Rescates

Eugenio Granell: el último surrealista

Nació Granell en La Coruña en 1912 y escribió una literatura a la medida del mundo mítico e insólito en que abrió los ojos. Fue combatiente republicano y un autor de libros como 'La novela del indio Tupinamba' o 'Lo que sucedió...'. Un «rescate» de Álvaro Acebes Arias.

/ Rescates / Álvaro Acebes Arias /

«Tenga cuidado, advierto en usted tendencias surrealistas. Aléjese de esa gente». Esta fue la recomendación que le dio el director Jean Epstein a un jovencísimo Luis Buñuel cuando este no era más que un aprendiz de cineasta en el París de los años veinte. Todavía no había rodado Un perro andaluz ni La edad de oro, pero aquel muchacho sin desbastar llegado de Calanda, que iba hasta tres veces al día al cine y se había quedado sin aliento al ver Las tres luces de Fritz Lang, sabiendo que quería dedicarse eso, a hacer películas, se sentía cada vez más cercano al grupo liderado por Breton y donde se movían Éluard, Aragon, Char, Magritte, Tanguy y tantos otros. En aquellos señoritos burgueses, tan insolentes como idealistas, había encontrado una afinidad poética o algo mucho mejor: una misma moral. Muchos años después, en sus espléndidas memorias, diría que el surrealismo fue un movimiento al que siempre le tuvo sin cuidado entrar en los anales de la literatura y la pintura. Lo suyo era la provocación, el juego, un continuado afán por sorprender a partir de sueños, maridajes insólitos, repentinos, fantásticos. Transformar la realidad y cambiar el mundo. En este último punto, el esencial, concluye Buñuel, «basta echar un vistazo alrededor para percatarnos de nuestro fracaso».

La frase de Buñuel resulta casi tan lapidaria como aquella que le espetó el relamido Epstein cuando el aragonés hacía de chico para todo en sus rodajes. Puede que los surrealistas no fueran más que unos románticos y que salieran derrotados de aquel intento por socavar los cimientos morales y políticos de su época, que se limitó a juzgarlos como unos gamberros. A saber. Quedó, sin embargo, el interés por sorprender, el gusto por la broma, el derroche de imaginación y una de las formas de expresión más radicales, fascinantes y libres que ha conocido el arte. «Un cuadro que no sorprende al espectador no merece la pena», sentenció Marcel Duchamp. No le faltaba razón. Por eso pienso que a Buñuel, quien afirmó en varias ocasiones que lo habría dado todo por ser escritor en lugar de director de cine, seguramente le habría encantado la literatura de Eugenio F. Granell, uno de los escritores más originales y asombrosos de la literatura del siglo pasado, tan injustamente olvidado como genial y al que la etiqueta de «raro» se le queda corta. Esto último, en un surrealista, vale tanto como no decir nada.

Nació Granell en La Coruña en 1912 y escribió una literatura a la medida del mundo mítico e insólito en que abrió los ojos. Como en Torrente Ballester, Valle-Inclán y Cunqueiro, todos gallegos, claro, la obra de Granell da rienda suelta a la fantasía y a las ensoñaciones lúdicas; libros que son ciudades enteras levantadas en el aire, repletos de humor y belleza, de una inventiva y riqueza que para sí quisieran muchos que presumen de innovadores. Pero esa no fue su primera vocación. Tendrían que pasar unos cuantos años para que hiciera caso de la orden que le dio Juan Ramón en Puerto Rico, cuando ambos estaban en el exilio y el poeta advirtió que tenía ante sí un escritor auténtico y original como ningún otro: «Escriba usted, Granell, escriba». Antes, como les decía, estuvieron el periodismo y la música, cuando aquel joven gallego llegó a Madrid a finales de los años veinte dispuesto a ser un virtuoso del violín y se convirtió en un habitual de aquellas universidades socráticas, según decía pomposamente Ortega, que eran las tertulias de los cafetines madrileños, en especial la que organizaban los hermanos Dieste en La Granja del Henar. Fue allí donde se dio a conocer, comenzando a colaborar con revistas como Nueva España, Leviatán y PAN (Poetas Andantes y Navegantes), donde hacía crítica musical y ya mostraba su interés por el arte de vanguardia y en particular por el surrealismo, que descubrió gracias a su paisano el ilustrador Cándido Fernández Mazas y a la revista Minotaure que se editaba en París.

