Poéticas

De gravedad y Gracia

Miguel Antón Moreno reseña un poemario de Pedro Lecanda que hace asistir al lector a la celebración de una lucha sacralizada, que acontece acompañada de los cantos de voces de guerreros, aves y bestias, entre bosques, ruinas y sangre.

De gravedad y Gracia, de Pedro Lecanda

/una reseña de Miguel Antón Moreno/

Leer De gravedad y Gracia es asistir a la celebración de una lucha sacralizada, que acontece acompañada de los cantos de voces de guerreros, aves y bestias, entre bosques, ruinas y sangre. El título del poemario señala inmediatamente a Simone Weil, cuya obra La gravedad y la gracia inspira el motivo y el movimiento de estos versos de Pedro Lecanda. Simone Weil, que como san Juan de la Cruz apunta místicamente al cielo, pero adoptando además la forma de un animal político que la compromete con todo lo que de trascendente hay también en la tierra. Y es en esa conjunción, precisamente, donde emergen los versos de este joven poeta, que llega a afirmar en la introducción «que de nada sirve una vida a espaldas de lo trascendente», paradójica afirmación de alguien que se adscribe a la filosofía materialista y que forma parte de un movimiento poético denominado poesía de la inmanencia. Pero es en el choque de conceptos donde alumbran las verdades, y la Gracia no es la llegada última sino el recorrido mismo en el que, como se encarga de exponer el autor, «algo absolutamente trascendente se revela en algo particular». Ese tránsito, el paso de la gravedad a la gracia, susceptible de repetirse en cada objeto del mundo, es lo que representan estos poemas, tanto en su contenido como en su estructura. El libro está articulado en tres movimientos, como una sonata (exposición, desarrollo, reexposición) o siguiendo la dialéctica de Hegel (tesis, antítesis, síntesis, con su correspondiente Aufheben) a través de tres grandes títulos: Voces liminares, Develos: poemas de Gravedad y Huella dorada: poemas de Gracia. De ahí la idea de tránsito que bien podría hacerse en la barca de Caronte, con Dante o con Virgilio, pues como apunta Ilia Galán en el prólogo, el poeta «no cree en restauración alguna». En el primer poema, Al lector, se nombra directamente a quien sostenga entre sus manos los versos que lo componen:

A ti,
que estás hecho de Gravedad y Gracia,
atravesado de luz y tinieblas,
forjado en descensos y elevaciones.
A ti, que conociste la derrota
y el desbordante sabor de la gloria,
estos versos que no son sólo míos,
sino de todos los muertos y vivos:
esta mitología personal
que hacia tus manos va, buscando asilo.

Esos versos que son de todos, esa aspiración a lo universal, nos trae a la memoria la idea de la historia de la literatura como la historia de una sola obra literaria, compuesta por «todos los muertos y vivos» que escribieron y que escribirán; una idea que recapituló Borges en La flor de Coleridge citando a Paul Valéry («La historia de la literatura no debería ser la historia de los autores y de los accidentes de su carrera o de la carrera de sus obras, sino la historia del Espíritu como productor o consumidor de literatura») y a Emerson («Diríase que una sola persona ha redactado cuantos libros hay en el mundo; tal unicidad central hay en ellos que es innegable que son obra de un solo caballero omnisciente»). Es en esos versos por todos compartidos donde se vislumbra (en palabras del autor) «lo sagrado en lo estético», la Gravedad en ascensión: «Caímos hacia lo alto».

Hay otras muchas influencias insoslayables en este poemario de Pedro Lecanda. En No seas la noche encontramos, entre heridas y sacrificios, este rezo: «Ten piedad:/ No seas la noche todavía». Inmediatamente recordamos el Salmo 30 (31) de Ernesto Cardenal, quien en Salmos adapta el pasaje bíblico de esta manera: «Ten piedad de mí Señor porque estoy en tribulación/ Mientras ellos están de fiesta/ —están brindando—/ lloramos en la noche/ en la casa saqueada». En ¡Luz, más luz! se invoca a Dios como lo hace el poeta nicaragüense: «En nuestra quietud/ rogamos conmovidos,/ Señor:/ tropezamos con tu olvido,/ porque de ver tu espada y no tu rostro/ llevamos las pupilas yertas». En Imposibilidad de la nula Gracia se leen palabras de iglesia, para cantar en el coro y el púlpito: «Pobre es el hombre que vive del hombre,/ nadie media nunca entre sus tribulaciones». Y es que Ernesto Cardenal es uno de esos poetas imprescindibles cuando hablamos de poesía mística, pero que también incluye en ella una fuerte carga política y social. De igual modo hace Lecanda en Si no nos abajamos, donde lo sagrado converge con la miseria y el castigo sin falta ni culpa:

Si no nos abajamos
no alcanza la visión
la altura más sagrada.

Si no nos contemplamos
en los niños que habitan vertederos
y arrastran hambrunas y barros,
si no inundamos nuestras manos
de miseria y raíces,
ni bautizamos nuestros ojos,
y todo nuestro cuerpo
con las entrañas marchitas y
duras de la desdicha,
seremos los más ciegos,
viles entre los viles,
eternamente doblegados. 

Lo más noble es resistir
cada espina que nos corona,
la hondura de la herida
es el impulso que nos elevará. 

