Filosofía

La decepción es la patria de la izquierda

Escribe José Manuel Querol que «la decepción seguirá siendo la patria de la izquierda mientras no entienda quién es el verdadero enemigo del hombre (el lobo), mientras atomice sus discursos, [...] mientras, en definitiva, se invente paraísos varios y diversos para cada uno y no comprenda la fuerza enorme de la realidad y no ejercite la olvidada fraternidad como recurso único de defensa».

/ por José Manuel Querol /

La decepción es la patria de la izquierda. No hay límite a ella, porque sueña con el Paraíso en la tierra. Cualquier logro, cualquier modelo que consiga construirse y hacerse práctico, hacerse ley, hacerse norma, convertirse en costumbre, derecho o salvaguarda estará siempre lejos del Paraíso, en los dominios del Preste Juan, donde hay blemias y esciápodos que discuten —como en la divertida novela de Umberto Eco (Baudolino)— sobre sus diferencias, obviando las físicas y mirando sólo las teológicas. El Paraíso está siempre más allá, más hacia el este, y las Islas Afortunadas siempre más al oeste en los portulanos medievales, más lejos siempre de nuestras naves, y no llegar a puerto produce insatisfacción que se vuelve endémica en el pensamiento progresista.

La derecha es mucho más práctica, no tiene sueños, no cree en el Paraíso, su matriz luterana neoliberal actúa con la inteligencia de la pragmática política, reconstruyendo a su beneficio incluso los derechos peleados con sangre, sudor y lágrimas por la izquierda. El pacto posfordista acabó por desactivar, aunque parezca lo contrario, la política socialdemócrata, y además construyó un imaginario que permitía al obrero dejar de sentirse proletario, incorporándolo en un ensueño virtual a aquello que Benjamin ya denunciaba (un aura empobrecida de felicidad capitalista), y el modelo social-neoliberal no deja de ser neoliberal; la derecha es más flexible mientras las cuentas acaben cuadrando y el beneficio (plusvalía mediante, como explicaba Marx) revierta en el capital.

Es verdad que hay una derecha tradicionalista que no entiende, aunque dialoga, con ese golem del libertarismo económico, y a la cual imita, a la contra, la izquierda identitaria de la que habla Mark Lilla (El regreso liberal: más allá de la política de la identidad), y el problema acaba enquistado y los réditos son los de siempre y para los mismos.

En la pasada (y presente aún, aunque ya ningún periódico se haga cargo del relato) crisis griega, Varoufakis acabó volviendo a las aulas y a refugiarse en un sueño milenarista más (el  MeRA25) que busca un nuevo Paraíso tan lejano como el de los Beatos medievales, y Tsipras decepcionando a los griegos y firmando en Bruselas una sentencia larga y dura para su pueblo, para acabar despertando el realismo pesimista de los griegos (como nosotros, tan mediterráneos que el pesimismo es patrimonio endémico de nuestro mar). Costa Gavras intenta exponerlo en Comportarse como adultos (Adults in the room) sin llegar, desde nuestro punto de vista, a hacer cine político, sino cine sobre política.

La política no es sino una manifestación en el mundo sensible de la teología (de ahí la fundación por Carl Schmitt en los años veinte de la teología política como ciencia, que facilitó tanto la herejía neoliberal del fascismo), porque el ser humano se rige por un principio de armonía en sus actos y en sus creencias. La ensoñación del Paraíso tiene el riesgo del milenarismo teológico que, desde Del Fiore a Dolcino, de Jan Hus a Robin Hood, pobló de leyendas un mundo en cambio.

La piel tan fina (clerical, si se me permite la metáfora) de la izquierda necesita de un discurso único, y la disidencia es expulsada a la nada, a la gehena ahora que Siberia se deshiela, mientras que la disidencia en la derecha es cooperativa, porque se construye con la realidad de las cuentas de resultados y no aspira, como decimos, al Paraíso, salvo para los que, como decía Lutero, ya están elegidos desde el comienzo de los tiempos.

Al mismo tiempo, es el enorme barullo de eso que llamamos identidad lo que aleja el proyecto de la izquierda de quienes no ven ganancia alguna para ellos o sus familias en sostener un imaginario (como bien explica Lilla) en el que no se reconocen. Sé que no existe la normalidad, que es además un término controvertido, incluso herético en nuestros días, pero que, sin su referencia, el ochenta por ciento de la población de cualquier sitio se encuentra excluida. Sé que la defensa de los derechos civiles y de las minorías, de los desposeídos, es el patrimonio rico de la izquierda, pero parece que se ha filtrado el modelo neoliberal en esa nueva izquierda de salón que confunde los derechos individuales con la expansión del yo schopenhaueraiano hasta el infinito y más allá. Esto afecta en la práctica a la inoperatividad real de la defensa de esas minorías y de los desposeídos, porque el pecado neoliberal está inserto en la construcción de un individuo definido por sí mismo y, por tanto, radicalmente diferente a los demás. Algunos modelos ideológicos sobre género, vestidos con las galas más ricas de la disidencia progre occidental, se afirman sin embargo en el barro neoliberal más blando, y así, impiden, por ejemplo, a la mujer generar su defensa sobre límites claros. La identidad es una construcción ideológica occidental cargada de teología y en la que está ausente la realidad aristotélica, incluso la cartesiana, porque nos hemos fiado de Nietzsche, y el cogito se ha convertido en Glaube (creencia).

