior sobre la puerta.

La puerta que muy posiblemente separa la vigilia del sueño, lo tangible de lo intangible. Que separa el mundo, de la Ciudad de México.


Miguel León nace en Barcelona, donde estudia filología hispánica y dirección de cine. Es cofundador de Gusanofilms, productora mediante la que establece una intensa relación con Latinoamérica, relación que marcará tanto su vida como su obra. En el año 2010 viaja a la selva colombiana para dirigir un extraño híbrido llamado Pescador de Lunas (Mejor Película Documental Muestra Internacional de Cine de Bogotá 2010 y Mejor Guion en DOCTV Latinoamérica 2009). Su escritura cinematográfica se refleja en reconocidas obras como El segundo apellido de Ezequiel Romero (Mejor Guion Concurso Internacional Filmarket Script Contest 2014), Bagatela (Premio Nacional de Cinematografía Colombia 2009) o La paradoja de Arrow (Mejor obra experimental I’ve Seen Festival 2009, Milán). Desde hace algunos años reside en México, donde desarrolla un muy personal ensayo audiovisual y literario sobre la identidad onírica de sus habitantes. También en México se ha estrenado como dramaturgo y director teatral. Y se ha volcado definitivamente en su labor literaria, actividad que ejerce desde muy temprana edad, obsesionado por encontrar una voz propia que, al fin, parece reconocer. Prueba de ello es su primer libro de relatos El tiempo del tigre, recién publicado en Trea.

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