Poéticas

Luchar por la poesía

Fermín Herrero Redondo reseña los diarios de Álvaro Valverde, publicados recientemente por la Editora Regional de Extremadura y que destilan un «fervor por los versos», una defensa a ultranza de la poesía frente a la barbarie y a la frívola banalidad que prende en el cuadrilátero internauta.

/ una reseña de Fermín Herrero /

Es una suerte inmensa para aquellos, como él, «analógicos irredentos», incapaces de disfrutar de las letras en la pantalla con aprovechamiento, y para los apasionados de la literatura, a los que ahora pomposamente se llama letraheridos, que Álvaro Valverde, sin ningún lugar a dudas uno de los poetas de referencia de la poesía actual en español, se haya decidido a desbrozar su blog, igualmente ineludible para todo aquel que quiera estar al tanto del panorama lírico y aun de la poesía en general, para publicar en papel aquellas entradas que ha juzgado idóneas para asignarlas al versátil subgénero del diario. Ha hecho bien, además, en decidirse a entregarnos esta selección puesto que sospecho que en el fondo, como confiesa en la introducción del volumen, se decidió a abrir su blog, bitácora o libro de vario asiento, aunque dude, tal vez un poco por coquetería intelectual, de si «la aventura merece la pena», por la ilusión cumplida de que al fin hubiese encontrado un recipiente idóneo para contener, y obligarse a sí mismo por consiguiente, a llevar un diario, una oportunidad para vencer su pereza, por falta de constancia y de hábito, que no ha desaprovechado.

Porque olvido es, pues, fruto de la escarda, sobre todo de recensiones y de artículos de crítica literaria, de lo puramente literario en suma, y del espigueo de aquellos apuntamientos del blog que atañen, a grandes rasgos, a lo personal, porque creo que tampoco en el blog que muestra en internet tienen cabida apenas ni lo íntimo ni lo privado. De hecho, en el libro insinúa por partida doble que lleva a tal efecto, en paralelo, una especie de blog secreto, que naturalmente no va a airear. Me he acordado al leerlo, por la parte hiperbólica, del caso casi enfermizo del matrimonio Tolstói y de los múltiples diarios, algunos bajo llave o escondidos, que llevaban ambos cónyuges.

En este sentido, el deslinde entre lo privado y lo público por un lado, y entre lo íntimo y lo literario por otro, es una de las cuestiones que suscita el libro y que afecta de lleno a la naturaleza del subgénero diarístico en sí, en cuyas características no entraremos aquí por exceder nuestras intenciones pero que surgen durante su lectura, en particular la del sucinto prefacio del propio autor, titulado «Solvitur ambulando», el lema que figura como frontispicio del blog, una receta que al parecer le prescribió «el viajero Patrick Leigh Fermor al trotamundos Bruce Chatwin» y que se aplica a él mismo, pues no en vano es un caminante curtido casi a diario en paseos solitarios, un tanto ariscos incluso, tanto campestres, por los alrededores del molino tutelar, la «parte sustancial» de su territorio poético, esto es, de su mundo, como urbanos, por su Plasencia natal, tanto largos, de varias horas, como cortos, según su estimación, pues serían más o menos de cinco kilómetros. Está claro que Valverde pertenece a la nutrida estirpe de los escritores andariegos, que van de Basho a Walser, por citar dos extremos, o, en su caso, de Claudio Rodríguez a Antonio Machado, autores de poemas andados que son dos de sus faros líricos.

Como decía, el prólogo y la primera entrada dan pie para reflexionar sobre los rasgos genéricos, entre lo épico y lo didáctico, del diario, tan difusos, en los que no vamos a profundizar. De la amplísima taxonomía diarística en España, y eso que era una modalidad casi inédita por nuestros lares hasta hace poco —no como en otros países occidentales, Inglaterra y Francia sobre todo, con referentes fundamentales que irían de Renard a Léautaud, de Bloy a Gide— han escrito con mucha solvencia Anna Caballé y Laura Freixas, autora ella misma de uno muy peculiar. De hecho, a veces se cita a autores ya del siglo XX como Rosa Chacel o Josep Pla como antecedentes de la eclosión actual a lomos de la moda de la autoficción narrativa, a buen seguro multiplicada pronto por el confinamiento pandémico, de una heterogeneidad amplísima, de Jiménez Lozano a Trapiello, los más sustanciales a mi juicio de entre los que conozco, de Luna Borge a Sánchez-Ostiz, de Iñaki Uriarte a Roger Wolfe, por nombrar alguno de los que me vienen ahora a la cabeza. Recientemente recuerdo los del crítico dramático Marcos Ordóñez o del novelista Miguel Ángel Hernández. Valverde, que se incorpora con todas las de la ley a la nómina de esta nueva tradición tan fecunda en nuestra literatura hodierna, cita los no menos espléndidos —adjetivo que tomo de Santiago Castelo— de tres autores que me resultan también tan queridos: Luis Javier Moreno, José Antonio Gabriel y Galán y José Carlos Llop.

