/ una entrevista de Álvaro Acebes Arias
/ fotografías de Vega
Me está esperando Tomás Sánchez Santiago sentado en una de las mesas de El Olvido, uno de los pocos bares que quedan en el barrio. Es un sábado a las doce de la mañana, el interior está en calma—la música como un discreto oleaje de fondo— y Nardi se afana detrás de la barra. Hace unos meses avisó de que cerraba el negocio. La noticia nos entristeció porque desde hace años este ha sido nuestro punto de reunión habitual y ya nos hemos acostumbrado a llamarlo «la oficina». El Olvido ha sido uno de esos bares que hacen barrio, un local que nada tiene que ver con esos otros de comida centrifugada que hay en el centro de las ciudades, y donde todavía es posible mantener una conversación sosegada. Un lugar que encaja muy bien con el carácter y la voluntad de retraimiento y sigilo de un escritor que prefiere vivir alejado del ruido y que afirma que la creación siempre está en los márgenes.
En esta entrevista, que se prolongará durante casi dos horas —con sus correspondientes rondas— en un ir y venir por distintos aspectos de la biografía y la obra de Tomás Sánchez Santiago, el escritor habla de su infancia, la huella de unos cuantos maestros, su relación con la escritura o el peso que adquieren algunos temas en su trayectoria. Está a punto de publicar un nuevo libro, Merodeo (Trea, 2026), una compilación de textos híbridos, provenientes de sus entregas mensuales en El Cuaderno bajo el título de «Los cuadernos pálidos», a medio camino entre el chispazo inesperado, la crónica, el volumen de cuentos y el dietario. Escucha con atención y, cuando le hago una pregunta, se toma un tiempo de reflexión antes de contestar. Comenzamos con una primera ronda de cervezas y hablamos de sus orígenes familiares…

Más de una vez has citado a Francisco Pino y a René Char a propósito de esa convicción de que el poeta carece de biografía. A ver entonces cómo empezamos esta entrevista…
Sí, es verdad. Pino dejó dicho que no había nada más hermoso que quedarse sin huellas, y René Char, citado por Esperanza Ortega, proponía que de un poeta solo deberían quedar indicios y no pruebas fehacientes de su existencia. Y yo tengo también esa convicción porque a un poeta no lo conoce del todo ni la persona que lo habita.
El poeta es el que menos sabe…
O, al menos, el que acierta cuando se confunde.
Pero yo querría saber algo de tu vida, más allá de lo que puede significar tu escritura. Empecemos por tu infancia. Naciste en Zamora en 1957, aunque vives en León desde hace muchos años. Procedes de una familia de comerciantes…
[Sonríe] Mi infancia son recuerdos de un sitio de Zamora… Podría empezar así, sí. Vivíamos encima del comercio, algo habitual entonces. Y buena parte de mi niñez la pasé en contacto con el negocio de mi padre, una tienda de calzados y curtidos por donde desfilaban gentes de barrio y zapateros artesanos que un par de veces cada año iban a hacer acopio de los materiales para hacer el calzado a mano. Los materiales… Fíjate que palabra. Ellos lo decían así: «Vengo a por algo de material»…
Sí, son términos con los que uno entra ya en eso que tú has llamado «la carnosidad de las palabras». Y ya entonces te sorprendías ante esas palabras usadas con extraña normalidad…
Pues sí. La vida de las palabras ya estaba muy presente en las conversaciones de familia, curiosamente más en la familia de mi madre. En mi vida hubo una presencia decisiva que fue la de mi tío Tomás, un hermano de mi madre al que dejaron ciego en la guerra civil, en el frente de Teruel. Tenía dieciocho años. Fue como un segundo padre para mí. Y él sí que amaba las palabras… Poseía una memoria prodigiosa y un oído privilegiado. Estoy convencido de que fue una influencia fundamental en mi relación con el mundo y también en mi relación con las palabras.
Ahora pienso en tus libros de narrativa Calle Feria o Años de mayor cuantía, pero también en muchos de tus poemas. ¿Qué importancia tienen en ellos esos orígenes familiares?
Tienen el peso natural que puede hallarse en cualquier otra persona. No hace falta escudriñar mucho para llegar a la conclusión de que la infancia es la verdadera patria del poeta, como decía Rilke. Y no solo del poeta. Aunque uno no sea consciente, se pasa la vida contrapesando todas sus experiencias con hechos del periodo infantil. Y mi infancia y mi adolescencia están cercadas por ese ambiente comercial: una atmosfera, un lenguaje, un mundo atravesado por todo lo que concernía a la tienda. «Tengo que pagar una letra este mes». ¿Qué quería decir mi padre con aquello que tanto le obsesionaba? Yo no lo entendía, no entendía lo que era una letra (una letra bancaria, claro). ¿Tú sabes, a día de hoy, lo que era una letra? [me encojo de hombros]. Me temo que te estoy hablando de arqueología comercial. [Risas]
Hablemos de cómo llegas a la literatura. Has contado en alguna ocasión que tu primera aproximación al lenguaje parte de una vez en que, siendo niño, te presentaron un papel con un mensaje indescifrable…
Bueno, ya he contado eso innumerables veces… El episodio de la barbería de Aníbal del Pozo, donde iba con mi abuelo Marciano a afeitarse un par de veces por semana. Un día el barbero me sorprendió leyendo y me tomó el pelo —nunca mejor dicho— poniéndome unas cuantas palabras en espejo ante mí, a ver si era capaz de descifrarlas. Para mí era imposible leer aquello. Hasta que en último término el barbero me pidió que mirase el espejo de pared con ellas delante de mí, y entonces se me reveló lo que allí se decía. Cuando me despidió entre bromas, me dijo sin ninguna solemnidad: «Nunca olvides que las palabras tienen revés». Nunca lo he olvidado. Quién sabe si así me abrió la puerta a este trato con las palabras que todo escritor tiene, entre el fervor y la desconfianza.
Cuéntame sobre los libros de tu infancia. ¿Qué autores leías en aquel entonces? ¿Había muchos libros en tu casa?
No, en casa no había muchos libros salvo los de la carrera eclesiástica de algún hermano de mi padre. Una vez más, tengo que hablarte de la presencia de mi tío Tomás. Se hizo socio de aquello que se llamaba el Círculo de Lectores. A casa llegaba periódicamente un catálogo. Yo se lo leía. Y él me dejaba pedir libros. Era una selección alborotada, instintiva. Recuerdo haber leído El otro árbol de Guernica de Luis de Castresana, Sinuhé el egipcio, obras de Delibes y los tres tomos de un libro que me cautivó: Martín de Caretas, de Sebastián J. Arbó. Esa munición literaria se mezclaba con los pellizquitos de fragmentos de la enciclopedia escolar, donde aparecían indefectiblemente Gabriel y Galán, Pemán, Amado Nervo… Ya ves qué ensalada fue mi aprendizaje lector. Bueno, el de cualquiera de mi generación, tampoco es tan especial.
«En el franquismo, todo lo que podía agitar de cualquier forma al espíritu estaba escrupulosamente revisado y controlado por los guardianes de la moral».
¿Fuiste un niño con tendencia a la fabulación?
Todo niño da más importancia a la imaginación que a la memoria por la sencilla razón de que apenas tiene aún hechos memorables, no ha dado aún tiempo a la sedimentación de experiencias. Yo derrotaba al miedo con la imaginación, me agarraba a ella. En nuestra casa, la vieja vivienda de encima de la tienda, mis hermanos y yo pasábamos miedoy frío cuando subíamos a dormir. Se oían crujidos, había ratones, juegos de sombras que venían del balcón de la calle… Mis noches eran a menudo muy sobresaltadas. Yo conjuraba todo hablando en alto, contando a mis hermanos lo que se me ocurría para que no tuviésemos miedo, como se dice en el poema «Alcobas y bodega». Las palabras funcionaban ya como una especie de salvoconducto, pura terapéutica verbal, ya ves. Y así hasta ahora.
Y en otro orden, ¿cómo era la vida cultural para un muchacho en la Zamora de los años sesenta?
Nosotros no lo podíamos saber todavía, pero la cultura entonces era un instrumento en manos de los intereses de la dictadura de Franco. Todo lo que podía agitar de cualquier forma al espíritu estaba escrupulosamente revisado y controlado por los guardianes de la moral, que era algo que estaba íntimamente ligado a las manifestaciones culturales. Yo crecí ya en esa oleada en que el confort y el bienestar eran una aspiración que iba estando al alcance de la clase media. Se vivía mejor. Había lavadoras, pequeños coches (se llamaban utilitarios, ya ves), se abría la vida y las costumbres al turismo… Pero en materia cultural nos habíamos quedado desenganchados de una tradición inmediata anterior y apenas llegaba el latido de lo que se estaba haciendo en Europa, en América… Y lo que podía llegar estaba intervenido por la censura.
¿Te interesaba el cine?
En el cine pasaba algo parecido. Películas inocuas de aventuras, de amoríos… poco más. Porque las películas de intención crítica no llegaban con facilidad. Aun así, el cine era un asunto emocionante de evasión. Los domingos íbamos a las matinales y por la tarde al cine de Los Luises, los chicos por un lado y las chicas por otro. Nada de entremezclarnos en la oscuridad de la sala. Así que había una cultura masculina y otra femenina; los muchachos estudiábamos aquella Formación del Espíritu Nacional mientras las chicas hacían Labores del Hogar en los colegios. En fin, lo propio de una época desdichada cuya sombra nefasta no vimos los que nacimos en la década de los cincuenta hasta que nos alejamos de ella, viajamos, tuvimos otras experiencias…
[En el bar empiezan a escucharse los acordes de Suzanne, la canción de Leonard Cohen]
¿Y la música? Ahora suena Leonard Cohen, del que sé que eres un entusiasta…
Sí, claro, al igual que el cine, la música nos sacaba de ese aburrido ensimismamiento nacional. Yo me veo de rodillas en una silla junto a un aparato de radio que, irónicamente, tenía en el cristal muchos nombres de ciudades exóticas a las que no podíamos llegar ni siquiera sintonizando la emisora. Pero en el despertar de la adolescencia empezaron a aparecer ante mí esos nombres: Bob Dylan, Cohen… Ellos dos junto a Lou Reed y David Bowie me han acompañado con cierta constancia en el itinerario de mi vida. Hay canciones de cada uno de ellos que puedo relacionar sin dificultad con episodios de experiencias personales y que han modelado a su modo mi espíritu, mi manera de ser. De todos ellos, quien más me marcó fue Cohen. Una canción como «Famous blue raincoat» me desveló que el amor nada tenía que ver con la posesión exclusiva («o mía o de nadie») que pregonaban muchas canciones de entonces. Y yo creo que sigue siendo así en el papanatismo musical que nos arrojan encima los medios cada día.

¿Te acuerdas del primer libro que compraste?
[Se queda pensativo] No lo sé a ciencia cierta, pero sí recuerdo que con un dinero que me dieron por ganar un concurso local compré Las flores del mal y también las elegías de Rilke, ambos volúmenes en la editorial Austral. Yo tendría no más de 17 años. No sé cómo pudieron llegar hasta mí esos dos nombres…
¿Y te acuerdas de si alguna vez robaste un libro?
[Se ríe] Hice algunas incursiones, pero sin dedicación profesional. Aún tengo algunos en mi biblioteca. Los reconozco porque a todos les ponía lo mismo: «Por cortesía de…», y aquí el nombre de la librería donde me lo había agenciado. Me da un poco de vergüenza contarlo ahora.[Risas]
Estudiaste la carrera de Letras en la universidad de Salamanca. ¿Encontraste allí un mundillo literario?
El mundo literario que me interesaba en Salamanca era ajeno a la universidad. A mí los profesores no me hablaron nunca con la solvencia necesaria de César Vallejo o de Cernuda, por poner dos ejemplos que se me ocurren. Y ya no digamos nada de hacer inmersiones comparatistas entre el surrealismo francés y el nuestro o entre la literatura existencial que despuntaba entonces en España y otras fuentes europeas. De eso, ni hablar. Toda esa literatura extraña, por no decir contraria a lo previsto, era tomada como un episodio que en nada se asemejaba a los supuestos valores genuinos de nuestra poesía o nuestra narrativa: el ingenio, la defensa de valores morales, el paisaje como símbolo de un carácter… Cosas así. Pero tuve la suerte de asistir a unas clases informales que daba por su cuenta el dramaturgo José Martín Recuerda, que por esa época vivía en Salamanca. Por él supe que existía otra manera de entender el teatro; y, por tanto, otras vertientes de las obras literarias desconocidas para mí.
Si no me equivoco, en esos años haces grandes amigos como el poeta extremeño Ángel Campos Pámpano…
Sí, claro, estaba Ángel Campos y también Ezequías Blanco, Anacor Herrero, José Diego… Hacíamos aquellas revistas efímeras (El Callejón del Gato, Zurguén…), dábamos lecturas nocturnas en locales, nos pasábamos obras de autores desconocidos… Era la época de los deslumbramientos. Pero hubo dos influencias mayores, a cuyo magisterio nos acogimos todos nosotros cuando aún no habíamos cumplido los 20 años: Torrente Ballester y Aníbal Núñez. Fue una suerte contar con ellos en la ciudad, sobre todo con Aníbal.
Luego vuelvo con Aníbal. Antes, háblame de la universidad del tardofranquismo. ¿Qué recuerdo tienes de aquellos ambientes y de la agitación política que se vivía en España tras el fin de la dictadura?
Fue una época muy intensa, aunque ya nada tenía que ver con la dureza de la década anterior. Se veía venir el final del régimen con la muerte del dictador. Lo que pasa es que, como siempre ocurre con los finales desesperados de las etapas impuestas, hubo unos años en que los andamios levantados para sostener el franquismo se querían mantener a toda costa. Y eso se reflejó en un pulso sostenido y en una crispación espantosa que costó muertos y, también, golpes de timón inesperados en la actitud de algunos que veían venir otra situación y empezaron a prepararse para aprovecharse de ella. La Transición —la «transacción», como la llamaba Rafael Chirbes— trajo también una interesada reconversión moral y política que no pocos se apresuraron a abrazar.
«Durante los ochenta lo grave dio paso a lo entretenido; la perspectiva histórica se disolvió en la inercia de lo inmediato».
¿Militaste en algún grupo o partido?
No fui militante de carnet. Pero sí colaboré como pude con aquella resistencia estudiantil que se negaba, con gestos y actos, a aceptar sin más aquel panorama en que aún estaban muy vivos los rescoldos del franquismo. He dicho rescoldos y creo que no lo expreso así bien; había aún verdaderas hogueras, alimentadas con la urgencia de lo que se siente a punto de perder en otras manos. Estábamos en los años finales de la década de los setenta. En dos o tres años más todo cambió: se pasó de la conciencia del compromiso al desentendimiento.
El desencanto…
[Asiente] Sí, algo así. En los ochenta empiezan manifestaciones de todo tipo que tratan de poner distancia de lo inmediato anterior. Lo grave dio paso a lo entretenido; la perspectiva histórica se disolvió en la inercia de lo inmediato. Vivir significó en esos años aprovecharse de la vida en todo lo posible. Siempre he pensado que el arrasamiento que significó la droga en esa época tuvo mucho que ver con esa necesidad compulsiva de recuperar hasta el límite un buen trozo de vida que había engullido aquel mundo anterior presidido por la sumisión y la obediencia.
Repasemos la influencia de algunos maestros: has mencionado a Aníbal Núñez, pero ahí también están otros poetas como Jesús Hilario Tundidor. Es indudable que esos nombres han dejado una huella en tu escritura.
Bueno, lo de «maestros»… En la escritura no lo sé, pero en mi vida desde luego que sí tuvieron una importancia decisiva. Tundidor fue, él sí, mi verdadero guía desde mis 16 años. Al hilo de un certamen local de poesía me conoció, se interesó por mí y me fue descubriendo lecturas que él ponía en mi mano sin mucha explicación más. Lee esto, lee esto otro. Así, sin más. Me dejaba libros de su biblioteca (Leopardi, Fray Luis…, recuerdo ahora esos nombres) y, sobre todo, me iba a buscar a la tienda para dar juntos largos paseos por el cercano bosque de Valorio en Zamora en los que me hablaba con aquella pasión suya de asuntos de poesía… A Aníbal lo conocí ya en Salamanca, creo que en una lectura estudiantil en la Escuela de Magisterio hacia 1976, donde estaba también Jaime Siles. Algo le debió de llamar la atención y aquella noche ya estuvimos charlando largamente mientras vagábamos por Salamanca. No he conocido un poeta de una radicalidad como la suya. Se negó a entrar en los tejemanejes de aquella Transición, en la que él nunca creyó, y adoraba todo lo que tuviera que ver con la poesía a la vez que, como si de pronto se le desvelase algo que solo él veía, empezaba a denostarla y a reírse de nosotros, pobres aspirantes a casi nada. Con Aníbal conocí, entre otras cosas, el proceso de escritura de algunos libros suyos. Nos leía a Ángel Campos y a mí poemas de lo que estaba haciendo (Taller del hechicero, Alzado de la ruina son libros de entonces) con una mezcla por su parte de convicción e indiferencia que nos hacía fluctuar entre la admiración y la necesidad de relativizar todo aquello que estábamos oyendo.
¿Y un escritor como Tomás Salvador González?
Eso ya fue sobre 1979. Él daba clase en Zamora y así lo conocí. Era alguien de una inteligencia extraordinaria y certera que se fundía con una exacerbada sensibilidad y un espíritu crítico para analizar todo lo que constituía la vida, incluida la poesía, naturalmente. Quien desee conocer de cerca a Tomás Salvador debería leer ese libro emocionante, Pliegue a pliegue, que está en la editorial Libros de la Resistencia y que Ildefonso Rodríguez escribió sobre él, sobre su amistad, pocos años después de su muerte…
Pero si hay una figura cardinal o tutelar para ti es la de Claudio Rodríguez. Háblame de él.
Claudio fue antes que nada Don de la ebriedad. Lo empecé a leer en los años de bachillerato por indicación de mi compañero Anacor Herrero, alguien muy especial que ya entonces conocía la poesía de Claudio. Desde entonces hasta hoy no he dejado de leerlo. Luego ya conocí al poeta, pero yo nunca estuve en el círculo de sus amigos o allegados. Tuvimos una relación más diferida, no exenta de encuentros, conversaciones, alguna cita en su casa…
Me has contado que estuvo en Burgo de Osma cuando vivías allí con tu familia.
[Sonríe] Fue algo inolvidable. Era mayo de 1991 y acababa de salir Casi una leyenda, su último libro. Yo le había sugerido que fuese hasta allí a pasar un par de días y, de paso, hacer una lectura en el instituto donde yo daba clase. Sorprendentemente, aceptó a condición de que no fuese nadie de la tribu literaria, que no se diese a conocer que andaba por allí. Y así lo hice, aunque él debió de decirlo a unos y a otros porque al final allí aparecieron poetas, estudiosos suyos…[Risas]. Lo cierto es que aquella mañana leyó ante los alumnos sus poemas. Imagínate: Claudio Rodríguez en aquel pequeño instituto de un pueblo de Soria…
Tuvo que ser algo muy especial. Creo que en esos años también te interesaste por José Ángel Valente y Carlos Barral, de cuya obra has realizado antologías y estudios…
Me interesaron enseguida por diferentes razones. Valente me pareció desde que me acerqué a su poesía un poeta necesario, alguien cuya capacidad crítica y su visión heterodoxa estaban incluidas en su obra. Fue mi gran amigo el poeta José Diego quien me desveló en buena medida la poesía del autor gallego. En cuanto a Barral, su poesía provenía de una tradición muy distante de lo que se hacía en aquellos años. Un libro como Metropolitano bebe directamente de Eliot, algo no exento de riesgo, o al menos de extrañeza, en los años en que se debatía sobre si la poesía tenía que ver con el conocimiento o con la capacidad de comunicar.
Te jubilaste hace unos años de la enseñanza, harto de la burocracia y de las dificultades cada vez mayores en la labor docente.
[Suspira] Por lo que os oigo a los que seguís dando clase, las cosas no solamente no han mejorado, sino que cada vez van a peor… Poco a poco, la vida escolar se está convirtiendo en asunto de oficina, por no decir en una especie de supermercado de actividades extraescolares cuyo interés se impone a la verdadera labor docente. Ahí tenemos ese desdichado y cursi acontecimiento de la graduación anual, al que tanta importancia dan unos y otros y, lo que es peor, el propio estamento educativo institucional, que alienta estas tonterías para no estropear las expectativas de alumnado y padres, y para no perder compás ante otros centros de enseñanza que hacen también estos ejercicios de pirotecnia. Sé de un centro que ya ha puesto alfombra roja y obliga a desfilar a alumnos y profesores por ella. Lamentable…
¿Y cómo valoras el estado de la educación en la actualidad?
En el sentido puramente académico, la enseñanza en España necesita hace ya mucho tiempo una revisión profunda que nadie se atreve a hacer porque, entre otras cosas, es materia de intereses políticos que defienden o atacan las decisiones tomadas por adversarios, al margen de su conveniencia en los currículos. Ya no voy a entrar en la consideración de la presencia de la Religión en los centros de enseñanza (donde, por cierto, cada vez hay más alumnado perteneciente a otras confesiones) pero ¿cómo es posible que no existan asignaturas imprescindibles en la realidad del siglo XXI? Hablo de una Historia de Europa; hablo de una Educación para la Imagen, donde se explicarían los valores del cine como arte, la capacidad sugestiva de la publicidad, los lenguajes de la propaganda y sus consecuencias… Y el funcionamiento de las bibliotecas en los centros, que deberían estar al cargo de un profesor bibliotecario para dinamizarlas como eje central de los institutos. En fin…
¿Piensas que se enseña a amar y valorar la poesía en la escuela?
[Niega con la cabeza] Naturalmente que no. La enseñanza de la literatura, del arte, de la música no pasan en la enseñanza por el verbo amar. Se trata de acumular datos simplemente. Los alumnos aprenden nombres, rasgos generacionales, títulos de dos o tres obras…, pero no leen; no incorporan textos ni autores a su experiencia vital. Aprueban el Bachillerato vomitando en el examen los tres o cuatro folios aprendidos de memoria —a menudo servidos en bandeja ciegamente por el profesor de turno— y se olvidan de ello a partir de entonces. Es una pena. Ningún poeta escribe para que los alumnos aprueben la prueba de acceso a la universidad. Esto es otra cosa.
«Lo útil es solo aquello que puede mejorar a la persona, y eso es lo que hace que la mirada sobre el mundo de lo sobrante sea la mirada de una restitución política».
¿Qué valor crees que tiene la cultura en la actualidad?
[Resopla y hace un gesto vago con la mano] Creo que en mucha medida está ligada al espectáculo y al mercado. Al menos, la cultura que nos ofrecen —en realidad nos la venden— los medios de comunicación. Les llaman «productos». Y es verdad; las llevan a cabo verdaderos productores que acaban por modelar el pensamiento y las apetencias de un potencial de compradores. Hace poco oí en algún lugar, como si se tratara de una noticia alentadora, que la lectura era un verdadero «nicho de mercado»; así la definían, ya ves tú. ¿Cómo encontrar otros itinerarios, más allá de lo comercial y lo previsible? Vuelvo a pensar en el papel de la educación. No se me ocurre otra cosa…
Perteneces desde hace años a un club de lectura en el instituto donde trabajaste como profesor. ¿Qué conclusiones sacas de esa experiencia y de las relaciones que se crean entre los lectores?
Los clubs de lectura son una posibilidad extraordinaria de conseguir esa inigualable relación de cercanía entre libros, autores y lectores. Ya el hecho de compartir un libro entre muchos, sin ánimo de pontificar ni de dar lecciones críticas, ha recuperado en gran medida para la lectura un alcance ajeno a imposiciones de cualquier tipo, porque toda lectura es en el fondo un acto de amor. Y luego está eso otro: la relación directa con los autores, que a menudo acaban aprendiendo más de los lectores que lo que ellos mismos pueden decir de sus propias obras. Un diálogo directo y con cierta sensación de apartamiento de la ortopedia oficial, y con el que se vuelve a hacer de la literatura puro asunto de vida. Así lo experimento yo, al menos.
Háblame de tu relación con Antonio Gamoneda…
Admiración profunda por su poesía: conciencia extrema, perseverancia en la tensión poética, coherencia entre experiencia, memoria y lenguaje… Todo eso sigo encontrando en Antonio Gamoneda. Como si el poeta hubiese empezado a escribir ayer mismo.
Has dicho en varias ocasiones que tu sitio está al lado de lo inadvertido y te gusta citar una frase del sacerdote alemán Dietrich Bonhoeffer, opositor al nazismo: «La alegría de una vida oculta y el valor para la vida pública», y que aparecía al inicio de Para qué sirven los charcos…
Pero tomemos esa aseveración de Bonhoeffer como una desiderata. No sé si a estas alturas he cumplido con dignidad las dos propuestas… Siento que la primera parte al menos la he tenido en cuenta en esa convicción mía de que hay una verdad oculta en lo inadvertido, en lo que no está destinado al pasto público de los titulares y los aspavientos pero que constituye unos alrededores íntimos de importancia decisiva. En cuanto al coraje para la vida pública, estoy convencido de que no lo he cumplido como debería, seguramente por falta de carácter o por falta de solvencia para tomar decisiones. No sé… Aun con todo y con eso, he procurado estar en mi vida y en mi escritura del lado de lo que nunca juega con ventaja.
«Ocultar la mirada entre lo inútil, / entre baldes malolientes, aliento / a estopa, sentina de despojos», dice uno de los poemas de tu primer libro, Amenaza en la fiesta, titulado «Basura». Siempre te ha interesado esa relación con lo desechado, lo que queda en los márgenes… ¿Hay algo subversivo en esa actitud?
A lo mejor hay que suponer, ya ves, un principio de raigambre cristiana para esa voluntad de valorar, de observar con atención y con amor lo desechado socialmente, como los pescadores o las prostitutas en los ejemplos evangélicos. Frente a la defensa de lo meramente utilitario o productivo, hay que reivindicar eso otro que tiene la inocencia peligrosa de su presencia nada más, perdida ya el aura de su rentabilidad. Creo, con Tolstói, que lo útil es solo aquello que puede mejorar a la persona, y eso es lo que hace que la mirada sobre el mundo de lo sobrante sea la mirada de una restitución política. Frente al uso espurio de la palabra política, que los profesionales del poder nos han arrebatado de las manos, creo que política es todo lo que mejora al ser humano. Y esa mejora puede llegar de donde ya no se esperaba brillo o virtud. Sí, creo que lo que me pone más cerca de esos escenarios es la desconfianza en todo aquello destinado a ser meramente productivo, a fomentar desigualdades, enajenación y hasta dolor.
En tu libro La secreta labor de inviernos se incluye el poema «Aprendizajes», que alguna vez se ha puesto como ejemplo de una poética personal que recorre toda tu trayectoria. ¿Admites esa consideración?
No sé si me creerás, pero escribí ese poema sin intención programática consciente. Fue mucho después cuando caí en que en esos versos se encontraba inscrita una actitud que ya merodeaba en torno a la apuesta explícita por resaltar lo oculto, lo inadvertido o lo que pertenece al deseo y no se ha convertido en acto. Sigo insistiendo en que en el fondo lo que hay es una desconfianza mía para aceptar sin más la realidad que desde fuera nos exigen que tomemos como guion y orden para nuestra vida.
¿De ahí muchos de los títulos de tus libros? Amenaza en la fiesta, La secreta labor de cinco inviernos, Vida del topo, Pérdida del ahí, El que menos sabe…Una verdadera galería que evoca un apartamiento, una actividad subterránea…
Sí, es verdad. Ya me lo han dicho muchas veces. Pero es que se me imponen así. Llegan volando, cuadran con lo que puedo llevar haciendo desde hace tiempo un tanto a ciegas y ahí se quedan…
Y hablando de aprendizajes, esas presencias que acaban ocupándose de nuestra formación, a veces sin saber muy bien cómo, se hacen ciertas en un poemario tuyo como En familia…
Ese libro, En familia, bucea en torno a la configuración de los alrededores inmediatos que nos van marcando a cada cual: la familia, en efecto, pero también el mundo de los amigos que la sustituyen cuando pugnamos por escaparnos de los lazos familiares, a los que empezamos a sentir como una opresión. Por eso en el libro hay una atención a la importancia de lo que convenimos en llamar «familiar», pero desde cierta lateralidad: los parientes lejanos que un día aparecían para desaparecer enseguida para siempre, las «muchachas», se las llamaba así, que llegaban a prestar servicios domésticos, las primas carnales con su dosis perturbadora de erotismo prohibido, la imagen de los abuelos como presencias pasivas y expectantes que ya no cuentan para la vida… Estoy convencido de que ese coro de personajes secundarios acaba por ayudar a modelar la personalidad de cualquiera, más allá y con más eficacia emocional que las otras influencias básicas que hay en la familia.
Esa preocupación por lo inadvertido y lo cotidiano está muy presente también en libros híbridos, entre el dietario, la crónica y el artículo, libros como Los pormenores, Para qué sirven los charcos, La vida mitigada, El murmullo del mundo, La belleza de lo pequeño… ¿Les une una misma intención?
Todos esos libros que citas son frutos de la mirada o de la escucha. Es decir, de la cercanía. Se afilan los sentidos, ocurren cosas a tu alrededor y tú las percibes y las anotas. Eso es todo.
Pienso, además, en los lazos que existen entre esos textos que hablan de lo que queda en los márgenes y las imágenes de Encarna Mozas, Luis Marigómez o José Ramón Vega, fotógrafos que han acompañado tus textos… Pienso en un libro como Interior acuario. ¿De qué modo se relacionan ahí imágenes y palabras?
Generalmente, con una independencia absoluta entre ambos lenguajes. Al igual que decíamos hace un momento que esa escritura —que a mí me gusta calificar de «errante»— no tiene apenas deliberación porque es una escritura de hallazgos, una escritura del azar público, así ocurre también con la intervención de las imágenes como parte de ella. A mí me parecen muy enriquecedoras porque acaban proponiendo otra versión de esa unidad que a menudo se busca en un libro escrito a dúo con dos lenguajes diferentes. O sea, que en la ajenidad entre los dos discursos es justamente donde puede hallarse una convergencia inesperada. Además, para mí la fotografía es la muestra artística más parecida a la poesía porque ambas tienen que ver con un desvelamiento: el desvelamiento del instante.
Creo que era Caballero Bonald el que decía que escribiera lo que escribiera siempre, a la larga, se estaba escribiendo a sí mismo. Como si el libro lo viviera a él hasta convertirse en una forma de autobiografía. ¿Estás de acuerdo con esa idea? ¿Qué peso tiene la identidad en tu obra?
Si echo la vista atrás y considero lo que he sabido escribir a lo largo de cincuenta años, creo que tengo que alinearme en gran medida con ese juicio de Caballero Bonald. No he sabido distanciarme de un yo que lo va impregnando todo de sí mismo…
«Cuando escribes te manchas de ti mismo», se lee en El que desordena.
[Asiente] Y es así. Habría que atreverse a escribir sin la cobertura del yo, cosa que no he conseguido. Por eso admiro sin reservas la poesía objetivista de los imagistas americanos como Pound o Williams o, entre nosotros, la lección de distancia y sobriedad de los poemas de Méndez Rubio, María Ángeles Pérez López, Víctor M. Díez, Ada Salas o Luis Marigómez.

[Hacemos un alto para pedir nueva ronda. Tras unos cafés acompañados de sendas tapas de esa tortilla casi sobrenatural que aquí preparan, nos hemos pasado a la cerveza. Ahora suena algo de jazz, una muestra de los eclécticos gustos de Nardi, que adora a John Coltrane y Miles Davis. Llevamos ya un rato conversando, repasando la trayectoria y la vida de Tomás Sánchez Santiago y sus intereses. Entramos ahora en la obra de varios pintores y escultores a los que ha dedicado estudios críticos…]
Te atraen la pintura y la escultura y has dedicado ensayos a artistas como tus paisanos Baltasar Lobo y Delhy Tejero… Háblame de esos intereses.
Las intervenciones sobre ambos artistas zamoranos, junto a algún otro como el músico Miguel Berdión, fueron producto de mi descubrimiento de su quehacer y de su personalidad mientras elaboraba los materiales de un librillo que se tituló así, Zamora y la vanguardia. De los tres, traté con más constancia la obra de Delhy, auxiliado por su familia, en especial por su sobrina María Dolores, con quien llevé a cabo la edición de Los Cuadernines, sus fascinantes diarios desde los años treinta hasta la muerte de la pintora en 1968. En cuanto a Lobo, lo único que hice en su día junto a José Luis Puerto fue rescatar un Platero y yo ilustrado por el escultor y publicado en París, en el exilio, por Antonio Soriano en 1953. Fue complicado. No había ejemplares ni siquiera en la Biblioteca Nacional y recurrimos al único que encontramos en Zamora para emprender la edición facsímil. Fue una aventura emocionante porque descubrimos que las ilustraciones de Lobo se habían aprovechado en ediciones de otras lenguas: para el sueco, el alemán, el inglés…e incorporamos esas cubiertas a nuestra edición. Además, Puerto localizó las cartas de Lobo a Juan Ramón relativas a esa edición, y pudimos publicarlas como material complementario… Todo quedó muy bien, a cargo de la Diputación zamorana. Una edición singular y, por desgracia, ya inencontrable.
¿Han dejado huella esas artes en tu escritura? Pienso en esa materialidad de tu obra, cuando la palabra adquiere unas dimensiones casi físicas y sensoriales, algo que se huele, se toca, se ve…
Lo que ha podido dejar huella en mi escritura es esa vertiente plástica de la palabra, su caligrafía; y también el ímpetu de su sonido. Dicho de otro modo, una palabra puede ir más allá de su significado hasta dar en una resonancia emocional que la inviste de una carnosidad o de un aura especial. Su sonido en la voz, su apariencia en la escritura… Mira, esta misma mañana, leyendo a Jiménez Lozano, que conocía muy bien el peso de las palabras ancestrales del castellano viejo, me topé con la palabra apecinado; uno lee esa palabra y se detiene irremediablemente, no porque no la conozca sino por saborear de otro modo esa aparición. De modo que, en efecto, las palabras contienen para mí ese lado poderoso de invitación a seguir merodeando en torno a ellas como quien se pasea un rato entre un bosque de esculturas o como quien oye una pieza de John Coltrane [hace un gesto hacia los altavoces] y se deja conducir por el empujón del saxo hasta donde lo lleven esas notas.
«Y ese es mi sino / y esa es mi gloria: acertar / el corazón helado del silencio, / recoger con las manos una luz derrotada». Son unos versos de «Pasión del desencuentro», un poema de El que desordena. ¿Escribir es o debe aspirar a ser siempre una forma de cuestionamiento? ¿Escribe uno con la esperanza de corregir algo?
Puede ser… Pero la clave es la falta de deliberación que hay a menudo en el quehacer de la creación; al menos, de deliberación consciente. Como ya sabemos, el poema solamente sucede mientras se va escribiendo; es un acontecimiento que no tiene ni intención clara ni alcance definido. Uno va armando el poema con las manos por delante, como con miedo de tropezar o de desviarse de un itinerario que supone que debe seguir, aunque no sabe a ciencia cierta cuál es ni a dónde le lleva. La poesía es un discurso errabundo. Puede suceder que sean precisamente la desorientación o el equívoco los que acaben encaminando el poema hacia un destino convincente. Todo muy raro, sí…
«Siempre ha habido obras literarias que desde la ficción pueden conjurar el desconcierto del mundo ofreciendo claves con las que nos sentimos interpelados».
¿Qué rasgos de tu carácter se reflejan en tu poesía?
[Se encoge de hombros] Quizás esa retracción, ese descreimiento a aceptar las jerarquías y el orden del mundo tal como se nos propone. También el revoloteo de la memoria, que se vuelve imprecisa o nítida con arreglo a leyes que nadie sabe. Ese hurgamiento pertinaz en lo que he sido, en lo que estuvo en mi vida termina por dejar caer su sombra en el poema. O su luz. Nunca se sabe…
Decía Juan Ramón Jiménez que la actitud natural del poeta debe guiarse por el instinto y la vigilancia. Tú has escrito en alguna ocasión que el auténtico territorio del poeta es el de la incertidumbre. El poeta es el que desordena, el que menos sabe, según dice el título de tu último libro de poesía… ¿También un resistente? Parece una actitud transgresora…
[Asiente] Escribir poesía es ya en sí mismo un acto de resistencia. Y de insumisión. El propio lenguaje poético no se atiene a la norma discursiva convencional, va por otro camino, salta sobre la lógica, se mueve en una cronología que escapa a la matemática del tiempo de los demás, incluso yo diría que la poesía debe estar fuera del mercado, en ese territorio indómito de lo no domesticado. Todo eso crea las condiciones para entender la poesía como el territorio de la incertidumbre. Por otra parte, devolver el poema al estado del canto ya es una transgresión, ¿no te parece?
Estoy de acuerdo y quiero hacerte más preguntas sobre la condición de la palabra. ¿Crees que existe una malversación de la palabra en sus usos públicos? ¿Vivimos tiempos dominados por la mentira y la contaminación y corrupción del lenguaje?
Sin duda. Desde que los lenguajes públicos tuvieron suficiente fuerza coercitiva para delinear los discursos—en especial por su capacidad de difusión inmediata—, las palabras fueron sometidas con creciente facilidad a la presión de intereses que nada tienen que ver con lo que filósofos o poetas buscan aún en ellas. Pensemos en la propaganda y sus falacias o en la malversación de conceptos que eran casi sagrados, como libertad o justicia, y ahora son utilizados desde las trincheras de ideologías repugnantemente conservadoras como valores falseados por ellas. Cualquier aprendiz de brujo sabe que tras la posibilidad de dominar el lenguaje viene la certeza de dominar el pensamiento.
De manipularnos…
Exacto. Ahora vivimos en una época de anestesia general, inducida por todos los agentes externos que han configurado el mundo en que nos movemos en esta parte privilegiada del planeta. Entre las generaciones más jóvenes sospecho que hay una agonía del pensamiento; da pereza pensar, expresarse con la morosidad precisa. Se ha hecho de la vida un videoclip y de la exposición del pensamiento un test vertiginoso. Las palabras han sustituido a la voz (esos «¡ja, ja, ja!» de los wasaps) y, a su vez, las imágenes han sustituido a las palabras (esos iconos infantiloides). Todo está presidido por el prestigio de no hablar o de no escribir demasiado. Fíjate, hace poco descubrí en mi ordenador una sugerencia que ofrecía un resumen hecho por la inteligencia artificial ante un texto que se consideraba demasiado largo. Sí, las palabras nos van siendo arrebatadas por manos negras que uno no acaba por saber de quién son.
«A veces en el hecho de escribir está ese alcance insospechado de redención».
¿Cómo percibes el momento actual en España y en el mundo? Este panorama de crispación continua, la guerra, el aumento de la extrema derecha, con cada vez más apoyo entre los jóvenes…
Todavía con perplejidad. Y a punto de llegar al espanto. ¿Cómo es posible que se alce así en las elecciones a la extrema derecha?, nos preguntamos hombres y mujeres de mi edad. Creo que es un voto reactivo. Y las demás fuerzas políticas, incluida la izquierda en sus diferentes versiones, deberán cuestionarse qué han hecho ellas para no estorbar esa inoculación del consumismo y la mentalidad de lo privado en general. Es curiosa hoy en día esa convivencia, entre los jóvenes y menos jóvenes, de gestos ecológicos, defensa de los animales y, al mismo tiempo, la compra compulsiva de todo lo que se pueda o la búsqueda de viajes en avión quemando combustible a precio de saldo a países lejanos. Se trata de defender la salud del planeta, pero sin aminorar el ritmo del consumo. Y eso no puede ser. Como decía con mucha gracia el poeta Luis Javier Moreno, “no puede estar la cuba llena y la abuela borracha” …[Risas]
¿Estamos en el final de una época? ¿Está desapareciendo la especie humana?
[Suspira] No me atrevo a pronosticar nada, pobre de mí. Pero ya ves que Trump se va queriendo apoderar de recursos: el petróleo de Venezuela, las llamadas tierras raras de Groenlandia… Lo próximo —lo veamos aún nosotros o no— puede ser la batalla del agua. A mí todas estas operaciones me hacen pensar que a lo lejos ya se ve la imagen previsible de un planeta exhausto al que se sigue esquilmando de diversas maneras y que hay que repartir de otro modo entre unos cuantos sátrapas.
«Solo la literatura puede explicar el sentido de las amenazas últimas, tenues, vertiginosas, que acechan oscuramente nuestros días», ha escrito Pierre Bergounioux. ¿Estás de acuerdo?
Hombre, también habría que dejarle un papel a la historia, a la sociología… Pero sí es verdad que siempre ha habido obras literarias que desde la ficción pueden conjurar el desconcierto del mundo ofreciendo claves con las que nos sentimos interpelados. Precisamente la narrativa del siglo XX profundizó en ese sentido buceando en el inconsciente, imponiendo una temporalidad subjetiva que se apartaba de la mera crónica… En El escritor y sus fantasmas, Ernesto Sábato se refería con mucha lucidez, una lucidez pesimista, valga la redundancia, a esa función inigualable de la novela del siglo pasado para mostrarnos a nosotros mismos como desconocidos. A ello me remito aquí.
Acabas de hablar de fantasmas, citando a Sábato. ¿La escritura puede ser un medio para librarse de unos fantasmas particulares o combatir miedos como estos de los que me hablas?
Supongo que sí. Creo que es uno de sus efectos. Pero me temo que sin excesivo éxito. Las obsesiones, los temores, las recurrencias son ya materia encallecida a cierta edad y no se van, son parte de uno. Yo creo que hasta los cultivamos. Aunque a veces sí hay en el hecho de escribir ese alcance insospechado de redención. Ya he contado que una vez descubrí que en mi familia éramos la primera generación (primos, hermanos…) en que nadie, nadie, fíjate bien, se dedicaba al comercio después de que padres, abuelos o bisabuelos lo ejercieran en diferentes ramos. Me entró miedo, un miedo irracional pero real. Era una traición a la estirpe, así lo concebía yo. Y alguien debería pagar por ello para salvarnos al resto. Entonces escribísin vocación de publicar un extenso relato, El descendiente, a fin de conjurar aquella amenaza de la única manera en que yo podía intentarlo: escribiendo. Maté a alguien en el relato lustral y supuse que aquello funcionó a modo de chivo expiatorio, ya ves…
Y ese fue el germen de Calle Feria…
[Asiente] Pues sí. A partir de aquel relato fue generándose un haz de narraciones con una atmósfera y una estructura reticular, que acabó desembocando en Calle Feria, esa novela que invoca a aquel nosotros que presidía la vida de mi infancia entre los comerciantes, los dependientes, los viajantes…
¿Tienes en mente al lector cuando escribes? ¿Es la literatura una conversación, aquello que decía el poeta Eliseo Diego de que «un poema es una conversación en la penumbra»?
[Niega rotundamente] Ni de lejos, al menos hasta que se te revela que esa gestión con el lenguaje, llena de extrañeza y de intensidad, ya tiene visos de conformar un libro. Entonces puede uno releerse a sí mismo como un primer lector que tiene en cuenta de algún modo a los que vendrán después. Pero antes de eso hay un primer movimiento en la escritura en que se está a solas con el lenguaje, en que uno puede notar algo parecido al roce de las palabras. Solo existen ellas. Todo lo demás es abismo.
Una especie de mudez.
Sí, pero espera, porque quiero decir algo más respecto a eso de tener en cuenta al lector mientras se está escribiendo, algo que se vuelve más delicado si lo atribuimos a un diario. Recientemente, he tenido que decir algo sobre la naturaleza de los diarios. No sé cómo se recibirá en unas jornadas donde voy a participar, pero yo he arrimado unos cuantos argumentos a la siguiente afirmación: desde el momento en que un profesional de los diarios empieza a escribir uno de ellos y sabe que va a acabar irremediablemente en un libro, está haciendo de él una obra literaria donde, como en cualquiera de los otros géneros, hay que desterrar la idea de que todo lo que ahí se está diciendo es verdad. Esta misma cuestión del alcance de un diario y su relación con la verdad se llevó, por otros motivos, al club de lectura del que formo parte hace ya bastantes años y en un momento dado alguien preguntó en voz alta: «¿Pero alguno de vosotros cree que escribiría un diario de la misma manera si supiese que nadie lo va a leer o si fuese consciente de que se publicará algún día?». Rotundamente salió que no. Eso quiere decir que en el diario, concebido como género literario, ya no se relata sin reservas lo sucedido porque desde el principio se sabe que se va a publicar, se tiene en cuenta a los potenciales lectores.
Uno se previene…
Sí, claro, y creo que ocurre lo mismo en las biografías o en las cartas de las personas célebres. Desde el momento en que sospechan que pasarán a ser epistolarios publicados, ya aparece la voz del cuidado, para decirlo con una expresión del poeta Miguel Suárez. Los lectores, sí, condicionan desde un principio la naturaleza de este tipo de escritura en que la verdad termina superada por el lenguaje o por la necesidad de construir la imagen de quien escribe, pero sin hacerle daño, con el maquillaje delas palabras.
Te iba a preguntar antes por ese acercamiento a las palabras. Algunos de los poetas que más te atraen (Francisco Pino, Celan, Valente, Rilke…) procuraron hacer de su obra un arriesgado ejercicio de radicalidad. ¿La poesía debe perseguir ese fin, acercarse a esa especie de mudez?
La poesía acaba tendiendo al silencio. Es como si hubiese un momento en que el lenguaje no bastara. Y llega la mudez. Beckett decía que escribir era un pecado contra la mudez. Por eso, cuando se termina de escribir un libro de poesía hay generalmente una sensación de exhaustividad, de no poder ya más, y, en consecuencia, de huida de las palabras. Pero a lo mejor no siempre ocurre eso y en su lugar, lo que es aún peor, persiste la mecánica que empuja al poeta a seguir escribiendo sea como sea: repitiéndose a sí mismo, persiguiéndose hasta con desesperación. Todos estamos amenazados por esa tentación. Quién sabe cómo nos comportaremos si llega el caso.
«La literatura es una especie de telar donde todos trabajamos teniendo en cuenta lo ya dicho. No creo en la escritura excluyente».
¿Sigues un método o un plan en la escritura o te dejas llevar por la intuición? Has señalado en alguna ocasión que cuando escribes tomas voces y elementos prestados de otros libros que has escrito, dándose la circunstancia de que reaparezcan motivos y situaciones…
Pero eso no es exactamente así, no hay deliberación. Lo que ocurre es que en un momento determinado puede ser que me asalte algo dicho por mí anteriormente y vuelva a tener por sí mismo vigencia en el presente. Entonces no veo ningún problema en traspasarlo de cualquier modo a lo que estoy escribiendo: como alusión o directamente repitiéndolo; incluso he llegado a cambiar de emplazamiento algún poema que había aparecido anteriormente en otro libro, como si se hubiese adelantado por su cuenta y no ocupase el lugar que debería. Creo que la escritura es un juego de pasadizos entre el autor y otros escritores, y también entre las obras de uno mismo… La literatura es una especie de telar donde todos trabajamos teniendo en cuenta lo ya dicho. No creo en la escritura excluyente.
En tu narrativa hay una combinación o interferencias de registros, tonos y géneros. Pienso, por ejemplo, en Calle Feria, donde lo mismo nos encontramos artículos que ensayos, críticas de cine o recetas de cocina. ¿Eclecticismo estético, renuncia a las fronteras genéricas o un interés por profundizar en todas las posibilidades del lenguaje?
Más bien podría ser la convicción de que no existe eso que podríamos definir como «lenguaje literario». Todos lo son. Creo que era Flaubert quien para inspirarse leía el código civil antes de ponerse a escribir… Pero vuelvo a repetirte lo que ya te dije antes: no hay un propósito definido de hacer eso. Por ejemplo, en El que menos sabe aparecen una serie de poemas bajo el signo del relato, y otros que provienen de la estructura de los diarios. ¿Por qué hacerlo así? Porque se me impuso esa manera de presentarlos al igual que en Calle Feria aparecían críticas de cine o la receta de una pomada casera para curar heridas en la piel que mi abuela Eutimia nos legó. Quizás es otra manera de poner el lenguaje de la literatura al lado de la vida.
Te has referido en alguna ocasión a tu novela Calle Feria como una especie de extravío en tu trayectoria. ¿Puedes explicarlo?
No puedo recordar el sentido de ese juicio. Seguramente quise decir que ni yo mismo esperaba escribir una novela. Lo cierto es que estuve desenredándola de mi memoria durante mucho tiempo, lo menos veinte años; los relatos que la configuran iban apareciendo así, como una summa extraña que iba creciendo y articulándose a su modo como un organismo de apariencia imprevista. Fui muy feliz dejando crecer a esos personajes, atrayéndolos desde mi infancia hasta la novela. Fue para mí como un acto de redención y de agradecimiento. Aquellos comerciantes eran verdaderos personajes tutelares que, sin saberlo, me mostraron la entraña de la vida, aunque fuese una vida tan alicorta que había que hacerla crecer con las palabras de la fabulación
Años de mayor cuantía puede entenderse como una culminación de ese ejercicio de memoria que iniciaste entonces. ¿Un modo de rescatar del olvido los momentos primordiales de una vida?
Algo así, sí. Necesitaba explicar los fundamentos de esa generación a la que pertenezco. O, si eso suena muy pretencioso, al menos los ejes que me constituyen a mí como persona: de dónde vengo, qué se encierra dentro de mí, por qué soy así… Una especie de ejercicio sobre la identidad. Por eso, en el encabezamiento de cada uno de los relatos de ese libro aparece encerrado entre paréntesis un concepto: el miedo, el azar, el ensimismamiento, la compasión… Hay una voluntad de radiografía, de verme a mí mismo por dentro a través de episodios de mi vida que yo considero fundamentales, algo que en cierta medida nutre los poemas de En familia, un libro que puede pertenecer a la misma estirpe de Años de mayor cuantía.