Aquellos serían también los años de otro hecho cardinal en la vida de Granell: la militancia política. Era algo que le venía de lejos, pues siendo un niño había fundado junto a su hermano la revista SIR (Sociedad Infantil Revolucionaria) y a los quince cayó fulminado con la lectura de Mi vida de Trotski. Ya en Madrid, y tras una brevísima relación con el PCE, del que sería expulsado, acabó ingresando en Izquierda Comunista, de donde surgiría en poco tiempo el POUM. Su estrecha relación con Juan Andrade y Andreu Nin y los crudos comentarios acerca de los comunistas, a los que consideraba poco menos que borregos disciplinados por los soviéticos, lo convertirían en uno de los principales objetivos de las purgas estalinistas que tuvieron lugar durante la guerra.

Tras participar en la defensa de Madrid, el estallido del conflicto llevó a Granell a Cataluña, donde se convirtió en director de El Combatiente Rojo, el periódico del POUM. Allí, además de conocer a Orwell, Victor Serge, Kurt Landau y Benjamin Péret, fue testigo de la persecución contra los poumistas. Lo torturaron en una checa durante tres días y se salvó del paredón de milagro, gracias a que pudo escapar y encontró refugio en casa de su amigo Rafael Dieste. Tuvo que salir de Barcelona con un nombre falso e incorporarse a las filas republicanas que luchaban en la sierra de Teruel. Ascendido al grado de teniente coronel y conocido como el «camarada Fernández», su primer apellido, años después Granell se referiría con humor a sus escasas dotes como oficial, como cuando ordenó a un grupo de zapadores que cavaran una trinchera siguiendo las instrucciones de un librito de estrategia militar que había comprado en el rastro. Se ganó una buena reprimenda una vez que los mandos observaron que las había construido a favor del enemigo. El temor a las balas de Franco y a las de los estalinistas hicieron que saliera de España pocos meses antes de que acabara la guerra.

Los campos de Francia (Argéles, Saint Cyprien, Barcarés) serían la primera parada de un larguísimo y accidentado exilio que lo llevaría a distintos países de Latinoamérica. La primera opción era la de establecerse en Chile, pero el veto del embajador Neruda, reacio a otorgar pasaportes y salvoconductos a trotskistas, lo impidió. Granell, que acababa de conocer a la que sería su esposa, Amparo Segarra, tuvo que embarcarse en el buque De La Salle, el último que salía del puerto de Burdeos y cuyo destino sería la República Dominicana del Chivo Trujillo.

Solo hay que leer las estupendas memorias de Vicente Llorens para comprobar que la vida de los refugiados españoles en la isla caribeña fue muy complicada, llena de necesidades y miseria. A la tiranía de Trujillo, que limitaba cualquier actividad política de los extranjeros, se sumaba la escasez de recursos y oportunidades de trabajo. Granell malviviría allí seis años, dedicado al periodismo en el periódico La Nación, dando clases de música y empleado en todo tipo de oficios hasta que pudo ganarse el puesto de primer violín en la Orquesta Sinfónica que dirigía su amigo Casal Chapí. De aquella época data el otro acontecimiento decisivo en su trayectoria: el encuentro en 1941 con André Breton, quien acababa de recalar en Santo Domingo tras huir de los nazis y se dirigía a Nueva York. La amistad con el gran pope de las vanguardias, que se prolongaría toda la vida, hizo que el músico sustituyera el arco por los pinceles y apenas un año después el reconvertido artista organizaba sus primeras exposiciones, impulsando el movimiento surrealista hispanoamericano, que encontró, además, su plataforma en la revista La Poesía Sorprendidai en la que también escribían Juan Ramón Jiménez, Guillén, Salinas o un entonces desconocido Lezama Lima. Ya lo decía el pintor Urbano Lugrís: «Granell empezó a pintar en gallego, razón por la que no podía hacer arte realista».