En cuanto a la diferencia, aspecto igualmente harto interesante, entre el diario propiamente dicho y el blog, rincón particular, concebido en su caso más bien como un cajón de sastre, por sintetizar, un poco a la buena de Dios, su delimitación, diría que éste tiene una inmediatez de la que carece el diario literario, que con frecuencia se retoca e incluso elabora con posterioridad, a partir de las notas tomadas, muchas veces a vuelapluma, en el momento: pensemos en los citados Trapiello y Jiménez Lozano. Seguramente por eso señala Valverde que no ha corregido prácticamente nada de lo aparecido en pantalla. Ofrece, eso sí, en este orden de cosas, la posibilidad de acudir a la fuente para completar información mediante un enlace. Por lo demás, él mismo confiesa, al aclarar de inicio algunas de estas cuestiones textuales, su contumaz afición a los diarios de toda laya y condición, no sé si, como me sucede a mí como lector, por la libertad absoluta que proporcionan sus fronteras permeables en cuanto a su contenido y la posibilidad de acceder a zonas vedadas a otros géneros. En mi caso, la incorregible propensión vence siempre a la mala conciencia de cierto voyeurismo vergonzoso de la vida de los otros.

Álvaro Valverde (fotografía de Pedro Gato)

Ahora bien, semejantes disquisiciones y elucubraciones genéricas son de todo punto ociosas y prescindibles por completo para el lector, así que vayamos a la materia del libro. Como resumen apresurado de su contenido, me he acordado de aquello que se dice le pidieron en su día Villaespesa y Rubén Darío a Juan Ramón Jiménez: que abandonase su blanco retiro moguereño para ir a Madrid a luchar por la poesía modernista. Desde el principio queda claro que Valverde se ha entregado a esa misma guerra, siempre perdida, desde que se conjurara con Campos Pámpano, los Lama y Feria, bajo la orientación inicial de Felipe Núñez, para «modernizar y poner en hora» la literatura extremeña y «acabar de una vez por todas con la cerrazón y el anacronismo». Y a fe que esa regeneración cultural fraguada en un compromiso firme y constante con su tierra se ha logrado. No cabe sino ponderar esa labor a través de las Aulas de Cultura, los Planes de Fomento de la Lectura o la Editora Regional, cuyos frutos son evidentes: bastaría constatar la pléyade de escritores, en particular poetas, surgida en los últimos años en Extremadura, notable en cuanto a calidad y cantidad, muy por encima y sin parangón en el resto de España, a mi juicio como consecuencia de este empeño, del entusiasmo sin tregua por la literatura de verdad y por su enseñanza, difusión y contagio.

Pero esa defensa cerrada de lo literario, de la poesía como pasión, quizá vicio a mayores, y vida («Defensa de la poesía» se titulaba una charla que ofreció en la Biblioteca Torrente Ballester de Salamanca), conlleva y acarrea trajines múltiples y sinsabores varios. Aun así, conociendo a la perfección el percal de la negra provincia de Flaubert y del conjunto del país, de la triste condición de los poetas, genios siempre incomprendidos y amarrados a modo trepa al resbaladizo escalafón, sometidos a la vanidad y por tanto sobornables a bajo precio, siente debilidad por todos ellos, y se muestra comprensivo a la manera estoica con sus miserables y ridículos pecados. Por eso acude a donde lo llaman, a actos, clubes de lectura, coloquios, mesas redondas o presentaciones, siendo, por timidez o por alergia al trato y conversación, poco proclive a semejantes tiberios. Cumple siempre, a debida distancia, sintagma que dio título a uno de sus libros y repite varias veces como indicador de sus prevenciones, pese a proclamarse huidizo («Desaparecí. Según costumbre»), de ahí que tenga fama de escapista («hacer un Valverde», al decir de Jordi Doce). Se aplica a rajatabla, en este sentido, el lema de Ferrater: «Diré lo que me huye. Nada diré de mí», en efecto no hay en las cuatrocientas páginas de la recopilación ni rastro de la viscosa baba del yo, en relación con lo dicho de la ausencia de intimidad.

La enojosa brega en actos sociales o con autoridades (como dice en un poema de circunstancias cum mica salis en honor de Santiago Antón: «Los dos hemos bregado/ con poetas, artistas y políticos») no le impide centrarse en la lectura por sobre todas las cosas. Aquí sólo se mencionan, al hilo, algunas, pues ha eliminado como dijimos recensiones y comentarios críticos, pero su amplitud impresiona, se arrima al cobijo seguro de Heaney, Brodsky o Zagajewski, o de forma en cierto modo sorprendente de Lanza del Vasto o Askildsen, da buena cuenta de los clásicos y de sus maestros del cincuenta y anteriores, pero también se ocupa de poetas jóvenes. De la misma manera, ya que he nombrado a dos premios Nobel y a otro que debería serlo, el amor por su tierra, «escondrijo, acechadero», sus pueblos, el paisaje y el paisanaje, por los últimos estertores de una civilización campesina, que recorre repetidas veces al volante por carreteras secundarias, otra de las cifras de su poesía, así como por lugares emblemáticos: Yuste y el cercano Cementerio Alemán o su Plasencia del alma, sus Plasencias, para ser más exacto, para bien y para mal, «odi et amo», a ver qué remedio, no obsta para una visión universalista en la línea del adagio de Torga: «Lo universal es lo local sin paredes».

