Estudios literarios

Miguel Hernández: la construcción del amor

«Aherrojado en la ausencia, empujado hacia adentro de sí mismo, Hernández otea los paisajes mentales, diluye los objetos, disuelve en sentimientos la libertad que ansía el cuerpo, desmaterializa la materia carnal hasta una esencia próxima a la mística para integrar de nuevo ese viaje interior en el cuerpo soñado, arrebatado». Un artículo de Antonio Gracia.

/ por Antonio Gracia /

Consustancial es al hombre la búsqueda y hallazgo del rincón de la mente donde levita la paz que el mito del edén ha despertado en la conciencia universal. Ese lugar interior lo llaman unos dios y otros lo llaman diosa, todos amor, ausencia de dolor. En esa zona erótica caben tanto la sublimación del trovador como la divinización del asceta. Iguales desasosiegos del júbilo gozoso encarnan los éxtasis del corazón, presuntos en el «muero porque no muero» (Teresa de Cepeda, Juan de Yepes), la «muerte que das vida» (Luis de León) o la «blanda muerte» de Celestina: de Celestina: todos son túneles que desembocan o trasiegan el «amor dulce» melibeico. Más lejos, pero igualmente cerca en el concepto, Shakespeare, por boca de Romeo, afirma la esencial contradicción del amor, «hiel que endulza y almíbar que amarga» (Acto I, 1ª). Nada sorprende que el amor divino sea sentido con la misma desazón que el humano, porque son jánicos latidos de un mismo corazón. La diferencia entre el amor profano y el divino estriba en que el primero puede saciarse en el ser amado, la otra persona semejante a quien ama, y en el segundo el amante se esquizofreniza en la proyección de sí mismo sin identidad tangible. Esa creación del hombre utópico provoca la paranoia de un Tú Supremo que alcanza su frenesí en el misticismo y el trovadorismo.

El amor como perpetuación

Parece indudable que el interiorismo lírico de los años de cárcel de Hernández está determinado, además de por la nerudización del petrarquismo, por su tangencia con la mística. Aherrojado en la ausencia, empujado hacia adentro de sí mismo, Hernández otea los paisajes mentales, diluye los objetos, disuelve en sentimientos la libertad que ansía el cuerpo, desmaterializa la materia carnal hasta una esencia próxima a la mística para integrar de nuevo ese viaje interior en el cuerpo soñado, arrebatado. Enjaulado el animal erótico que fue Miguel Hernández, sentiría en aquella soledad la «mordedura de una punta de seno duro y largo» y la «picuda y deslumbrante pena» (El rayo que no cesa, 4) de su ausencia. La lava sensual precisa derramarse: y Hernández proyecta la concupiscencia del acto sexual al hecho paternal, fructificando la energía amorosa en la materia grávida de la esposa y el hijo. El interiorismo hernandiano es una introspección amorosa, un misticismo sin divinización. El proceso es como la ascesis: el vacío interior de quien todo lo ha perdido («Ausencia en todo siento, / ausencia, ausencia, ausencia»; «A mi lecho de ausente me echo como a una cruz». Cancionero, 29; «Orillas de tu vientre») es semejante al de quien se ha liberado de las pasiones: «Niega tus deseos y hallarás lo que desea tu corazón», afirma Juan de Yepes (Avisos, 15), anticipándose al matar la voluntad de vivir de Schopenhauer. Y el hueco abierto por esa renuncia se llena con sueños, recuerdos, dioses, personas. La cárcel, al impedirle andar por los caminos del cuerpo, hace volar a Hernández hacia adentro por los paisajes sin fronteras de la esperanza. En el poderoso poema «Antes del odio» se reúnen las conclusiones de las constantes y recurrencias de tantos autores que han creído en la salvación por el amor y en el amor como redención. Desde que Dante se sobrevivió en Beatriz, Petrarca en Laura, Rojas en Melibea, Cervantes inventando a Dulcinea, Lope garcilaseando a tanta Dorotea, Quevedo en Lisi y besos convertido, Goethe acosando a Margarita, Beethoven soñando con la Amada Lejana, Hölderlin ensimismándose en Suzette, Schumann reciclándose en Clara, Wagner trascendiéndose en Isolda, incluso Leonardo transfigurándose en Gioconda… Esas mujeres, hechas de sueño y arte, fueron la panacea mental de sus creadores. Y Miguel Hernández se inscribe, superándola al carnalizarla, en esa tradición. No otra cosa respiran —a través del Quevedo de «Amor más poderoso que la muerte»—, devolviendo la temática a su origen, muchos de sus últimos poemas.

De Quevedo procede la eternificación del amor como esencial y pura biología: si en este el amor ha ardido en las «médulas», en Hernández hay «una revolución dentro de un hueso» (El rayo…, 20), y si aquel sigue enamorado en su muerte, es decir, si Quevedo siente que será una ceniza sintiente, una muerte enamorada, Hernández no perdona «a la muerte enamorada», esto es, al amor que perdura en la muerte o tras ella. He aquí algunas expresiones del gran misógino a su pesar (porque, enamorado del amor, odia el ser —la mujer— que no entraña la estatura erótica que ansía): «La llama de mi amor/…/ ni mengua en sombras ni se ve eclipsada», «Llama que a la inmortal vida trasciende,/ ni teme con el cuerpo sepultura,/ ni el tiempo la marchita ni la ofende», «Señas me da mi ardor de fuego eterno», «Y siempre en el sepulcro estaré ardiendo»… Afirmaciones que tienen ilustres valedores: en Lope, porque «Amor que todo es alma será eterno» (La Dorotea, V), y en Carrillo y Sotomayor, pues los efectos del amor, como «hijos del alma son, son inmortales» («Hambriento desear…»). Ya Garcilaso había anhelosamente escrito que iría hasta Isabel, puesto que «muerte, prisión no pueden, ni embarazos,/ quitarme de ir a veros, como quiera,/ desnudo espíritu u hombre en carne y hueso» (soneto IV).

La ceniza sintiente —el «polvo enamorado»— engendra el «polvo liviano» de «los enamorados y unidos hasta siempre» que «aventados se vieron,/ pero siempre abrazados» («Vals»), como en la «Balada» de Gil-Albert será «polvo amoroso». «Hasta siempre» porque la boca amante ya es una boca inmensa y succionante (como «La dulce boca que a gustar convida/ un humor entre perlas destilado», del otro cortesano nemoroso que fue Góngora), y ya su amor es un «beso que viene rodando/ desde el primer cementerio/ hasta los últimos astros» («La boca»). Pues si un hombre es todos los hombres, como en un punto del universo se concentra todo el universo, una boca es todas las bocas y un beso todos los besos. El amor es, de este modo, una energía renovándose, indestructibilizándose, reviviéndose en cada pareja, como un ejército de amantes que avanza desde la prehistoria hasta el futuro. Por eso, cuando «he poblado tu vientre de amor y sementera,/ he prolongado el eco de sangre a que respondo» («Canción del esposo…»).

Reconstrucción del amor

Arraigadamente perdura entre los coetáneos hernandianos la negatividad amorosa, consecuencia de una prevaricación del erotismo: la Belleza provoca una invasión de los sentidos que sumerge al sentidor en ansias de inacababilidad del sentimiento sensitivizado. Tal detenimiento y apropiamiento del instante y tal dulce agresión rememoran el locus amoenus más entreverado en el inconsciente individual y colectivo: el paraíso edénico, el gozo de la paz ilimitada e indesaparecible. Adquiere —y lo ambiciona— el rostro de la intemporalidad y la divinidad. No es extraño que J. R. J. sinonimizase la Belleza con un dios deseado y deseante, en intercambio mutuo de jubilosa identidad y posesión. La belleza física es sinestésica de la emoción síquica, y ambas despiertan la voluptuosidad de cuerpo y alma, del juglar y del místico. Así, Dámaso Alonso sonetiza una «Oración por la belleza de una muchacha» y plantea la dicotomía —el dilema— mortalidad, inmortalidad (carnalidad, espiritualidad): «Mortal belleza eternidad reclama./ ¡Dale la eternidad que le has negado!». Es la misma perentoria necesidad trascendentalizadora, y de la estirpe quevedesca arriba recordada, de A. Machado cuando pregunta en sus Soledades: «¿Y ha de morir contigo el mundo mago/…/ Los yunques y crisoles de tu alma/ trabajan para el polvo y para el viento?». La contemplación de la hermosura inspira a Alonso un pálpito que desea inacabable. Y quizá por la dolorosa decepción ante la imposibilidad de tal deseo es por lo que su concepción del erotismo carnal (precisamente porque lo siente como antagonista del erotismo místico) se estanca en una Oscura noticia del amor, puesto que lo continúa entendiendo como «monstruo fugaz, espanto de mi vida,/ rayo sin luz…/ amor, amor, principio de la muerte» («Amor»). Similar expresión hay en G. Lorca: «Amor de mis entrañas, viva muerte»  («El poeta pide a su amor que le escriba»). También Cernuda, por los distintos caminos de Los placeres prohibidos, llega al mismo punto de tragedia: «Qué ruido tan triste el que hacen dos cuerpos cuando se aman…». Y Salinas: «Amor, amor, catástrofe./ Vamos,/ a fuerza de besar,/ inventando las ruinas/ del mundo,/ por entre el gran fracaso…» (La voz a ti debida). La personalidad regeneradora de Hernández y su diferente resolución del tema erótico se constatan al constrastarlo con Aleixandre, quien en «Unidad en ella» permanece, inserto entre los topoi conceptuales, en la claustrofobia trovadórica del amor como autodestrucción: «Muero porque me arrojo, porque quiero morir…/ quiero amor o la muerte,/ quiero ser tú». Ese aleixandrino es aún muerte, no vida, no es la renovación, sino la contumacia del dolor del desamor entendido como amor (entendimiento que tanto ha maculado la conciencia de la cultura occidental, y que aún persiste en El rayo).

Contrariamente a ese fatalismo ancestral, me parece «Antes del odio» uno de los textos más esperanzados —más vivos— de cuantos se hayan escrito: un hombre encarcelado descree de la cárcel y afirma la libertad como su identidad. En esa cárcel física, y «roto casi el navío» de la vida, Hernández sentiría como propia la clara voz luisiana: «Un día puro, alegre, libre quiero», parece respirar palimpsésticamente bajo el verso «alto, alegre, libre soy». La sustancia amorosa le hace sentirse parte sustancial del amor (la tesis de Quevedo; no en vano Machado recuerda presocráticamente, en «Rosa de fuego»: «Tejidos sois de primavera, amantes,/ de tierra y agua y viento y sol tejidos»), concebido como un todo del que la amada es la otra parte. De modo que, al estar el todo en cada parte, en cada parte (más allá de los sofismas eleáticos, porque en la mente, tanto o más que en el universo expansivo, caben la materia y la antimateria) está el todo: Hernández es un ser libre porque la amada es libre: «en tus brazos donde late/ la libertad de los dos». Y por eso, la risa del hijo, fruto del amor, mantenedor y levitante de sus atributos, «hace libre» y «arranca cárcel» a Hernández, y el planto alegre de las «Nanas» ya no es una jaculatoria sonriente y desgarrada, sino una densa metafísica. Y por lo mismo igualmente, quien dijera «Para qué quiero la luz/ si tropiezo con tinieblas» («Guerra»), concluye que hay «un rayo de sol en la lucha/ que siempre deja la sombra vencida» («Eterna sombra»). Solo por amor. Admirable victoria sobre sí mismo de quien se había asediado en el pozo de amargura que es el Cancionero.

Así, el «polvo enamorado» vencedor de la muerte engendra una «muerte reducida a besos» («La boca»): la muerte es otro amor esperando ser resucitado en otras bocas de otros cuerpos de otros amantes de otros tiempos; y siempre: «Proyectamos los cuerpos más allá de la vida/ y la muerte ha quedado, con los dos, fecundada» («Muerte nupcial»); «Te quiero en tu ascendencia/ y en cuanto de tu vientre descenderá mañana» («Hijo de la luz y de la sombra»). En cada pareja coexiste y se revive la humanidad. En cada beso resucitan y se suman, además de las bocas —los labios besadores— de los amantes, todos los besos de cuantos han amado, como una bola de nieve rodando por la historia y engarzándola, como un ejército de salvación por el amor, como una carta que el hijo interminablemente reescribe y refunde con su vida heredada y legadora: la esperanza. El «Beso soy» con que comienza «Antes del odio» ya es un gigantesco beso cósmico. La abstracción independentista del beso («Ayer te besé en los labios/ …Hoy estoy besando un beso», La voz…) de Salinas ha tejido su fruto. Por ese beso, amor purificado en puro amor, el mismo Salinas podrá decir: «Por ti creo/ en la resurrección, más que en la muerte» (Largo lamento). Al fin y al cabo, la sabiduría del pueblo ya lo había descubierto: en el anónimo romance de «El enamorado y la muerte» aquel, queriendo mitigar esta, busca a su amada y le dice «la Muerte me está buscando,/ junto a ti vida sería». Es decir: que la amada, porque es la concreción del Amor (y este es más poderoso que la muerte), puede convertir la muerte en vida.

La inextinguibilidad del amor forma parte de la conciencia universal. Tolstói escribe en Infancia, adolescencia, juventud: «Sé que mi alma existirá siempre porque este amor tan intenso no habría nacido si hubiera de cesar alguna vez». Y Unamuno: «Tú no puedes morir aunque me muera;/ tú eres, Teresa, mi parte inmortal./ …/ Es que viviste en mí/ y así entraste en la edad del corazón» (Teresa, 48). Sobre la identificación de los enamorados baste recordar el Tristán wagneriano (tal vez el mayor hito amoroso, porque la música es la única poesía capaz de verbalizar la inefabilidad), en el que los amantes se definen con el nombre —la sustancia— del otro, transustanciándose las identidades: «Tristán: “Yo soy Isolda, ya nunca más Tristán”. Isolda: “Yo soy Tristán, nunca jamás Isolda”» (II, 3ª). Incluso el misántropo Beethoven, en una carta «A la Amada Inmortal», escribe ejemplificando esa dualidad unificatoria universal: «Amor mío, mi yo». Y antes, Juan de Yepes: «Amada en el amado transformada» («Noche oscura»). Y después, Aleixandre: «Quiero ser tú» («Unidad en ella»). Esa ecuación identificativa mediante el amor, en la que un yo es igual a un tú, incluso si estos yo y tú son un autre rimbaudiano, es la que hace posible la encarnación de la vida muerta en la que perdura; traduzco un soneto de M. Yourcenar:

Tú no sabrás jamás

Tú no sabrás jamás que tu alma viaja
como un corazón dulce refugiado en el mío
y que nada —ni el tiempo, ni la edad, ni otro amor—
impedirá que tú hayas existido.
La belleza del mundo tiene ahora tu rostro,
vive de tu dulzura, brilla en tu claridad;
y el lago pensativo que fue nuestro paisaje
ha grabado en mis ojos tu gris serenidad.
Tú no sabrás jamás que yo llevo tu alma
como lámpara de oro que me alumbra al andar,
que un poco de tu voz ha pasado a mi canto.
Tus rayos —suave antorcha— y tu llama —dulce hoguera—
me guían por caminos que tú seguiste un día:
y tú sigues viviendo porque vives en mí.

Pero ese universalismo del amor inmortal y solidario no menoscaba la originalidad hernandiana: es Hernández (con el magisterio inmediato del genesíaco Neruda) quien se evade del trovadorismo para incrustar en él la vida, quien concreta en una mujer hecha de carne y hueso la abstracción de la amada, quien confía en el hijo la permanencia del amor. Ama a la mujer, no solo su intelección sublimatoria. Ama la realidad cotidiana a pesar del desengaño quevedesco. Se libera del paradisíaco infierno artificial en el que se amamantó. Se sobrepone, con su humanización, a toda una legislación literaria sobre el amor promulgado como dolor, lamento, automoribundia, que en su propio verso se verbalizaba como «pena». Se sobrepone a la cadena existencial que cosmogonizó el amor como un «planto», ya que nacer era empezar a morir, porque la vida tenía su cuna en la sepultura. Se sobrepone a la concepción del amor como una parafernalia luctuosa, premisa necesaria para constituirse en energía poética. Se libera de la «pena» trabajada y recreada con tanto ingenio, masoquismo —y contumacia— por Manrique («el placer en que hay dolor»), Melibea («agradable llaga»), Herrera («la dulce perdición»), Yepes («regalada llaga»), Lope («divino basilisco»), Góngora («Ángel fieramente humano» que destila «dulcísimo veneno»), Quevedo («herida que duele y no se siente»), Villamediana («lisonjera pena», «alivio que castiga»), Gerardo Lobo («mezclar fúnebre queja y dulce canto»)… hasta categorizarse —la pena amorosa— como existencialismo en Meléndez Valdés («Doquiera vuelvo los nublados ojos/ nada miro, nada hallo que me cause/ sino agudo dolor y tedio amargo/ y este fastidio universal que encuentra/ en todo el corazón perenne causa») y que aún recoge Pérez de Ayala cuando, ante una «Amada muerta», se dice a sí mismo: «¿A qué buscar sentido al universo/ y perseguir vereda si ando a oscuras?». Premonición, refundición y deformación esos ejemplos del «dolorido sentir» de Garcilaso. A todos se sobrepone Hernández cuando siente a la mujer como un arco desde el que lanzar como una flecha al hijo y con él el «beso soy», el anagrama del amor (más poderoso que la muerte) en que se ha convertido.

El hijo como reencarnación

Para Hernández cada hombre es una gota en el manar continuo, y es inmortal porque siempre habrá un hombre vivo en el flujo de la vida. La madre es un útero que reintegra la existencia desde el útero cósmico, como la esposa es, sobre todo, la mujer dispuesta para la maternidad; y el hijo es la prolongación y constatación del devenir del río vivífico. La vida —el amor— es un «Beso que viene rodando/ desde el principio del mundo…/ beso que va al porvenir» («El último rincón»). Por eso —porque el beso es el cónclave de la humanidad—, «besándonos tú y yo se besan nuestros muertos,/ se besan los primeros pobladores del mundo»; y, por lo mismo, «seguiremos besándonos en el hijo profundo»: el hijo es engendrado, por lo tanto, también por todos los hombres agrupados en un hombre, todas las mujeres resurrectas en una mujer. Semejantes palabras utiliza Borges hablando «Al hijo»: «No soy yo quien te engendra. Son los muertos./ Siento su multitud. Somos nosotros/ y, entre nosotros, tú y los venideros/ hijos que has de engendrar…/ Soy esos otros/ también». De esta manera, la vida nunca muere, y lo emblemático de la existencia, lo que potencia su creación, su recreación constante, que es el amor, es imperecedero. La intuición hernandiana consiste en que, si en un instante se concentra la totalidad del tiempo y en un solo lugar se hace ubicuo el espacio, toda la humanidad corporal y temporal se da cita, a través de los cuerpos de los amantes y en el momento de la fecundación, en «el rincón de tu vientre,/ el callejón de tu carne» («El último rincón»), para regenerarse todo ello en el hijo: tiempo, espacio, hombre, mujer, vida, amor, energía fluyente. El éxtasis de la carne engendra la contemplación y advenimiento del hijo. La cópula es la vía unitiva entre pasado, presente y futuro, la comunión y solidaridad de todos los hombres. Elacto amoroso-sexual (Neruda: «Mi cuerpo de labriego salvaje te socava/ y hace brotar al hijo del fondo de la tierra». 20 Poemas, 1) se convierte en un acto creador semejante al de Dios, puesto que crea desde la nada el hombre al fundirse con la mujer. Y así, el amor es lo más divino de los hombres, lo más humano de los dioses en que se convierten el hombre y la mujer en el instante de la fecundación: «Pero no moriremos… /Somos plena simiente./ Y la muerte ha quedado con los dos fecundada» («Muerte nupcial»). Espiritualidad y carnalidad son interdependientes. ¿No viene a ser una transcripción del «Amada en el amado transformada» la afirmación «Cuanto más se miraban más se hallaban: más hondos/ se veían, más en uno fundidos»? («Muerte nupcial»). Si es así, la cópula es el éxtasis («¡Qué absoluto portento!/ ¡Qué total fue la dicha de mirarse abrazados!») que proporciona la visión contemplativa de la fe en el hombre: el hijo, la vida que renace y perpetúa, el único amor más poderoso que la muerte («Porvenir de mis huesos/ y de mi amor», dicen las «Nanas»). Lejos de la tradición inculpatoria de la sexualidad, el sexo alumbrador viene a ser la culminación de la redención por el amor, la auténtica transustanciación: la contemplación del hijo, síntesis sinóptica de la existencia, es para Hernández como la visión de Dios para el místico. En «Vida solar», al hijo, «fruto del cegador acoplamiento», exhorta como un ruego imperativo y redentor: «Ilumina el abismo donde lloro./ Fúndete con la sombra que atesoro/ hasta que en transparencias te consumas»: no es sólo el espíritu, sino la carne unitiva la que origina la continuidad de la existencia, la salvación de la individualidad en la perennidad filial. El hijo es como un advenimiento, la total palingenesia; y por eso duele más su muerte, porque no muere solo el hijo, sino de nuevo el padre en él: «Se hundió en la noche el niño que quise ser dos veces» («El niño de la noche»).

Trascendencia

Construye Hernández otra historia de amor: la natural, después de atravesar los laberintos de los trovadores y los místicos. Abre una mirada a otros autores que se inscriben en ese nuevo flujo conceptual en el que una mujer y un hombre son dos seres humanos y las palabras tienen menos tinta de verso que sangre cotidiana, sin abandonar por eso la poesía. Ángel González ya no quiere ser el sufriente propietario de una dama inefable ni el feudal hacedor de la amada sublime, sino el compartidor de la realidad más próxima a la piel: «Si yo fuese Dios/ y tuviese el secreto,/ haría/ un ser exacto a ti…/ Existes. Creo en ti. Eres. Me basta» («Me basta así»). Lejana queda la Guiomar machadiana, todavía semblanza de la midoms provenzal. Si es cierto que «no prueba nada,/ contra el amor, que la amada/ no haya existido jamás», sí prueba sobre la verdadera sustancia amorosa que la amada existe y da amor sin que el hombre poeta haya de inventarlo como una vida que quisiera no tener que inventar. «Oh carne, carne mía, mujer que amé y perdí,/ a ti en esta hora húmeda evoco y hago canto», había dictado Neruda en la «Canción desesperada». Y es en esa corporalización del sueño inmaterial, en esa hernandización del nerudismo, en donde Carlos Sahagún encuentra  la compañera de carne y no solo de verso, explícita en «Dedicatoria»: «Mi corazón te debe/ haber hallado juntos la verdad más humana…»). Pues la amada, definitivamente, es «Tú, mi esperanza cuando no hay consuelo» («Tiempo de amar»). Y el hijo es «este niño que llega de mí mismo,/ vencedor de mi tiempo» («El hijo»). Los hombres apoyados en lo humano y no en la divinal cosmogonía del eterno femenino sin mujer. Y es que ya pasó el tiempo del hombre y el juglar inmersos en su corazón y en su poema, de espaldas a la vida: el amor ya no puede ser un paraíso o una tortura autistas, porque «nada tiene/ sentido en soledad» («La casa»).

[EN PORTADA: Huellas de Miguel Hernández en la ficha policial portuguesa realizada tras su apresamiento en aquel país, adonde había huido en 1939]


