Estudios literarios

Radiografía de uno de los mejores escritores de la historia de España

José Luis Zerón Huguet reseña 'Benito Pérez Galdós, vida obra y compromiso', de Francisco Cánovas Sánchez.

Radiografía de uno de los mejores escritores de la historia de España

/por José Luis Zerón Huguet/

El profesor Francisco Cánovas Sánchez ha escrito una excelente biografía que inserta la trayectoria vital y literaria de Galdós en las coordenadas históricas, sociales y culturales de su tiempo. Un acontecimiento editorial muy oportuno, pues el año que viene se cumple el centenario de la muerte del escritor canario.

La biografía está muy bien estructurada y escrita. El autor transmite al lector su entusiasmo por el personaje radiografiado con una prosa fluida, precisa y eficaz (sin concesiones a la pirotecnia retórica ni a las jergas especializadas), una documentación exhaustiva y un rigor histórico encomiable, sin aspavientos hagiográficos ni artimañas que busquen la polémica ventajista y epatante. Creo, y lo digo sin asomo peyorativo y sí como elogio, que estamos ante un libro ameno y hospitalario que puede atraer por igual al lector ocasional y no especializado y al erudito más exigente.

Yo fui un apasionado y voraz lector de Benito Pérez Galdós; lo fui, sobre todo, durante mi adolescencia y juventud. En mi casa había varios libros de Galdós y mi abuelo materno, que tenía una buena biblioteca y era admirador de «don Benito», como él lo llamaba, había reunido una gran cantidad de libros de este autor. Poco a poco leí los cuatro tomos de Los Episodios nacionales editados con lujosa encuadernación. No recuerdo la editorial y no sé exactamente si esos volúmenes contenían las cuarenta y seis novelas divididas en cinco series (yo diría que sí) o era solo una antología. Lo que sí recuerdo es que me adentré en aquellas páginas con fervor. Yo tenía entonces quince años y latía con fuerza mi interés por la historia y las novelas de aventuras. Y los Episodios, a pesar de su rigor histórico, me parecieron unas magníficas novelas de aventuras.

Entre los quince y dieciséis años fui alternando la lectura de los Episodios con Fortunata y Jacinta. Unos años más tarde, leí otras siete novelas galdosianas. En este orden si no recuerdo mal: Marianela, Misericordia, Miau, El abuelo, Nazarín, Tristana y Tormento. También leí una selección de artículos de Galdós en una edición antigua que mi padre había heredado del suyo. Pero dejé de leer a Benito Pérez Galdós cuando cumplí veintidós años. Dejé de leerlo por agotamiento y porque comprendí que era un escritor tan prolífico que resultaba inabarcable. Pero nunca renegué de su obra y siempre la tuve en gran estima. Su prosa me resultaba rica y acogedora (Blasco Ibáñez dijo que «su obra es grande y amable»), el mensaje de sus novelas valiente y comprometido, sus personajes muy veraces y plenos de matices.

Cuenta Muñoz Molina en un artículo publicado recientemente en el diario El País que en su etapa de estudiante los prejuicios de la época obligaban a hacer parodias de Galdós y a despreciar su escritura sin haberla leído, y que fue años después cuando él la descubrió y valoró en toda su magnitud. En mis años de juventud Galdós me caía simpático y para nada me parecía un autor rancio, como pregonaban algunos papanatas prendados de la narrativa vanguardista de Joyce, Faulkner, Córtazar, de los representes del movimiento noveau roman francés (entonces en boga) y de otros novelistas con una marcada voluntad de estilo, a los que llamaría orfebres del lenguaje, como son Miró, Valle-Inclán, Proust, Nabokov o Virginia Woolf.  Autores, he de aclararlo, que yo también admiraba y que convivían con la figura de Galdós en mi dilatada y ecléctica lista de preferencias literarias. Yo veía en el autor de los Episodios nacionales muchos valores como para osarme siquiera a cuestionarlo. Él me enseñó la historia del siglo XIX, me ayudó a observar la realidad y a retener su infinidad de matices. También a comprender mejor a los desheredados o desclasados, a las víctimas del poder —sea este político, eclesial o financiero—, y asimismo me condujo a otros escritores que jamás habría leído.

La crítica tiende a considerar a Galdós un escritor costumbrista o postcostumbrista, pero, en mi opinión, su obra literaria poco tiene que ver con dicho ismo. Galdós no es nada de vulgar ni ramplón. Su realismo, heredero de La celestina, la novela picaresca y la escritura de Cervantes, nunca me ha parecido ni costumbrista ni pedestre, pues no incurre en lo pintoresco, lo simple y lo barroco (características del costumbrismo más cosmopolita) ni pone en alza la identidad nacional a través de los valores tradicionales (en el caso de los costumbristas menos viajados). Incluso cuando se acerca al naturalismo no es un naturalista en el sentido pleno del término, y me refiero al naturalismo francés que encabeza Zola. La prosa naturalista es fría, metódicamente objetiva, sin apenas matices emocionales, cruda hasta llegar a lo morboso, mientras que Galdós, sin dejar de retratar las zonas oscuras de la realidad, se muestra tierno y compasivo con sus personajes, no solo con los más nobles, también incluso con aquellos cegados por los prejuicios, las convenciones y la hipocresía. Crea personajes con matices, relieve y claroscuros, y profundiza en el análisis psicológico de los mismos. Los más nobles, transparentes y dignos no son absolutamente buenos ni del todo intachables; y los más áridos, codiciosos, cínicos y siniestros no son completamente abyectos y también tienen sus contradicciones interiores. En los personajes galdosianos abundan las dudas, los miedos, el dilema ético entre seguir los dictados de la conciencia o los que marcan las convenciones sociales, y estos suelen andar confusos entre la ilusión y la ficción. Coincido con las palabras de Coradino Vega en su artículo «Elogio de Galdós» (revista literaria Estado Crítico, 2013): «No ha habido novelista español que haya sabido observar mejor la realidad que Galdós, mirar hacia fuera, integrarlo todo: escribir una obra tan completa y vivificante».

He dicho que dejé de leer a Galdós cuando cumplí veintidós años y no es cierto. Volví a su escritura hace unos años, cuando leí Memorias de un desmemoriado. Admito que me sentí decepcionado, ya que no encontré en este libro la mejor prosa de Galdós ni tampoco me desveló misterio alguno, aunque en su descargo he de decir que el autor no lo escribió de su puño y letra, sino que lo dictó y supongo que de manera desganada, pues estaba viejo y casi ciego cuando emprendió esta tarea.

Y es que la biografía de Galdós hay que rastrearla precisamente leyendo sus obras de ficción. En ellas encontramos las claves para entrar en las zonas de penumbra o menos frecuentadas de la vida del autor. Y Francisco Cánovas lo ha dejado muy claro en su libro.

Galdós no era proclive a exhibirse, pues era un hombre tímido, celoso de su intimidad, cordial pero austero y nada amigo de los fastos socioculturales de la época. Los amigos respetaron su carácter discreto y ninguno de ellos escribió un gran retrato de su persona Pero he aquí la paradoja: siendo Galdós tan reservado, hasta el punto de que poco se conoce de su vida privada, alcanzó una gran notoriedad pública y llegó a ser la conciencia nacional de una España convulsa.

Galdós era delgado, alto, moreno, con el pelo alborotado en su juventud (posteriormente se lo cortaría al rape), ojillos ratoniles y un bigotillo que con el tiempo iría creciendo hasta ser casi mostacho. También nos cuenta Cánovas que era fumador empedernido y vestía de manera sencilla e incluso con ropa muy usada. Que pasó apuros económicos durante gran parte de su vida y a pesar de ello era desprendido. Que fue afectuoso con los niños. Que padecía de migrañas. Que fue amante de varias mujeres, entre ellas nada menos que Emilia Pardo Bazán, pero no se casó y tuvo una hija, María Galdós Cobián, fruto de su relación con Lorenza Cobián, una destacada modelo analfabeta (Galdós la enseñó a leer y escribir). María vivió con su madre hasta que esta se suicidó y entonces formó parte del grupo de mujeres con las que su padre convivía en su hogar (su cuñada Magdalena y sus hermanas Concha y Carmen). También nos cuenta Cánovas que era muy observador y tenía una memoria prodigiosa. Viajó mucho, sobre todo como corresponsal de prensa. En la página 140 se reproducen unas palabras de Galdós que constituyen un breve pero certero autorretrato psicológico:

Pereda no duda. Yo sí. Él es un espíritu sereno y yo un espíritu turbado, inquieto. Él sabe a dónde va, parte de una base fija. Los que dudamos mientras él afirma, buscamos la verdad y corremos hacia donde creemos verla hermosa y fugitiva. Él permanece quieto y confiado, viéndonos pasar, y se recrea en su tesoro de ideas, mientras nosotros siempre descontentos de los que poseemos y ambicionándolas mejores, corremos tras otras, y otras, que una vez alcanzadas tampoco nos satisfacen.

Galdós carecía de creencias religiosas, rechazaba la unidad católica y defendía el laicismo y la libertad de cultos. Admirador del krausismo, siempre creyó en la educación como la mejor herramienta para transformar la sociedad y erradicar la violencia. Fue, pues, un intelectual demócrata, tolerante, progresista y comprometido con su tiempo. Nada que ver con el tópico del escritor aislado en su torre de marfil. Sin embargo, y a pesar de sus férreas convicciones, fue un hombre generoso y tolerante hasta el punto de contar entre sus amigos a escritores de distintas ideologías como Pereda, Menéndez Pelayo, Pardo Bazán, Clarín, Marañón, Giner de los Ríos, Blasco Ibáñez, etcétera.

En un principio fue un burgués demócrata y liberal y se afilió al Partido Progresista de Sagasta. En 1896 fue diputado por Guayama (Puerto Rico) en las Cortes. En su madurez evolucionaría hacia el activismo republicano. En los inicios del siglo XX ingresó en el Partido Republicano y en las legislaturas de 1907 y 1910 fue diputado a Cortes por Madrid por la Conjunción Republicano-Socialista; en 1914 fue elegido diputado por Las Palmas. Galdós explicó los motivos que le llevaron a abrazar la causa republicana en una carta abierta dirigida a Alfredo Vicenti, director del periódico El Liberal. Cánovas reproduce un fragmento de esta carta en las páginas 335 y 336 de su libro.

Los que me preguntan la razón de haberme acogido al ideal republicano, les doy esta sincera contestación: tiempo hacía que mis sentimientos monárquicos estaban amortiguados; se extinguieron absolutamente cuando la ley de Asociaciones planteó en pobres términos el capital problema español; cuando vimos claramente que el régimen se obstinaba en fundamentar su existencia en la petrificación teocrática. Después de esto, que implicaba la cesión parcial de la soberanía, no quedaba ya ninguna esperanza. ¡Adiós ensueños de regeneración, adiós anhelos de laicismo y cultura! El término de aquella controversia sobre la ley Dávila fue condenarnos a vivir adormecidos en el regazo frailuno, fue añadir a las innumerables tiranías que padecemos el aterrador caciquismo eclesiástico… Es una vergüenza no ser europeo más que por la geografía, por la ópera italiana y por el uso desenfrenado de los automóviles. Las deserciones del campo monárquico no tendrán fin: los desaciertos de la oligarquía serán acicate contra la timidez; sus provocaciones, latigazos contra la pereza.

Benito Pérez Galdós falleció el 4 de enero de 1920 en Madrid, la ciudad a la que estuvo ligado más de cincuenta años y en la que transcurren la mayoría de sus grandes novelas, y tuvo un entierro multitudinario con numerosos honores póstumos. No murió olvidado, como nos había hecho creer una parte de la bibliografía galdosiana

El compromiso valiente de Galdós, y especialmente sus críticas a los políticos caciquiles y a la Iglesia católica le pasó factura en su tiempo; el rechazo que suscitó entre muchos intelectuales y las numerosas diatribas que se vertieron contra él todavía resuena en nuestros días. Como consecuencia de su compromiso inequívoco con la construcción de una España moderna, tolerante, democrática y justa, fue vetada su entrada en la Real Academia Española hasta en seis ocasiones, y fue vetado principalmente por los jesuitas, como le ocurrió a Gabriel Miró. Entonces la academia estaba dirigida por el general Juan de la Pezuela y Ceballos, de extrema derecha e ideas carlistas, al que Cánovas del Castillo concedió el cargo de director de la RAE para que dejara de conspirar.

Finalmente Galdós sería admitido en la RAE el 7 de febrero de 1897.

También fue boicoteada su candidatura al Premio Nobel de 1912 cuando Pérez de Ayala, Benavente, Ramón y Cajal, Echegaray y otros 500 firmantes entre escritores y periodistas promovieron su nombre con apoyos de periódicos liberales de la época. Pero los neocatólicos lanzaron la candidatura alternativa de Marcelino Menéndez Pelayo y la Iglesia mandó a la Academia Sueca numerosas cartas y telegramas contrarios a Benito Pérez Galdós. Se creó así una ambiente de disensión nada favorable para el escritor canario, que se quedó sin el Nobel.

Esa corriente de desprecio a Galdós ha llegado a nuestros días, y si bien hay un gran interés por su obra en otros países extranjeros, especialmente en Estados Unidos, en España todavía es una figura cuestionada. Pese a todo, contó con la admiración de María Zambrano (es de sobra conocido su libro La España de Galdós) y de otros grandísimos escritores y artistas como Machado, Aleixandre, Lorca, Max Aub, Buñuel, Octavio Paz (que lo nombró con admiración en su discurso de recepción del Premio Cervantes) y especialmente Luis Cernuda. Precisamente un hombre tan crítico, susceptible y lleno de rencores dijo las mejores palabras sobre el gran novelista canario y le dedicó, entre otros homenajes particulares, la segunda parte del poema «Díptico español», titulada «Bien está que fuera tu tierra» (Desolación de la quimera, 1962). Aunque Galdós tiene actualmente una cuerda de intelectuales y escritores de reconocido prestigio que lo valoran (Andrés Trapiello, Luis Alberto de Cuenca, Marta Sanz, Almudena Grandes, Muñoz Molina, etcétera), insisto en que todavía prevalecen los tópicos que lo denigran, como el famoso apelativo de garbancero que Valle Inclán puso en boca de su personaje Dorio de Gódex en Luces de Bohemia. Este dardo envenado de don Ramón a través de su personaje teatral tuvo que ver con un hecho que nos cuenta Francisco Cánovas: el comité de selección del Teatro Español, cuya dirección artística ejercía Galdós, rechazó en 1913 la comedia bárbara de Valle El embrujado porque Matilde Moreno, empresaria y primera actriz de la compañía, tras estudiar la obra del dramaturgo gallego, le manifestó a Galdós su negativa a representarla.

También resuenan todavía las andanadas contra Galdós de Juan Benet y Francisco Umbral, o las palabras del poeta José Ángel Valente referidas «a la falta de estilo y la prosa raseante, torpe o meramente informativa» del autor de Fortunata y Jacinta. En este grupo de destacados fustigadores de la obra de Galdós habría que incluir a José Manuel Caballero Bonald. El escritor jerezano lo excluye de su canon personal. En una entrevista concedida a Gorka Lejarcegui con motivo de la aparición de su libro Examen de ingenios reconoce «su importancia histórica y su condición de archivo documental del devenir de la comúnmente zafia novela realista española de los siglos XIX y XX, pero su prosa reseca, su pobreza lingüística cercana a la inteligencia, su desvencijada sintaxis, su estilo pedregoso […] me indispusieron sin mayores titubeos con una obra tan válida para costumbristas y afines, pero tan alejada de mis más perseverantes gustos literarios». Y en otra entrevista, esta concedida a Ángel Juristo, dice también refiriéndose a Galdós: «Verá, no es que desdeñe a esos escritores, es que sus obras no concuerdan para nada con mi concepto de la literatura. La prosa narrativa realista solo tiene para mí un valor informativo, de ahí no pasa. El estilo, el funcionamiento artístico de las palabras, la belleza del texto, son los únicos ingredientes posibles para que la literatura merezca ese nombre». Es de agradecer la sinceridad de Caballero Bonald, en mi opinión uno de los grandes poetas novelistas y ensayistas vivos en lengua castellana, pero me pregunto si realmente ha leído a fondo a quien critica. Yo creo que no. De lo contrario, no se entenderían, salvo que buscara reforzar su heterodoxia instalándose cómodamente en los tópicos prejuicios antigaldosianos, unas palabras tan injustas. A todos los que cuestionan la modernidad de las grandes novelas galdosianas podríamos responderle con estas palabras de Luis Cernuda extraídas de su artículo titulado «Galdós». Con las que Cánovas cierra el capítulo IX de su libro: «Cuántas veces resuenan en ellas el eco histórico y es en ocasiones elementos de la trama. Sin embargo, lejos en el pasado aquella época, cambiada la sociedad, sus novelas siguen siendo vivas y actuales, como si el tiempo no se hubiera movido».

Y si volvemos hacia atrás, habría que leer atentamente el discurso de Marcelino Menéndez Pelayo en respuesta a la entrada de Galdós como académico de la RAE. Aunque Menéndez Pelayo rectifica las opiniones sobre el amigo vertidas en su libro Historia de los heterodoxos españoles (un acto aparente de conciliación que Dámaso Alonso calificó de palinodia), en mi opinión, el discurso de respuesta contiene muchos dardos envenados contra Galdós y su obra. Pullas escondidas pero hirientes, sutil ironía punzante con la que el veterano académico parece disculparse sin hacerlo realmente. El escritor santanderino siempre se mostró siempre inmisericorde a la hora de juzgar la obra de su colega canario. En una conocida carta dirigida a Juan Valera dice: «Soy menos indulgente que usted para los novelistas que se proponen demostrar tesis y enturbiar la limpieza del arte con propósitos segundos y de propaganda, y más si son tan aviesos y mal nacidos como los de Galdós».

Si leen las páginas de esta biografía asistirán a la voladura de todos los tópicos galdosianos. El autor resalta la figura polifacética de Galdós (fue narrador, dramaturgo, artista plástico, aceptable pianista y crítico literario y de arte. Creyó firmemente que había una interconexión entre la música, el arte y la literatura), cuya escritura compleja, versátil y accesible se cimenta en diversos registros y recursos narrativos. Destaca igualmente la magnitud política del prolífico autor canario, su altura de miras, su nobleza y su compromiso con una España más libre y solidaria.

Por último, destacaré de manera irremediablemente esquemática, pues no hay espacio para más, tres facetas de Benito Pérez Galdós que se abordan en el libro de Cánovas.

Primera. El tratamiento de igualdad del hombre y la mujer en sus obras. Galdós defendió con ahínco la emancipación de la mujer; los personajes femeninos son los más importantes de su obra. Francisco Cánovas hace un análisis sintético y certero de las mujeres galdosianas reforzado por estas palabras de María Zambrano (página 122): «es el primer español que introduce a todo riesgo las mujeres en su mundo. Las mujeres múltiples y diversas; las mujeres reales, y distintas, ontológicamente iguales al varón. Y esta es la novedad, esa es la deslumbradora conquista».

Segunda. El autor de Tristana transmitía un gran amor por la naturaleza en general en una época en que se trataba muy mal a los animales y no existía la noción de conservacionismo. Era antitaurino y sentía un cariño franciscano hacia todas las criaturas. De hecho solía posar en las fotografías con gatos y perros. Marañón comentó que el amor de Galdós hacia lo árboles era casi una religión. Podríamos decir que en su interés por la naturaleza fue un adelantado a su tiempo, un ecologista (incluso animalista) avant la lettre. Y es curioso que sus admirados Tolstói, Dickens, Chéjov y Dostoyevski también sintieran un profundo afecto hacia lo animales.

Veo en el amor que Benito Pérez Galdós sentía por la naturaleza una corriente de confluencia con los trascendentalistas Emerson y Thoreau, ahora que estoy leyendo la correspondencia entre los dos escritores norteamericanos. No sé hasta qué punto Galdós dominaba la lengua de Shakespeare y si llegó a tener conocimiento de estos dos autores que menciono. Quizá llegó a leerlos en alguna traducción de la época.

Tercera. Su interés por el arte escénico en su condición de escritor, crítico, adaptador y programador. Admito que hasta leer el libro que comento pensaba que la creación dramática de Galdós era escasa y tangencial. Todo lo contrario. Las obras de teatro de nuestro autor gozaron de gran éxito, pero también sufrieron las diatribas de la crítica retrógrada. Escribió un teatro preocupado por la dramaturgia moderna, y en su etapa como director artístico del Teatro Español trató de modernizar la esclerotizada escritura teatral de los dramaturgos españoles y su forma de escenificarla. En sus obras escénicas hay dos vertientes: una próxima al teatro simbólico del entonces muy polémico Ibsen y otra comprometida y muy crítica con los atavismos de la sociedad española de su tiempo, que en cierto modo se adelanta al teatro épico y dialéctico de Bertolt Brecht. Hoy sus obras dramáticas ya no se representan. Apenas se conocen. Sin embargo, es uno de los escritores que más y mejor han sido adaptados al cine y la televisión. Son innumerables los cineastas que se han inspirado en obras de Galdós: desde Buñuel a José Luis Garci, pasando por el oriolano Angelino Fons. También hay varias obras del escritor canario que fueron llevadas a la televisión, pero solo nombraré Fortunata y Jacinta, la célebre mini serie de diez capítulos dirigida por Mario Camus y emitida por Televisión Española en 1980. Y también quiero mencionar la influencia indirecta de Galdós en numerosas películas y series televisivas, por ejemplo la celebérrima Cuéntame cómo pasó.

Es mucho lo que me ha enseñado libro de Francisco Cánovas y no encuentro las palabras necesarias para agradecérselo a su autor. No sé si estamos ante la biografía definitiva de Galdós. No me atrevo a ser tan rotundo, pero no me cabe duda de que a partir de ahora será una referencia insoslayable no solo para todos los galdosianos, también para cualquier lector que decida acercarse a la vida y la obra del autor de Fortunata y Jacinta.


Benito Pérez Galdós: vida, obra y compromiso
Francisco Cánovas Sánchez
Alianza, 2019
504 páginas
25€


José Luis Zerón Huguet, nacido en Orihuela el 28 de octubre de 1965, fue cofundador y codirector de la revista de creación Empireuma y desarrolla una actividad cultural diversa. Su producción poética editada consta de dos plaquetas (Anúteba, conjunto de poemas suyos y de Ada Soriano [Empireuma, 1987], y Alimentando lluvias [Pliegos de Poesía del Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, 1997]) y los libros Solumbre (Empireuma, Orihuela 1993) , Frondas (Ayuntamiento de Piedrabuena y Junta de Comunidades de Castilla La Mancha, Ciudad Real, 1999), El vuelo en la jaula (Cátedra Arzobispo Loazes, Universidad de Alicante, 2004), Ante el umbral (Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, Alicante 2009), Las llamas de los suburbios (Fundación Cultural Miguel Hernández, Orihuela 2010), Sin lugar seguro (Germanía, Alzira, 2013), De exilio y moradas (Polibea, Madrid, 2016), Perplejidades y certezas (Ars poética, Oviedo, 2017) y Espacio transitorio (Huerga & Fierro, Madrid, 2018). Ha sido incluido en varias antologías y colabora con ensayos, artículos, cuentos y poemas en numerosas revistas nacionales e internacionales. Ha obtenido varios galardones literarios. El vuelo en la jaula fue seleccionado para el Premio Nacional de la Crítica del año 2004 por los miembros de la Asociación Española de Críticos Literarios y los componentes del jurado. En mayo de 2006 viajó a Rumanía invitado por el Ministerio de Cultura español y el instituto Cervantes de Bucarest, donde participó, como director de la revista Empireuma, en un encuentro de revistas literarias españolas y rumanas en el Centro Cultural de Bucarest y en la Universidad Esteban el Grande de Suceava.

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