Son multitud, claro, los motivos colaterales que asoman por los apuntamientos, desde tipos y escenas costumbristas hasta digresiones sobre los cafés y su idiosincrasia o la dispar tipificación de las piscinas naturales y públicas; de la evocación de cantantes de su juventud a remembranzas agridulces de su niñez; de sucedidos familiares, tratados con discreción y pudor, o personales, por los que pasa de puntillas, así su destitución de la ERE, a viajes en auto por toda la geografía patria y algo de su amado Portugal, con mucha frecuencia a Conil, Gijón y Salamanca; desde incursiones en la escultura, la pintura, la música o el cine, las menos, a las bromas sobre el baldón agropecuario que le han caído a sus poemas o el provincial igual de anticuado, sambenito de sus novelas; desde las diversas y acogedoras librerías a su admirable vocación de maestro de escuela, base, me imagino, de su dedicación a tiempo completo a la difusión de lo poético.

El tono del libro de este «solitario empedernido», que es seguramente muestra y retrato de su carácter y de sus adentros, se me antoja el de su poesía «por libre», en acepción de Juan de Mairena original por vía de la tradición, que no novedosa, y viene determinado por el sugerente cuadro de la portada, Melancholia, del pintor finisecular Charles Corbet. «Soy más melancólico que nostálgico», aclara el propio autor, pero no sé si hay una cosa sin la otra; bueno, acaso sí en Cervantes y por esa vía suavemente melancólica, con una gravedad cierta pero asordinada, proceda Valverde. A este respecto, cabe recalcar la presencia abrumadora de la muerte, la abundancia de notas necrológicas, de obituarios como homenaje, plenos de gratitud, de conocidos, de familiares y de una larga lista de escritores. De hecho las dos últimas anotaciones, sobre el gran poeta Antonio Cabrera y el gran editor y narrador Julián Rodríguez, lo son. Y sobre todo el libro gravita la figura de su cómplice mayor: Ángel Campos Pámpano. Esta propensión, conjeturo, tal vez emane, en palabras del escritor, de los «efectos colaterales de la melancolía, por decirlo con Jean Clair».

En suma, Porque olvido destila un «fervor por los versos», como él mismo señala con ese sustantivo que lleva directamente a sus admirados Borges y Zagajewski; una defensa a ultranza, en todos los ámbitos, de la poesía, sea vertical u horizontal; de la literatura sentida al modo tradicional en el más amplio sentido de la palabra. No es de extrañar que se cite en varias ocasiones a Steiner y su idea de Europa, pues la literatura tomada así es el humus y sostén de una cultura, la nuestra, la occidental, de una civilización amenazada por la barbarie y la frívola banalidad representada en el terreno lírico, bajemos por ejemplo al barro del cuadrilátero internauta, por la para, sub, infra poesía que Valverde, en nombre de la inmensa minoría, viene combatiendo quijotescamente por los medios. Y siempre con la misma prosa limpia, con la misma claridad y precisión de estilo, cada vez más machadiano, como evidencia su parco confidente habitual, al tiempo maestro, ejemplo y amigo, el también placentino Gonzalo Hidalgo Bayal, de su poesía y su narrativa.


Porque olvido (diario 2005-2019)
Álvaro Valverde
Editora Regional de Extremadura
400 páginas
14€

Fermín Herrero Redondo (Ausejo de la Sierra [Soria], 1963) es un poeta que circunscribe la mayor parte de su obra al paisaje de su pueblo natal, en torno a la presencia de la naturaleza y sus ciclos unidos a la existencia, la belleza de lo humilde, la recuperación del tiempo pobre y agrícola de los padres, el recordatorio del horror de las ideologías que calcinaron el siglo XX, la lentitud y la espera. Hasta la fecha, ha publicado los libros Anagnórisis (1994), Echarse al monte (1997, Premio Hiperión), Un lugar habitable (1999), Paralaje (2000), El tiempo de los usureros (2003), Endechas del consuelo (2006), Tierras altas (2006), La lengua de las campanas (2006), De la letra menuda (2010), Tempero (2011), De atardecida, cielos (2012, Premio Ciudad de Salamanca de Poesía), La gratitud (2014), Sin ir más lejos (2016, Premio Nacional de la Crítica) y Alrededores (2019). Figura, entre otras, en las antologías Cambio de siglo, Animales distintos y Fuera de campo.

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