El runrún interior

El runrún interior (66)

Pablo Batalla Cueto registra en su dietario pensamientos propios y notas de libros leídos y cosas vistas en Internet, escribiendo sobre el referéndum constitucional chileno o las obras en el estadio Santiago Bernabéu.

/ por Pablo Batalla Cueto /

El runrún interior (65)

Martes, 30/8/2022. De pronto, debido a la crisis energética, Europa anuncia medidas de las que, cuando las pedía Unidas Podemos, se le decía que eran disparatadas e imposibles. Yo me acuerdo de aquello que comentaba en una ocasión César Rendueles: el ruido de indignación que había despertado en cierto foro conservador alemán al que había sido invitado a dar una conerencia, y donde lanzó la boutade de que a aquella audiencia no le convenía tratar con la dureza con que lo estaban haciendo a partidos como Podemos o Syriza, pues representaban, no una amenaza a, sino la última oportunidad de renovación del proyecto europeo.

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Me topo por ahí un comentario injurioso sobre mi último artículo en La Marea, donde razono sobre el carácter neobarroco de nuestra sociedad, su gusto por la apariencia y el trampantojo y cómo el rojipardismo se adapta a él como un guante. Lo hace —el comentario— un rojipardo que me afea que no hago una referencia española ni por casualidad. En ese artículo hay tres: Eugenio d’Ors, Jesús Ibáñez y Federico López Silvestre. A esta gente, la realidad nunca les estropea el titular de un buen prejuicio.

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Leo en El Confidencial un artículo muy interesante de Ramón González Férriz, que diserta en él sobre la falta de ideas de las series de televisión, traslucida en que las grandes producciones del año sean, no productos completamente nuevos, sino revisitas de El Señor de los Anillos y Juego de tronos. Férriz se responde que, por una parte, hay evidentes consideraciones de orden materialista: en tiempo de enorme incertidumbre económica, asegurar la inversión pagando algo que, bueno o malo, sabemos que se va a consumir en masa. Pero, por otro, se hace una reflexión interesante de orden sociológico. La nuestra —escribe—

«no es exactamente una época post-religiosa, pero sí una en la que los relatos sobre nuestros orígenes que aparecen en la Biblia o en otros libros religiosos parecen obras de ficción, narraciones míticas que poca gente cree de manera literal, aunque por supuesto mucha gente siga siendo religiosa y creyente. Quizá todas estas series que nos repiten una y otra vez historias morales y violentas, fantásticas y literalmente increíbles, están cumpliendo la función que los relatos religiosos en parte han dejado de tener. Son, simplemente, nuestra mitología, los relatos que no nos cansamos de ver y conocer en infinitas variaciones, como antes se veían a lo largo de la vida innumerables representaciones del Nacimiento, la Pasión o la Resurrección. Son nuestros mitos: pop, sin pretensiones religiosas, un poco tecnocráticos. Pero los nuestros».

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Juan Luis Nevado: «Algunos con leer un resumen de 1984 y ver la vida de Brian ya tienen analogías para hablar de cualquier tema para siempre».


Miércoles, 31/8/2022. Muere Mijaíl Gorbachov. Y, como era de esperar, desata un vigoroso debate en las redes entre entusiastas y críticos del personaje. Yo, como Vicente Rubio-Pueyo, procuro situarme ni en el resentimiento estalinista, ni en la santificación liberal. En Gorbachov, veo un hombre bienintencionado, producto de las mejores porciones de la civilización soviética (recuerdo haber leído alguna vez que leía obsesivamente a Lenin, buscando claves que nutrieran el regreso que pretendía a la pureza originaria de Octubre), que llegó tarde para enmendar un sistema ya irremediablemente podrido, y al que, debido al odio que acabó recibiendo en casa, le gustaban demasiado los elogios envenenados que le llegaban de fuera. La URSS colapsó —y ello fue una desgracia— por muchos y variados motivos, pero, si pudiéramos reducirlos todos a la negligencia de un solo secretario general, ese no sería Gorbachov, sino Brézhnev. La especie según la cual Gorbachov se habría cargado la URSS él solito es un poco aquello de Homer en Los Simpson: «Y si era tan listo, ¿por qué está muerto?». Si el sistema soviético era sólido, ¿cómo un solo hombre fue capaz de hacerlo colapsar en apenas un lustro? Como escribe Paco Valbuena, «Gorbachov destruyó la Unión Soviética» es el «Juan Carlos nos trajo la democracia» de los estalos.