Antonio Gracia es autor de La estatura del ansia (1975), Palimpsesto (1980), Los ojos de la metáfora (1987), Hacia la luz (1998), Libro de los anhelos (1999), Reconstrucción de un diario (2001), La epopeya interior (2002), El himno en la elegía (2002), Por una elevada senda (2004), Devastaciones, sueños (2005), La urdimbre luminosa (2007). Su obra está recogida selectivamente en las recopilaciones Fragmentos de identidad (Poesía 1968-1983), de 1993, y Fragmentos de inmensidad (Poesía 1998-2004), de 2009. Entre otros, ha obtenido el Premio Fernando Rielo, el José Hierro y el Premio de la Crítica de la Comunidad Valenciana. Sus últimos títulos poéticos son Hijos de HomeroLa condición mortal y Siete poemas y dos poemáticas, de 2010. En 2011 aparecieron las antologías El mausoleo y los pájaros y Devastaciones, sueños. En 2012, La muerte universal y Bajo el signo de eros. Además, el reciente Cántico erótico. Otros títulos ensayísticos son Pascual Pla y Beltrán: vida y obraEnsayos literariosApuntes sobre el amorMiguel Hernández: del amor cortés a la mística del erotismo La construcción del poema. Mantiene el blog Mientras mi vida fluye hacia la muerte y dispone de un portal en Cervantes Virtual.

2 comments on “Miguel Hernández: la construcción del amor

  1. José Manuel Ferrández Verdú

    En este erudito artículo que Antonio Gracia dedica a la dramática elaboración de los últimos poemas de Miguel Hernández, ya en la cárcel y seguramente sintiendo el sombrío destino que lo esperaba, expone la oposición entre el amor y la muerte como el hecho más indeseable de la vida y que ha tratado por todos los medios, literarios o no, de ser soslayado a través de la historia de los hombres.

    Y lo hace rindiendo tributo a uno de los mejores poetas de nuestro idioma en el mismo acto de interesarse una vez más por los intrincados caminos conscientes o emocionales por los que a lo largo de la historia de la lírica el poeta ha intentado resolver lo que no tiene solución.

    El deseo de amar, y el amor, nos conduce directamente a la necesidad de prolongar ese triunfo del espíritu sobre la materia hasta los límites mismos de lo posible o imposible.

    Pero la materia es precisamente la trampa que el alma encuentra en su deseo de hacer ilimitado su sentido y su sentimiento.

    Y ese es el leit motiv principal del excelente artículo de Gracia, lleno de referencias a las diferentes opciones que se pueden adoptar ante un problema que no debería serlo, pero que lo es.

    No hay ningún poeta lírico que no haya buscado fórmulas para expresar la condición dramática del deseo, que no haya intentado darle una forma tal que exprese algo que sabe que no va a ser más que en la palabra y su sentimiento.

    Porque el amor no puede prescindir de la materia y esta es efímera, y además el alma también tiene los días contados fuera de un sistema de eternidades elaborado a base de amasar una falacia encima de otra.

    E incluso quienes se proponen públicamente como creyentes en algún tipo de eternidad inconcebible, no son capaces de superar tampoco la desilusión y angustia de los versos de Machado.

    Señor ya me quitaste lo que yo más quería
    Oye, Dios mío, mi corazón clamar
    Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía
    Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.

    Pero a Miguel Hernández no le quedó ni siquiera la posibilidad de sobrevivir y verse a sí mismo sufriendo por la falta de los suyos.

    De ahí que algunos filósofos y fundadores de religiones, atentos a todo este embrollo, hayan decidido cortar por lo sano y hayan declarado cualquier debilidad sentimental como perjudicial para la salvación.

    Otros, como Jesucristo, encumbró el amor, pero convertido en algo que no tiene nada que ver con lo que se entiende modernamente por tal, como eros sensible, sino meramente una actitud moral hacia el otro también llamado prójimo.

    Y el autor Raymond Carver, con gran sentido del deber, preguntó por fin, a ver si ya de una vez se resolvía la cosa, ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?

    Porque estamos docenas de siglos hablando de algo que nadie sabe en demasiado bien qué es.

    Lo que hace Antonio Gracia es encontrar esas perlas de los poetas que de alguna manera han intentado buscar algún modo de convocar nuestra atención hacia algo de lo que prácticamente nadie se ve libre, y analizar con notable agudeza la industria espiritual del desolado Hernández en los días de su encierro fatal.

    José Manuel Ferrández Verdú

    • Gracias por la encomiasta lectura. Saludos.

      Gracias por la encomiasta lectura. Saludos.

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