Giulino di Mezzegra

Una idea de España

Pablo Batalla Cueto aspira a una España que cande con siete llaves los sepulcros de Unamuno y Ortega; que deje de interrogarse angustiadamente acerca de su ser y simplemente sea; y sea y siga siendo con todas sus incoherencias y faltas de sentido, y entienda que las cosas no tienen por qué ser muy coherentes o tener mucho sentido para ser sólidas o ser válidas.

Una idea de España

/por Pablo Batalla Cueto/

Creo recordar que fue en el Albaicín. Atardecía ya y, después de merendar unos dulces y un té moruno en una confitería árabe, nos habíamos allegado, serpenteando por entre los blancos cármenes de la Granada vieja, al mirador de San Cristóbal, el que ofrece las mejores vistas de la Alhambra. Ésta, erguida como una emperatriz oriental en su trono del monte de la Sabika, brillaba para nosotros en toda su esplendencia etimológica. A la roja —que eso es exactamente lo que significa su nombre—, el sol del meridión le extraía a aquella hora, sin ninguna dificultad, todo el fulgor rojizo de sus sillares de arenisca cuarcítica. El día había sido espléndido, radiante, y lo habíamos aprovechado muy bien. Cansados pero felices de una felicidad morosa y serena, contemplábamos ahora, como Rafael Alberti en sus ensoñaciones nostálgicas de exiliado, los viejos adarves, arrullados por una tonadilla triste de guitarra que alguien tocaba y un lamento gitano que alguien emitía en alguna parte, y asaltados por una certidumbre doble: la de que Washington Irving tenía razón cuando decía que quien no ha visto la Alhambra no ha vivido y la de que nos hallábamos lejos, muy lejos de casa; en un cosmos cultural que apenas si era el nuestro ni se le parecía. Sin embargo, sí, fue entonces cuando aquel sentimiento contradictorio me asaltó por primera vez.

La Alhambra al atardecer.

No lo había hecho todavía a lo largo de aquel año que me había llevado por casualidad, mitad por placer, mitad por trabajo, a casi todos los rincones de mi país, que hasta entonces no podía decir que conociera bien. Había visitado por primera vez Cáceres y Santander; Córdoba y Zaragoza; Mérida y Cádiz; Vitoria, Huesca y Orense; Barbastro, San Millán de la Cogolla, Trujillo y Tuy. Había regresado a Salamanca seis años después y había visitado un par de veces a un amigo en Logroño y otra a otro en Ferrol. Había entrevistado a Joaquín Díaz en su casona de Urueña, a Patxi Zabaleta en su despacho de Pamplona y a Agustín Vidaller en su guarida rural de la comarca del Cinca Medio. Había visitado el solar genealógico navarro de mi mujer —una aldea vascoparlante del valle de Larraun—, comido unas espléndidas ostras en un restaurante de postín de Lérida y una no menos suculenta botifarra amb mongetes en una tasca castiza del Poble Sec barcelonés. Y también había estado un par de veces en Madrid y, claro está, había vivido mi cotidianidad mitad asturiana y mitad leonesa, desenvuelta en Gijón, Oviedo, Villaviciosa, Astorga y la comarca de La Cepeda. Pero fue sólo allí en Granada y aquella tarde cuando me advino la epifanía patriótica, si es que tal rimbombancia vale para nombrar una súbita convicción de que aquello que era distinto y distante de mi terruño natal tenía todo el sentido del mundo que no fuera extranjero.

No es ésa una convicción que yo haya tenido siempre. Llegué a tener, de hecho, exactamente la contraria. Mi primera conciencia política —rudimentaria y adolescente, pero ya conciencia política al fin y al cabo— fue nacionalista asturiana. Recuerdo que en el Mundial de Japón y Corea de 2002, quince años tenía, iba con Irlanda; y procuraba exteriorizarlo aspaventosamente. Luego caminé por otros derroteros políticos; me hice bolchevique; me afilié a la Juventud Comunista; pero algo me siguió quedando, de todas formas, de aquellas primigenias querencias secesionistas. En la Juve, Fran, nuestro secretario general, me llamaba risueñamente titista-bujarinista, porque me atraían los socialismos federales del tipo del yugoslavo, que allí no cotizaban precisamente al alza, como no lo hacía ninguna efusión identitaria que no fuera de clase. Y una vez quemé una bandera rojigualda; ayudé a quemarla en un concierto. Decía «el Estado» y no «España».