Negarse a firmar un manifiesto en favor de Trujillo provocó, sin embargo, que otra vez tuviera que hacer las maletas. El destino ahora sería Guatemala, de donde saldría poco después hacia Puerto Rico debido al hostigamiento de los comunistas, que lo amenazaron de muerte. Tras una estancia de siete años en la isla, un viaje a finales de los cincuenta a Estados Unidos en compañía del pintor Vela Zanetti lo empujó a cambiar de residencia y establecerse en Nueva York. Allí dio clases en el Brooklyn College. Son los años en los que su pintura adquiere notoriedad internacional. Solo realizará una breve visita a España en 1969, el mismo año en que lo haga otro desterrado ilustre, Max Aub. Los dos regresarían a su exilio con la melancólica certeza de que en su país de origen «la gente se ha acostumbrado a no tener ideas sobre el pasado». Cuando tres décadas después se decidió a volver definitivamente se encontró con que la casa de Madrid en la que pasaría sus últimos años se encontraba en la calle General Mola. Prefirió alquilarse otro piso porque era incapaz de soportar la idea de tener que escribir el nombre de un fascista en el remite de sus cartas. 

Resulta imposible detallar aquí las innumerables retrospectivas y exposiciones que se le han dedicado a la obra pictórica y escultórica de Granell, convertido en uno de los exponentes más genuinos y originales del movimiento surrealista. Otra cosa es lo que pasa con su obra literaria, prácticamente desconocida y compuesta por tres novelas, varios libros de poemas, otro de cuentos y algunos estudios sobre Picasso, Santa Teresa, El Greco, Baroja o Valle-Inclán, así como ediciones como la de Así que pasen cinco años de Lorca, que es ejemplar. Ya les digo, la obra de Granell tuvo un par de reediciones en los años ochenta y noventa y luego un espeso manto de silencio que lo ha convertido en un autor casi secreto. No sé de muchos escritores —su paisano Cunqueiro, Perucho, el Sánchez Ferlosio de Alfanhuí— a los que defina una imaginación tan desbordante y extremada como la que caracteriza a Granell. Para demostrarlo, basta echar un vistazo a cualquiera de esas tres novelas. Ahí tienen una fábula tan extravagante como El clavo, la única que fue publicada en España durante el exilio de su autor, y que va un paso más allá del absurdo de Kafka y las distopías de Orwell y Bradbury al reflejar las consecuencias de un mundo deshumanizado, sometido a las leyes de la técnica, y cuya trama le sirve a Granell para lanzar una implacable acusación contra las siniestras realidades de cualquier sistema totalitario. Los de ayer y los de ahora.

Pero si lo que buscan es una escritura insólita de verdad, nada mejor que La novela del indio Tupinamba, un maravilloso esperpento, una burla descarada, una verdadera fiesta de la lectura que se olvida de tramas y géneros para componerse a partir de secuencias de variada temática y anécdota en la que se entrecruzan el humor más disparatado con la denuncia política y social. Para muestra, véase esta descripción de Burgos que nos acerca el protagonista, el filosófico y peripatético indio Tupinamba, quien se encontró al llegar a la ciudad con que «el olor a muerto era tan denso y amazacotado que de la airosa catedral, orgullo de los siglos, solo se vislumbraba la mitad». Ajuste de cuentas con la república bananera de Trujillo y los horrores de las dictaduras, el libro de Granell es uno de los acercamientos más extraños y desconcertantes a la guerra del 36, erigida en símbolo de todas las guerras. Se trata de un caso único en toda la narrativa centrada en el conflicto español y no solo por la estética cultivada, sino porque el escritor, que escribe de lo que le viene en gana y cómo le viene en gana, arremete contra ambos bandos, trazando una crítica feroz hacia el dogmatismo y la barbarie. Todo ello dentro de una atmósfera irreal y alucinada. Son muchos los personajes que salen retratados en la novela de Granell y no es difícil entrever en esas estampas oníricas y fabulosas las figuras de Franco, Stalin, la Pasionaria, Mola, Hitler o Lenin y, junto a ellos, las de muchos intelectuales acomodaticios que se quedaron en España y pactaron con el nuevo régimen, como Wenceslao Fernández Flórez, Pérez de Ayala o Salvador Dalí. A todo los caricaturiza sin piedad, dejando siempre sus simpatías para las víctimas, para los que padecen las consecuencias de la guerra y las persecuciones políticas. Granell, un desarraigado que había sufrido el terror y las iras de unos y otros, plasmó en esta obra algo más que las heridas y los horrores de los combates y el enfrentamiento que desangró el país; el suyo es un libro donde anidan el sueño, la fabulación, el humor y el prodigio, testimonio de un humanista convencido y estremecedora elegía por tantas utopías ultrajadas. Con los años no se cansaría de repetirlo: por delante de los ismos, siempre estaban los antis. La novela de indio Tupinamba con su mordaz crítica antibelicista, antidogmas y antimilitarista es un buen ejemplo de ello.