Creo que esta novela tiene su origen en el relato sobre tu padre y donde cuentas la ocasión en que durante la guerra estuvieron a punto de fusilarlo…¿Tenías necesidad de contar esa historia?
Vuelvo sobre lo que te decía antes, esos poemas que se adelantan por su cuenta a las intenciones del autor. En En familia hay un poema, «Mi padre se hace viejo» (que, por cierto, perteneció a un libro anterior pero luego, diez años más tarde, se colocó en ese libro) en que aparece un encargo en la voz de mi padre: «di tú cuanto he vivido, pon palabras / que enciendan otra vez años mojados / ahora por el olvido igual que leña / vana. Habla, pues, por mí […]». Era, sí, una orden, la de contar aquel episodio atroz que al final quedó en una anécdota porque no tuvo consecuencias pero que fue decisivo para que yo estuviera en este mundo. Durante mucho tiempo me obsesionó esa idea de cómo la casualidad quiso que mi padre se librara de aquello y siguiera viviendo.
La suerte…
Sí, eso es. Todos somos frutos del azar, de una conjunción de azares, desde luego; pero el impacto de aquella experiencia de la guerra civil tenía que ver conmigo, con mi existencia. Y luego hubo otra cuestión que me obligó a contar a mi modo aquel episodio de Badajoz, y fue que jamás se quiso hablar de ello en casa por aquel pacto de silencio de esa generación para los asuntos de la memoria de la guerra. Había miedo o tal vez malestar, dolor por recordar. Así que yo empuñé esa misión que mi padre me encomendó en el poema y conté a mi manera cómo pudo ser aquello.
Ahora estás trabajando en una colección de relatos de la calle Feria…
Pues sí. Desde hace algunos años he vuelto a mi calle, ya ves. Y he vuelto a sensaciones parecidas a las que tuve mientras escribía aquella novela. Es como si aquellos hombres y mujeres siguieran aleteando dentro de mí. No puedo evitarlo. El olvido aún no se ha hecho cargo de ellos. Puedo oír perfectamente el tono de su voz o ver en la memoria su cara, sus gestos. El señor Manahém, la señora Paca, el señor Tanis o Piti, el mecánico. Están vivos después de tantos años…
«El esmero en el trabajo es la única convicción moral del escritor». Es una frase de Ezra Pound. La última antología de tus versos que se ha publicado se titula precisamente El esmero. ¿Estás de acuerdo con las palabras de Pound?
Sí, ese juicio de Pound es como una bandera que debe presidir cualquier otra convicción del escritor. El esmero es la más alta versión del respeto. Respeto a las palabras, en el caso del escritor. Escribir con sumo esmero, vivir con esmero también, como si la vida fuese un acto prolongado, una escritura viva que hay que realizar con conciencia, temblor y alegría. ¿Es posible hacer eso? Habrá que seguirlo intentando cada día.
¿Qué clase de escritor es Tomás Sánchez Santiago? ¿Has logrado averiguarlo?
Un aprendiz osado, eso que sigo siendo para las demás cuestiones de la vida.
¿Escribes a mano o a ordenador?
La poesía, a mano. No puedo concebir hacerlo de otro modo. El poeta tiene que tener una relación directa, íntima con las palabras, como el artesano que toca y mira de cerca la materia de su oficio. La escritura manuscrita es una segregación de uno mismo, necesariamente hay en ella otra relación con las palabras y con el pensamiento, que se ponen en funcionamiento de manera bien distinta a cuando escribimos en el ordenador, donde ya se establece una distancia entre la pantalla y el sujeto que está tecleando… Fíjate en lo que está ocurriendo en la enseñanza de algunos países europeos, donde se está volviendo a la caligrafía en detrimento de la escritura digital entre pantallas… Por fin se han dado cuenta de la necesaria vinculación del lenguaje y el cuerpo. Volviendo a lo nuestro, en mi caso voy escribiendo versiones y versiones de cada poema; a veces, pocas y a veces, muchas. Repetir una y otra vez y romper. Esa es la norma. Incluso cuando ya traspaso al ordenador un poema dado por terminado me parece que me estoy alejando de él; lo único que entonces puede restituir el vínculo emocional es la voz. Y lo leo. Para estar de nuevo cerca de mis propias palabras.
¿Los relatos también los escribes a mano?
La prosa sí la escribo a ordenador, a partir de notas y borradores previos. Pero es que esa es otra manera de fluir la lengua, donde la imaginación funciona de modo distinto. Además, en un relato las palabras no pesan lo mismo que en el poema; el lenguaje tiene otro discurrir. Entonces puedo permitirme el tableteo del teclado y la velocidad que exige lo que está ocurriendo en lo narrado. Es como si la acción exigiese otro trato a la hora de hacerla aparecer; los hechos van sucediendo mientras uno los escribe así.
¿Sueles llevar libretas o cuadernines en los que apuntas las ideas?
Sí, claro, como todos los demás enfermos del lenguaje. Libretas, papeles náufragos donde se apuntó algo urgentemente… Y en casa tengo una legión de cuadernos que mis amigos, que me conocen, me van trayendo de cualquier parte del mundo. Cuadernos que no pertenecen al mundo del diseño, más bien de factura modesta; son los que más me gustan, me nutrí de muchos en Portugal hace años, en pequeñas librerías familiares llenas de encanto. Y creo que ya tengo suficientes para un par de reencarnaciones…
¿Alguna vez has pensado en dejar de escribir?
Esa sensación la tenemos todos numerosas veces. No es voluntad de dejar de escribir sino incapacidad. Incluso recelo. Se escribe desde el asombro y cuando este ya no nos asiste, ¿qué podemos hacer? Dar por terminada la faena. Nunca se sabe si será una retirada definitiva o no. Hasta que de repente un día vuelves a encontrarte de lleno en el cauce de un poema, por ejemplo. Las palabras te empiezan a sonar de otra manera, tienen revés, como decía aquel barbero de mi infancia, y te dejas llevar. ¿Adónde? Nunca lo preguntas… Y vuelve entera esa sensación de estar inaugurando la vida con las palabras. Ojalá siga siendo así. Pero en último término habrá que aguantarse con lo que venga.
¿Cómo ves el panorama de la literatura reciente? ¿Cuáles son los autores que más te interesan?
La sigo a duras penas. Llega un momento en la vida en que eso que se denomina la actualidad ya deja de preocupar porque, además, no te la crees, está dictada por quienes eligen lo que debe ser de interés común; y es preferible ir a las relecturas, a las lecturas pendientes, a la escritura de los amigos… Me dejo aconsejar, claro, cuando me hacen saber nuevos nombres propios o títulos de libros. Sin hacer caso a los dictámenes de la prensa, desde luego, que tienen que ver más con el mercado; más bien me fío de esos descubrimientos de primera mano por algún juicio de un amigo, por ejemplo. Y a veces se acierta, sí, y uno recobra el interés por el presente literario. Pero sin obsesionarme por estar á la page…
Dime un libro o un autor que no querrías dejar de leer nunca.
La obra poética de Claudio Rodríguez y La Celestina.
¿Te interesa la crítica de poesía que se hace en España?
No la menosprecio, desde luego. También yo soy crítico en la medida en que a veces atiendo libros que me interesan y publico textos sobre ellos. Pero le doy la justa importancia. En realidad, un escritor se atreve a publicar para tener lectores sin necesidad de que sean escoliarcas—como decía Carlos Barral— enfermos de «interpretosis» [Risas]. Yo lo veo así. La experiencia me dice que son los lectores quienes te acaban de aclarar el verdadero alcance de un libro. Ellos son los mejores críticos.
«Los premios ponen ya bajo sospecha a quien los recibe».
Cuando concluyes o estás en el proceso de escritura de un libro, ¿sueles pasárselo a los amigos para que te den una opinión? Si es así, ¿te sirven de ayuda esos comentarios?
No, no lo hago nunca. Escribir es una operación de riesgo hasta en esos lances inmediatos a la edición. Los atravieso en solitario. Así fracaso yo solito. [Risas]
¿Sigues la vieja máxima de Plinio: «nulla die sine linea»?