Me gusta esto que escribe Moriche: «Ni para neoestalinistas ni para neoliberales es la democracia socialista que Gorbachov preconizaba un horizonte deseable, y de ahí los insultos vitriólicos de unos y halagos envenenados de otros. El mundo que él soñó era mejor que el mundo de mierda que entrambos han construido».

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Descubro un divertido chiste soviético de los últimos tiempos de la URSS. En un tren viajan Lenin, Stalin, Jrushchov, Brézhnev y Gorbachov, y aquel se detiene de repente, porque se acaban las vías. Cada líder propone una solución. La de Lenin es reunir a los obreros y campesinos de la zona y construir más vías. La de Stalin, fusilar a la tripulación. La de Jrushchov, resucitarla y hacerle arrancar las vías que han quedado atrás e instalarlas delante del ferrocarril. La de Brézhnev, correr las cortinas, menearse adelante y atrás y decir «chacachá, chacachá» para simular que el tren sigue moviéndose. Y la de Gorbachov, convocar una manifestación frente a la locomotora y gritar la consigna: «¡No hay vías! ¡No hay vías!».

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Me divierte la cantidad de tuits y otros comentarios en redes sociales que, a cuenta de lo de Gorbachov, juegan con la idea de un Gorbachov encontrándose con Lenin o Stalin, se deduce que en el cielo, el infierno o alguna otra clase de vida ultraterrena. Aunque sea con intención satírica, cuán elocuentemente hablan del fondo religioso del socialismo. Lo comento, y alguien me recuerda aquella anécdota de un jesuita que decía que él no tenía miedo de toparse con Dios en el cielo, sino con san Ignacio.

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Leo con un pequeño escalofrío que contaba Orwell de un mitin de Oswald Mosley, el líder fascista británico, que «tras el abucheo inicial, la audiencia, principalmente de clase trabajadora, fue fácilmente seducida por M., que había vampirizado el vocabulario socialista, condenando la traición de los sucesivos gobiernos hacia los trabajadores».

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Otto Bauer: «Puesta a elegir entre sus beneficios o las tradiciones […] la clase capitalista prefiere siempre los beneficios. Puesta a elegir entre la pérdida de sus beneficios o la barbarie, escoge la barbarie».

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Citaba Koestler a un fascista que, en la España de 1939, le dijo esto: «Nosotros tenemos otro sistema. No preguntamos a cada cual si es rico o pobre, sino si es bueno o malo. Los pobres buenos y los ricos buenos forman un partido. Los pobres malos y los ricos malos el otro».

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Me topo unas imágenes de voluntarios armados que, en Texas, protegen un festival de drag queens de los ataques de escuadristas de ultraderecha. Decíamos ayer de la ulsterización de aquel país. Qué feo pinta todo.

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Leemos hoy que «hallan muerto con un disparo en la cabeza a un senderista de 21 años en un paraje natural de Málaga. Las primeras pesquisas apuntarían a que la bala con la que se efectuó el disparo se correspondería con la de una escopeta de caza». Sumamos y seguimos con el reguero de sangre no ya animal, sino humana, de la práctica de la caza. He conocido y tratado a cazadores. Hay de todo. Gente maja, despreciable y mediopensionista; algún personaje de caricatura. Me han contado muchas veces sus motivos; hay quien sabe defenderlos con alguna solvencia. Pero del burro de que la caza es un mundo abominable jamás me van a bajar.

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Facebook y sus ventanas abiertas a qué fue o dejó de ser de la gente con la que fuiste al instituto, y que se dispersó cual vilanos de dientes de león. J. es una estrella del rock evangélico, D. profesora de yoga infantil. E. lateral del Ceares, V. cooperante en Marruecos, J. se mató en un accidente de moto en Sri Lanka. La vida y sus caminos.


Jueves, 1/9/2022. Qué congoja leer esto de Jasmina Tešanović:

«Nunca pregunté a mis padres a qué nacionalidad pertenecíamos, ya lo sabía, éramos yugoslavos. Había oído decir que teníamos el mejor pasaporte del mundo. Mi madre era bajita y oscura, mi padre alto y rubio. Me pusieron Jasmina por una canción popular. Así estábamos hasta los noventa; después algo ha pasado en el aire, en la tierra, en la cabeza de la gente. Especialmente en Serbia donde vivíamos en aquellos años. Mi madre empezó a hablar de Kosovo como si fuera su patria. Mi padre más o menos lo mismo de Bosnia. Como matrimonio vivían en Belgrado desde 1941. Nunca se habían molestado en ir a visitar sus países natales».

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Colea la polémica por unas declaraciones de Risto Mejide, personaje deleznable donde los haya, que hace unos días decía en una entrevista que él no cambia los pañales a sus hijo, porque no genera valor añadido, y aquellos no se lo agradecerán cuando sean mayores. Mejide es el arquetipo de ese fulano que más tarde, en los litigios del divorcio, se abre la camisa clamando que adora a sus pequeños y no puede vivir sin ellos, pero lograda la custodia, se los encasqueta a la abuela paterna, porque lo que adora es su dinero y a sí mismo no quiere pasar pensión a la furcia de su exmujer.

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El Gobierno anuncia que bajará el IVA del gas del 21 al 5%. Es decir, menos ingresos para el Estado y los mismos para la mafia eléctrica. Política cobarde, demagógica y autosaboteadora. Socialcomunismo flojito.

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Denis de Rougemont:

«Hablo como un europeo que ha visto de cerca fenómenos muy extraños de desintegración democrática y de conversión al fascismo. En 1939 en su conjunto Francia era democrática; casi todos sus conciudadanos se declaraban sinceramente antinazis, y se creían completamente a salvo de ese género de tentación. Tenían su buena conciencia de demócratas. Llegó Hitler, Pétain capituló y, en seguida, algunos de los que poco antes eran intelectuales antifascistas en París descubrieron que en el fondo el nazismo no estaba tan mal; que en resumidas cuentas siempre habian deseado algo que se parecía bastante a aquello; y que al fin y al cabo “los nazis eran hombres como nosotros”».

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Lyndon B. Johnson: «Si puedes convencer al hombre blanco de más baja posición de que es mejor que el mejor hombre de color, no se dará cuenta de que le estás robando la cartera. Demonios, ofrécele a alguien a quien menospreciar y te la entregará él mismo».


Viernes, 2/9/2022. Preparando un reportaje sobre Asturias: diario regional —un periódico de vida breve (1978-1979), moderno y de enorme calidad, pero que fracasó debido a un planteamiento financiero desastroso—, encuentro una entrevista impagable de Carlos Lomas a Fernando Savater, que entonces mantenía un entretenido rifirrafe con Gustavo Bueno que se había iniciado en las páginas de Triunfo. Qué certero este entrecomillado: «Gustavo Bueno está en la línea de querer convertir al filósofo en gran sacerdote científico, en gran sacerdote cultural. Es un intento de sustituir al cura en sus funciones pastorales. No me extrañaría que terminara poniéndole nombre a los meses del año. Gustavo Bueno ejerce un aggiornamento del positivismo, con toda la carga de ingenuidad, de dogmatismo y de academicismo de todo positivismo».

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En Argentina, un fascista al que, por fortuna, se le encasquilló la pistola con la que pretendía hacerlo ha intentado matar a Cristina Fernández de Kirchner. Como de costumbre, los medios no nos hablan de terrorismo fascista, sino de un perturbado, de un lobo solitario, etcétera. Es audaz la yihad ultraderechista. Su éxito, como el de la islamista, consiste en adoptar una estructura empresarial innovadora: la de Über, la de Glovo, la de estas plataformas de supuesta economía colaborativa. Tenemos aquí un terrorismo uberizado; una economía colaborativa del pistolerismo, perpetrado ahora, no ya por gudaris incrustados en una férrea estructura piramidal, con superiores y subordinados, sino por falsos autónomos, captados vía Internet. Uberización, ikeización también: los soldados de esta yihad fabrican y ensamblan por sí mismos las piezas del atentado. Ellos se forman, ellos buscan las armas, ellos las pagan, ellos diseñan el operativo, ellos disparan, ellos asumen, en última instancia, las responsabilidades penales. Pero, para que todo esto ocurra, alguien ha tenido que susurrarles el do it yourself. Hay en alguna parte uno o varios señores X que con esta ingeniosidad subcontratante se ahorran el dinero y el esfuerzo de buscar y pagar sedes, insumos, nóminas, cotizaciones; y hasta la posibilidad de indeseables sindicaciones: también se sindican a veces los gudaris, e imponen cambios de rumbo a cúpulas reticentes. Aquí hay todo un entramado del que forman parte partidos políticos, medios de comunicación, editoriales, portales de Internet, etcétera. Y hace falta una ley rider del terrorismo ultraderechista, que agarre de las solapas a los trileros del desentendimiento y les diga: «Ustedes son responsables de facto de esta gente, y como tales los vamos a tratar». Como escribe Enrique del Teso en un libro de próxima publicación, que estoy corrigiendo yo mismo, «es preciso entender que todas las puertas del fascismo conducen al fascismo entero y nunca a otra cosa, que el fascismo es fractal y está completo e idéntico en cada episodio y que no hay avance del fascismo, por pequeño que sea, que sea venial».

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Alfredo González-Ruibal: «La extrema derecha hoy se define liberal como en los años 20-30 se definía socialista. El objetivo en ambos casos es ganar legitimidad y ampliar sus bases. Entonces quería captar al proletariado. Hoy a la clase media aspiracional».


Sábado, 3/9/2022. Un cuarto de los insectos de Europa —publica hoy El Confidencial— está al borde de la extinción. Las mariposas en España han caído, por ejemplo, un 70%. Hay un apocalipsis entomológico en marcha. Sónia Ferreira, una experta de la Universidad de Oporto a la que consultan en el reportaje, invita al lector a darse cuenta por sí mismo haciendo memoria: «Si lo pensamos, hace unos años, cuando viajábamos unos cientos de kilómetros en coche en verano, había un momento en que necesitábamos parar en una estación de servicio para limpiar los cristales. Ahora hemos conseguido recorrer miles de kilómetros sin esa preocupación. Es hora de pararse a pensar en el miedo que da eso». Yo me acuerdo de Pasolini y aquella disertación preciosa y trágica sobre el carácter alegórico la desaparición de las luciérnagas. Mire uno donde mire, todo es incendio, destrucción, colapso.

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Hay quien cuestiona el atentado contra Cristina Fernández y quien lo cree pergeñado por ella misma y esgrime como argumento lo ridículo de la escena. Pero, como dice Daniel Castro, «todos los atentados parecen ridículos cuando salen mal».

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Germán Huici: «Con el capitalismo va a pasar como con Dios: para cuando llegue el Nietzsche que diga de forma relevante que ha muerto, llevará muerto mucho tiempo. A veces, para que algo sea escuchado, no hace falta que se explique mejor, sino que crezcan el deseo y la necesidad de escucharlo».

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La noticia: «Un pasodoble dedicado a Gustavo Bueno estrena mañana la rehabilitación del kiosco del Bombé en Oviedo». El comentario de Luis Ordóñez: «Una ventaja que tiene la ranciedad podre de la élite ovetense es que te facilita ser underground y vanguardia extrema casi sin esfuerzo. Distorsionas un acorde de guitarra: ya tienes más punk que Londres en 1976; deformar la perspectiva en un cartel te equipara a los cubistas. Con cuatro lecturas de novelistas rusos podrías debatir sin problema y con hondura las cuestiones vitales que te plantean, pues sus dilemas son decimonónicos. Pintar de arcoíris un banco se considera una insubordinación contra el mismo universo».

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Los anillos de poder, la nueva serie de Amazon ambientada en la Tierra Media, que recrea los hechos de la Primera y la Segunda Edad, desata estos días un debate a ratos mongoloide y a ratos muy interesante en torno a sus modificaciones, algunas de ellas notables, de lo originalmente escrito por Tolkien. Hay, por ejemplo, elfos negros; una Galadriel guerrera y aventurera, distinta de la sabia sedentaria imaginada por el escritor…  Algunos puristas ponen el grito en el cielo, pero otros tolkiendili comprenden que engendrar una obra ambientada en un determinado legendarium, pero que modifique algunos de sus aspectos, no falta al respeto a aquel, sino que, bien al contrario, lo expresa. No cabe imaginar mayor reverencia por una obra de fantasía que convertirla en la plataforma, la armazón mitológica elemental, a partir de la cual seguir pensando, mucho después de la muerte de su autor, los pensamientos supremos; cercar los contornos del bien y del mal. Para un tradicionalista cabal como Tolkien, ¿no sería un orgullo que la mitología que imaginó se convirtiera ella misma en tradición, en esa «entrega» que la tradición es etimológicamente; un boca a oreja en cuyo proceso el mito va cambiando, adaptado a la idiosincrasia de cada trovador, pero manteniendo una misma esencia, como sin duda lo hace esta serie?

Tolkien era, por cierto, un hombre conservador, católico y monárquico, y ahora algunos que también lo son, y a quienes la serie indigna, invocan su nombre y se autoproclaman guardianes de su memoria. Pero tal vez sean más papistas que el papa. Tolkien era, sí, católico. Pero, como Chesterton, lo era en un país, y eso lo cambia todo, en el que el catolicismo no representa el poder, el orden, la jerarquía, sino una minoría perseguida durante siglos. Y escribió un libro repleto de deslumbrantes guerreros y magos en el que, sin embargo, los grandes héroes terminaba siendo los humildes, bajitos y pacíficos hobbits. Algo nos decía con eso este hombre cuyo talante igualitario recordaban todas sus alumnas, que llevaba a sus hijos al colegio, y que citaba con desparpajo, en una entrevista, a Simone de Beauvoir como una referencia admirable.

¿Era feminista Tolkien? No, obviamente no. Pero Ramón Nogueras hace esta larga y satírica enumeración, que cito tal cual, de pasajes de sus libros en los que aparecen mujeres valerosas, poderosas o cruciales para el triunfo del Bien sobre el Mal:

  • Éowyn liquida al Rey Brujo de Angmar hundiéndole la puta cabeza.
  • Luthien duerme al puto Melkor, el Señor Oscuro Supremo, para robar los silmarils.
  • Galadriel mantiene a Sauron y su poder a raya en el bosque de Lorien con el poder de su voluntad.
  • Galadriel tiene fuerza y poder para domar un Anillo y además rechazar el Anillo Único.
  • Morwen, la madre de Túrin y esposa de Húrin, sobrevive a la victoria de Morgoth salvando a su familia entera.
  • Melian gobierna el reino élfico más duradero, estable e imponente en todo el Silmarillion. Las cosas se joden, literalmente, cuando su marido no le hace caso y acaba muerto a manos de unos enanos.
  • Las mujeres ent abandonan a sus maridos porque son unos señoros que no les dejan tener sus huertos en puto paz, y por turras del bosque.
  • Luthien se mea encima de Sauron en forma de licántropo sin despeinarse.
  • Elrond envía a Arwen con la Comunidad. Arwen crujiéndose los nudillos en el patio, Boromir espantado. Boromir se va a corromper, pero Galadriel lo ve venir y le da una hostia a tiempo.

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Comparte Yago Álvarez Barba un trozo de un documental sobre el pinochetismo y los Chicago Boys, en el cual se entrevista a algunos protagonistas de la cosa. Aparece, entre otros, Rolf Lüders, ministro de Economía entre 1982-1983, que dice: «No habría sido posible el cambio que se hizo en Chile sin un régimen autoritario». Polanyi puro: el libre mercado es una utopía que solo triunfa si se impone con altísimas dosis de violencia.


Domingo, 4/9/2022. Maravillado por esta información: «Chimpancés matan y se comen al “ex tirano” de la tribu luego de regresar del exilio. Foudouko pasó nueve meses completamente solo. En 2013, se reintegró a la comunidad, aunque sin demasiada aceptación. Una noche, sus compañeros lo atacaron hasta provocar su deceso y luego continuaron violentando su cuerpo». Tenemos mucho que aprender de los chimpancés… Recuerdan en Twitter aquella observación ocurrente: si un chimpancé acumulase más plátanos de los que es capaz de comer, mientras otros chimpancés mueren de hambre los zoólogos lo verían como una anomalía. En cambio, en los humanos lo llamamos liberalismo.

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Una cita genial de Vázquez Montalbán, rescatada por Fernando Hernández Sánchez:

«Parte de los comunistas se van a los cerros de la dictadura del proletariado con la esperanza de o ganar las elecciones del año 2050 o conseguir asaltar el Palacio de Invierno en el otoño del 2150. En ninguna parte se está mejor que en la placenta materna, dicen los que tienen memoria a prueba de partos, y nada hay tan consolador como esos espejos que te devuelven la imagen de “menchevique” o “bolchevique” sin matices confusionistas».

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Germán Cano: «Si quieres identificar a un liberalismo intelectualmente perezoso, busca a quien usa la explicación de la polarización o el populismo para todo. Conceptos asilos de la ignorancia que diría Spinoza».

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Decía Indalecio Prieto que era socialista a fuer de liberal. Hoy hay quien a fuer de antiliberal es lo que sea, o se junta con quien sea.


Lunes, 5/9/2022. Regüelda hoy Pérez-Reverte la siguiente observación: «A menudo, cuando leo Historia y me asomo al presente, sospecho que la tragedia de España no es política ni social, ni económica, ni de derechas ni de izquierdas, ni siquiera de educación o cultura deficientes, aunque también. A menudo sospecho que nuestra tragedia es psicológica». Qué insufribles son este señor y su plomizo tremendismo, especie de extemporáneo noventayochismo de tetrabrik. España es uno de los países más prósperos del mundo, destacadísimo, según la estadística y las encuestas, en cuestiones como la esperanza de vida, la seguridad o la tolerancia, pero «la tragedia de España». Se imagina uno a Reverte vociferando toda esta plasta agorera en un país con tragedia de verdad. «Sí, bueno, en tu país hay señores de la guerra cortando las cabezas de la gente, pero en el mío la gente es cainita y fratricida y a veces me llaman soplapollas en Twitter, we are in the same page». Cuánto se le ve el cartón por lo demás. Si uno quiere justificar un cierre autoritario, necesita inventarse una sociedad violenta, peligrosa, enferma. Y si quiere justificar uno perdurable, una que sea todo eso por razones, no ya coyunturales, solubles, sino ¡psicológicas! Burdo y evidente como un truco de mago torpe. Si en España ocurre una tragedia, es que se le siga dando pábulo alguno a estos mastuerzos con ínfulas de intelectual.

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Qué preciosidad esta cita de Jenny Offill que me topo por ahí: «Ya estoy empezando a echarlo de menos. El tibio murmullo de su cuerpo pegado al mío en la cama. Las pequeñas bromas y la amabilidad. Una especie de crédito o de buena voluntad, prorrogada una y otra y otra vez tanto si te la has ganado como si no». Muchos poetas han cantado al fuego impetuoso de los primeros compases del amor, a los flechazos, al sismo pasional del amor no correspondido o recién correspondido. Es fácil hacerlo, casi se hace solo. No lo es tanto cantar al amor calmoso, sencillo, cotidiano, de una pareja asentada, de un matrimonio; esa mezcla de liviandad y profundidad, de ligereza y de reciedumbre. Offill lo hace acá de la manera más hermosa.

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En el referéndum chileno sobre el proyecto de nueva Constitución, un texto luminosamente progresista, gana finalmente el Rechazo. La Constitución de Pinochet, todavía vigente aunque reformada, suma una vida más a su colección gatuna de existencias. Un varapalo del que habrá que estudiar con paciencia y honestidad las razones. En todo caso, se impone ser optimistas. Solo pierde un referéndum constitucional quien ha tenido la fuerza suficiente como para convocar uno, y esa fuerza no se ha ido. La derecha chilena se ha visto obligada a, sea como sea, aceptar una Constitución nueva: toda su campaña se basó en una suerte de «Constitución nueva sí, pero no esta». La lección de Chile acabará siendo que, si uno exige con vigor y energía el 100, el enemigo se verá obligado a conceder el 50. Si ya empieza exigiendo el 50 por un equivocado sentido de la responsabilidad, el adversario se sentirá fuerte para conceder solo en 25.

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Antes del referéndum, todo era «se abrirán las grandes alamedas». Ahora, «las grandes alamedas no se abrieron». Estoy a una cita más de las grandes alamedas de terminar cogiéndole manía a la referencia.

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Siempre que se vota en Chile, me acuerdo de Magaly: una buena y humilde mujer a la que conocimos cuando vivíamos allí, y que nos ayudó mucho. Regentaba una pequeña tasca en el centro de Santiago y decía que, si ganaba Bachelet, como buena comunista (¡Bachelet!), le quitaría el negocio. La maquinaria propagandística de los nunca defenestrados tiranos del setenta y tres es poderosísima; nunca dejó de serlo.

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En el Santiago Bernabéu, en proceso de reforma, se están gastando millones de euros y empleando las más sofisticadas técnicas de ingeniería en organizar un sistema de bandejas de 1500 toneladas que permitan ocultar el césped en un invernadero subterráneo bajo el estadio durante los días en que el terreno de juego no se utilice. Me resulta asombroso e interesante, pero, a la vez, expresión de esa disparatada ultrasofisticación bizantina que caracteriza a nuestra época; de la fastuosa frivolidad de una sociedad ahíta de sí misma. El Imperio romano tardío organizamos naumaquias en el Coliseo y nosotros consagramos a las mejores mentes de nuestra generación a diseñarle un césped retráctil a la persecución de una pelota.

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Leyendo Pasolini: el último profeta, una espléndida biografía de Miguel Dalmau —autor de otras, también muy elogiadas, de Gil de Biedma o los Goytisolo—, me topo con esta curiosísima anécdota: los actores que participaron en Saló o los 120 días de Sodoma, perturbador último filme del director italiano (cuatro fascistas que encierran a una muchedumbre en un castilo y la someten a toda clase de sórdidas torturas sexuales), recordaban el rodaje como una experiencia alegre, estimulante y muy divertida. Fue cuando vieron la película completa que aquella les aterró. Sin embargo, Pasolini no había añadido ni un solo fotograma. A veces, lo terrorífico no es aquello que, siéndonos desconocido, de pronto emerge ante nosotros, sino lo ya conocido o vivido, pero que se nos presenta en un montaje que lo ordena, lo engarza, le da coherencia.

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Publica Jaime Bordel, en Twitter, un hilo serio y ponderado sobre los motivos del fracaso, en Chile, del Apruebo, sin la clase de respuestas prefabricadas que hay quien ya está apresurándose a dar. A su juicio, y más allá del papel de las fake news propagadas por la derecha chilena, se ha perdido, no por una inexistente radicalidad del fondo —más allá de alguna cuestión semántica audaz, era una Constitución prudentemente socialdemócrata—, sino más bien por la frivolidad de las formas: demasiado aventado manchando con payasadas parlamentarias y extraparlamentarias el prestigio de la causa. También por el papel del centroizquierda chileno, que fue quien acabó llevando la voz cantante del Rechazo durante la campaña, y del que Pinochet podría haber dicho algo así como aquello que respondió Margaret Thatcher una vez que le preguntaron cuál había sido el mayor logro de su mandato: «Tony Blair». Esto —razona Bordel— pilló por sorpresa a los partidarios del Apruebo, que habían diseñado su campaña pensando que la confrontación fuera a ser con la derecha y la ultraderecha. Sea como sea, podrían haber sabido reaccionar a tiempo, por ejemplo tratando de ganarse el apoyo de ese centroizquierda haciéndoles concesiones en cuestiones vistosas, pero que no comprometieran la esencia del proyecto, y, si rechazasen la oferta, les encasquetase a ellos la imagen de intransigentes. En general, dice Bordel, la izquierda ha sido poco hábil. Toca sentarse a reflexionar.

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Del tiempo que viví en Chile —unos meses entre 2013 y 2014—, una cosa que recuerdo con viveza es la sorpresa ante un vigor y una presencia pública del magufismo, de la superchería espiritual o pseudocientífica, mucho mayores que en España. Por lo que he podido leer, hay alguna traza del mismo en el proyecto constitucional derrotado. Y yo diría que es uno más de los hijos bastardos del neoliberalismo autoritario. Por muchos motivos: porque el gran enemigo real de quienes se cargaron a Allende —como el de quienes se cargaron la Segunda República— no era el comunismo, ni siquiera el liberalismo, sino la Ilustración; por el relativismo y el individualismo que el neoliberalismo promueve y que lo convierte todo, también la salud, la ciencia, en un mercado; porque, si uno no puede pagarse las medicinas porque la sanidad está pavorosamente privatizada (recuerdo con horror las filas de cajeros a la salida de las clínicas), no podrá sino recurrir a supuestas alternativas, etcétera. Recuerdo sectas, predicadores… Pero también a gente amiga que, en una conversación informal sobre otro asunto, y con total naturalidad, podía decirte que el cáncer era expresión de un espíritu atormentado, y se podía curar con meditación. E incluso se desconcertaba ante mi cara de horror y mi rechazo, porque lo que había dicho formaba parte, no sé si tanto como del sentido común, pero sí de la ventana Overton de lo admisible. Yo me hacía también la interpretación de que una gente a la que masacraron sin piedad, y a la que le robaron todo lo material, se refugiaba en lo espiritual, en un fantasear con el poder de la mente, para recuperar algo de esperanza. El fascismo no es atroz  solo mientras dura: también en la estela de estragos perdurables que deja tras de sí cuando se acaba.

El runrún interior (67)


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Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleCrítica.cl, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT y Público; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019) y Los nuevos odres del nacionalismo español (2021).

3 comments on “El runrún interior (66)

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  2. Como siempre, pensamientos diversos y radicales, que estimulan la neurona, quizá en exceso. Tengo una sola objeción: El «fascista» argentino presuntamente despenador de la plutócrata viuda de Kirschner, está sobredimensionado. Si es fascista o no, lo ignoro, pero yo que no he manejado más armas que el CETME-C de la mili, he tocado una pistola dos veces en mi vida y siento náuseas por la caza y sus instrumentos, puedo segurar que me juego pincho de tortilla y caña con Houdini si me apunto a la sien con esa pistolita argentina apoyada en la sien y aprieto el gatillo. Hasta el más ignorante en armas sabe que esa cosa es menos letal que un gorrión. «Comedia, pura comedia», dice el tangazo, argentino ché.

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