No quiero irme por las ramas: el caso es que yo, español, no he solido sentirme mucho. Y no es que aquella tarde en el Albaicín transitara de golpe de la antiespañolidad a la españolidad entusiasta: ni estaba ya tan lejos (ya decía «España») ni en el otro confín creo hallarme ahora. No es de una conversión damascena de lo que hablo; de una de esas caídas del caballo que lo cambian todo para que no cambie nada en realidad. Los antiespañolistas no dejan de ser españolistas inversos que creen en una España different, especial, anómala en el concierto del mundo; líder por arriba o por la cola en la clasificación de la dignidad, pero líder al fin y al cabo. Y no es por ahí que van mis tiros. El sentimiento en cuestión no pace en el campo semántico del orgullo. No es una emoción intensa, ni ardorosa, ni irresistible; no impulsa a pegar tiros ni pegar voces; no es pariente del arrobo ni la pasión; y sí hay en cambio en ella una medida de certidumbre de que una conciencia identitaria no tiene por qué ser nada de esto.

La posible convivencia de lo dispar

Dos centurias después de Fichte y de Mazzini, todavía solemos entender y conjugar los sentimientos nacionales con la gramática y el vocabulario del amor juvenil, o al menos del romántico. Se ama a las naciones; se está o se dice estar dispuesto a morir por ellas; se exige que ese amor sea el combustible y el horizonte de toda la existencia del amante: dulce et decorum debe ser pro patria mori. Y ese amor dispuesto al homicidio se articula como una indigestión de colores chillones y músicas dramáticas o trágicas; como una perenne solemnidad eclesial, presta a redactar hagiografías y demonografías y a creérselas; como un irresoluble irredentismo. Pero debiera ser posible una identidad nacional distinta, que hable sin embargo el lenguaje del amor maduro; que bombee las sístoles y diástoles despaciosas de una convivencia antigua y asentada, desprendida ya de urgencias hormonales: un amor calmoso de paseos del brazo y tardes viendo series en el sofá.

Fue una España así la que se me antojó posible en el Albaicín: una España sin estridencias de orgullo ni de vergüenza, y un punto herética. Sería esa España, verbigracia, una España a la que se la soplaran —y discúlpeseme la vulgaridad, pero el mot juste es exactamente ése— las victorias deportivas de sus tenistas y motoristas y futbolistas; que no necesitara esos laureles exteriores para sentirse plena, y en cambio consagrara sus efusiones de euforia a triunfos interiores como la botifarra amb mongetes, alcanzados en una competición virtuosa sin ganadores ni perdedores, porque Rafa Nadal necesita que otros pierdan para vencer, pero un buen plato de botifarra amb mongetes no arruina los méritos de uno de alubias blancas con chorizo de Álava. Sería esa España, también, una España que cande con siete llaves los sepulcros de Unamuno y Ortega; que deje de interrogarse angustiadamente acerca de su ser y simplemente sea; y sea y siga siendo con todas sus incoherencias y faltas de sentido, y entienda que las cosas no tienen por qué ser muy coherentes o tener mucho sentido para ser sólidas o ser válidas.

Botifarra amb mongetes.

Marcelino Menéndez Pelayo decía —lo escribió en un pasaje celebérrimo de su Historia de los heterodoxos españoles— que España no tenía otra grandeza ni otra unidad que haber sido «evangelizadora de la mitad del orbe, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de san Ignacio», y que el día en que esa unidad en la fe acabara de perderse, como ya iba camino de hacerlo, España volvería «al cantonalismo de los arévacos y de los vetones o de los reyes de taifas». Más de un siglo después, España, felizmente muy mermado salvo alguna cosa el aliento de la fe católica, sigue sin embargo unida, haciendo buena la (apócrifa) cita de Bismarck según la cual es la nación más sólida del mundo, porque lleva siglos luchando contra sí misma y nunca se ha derrotado. Y tal vez el motivo sea que Menéndez Pelayo tenía, pese a todo, razón a medias. Hay una factible unidad española en la fe, pero esa fe no tiene por qué ser religiosa: puede ser simplemente la fe en la cohabitación posible de lo dispar, y una fe más fiel en realidad —valga la redundancia— a la etimología latina de la palabra. Fides significaba «lealtad», y leales, lo somos al diferente y no al parigual. No somos leales a nuestra familia; no existe de hecho, creo, palabra castellana que designe el apego instintivo y automático a los de nuestra sangre, que va de suyo. Se es leal sobre todo hacia los amigos, y se es leal hacia ellos pudiéndose no serlo y aun cuando una razón fría y estrictamente pragmática pudiera impulsar a no serlo. Chesterton decía que, difícil como era definir la lealtad, «nos acercaremos a ella si la llamamos el sentimiento que nos guía en presencia de una obligación no definida».

A las naciones, también las han caracterizado siempre sus cantores echando mano de metáforas de consanguinidad. La patria es la Madre Patria y nosotros somos sus hijos: «alzad los brazos hijos del pueblo español», «allons enfants de la patrie», etcétera. Y madre no hay más que una; no se elige la madre que se tiene. Se es su hijo y se será por siempre, se quiera o no, y sea la madre mater dolorosa o matrona castigadora. El giro metafórico que puede hacer posible una patria imposible como la española pasa por abandonar esas figuras paternofiliales. Es posible abandonarlas y adoptar otras. La patria puede ser no una madre sino un grupo de amigos. El grupo de amigos sí se elige y sí es contingente: es el que es, pero podría ser otro, más grande o más pequeño o formado por otros miembros, y lo mantienen en funcionamiento sucesivos plebiscitos cotidianos; la voluntad de sus integrantes, renovada constantemente aunque no necesariamente explicitada, de seguir sosteniendo un pacto convivencial que podría romperse, y que exige dedicación. Por otro lado, el grupo de amigos es el que es y podría ser otro: pero es el que es. Y aunque se elige, quizás no se elija tanto. No hay un momento concreto y delimitable en el que decidimos ser amigos de nuestros amigos: nos va arrimando a ellos una trabazón involuntaria y progresiva de adhesiones barriales, colegiales, hosteleras, etcétera, que una vez urdida sólo es desurdible al precio de dramáticos desgarros.

España podría ser una patria amical entendida en esos términos; una trama de respetos horizontales en lugar de verticales que aglutine a sus ciudadanos y pueblos no en la veneración a un ente superior y metafísico, ni a una causa, ni a un ideal, ni a una misión, sino en la estima recíproca entre ellos mismos tal y como son. «No hace el plan a la vida, sino que ésta se lo traza a sí misma, viviendo», decía Unamuno (a quien hay que enterrar, pero no del todo).

Españolismo débil

A Gianni Vattimo, uno de los grandes filósofos de la posmodernidad, lo hizo famoso su pensiero debole, «pensamiento débil». Habla Vattimo de la necesidad de acabar con las mitologías de lo fuerte y nuestra «tendencia innata a pensar que lo natural y deseable es la imposición de un poder central y la reducción de las disonancias con una autoridad única»; de no afirmar una gran verdad de forma positiva ni una legitimidad omnicomprensiva, sino emanciparnos de la misma idea de dogma. Y explica que ese pensamiento débil no debe ser resignado, ni indiferente, ni resentido, ni nostálgico, ni trágico, ni obsesionado por el derrumbe de lo absoluto y por el pathos del no-sentido. Tampoco debe ser —cito de un diccionario web de filosofía— «un nihilismo fuerte, tendido a edificar un nuevo absolutismo sobre los escombros de la metafísica, es decir, un nihilismo que sustituye la voluntad del hombre por la voluntad creadora de Dios», sino «un nihilismo débil, liviano, que habiendo vivido hasta el fondo la experiencia de la disolución del ser, no tiene ni añoranzas por las antiguas certezas ni deseo de nuevas totalidades»: el del hombre de buen temperamento del que hablaba Nietzsche en La filosofía del amanecer, un individuo libre de resentimiento y privado «del tono gruñón y del emperro: las notas molestosas de los perros y de los hombres envejecidos bajo una cadena».

Bien, ¿no podríamos nosotros abrazar un españolismo débil; una conciencia nacional española sin nostalgias del absoluto, que halle sin embargo su plenitud en ser justamente lo contrario de absoluta, esto es, soluta, suelta? Cuando en España, como es el caso hoy, arrecian los huracanes centrífugos, suele decirse que deberíamos hacer hincapié en lo que nos une y no en lo que nos separa, pero quizás haya que darle la vuelta al calcetín en esta cuestión y proceder al revés: enfatizar lo que nos separa pero entendiendo esa separación, ese no tener mucho que ver Galicia con Almería o Vizcaya con Lanzarote, como la argamasa más sólida. Que sea lo que nos ligue la oferta excitante de habitar un país que esconde tras cada esquina un sorprendente descubrimiento, una nueva habla o lengua o plato o clima o cosmovisión, en lugar de la tediosa monofonía que hermana en el deseo a los jacobinos y los fascistas.

Paisaje de Lanzarote.

Ese viraje copernicano hacia una España austrohúngara o yugoslava exige algunos otros previos y más pequeños, aunque también de talla. Se trata de desprenderse no ya del repertorio metafórico tradicional, sino de toda una serie de sobreentendidos que atraviesan el sentido común establecido sobre lo que son y deben ser las naciones, e incluso de los más progresistas. Existe, por ejemplo, toda una oratoria izquierdista que cifra el éxito de una nación, y de la española en concreto, en ser capaz de ofrecer a sus ciudadanos un «proyecto ilusionante». Donde la reacción conjuga los tiempos verbales del pretérito, lo que se hace aquí es conjugar los del futuro y fiarlo todo a ese porvenir que, como decía Ángel González, se llama así porque no viene nunca. Ni a unos ni a otros parece agradarles lo más mínimo el tiempo presente, como si el presente no fuera para unos sino un reflejo pálido de grandezas pasadas en el mejor de los casos, ni para los otros un tiempo ilusionante en absoluto. Pero, ¿no es ilusionante, no debiera serlo más que ninguna otra cosa, formar parte de un país líder en transplantes de corazón y que se cuenta entre los tres europeos en los que —según las encuestas— mejor disposición se tiene hacia la inmigración y el avance en derechos de los homosexuales? ¿No son ésas grandezas indubitables, dignas sin discusión de tal nombre, como no lo son las gestas naftalinosas de la Enciclopedia Álvarez?

Tampoco se trata de ponerse unas orejeras cronológicas y vivir sólo en el presente, como mandan las biblias neoliberales. Incluso si uno escoge no sentir el menor apego por los Tercios de Flandes o los conquistadores americanos —y es una elección muy razonable—, sigue habiendo una España del pasado de la cual sentirse muy herederos; y sigue habiendo gestas de otro tipo que necesitaron un marco español para acometerse. España hizo posible, por ejemplo, a Luis Buñuel como muy probablemente no lo hubiera hecho una República de Aragón, porque existe un así llamado nacionalismo metodológico que tiende a troquelar los desempeños intelectuales y artísticos, consistente en un involuntario realce o atención especial a lo que por ser de la nación propia uno conoce mejor. Las fronteras políticas suelen ser también fronteras del pensamiento. Un Buñuel estrictamente aragonés no hubiera rodado Un perro andaluz, ni Las Hurdes, tierra sin pan, cumbres respectivas del cine surrealista y del documental. No hubiera estudiado en Madrid, ni hubiera compartido Residencia de Estudiantes con el andaluz Federico García Lorca y el catalán Salvador Dalí, ni hubiera rodado adaptaciones cinematográficas de las novelas del grancanario Galdós. Hubiera rodado otras, tituladas tal vez Un perro oscense o Los Monegros, tierra sin pan y seguramente espléndidas, pero, ¿qué Buñuel sería un Buñuel en el que no palpitaran Goya, Gracián, Cervantes, Zorrilla, la novela picaresca, el esperpento valleinclanesco, la fascinación por lo misterioso de los románticos, el humor negro de un Quevedo, el monstruosismo de El Greco…? ¿Hubiera sido posible una eclosión artística de la magnitud de la Generación del 27 en una Zaragoza rompeolas de todos los Aragones en lugar de en un Madrid «rompeolas de todas las Españas», como lo describió el andaluz Antonio Machado? ¿Hubiera sido posible o tan espléndido el extraordinario florecimiento cultural de la Viena de entresiglos si hubiera sido la capital de una Austria chiquitita y no un caravasar plurilingüe al que diez o doce etnias acudían a volcar lo mejor de sí mismas?

Se replicará a esto que España también es un troquel pequeño en comparación con otros posibles; que si no es deseable que España sea troceada, ella misma es un trozo que vuelve provinciano e incompleto lo que en ella germina, y debiera refundirse con otros. Y puede que sea cierto; puede que el troquel debiera ser europeo u occidental o mundial, o el rompeolas un rompeolas bruselense al que todas las Europas corrieran a desleírse; o aun uno mundial que diera a luz Generaciones del 27 catalano-andaluzo-aragoneso-vietnamitas y Luises Buñuel en cuyos filmes El Greco maridara con Mo Yan y Chinua Achebe. Pero el troquel español tiene, como mínimo, la ventaja de estar ya hecho; de no requerir el esfuerzo de construirlo. Forma parte del reino del ser y no del del deber ser.

Resignificar la Hispanidad

Este españolismo distinto, que ya dijimos herético y paradójico, puede ser también un españolismo al que no le importe España, en el sentido de estar dispuesto a que España desaparezca mientras sea en bien de una unidad mayor. Un españolismo apátrida. Pero entre que esa unidad mayor se arma y no —y teniendo en cuenta que tal vez no llegue a armarse nunca—, esa España dispuesta a autodisolverse no tiene por qué no ser celebrada; no tiene por qué ser sentida como un tránsito frustrado o una incompletitud o tan siquiera un premio de consolación.

En realidad, España ya está disuelta en la unidad mayor que es una Hispanidad que también puede ser una Hispanidad diferente, trenzada con idénticos mimbres que la España debole que venimos barruntando: una Hispanidad múltiple, que hable castellano y hable quechua y aymara y náhuatl; y, letrada en lugar de armada, cerebruda en lugar de cipotuda, ensalce de sí misma no su origen sino sus resultados mejores. Que sean su tótem no las carabelas de Colón, sino las imprentas que en Ciudad de México y Lima y Buenos Aires y Cádiz y Barcelona materializaron los libros que la hicieron hermosa y culta, y que cuando hablaban de España, hablaban de ella de una forma que hacía difícil negarle el pan y la sal: sentirla en el corazón como Pablo Neruda; como ordenaba César Vallejo a los niños del mundo ir a buscarla si cae.

No creería esa Hispanidad en leyendas rosas sobre imperios generadores y eufemísticos encuentros entre dos mundos, pero tampoco en leyendas negras acerca de una especificidad maligna que jamás existió fuera de los libelos de imperios enemigos que no iban a la zaga del español en materia de perpetrar pavorosos genocidios. Y haría consigo misma algo así como lo que los varsovianos hicieron con el Palacio de la Cultura: un gigantesco rascacielos regalado por Stalin tras la segunda guerra mundial y del que, tras la caída del comunismo, se debatió si ese origen tenebroso merecía derruirlo y convertir el solar en un parque; pero que finalmente fue respetado y mantenido como el ágora cultural que al fin y al cabo era, con cines, bibliotecas, teatros, museos, aulas universitarias, instituciones científicas, etcétera. Resignificar la Hispanidad, que es una palabra muy de moda; aunque no se trata tanto de resignificar como de designificar; de aliviar algunas alforjas demasiado llenas de carga nacionalista, racista, religiosa, etcétera, y dejarlas vacías para que cada cual las llene como quiera; para que haya no una sino muchas maneras de ser y de sentirse español o iberoamericano. Una de ellas es ésta de Salvador Espriu:

A vegades és necessari i forçós
que un home mori per un poble,
però mai no ha de morir tot un poble
per un home sol:
recorda sempre això, Sepharad.
Fes que siguin segurs els ponts del diàleg
i mira de comprendre i estimar
les raons i les parles diverses dels teus fills.
Que la pluja caigui a poc a poc en els sembrats
i l’aire passi com una estesa mà
suau i molt benigna damunt els amples camps.
Que Sepharad visqui eternament
en l’ordre i en la pau, en el treball,
en la difícil i merescuda
llibertat.

Y otra, ésta de José Gutiérrez Román.

España, aparta de mí este trauma

Los hay que te pronuncian con ardor.
Esconden tras de ti un orgullo vano y pueril,
pues sienten que tu sola voz
da sentido a sus vidas.

Otros, en cambio, tratan de evitar tu nombre.
Te llaman «el Estado», o cualquier otro eufemismo.
Temen que su santísima y pura identidad
se desintegre por el simple hecho de nombrarte.

No sois capaces de llamar a España
sin dar arcadas o sin tener una erección.

Son solo eso, seis letras.
Un nombre propio. Punto.

El problema de España
quizá sea un trastorno del lenguaje.

A este país le hace falta un logopeda.


Pablo Batalla Cueto (Gijón, Asturias, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleCrítica.cl y La Soga; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. En 2017 publicó su primer libro: Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’.

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