Huy, qué va. Siempre digo que un escritor es un contratado a tiempo parcial. Pienso sobre todo en el poeta, que no debe cumplir horarios ni los estigmas de cualquier oficio. Cuando doy por terminado un libro de poemas, tengo por seguro que no sabré volver a escribir; por eso, en ocasiones el último poema o el inicial de un libro es una especie de merodeo en torno a esta cuestión del hecho de escribir, de haber usado así el lenguaje, más allá de lo previsible. Al menos en mi caso, experimento un alboroto temporal que implica periodos en que me siento poseído por lo que estoy haciendo junto a otros periodos totalmente improductivos en que me cuestiono hasta por qué se me ha ocurrido entrar en esta cofradía. En cambio, lo que sí te digo es que leo todos los días, y con la misma pasión y la misma avidez de siempre. Supongo que es una experiencia general esa de descubrir a cualquier edad un mundo o un lenguaje de un autor y entrar en él sin deseo ninguno de abandonarlo. Disfruto más leyendo que escribiendo.
Calle Feria obtuvo el Premio de Novela Ciudad de Salamanca y Años de mayor cuantía el Tigre Juan y el Premio de la Crítica de Castilla y León. Luego llegó el Premio Nacional de la Crítica para El que menos sabe. Ahora, en este 2026, el Premio Castilla y León de las Letras. ¿Cómo llevas esto de los premios?
Con sumo agradecimiento a quienes confiaron en que eso fuese así. Pero a la vez con una especie de distancia, una vez sabido que un premio no ayuda a escribir mejor; al contrario, yo creo que los premios ponen ya bajo sospecha a quien los recibe.
¿Bajo sospecha? ¿Por qué?
Pues porque el acto de escribir un libro de poemas, una novela o una obra de teatro no conlleva en principio la necesidad de alcance ninguno. Se escribe por un interés indefinible que no tiene nada que ver con los reconocimientos. La travesía de un libro es muy nebulosa hasta que llegue indefectiblemente el olvido, como decía Borges en aquel poema. No se sabe quién lee un libro, no se sabe cuánto tiempo estuvo activo en la conciencia de alguien… Es una botella arrojada al mar y a la que se le da la espalda. Y ya. Mejor no saber ya demasiado de esa criatura a la deriva. Además, en todo libro hay una interpelación, un fondo de cuestionamiento, una presión sobre la realidad que revela al escritor como un incomodado, no un complaciente. Y entonces llega la adjudicación de un premio y hay una sensación de pacto, una obligación de ser mínimamente concesivos con quienes han tenido la generosidad de fijarse en ti. Junto a la sorpresa alegre de recibirlos está este otro lado sombrío, inquietante, al que aquí me refiero: ¿de qué me están advirtiendo? Yo lo he vivido así y así te lo cuento.
Te pregunto por los éxitos, pero también quisiera saber sobre los fracasos. ¿Hay algún libro que te haya derrotado, quedándose en el cajón?
Es el reino de lo inacabado, sí, de lo que quedó en mera tentativa. Todo escritor tiene un cajón de abortos. Pienso en poemas, en algún relato, incluso en una novela de medio pelo que me dejó plantado sin avisar. «Hasta aquí has llegado», pareció decirme, y no supe escribir ni una línea más. ¿A quién no le ha ocurrido algo así? ¿Los fracasos y los abandonos no son parte natural de la vida? Y la poesía es la vida. El poeta Ángel Campos Pámpano tituló su poesía reunida así: La vida de otro modo. También en ella ocurren lances que tienen que ver con contradicciones, itinerarios fallidos, equívocos…

Está a punto de salir en la editorial Trea Merodeo, la última entrega de esos libros fronterizos de los que hablábamos antes, y que reúne los textos publicados en la sección de la revista digital El Cuaderno titulada «Los cuadernos pálidos». Es un libro en el que de nuevo vuelven a cobrar relevancia los objetos, lo menudo y lo pequeño. ¿Una memoria de los sentidos y de todo aquello que queda en los márgenes?
Es una selección bastante generosa de esos «cuadernos pálidos», que van saliendo mensualmente desde 2019. La editorial Trea me lo propuso y la profesora Lourdes Zapico se encargó de todo: elegir los textos, organizarlos, emplazarlos en distintas secciones… Como tú dices, es una especie de diario de dimensión azarosa y con una buena dosis de espontaneidad: ir consignando sin una metodología previa aquello que día a día va sorprendiendo a los sentidos, sobre todo la mirada. Sucesos de la vida pública, voces sin dueño con las que me cruzo en la calle y me dejan unas palabras cerca del oído, reflexiones sobre diferentes situaciones personales o comunes…
Un libro híbrido…
Bueno, sí, una mélange, eso que he ido haciendo en obras anteriores de parecido calado. Me gusta esta escritura de jirones donde puede apostarse por una falta de jerarquías que muestra que puede escribirse de todo, sobre todo de lo inadvertido, eso que va quedando cada vez más aplastado y oscurecido por una visión global en que el dominio delo lejano se impone a la cercanía. Como decía Ernesto Sábato, qué mundo es este en que te enteras antes de una inundación en Indonesia que de la rotura de las cañerías del vecino de arriba. [Risas]
«Merodeo es una invitación al detenimiento, a hurgar con los sentidos alerta en la cercanía».
El título, Merodeo, es toda una declaración de intenciones…
Me gusta la palabra. Es de las que se paladean. Y su origen etimológico es interesante: según Corominas, procede de un vocablo antiguo francés asociado al pillaje, a la rapiña. Fue Álvaro Díaz Huici quien lo eligió de entre una batería de títulos que le propuse. Con su proverbial buen ojo, Álvaro no lo dudó, su contundencia bastó para aceptarlo de inmediato.
Esta atención sobre lo pequeño e inadvertido conlleva un ritmo, como el de ir al paso de la vida. Leyéndote, uno siente algo reposado en tus descripciones, una tranquilidad… No es algo que se avenga bien con los ritmos que llevamos.
Es que esas entradas provienen de otra vertiente. Es lo que más arriba te decía: una invitación al detenimiento, a hurgar con los sentidos alerta en la cercanía; y aunque sea con la conciencia en llamas, apostar por buscar el latido de la vida más allá —o más acá—de donde nos ordenan mirar esas manos negras que regulan el mundo con siniestra insistencia.
El libro se estructura en doce capítulos, cada uno con una temática distinta…
A eso debería responderte mi querida amiga Lourdes Zapico, a la que endilgué la tarea con un poco de cara dura por mi parte. Creo que ha hecho un trabajo de excavación y reorganización muy eficaz. Como nunca me releo —otra de las labores dolorosas del escritor es esa—, no recordaba en absoluto lo que había en esos «cuadernos pálidos» desde hace siete años. Ella tuvo la paciencia de hacerse cargo de todo, despojarlo de redundancias y recurrencias innecesarias y darle una coherencia que ha desembocado en lo que es el libro, un verdadero Merodeo.
Voy acabando, Tomás. Nos encontramos en El Olvido, un bar de resonancias cernudianas y en el que hemos pasado muy buenos ratos. ¿Qué relación tienes con los bares?
Hombre, son sedes imprescindibles para cualquier ser social, puntos de reunión con la misma función de las tabernas en los pueblos; los campesinos llegaban al atardecer de trabajar la tierra y se pasaban por allí un momento a saber, a intercambiar noticias… Lamentablemente, los bares son ahora establecimientos ensordecidos por una música que impide hablar sosegadamente y con dos o tres pantallas donde se emiten todo tipo de imágenes de esas afueras de las que se quiere escapar y que nada tienen que ver con la vida real que ocurre allí adentro, en el local. Por esas razones, como tú bien sabes, vengo a El Olvido (además de la tortilla y el jamón cortado a mano). Aquí es posible hablar, escuchar, hacerse cargo de los alrededores inmediatos… Y luego está eso otro, esa especie de signos que te hacen formar parte de una familia, una feligresía. Llegar a un bar y escuchar decirte en el mostrador. «¿Lo de siempre?» es ya una señal de que perteneces a esa curiosa comunidad.

El Olvido está a punto de cerrar… Lo vamos a echar de menos.
Ya lo creo. Estamos en sus últimos estertores, después de casi 40 años de permanecer abierto. Era ya desde hace mucho el bar del barrio. Y Nardi, el dueño, alguien que parecía ser el guardián de este territorio. Nos vamos a sentir todos demasiado huérfanos cuando baje estas trapas definitivamente. Buscaremos otro refugium peccatorum donde no haya música estridente y se pueda charlar en el tono amistoso en que lo estamos haciendo aquí tú y yo. No sé si daremos con alguno…
¿Cómo te gustaría cerrar esta conversación?
¿Te parece que pidamos otra ronda?

Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.
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Una excelente radiografía espiritual que nos enseña y nos conmueve. Y un homenaje, y casi ya elegía, al bar El Olvido, que frecuenté hace ya tanto que lo había olvidado.
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