Categoría: Los cuadernos pálidos

Los cuadernos pálidos

Los cuadernos pálidos (19)

Registra en esta ocasión Tomás Sánchez Santiago, del murmullo del mundo, la luz increíble, en las honduras del fregadero, del agua azulada que deja la lombarda cuando se la lava; el fulgor de la nieve en las montañas o la angustia de un vecino ante una vieja fotografía suya.

Los cuadernos pálidos

Los cuadernos pálidos (18)

Tomás Sánchez Santiago registra en esta ocasión del murmullo del mundo el sarcasmo cruel del anuncio de un banco en cuyo cajero duerme una sin techo, el aullido de la felicidad en el idioma sin causa de la infancia o cómo la historia exige repetirse con contadas variantes.

Los cuadernos pálidos

Los cuadernos pálidos (17)

Del murmullo del mundo registra en esta ocasión Tomás Sánchez Santiago un cambio de cortinas, la hierba que asoma entre las junturas del cemento, el zarpazo cabrío de los patriotas con su estridencia de bocinas y banderas o la absurda trasposición americana de Halloween.

Los cuadernos pálidos

Los cuadernos pálidos (16)

En su registro mensual del murmullo del mundo, Tomás Sánchez Santiago se fija en una frase suelta escuchada en la calle («No se pueden andar dos caminos»), la psicología culinaria de la zanahoria a la que el agua hirviendo reblandece y el huevo al que endurece o un fuerte golpe de aire que revuelve las hojas caídas de las acacias y las arrastra calle abajo.

Los cuadernos pálidos

Los cuadernos pálidos (14)

Del murmullo del mundo registra en esta ocasión Tomás Sánchez Santiago el recuerdo de los juegos de disciplina de su infancia, lo que se parecen a la memoria los cajones desordenados, una mujer que pasea tres ‘collies’ o cómo nos interpela la esterilidad amontonada de los libros por leer.

Los cuadernos pálidos

Los cuadernos pálidos (13)

Del murmullo del mundo registra en esta ocasión Tomás Sánchez Santiago la muerte de una planta de salón, la extraña musculatura de una nube, la salida del arco iris o cómo desde hace tiempo las estatuas urbanas están a ras de suelo, y no ya en pedestales, sino conviviendo con naturalidad con la gente real, tocadas por la invisibilidad y la anonimia de la multitud y llenas de vulnerabilidad.