Esta catarata de imágenes surrealistas y espejos deformantes que para unos cuantos compone la obra maestra del artista gallego es un precedente de lo que vendría después con Lo que sucedió… Granell obtuvo con esta novela, la última que escribió, el Premio Don Quijote que entregaba la editorial España Errante. Como en la anterior, la misma libertad, pasión por el juego, desborde imaginativo, humorismo y deseo de sorprender al lector. Imaginen, por ejemplo, este comienzo en que la unidísima y tradicionalísima familia Naveira ve perturbada la paz de su casa por la visita de la Santa Compaña, hecha de rocío y agua, y a partir de ahí déjense llevar por una historia cuyos episodios, a cada cual más disparatado, se enhebran con un frenesí que es el del mundo de los sueños. Imposible encontrar en esta novela asideros o significados concretos, pues sus sentidos son los de una realidad simbólica y onírica, siempre misteriosa y sugerente, que escapa a las leyes de la razón y cuyo último objetivo no es otro que el de dejarnos perplejos a cada página. Un caótico y divertidísimo festín en el que, junto a lo lúdico, la parodia, el absurdo y lo grotesco (ahí está ese pintor que imagina un cuadro formidable donde cabe toda la historia nacional o los fragmentos donde el narrador se permite escribir solo con la letra p), se adivina también la intención crítica y la denuncia de unos males sociales, fuente de desigualdades e injusticias y que han convertido al hombre en un implacable depredador. Un pesimismo que se atenúa solo en las páginas finales, nueva muestra de la variedad de registros que dominaba Granell y su inagotable capacidad para el asombro. Ya les prevengo, Lo que sucedió… es una novela exigente, un ejercicio de imaginación libérrimo y radical, modelo de una literatura visionaria y a prueba de convencionalismos que se lee con una sonrisa en los labios y una perpetua mueca de pasmo. Están avisados.

Puede que fuera la escasa repercusión que tuvieron sus libros o el éxito como pintor, tarea a la que se sentía naturalmente más inclinado, lo que hizo que Granell acabara desoyendo el mandato de Juan Ramón Jiménez, pero el caso es que nunca más volvió a escribir una novela. Una pena. Quedaron, eso sí, un puñado de narraciones inolvidables que están entre los más altos ejemplos de aquella moral que predicaba el surrealismo: la defensa del arte como medio para huir del mundo. Cambiar la vida. Quizá Buñuel tuviera razón y de todos aquellos esfuerzos solo sobrevivió la voluntad de trazar otros imaginarios. No sé ustedes, pero a eso yo me agarro con uñas y dientes. Me acuerdo ahora de los versos de un poema de Estela de presagios, uno de los últimos libros que publicó Granell: «La Victoria galopa en corcel piafando encantos. / La Victoria en su carro de gas desata cuantos nudos encuentra en el camino».

Eugenio Granell murió en Madrid el 24 de octubre de 2001 a los 88 años. Como último deseo, pidió que cubrieran su féretro con la bandera republicana.


Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.


Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

1 comment on “Eugenio Granell: el último surrealista

  1. Una vida arrebatada que de por sí es una novela. Impresionante.

Responder a antoniotoribiosCancelar respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo