Estudios literarios

La enseñanza de la literatura

Un artículo de Antonio Gracia sobre la mejor manera de educar en la lectura, basado en su propia experiencia.

La enseñanza de la literatura

/por Antonio Gracia/

Propósito

Todo alumno será mañana un ciudadano. Y como tal, debe estar preparado, tarea que en buena medida concierne al profesor. Es este el que debe enseñar que el mejor equipaje para la existencia es el del conocimiento, algo que espera pacientemente en los libros. Los buenos libros —eso es lo que debe enseñar el profesor— son aquellos en los que siempre ganamos algo, aquellos en los que descansamos mientras aprendemos. Y que estos, para muchos hombres y mujeres que antes fueron alumnos, constituyen uno de los grandes placeres de sus vidas. Quizá porque el libro nos dice lo que nadie sabe decirnos, y cuando nosotros decidimos escucharlo, o porque con él estamos tan sabiamente solos como prudentemente acompañados. Por eso los libros son los seres humanos que más amigos tienen. El libro es la única ciudad a la que nadie puede impedirnos entrar y gozar de su hospitalidad.

Sin embargo, resulta sorprendente constatar cómo la inmensa mayoría del público lector se adentra en libros de escasa identidad y lee historias de poca enjundia. Pocos de entre el gran público —nacido de las aulas— saben que la Metamorfosis de Ovidio narra las más hermosas e imaginativas historias de ciencia-ficción —y que conocerlas supone poseer las claves de cuantos mitos importantes sustentan la cultura occidental— o que el Decamerón de Bocaccio y el Heptamerón de Margarita de Navarra contienen el erotismo más sugerente y atractivo, sin caer en la disentería pornográfica; o que la Madame Bovary de Flaubert es la novela rosa mejor escrita de la historia; o que Crimen y castigo de Dostoyevski es la más sabia novela policiaca; que Enma Zunz de Borges es, entre otras cosas, el más noble ejemplo de crimen perfecto; que Poe ha escrito las más deslumbrantes narraciones extraordinarias; que la novela 1984 de Orwell hace comprender mejor que nadie —y con mayor pavor— la política, etcétera.

¿Quién no se apasionará con el tema de la eterna juventud leyendo el Dorian Gray de Oscar Wilde? ¿Quién no quedará preso entre los celajes de los celos de El túnel de Sábato? ¿Quién no conocerá mejor al ser humano al adentrarse en La sala número seis de Chéjov? Y si el lector se interesa por la sociología no vaya a manuales, donde se entretendrá demasiado y saldrá tal vez desnudo de sapiencia, sino a Balzac o Dickens; y si de sicología, acuda sin dudarlo a Dostoyevski; y si quisiere saber de todo un poco éntrese en el Quijote aunque le parezca que su mundo nada tiene que ver con nuestro tiempo. ¿No muestra con claridad Fahrenheit 451, de Bradbury, los peligros de la desaparición del libro y, por ello, de la cultura, mientras nos envuelve en su trama? ¿Acaso no hay, como las citadas, otras muchas obras que, una vez leídas, conducen hasta otras similares y convierten al ciudadano en un conocedor del mundo interior, sin el cual no es posible desenvolverse bien en el de su cotidianidad, que es la sociedad actual?

Una consideración sobre el origen

En el principio, el hombre era un ser desorientado. Todo le sorprendía y asustaba en aquel universo de tinieblas. El automatismo de su conducta empezó a ser observación reflexiva y surgió el pensamiento, el encadenamiento de las causas a sus consecuencias.

El arca de la experiencia se enriqueció y no bastó la tradición oral: brotó la escritura para que el presente, como un sabio testigo, fuese un pasado aleccionador del futuro. Nació el libro como resultado de la cristalización del pensamiento, como legado de los empirismos para aprender a no tropezar dos veces en la misma piedra y para que la experiencia, asegurada por generaciones, fuese el primer peldaño de la torre de la sabiduría. Lo que el hombre había resuelto durante milenios de observación y reflexión podía conocerlo un solo hombre, cualquier hombre, leyendo su pretérito. Quien leía engranaba en cada instante de su mente siglos de filosofías, multitud de maneras de vivir.

En aquella aurora de su inteligencia, el hombre sintió la inmensa soledad ante los firmamentos de la vida y la muerte. Pero escribiendo hablaba consigo mismo y para los demás, y leyendo escuchaba a los mejores conversadores que pudieran hallarse. Se decía y oía cuantos problemas y sus soluciones se habían dado hasta entonces. La incomprensión y la indefensión se exorcizaban con la escritura y en la lectura. Así, escribir y leer se constituyen en el mayor acto de solidaridad y consuelo frente al inmenso abismo de la noche interior. De modo que la soledad no existe mientras exista el libro. Porque los libros son las personas más sabias —y las únicas vivas perdurablemente— de cualquier civilización; así que: ¿cómo negarse a hablar con ellos? Séneca anotó: «Mis conversaciones más frecuentes son con los libros». Quevedo lo ilustró con estos versos: «Retirado en la paz de estos desiertos,/ con pocos, pero doctos libros juntos,/ vivo en conversación con los difuntos/ y escucho con mis ojos a los muertos». Y Descartes lo prosificó así: «La lectura es una conversación con los hombres más Ilustres de los siglos pasados». Incluso Maquiavelo afirma: «Al hablar con los libros no temo la pobreza, no me altera la muerte».

De lo anterior se deduce que el pensamiento es la causa que ennoblece la existencia; y, puesto que la sabiduría se deposita en los libros, quien no lee desprecia a sus antecesores y no aprende a pensar idóneamente, con lo cual se equivoca o acierta menos en su vida.

Dice lderlin que «sólo es feliz quien halla un destino a su medida. Afirma Angrac Ianto que los libros son heraldos del porvenir y estrategas del mañana». De modo que solamente leyendo aprendemos a trazar ese destino. Enseñemos el amor por la lectura y cambiaremos el mundo: porque el libro es la palanca de Arquímedes del progreso. En los libros está la vida. Y por ello, quien no lee es un suicida. ¿Dónde sino en los libros se guarda la memoria de la paz y la guerra, de las virtudes y de los defectos, del positivismo y de los fatalismos? Platón dijo de la escritura que era «el fármaco de la memoria». Tal vez por eso Borges afirmó: «Otros se enorgullecen de lo que han escrito; yo, de lo que he leído». El gran lector que fue Alonso Quijano el Bueno afirma: «Yo sé quién soy y sé que puedo ser todos».

Todos somos hijos de los libros. Sin ellos no existiríamos. Por ellos el cerebro es la mayor biblioteca del universo.

Tras la búsqueda de un método pragmático

1.- Solo nos interesa aquello en lo que nos reconocemos

Cada día se hace más evidente que los estudios tecnicistas y exclusivistas no conducen más que a recuerdos aislados, fechas, nombres, inscripciones memorísticas que parecen epitafios: algo que, lejos de atraer al alumno, lo ahuyenta porque siente que está tratando con un cementerio de vivos del pasado. Pero la enseñanza de la literatura debe presentarse —en mi opinión— como algo cuya esencia y semilla radica en nuestras vidas: si el alumno escribe un texto confesional o subjetivo en el que muestra sus preocupaciones, y luego intenta mejorar ese texto (individual y colectivamente: buscando sinónimos, sintetizando, pulimentando su discurso…), tendrá dos textos propios, el originado espontáneamente y el escrito con voluntad de perfeccionamiento del anterior. Llegará así al hecho compulsivo —instado por el profesor— de escribir lo que ha sentido y al reflexivo del enriquecimiento de lo escrito para clarificar y dignificar la escritura de sus experiencias: espontaneidad y voluntad, cotidianeidad y embellecimiento de la lengua, impulso expresivo y diafanidad expositiva.

2.- La literatura es perfeccionar lo que sentimos y decimos

Así es como pasa del habla a la literatura: si el alumno tiene unos intereses que se le han hecho más evidentes al escribirlos (por lo que se conoce mejor) y que él, o alguno de sus compañeros, seguirá confesionalmente escribiendo y perfeccionando, es el momento oportuno de mostrarle que a lo largo de la historia ha habido muchos hombres que también escribieron (o pintaron, compusieron…) y confirieron una voluntad de perfeccionamiento a sus escritos. Es decir: que dentro del hombre hay un ansia por confesar lo que siente y lo que piensa, lo que vive física y mentalmente, sus deseos y fracasos, sus frustraciones, sus paraísos y sus infiernos, sublimándolos o exorcizándolos: el arte. Y el hecho de que exista el arte no es más que la demostración de que esa necesidad de expresarse es una constante histórica en el espíritu de los hombres.

3.- Un autor fue también un alumno que continuó escribiendo durante toda su vida

Tal expresión del mundo interior y exterior puede manifestarse a través de los diferentes lenguajes artísticos. Y en el lenguaje de la lengua hay hombres que lo hacen contando o inventando su vida o la de los demás: cantan la épica de la realidad o de los sueños: he aquí Ulises, Eneas, Mio Cid, la novela, el cuento… También hay quienes lo hacen confesando subjetivamente, más del lado de las emociones: dictan la lírica de su espíritu: Dante, Petrarca, Quevedo, Garcilaso, Bécquer… Y hay quien prefiere subir a un escenario lo que su mente bebe de su vida y ponerlo en boca y gestos de otras personas que son sus personajes: transforman en diálogo teatral sus cosmovisiones: Eurípides, Shakespeare, Lope, Valle-Inclán

4.- Cuando interesa un tema, se indaga en su cronología

Y sería bueno que en lugar de estudiar los textos de tantos hombres que han escrito para dejar constancia de su vida, de sus aciertos, de sus errores, de las verdades del espíritu que han descubierto o de las mentiras del cuerpo que han desentrañado, sería conveniente, digo, que sus obras fuesen observadas no de una forma simplemente cronológica, sino a través de temas que el alumno siente como propios: porque lo que se parece a lo nuestro parece —es— nuestro y, por ello, de interés: trazar la bisectriz semántica y recorrer la historia como un lector viajero en unas singladuras cuyo periplo insiste en los hitos artísticos. Una visión diacrónica que estudia lo sincrónico.

5.- De lo trivial a lo universal y metafísico

De modo que el alumno expresa, por ejemplo, cuanto hizo desde que sonó el despertador hasta que llegó al aula: ocurren muchas cosas que se enhebran: sentimientos, pensamientos, aerolitos mentales surgidos como un trueno: «mecachis este ruido mi madre que me llama hhuunmm examen mi aaamiga el agua con lo fría qué buena que está no me acuerdo de nada la escalera qué estrecha esta noche la peli esa moto me pilla eh tío el profe pa qué quiero estudiar allí viene con lo buena que si me vuelvo y no voy?».

Bien: en ese trayecto multitudinario, la cabeza es como una nave espacial que atraviesa franjas de la realidad y la memoria, deseos y fracasos, de modo incontrolado, involuntariamente. En ese monólogo interior tenemos el esquema del viaje: cosas, personas, sensaciones, microestructuras narrativas. Ya estamos en la épica: eso, elevado y categorizado, es el viaje a lo largo de la historia, el viaje que hizo Ulises, el viaje que hizo Don Quijote, el viaje como sátira (Gulliver) o como demostración de que la cultura puede apropiarse de la naturaleza (Robinsón Crusoe). Sin duda es mucho más atractivo así: descubrir a través del viaje personal (el de Robinsón también fue una excursión como la que ha podido contar el alumno), las diferentes formas, fórmulas, estructuras que puede adoptar; los viajes físicos o síquicos, las aventuras, los personajes; todo cuanto le ocurre al alumno, todo lo que conforma su vida, ya estaba en esos libros porque sus autores son seres como él, y cuanto le ocurra puede estar —si ese fuera su caso— un día en otro libro. El fin de semana ha sido un trayecto como el de Simbad, el de los Argonautas o el de Gordom Pym: va a visitar a su amiga como Cándido a Cunegunda, ambos se buscan como Persiles y Segismunda, tiene un tropiezo con un camorrista como Ulises con Polifemo, desea a su compañera de clase como Don Juan a Doña Inés o Molly Bloom a Dédalus… Y para comprender mejor esos personajes, ambientes, aventuras, estructuras, etcétera, ahí están la linguística (ma non troppo), la sociología, la historia, la filosofía, la sicología (las otras asignaturas que no deben ser otras, sino ingredientes de un mismo saber) y las traducciones musicales (Don Quijote de Telemann, Variaciones sobre un tema caballeresco de Strauss, El retablo de Maese Pedro de Falla…) y cinematográficas (Don Quijote de Kocinkev o El séptimo sello de Bergman, en los que el viaje y sus elementos son tan evidentes).

6.- La práctica es la mejor teoría. Sobre la épica

Es el momento de invitar al alumno a que escriba un texto confesional narrativo. Y que lo traduzca al diálogo. O que escriba dialogadamente sobre un tema tan vivo para él —¿para quién no?— como es el amor y el sexo, vividos o deseados, experimentados mental o físicamente, con la carne o con Platón, y abrir un coloquio sobre ello y mostrar que ese tema que tanto le preocupa ha preocupado, como a él, a todos los hombres y mujeres porque es el motor que mueve el mundo. Y observar que esos viajeros estudiados anteriormente viajaron —vivieron— hacia el amor: hacia una mujer llamada pasado (porque la vida es un viaje En busca del tiempo perdido) y apellidada Penélope; hacia una utopia denominada Dulcinea (porque la vida es sueño); hacia una sátira social (por amor a la misma y como fracaso de la utopía) llamada Liliput. Y por eso (porque la mayor parte de la sustancia de la vida es amor y sensualidad) es por lo que en la literatura predomina lo amoroso.

Marcel Proust (1871-1922)

8.- Sobre el teatro

Y pasar entonces a otra forma literaria y estudiar (observarse y aprenderse a sí mismo) el amor en la literatura a través de textos teatrales, el género dramático a través del diálogo amoroso: Calixto y Melibea, Romeo y Julieta, Don Juan y doña Inés…; igualmente acompañando esas lecturas de comentarios y audiciones del Tristán e Isolda wagneriano, el Don Juan de Strauss, el Romeo y Julieta de Prokófiev o Chaikovski…; y utilizando los filmes de Zefirelli, Olivier o Welles, asumiendo la interdisciplinariedad como parte del aprendizaje y de la vida, porque en ella todos los caminos son inextricables y se comunican entre sí.

Y puesto que (Dante:) «el amor mueve el mundo», y es un diálogo, veamos cómo se comunican las personas: dialogan porque se aman (y Romeo y Julieta lo demuestran), o porque hay amores que matan (y Otelo lo atestigua) o porque se ama demasiado el poder (y Macbeth lo confirma), o porque la falta de amor nos ha dejado solos (y Hamlet lo ejemplifica), o porque el dinero es nuestro único amor y nos misantropiza (y Schilock es su engendro), o porque se ama la propia identidad (y Nora, la rebelde)… Verdaderamente: el amor, en su diversidad, es la unidad del ser humano. Ejemplos hay en todas las literaturas: hay que mostrar que los temas han sido tratados por diferentes autores en distintos registros, formas, géneros (tan distintos que las fronteras entre ellos cada vez son más imprecisas) y que los géneros no son más que la consecuencia expresiva (en cada uno de los tres géneros clásicos hay lírica, dramática y épica: el nombre se lo otorga aquel rasgo que predomina) y nomenclaturizada de esos deseos y formas de vida convertidos en temas, no al revés: Fausto, Werther, Calixto, Max Estrella…

9.- Sobre la lírica

Ya estamos en el terreno del sentimiento absoluto: la lírica. El sentimiento provoca la concentración de un autor (un hombre, una mujer) en su propio espíritu, en su propia mismidad, y le lleva a desertar, si es preciso, de la sociedad opresora para aislarse y plasmar sus emociones sin contarlas, narrarlas, objetivarlas, encadenarlas con personajes o mediante aventuras, sino desnudamente: tenemos la poesía lírica. Y también la subjetividad se centra aquí en lo amoroso, como el viajero había ido a buscar el amor (disfrazado de mujer, utopía o sátira) o el escenario ha enfrentado sus diferentes perspectivas. Un poema es un monólogo interior que se traduce en palabra elocuente, o que se exterioriza en forma de diálogo teatral, o se extrovierte en multiplicidades novelísticas. De modo que los tres clásicos géneros son vasos comunicantes (porque cada uno contiene a los otros) e interdependientes de esa confesión y ansia de comunicación perfeccionista que es la literatura. Y Garcilaso, Lope, Góngora, Bécquer, Salinas, Neruda… Y ahí está Van Gogh para ver ese ensimismamiento.

Se ha recorrido así, como una aguja con la que hilvanar culturas, la experiencia de un hombre llamado humanidad.

10.- Evaluación

Qué mejor forma de conocer el resultado de la siembra que hacer que los propios sembradores recojan la cosecha: un coloquio sobre todo lo expuesto a lo largo de semanas. Una síntesis individual y por escrito recapitulando y sentando las bases de los contenidos, lo aprendido, lo concebido como semilla para una nueva siembra y un nuevo aprendizaje. Ya se puede leer cualquier texto, fragmentariamente o en su integridad, en el que aplicar lo ya conocido y desde el que saltar a un nuevo conocimiento: la mente ha aprendido a clasificar y archivar sus estructuras, sus elementos, el apellido de su género, su temática múltiple…: el alumno se ha convertido en profesor de sí mismo.

En cada una de las obras leídas encuentra a un hombre como él que vivió e intentó transmitir lo que aprendió (en la escuela de la vida) como certeza o como error durante esa vida; y ese es el legado de la humanidad, porque al fin y al cabo la literatura no es más que el habla superior del lenguaje, el manuscrito en el que cada uno ha ido escribiendo e imprimiendo su enseñanza-aprendizaje, la autoeducacion que ha aprendido en esa otra aula inmensa y definitiva llamada existencia, donde no existen septiembres ni recuperaciones; y por eso hay que aprovechar la del instituto, la del colegio o la de la Universidad: para no suspender por ignorancia en esa asignatura hermosa e implacable en la que solo la experiencia nos lleva hacia el sobresaliente.


Antonio Gracia es autor de La estatura del ansia (1975), Palimpsesto (1980), Los ojos de la metáfora (1987), Hacia la luz (1998), Libro de los anhelos (1999), Reconstrucción de un diario (2001), La epopeya interior (2002), El himno en la elegía (2002), Por una elevada senda (2004), Devastaciones, sueños (2005), La urdimbre luminosa (2007). Su obra está recogida selectivamente en las recopilaciones Fragmentos de identidad (Poesía 1968-1983), de 1993, y Fragmentos de inmensidad (Poesía 1998-2004), de 2009. Entre otros, ha obtenido el Premio Fernando Rielo, el José Hierro y el Premio de la Crítica de la Comunidad Valenciana. Sus últimos títulos poéticos son Hijos de HomeroLa condición mortal y Siete poemas y dos poemáticas, de 2010. En 2011 aparecieron las antologías El mausoleo y los pájaros y Devastaciones, sueños. En 2012, La muerte universal y Bajo el signo de eros. Además, el reciente Cántico erótico. Otros títulos ensayísticos son Pascual Pla y Beltrán: vida y obraEnsayos literariosApuntes sobre el amorMiguel Hernández: del amor cortés a la mística del erotismo La construcción del poema. Mantiene el blog Mientras mi vida fluye hacia la muerte y dispone de un portal en Cervantes Virtual.

0 comments on “La enseñanza de la literatura

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: