texto de Tomás Sánchez Santiago
fotografías de Luis Marigómez (serie Prometeo)
En la calle Rúa (¡qué sabrosa tautología!) hay una tienda de especias. Negocio delicado, de aristas muy finas; tarea de escrúpulos, en aquel sentido etimológico de «algo inapreciable». Las conversaciones allí habrán de ser sobre minucias: hebras de azafrán, granas de pimienta, polvo molido de canela, raspaduras de nuez moscada… Magnitudes de lo nimio en las que la irreparable demasía se frota con la insulsez de lo escaso. La mujer que regenta la tienda sabe de la responsabilidad de trajinar entre menudencias y se mueve con soltura inaudita entre la soberanía de las especias: lo picante, lo amargo, lo intenso… Un pellizco más de esto o un poquito menos de lo otro puede arruinar toda una comida. Es la ferocidad de lo invisible. Como en la misma vida.
El perfil jorobado y neblinoso de las montañas del norte. Las veo emerger de la nada mientras va amaneciendo. Están cargadas por aquí y por allá de golpes de nieve («como olvidados guantes del invierno», decía Tomas Tranströmer en aquel poema) que luego reverberará un rato bajo el sol del mediodía; un juego de luces que hará vibrar las formas vivas del frío. ¿Qué más haría falta para pasar en paz la mañana de un lunes?

Cuando los políticos pierden pie ante una decisión que no es defendida por la opinión pública, entonces recurren a esa palabra —pedagogía— para convencer a la población de aceptar la propuesta fallida. Habría que prohibirles usar esta palabra. Pedagogía: conducir a los niños. Eso es lo que ellos buscan: tratar de seducirnos —no de convencernos— como a niños con nuevas añagazas. Nada que ver con la nobleza de la palabra pedagogía, que concierne a los maestros. Debería haber palabras intocables fuera de su sentido original. Pedagogía es una de ellas. Más que nadie, los políticos deberían abstenerse de pronunciarla buscando aprovechamiento a toda costa.
Nadie nos atrevemos a hacerlo saber pero a todos nos ha ocurrido alguna vez: al cruzar ante un espejo miramos y no aparece nada reflejado en el cristal. No nos vemos. Pero no lo decimos por temor a que la razón de nuestra desaparición sea que ya no existimos. Desde entonces, al menos por unos días, notamos por la piel un pacto sumiso con la irrealidad.
Lo monstruoso es no tener defectos.

Poco a poco hemos ido haciendo del mundo un parque temático. Ningún escenario ha escapado a ese deseo. Excursiones programadas a los cementerios en busca de tumbas ilustres, exhibiciones de etnografía postiza con nativos domesticados, contratados para ello a fin de escabullirse por un ratito de la miseria (aún recuerdo con mucha vergüenza a aquellos guerreros marroquíes que tras los simulacros de un combate a caballo buscaban desesperadamente restos de comida lamiendo nuestros platos abandonados). Enseguida vino la facilidad para viajar a cualquier país exótico, por mísero que fuese, con la escrupulosa seguridad que exige el bienestar de los turistas que han pagado por esa experiencia inocua de asomarse de puntillas a las calamidades de los otros. Se paga también por asistir, en nombre de la curiosidad histórica, a lo que pudo ser el horror y la infamia en campos de concentración. Ayer mismo se ha retirado a la fuerza una iniciativa ominosa en el Parador de León: se pretendía celebrar allí el próximo carnaval con disfraces de presos y reclamos jocosos alusivos a la prisión y campo de concentración que fue ese lugar, donde se torturó y se asesinó impunemente durante la guerra civil. Sí, el mundo tiende a ser un decorado universal vinculado al mapa del ocio. Pero el paso que Trump ha dado ahora entra ya en la humillación: convertir el territorio de Gaza en un resort donde gandulear, si se puede pagar un alto precio por ello, es no solo una ofensa y un escarmiento atroz al pueblo palestino, desplazado sin contemplaciones, sino que es también un aviso al mundo, una invitación para mostrar que todo puede convertirse en divertimento. Pasen y vean. O quizás, pasen y no vean. Pasen y olviden.
A veces eliges la opción más humilde. Para presumir.

Hoy me lo han vuelto a recordar. Sí, es verdad: aquel peluquero de mi ciudad (peluquería Payo, cuesta de Balborraz) te preguntaba, una vez sentado sumisamente en el sillón, antes de comenzar la función: «¿Cómo lo quieres: normal o deportivo?».
(poeta Máximo Hernández)
Enmudecer no es ejercicio de privación. Más bien se trata de una decisión lustral. No manchar el mundo con palabras, no atosigarlo aún más. Última misión del verdadero poeta.
Bajo el cielo de un color de pan viejo, la helada y sus brillos absolutos. Fulgor imparable, desmigado como caspa menuda por toda La Candamia. Los perros del sábado hozan entre las hierbas crujientes con sus hocicos empedernidos, tan ajenos al frío. Debería salir yo también ahí ahora, tasar el aire, sentir sus clavos en los dedos, jugar con la frágil caligrafía del aliento. No, no lo haré. Seguiré cuidando de todo con la mirada, convirtiéndolo desde aquí en palabras parpadeantes. A ver qué me sale.
«La discreta grandeza de Europa». Así se titula un reciente artículo esclarecedor de Héctor Abad Faciolince. Plantea eso: la reivindicación del espíritu de una Europa secular donde se fue cimentando una manera de ser, de comprender el mundo e integrarse en él con fundamentos como la compasión, la transigencia, la alegría interior ante la belleza, la profundidad del pensamiento, la espera, la tolerancia… Es la Europa de Sófocles y Homero, de Dante, de Montaigne, de Leonardo, de Teresa de Jesús, de Shakespeare y Cervantes, de Leibniz, de Mozart y Beethoven, de Balzac, de Schiller, de Dickens, de Wittgenstein, de Bertrand Russell, de Simone Weil, de María Zambrano, de tantos otros y otras… Hay que nombrarlos; hay que conocerlos para no dejar que la inercia ominosa del neoliberalismo y la visión del imperialismo mercantil terminen por desprestigiar, por anular nuestro espíritu europeo. Como en el poema de Cavafis, ya estamos esperando a los bárbaros. Pero entonces, ¿a qué esperan nuestros gobernantes para que en la enseñanza de cada país haya una asignatura fundamental llamada así: Historia de Europa? ¿Es que nuestros niños, nuestros adolescentes y jóvenes van a sentirse íntimamente europeos si no se les explica con rigor y detenimiento de dónde vienen, quiénes son esos hombres y mujeres que han modelado un espíritu colectivo, más allá del estreñimiento de los nacionalismos, del que nos debemos sentir orgullosos? Y como no despertemos enseguida y pongamos de manifiesto ante las generaciones que llegan este legado inigualable que aún palpita, quienes ya han entrado a imponer el colonialismo feroz al que estamos asistiendo conseguirán que Europa —«la vieja Europa», como se dice con solapado menosprecio— termine por ser una entelequia nebulosa de dudosa entidad real. La pereza y la sumisión administrativa están haciendo también de la enseñanza un aliado imprevisto para favorecer la ignorancia y el olvido. Pagaremos por ello. ¿Estaremos aún a tiempo de remediarlo?

Nocturna travesía por la soledad de Tierra de Campos. Un viaje maravilloso. Silencio. La luna llena suelta una luz transfigurada que pone belleza e inquietud en todo. Las siluetas espectrales de los árboles y el horizonte bañado por tanta claridad indecisa, como la carne trémula de algunos sueños, hacen del trayecto una experiencia a la orilla de la irrealidad. En el coche, como un animal apacible, solo el ronroneo suave del motor. Silencio. Quien conduce empieza a hablar con cuidado, con temor a rasgar algo con la pedrada de las palabras. Sin mirar, dice de repente: «He perdido todas las batallas». Silencio otra vez. Y un poco después: «Creo que ya no me importaría irme». El olor de las confidencias empieza a invadirlo todo con la facilidad de un gas imparable. Prosigue el viaje. Silencio. Silencio.
El hombre, ya en los umbrales de la ancianidad, entra en la frutería y da un «buenos días» general. Sin más, se dirige a la dependienta y le desliza en la mano dos, tres caramelos que ella se apresura a guardar con ademanes casi furtivos. El hombre dice un adiós al aire y se va. No hubo más. Solo fue eso. Pero bastó para volver a creer en el flujo cordial que aún sustituye los códigos ortopédicos de las relaciones humanas.
Hay días que amanecen ya arrodillados.
Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957). En 2019 apareció su poesía reunida bajo el título Este otro orden. Posteriormente ha publicado La belleza de lo pequeño, El que menos sabe y en 2025 la antología El esmero. Es autor de dos narraciones: Calle Feria y Años de mayor cuantía. Sus diarios se compilaron en el volumen El murmullo del mundo (2019).
Luis Marigómez (Nava de la Asunción, Segovia, 1957) ha publicado algunos volúmenes, entre otros, la novela Sinfín (2016);su último poemario es Vislumbres (2023) y su último libro de relatos, Vaivén (2024). Ha escrito en las páginas culturales de varios medios, sobre todo en El Norte de Castilla. Tradujo el poemario de Margaret Atwood Luna nueva y cofundó la revista El signo del gorrión. También hace fotos, que ha expuesto a veces con sus poemas.
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