Porque lo alto y lo bajo
se requieren y se confunden,
conviven en nosotros:
somos nosotros,
aunque nos ignoremos.

La tercera estrofa de este poema recuerda, por una parte (y que el autor me perdone), a la filosofía moral de Nietzsche, por la idea del sufrimiento como condición del placer ulterior; pero sobre todo (y por ende) recuerda a las fórmulas de los estoicos, para quienes la nobleza y la virtud consistían en conocer y abrazar lo inevitable. Lo alto y lo bajo, que dice Lecanda en la última estrofa, se confunden y se ignoran, como se confundirá y después se ignorará todo lo dicho algún día. «Para qué defenderme de ti,/ si eres deseo/ o dolor/ inevitable?», encontramos en En vano. En palabras de Marco Aurelio: «No hay nada nuevo: todo es conocido y efímero. […] Todo lo que es material se disuelve pronto en la sustancia del todo. Todo lo que obra como causa particular se subsume enseguida en la razón universal. Y el recuerdo de todo desaparece en un instante, en el sepulcro de la eternidad». Aquí vuelve la idea de Gracia, ese instante estético en el que converge lo particular y lo absoluto, las ruinas y los templos deshojados con la belleza, y frente a lo que solamente cabe deleitarse con la fugaz escena del derrumbe.

«Así, el martillo llega con un poderoso título, Excomunión», dice Ilia Galán en el prólogo. En el título de este poema resuena el mordaz decreto que redactaron con inquina los dirigentes de la comunidad rabínica de Ámsterdam, como resonó en la sinagoga el día que Benedictus de Spinoza fue excomulgado: «Maldito sea de día y maldito sea de noche; maldito sea cuando se acuesta y maldito cuando se levanta; maldito sea cuando sale y maldito sea cuando regresa. Que el Señor no le perdone. Que la cólera y el enojo del Señor se desaten contra este hombre y arrojen sobre él todas las maldiciones escritas en el Libro de la Ley». Y es que Spinoza es una influencia filosófica muy importante para Lecanda, como lo fue también para Borges, quien le dedicó al filósofo sefardí dos poemas (en El otro, el mismo y en La moneda de hierro). Las traslúcidas manos de este joven poeta han querido dejar esto escrito en Excomunión: «Ya no distinguía/ de mi cuerpo el tuyo,/ y tu raquítica sombra disipó/ serenidad y raciocinio». El cuerpo es un concepto de primer orden en la filosofía inmanente de Spinoza. A diferencia del filósofo, el poeta está inmerso en la metáfora y el mito, y desde el fondo recupera en sus versos esta idea para sugerir la unión de los cuerpos dentro de un orden mayor como una respuesta, que acaba también impregnada de devastación, como el orden al que pertenece. En el escolio de la proposición II, en la parte tercera de su Ética, Spinoza declara lo siguiente: «El alma y el cuerpo son una sola y misma cosa […] nadie, hasta ahora, ha determinado lo que puede el cuerpo».

De nuevo aparece la literatura del argentino cuando leemos Hespérides, un poema que dibuja un paisaje borgiano con forma de cuento en verso: «el viento erige templos inauditos», arrastrándonos a la terrible ciudad de los inmortales. En De Gravedad y Gracia, el aura del Romanticismo se intuye entre cada estrofa, recuperando sus motivos con formas actualísimas, en los que la muerte es una «cascada de huesos» y la nada un «océano de serrín». Esa nada temible del horror vacui a la que nos enfrentamos en el poema Horror al vacío (como la música sacra se enfrenta al aterrador silencio), donde, dice el autor, «La ciudad es, en torno al cuello del bosque,/ un vasto verdugo vertical». Ciudad y bosque, civilización y naturaleza, dos fuerzas que chocan para devastarse mutuamente a lo largo del tiempo. En El azor o el tiempo leemos, en el tercer verso, «señor del temblor», y del temor, añadimos, como en Kierkegaard. Como en su descendiente Miguel de Unamuno, cuyo gran temor al tiempo y a la nada a la que este conduce le hace confesar en su Diario íntimo: «Lo que me espanta es la aniquilación, la anulación, la nada más allá de la tumba. ¿Qué más podría hacer el infierno?, solía decirme a mí mismo. Y esa idea me atormenta. Yo diría que, en el infierno se sufre, pero uno está vivo; y lo que importa es vivir, ser, incluso si se está sufriendo». Algo así se aprecia en Imposibilidad de la nula Gracia, poema en el que Lecanda invoca a la divinidad para decirle directamente: «¡Dios por nuestras faltas golpeado,/ prefiero tu castigo a tu ignorancia!». En otras invocaciones a la deidad se hace justicia a su propia poesía, en un último arrebato de conciencia: «¡Dios,/ sabes que mi sangre es nueva,/ pero arde en fuego antiguo!». Pedro Lecanda es un poeta que sabe, como Hölderlin, que «poéticamente habita el hombre en esta tierra».


De gravedad y gracia
Pedro Lecanda Jiménez-Alfaro
Ars Poética, 2018
118 páginas
12€


Miguel Antón Moreno (Madrid, 1995) es estudiante del doble grado en filosofía e historia, ciencias de la música y tecnología musical en la Universidad Autónoma de Madrid, escritor y músico.

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