Pero no sólo es esto. La identidad es en general el pivote sobre el que gravita el futuro de Occidente, y está herida de muerte. Todo sistema político, o casi todo, ha procurado su debilidad y su sustitución por modelos (volvemos a Benjamin) de auras empobrecidas que provocan el shock entre los ciudadanos. El modelo comunista ya fue estudiado por Yuri Levada: el homo sovieticus del que mucho antes se riera ya Bulgákov con risa nerviosa (Corazón de perro); y el neoliberal sigue a vueltas con aquello del homo oeconomicus, que Bauman describe como liquidez (licuefacción). El hombre nuevo soviético, ahistorizado, desvinculado de la tradición, y el burgués desorientado que tan bien describe Houellebecq (pese a quien pese) son sólo la misma piltrafa que queda del sueño romántico.

Las reacciones a esta crisis —que dura desde la primera guerra mundial y se agudiza con todas las barbaridades del siglo XX y con el espejismo del Estado del bienestar posfordista a este lado del Telón de Acero (habrá quien ya no sepa ni a qué me refiero)— traen diferentes fantasmas a la memoria colectiva de Occidente, desde modelos de construcción necrorrománticos, que algunos llamamos posfascismos o neofascismos (y otros cuarta vía) y que permiten, en la renacionalización del proletariado, un refugio al individuo débil, al individuo licuado, al individuo olvidado por el sistema, a modelos-espejismo de ciudadano made by yourself del libertarismo de derechas. Y en otras latitudes, cuando el colonialismo no ha dejado margen a la historia para generar una verdadera conciencia propia, a integrismos religiosos o a la espuria rabia anticolonial por no querer ver que la causa de los males de esos pueblos no está en lo que ocurrió hace quinientos años, sino en el manejo del poder de sus propias élites contemporáneas (y desde la independencia de esos Estados) y de las más globales (como decía Porfirio Díaz —en realidad Nemesio García Naranjo—, «pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos»). Hoy va destrozando estatuas de Cervantes, que fue esclavo, y quien más ha hecho por la libertad en las letras hispánicas: si alguien se tomara el trabajo de leerlo, quizás lo entendería.

A la izquierda que decepciona le cuesta trabajo, sin embargo, volver a la construcción de la idea de clase, cosa que es comprensible porque nadie quiere hoy ser proletario, aunque en la práctica lo seamos muchos que no lo parecemos porque vivimos en el espejismo europeo del Estado del bienestar, que, como dije en otro lugar, nos permite tomar huevas de lumpo como los ricos comen caviar iraní, y así sentirnos un poco como ellos, o hacer un viaje al Caribe con la pulserita del todo incluido puesta y pagarlo en dos o tres años a plazos.

El problema está en el uso dicotómico y excluyente de los principios de la modernidad occidental: el lema revolucionario francés. La igualdad decepciona tanto como la libertad, porque ambos elementos, aunque la socialdemocracia quiera equilibrarlos, son en el fondo irreconciliables con la naturaleza humana y el lobo hobbesiano se cuela en el gallinero. Quizás si leyéramos menos a Hobbes, y nos fuéramos a su fuente, el problema podría tener solución (pero con esto de eliminar el latín y el griego de las aulas parece que va a ser difícil).

La frase completa es: «Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit», es decir: «Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro». Es propiedad de Plauto, de su Asinaria, y anticipa sin saberlo el error básico de la derecha libertaria y de la izquierda igualitaria (y también de la izquierda identitaria que elimina el concepto de igualdad y se convierte, sin quererlo y puede que sin saberlo, en avatar estético de la cuarta vía que antes citábamos, pero esto sería largo de explicar), y que es el olvido del tercer lema revolucionario: la fraternidad.

Sólo acudiendo a la fraternidad podemos alcanzar la identidad en Occidente; una fraternidad inclusiva, que tenga tantas capas como una cebolla, si queremos, algo que no se ofreció a la Grecia sufriente de Syriza, algo que ha demostrado el pueblo español (que no sus gobernantes) durante esta última tragedia que estamos sufriendo, porque la fraternidad incluye en su semántica una identidad correferencial, común, y despeja el miedo a la lucha de clases pero permite la individualidad. La fraternidad permite sentimientos identitarios, pero convierte en hermanos a todos los hombres, y solicita de ellos la ayuda mutua y la construcción de los mecanismos que impidan la asfixia del que llamamos hermano.

No es esto de la fraternidad un invento de ninguna nueva izquierda, sino que está alojado en el pensamiento socialista más antiguo; y quien no me crea, que relea o lea (que va a ser un descubrimiento que me agradecerá infinitamente) Los miserables, de Victor Hugo, o que se pasee por las páginas de uno de los grandes olvidados del socialismo y a quien debiéramos recuperar: William Morris. Si nos aplicamos a la fraternidad como seña de identidad occidental, no se nos obligará a descansar nuestra cabeza sobre mitos que no tienen sentido ni sobre teologías disruptivas y autoflagelantes, excluyentes por lo demás, que nos obligan a que la política sea como la define Rancière: la lucha de unas facciones de ciudadanos contra otros por los recursos.

El sistema, el gran golem, sólo tiene miedo a una cosa: a la unidad, a la fraternidad. Su fuerza está en creer haber entendido la naturaleza humana y considerar al individuo como un depredador, bien en la soledad neoliberal, bien en la reunión de la clase social, y mientras su lógica no sea contestada, la división será su estrategia y el sistema seguirá aniquilando y esclavizando al mundo. Si el proletario muta en nuevo artesano, y la usura se castiga, no como pecado luterano, sino como delito contra la fraternidad, el Paraíso no estará más cerca, porque el Paraíso no está en esta tierra, pero alcanzaremos quizás un nuevo mundo del que dicen que, al encontrarse con él, dijo Colón que «El mar dará a cada hombre una nueva esperanza, como el dormir le da sueños». La izquierda debe ser consciente, como en aquella vieja película (La clase obrera va al paraíso, Elio Petri, 1971), de la soledad absoluta del obrero como debilidad estructural que permite al sistema la dominación del individuo.

La identidad no está en la tierra, como bien dice aquel poema de Cernuda que muchos en la izquierda y en la derecha leen mal («Es lástima que fuera mi tierra»), porque, cuando Cernuda advierte:

Si yo soy español, lo soy.
A la manera de aquellos que no pueden
Ser otra cosa: y entre todas las cargas
Que, al nacer yo, el destino pusiera
Sobre mí, ha sido ésa la más dura.
No he cambiado de tierra,
Porque no es posible a quien su lengua une,
Hasta la muerte, al menester de poesía.

Es cierto que habla desde la amargura de quien ha sido expulsado, quien habita el destierro, pero no es ni un poema antiespañol ni un alegato nacionalista —se equivocan unos y otros—, sino una constatación de una realidad irrenunciable, pero que, como el poeta sabía, no le hace a uno sino ser lo que es, ni más ni menos que nadie. La identidad nacionalista no está sino cuajada de trampas, la predique la izquierda o la derecha, aunque parezca que es un parapeto contra la globalización mortal, porque en el fondo no es sino un modo de dialogar entre las élites globales y las locales; un refugio débil que nos confina y nos limita (lo que no tiene por qué querer decir que uno no se sienta lo que quiera y que no ame al terruño que el azar quiso que lo amamantase, a la lengua de su madre o al paisaje de su infancia, cosas todas ellas buenas en sí mismas). La soledad del individuo es de nuevo su debilidad, porque es tan pequeño frente al sistema que siempre es derrotado; la identidad de clase es también limitadora y, sobre todo, en nuestra modernidad inflada y presuntuosa, inoperante, pero la fraternidad es la única fuerza capaz de derrotar el desánimo.

La decepción seguirá siendo la patria de la izquierda mientras no entienda quién es el verdadero enemigo del hombre (el lobo), mientras atomice sus discursos, porque siempre habrá excluidos de ellos, y eso obligará a tantos modelos diferentes para acoger a todos que entrarán en contradicción unos con otros o serán inoperativos: un laberinto donde uno se perderá siempre sin comprender cuál es la meta a la que se quiere llegar, mientras se lance al cuello del hermano por un Gramsci o un heterodoxo cualquiera, mientras se pliegue al posibilismo, que eso es patrimonio del neoliberalismo, y finalmente se trague el discurso y los logros de la socialdemocracia, mientras, en definitiva, se invente paraísos varios y diversos para cada uno y no comprenda la fuerza enorme de la realidad y no ejercite la olvidada fraternidad como recurso único de defensa.


José Manuel Querol (Madrid, 1963) es doctor en filología hispánica por la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado diversos artículos en revistas nacionales e internacionales y monografías diversas, entre las que pueden destacarse Cruzadas y literatura: el Caballero del Cisne y la leyenda genealógica de Godofredo de Bouillon (Madrid: UAM, 2000), La mirada del Otro (Madrid: La Muralla, 2008) y La imagen de la Antigüedad en tiempos de la Revolución francesa (Gijón: Trea, 2017). Ha editado además diferentes textos medievales. Entre sus intereses destacan la teoría de la literatura y la literatura comparada. El ámbito de aplicación de sus estudios se centra fundamentalmente en la Edad Media y el Romanticismo, si bien también ha dedicado su trabajo a la literatura colonial y poscolonial, con especial interés científico en el ámbito cultural oriental islámico y las relaciones entre Oriente y Occidente.

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